CAPÍTULO 31

Mikoto suspiró cuando escogió a través de sus semillas. El nuevo año se había movido poco a poco, como si viajara en la espalda jorobada de un caracol. Ella no quería recordar siquiera la escena austera que había sido Navidad. El invierno había descendido en Dalkeith con fuerza: los carámbanos se retorcían obscenamente en las contraventanas, y la maldita puerta delantera se había helado esa mañana, sellándola eficazmente en su propia casa.

Mikoto podía recordar un tiempo cuando había amado el invierno. Cuando había disfrutado de cada estación y los placeres únicos que traía. La Navidad había sido una vez su fiesta favorita. Pero ahora... extrañaba a Itachi y Konan. Vengan a casa, niños. Los necesito, oró silenciosamente.

El sonido del astillar de la madera de repente quebró el aire, causando que se levantara en un gesto involuntario que envió sus preciosas semillas volando en todas direcciones.

Malditos desconsiderados por cortar la leña justo fuera de la ventana.

Mikoto empujó irritada su pelo y empezó a reorganizar las semillas esparcidas. Soñó con las flores que plantaría, si alguna vez regresara la primavera.

Otra caída rotunda se estremeció a través del gran hall. Ella ahogó el mismo juramento impropio de una dama y puso sus semillas a un lado.

—¡Cuidado allí afuera! ¡Alguien está intentando pensar un poco! —gritó. Sin embargo las caídas ensordecedoras continuaron.

—¡No necesitamos toda esa leña, muchachos! —Mikoto rugió a la puerta helada. Sus palabras se reunieron con un ruido terrible.

—Eso es. ¡Eso es! —Ella se levantó de un salto de su silla, hirviendo. ¿El último no había parecido venir de... arriba?

Ella irguió su cabeza en un ángulo adecuado.

Alguien o había decidido que hacía demasiado frío afuera y cortaba leña, o en cambio realmente estaba convirtiendo diligentemente el mobiliario en combustible.

La caída fue seguida del estrellamiento de vidrios.

—¡Santa mierda! —Mikoto murmuró, como su encantadora nuera habría dicho bastante gallardamente. Ella giró sobre sus talones, agarrando sus faldas, y corrió por los escalones como una chica de veinte. Con la mano sobre el corazón, voló por el corredor dejando atrás a las asombradas criadas y los tensos soldados. ¿Cuántas personas habían permanecido escuchando esa destrucción demente mientras ella había estado sentada abajo?

No la guardería, ella oró, cualquier cosa excepto eso...

Su hijo nunca destruiría ese cuarto de sueños. Concedido, él había estado un poco fuera de sus cabales, pero sin embargo... No. Él no haría algo tan terriblemente definitivo. No su hijo.

Por todos los santos, sí que lo haría. Y lo había hecho.

Su respiración se convirtió en jadeos ardientes cuando ella miró fijamente, enmudecida. Su hijo estaba de pie en la guardería, rodeado por un montón retorcido de trozos de madera rotos horrendamente. Había estado rompiendo los muebles amorosamente construidos. Estaba vestido en sólo con un kilt, su cuerpo brillando de sudor. Las venas en sus brazos estaban hinchadas y sus manos estaban raspadas y ensangrentadas. Su cabello del color del cuervo estaba suelto, pero con dos trenzas de guerra sobre las sienes. ¡Por los santos dulces, simplemente pintaría su rostro de azul y yo no lo reconocería ni siquiera como mi hijo!, pensó Mikoto.

Sasuke estaba de pie silenciosamente, con una mirada salvaje. Había una mancha de sangre en su rostro donde se había limpiado el sudor. Mikoto lo miró, helada de horror, cuando él inclinó un cuenco de aceite y roció su contenido encima de las astillas de mobiliario, los juguetes y libros, la magnífica casa de muñecas que había aplastado en el piso en su rabia gigantesca.

Cuando él dejó caer la vela, un grito suave salió de su boca abierta.

En un salto de llamas, el fuego fue devorando avariciosamente el montón de mimados sueños de Sasuke y Mikoto. Agitada con dolor y furia, Mikoto apretó una mano contra su boca y tragó un sollozo. Retrocedió antes de que el animal que era su hijo pudiera ver sus lágrimas.

