CAPÍTULO 27
SAMHAIN (Cosecha)
Para nada este universo ancho que invoco, Sálvate, mi rosa; y con él, tu arte, mi todo.
Shakespeare, Soneto CIX
Neji siseó cuando dejó la isla de las hadas de Morar. El tiempo, normalmente sin ninguna importancia para él, se le había ido de las manos, día por día, preciosos. Cuando jugaba un juego mortal, el tiempo se volvía una preocupación desagradable. Por demasiado tiempo sus artes habían descuidado Dalkeith, pero había tardado algún tiempo para convencer a su Reina de que no estaba involucrado en ninguna travesura.
Ahora la visión sobrenatural de Neji dirigió su mente hacia Dalkeith para estudiar los cambios en su juego. Él se tensó y siseó de nuevo. ¿Cómo se atrevían?
Cuando su Reina había dicho las condenadas palabras que sellarían el destino de Sasuke, Neji había investigado exhaustivamente por la herramienta perfecta para su venganza. Él había vagado a través de los siglos, escuchando, mirando y escogiendo finalmente a la mujer perfecta con cuidadosa precisión. Neji no intervenía a menudo en las vidas de los mortales, pero cuando lo hacía, surgían las leyendas. Y a Neji le gustaba eso.
Algunos lo llamaban el Duende. Un Bardo lo nombraría Ariel.
Sin embargo otros lo conocían como Robin Goodfellow. Los escoceses lo llamaban el pecador siriche du: el duende negro. De vez en cuando, Neji se ponía el rostro del perseguidor jinete sin cabeza, o un espectro austero que llevaba una guadaña, sólo para vivir mucho tiempo en los recuerdos de los mortales.
Pero eligiera la apariencia que eligiera, él siempre ganaba lo que se proponía ganar. ¡Y había estado tan seguro del éxito esa vez! La mujer no sólo había crecido en la mágica Nueva Orleáns, sino que había jurado tan vehementemente contra los hombres que la había oído a través de los siglos. Neji la había observado durante semanas antes de elegirla cuidadosamente; la había estudiado, aprendido todo lo que había que saber de la fascinante Sakura Haruno. Cosas que ni su amado marido sabía de ella. Lo había convencido que ella era la mujer garantizada a odiar al legendario Sasuke.
Esa vez, sin embargo, cuando Neji se acercó a Dalkeith-Upon-the-Sea, su visión sobrenatural reveló a una Sakura dichosa y tejiendo planes de boda soñadoramente en su mente.
Pero Sasuke, ah... Sasuke no estaba tan tranquilo. Él percibía que algo estaba mal. Se prepararía.
Neji había llevado a Sakura allí para rechazar a Sasuke, y por supuesto, para reclamar a la Bella para sí mismo. Raramente sucedía que semejante inspiradora criatura, una mortal, naciera como esa mujer. Incluso el Rey había hecho un comentario sobre su perfección. Qué venganza dulce, casar a Sasuke con una mujer que nunca lo amaría, mientras Neji la hacía suya. Hacer cornudo al hombre que había humillado al Rey de las Hadas. Pero parecía que se había equivocado con Sakura como lo había hecho con Sasuke. Los había infravalorado a ambos, se temía.
Ella amaba a Sasuke tan intensamente como Sasuke la amaba a ella.
Neji pensó brevemente, y sonrió con astucia cuando sintió el golpe de inspiración. Que haría parecer una venganza diminuta hacer sólo cornudo a Sasuke.
Una nueva y verdaderamente devastadora posibilidad se le ocurría ahora.
Mikoto y Kagami estaban sentados en la terraza empedrada de Dalkeith cuando Sasuke y Sakura llegaron esa noche.
Profundamente en las sombras, hablando suavemente y bebiendo a sorbos oporto dulce, observaron el paseo de la pareja más joven, que se apeó, y con las manos unidas, se acercaron a la terraza. Los ojos de Mikoto brillaron con felicidad cuando los vio.
