CAPÍTULO 26

Aunque Sasuke insistió en marcharse la siguiente mañana muy temprano, también se aseguró de que el camino a Dalkeith fuera un tiempo dulce para ellos. Envió la mitad de los guardias para adelantarse y ordenó a la otra mitad quedarse detrás de él y su señora, para permitirles privacidad. Él volvería a Uster y vigilaría el resto de las cortes señoriales en el futuro, después de que esa batalla terminara.

Sakura estaba estremecida por su urgencia de volver a Dalkeith para sellar sus votos. Fue estremecida igualmente por la jornada de tres días, con largas pausas en estanques helados de agua de manantial. Los interludios más largos de pasión en el musgo elástico bajo el dosel de temblorosas y brillantes hojas. Momentos en los que él la provocaba, excitaba y enseñaba, hasta que la ruborosa virgen creció segura en su recientemente descubierta feminidad, estremecida por sentir el poder de una mujer sobre su hombre. Pronto se hizo experta en las maneras sutiles de tocar o hablar, de mojarse los labios e invitar con los ojos. Aprendió las caricias robadas y las respuestas instantáneas que convertían a su hermoso, dulce hombre en un palpitante y endurecido salvaje.

Estaba ligeramente aturdida al descubrir que el otoño había pintado las colinas con la inspiración de un artista; hojas en sombras brillantes de color calabaza, vino y ámbar susurraban crespamente bajo los cascos de los caballos mientras montaban bajo las ramas de oro de la cosecha. Las ardillas chirriaron y chillaron a través de los árboles con saltos que desafiaban la gravedad. Escocia en toda su gloria majestuosa, pintada con amor, coloreada con los regalos simples de la naturaleza en un tapiz de milagros. Sakura nunca había comprendido que el mundo era un lugar tan maravilloso.

Ella recordaría las jornadas del lento retorno a Dalkeith como su luna de miel; un tiempo de pasión prodigiosa y tierno romanticismo. Un tiempo de curación dichosa y amor. O más simplemente, los días más felices de su vida.

Tarde en el segundo día, cuando yacían sobre un tartán Uchiha azul y gris, un dolor sin dirección apareció para atizar a Sakura sin poder detenerla. Agarrando el rostro de Sasuke entre sus manos, ella lo besó dura, caliente y tentadoramente; después se retiró y dijo:

—Si alguna vez me prohíbes de nuevo verte, marido, tiraré abajo las paredes de Dalkeith, piedra por piedra, para llegar a ti.

Sasuke agitó su cabeza, sus pensamientos completamente enredados por el beso tentador y más que desconcertado por sus palabras. Él exigió sus labios en un beso largo, igualmente feroz, y cuando ella quedó jadeando suavemente bajo él, le respondió:

—Si alguna vez no vas a verme estando herido, agregaré una torre de piedra a Dalkeith y te encerraré con llave allí, mi cautiva esclava del amor, para que nunca me niegues algo de nuevo.

Ella volvió a estudiarlo con una expresión perturbada, sus labios llenos y rosados por el calor de su beso.

—Si quieres decir después de que fuiste dañado por la flecha, yo intenté verte. Naruto no me lo permitió.

La mirada de Sasuke batalló con la suya.

—Naruto nunca dijo que viniste. Él dijo que estabas durmiendo tranquilamente en el Cuarto del Pavo Real sin una preocupación en tu mente, segura de que pronto moriría y te dejaría libre.

Sakura jadeó.

—¡Nunca! Yo permanecí fuera de tu puerta. Discutiendo y luchando con él. ¡Sin embargo él juró que me negaste la entrada!

—Nunca te he negado la entrada. No, yo abrí mi alma y rogué que entraras. ¿Ahora estás diciéndome que viniste a verme esa noche, y que Naruto te dijo que yo había dado órdenes de que se te negara...?

Sakura asintió, con los ojos muy abiertos.

