CAPÍTULO 20

—Prueba con un poco más de agua hirviendo —decidió Mikoto, y Kagami obedeció.

Los dos se asomaron a la cacerola. Mikoto suspiró.

—Bien, ¡maldito y condenado sea todo!

—¡Milady! Tal idioma para una mujer de tu posición, diré —la reprendió Kagami.

—No es precisamente igual a como se hace el té, ¿verdad, Kagami?

—No, ni un poco, diré, pero no es ninguna razón para dejar de ser una dama por eso.

Mikoto resopló.

Sólo tú, querido Kagami, te atreves a criticar mis modales.

—Es porque normalmente es un dechado de perfección, pero a mí me muestras un poco más de normalidad.

—¡Bien, revuélvelo, Kagami! No le permitas simplemente asentarse allí.

Kagami le dirigió una mirada enfadada mientras empezaba a revolver la mezcla rápidamente.

—Estas manos talentosas se constituyeron para curar las pieles más ricas en toda Escocia y no para revolver la bebida de una señora, diré —refunfuñó.

Mikoto sonrió ante sus palabras. ¡Cómo hacía alarde sobre sus manos talentosas! Uno pensaría que estaban hechas del más puro oro en lugar de carne, huesos y algunos callos.

Lo contempló un momento más, pensativa, mientras él revolvía la bebida preparada. El siempre fiel Kagami a su lado. Sus mañanas y tardes no serían lo bastante ricas sin ese hombre. Sus tardes, bien, ella se había pasado sus tardes sola durante tantos años, que escasamente lo notaría ya, o eso quería creer.

—¿Por qué no te casas? —le había preguntado hacía unos veinte largos años a Kagami, cuándo él todavía era un hombre joven. Pero él sólo le había sonreído mientras se había arrodillado junto a las tinas donde había estado empapando un cuero de oveja de suavidad mantecosa.

—Tengo todo lo que necesito aquí, Mikoto —Él extendió sus brazos anchos, como si pudiera abarcar toda Dalkeith en su abrazo—. ¿Por qué querría más?

—¿Pero no quieres niños, Kagami? —sondeó ella—. ¿Hijos para heredar tu curtiduría? ¿Hijas para amar?

Él se encogió de hombros.

—Sasuke es como un hijo para mí. No podría pedir un muchacho mejor, diré. Y ahora tenemos a los dos pequeños que corren ya, y bien... estás de nuevo sin marido, Lady Mikoto... —él dejó que las palabras se arrastraran despacio, sus manos fuertes frotando y apretando la piel en la mezcla de sal.

—¿Y qué tiene que ver contigo que yo esté sin marido?

Kagami irguió su cabeza y le dedicó la paciente, tierna sonrisa que a veces demoraba en su mente antes de que ella se durmiera por las noches.

—Sólo que yo siempre estaré aquí para ti, Mikoto. Siempre puedes contar con Kagami de la curtiduría, y diré que mil veces más —Sus ojos eran llanos y profundos, con alguna cosa que ella era incapaz de identificar en su rostro. Ella ya había perdido a dos maridos en dos guerras y los Cielos sabían que siempre habría de llegar otra guerra más.

Pero Kagami MacTarvitt... él siempre regresaba. Marcado con cicatrices y ensangrentado, pero siempre regresaba.

Detrás de las cocinas con ella mientras secaba sus hierbas y especias. Detrás para prestar una mano ayudando, ahora y siempre, cuando ella excavaba en su rica tierra negra y recortaba sus rosas.

Había veces, cuando se arrodillaban en la suciedad, cuando sus cabezas permanecían juntas, que ella sentía una sensación oscilante en su vientre. Y veces cuando se sentaba junto al hogar en la cocina y solicitaba su ayuda para cepillar su largo pelo oscuro. Él sacaba los alfileres primero, y deshacía sus trenzas una por una.

—Nada está pasando Mikoto —la voz de Kagami la sacó de su ensueño pensativo y forzó su mente a regresar al presente.

Ella se sacudió firmemente, y arrastrando sus pensamientos de nuevo a la tarea. Café. Ella quería café para su nuera.

—Quizá sea como los frijoles negros o los guisantes secos, y tienen que remojarse toda la noche —se preocupó al frotar la parte de atrás de su cuello. Nada estaba saliendo bien esa mañana.