Sakura dijo algo que hizo a Sasuke reír. Cuando él la tiró hacia sí y en una parada perezosa la besó, ella quitó la correa para liberar su pelo negro a la noche. Lo que empezó como un beso tierno principió a ahondarse hambrientamente. Largos momentos pasaron mientras el beso se desplegaba. Lento, salvaje y caliente, el laird de Dalkeith- Upon-the-Sea y su señora se besaron. Sobre el césped, directamente frente a la terraza, se besaron bajo una luna casi llena.
Y siguieron besándose.
La sonrisa de Mikoto se apagó, y se movió incómodamente en su silla. Se obligó a hacer una respiración profunda, difícil, y ordenó a su corazón que dejara de tronar de esa manera ridícula. Había pensado que su cuerpo podría haberse olvidado finalmente de tal pasión. No había ni una pequeña posibilidad de que ocurriera.
—Ese es un buen beso, diré —El acento rico de Kagami rodó sobre ella.
—Bu-buen... beso —Mikoto tragó. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que un hombre la había besado de esa manera?
Kagami se movió imperceptiblemente más cerca y Mikoto lo miró firmemente.
Entonces su mirada se hizo especulativa.
Kagami MacTarvitt era un hombre con una figura distinguida, notó. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto antes? ¿Y por qué esa sonrisa callada en su rostro?, se preguntó.
—¿Por qué estás sonriendo? —espetó.
—Esta es una grandiosa noche en Dalkeith, diré — ofreció él benignamente—. Ellos han venido a casa. Y creo que tendremos pequeños bebés pronto por aquí, y diré que bastantes.
—Hmmph —Mikoto resopló—. ¿No has deducido cómo hacer café aún, anciano? Me encantaría tener una buena taza para ella por las mañanas.
—Milady —Su mirada tierna la reprendió—. Soy un hombre de manos talentosas, ¿recuerdas? Por supuesto que puedo hacer café.
Manos talentosas. Las palabras demoraron en su mente un momento más largo de lo que le habría gustado, y atisbó subrepticiamente esas manos. Buenas manos, y lo eran, de hecho. Anchas y fuertes, con dedos largos y diestros. Capaces. Acostumbradas a curtir pieles suaves y cortar jóvenes rosas tiernamente. Cepillaban su pelo suavemente, y hacían té. ¿Qué otros placeres podrían ser esas manos capaces de conjugar sobre una mujer?, se preguntó. Och, Mikoto, has estado desperdiciando muchos buenos muchos años, ¿no es verdad, chica? La verdadera voz de su corazón, silenciosa todos esos años, finalmente encontró su lengua.
Mikoto se movió sutilmente más cerca de Kagami, para que sus brazos descansaran ligeramente lado a lado. Era un tacto suave, pero pretendía significar muchas cosas. Y lo hicieron.
Más profundamente por la noche, cuando Kagami MacTarvitt puso una vieja pero todavía fuerte y capaz mano encima de la suya, Mikoto de Dalkeith pretendió no notarlo.
Pero ella rizó sus dedos firmemente alrededor de los suyos, de la misma manera.
Era temprano por la mañana, el momento cuando la luna fresca brevemente paseaba en conjunción con el sol, cuando Sakura sintió que Sasuke deslizaba la mano herida de la cama en el Cuarto del Pavo real. Ella se estremeció con la frialdad fugaz antes de que él cubriera cómodamente su cuerpo con las mantas de nuevo. El olor picante de él se aferró a las mantas y ella enterró su nariz en ellas.
Cuando habían desmontado la noche anterior, Sasuke la había tomado en sus brazos y subido las tres escaleras en un momento, llevando a su ruborizada esposa frente a los sirvientes boquiabiertos. Había ordenado un baño humeante en la alcoba del laird, y se habían bañado con un perfumado y sensual aceite que se había aferrado a sus cuerpos. Le había hecho el amor feroz y posesivamente en un montón de toallas ante el fuego, y engrasados por la mezcla fragante, sus cuerpos se habían resbalado y deslizado con fricción exquisita.
