Luego de terminar Enfrentando el pasado, toca ahora el turno de trabajar en Fate y concluirlo. Este capítulo ha sido reescrito en un 95%, con apenas partes de las conversaciones intactas de la versión original.
Trigger Warnings: Referencias a suicidio, depresión y salud mental. También otras enfermedades y trasplantes de órganos. Además de violencia doméstica, y cierta referencia a abuso psicológico.
Como ya sabemos, Shaman King es propiedad de Hiroyuki Takei.
Ahora, sin más preámbulos, iniciemos este recorrido.
¿Qué es realmente el destino, una fuerza divina que manipula los hilos de nuestras vidas, o solo un pretexto que usamos para poder justificar nuestros actos?
Fate
Capitulo 1: Encuentros del destino
Un Sol imponente iluminaba la colina Funbari en la esplendorosa ciudad de Tokio, señalando el inicio de un nuevo día, que para muchos traía ilusiones y esperanzas nuevas. Para una joven de larga cabellera rubia, sin embargo, era otro día de tortura y martirio, de seguir sufriendo las consecuencias de la peor decisión de su vida. Ante los ojos del mundo era un pilar de fuerza y perfección que nunca había tenido que lidiar con dificultades en su vida, pero para aquellos que la conocían bien, era un alma lastimada que buscaba la forma de seguir adelante a pesar de todos los obstáculos en su camino, buscando especialmente arreglar ese error del pasado que aún seguía atormentándola.
A sus 24 años, con el título de Licenciada en Administración de Empresas de unas de las universidades más prestigiosas de Japón, con un Máster en Negocios Internacionales, Anna Kyouyama se encontraba actualmente a la cabeza de una de las empresas tecnológicas más grandes del país nipón, con sucursales alrededor de todo mundo, manteniéndose a la vanguardia en el ámbito de las telecomunicaciones.
A pesar de sus logros y su prestigio, no gozaba de ninguna libertad. Atrapada en una jaula dorada y atada a un matrimonio que se vio a forzada a aceptar. Ni siquiera sus múltiples intentos de crear una relación cordial con su esposo funcionaban, tampoco podía mantener distancia. Si no fuera por su familia y las cláusulas del acuerdo que firmó aquella vez, hace mucho que se habría divorciado.
Ese día, en que su matrimonio arreglado cumplía un año, Anna se encontraba en el hospital general de Funbari, en la consulta privada de su médico de cabecera y amigo cercano de la familia, Johann Fausto, un hombre de 43 años de tez blanca y cabellos rubios.
—Otra vez él, ¿cierto? —Preguntó Fausto con un dejo de preocupación en la voz, obteniendo sólo silencio como respuesta. El buen doctor suspiró y siguió suturando la cortada en su brazo con agilidad metódica.
De su parte, Anna se encontraba acostada sobre una de las camillas, con la vista perdida en la riñonera quirúrgica, específicamente en aquel trozo de vidrio ensangrentado que minutos atrás había estado incrustado en su brazo como consecuencia de una de sus tantas peleas con su esposo.
Parada a un lado de Fausto se encontraba Eliza, la esposa de Fausto, que trabajaba como enfermera en la consulta de su esposo y que en ese momento se encontraba asistiéndole en el procedimiento.
—Ya está —terminó de suturar el doctor, colocándole un apósito blanco.
Justo en ese momento, alguien tocó a la puerta. Con un asentimiento de Fausto, Eliza fue a verificar el motivo del llamado. Tras una pequeña conversación en susurros, Eliza regresó a su lado.
—El señor Oyamada te espera en auditoría.
—Casi olvido que tengo una reunión con él hoy —comentó Fausto quitándose los guantes y tomando un recetario de su bata—. Te indicaré unos analgésicos para el dolor y unos antibióticos para la infección. Ya sabes, lo habitual.
Como era un suceso que había tenido lugar varias veces, Anna estaba al tanto de los cuidados que debía prestar a la herida para evitar su empeoramiento, por eso Fausto no hizo mucho énfasis en eso antes de entregarle el recetario y despedirse. Eliza tomó el mismo camino poco después, dejándola sola en la habitación para que pudiera volver a colocarse su máscara de indiferencia y frialdad antes de salir a enfrentar el mundo nuevamente.