Una oscura furia flotó por el rostro de Sasuke cuando recordó la agonía que había soportado al creer que a ella no le preocupaba lo bastante para ver si él todavía vivía y respiraba. De repente entendió la sombría conducta de su amigo esa noche. La manera en que la mirada de Naruto no había parecido bastante segura. La manera nerviosa en que él había atizado el ya llameante fuego y removido los leños crujientes distraídamente.

—Naruto, ¿qué travesura has hecho? —murmuró él. ¿Podría desear Naruto el mal a Sakura? ¿O había estado intentando sólo protegerlo, su amigo y hermano de armas, de un daño mayor?

Indiferente a ello, sus acciones eran inaceptables. No importaba cuán duradera era su amistad, las mentiras nunca eran tolerables. Y las mentiras de Naruto habían creado una cuña entre él y su esposa, una cuña que había enviado a Sasuke a alejarse hacia Uster. ¿Qué hubiera sucedido si no hubiera vuelto por Sakura? ¿Cuánto podrían haberlos alejado las mentiras de Naruto? ¿Qué podría haber hecho Neji a su esposa si él no hubiera vuelto por ella?

La boca de Sasuke se apretó. Sakura puso su palma contra su mejilla y dijo suavemente:

—Sasuke, no creo que él quisiera hacer algún daño. Parecía estar intentando protegerte. Dijo que yo no te había traído nada más que dolor, y que era todo culpa suya.

—¿Su culpa?

—Por desear a una estrella fugaz. Sasuke resopló.

—Los deseos a las estrellas no se hacen realidad, chica. Cualquier niño descerebrado sabe eso.

Sakura irguió una ceja traviesa.

—Pero él dijo que deseó por la mujer perfecta —arguyó ella arrogantemente—. Y yo encajo con la descripción —lo provocó.

—Sí que lo haces —gruñó Sasuke. Con una sonrisa malvada, él sostuvo uno de sus pechos perfectos en su mano y empujó su espalda sobre el tartán cuando su pasión empezó una vez más. Su último pensamiento coherente antes de que se perdiera en la belleza y maravilla que eran su esposa, era que Naruto le debía algunas respuestas y a su esposa una disculpa. Y, si tuviera que admitirlo, por todo lo que sabía, quizá los deseos pedidos a las estrellas fugaces se hacían realidad. Las cosas más extrañas habían pasado últimamente.

El último día, Sasuke montó como si el infierno lo persiguiera. Había robado tres días, meditó oscuramente, sosteniendo a su esposa contra su pecho en su abrazo posesivo, su mejilla acariciando su pelo de seda.

En los bosques, él la había sentido segura, mientras que el enemigo que la amenazaba no supiera dónde estaba en esos momentos. Por lo que él lo había prolongado para hacerlo durar, manteniendo sus preocupaciones lejos de su esposa, no queriendo que nada estropeara su placer.

Además, él seguía derrumbándose cerca del letargo cada vez su exigente y joven esposa se salía con la suya con él. Maldita cosa extraña. Él nunca había caído tan repleto y satisfecho en la tierra. Oh, pero esa chica tenía un poco de magia propia.

Pero ahora su mente se volvió oscuramente al asunto que lo aguardaba. Hasta la fiesta del Muerto Bendito, le había advertido Bansai. El Samhain era al día siguiente; el día posterior al Samhain era la fiesta del Muerto Bendito, o de Todos los Santos, como algunos lo llamaban.

El Samhain era un tiempo peligroso para cualquiera que anduviera solo. Se rumoreaba que las Hadas paseaban por la tierra en todo su esplendor en semejante noche. Se rumoreaba que la maldad abundaba en el Samhain, por lo que los clanes encendían una doble hoguera de abedul, serbal, roble y pino, y tallaba trincheras profundas alrededor de ellas. Allí se reunían uno a uno, cada hombre, mujer y niño, y festejaban juntos en el margen protector de luz. Dentro de ese anillo, él comprometería su vida a su esposa e intentaría hacer un poco de su propia magia.

Pero podía sentir en sus huesos que algo estaba a punto de ir muy mal.