Sakura había sido reclamada y marcada por la mano del hombre. Conquistada, extasiada y absolutamente devorada. Había abandonado todo pensamiento consciente, volviéndose un animal para domar a su salvaje corcel negro de buena gana. Cuando él la llevó a la cama, la muchacha pasó sus manos sobre el cuerpo masculino, sobre su rostro endulzado por el resplandor del clímax, memorizando cada plano y ángulo y secretamente guardando ese recuerdo en sus manos.
Pero de algún modo entre la magnífica forma de hacer el amor y el sueño, un silencio había caído entre los amantes. Yacía allí, un extraño guantelete caído en su cama. Ella había sentido crecer el nudo de silencio cuando se había perdido en miedos sobre los que no tenía ningún control.
Desesperadamente, había enhebrado sus dedos con los de Sasuke. Quizás si se aferrara a él lo bastante firmemente, si regresara al futuro, podría llevarlo con ella.
Ella se había pasado muchas horas muertas pretendiendo dormir. Asustada de dormir. Y ahora, cuando él se deslizaba de la cama, sintió sus miedos volver a apresarla.
¡Pero ella no podía mantener su mano aferrada todos los minutos de todos los días!
Rodó silenciosamente hacia su lado, saltando del enredo de mantas, y se quedó inmóvil, maravillada.
Él estaba de pie frente a la ventana arqueada, su cabeza erguida como si escuchara el nacimiento de la mañana y oyendo los secretos en los lamentos de las gaviotas que despertaban. Sus enormes manos se extendieron en el estante de piedra, los últimos rayos de la luna acariciando su cuerpo con plata fundida. Sus ojos eran piscinas oscuras de sombra mientras contemplaba fijamente el alba. Su perfil duro se podría haber cincelado de la misma piedra con que se había construido Dalkeith-Upon-the-Sea.
Ella cerró los ojos cuando él se volvió para alcanzar su kilt.
El silencio paralizó y envolvió sus dedos alrededor de su corazón cuando él dejó el Cuarto del Pavo Real.
Sasuke permaneció inmóvil en la puerta en la segunda planta, los ojos oscurecidos con rabia.
Rabia contra su propia impotencia.
Traerla de regreso a Dalkeith había sido un error. Un gran error. Él lo sabía. El mismo aire dentro de Dalkeith parecía cargado, como si alguien hubiera derramado aceite de las lámparas por el castillo y ahora esperara, preparado para dejar caer una vela encendida y dando un paso atrás para ver sus vidas siendo devoradas por el infierno resultante. Ninguna duda permanecía en su mente: Dalkeith no era seguro para ella.
Pero ella también había desaparecido en Uster.
Entonces quizás tenían que marcharse más lejos. China, quizás. O África. Por lo menos sacarla del infierno, fuera de Escocia.
¡Maldito fuera todo! Dalkeith era su lugar. El lugar de los dos.
Dalkeith-Upon-the-Sea había sido su vida entera. Él había soportado tanto para tener esa oportunidad, para volver a casa. Ver a sus hijos jugar al borde del precipicio. Ver a sus hijas correr a través de los jardines, dejando las huellas de sus pies pequeños por los musgos y empedrados de los senderos. En un día caluroso, bañar a sus niños en un lago azul claro. En una noche de calmada verano, seducir a su esposa en la fuente bajo el brillo débil de las estrellas.
Él merecía pasar el resto de sus años caminando con Sakura sobre esas colinas y valles, contemplar el mar y el paso eterno de las estaciones por la tierra, construyendo un hogar rico de amor, recuerdos y aventuras. ¡Todo en él —maldito fuera— lo hacía un hombre egoísta! Quería el sueño entero. Debiste haberte apartado, Sasuke, y lo sabes. ¿Qué te hizo pensar que podrías luchar contra algo que ni siquiera puedes nombrar? Él cerró los ojos firmemente y osciló en la oscuridad. ¿Dejar Dalkeith por ella? Su cabeza cayó hacia adelante, arqueada bajo el peso de decisiones aplastantes. Un suspiro extinguió las hogueras que se estremecían a través de su cuerpo. Sí. Él se casaría con ella en Samhain. Entonces se la llevaría tan lejos de allí como debieran ir. Empezó a decir sus adioses en un fatigado silencio. Los adioses tardarían algún tiempo, y había mucho a lo que necesitaba ofrecer adiós en Dalkeith-Upon-the-Sea.