Al verse sola, Anna recorrió la habitación con la mirada, deteniéndose en una ventana que permitía observar un brillante cielo azulado fuera de aquel edificio. Sin quererlo, su mente la llevó a pensar otra vez en la situación en la que se encontraba y cómo había terminado atrapada en ella.
Su familia tenía una gran presencia en el país, desde sus inicios en la prefectura de Aomori cerca del Monte Osore. Actualmente tenían grandes influencias y riquezas alrededor de todo el mundo, pero principalmente en Japón.
Con la muerte de su padre, por un paro cardíaco repentino, el abogado de la familia les informó que todas las acciones y los bienes del señor Kyouyama pasaban ahora a ser propiedad de Anna. Sin embargo, su madre, una mujer llena de avaricia y ambición, se rebeló inmediatamente al testamento y buscó todas las maneras de apropiarse de la fortuna. De esa forma hundió un plan para hacer que Anna se casara con una de sus marionetas, controlando a su antojo a su hija y a la empresa. Cualquier intento de contradecir a cualquiera de los dos terminaba de mala manera. De no ser porque su madre tenía algo en su poder que la ataba de manos y pies, Anna no le estaría soportando tantas penurias.
Un suspiro escapó de sus labios al recordar la forma en que su madre le demostró sus verdaderos colores y la ató a aquel hombre sin escrúpulos. A pesar de eso no perdía las esperanzas. Todavía insistía en buscar la manera de romper el contrato que la mantenía unida a ese matrimonio forzado. Pronto encontraría la forma, pero mientras tanto, debía resistir, por su hermano menor que tanto dependía de ella, debía hacerlo.
Un sonido inesperado la sacó de sus cavilaciones. Alerta, se incorporó en la camilla con lentitud y buscó con la mirada algo fuera de lo normal. Con el biombo frente a ella no podía obtener un panorama completo del consultorio, así que se puso de pie y rodeó la mampara.
El motivo del sonido saltó inmediatamente a su vista. Un niño de cortos cabellos rubios desordenados se encontraba recargado de la puerta cerrada con una respiración algo agitada. Parecía como si hubiera estado corriendo de algo y decidió esconderse dentro de ese consultorio por alguna razón.
— ¿Qué haces niño? —Preguntó fríamente, enmascarando la curiosidad que sentía.
El pequeño, que hasta ese momento se había mantenido mirando la puerta con una sonrisa traviesa, enfocó sus ojos en ella y le hizo una señal para que guardara silencio. Poco después se escucharon unos pasos apresurados del otro lado de la puerta. Al notar esto, el niño se acercó a ella.
—Hola, yo soy Hana —saludó alegremente como si fuera un encuentro casual.
—No me has respondido —le reprochó con una mirada de severidad.
—Jijiji, lo siento —respondió sin mostrarse amedrentado por su actitud, de hecho, colocó ambos manos detrás de su cabeza y la miró con inocencia— Yo escapaba.
—¿Escapabas?
—Es muy aburrido estar todo el día encerrado en la habitación.
—No pareces enfermo ni nada por el estilo, ¿por qué no te han dado el alta?
—Porque no tengo a donde ir —por un fugaz segundo su rostro reflejó tristeza, pero pronto volvió a su expresión alegre y despreocupada.
—¿Cuántos años tienes? —Cuestionó al percatarse de ese pequeño instante de pesar en sus ojos.
—Tengo… —Contó con manos y le enseñó seis deditos—, seis añitos, jijiji.
—¿Qué quisiste decir con que no tenías a donde ir?
—Me escapé.
—Parece que tienes la costumbre de escaparte —un pequeño gruñido proveniente del estómago de Hana se escuchó en ese momento—. Parece que tienes hambre.
—Jijiji, lo siento —se disculpó apenado, poniendo la mano sobre su estómago—. Hana no ha comido nada en todo el día, jijiji.
