CAPÍTULO 23
En su depresión, Sakura consideró no comer. Se preguntó si fumaban cigarrillos en 1513; lo reconsideró, y decidió comer en cambio.
Hasta que encontró el whisky.
Por el tiempo, brindó cuando se sentó en el estudio de Sasuke y subió los pies sobre el escritorio. Sirvió una generosa ración del whisky en un vaso de cristal cortado y tomó un trago ardiente.
—Och —dijo pensativamente al escritorio— pero se preparan una buena mezcla, ¿verdad?
Pasó el resto de la tarde y el anochecer en su sagrado asilo, escondiéndose de los avances del extraño herrero, con Mikoto observándola con preocupación, y su propio corazón dolorido. Leyó los libros de su marido cuando vio la fina lluvia que empezó a caer, mientras agotaba el vaso de whisky. Él tenía gusto con los libros, pensó. Podría enamorarse de un hombre al que le gustara leer.
Después inspeccionó intensamente su escritorio, diciéndose que tenía derecho porque era su esposa, después de todo. Cartas a los amigos, de los amigos, a su madre mientras había estado lejos, pulcramente atadas con cintas.
Sakura buscó en los cajones y encontró miniaturas de la hermana y el hermano de Sasuke. Descubrió tesoros de la niñez que calentaron su corazón: una pelota de cuero remendada a menudo, estatuas hábilmente talladas de animales, piedras y dijes.
Hacia su segundo vaso de whisky, él estaba gustándole mucho, demasiado. Basta con el whisky, Sakura, y hace mucho tiempo desde la última vez que comiste algo.
Sobre unas piernas inseguras, ella buscó su camino hacia el gran hall.
—Esposa. —La voz no contenía ninguna calidez.
Sakura retrocedió y abrió la boca. Giró y se encontró cara a cara con Sasuke. ¿Pero no había ido a Uster? Al parecer no. Su corazón voló. Estaba lista para intentarlo, pero algo en su mirada la puso nerviosa, y no tuvo la noción más brumosa de por qué. Estrechó los ojos y lo contempló intensamente.
—Pareces claramente irritado —dijo ella. Emitió un gemido de miedo cuando él arremetió hacia ella—. ¿Q-qué estás haciendo, Sasuke?
Sus manos se cerraron sobre sus muñecas con posesión acerada cuando él movió su cuerpo poderoso hasta apoyar la espalda femenina contra la piedra fresca del corredor.
—Sasuke, qué...
—Silencio, chica.
Con los ojos muy abiertos, ella observó su rostro buscando alguna pista que explicara la hostilidad helada en sus ojos.
Él forzó su pierna musculosa entre sus muslos y los empujó para apartarlos cruelmente.
—Has estado bebiendo, muchacha.
Su respiración era calurosa en su cara, ella podía oler el hedor potente del alcohol.
—¿De veras? ¡Igual que tú! ¡Y pensé que estabas en Uster!
Sus labios hermosos se torcieron en una sonrisa amarga.
—Sí, soy bastante consciente de que pensaste que estaba en Uster, esposa —Su acento la raspó densamente y traicionó la magnitud de su rabia.
—¡Bien, no veo por qué estás tan enfadado conmigo! Eres tú el que ha tenido nueve millones de mujeres, y eres el que salió sin decir adiós, y eres el que no...
—Lo que es bueno para el ganso no es necesariamente bueno para la gansa —gruñó él. Retorció su mano en el pelo rosa y dio un tirón a su espalda asombrada, desnudando el arco pálido de su garganta—. Nada de consumir alcohol ni de amantes, esposa.
—¿Qué? —Él no parecía muy coherente, hablando sobre los animales de granja cuando ella estaba intentando tener una conversación bastante sobria con él. Abrió la boca cuando la mordió suavemente en la base de su cuello, donde su pulso golpeaba erráticamente. Si ella no podía manejar a ese hombre sobria, no podría manejarlo achispada, ciertamente.
Con lentitud insoportable, él paseó su lengua bajo su cuello y por las curvas superiores de sus pechos. La boca de la muchacha se secó y una bandada entera de pájaros revoltosos batió sus alas dentro de su vientre.
—Lasciva —él respiró contra su inmaculada piel.
Sakura gimió suavemente, en parte por el dolor de sus palabras y en parte por el placer de su tacto.
—Infiel, cruel belleza, ¿qué hice yo para merecer esto?
—¿Qué hice yo...?
—¡No! —tronó él—. Ninguna palabra. No soportaré ninguna mentira melosa del cubil de la dulce serpiente que llamas boca. Sí, chica, tienes el más cruel de los venenos. Mejor hubiera permitido que el dardo te diera, o la flecha. Fui un estúpido por sufrir un momento de dolor por tu culpa.
¿Estoy soñando de nuevo?, se preguntó ella. Pero sabía que no, porque nunca en un sueño había sido tan consciente de cada pulgada de su propio cuerpo, su cuerpo traidor que rogaba acercarse a ese hombre enfadado que goteaba sex appeal, incluso en su furia.
—¡Dime lo que él tiene para darte que yo no tenga! Dime por qué tienes hambre por ese hombre. Y después de que yo te haya mostrado cada pulgada de lo que tengo para darte, entonces puedes decirme si todavía piensas que él tiene más que yo.
—¿El herrero? —ella preguntó incrédulamente.
Él ignoró su pregunta completamente.
—Debí haber hecho esto hace tiempo. Eres mi esposa. Compartirás mi cama. Llevarás mis niños. Y ciertamente, cuando te haga mía, nunca dirás esa palabra de nuevo. Te dije una vez las reglas de Sasuke. Ahora te las recordaré por última vez. El herrero y Neji son dos palabras que nunca me dirás. Si lo haces, te castigaré tan profunda y cruelmente, que desearás no haber nacido.