¿Pero arriesgarse quedándose allí, donde cualesquiera fueran las fuerzas, controlaban a su esposa? Patentemente imposible.
—No podemos quedarnos —dijo a la silenciosa sala de espera, un cuarto al que necesitaba ofrecer su adiós más dolorosamente. Su guardería—. Correr es la única cosa inteligente para hacer en este caso. Es la única manera segura de mantenerla a salvo.
Él frotó sus ojos y apoyó un brazo contra la jamba de la puerta, esforzándose en domar el curso de las emociones que lo atravesaban. Él estaba cautivado, más allá de la creencia, por la chica que dormía inocentemente en su cama. Esa noche compartida con ella había sido todo lo que soñó que un día podría ser. La intimidad increíble de hacer el amor a una mujer cuyos pensamientos podía leer. No estaban haciendo simplemente el amor esa noche, cuando sus cuerpos ardían juntos de pasión: él había sentido tan completa afinidad, que lo sacó fuera de equilibrio. Si nada más, cambió y asentó sus prioridades en la posición perfecta. Ella estaba primero.
La mandíbula de Sasuke se tensó, y maldijo suavemente. Sus ojos vagaron amorosamente sobre las cunas, los juguetes tallados, las lanillas suaves y las ventanas altas que se abrían a un alba aterciopelada. Él podría darle un bebé... infiernos, ella podría llevarlo ya. Y alguien o algo podrían arrancársela junto con el bebé directamente de sus brazos y de su vida. Lo destruiría.
Dalkeith prosperaría sin él; Itachi sería un buen laird. Mikoto lo llamaría para regresar a casa desde Francia. Konan haría compañía a su madre e Itachi se casaría y traería sus bebés a esa guardería.
Él no sufriría pesares. Él podría tener bebés con Sakura en una choza y ser igual de feliz.
Sasuke permaneció unos momentos más, hasta que el parpadeo de una sonrisa encorvó sus labios. Cerró la puerta totalmente a su viejo sueño con una sonrisa tierna y una clase de reverencia que sólo un hombre enamorado entiende. Un cuarto nunca había sido su sueño en absoluto.
Ella era su sueño.
—¡Sasuke! —el labio inferior de Mikoto tembló en una protesta tácita. Ella apartó su mirada para estudiar un intrincado retorcimiento de rosas.
—Debe hacerse, madre. Es la única manera en que puedo estar seguro de que ella esté a salvo.
Mikoto ocupó sus manos con el corte cuidadoso de hojas secas, recortando sus rosas como las había recortado durante treinta años.
—¡Pero salir! ¡Esta noche!
—No podemos arriesgarnos quedándonos, madre. No hay ninguna otra cosa que pueda hacer.
—Pero Itachi no está aquí —protestó ella—. ¡No puedes abandonar el título si nadie está aquí para reclamarlo!
—Madre —Sasuke no se molestó en señalar cuán absurda era esa protesta. Por la mirada tímida en su rostro, era obvio que sabía que estaba asiéndose a cualquier excusa que podía encontrar.
—¡Estás hablando sobre llevarte a mis nietos! —Mikoto batalló duro contra las lágrimas.
Sasuke la consideró con una mezcla de amor profundo y paciencia divertida.
—Son nietos que incluso no tienes todavía. Y no tendremos una oportunidad de hacerlos si yo la pierdo ante cualquier cosa que sea eso que la controla.
—Podrías llevarla lejos de estas orillas y aún así podrías perderla, Sasuke. Hasta que nosotros descubramos lo que la controla, ella no estará nunca realmente segura — argumentó Mikoto obstinadamente—. Ella y yo habíamos planeado investigar los detalles de cada vez ella ha viajado para descubrir similitudes. ¿Has hecho eso?
