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Positivo-Negativo

Sakusa Kiyoomi & Miya Atsumu

Disclaimer: personajes no son míos


Prólogo

Luego de graduarme y habiendo vivido más de veinte años en la casa paterna, acepté contrato con los MSBY y me mudé de ciudad. Tengo la sensación de que ocurrió hace muchos años, pero si saco cuentas, no ha pasado tanto. Me irritaba que mamá no lograse ocultar su preocupación, como si no se fiase de mí. Antes de abordar el tren, me dijo: ¿podrás manejarlo? Y luego añadió que se sentía muy orgullosa de mí. Que me tendría presente en todas sus oraciones. Que, por favor, la llamara ante cualquier evento. Le pedí que callara. Permaneció a mi lado en actitud silenciosa hasta que el tren dio aviso de retirada.

Hasta entonces solo había vivido en Tokio. En el centro de Tokio, en el piso treinta de un rascacielos de cincuenta pisos. Sabía que nada podía ser peor que vivir en el centro de Tokio, aún y todo, no me sentía optimista. Volví a revisar en mi teléfono la dirección a la que me dirigía. Se trataba de una residencia ubicada a no mucha distancia del polideportivo donde practicaban los MSBY. Sería un emplazamiento temporal hasta que lograra reunir el dinero suficiente para pagar la fianza del arriendo de alguna casa o departamento. Elegí aquella residencia sobre otras no por la cercanía con el polideportivo, sino por ser de las pocas residencias con baños individuales, anexos a cada dormitorio.

Además del bolso de manos cargaba conmigo dos maletas, una de ellas a ruedas. La propia señora Mädchen, la anfitriona de la residencia me esperaba en el andén. Cuando hablamos por teléfono, pensé que podría tratarse de una mujer viuda, entrada en años. Me dio aquella impresión, pero al final nunca supe mucho de su vida, salvo que tenía un hijo que ya no vivía a su lado.

—Ustedes los jóvenes hacen eso. Se van y dejan a sus madres, las abandonan.

Me molestó que se quejara conmigo. Tenía la cabeza canosa, las mejillas surcadas de arrugas. Mi madre se cubría las canas con tintes pasteles, y todavía depositaba su fe en las cremas anti-age.

La señora Mädchen me enseñó personalmente el comedor comunitario y la cocina. A mi pedido, también me enseñó los productos de limpieza que empleaba, y luego nos dirigimos al ala de lavandería. Mi habitación quedaba justo arriba de la lavandería. A veces, el piso vibraba.

Solo estuve tres meses allí, y en todo ese tiempo, desayuné en el comedor comunitario nada más que una vez. Me preocupé personalmente del aseo de mi habitación y mi baño, usando los productos de limpieza que me traje de Tokio. También usé mis propias sábanas, las que cambiaba día por medio, y le pedí a la señora Mädchen el favor de retirar las alfombras, porque era menos probable que el parqué juntase ácaros. No creo que le agradasen mis modos. En todo caso, igual que hacía mi padre, mi madre, no me lo reprochó en la cara.

Durante esos tres meses, mamá me llamó casi todos los días. Tampoco se atrevió a decírmelo, eso de que no creía que lograría adaptarme. Con incredulidad, me preguntaba si de verdad todo iba bien. Y luego, sin cambiar su tono de voz, volvía a repetirme que la llamase frente a cualquier evento.

Creo que lo que me gustó del MSBY fue que todo el mundo me dijo las cosas en la cara, desde el día uno. Unos sin mala intención, como Hinata. Otros sin darse cuenta del peso de sus palabras, como Bokuto. Miya buscaba provocar. Creo que empezó debido a eso. Yo era una persona que decía lo que pensaba. Mis padres me trataban con cuidado. Me refería como Los otros a aquellas personas que, tras no lograr comprenderme, tendían a evitarme. Los otros decían que discutir conmigo era desgastante, que no llevaba a nada. No puedo culpar a Los otros, porque yo mismo cultivé aquellas reacciones en ellos: hería antes de ser herido, huía si no era capaz de herir. Miya, desde un comienzo, nunca quiso tratarme bien. Nunca endulzó sus palabras, al revés. Si podía volver su comentario en algo todavía más desagradable, no dudaba, y puede que en muchas ocasiones se tratase de una especie de acto reflejo. Me acusó de negativismo muchas veces, y yo le contestaba que el positivismo, a la final, no conducía a nada bueno. Que solo en la negatividad se haya la fuerza para seguir adelante, y que las personas positivas son las más ingenuas, las más onerosas, y las que caen más fuerte frente a una adversidad; las que, a la larga, son las que no saben ponerse en pie por sí solas una vez tocan fondo y acaban destruidas por el germen que ellos mismos se inocularon tiempo atrás. Miya me observaba con la sonrisa abyecta de sus labios, y sin dejar de limarse las uñas, decía que lo había comprendido todo al revés.

Al final me cayó bien Miya, y por lo mismo siempre le recelé. Temía que, si no imponía la distancia suficiente, pudiese herirme con más facilidad que los demás. Al mismo tiempo, su actitud guerrera sumado a su disposición al pleito, lograron que no me sintiera tan fuera de lugar, y pronto yo también me olvidé de las sutilezas, y se me desbordó mi brusca franqueza. La actitud de Miya convertían mis actos desagradables en una situación cómica, y aunque hacía esfuerzos terribles por contenerme, incluso en algunas ocasiones, yo también reía. Me di cuenta que lo necesitaba.

Trato de convencerme de que esto no sucedió hace tanto tiempo. Quizá me da esa sensación porque conocí a Miya mucho antes de los MSBY, aunque antes de eso apenas nos habíamos tratado. A Bokuto también lo conocía de mucho antes. Los tres fuimos rivales durante nuestra adolescencia, hasta que nos graduamos. Ellos siguieron en el vóleibol. Yo no. Yo me obligué a creer que lo mío iba por los estudios. Al final terminé la carrera con la abrumadora sensación sobre mis hombros de que había estado perdiendo el tiempo durante cuatro años. Pero, realmente, no ha pasado tanto de toda esta historia.

Intento ser positivo, como Miya. No tenía nada de ingenua su postura, y era el camino más difícil. Entre ser negativo, ser realista, y ser positivo, se necesita mucho coraje para mantener el mentón erguido, incluso con la cara abierta y la sangre chorreante de un tajo que te atraviesa la existencia. Yo tenía una herida que no sabía cicatrizar y que aprendió a coexistir con mi oscuridad. Miya metió sus dedos en la llaga hasta que el dolor me paralizó el corazón. De la masa de sangre extrajo coágulos, unas alimañas como escarabajos del pasado, sin juzgar lo que encontró. Miya Atsumu era esa clase de persona, de las que calan hondo en vidas ajenas. Luego de cambiar los vendajes, de desinfectar las heridas en alcohol, me dijo que nunca dejaría de sangrar, pero que era importante cambiar los vendajes. Me dijo que tendría que hacer esto toda mi vida, y que, en realidad, lo mío no tenía nada de extraordinario.

Luego, un día, él me enseñó su herida.

Realmente no ha pasado tanto tiempo de todos estos eventos. Me pasa que, a veces, lo echo de menos.


¿Otro fic más? ¿A ti qué te pasa? Dijiste que te centrarías en cerrar tus pendientes

—Ay, ya lo sé. No me hables. Ya calla. Nadie me entiende. No soy yo es el yaoi.

Un #omitsumi para quienes sufrimos nuestra cuarta adolescencia (?)