—Aquí hay una cafetería, ¿te gustaría comer algo? —Ofreció con amabilidad, una faceta que sólo unos pocos tenían la gracia de ver. Hana la miró con una gran sonrisa y asintió—. Vamos entonces
Colocándose su chamarra marrón que estaba en la silla que estaba frente al escritorio, para ocultar los moretones y laceraciones que tenía en los brazos, sin mencionar aquel apósito que ocultaba la sutura que le hicieron, Anna le ofreció una mano al pequeño Hana, que este tomó con algo de entusiasmo. Juntos salieron de la habitación con rumbo a la cafetería.
—¿Cómo se llama usted señorita? —Preguntó Hana educadamente, provocando que alzara una ceja en sorpresa. No era normal que un niño de su edad hablara de esa manera.
— Anna Kyouyama.
—Es un lindo nombre, jijijiji —volvió a su antiguo tono infantil.
Durante el trayecto Anna aprovechó para mirarlo disimuladamente, ignorando las miradas que algunas personas enviaban en su dirección al verla con aquel niño. Toda su atención estaba puesta sobre Hana, y en el gran parecido que este tenía con su hermano menor. A pesar de su coraza indiferente y fría, Anna tenía una gran vulnerabilidad por los niños, más aquellos como Hana, que escondían su desolación detrás de una sonrisa alegre. No sabía cuál era la causa de su tristeza, pero se prometía que llegaría al fondo de su situación y lo ayudaría.
Todo el camino estuvo dominado por las exuberantes palabras de Hana, que le contaba sobre un libro que estuvo leyendo el día anterior. Anna sólo escuchaba y asentía, sumida en sus propios pensamientos. Pronto ambos llegaron a la cafetería del hospital, un espacio amplio con algunas mesas y sillas distribuidas alrededor. Había poca gente, así que no tuvieron que hacer fila al dirigirse al mostrador para pedir algo.
Con un club sándwich y un jugo de naranja colocados sobre una bandeja roja, Anna se llevó a Hana a una de las mesas más cercanas. Antes de tomar asiento, Anna ubicó la entrada de un baño cercano y le ordenó a Hana lavarse las manos. A pesar de sus objeciones iniciales, Hana se dirigió a hacer lo que se le ordenó con un pequeño puchero bajo la atenta mirada de Anna.
Cuando Hana volvió y Anna se aseguró de que realmente se lavó las manos, ambos se sentaron y el pequeño finalmente pudo empezar a comer entusiasmado, llevándose rápidamente una papa a la boca con gran deleite.
—Veo que ya conociste a Hana.
Anna levantó la mirada del pequeño desastre que había hecho Hana con el kétchup y la mayonesa para encarar al hombre que les había hablado.
—Hola, señor Fausto —saludó alegremente Hana, llevándose otro pedazo del sándwich a la boca y embarrándose la cara de kétchup y mayonesa—. Hola, señora Eliza.
—Creí que estabas ocupado —comentó Anna, tomando una de las servilletas y tratando de limpiarle la cara al pequeño a pesar de sus protestas.
—Así era, pero ya terminé y ahora es mi descanso —le respondió, sentándose frente a ellos junto a Eliza.
—¿Hana puede pedir postre? —Al hacer esta pregunta, el pequeño observó a Anna con un pucherito.
—Está bien, ve y pide lo que quieras.
—Sssiiiiiiiiiiiiiiiiii —Hana se bajó felizmente de la silla en la que estaba sentado y corrió a pedir un helado en el mostrador. Anna asintió cuando el dependiente la miró un momento para confirmar la orden del pequeño.
—No terminas de sorprenderme Anna, si no te conociera diría que eres su madre —comentó Fausto con una sonrisa al ver las interacciones entre Anna y Hana.
—Cuéntame sobre el niño Fausto —ignorando las palabras de Fausto, Anna fue directo a lo que en verdad le interesaba.