Sasuke agitó su cabeza, su mirada sombría.
—No todavía. La verdad sea dicha, he sido renuente a plantearlo. Ella no lo hace, yo mantengo mi silencio. Una vez que nos casemos y nos marchemos, habrá tiempo para hablar de ello.
—Sasuke, quizás los Rom...
Sasuke agitó su cabeza con impaciencia. Él ya había intentado esa táctica esa misma mañana. Había sido su última oportunidad. Había encontrado a Bansai en las colinas del sudoeste con su gente, excavando trincheras y recogiendo madera de los bosques para los siete fuegos. Pero Bansai se había negado a discutir rotundamente sobre su esposa, de cualquier manera. Ni siquiera Sasuke había podido atraerlo a una conversación sobre el herrero. Endemoniadamente irritado por no poder forzar respuestas ni siquiera de aquéllos que dependían en él por su hospitalidad, aunque los Rom... Bueno, los Rom no dependían de verdad de la hospitalidad de ningún hombre. Cuando las cosas se ponían difíciles, ellos seguían su camino hasta un lugar mejor. Libertad absoluta, eso era. Ni Sasuke, hablando del asunto, había sido capaz de encontrar al condenado herrero.
—Madre, ¿dónde está Neji?
—¿El herrero? —Mikoto preguntó inexpresivamente.
—Sí. La forja estaba fría. Su carro se ha ido.
—Para ser sincera, no lo he visto desde que... veamos... probablemente desde que ustedes dos se marcharon hacia Uster. ¿Por qué, Sasuke? ¿Piensas que él tiene algo que ver con Sakura?
Sasuke asintió despacio.
Mikoto atacó desde otro ángulo.
—¡Bien, vete! Si te llevas a Sakura y Neji tiene algo que ver con eso, él simplemente puede seguirte. Mejor es quedarse aquí y luchar.
Ella abrió la boca cuando Sasuke dirigió su mirada oscura hacia ella.
—Madre, no me arriesgaré a perderla. Siento que no te guste, pero sin su... ah, sin su... —Él transcurrió en una quietud reflexiva.
—¿Sin su qué? —preguntó Mikoto débilmente. Sasuke apenas agitó su cabeza y se alejó.
Sakura atravesó despacio la muralla buscando a Sasuke. No lo había visto desde que la había dejado en su cama temprano esa mañana. Aunque sabía que pronto pronunciaría sus votos junto a él, no podía despegarse del presentimiento de que algo estaba a punto de salir mal.
Se acercó las piedras musgosas del broch. Mirándolo, le recordaron a Sasuke el día que le había dado la primera lección de cómo un halcón era domado.
Cuán delirantemente un halcón era domado.
Ella abrió la puerta y se asomó dentro, una sonrisa débil encorvando sus labios. Cuán asustada y fascinada había estado por Sasuke ese día. Cuán tentada y esperanzada, todavía incapaz de confiar.
¿Era una vibración de alas lo que había oído? Entró en la oscuridad y caminó a través de ella.
Una parte de sí no se sorprendió en absoluto cuando la puerta se cerró rápidamente tras ella.
Cuando se había sumergido en la oscuridad, había sentido una llamarada abrupta de comprensión. Ése era el peligro que había temido tanto: algo o alguien estaba detrás de ella.
Sakura se sentía como si estuviera manteniendo el equilibrio en el borde de una navaja de afeitar desde la noche anterior, esperando por algo malo que debía pasar. Ahora entendía perfectamente lo que la había mantenido despierta toda la noche: habían sido de nuevo sus instintos, que la habían advertido de la inminente condena, clamando que pisaba un tiempo feliz antes de que su mundo cayera en pedazos.
Y quienquiera estuviera detrás de ella era ciertamente el heraldo de su destrucción.
—Bella.