Mikoto se había levantado temprano, pensando en la chica encantadora que tenía tan atontado a su hijo. Pensando sobre cómo la situación debía parecer desde su punto de vista. La calamidad después de la calamidad había golpeado su llegada una y otra vez.

Que era por lo que había ido a la despensa para recuperar una bolsa de los brillantes frijoles negros que su nuera codiciaba. Lo mejor que podría hacer era llevar a Sakura una taza de café esa mañana, antes de decirle que Sasuke había partido hacia Uster al alba. O peor, las noticias que Kagami había descubierto hacía una hora escasa: que Kin había estado intentando matar a Sakura, pero había muerto ella misma.

Por lo que había llegado a eso... asomada a una cacerola llena de frijoles negros relucientes que no estaban haciendo demasiado de nada en el agua humeante.

—Quizá debemos quebrar los frijoles, Mikoto —dijo Kagami, apoyándose más cerca. Tan cerca que sus labios estaban a pulgadas escasas de los suyos cuando cuándo él dijo:

—¿Qué piensas?

Mikoto emitió un jadeo imperceptible.

—Kagami, simplemente pienso que podrías tener razón. Consigue un mortero y lo haremos. Esta mañana me gustaría realmente poder empezar su día con café. Va a necesitarlo.

—Está escapándose de nuestras manos, Bromista. Un mortal ha muerto —espetó el Rey Hashirama.

—Por la mano de su propia raza. No la mía —aclaró Neji.

—Pero si no hubieras estado aquí, no habría sucedido. Estás peligrosamente cerca de destruir todo. Si el Pacto se rompe alguna vez, será porque mi Reina lo escoja, no a través de tu acto de idiotez.

—Tenías una mano también en este plan, mi liege —recordó Neji—. Además, no he dañado a ningún mortal. Yo simplemente señalé a los Rom que estaba disgustado. Fueron ellos quienes tomaron la decisión.

—Te apartaste con limpieza, pero también estás cerca de romper la paz que hemos mantenido durante dos milenios. Eso no era parte del juego. La mujer debe regresar a su tiempo —El Rey Hashirama ondeó una mano, despidiéndolo.

Sakura estaba caminando por el jardín, pensando sobre las ventajas del siglo XVI y la beatitud serena de la intacta naturaleza, cuando pasó. Sufrió una sensación horrorosa de vértigo, como si un gran vórtice se hubiera abierto y la arrastrara hacia abajo. Cuando comprendió que reconocía la sensación, Sakura abrió la boca para gritar, pero ningún sonido salió. Se había sentido de esa manera sólo antes de que se encontrara de pronto en el regazo de Shimura; como si su cuerpo estuviera estirándose, delgado, y le dieran un tirón a una velocidad imposible a través de una oscuridad bostezante.

La presión agónica se alzó en su cabeza: ella la asió con las manos y oró fervorosamente: "¡Oh, querido Dios, no de nuevo, por favor, no de nuevo!"

La sensación de presión se intensificó, el latido en sus sienes se inflamó hasta un crescendo de dolor, y simplemente cuando se convenció de que se rasgaría en dos, se detuvo.

Por un momento no pudo enfocar los ojos; las formas oscuras del mobiliario vacilaron y se ondearon en sombras de gris. Entonces el mundo flotó hasta enfocarse y ella abrió la boca.

Sakura miró fijamente, asustada, las cortinas temblorosas de su propia alcoba.

Ella agitó su cabeza para aclararla y gimió ante las olas de dolor que sólo ese movimiento pequeño causó.

—¿Mi alcoba? —masculló silenciosamente. Sakura miró a su alrededor en completa confusión. Allí estaba Moonshadow sentada delicadamente en la colcha de la cama de su manera de costumbre, las patas pequeñas plegadas gravemente por encima de la barra de madera, observándola con una expresión igualmente asustada en su rostro felino. Sus ojos dorados redondeados por la sorpresa.

—¡Princesa!

Sakura se estiró para alcanzarla.

Neji hizo un rápido gesto con su mano a su vez y miró a su rey.

—Ella se queda.

El Rey Hashirama chasqueó sus dedos igual de rápidamente.