—Tenemos que hacer algo —murmuró Mikoto suavemente, mirando fijo el hogar de la cocina, inexpresiva.

Kagami se acercó por detrás de ella, sus manos suspendidas en el aire justo a la altura de la cintura de la mujer. Dejó caer su cabeza hacia adelante e inhaló profundamente su olor.

—Hablaré con él, Mikoto.

—Él no escuchará —se ahogó ella cuando se volvió—. Lo he intentado. Querido Dios, lo hemos intentado todo. ¡Está como un perro rabioso, gruñendo y espumando y oh, Kagami! ¡Mi guardería! ¡Mis nietos!

—Yo no lo he intentado aún —dijo Kagami serenamente y dejó caer sus manos para agarrar su cintura.

Mikoto irguió su cabeza y se maravilló de la autoridad implícita en sus palabras. Él había conseguido sorprenderla una vez más, ese hombre tierno que había permanecido pacientemente tanto tiempo a su lado.

—¿Hablarás con él? —ella se hizo eco esperanzadamente, los ojos brillando con lágrimas no derramadas.

—Sí —él le aseguró.

Fuerza y habilidad se entrelazaban en su contestación. ¿Cómo podía haberle tomado tanto tiempo empezar a ver a ese hombre claramente?

Algo de su asombro debía haber sido evidente en su mirada, porque él le brindó esa sonrisa paciente y dijo tiernamente.

—Sabía que un día finalmente abrirías tus ojos, Mikoto. También supe que merecerían la pena todos los minutos de la espera —agregó quedamente.

Mikoto tragó con fuerza, con un hendimiento de calor y esperanza y amor temerario, tumultuoso, extendiéndose a través de ella en una ola. Amor. ¿Cuánto tiempo había estado enamorada de ese hombre?, se preguntó silenciosamente.

Kagami acarició sus labios con los suyos, una fricción ligera que prometía mucho más.

—No te preocupes. Lo quiero como si fuera mío, Mikoto. Y, como si él fuera mío, éste es el momento de tener una completa charla de padre a hijo.

—¿Pero qué si él se niega a escuchar? —ella se preocupó.

Kagami sonrió.

—Él escuchará. Puedes tomar la palabra de Kagami MacTarvitt en eso, diré.

Sasuke contemplaba el fuego, mirando los fantasmas bailar blancamente en los espacios entre las llamas. Nacían en su memoria y se quemaban en el infierno, ciertamente como él mismo. Pero el purgatorio —si no el cielo— estaba a su alcance, perfectamente capturado en una botella, donde ahogaba los fantasmas cuando necesitaba el olvido.

Recogió otra botella de whisky y la envolvió en su mano, estudiando su rico color ambarino con apreciación ebria. Levantó la botella hasta sus labios, posando la mano sobre el cuello, y sacando el tapón. Brevemente, se recordó mordiendo para sacar el tapón de una poción gitana. Se recordó cubriendo el cuerpo de su esposa con el suyo propio y saboreando, tocando, besando... Él había sido entonces lo bastante tonto para creerse enamorado.

¡Bah! ¡Neji! Siempre había sido él. Desde el primer día que él la había visto. Ella había estado apretada contra el tronco de un árbol, mirando al maldito herrero con hambre en los ojos. Se sirvió de nuevo una medida de whisky y consideró regresar a la Corte. Regresar al Rey James.

Una sonrisa amarga encorvó sus labios. Pero mientras se imaginó rondando los tocadores de Edimburgo de nuevo, otra parte de su mente recordó las columnas de vapor grueso subiendo de un baño perfumado, el lustre de aceite en su piel cuando ella había echado su cabeza hacia atrás y había desnudado la columna encantadora de su garganta a sus dientes. Desnudando todo para él, o eso era lo que había pensado.

Sakura... Traicionera, traidora, mentirosa perra infiel.

—Ponme ahora en la tierra muerta y estará todo hecho —murmuró al fuego. Ni siquiera reaccionó cuando la puerta del estudio fue abierta tan bruscamente que pegó contra la pared—. Cierra la puerta, hombre. Esa brisa helada enfría mis huesos, allí es... —Sasuke se interrumpió inseguramente, sin incluso molestarse en ver quién había invadido la escualidez ebria de su infierno privado. Inclinó la botella de nuevo a su boca y tomó un largo trago.