Las palabras fueron sin embargo tan cuidadosamente dichas, con tan controlado enojo, que Sakura no empezó a cuestionar siquiera qué castigo podría tener en mente. Sabía instintivamente que nunca querría averiguarlo. Cuando abrió sus labios para hablar, Sasuke frotó su cuerpo contra el suyo, apretando íntimamente su pene duro entre sus muslos. Las palabras que ella había planeado decir se exhalaron en cambio como un whoosh suave de aire, que se convirtió en un gemido ronco. Sakura quiso fundirse contra él, arquearse contra su cuerpo con abandono completo. Ni siquiera podía estar de pie al lado de ese hombre sin desearlo.
La sonrisa de Sasuke era burlona y cruel.
—¿Se siente él así, chica? ¿Tiene él esto, tanto para complacerte?
Ningún hombre lo tiene, ella pensó febrilmente, cuando sus caderas se movieron hambrientamente contra él. Sasuke gruñó suavemente y rodó su boca encima de la suya en un cruel, castigador beso.
Sakura sintió su mano levantando su falda y comprendió que en su rabia actual Sasuke iba a tomarla, directamente en el oscuro y frío vestíbulo. Achispada o no, no era así como Sakura planeaba abandonar su duramente guardada virginidad. Ella lo deseaba, pero no así. Nunca así.
—¡Detente! Sasuke, cualquier cosa que piensas que he hecho... ¡no lo hice! —gritó la joven.
Él le impuso silencio con su boca, su beso caliente, hambriento y cruel. Ella entendió que estaba castigándola con su cuerpo, no haciéndole el amor, pero no podía resistirse a su lengua y no podía impedirse besarlo a su vez, jadeante.
Sasuke dejó caer su cabeza y rozó su cuello con los dientes; después la provocó endureciendo sus pezones a través del vestido. Sakura estaba tan perdida en el placer que no comprendió lo que él estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde.
Ella sintió el escozor de una soga contra sus muñecas cuando él dio un tirón a sus brazos y la volvió para afianzar sus manos en la base de su espalda.
—¡Hijo de puta! —siseó ella.
—Hijo de puta... —él repitió pensativamente—. ¿Ahora no te gusta mi madre?
—¡No me gustas cuando haces esto! ¡Sasuke! ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué he hecho yo?
—Silencio, chica —él ordenó suavemente, y ella comprendió entonces que cuando su voz era suave y sutil como cuero engrasado era cuando ella estaba en el peligro más extremo. Fue la primera de las muchas lecciones que él le enseñaría. Cuando la capucha de seda resbaló encima de su rostro, ella gritó su furia y trató de golpearlo con los pies. Esforzándose, dando puntapiés, rabiosa en sus brazos, ella maldijo rotamente.
—Esposa —él dijo contra su oreja a través de la capucha de seda—, me perteneces. Pronto no recordarás que hubo un tiempo en que no lo hicieras.
Neji estaba de pie a la sombra de los serbales y miró cómo Sasuke atravesaba la noche con la mujer encapotada que luchaba contra su agarre. Él pensaba que podría escapar de Neji Hyūga, ¿verdad? ¿Pensaba Sasuke que podría llevársela? Muy listo. Neji no había negociado ese punto. Obviamente, Sasuke había decidido jugar con los límites de su trato.
El hombre estaba volviéndose enfurecedoramente un serio rival.
No, eso no era lo que Neji había esperado en absoluto cuando había organizado su escena en los jardines.
Sin embargo, el hombre era más bruto de lo que había pensado. Había infravalorado a su antagonista inmensamente. Había pensado que Sasuke era demasiado decente y demasiado bueno para saber cuándo un hombre tenía que ser tan duro e implacable como acero con una mujer. Él había contado con que el noble Sasuke estuviera tan herido viéndola con el herrero, que la maldeciría y la injuriaría, quizá se divorciaría de ella incluso; cualquiera de lo cual, según su plan, la enviaría corriendo a su forja ardiente en los serbales. Había pensado, bastante equivocadamente por lo que parecía, que Sasuke tenía una o dos debilidades de carácter por lo menos.
—¡Silencio, esposa! —el tono de barítono de Sasuke resonó en la oscuridad. Neji se estremeció. Ningún mortal debía tener semejante voz.
Bien, este justamente no lo haría. Tendría que intervenir en serio, porque si semejante hombre se llevaba a una mujer y la custodiaba durante un tiempo, la mujer ciertamente le pertenecería cuando hubiera terminado.
Y Neji nunca perdía en nada. Ciertamente, no en eso.
Caminó hacia adelante en las sombras, preparado para confrontar a Sasuke, cuando oyó un cuchicheo áspero tras de sí.
—¡Bromista!
—¿Ahora qué? —gruñó Neji, y se volvió para enfrentar al Rey Hashirama.
—La Reina exige tu presencia.
—¿Ahora?
—Justamente ahora. Ella se nos ha adelantado. Creo que es de nuevo esa pequeña y curiosa Aine. Tendrás que dejar por lo menos algún tiempo este juego para aliviar las sospechas de la Reina. Ven.
—No puedo ir ahora.
—No tienes ninguna opción. Ella vendrá por ti si no lo haces. Y entonces no tendremos ninguna oportunidad de ganar en absoluto.
Neji se detuvo un largo momento y permitió que su rabia ardiera y dejara en ascuas su resolución. Debía tener mucho cuidado en lo que a su Reina concernía. No haría ningún bien obstruir su antojo o deseo de ninguna manera.
Se permitió una larga mirada por encima del hombro a la figura que se marchaba a lomos de un caballo.
—Muy bien, mi liege. A través de este podrido infierno, renuncio a mi voluntad, comprometida sólo con la reina más hermosa. Vamos.