—La verdad es que Hana no ha tenido una vida color de rosa que digamos, sus padres lo abandonaron en la puerta de un orfanato cuando apenas tenía unos meses. Según lo que sé, siempre fue excluido por los demás niños, por eso pasó la mayor parte de su vida solo en la biblioteca. Incluso aprendió a leer con tan sólo cinco años —relató el doctor, mirando a Hana preguntar por los diferentes sabores que había disponible—. Hace unas semanas, una adinerada familia lo adoptó, pero por alguna razón que desconozco se escapó cuando lo trasladaban a su nuevo hogar. Estuvo vagando por varios días en la calle, cuando lo encontré se encontraba deshidratado y malnutrido —terminó de contar Fausto, fijando unos ojos curiosos sobre ella—. ¿Por qué el repentino interés?
—Se parece mucho a Kibou—reveló Anna. En su voz había una nota casi imperceptible de melancolía que no pasó desapercibido para la pareja que estaba sentada frente a ella—. Hablando de él, ¿Cómo se encuentra, todavía no hay disponibilidad o noticias de un donante compatible?
—Conseguir un corazón no es sencillo, Anna, mucho menos uno con las características requeridas para tu hermano. Encontrar un donante vivo compatible es todavía más difícil, aún con todo el dinero que estás ofreciendo.
—Lo sé —susurró cabizbaja, ocultando bajo su flequillo la tormenta reflejada en sus ojos.
—Hay que estar muy desesperado o ser muy altruista para sacrificar la vida por un desconocido. Además…
—Créeme que lo sé, Fausto —interrumpió quedamente. Con una inspiración honda, Anna levantó la mirada para ver seriamente al médico—. Mi hermano sólo tiene seis años, no puede recibir el trasplante de un adulto. Pero la idea de que tenga que morir tan joven, sin conocer lo que es la vida, siempre encerrado en casa, o de hospital en hospital…
—Si supieras que hay un niño que es histológicamente compatible con Kibou, ¿serías capaz de sacrificarlo para salvar a tu hermano?
—¿A qué te refieres?
—Por ejemplo, si supieras que ese niño es… Hana… ¿Lo harías, lo sacrificarías?
—¿Ha.…na? —Articuló con algo de dificultad, no esperando que el nombre del pequeño que había conocido ese día se colara en su conversación de esa manera.
Justo en ese momento, una conmoción cercana desvió su atención de aquella impactante conversación. No fue necesario buscar mucho para encontrar la fuente de la distracción.
—Suéltenme —frente al mostrador dos enfermeras intentaban sostener a Hana con bastante dificultad.
—¿Qué creen que hacen? —Movida por una extraña atracción, Anna se levantó del asiento y se dirigió a ellos con aire demandante.
—Este niño se escapó de su habitación en el ala de pediatría y anda jugando bromas sobre los demás pacientes —explicó una de las enfermeras.
—No se preocupen, yo me encargó —la voz de Fausto a sus espaldas le indicó que el buen doctor se había puesto de pie para seguirla.
Eliza se adelantó para hablar con las enfermeras y calmar la situación, logrando que estas se retiraran con un asentamiento de cabeza. Hana se quedó parado en el mismo lugar, mirando cabizbajo el cono tirado y las dos bolas de chocolates derritiéndose en el suelo.
Su corazón se conmovió al verlo tan triste, así que se acercó al mostrador para pedir otro cono de helado con dos bolas de chocolate. Hana aún no se percataba de su pequeña acción, por lo que Anna aprovechó para acercarse sigilosamente y poner el helado frente a su cara. La expresión de sorpresa y alegría que le dirigió el pequeño Hana al darse cuenta de lo que tenía frente a él la llenaron de un inusual sentimiento de ternura.
—¡Muchas gracias, señora Anna! —Tomó el helado en sus manos y empezó a comer gustoso.
Anna sonrió imperceptiblemente por su entusiasmo, guiándolo de vuelta a la mesa para que tomara asiento.
—No puedo quedarme más tiempo, tengo una operación en diez minutos —anunció Fausto mirando su reloj de pulsera—. Pórtate bien, Hana, nos vemos Anna.
Con unas sonrisas de regocijo, que Anna intuyó debía estar relacionado con su cercanía y consideración con Hana, Fausto y Eliza se retiraron del comedor.