Kagami cruzó el cuarto en tres pasos largos, determinados, y sacó la botella de la mano de Sasuke con tal fuerza, que la estrelló, en una salpicadura de vidrio y whisky, en las piedras lisas del hogar. Miró fijamente a Kagami por un aturdido momento, y entonces alcanzó, impertérrito, una segunda botella.

Kagami se colocó entre Sasuke y el licor.

—Fuera de mi camino, anciano —gruñó Sasuke, tensándose para levantarse. Apenas se había puesto de pie cuando el puño de Kagami conectó sólidamente con su mandíbula y lo echó de nuevo en la silla.

Sasuke limpió su boca con el revés de la mano y miró a Kagami.

—¿Por qué no te vas, Kagami MacTarvitt? —refunfuñó él, sin hacer ningún movimiento para defenderse.

—No me importa si haces de ti mismo un maldito infierno, laird —Kagami sonrió con desprecio—. Simplemente saca ese infierno de este castillo y no lo hagas delante de tu madre.

—¿Quién infiernos piensas que eres?

—¡Sé quién soy! Soy el hombre que te vio crecer desde un muchacho pequeño hasta ser un bravo laird. Soy el hombre que reventó de orgullo mientras te vio tomar algunas duras decisiones —La voz de Kagami se dejó caer en una muesca áspera—. Sí, yo soy justo el hombre que te ha amado desde el día que hiciste tu primera respiración hambrienta en este mundo. Y ahora yo soy el hombre que va a azotarte hasta la última pulgada de tu vida sin valor si no consigues dominarte.

Sasuke abrió la boca, entonces susurró irritado a Kagami.

—Vete.

Él cerró los ojos fatigadamente.

—Oh, no me iré así, mi muchacho —dijo Kagami a través de los dientes apretados—. No encajas para ser el laird de un muladar. Es obvio que no tienes ninguna intención de salir adelante por ti mismo, pero hasta que lo hagas, puedes sacar simplemente este maldito infierno del castillo de Mikoto. ¡Ahora! Enviaré un mensaje a Itachi y lo traeré a casa. Él será un buen laird.

Los ojos de Sasuke se abrieron.

—Encima de mi cadáver —gruñó él.

—Bien. Así sea —Kagami escupió a su vez—. Eres inútil para cualquier cosa, estando como estás ahora, sin embargo. ¡También puedes caer sobre tu propio claymore por todo lo bueno que haces a tu gente!

—¡Soy el laird aquí! —gritó Sasuke, los ojos encendidos furiosamente—. Y tú... tú, anciano... oh, infiernos, despídete —Aunque él había pensado— cuando todavía tenía a su esposa— abandonar su lugar a Itachi, hacía un condenado frío fuera y él no iba a ninguna parte todavía. Quizá por la primavera, si no se había ahogado todavía en whisky.

Kagami levantó a Sasuke de un tirón, en un movimiento veloz, sorprendiendo al laird ebrio.

—Muy bien para ser un anciano —murmuró Sasuke.

Kagami tiró a Sasuke tropezando a las puertas del estudio.

—¡Déjame! —bramó Sasuke.

—Esperaba más de ti, muchacho. Debo ser un estúpido, pero pensé que eras el tipo de hombre que luchaba por lo que quería. Pero no, te caíste de cara ante una pizca pequeña de adversidad.

—Och, ¿y que mi esposa me haya dejado por otro hombre es sólo un pizca pequeña de adversidad? ¿Así es como lo llamas? —respondió Sasuke densamente, su zumbido ahondándose con su enojo.

—Sin importar cómo percibes lo que pasó, todavía tienes una familia aquí, y un clan que necesita a su laird. Si no puedes hacer el trabajo, ¡entonces hazte a un lado para alguien que pueda!

—¿Quién infiernos te puso a cargo de mí? —rugió Sasuke.

El mismo acento de Kagami se espesó cuando su temple empezó a arder.

—¡Tu madre, idiota redomado! ¡Y aún cuando ella no me lo hubiera dicho, habría venido detrás de ti! ¡Puedes estar matándote, muchacho, pero no piensas que estás torturando a Mikoto mientras estás haciéndolo!