La voz de Neji. El cuerpo de Sakura se puso rígido. Su mandíbula se tensó y apretó cuando él la agarró en la oscuridad y apretó sus caderas duras contra la curva de su trasero. Ella se lanzó tambaleándose hacia adelante pero él apretó sus brazos alrededor de ella y empujó su espalda contra su propio cuerpo.
Cuando sus labios rozaron su cuello, ella intentó gritar, pero no salió ningún sonido.
—Sabías que yo vendría —él respiró contra su oreja—. ¿No es verdad, encantadora? Sakura quiso protestar, gritar su rechazo, pero alguna parte de ella lo había sabido, en un nivel visceral, profundamente subconsciente. En ese momento, todos sus encuentros extraños con Neji Hyūga de repente aparecieron nítidos en su mente.
—Me hiciste olvidar —ella siseó cuando los recuerdos la inundaron—. Las cosas extrañas que hiciste, cuando tomaste el rostro de Sasuke en la fuente... me hiciste olvidarlo de algún modo —acusó.
Neji rió.
—Te hice olvidar cuando te llevé también a Morar, aún antes que eso. ¿Recuerdas ahora yacer en la arena conmigo, dulce Bella? Yo estoy devolviéndote esos momentos robados. ¿Me recuerdas tocándote? ¿Recuerdas cuando te llevé a mi mundo para curarte? También te toqué entonces.
Sakura se estremeció con la marea de recuerdos en su mente.
—Tomo de ti lo que no necesitas recordar, Bella. Podría tomar de ti recuerdos que adorarías perder. ¿Debo hacerlo, Bella? ¿Librarte para siempre de Sasori? —Neji apretó sus labios contra su cuello en un beso prolongado—. No, ya lo tengo... borraré cada recuerdo que tienes de Sasuke; te haré odiarlo, hacerlo un extraño para ti. ¿Te gustaría eso?
—¿Quién eres? —se ahogó Sakura cuando las lágrimas llenaron sus ojos.
Neji la volvió despacio en sus brazos hasta que ella lo enfrentara. Su rostro era helado y definitivamente no humano en medio de la luz grisácea.
—El hombre que va a destruir a tu marido y a todo Dalkeith si no haces exactamente lo que te diga, encantadora Sakura. Y yo sugiero que me escuches muy, muy cuidadosamente si lo amas.
Sasuke no podía encontrar a Neji. No podía encontrar a Naruto. Y ahora no podía encontrar a su propia esposa. ¿Qué clase de infernal día de bodas era ese?
Sasuke se paseó a través de la muralla más baja pronunciando su nombre, sus manos apretadas en puños. En el cerro, las personas habían empezado ya a recogerlo todo. Las gentes del clan estaban llegando a manadas desde millas a la redonda. Hacia el crepúsculo había casi setecientos plaids tendidos en la orilla de Dalkeith; los Uchiha eran un clan grande con muchos campesinos que cultivaban la tierra. Temprano en la mañana, Sasuke había enviado a su guardia a las colinas y valles para anunciar que el laird se casaría esa tarde, asegurando así la asistencia de cada persona joven y vieja.
Pero no habría ninguna boda si no podía encontrar a su esposa.
—¡Sakura! —llamó él. ¿Dónde demonios estaba? No en el castillo, no en los jardines... ¿no en Dalkeith?
¡No!
—¡Sakura! —rugió, su paso convirtiéndose en una carrera. Pronunciando su nombre, corrió hasta más allá del broch de los halcones.
—¡Sasuke, estoy aquí! —Él oyó su grito haciendo eco tras él.
—¿Sakura? —Él se detuvo abruptamente y se volvió.
—Estoy justo aquí. Lo siento —agregó la joven mientras cerraba la puerta del broch y caminaba hacia afuera.
—No me dejes nunca de nuevo sin decirme donde vas. ¿No me oíste llamarte? —gruñó él, el miedo brindando aspereza a su voz.
—Dije que lo siento, Sasuke. Debo haber estado distraída —Ella hizo una pausa mientras se detenía.