Hana se despidió de ellos con un movimiento de su mano y siguió comiendo su helado con entusiasmo. De vez en cuando le contaba sobre alguna de sus travesuras y Anna asentía cuando la broma era inocua. En caso contrario, le daba una leve reprimenda para que no volviera a cometer semejantes acciones.
Cuando Hana se terminó el helado, Anna se lo llevó al baño para se volviera a lavar las manos y la cara que se había llenado de chocolate.
—Creo que es suficiente emoción por un día, debo retirarme pronto y tú debes regresar a tu habitación para descansar —le informó Anna al notar la hora.
Hana la miró con una leve expresión abatida, pero asintió de todos modos. Una punzada de angustia se hizo se presente en su corazón ante la idea de dejarlo nuevamente solo, más con las palabras de Fausto todavía rondándole la cabeza.
En un silencio apesadumbrado, donde cada uno se encontraba sumergido en un mar de pensamientos, ambos salieron del comedor. El plan de Anna era llevar a Hana de vuelta a su habitación, asegurarse de que lo dejaba en buen estado antes de retirarse para aligerar un poco el peso en su alma.
De repente, mientras caminaban por uno de los pasillos, un grito familiar la sorprendió. Con apenas un imperceptible movimiento en su rostro, Anna se dio la vuelta lentamente, encontrándose con un hombre de corta cabellera azulada, pantalón y traje formal azul oscuro y una corbata del mismo color.
—Horohoro, ¿qué haces aquí?
—Eso mismo te iba a preguntar yo —respondió el aludido con una expresión de claro desconcierto, acortando la distancia que lo separaba de ellos para detenerse a unos pasos en frente—. Espera, no me digas que…
Anna se encogió de hombros, no delatando nada con la mirada. Su chamarra cubría sus brazos, impidiendo ver las heridas que cubrían su piel, dando la impresión de que nada estaba fuera de lo normal con ella. Pero para aquellos que sí la conocían, verla en el hospital sólo podía significa una cosa.
Horohoro abrió la boca para decirle algo, en sus ojos una mezcla de tristeza e impotencia, pero la presencia de Hana aferrándose a su mano y mirándolo con curiosidad lo distrajo.
—¿Y este niño? —Preguntó para cambiar de tema, conocedor de lo mucho que le incomodaba hablar sobre su situación, mucho más en un sitio público como aquel hospital, donde no se sabía si algún paparazzi podría estar oculto listo para revelarle al mundo el escándalo que era su matrimonio.
—Su nombre es Hana —le presentó con una sutil sonrisa—. Hana, él es Horohoro, mi hermano.
—Jijiji, tienes un nombre muy gracioso, si cambiamos la R por una T, entonces diría Hoto Hoto, jijiji —rio con algo de diversión—. Además, tienes un peinado muy gracioso, jijiji — Para este momento Hana reía a carcajada limpia.
—Te enseñare a respetar a tus mayores —Horohoro reaccionó de inmediato levantando un brazo para darle un coscorrón, pero Hana fue más rápido y se escabulló rápidamente del trayecto del ataque riendo.
Anna los miró corretear por el pasillo con un leve movimiento de negación de la cabeza. Por suerte había pocas personas alrededor, mirando la escena con una mezcla de diversión y reproche, aunque a Horohoro realmente no le importaba mucho la opinión de los demás, siempre dejando su alma ser libre y hacer lo que le naciera sin pensar mucho.
Muchas personas tachaban su comportamiento como infantil, incluso Anna lo hacía a veces, pero parte de su encanto era precisamente esa actitud, que le permitía restarle importancia a las expectaciones de los demás y ser él mismo. Cuando Anna tenía sus días grises, era Horohoro quien venía con su cara de niño inocente a querer pintarle un arcoíris para levantarle el ánimo.
El sonido de algo rompiéndose la sacó de esos pensamientos. Sus ojos inmediatamente se movieron hacia una de las habitaciones del pasillo con una puerta entreabierta. Si no se equivocaba, Horohoro había estado parado precisamente frente a aquel lugar cuando la llamó hace unos momentos.