—Todo lo que hago, anciano, es beber un poco —Sasuke protestó.

—Has estado "bebiendo un poco" durante un mes ahora. Yo, por lo menos, estoy cansado de vigilar si bebes hasta la muerte. Si no puedes soltar la botella, entonces simplemente saca el infierno fuera. Vete hacia la noche, lejos, en una ventisca de nieve, donde las personas que te aman no están obligadas a verte.

Kagami dio un puntapié para abrir las puertas y echó a Sasuke tropezando de cara en la nieve.

—¡Y no regreses hasta que puedas ser bueno para tu madre! Cuando estés listo para ser de nuevo el laird, y hayas dejado la botella, puedes volver. ¡Pero no hasta entonces! —rugió Kagami cuando Sasuke se esforzó arrancar su cabeza de una montaña de nieve.

Cuando Sasuke consiguió, esforzándose, finalmente levantarse, resopló incrédulo cuando vio al hombre que había creído como de buenas maneras, enviar a los propios guardias de Sasuke para custodiar la puerta, los brazos cruzados claramente, negándole la entrada a su propio castillo.

—¡Simplemente quédate fuera! —bramó Kagami con tal volumen que Sasuke lo oyó a través de las puertas de madera del castillo.

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Sakura no había comprendido cuán completamente odiaba el invierno.

La cara pálida del reloj sobre el mantel sonó una vez, dos veces, y después permaneció en silencio. Las dos de la mañana; un tiempo en el que estar despierto podía hacer a una persona sentirse como la única criatura viviente en el mundo. Y Sakura se sentía de esa manera, hasta que Marie silenciosamente entró en la biblioteca. Sakura la miró y abrió la boca para decir buenas noches, pero en cambio un diluvio de palabras salió afuera a pesar del dique que erigiera tan cuidadosamente.

Marie se envolvió en un sillón y acomodó una manta afgana sobre su regazo.

Sakura atizó el fuego y abrió una botella de oporto dulce mientras le contaba una historia que nunca había contado a nadie. La historia de la muchacha huérfana que pensó haberse enamorado de un príncipe, sólo para descubrir que Sasori Akasuna había sido el príncipe del crimen organizado y que había estado enviándola de vacaciones para pasar drogas por la frontera en su equipaje, dentro de su automóvil, cosido en su ropa.

Y cómo ella, que siempre había sido mimada, empaquetada y desempaquetada por sus sirvientes, no lo había sabido. Simplemente disfrutaba llevando su increíble anillo de compromiso con un diamante de diez quilates, subiendo en sus limusinas, y levantando la nariz ante las monjas franciscanas del viejo orfanato de la Calle Primera. Cómo no había sabido que el FBI había estado dibujando su red alrededor de él cada vez más estrechamente. Ella sólo había visto que un adinerado, indisputablemente atractivo hombre estaba derramando amor sobre ella, o eso era lo que había pensado en ese momento. No había tenido ninguna idea de que ella era un esfuerzo de último momento para sacar una serie de embarques del país. Nunca sospechó que era menos que nada para él: una mujer joven, hermosa, inocente, de la que nadie sospecharía nunca. Su paloma perfecta.

Hasta el día en que había oído por casualidad una conversación terrible, que hubiera deseado nunca oír.

Le dijo a Marie en una voz queda cómo ella se había vuelto evidencia del Estado y eso le había comprado su propia libertad. Y entonces cómo Sasori, a quien el FBI había conseguido perder después de todo, había ido detrás de ella en serio.

Marie bebió a sorbos su oporto y escuchó.

Sakura le dijo a Marie cómo, cuando había sido atrapada finalmente por él en un viejo almacén abandonado, enferma de correr, de esconderse y de estar asustada, ella había hecho la única cosa que podía hacer cuando él había levantado su arma.

Lo había matado antes de que él pudiera matarla.

En ese punto, Marie ondeó una mano impaciente.

—Esa no es la historia real. ¿Por qué me dices esto? —preguntó ella, acusadoramente.