—¡Y yo dije que ella se va!

Sakura pestañeó y agitó su cabeza con fuerza. ¿Había regresado por un momento a los jardines de Dalkeith? No, estaba de nuevo en su alcoba.

Esa vez, decidida a poner sus manos en Moonie, Sakura arremetió hacia ella y sobresaltó a la ya desconcertada gata. Moonie se arqueó hacia atrás como una herradura, los diminutos pelos del bigote erizados con indignación, saltó fuera de la cama y huyó del cuarto con sus diminutas patas aladas.

Sakura la siguió, pisándole los talones. Si por alguna chifladura del destino le fuera dada una segunda oportunidad, necesitaba una cosa. Llevarse a Moonshadow al siglo XVI con ella.

Neji chasqueó sus dedos también.

—No pienses cambiar tu maldita idea. Aceptabas esto, mi Rey. No fue solamente idea mía.

Sakura gimió. Estaba de nuevo en los jardines.

Pasó tres más veces en sucesión rápida, y cada vez, intentó capturar a Moonie desesperadamente. Una parte de su mente protestaba que eso simplemente no podía estar pasando, pero otra parte reconoció que si así era, haría malditamente bien en atrapar a su preciosa gata.

En la última oportunidad, tenía casi acorralada a la pequeña gatita descarriada en la cocina, cuando Marie, su casera, seleccionó ese momento preciso para entrar en el cuarto.

—¿Es usted, señorita Haruno? —Marie abrió la boca y se asió a la jamba de la puerta.

Sobresaltada, Sakura se volvió hacia su voz.

Las mujeres se miraron mutuamente, boquiabiertas. Mil preguntas y preocupaciones dieron volteretas a través de la mente de Sakura; ¿Cuánto tiempo había pasado?
¿Estaba viviendo su casera Marie ahora en la casa? ¿Había tomado ella a Moonie por su abandono? Pero no preguntó nada de eso porque no sabía de cuánto tiempo más disponía.

Dándose cuenta de la tregua, Moonshadow echó a correr hacia la puerta. Sakura arremetió detrás de ella, y abruptamente se encontró una vez más en el jardín, y agitada de la cabeza a los dedos de los pies.

Sakura gimió en alto.

¡Casi la tenía! Sólo una vez más, susurró. Envíame atrás una vez más. Nada.

Sakura se hundió a un banco de piedra con sus piernas inseguras e hizo varias respiraciones profundas.

De todas las cosas asquerosas para soportar, que esa fuera la primer cosa que le sucedía por la mañana. Eso era lo peor de un día malo. Era añadir un insulto a la injuria de un día sin ningún café.

Se sentó inmóvil y esperó de nuevo, esperanzadamente. Nada. Todavía en los jardines.

Se estremeció. Había sido terrible, echándose sobre ella así, pero por lo menos ahora sabía que Moonie estaba bien y que Marie obviamente no había esperado demasiado antes de mudarse desde la casa grande a su cuarto sobre el garaje. Y aunque la cabeza de Sakura todavía palpitaba por pasarse de una dimensión a otra, había consuelo en su conocimiento de que su Moonshadow no era un pequeño esqueleto de gato atrapado en una casa abandonada.

—Yo soy tu Rey. Me obedecerás, Bromista.

—Yo encontré a la mujer, por consiguiente uno podría decir que yo empecé este juego, mi liege. Permíteme terminarlo.

El Rey Hashiraama dudó, y Neji repujó en su indecisión.

—Mi Rey, ella rechaza una y otra vez al hombre que agradó a nuestra Reina. Lo humilla.

El Rey ponderó eso un momento. Él exige el alma de una mujer, su Reina había dicho soñadoramente. Nunca había visto semejante mirada en el rostro de Mito en todos sus siglos juntos, a menos que él la hubiera puesto allí.

La furia se cocía en las venas del Rey. No quería retirarse de ese juego más que Neji: había mirado y saboreado cada momento de la miseria de Sasuke.

Hashirama estudió intensamente al Bromista.

—¿Juras honrar el Pacto?

—Por supuesto, mi liege —mintió Neji con facilidad.

—Un mortal satisfizo a mi Reina —reflexionó el Rey—. Ella se queda —dijo decididamente, y desapareció.