Un inesperado sentimiento de curiosidad la empujó hacia aquella habitación sin saber por qué. Horohoro y Hana seguían creando lazos en su juego de persecución, dejándole el camino libre a investigar lo que sucedía.
Llegando frente a la habitación, Anna empujó un poco la puerta y entró con cautela, estudiando el interior con ojos analíticos. Su mirada se detuvo en el ocupante de la habitación, un hombre de larga cabellera castaña con algunas vendas que cubrían parte de sus piernas y sus brazos sentado sobre una cama. A su lado pudo observar los trozos dispersos de alguna vasija de cristal, con el agua derramada y unas flores tiradas en el suelo olvidadas.
—¿Qué crees que haces? —Preguntó demandante, percatándose del pedazo de cristal que sujetaba con una mano temblorosa a escasos centímetros de su pecho, en el lugar donde estaba segura se encontraba el corazón.
—Lárgate, esto no es de tu incumbencia —le respondió cortante el misterioso hombre.
Anna pudo observar que el agarre en aquel pedazo de cristal se había intensificado, y que ahora un hilo de sangre fluía de su mano a su brazo.
—Si vas a hacer eso mejor vete a otra parte, nadie aquí quiere sentirse culpable por lo que piensas hacer.
—Nadie los está culpando —masculló sin mirarla.
—Tienes razón, pero meterás en problemas a este hospital por tu cobardía.
—¿Me estás llamando cobarde? —Por primera vez aquel hombre levantó el rostro para verla a los ojos con unos orbes café cargados de resentimiento.
—El suicido nunca es la solución, pero se necesitan agallas para enfrentarse al mundo y a sus adversidades —Anna le devolvió la mirada sin inmutarse en lo más mínimo—. Escapar es de cobardes.
—¿Que sabes tú? —Rugió en un arranque de cólera.
Anna se dio cuenta del instante en que los ojos del castaño la analizaron y la catalogaron por las finas ropas que llevaba puesta como una mujer de alta alcurnia sin preocupaciones de ningún tipo, precisamente la imagen que tanto se esmeraba en mantener ante los ojos del público ignorante.
—No sabes nada de mí, no sabes lo que he sufrido, lo que es perderlo todo, ¿pero que puedes saber tú si siempre has vivido sin ningún tipo de preocupación? Nada, absolutamente nada, y te atreves a llamarme cobarde… —la diatriba continuó ininterrumpida, acrecentando la ira que sentía crecer en su interior—. Ustedes no saben absolutamente na…
Siempre intentaba controlar su temperamento debajo de una máscara de impasibilidad, pero las palabras tocaron una tecla sensible en su interior. Por eso no se contuvo de cruzar de una zancada el espacio que la separaba de aquel hombre y callarlo de una bofetada con su temible izquierda.
El impacto fue tan fuerte que el hombre soltó el pedazo de cristal por el shock y se quedó con la cabeza ladeada hacia un lado.
—El que no sabe nada eres tú, ¿crees que eres el único a quien la vida ha maltratado? Pues te tengo noticias, existen muchas personas en este mundo que también han sufrido y no anda por ahí tratando de quitarse la vida a la primera oportunidad que encuentran.
Las imágenes de su hermano Kibou, de Hana y de ella misma aguantando con los puños cerrados llegaron a su mente.
—No sé qué te pudo ocurrir ni me importa saberlo, lo único de lo que si estoy segura es que eres un cobarde, tratando de huirle a la vida, a los problemas, al sufrimiento —de repente se sintió sofocada, como si estar ahí le estuviera quitando el aire—. No seguiré perdiendo más mi tiempo contigo porque yo, a diferencia tuya, si tengo una vida que vivir a pesar de todas sus dificultades.
Completamente drenada por aquel inesperado arranque de enojo, Anna dio media vuelta y salió de la habitación con un sonoro portazo.
Fin del capítulo 1.
Si llegaste hasta aquí, ¡muchas gracias por leer!
Espero lo hayas disfrutado.