Sakura pestañeó. Le había dicho a la mujer lo que había tenido miedo de contar a cualquiera. Que ella había matado a un hombre. Lo había hecho en defensa propia, concedió, pero había matado a un hombre. Le había dicho a Marie cosas que nunca había confiado a nadie antes, y la mujer lo había desechado. Más aún: la acusó de perder su tiempo.

—¿Qué quieres decir, Marie? Es la verdad —dijo ella a la defensiva—. Pasó. Yo estaba allí.

Marie buscó intensamente a través de su escaso inglés para encontrar las palabras correctas.

—Sí, sí, señorita. Puede ser que sea verdad, pero no importante. Está acabado y olvidado. Y no por qué lloras como si se fuera a acabar el mundo. Cuéntame la historia real. ¿Quién se preocupa de dónde vienes, o de dónde vengo yo? Hoy somos iguales. Ayer es el desuello de una serpiente, que puede ser desechado muchas veces.

Sakura permaneció sentada por un largo momento, mientras un escalofrío paseaba por su espina y en su vientre. El reloj del vestíbulo tocó un cuarto de hora y Sakura miró a Marie con una nueva apreciación.

Haciendo una respiración profunda, Sakura le contó de Dalkeith-Upon-the-Sea. De Mikoto. Y de Sasuke. Los ojos castaños de Marie se encendieron con una chispa, y Sakura la convidó con una rara visión que apostaría pocas personas habían visto alguna vez. La diminuta mujer de piel aceitunada se rió y la aplaudió con sus manos pequeñas al oír hablar de su amor y de su tiempo con Sasuke. Se maravilló con los detalles, con sus ohhhh sobre la guardería, frunciendo el cejo al oír decir demasiadas veces el nombre de Neji, coronando con sus ahhhh su tiempo juntos en Uster, suspirando por la boda que debería haber sido.

—Ah... finalmente... esta es la historia real —Marie asintió.

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En 1514, Sasuke estaba intentando dormir desesperadamente. Había oído que un hombre podía helarse hasta la muerte si se durmiera en la nieve. Pero o el condenado frío no sabía demasiado de eso o él no había bebido lo bastante realmente. Pero podría remediar eso. Estremeciéndose, se arropó mejor con su kilt contra el viento amargo, aullador. Tropezando, se balanceó irregularmente en los escalones exteriores hacia la terraza, sabiendo que a menudo los guardias guardaban unas botellas allí para mantenerlos calientes mientras vigilaban.

No hubo suerte. Ninguna botella y ningún guardia. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Los guardias estaban adentro, donde estaba caliente. Él era el único afuera. Dando puntapiés agresivamente a la nieve en la terraza, se tensó cuando una sombra se dibujó, negra contra la nieve brillante. Él entornó los ojos y observó a través de los revueltos copos húmedos.

—¿Qué infiernos estás haciendo aquí, Naruto?

Naruto renuentemente había abandonado su estudio persistente del crepúsculo. Estaba a punto de explicarlo cuando vio el rostro de Sasuke y en cambio guardó silencio.

—Dije ¿qué estás haciendo aquí, Naruto? Me dicen que prácticamente vives en mi terraza ahora.

Repentinamente furioso, Naruto replicó:

—Y a mí me dicen que prácticamente vives en una botella de whisky ahora.

Sasuke se tensó y frotó su mandíbula sin afeitar.

—¡No me grites, hijo de perra! Eres quien me mintió sobre mi... —Él no podía decir la palabra. No podía pensarla siquiera. Su esposa, sobre quien Naruto había tenido razón. Su esposa, que lo había dejado por Neji.

—Eres tan increíblemente obtuso que no puedes ver la verdad ni siquiera cuándo está justo delante de ti, ¿no es cierto? —espetó Naruto.

Sasuke pensó ebriamente: Dios, ¿dónde había oído esas palabras antes? ¿Por qué hicieron que su corazón se tambaleara dentro de su pecho?

—¿Qué estás haciendo aquí, Naruto? —repitió obstinadamente, asiéndose al parapeto para mantenerse en pie.

—Esperar una maldita estrella fugaz para desear su regreso, estúpido borracho.

—Yo no quiero que regrese —gruñó Sasuke.

Naruto resopló.

—Puedo haber metido la pata una vez, pero no soy el único que permitió a sus emociones interferir. ¡Si simplemente dejaras de lado tu orgullo tonto y tu cólera, comprenderías que la chica nunca te habría dejado de buena gana por el maldito herrero!