El corazón de Sasuke se retorció en su pecho. La había encontrado, ¿pero por qué no había borrado eso su miedo? Algo burbujeaba, una cosa intangible, aún así tan real y potencialmente traicionero como los precipicios dentados de Dalkeith. Había un olor casi palpable de error que cubría con sus alas el aire alrededor del broch.
—Chica, ¿qué está mal? —preguntó él. Cada pulgada de su cuerpo se tensó cuando ella salió de las sombras que oscurecían el lado oriental de la torre. La mitad de su rostro estaba ensombrecida profundamente por el descenso del sol, la otra mitad visiblemente pálida en la mortecina luz. Sasuke sufrió un momento fugaz de dualidad imposible; como si la mitad de su rostro estuviera sonriendo mientras que la otra era firmemente arrastrada en una mueca de dolor. La ilusión macabra atravesó una lanza de presentimiento a través de su corazón.
Él extendió sus manos, y cuando ella no se movió de ese dominio extraño de luz y oscuridad, se adelantó bruscamente y la tiró hacia sus brazos.
—¿Qué te aflige, dulce esposa? —él exigió, mirándola fijamente hacia abajo. Pero él no la había sacado lo bastante lejos: odió que la sombra aún exigiera un tercio lleno de su rostro y ocultara sus ojos de él. Con una maldición áspera retrocedió más hasta que ella estuviera libre de toda oscuridad. Esa condenada sombra del broch lo había hecho sentirse como si la mitad de ella estuviera haciéndose insustancial y pudiera desaparecer a través de sus manos, mientras él estaba desvalido para poder evitarlo.
—¡Sakura!
—Estoy bien, Sasuke —dijo ella suavemente, resbalando sus brazos alrededor de su cintura.
Cuando la luz del ocaso bañó su cara, él se sintió repentinamente tonto, preguntándose cómo podría pensar, incluso por un momento, que una sombra podría eclipsar el rostro encantador. No había ninguna sombra allí. Nada en su enorme y verde mirada rebosando de amor cuando lo miró.
Un momento tembloroso pasó, entonces sus labios se encorvaron en una sonrisa dulce. Ella acarició un mechón caído de pelo rosa hacia atrás de su rostro y besó su mandíbula tiernamente.
—Mi hermoso, hermoso Sasuke —murmuró ella.
—Habla conmigo, chica. Dime qué tienes —dijo él bruscamente.
Ella le dedicó una sonrisa tan deslumbrante que enredó sus pensamientos. Él sintió sus preocupaciones esparcirse como pétalos al viento bajo las suaves promesas tácitas de esa sonrisa.
El hombre acarició sus labios con los suyos y sintió el ramalazo de su respuesta inmediata atravesar su cuerpo de la cabeza a los dedos de los pies. ¿Qué sombra? Los miedos tontos, la imaginación tonta, comprendió irónicamente. Estaba permitiendo que su imaginación corriera salvaje ante la provocación más ligera. Una estúpida sombra había caído sobre su rostro y el gran Sasuke sufría visiones de condena y desolación. ¡Bah! Ninguna chica podría sonreír como ella si estuviera angustiada por algo.
Él tomó sus labios en un brutal, castigador beso. Castigador por el miedo que había sentido. Castigador, porque la necesitaba.
Y ella se fundió contra él como llamas líquidas, amoldándose y apretándose contra él con urgencia feroz.
—Sasuke ... —ella susurró contra sus labios—. Mi marido, mi amor, tómame... de nuevo, por favor.
El deseo surgió a través de sus venas y conquistó todos los rastros de su pánico. Él no necesitaba mucho más estímulo. Tenían algunas horas antes de que el hombre de Dios los ligara bajo el manto de Samhain. Él la tiró hacia el broch.
Sakura se tensó al instante.
—No, no en el broch.
Por lo que él la guió a los establos. A un dulce y grueso montón de tréboles púrpuras donde pasaron las horas restantes de la tarde de su boda, como las últimas monedas preciosas de un mendigo en una fiesta espléndida.