Sasuke retrocedió y frotó su rostro.

—¿Qué dices, hombre?

Naruto se encogió de hombros y retrocedió, sus ojos azules investigando intensamente el cielo.

—Cuando pensé que ella te estaba rompiendo el corazón, intenté mantenerme apartado de ustedes. Fue una maldita y tonta cosa la que hice, lo sé ahora, pero hice lo que pensé era mejor en ese momento. ¿Cómo infiernos iba a suponer que ustedes dos estaban enamorándose? Yo no he tenido esa experiencia. ¡Me parecía una maldita batalla! Pero ahora, pensando en ello, estoy seguro de que ella te amó desde el mismo principio. Todos nosotros podíamos verlo con claridad. Si arrancaras tu cabeza el tiempo suficiente de esa botella y tu propio terco trasero, podrías desarrollar esa visión perspicaz también.

—Ella-dijo-que-amaba-al-herrero —Sasuke escupió cada palabra cuidadosamente.

—Ella dijo, si recordarás, que ella lo amaba igual que a Sasori. Dime Sasuke, ¿cómo había amado ella a su Sasori?

—No sé —gruñó Sasuke.

—Intenta imaginarlo. Me dijiste que él rompió su corazón. Que ella habló de él mientras la sostuviste en...

—¡Calla, Naruto! —rugió Sasuke cuando se alejó en la noche.

Sasuke vagó por los jardines cubiertos de nieve con las manos apretadas sobre sus orejas para prevenir el diluvio de voces. Sólo quitó sus manos lo suficiente para tomar otro trago de la botella que había hurtado al muchacho de los establos. Pero el olvido nunca llegaba, y las voces no se detenían; simplemente crecieron más claras y ruidosas.

Yo te amo, Sasuke. ¿Confiar en ti, Sasuke? Con todo mi corazón y aún más allá.

Ninguno de mis halcones ha volado de mi mano alguna vez sin volver, la había advertido al principio de ese mágico verano.

Tenías razón sobre tus halcones, Sasuke, ella había dicho cuando se había marchado con Neji. Él se había preguntado una noche por qué habría dicho esas palabras; no habían tenido en absoluto ningún sentido. Pero ahora una indirecta de comprensión penetró en su estupor.

Tenías razón sobre tus halcones...

¿Sus propios celos e inseguridad sobre el herrero habían enturbiado su visión?

Ninguno de mis halcones ha volado de mi mano...

Sasuke caminó tambaleándose cuando un pensamiento terrible se le ocurrió. El día de su boda, ella se había ido de su lado por más de dos horas. Él no había podido encontrarla. Entonces ella había salido apresuradamente del broch. Él había querido regresarla a la frialdad dulce para hacerle el amor y ella lo dirigió cuidadosa y determinadamente lejos. Habían ido, en cambio, al establo.

¿Qué había estado haciendo ella en el maldito broch su día de bodas?

Él corrió a través del jardín helado y saltó la pared de piedra baja, corriendo a través de la muralla. Abrió de golpe la puerta del broch y se paró en medio, abriendo la boca en grandes respiraciones para llenar sus pulmones. Estaba demasiado oscuro con la caída de la noche. Volvió afuera y abrió las contraventanas. No era mucha luz, pero quizá sería suficiente.

Sasuke permaneció en el centro de la torre redonda, los recuerdos dando volteretas alrededor de él. Poco a poco sus ojos se ajustaron a la oscuridad. ¿Qué estabas intentando decirme, chica?

Su mente giró mientras los ojos investigaron el suelo, el techo, las paredes... Allí.

Él cruzó hacia la pared directamente frente a la puerta, y allí estaba, en letras diminutas. Escrito en la pared oscura con pálida caliza blanca.

Ninguno de tus halcones se ha volado, mi amor, de buena gana. ¡Siempre tuya!
S.H.U.

Una grieta diminuta saltó en el dique que había detenido su angustia y había soltado un goteo de dolor que no se detuvo. Ella había intentado decirle... Él no usa ninguna amenaza contra mí, había dicho. Pero el herrero había usado obviamente algún tipo de amenaza contra alguien o algo que Sakura amaba más de lo que había querido su propia felicidad.

¿Cómo no podía habérselo figurado antes? Que su amada esposa habría sacrificado todo para mantener Dalkeith a salvo, así como él lo había hecho. Que el suyo era un amor tan profundo, tan altruista, que ella habría atravesado el infierno y regresado a él para proteger lo que amaba.

Sasuke gimió en alto cuando los recuerdos giraron a través de su mente. Sakura bañándose con él en un fresco arroyo en su retorno de Uster, y la reverencia simple en sus ojos cuando había inspeccionado el paisaje salvaje de Escocia. Los ojos de Sakura que brillaban cada vez que contemplaba las paredes de piedra de Dalkeith. La ternura de Sakura y su corazón manso escondidos cuidadosamente detrás de su fachada remota.

El herrero bastardo debía haberla encontrado en el broch, o quizás la había arrastrado allí. Neji la había amenazado obviamente con usar sus poderes extraños para destruir Dalkeith, y Sakura habría hecho cualquier cosa que él hubiera pedido para evitar eso. ¿O era a él, Sasuke, a quien Neji había amenazado destruir? Ese pensamiento lo hundió en una rabia aún más profunda. Por eso, su esposa se había sacrificado para protegerlo y le había dejado un mensaje amoroso para permitirle saber lo que no podía arriesgarse a decirle. Que siempre lo amaría. Sus palabras extrañas habían sido seleccionadas cuidadosamente para hacerlo preguntarse por qué ella las había dicho. Para hacerle ir al broch de los halcones y echar una mirada alrededor. Ella no había podido arriesgarse siendo más explícita por temor a que Neji cumpliera su amenaza.

Ella debía haber escrito esas palabras sólo momentos antes de que él la encontrara el día de la boda. Sabiendo que tenía que dejarlo para mantenerlo seguro, ella había querido una última cosa: que él mantuviera su fe en ella.

Pero él no la había tenido. Había rugido como un animal herido, creyendo rápidamente lo peor.

Tragó la bilis amarga de su vergüenza. Ella nunca había dejado de amarlo. Ella nunca lo dejaría de buena gana. Un consuelo pequeño ahora.

¿Cómo había podido dudar de ella alguna vez, incluso durante un minuto?

La botella se dejó caer de sus manos con un golpe. Sasuke James Lyon Uchiha, el hombre más hermoso y amante renombrado de tres continentes, que podría ser envidiado por los mismos Fae, cayó de rodillas sobre el suelo, sin poder sentarse siquiera. Sin embargo las lágrimas casi se helaron en sus mejillas antes de caer a la tierra.

Horas después, Sasuke inició su ascensión lenta y sobria de nuevo hasta la terraza y se sentó pesadamente al lado de Naruto. Como si su conversación de más temprano nunca hubiera sido interrumpida, él dijo:

—Sasori... Ella dijo que él la usó como a una estúpida, y lloró.

Naruto contempló a su mejor amigo y casi gritó de alivio. Los salvajes ojos negros eran de nuevo esencialmente equilibrados. Las agrietadas, quebradizas piezas de su corazón ya no lo hacían pender en el aire. Había un vislumbre de la determinación y fuerza del viejo Sasuke en su rostro, pero apenas un vislumbre era un buen comienzo.

—Sasuke, mi amigo, no hay un hombre, mujer o niño en Dalkeith que crea que ella te dejó de buena gana. O yo puedo quedarme aquí y puedo helar mi trasero intentando encontrar una estrella fugaz, o puedes hacer algo sobre eso. Yo —y mis heladas partes inferiores— te lo agradeceríamos ciertamente. Como todos en Dalkeith. Haz algo, hombre.

Sasuke cerró los ojos e hizo una profunda, estremecedora respiración.

—¿Como qué? Los viste desaparecer en el aire. No sé dónde empezar siquiera.

Naruto apuntó a la cima humeante de la Montaña de Brahir en silencio, y Sasuke asintió despacio.

—Sí. Los Rom.

Naruto y Sasuke pasaron un momento mirando fijamente, en silencio, las nieblas grises revueltas.

—¿Sasuke?

—¿Hmmm?

—Nosotros la regresaremos a casa —prometió Naruto.