Capítulo IV : Bajo la sombra del árbol
Helena, enero del 2020
I-
El extraño ―Dimitri― era mayormente alguien taciturno, descubrió con sorpresa. En su primer encuentro, él había sido el más extrovertido, iniciando cualquier tipo de conversación como si le temiera a la quietud del silencio. Ante su actitud resuelta e insolente, había supuesto, erróneamente, que con Dimitri el silencio siempre era una cosa frágil y efímera; pero en el trascurso de aquella caminata nocturna se dio cuenta de cuán equivocadas habían sido sus suposiciones. El silencio con él no solo era posible, notó, sino que además, contrario a lo que había asumido, no era incómodo.
Conocía muchas personas a las que les gustaba hablar, llenar con ruido cualquier espacio vacío, como si les aterrase la idea de no decir nada. Había estado segura de que Dimitri también era una de esas personas dado su primer encuentro, pero parecía entender que no siempre era necesario decir algo. Era agradable encontrar a alguien que supiese apreciar el silencio tanto como ella.
En su mente pocas eran las horas de tranquilidad. El ruido realmente nunca cesaba. Los gritos y las voces eran tan frecuentes, tan comunes, que los momentos de verdadero silencio a veces sólo pasaban desapercibidos. Pero allí, con aquel extraño, no escuchaba nada más. Al oírlo hablar, sólo lo escuchaba a él. Y cuando no decía nada, por primera vez en años, sus pensamientos también permanecían mudos.
Con él, el silencio era mucho más fuerte que los gritos de su mente. Y eso era satisfactorio, se admitió a sí misma.
Habían caminado por unos minutos antes de decidir que necesitaban refugiarse del frío. Las noches en Helena podían ser crudas. Llegaron a un café de la zona en el que Rose no recordaba haber estado antes. Era más pequeño que Stonhouse, pero mucho más cercano a Oldstone.
Encontraron una mesa con facilidad. A aquella hora era poco frecuente ver gente en las calles de Helena más allá de unos pocos turistas curiosos. No era una ciudad muy nocturna, probablemente por el temor inherente a su mítica naturaleza. A Rosemarie siempre le había gustado aquel aspecto melancólico, lúgubre, que la hacían sentir como si no existiese nadie más en el mundo. Solo eran ella y Helena. Y había cierta seguridad en esa soledad.
Tomaron asiento junto a una ventana. Era casi media noche, y aunque afuera el frío había empezado a empañar los cristales, en el interior su cuerpo se sentía arropado por su ropa abrigada y el aire cálido atrapado en el ambiente. Pidieron café para él, chocolate caliente para ella, y tarta de arándanos para ambos.
Las palabras, al igual que el silencio, resultaban fáciles entre ambos. Rose no supo con certeza cuáles eran sus sentimientos al respecto. No estaba acostumbrada a permitirse tanta libertad, tanta… trivialidad. No sabía comportarse frente a la naturalidad de aquella situación. Lo suyo era el ser lo que la situación ameritara, pero allí, frente a él, era difícil recordar a quién se suponía que debía interpretar.
― Entonces, señorita― masculló, con un acento híbrido muy marcado. ― Supongo que es momento de que equilibremos un poco la balanza de la información. ¿No cree que es tiempo de que conozca su nombre?
Rose se encogió de hombros, escondiendo una sonrisa tras su taza. No pudo evitar sentirse un poco más segura sabiendo que estaba en una posición de privilegio con respecto a lo que conocían uno del otro. Era ridículo, aferrarse a algo tan insignificante como un nombre, como si se tratase de un instrumento de poder.
Pero eso era exactamente lo que era, se dio cuenta. Eso es lo que todo, cada aspecto de su vida, era; porque así es cómo ella lo utilizaba, así es como ella actuaba siempre: ocultando algo a alguien para mantener aquella ventaja. Conocer la verdad y aferrarse a ella, para poder estar a salvo. Aferrarse tanto a ella, para que los demás no fueran capaces de alcanzarla.
Todo era un ejercicio de poder, se dijo, tratando de no sentirse tan mal consigo misma. Ella era una periodista, después de todo. Era su trabajo saber más que el resto.
También lo es contarle al mundo lo que sabes, le recriminó una voz más racional en su mente.
― No estoy segura― murmuró, con un toque de burla en su voz, ladeando la cabeza, como si estuviera analizando la posibilidad. ― Quizás al finalizar esta charla pueda determinar si es usted digno o no de tal información.
―Bueno, supongo que tengo un arduo trabajo por delante― aceptó con seriedad. Rose supuso que así, con ese mismo rigor, asumía todas las tareas en su vida. Parecía ser ese tipo de persona. ― El demostrarme digno― aclaró.
― ¿Dijo que estaba aquí por trabajo?―preguntó, con verdadera curiosidad.
Él asintió. ― Estoy en Helena para realizar un trabajo de investigación para mi historia―explicó. ―Soy escritor.
― ¿Qué tipo de escritor?― inquirió, cerrando sus manos sobre su taza caliente. Podía ver a Dimitri sujetando su propia bebida a través del vapor de su café.
― Novelista, supongo. Es relativo―dijo con una sonrisa, encogiéndose de hombros. ―Así es como me define mi editor, al menos. Escribo novelas de misterio… terror, policiales. No me gusta delimitar mis historias dentro de un tipo. El género siempre me ha parecido una etiqueta bastante restrictiva.
Novelista, pensó. En esencia un mentiroso. La literatura era una exageración de la realidad, o una omisión absoluta de ella, pero en cualquier caso era un artificio, un engaño. Ella era periodista, y consecuentemente sus historias estaban siempre sometidas a la realidad. Las historias de él, supuso, eran una evasión, consciente o no, de la verdad.
Esa no era ninguna crítica a la literatura, por supuesto. La ficción no tenía como propósito la sinceridad. Pero le gustaba entender las cosas tal y como eran, y nunca estaba de más saber cuando estaba frente a alguien que ejercía la mentira como profesión.
«La verdad es importante» lo recordó murmurarle bajo la confusión de la noche, solo una hora antes.
― Misterio y terror… Supongo que entonces aquel tour por la ciudad encantada no fue un desperdicio total.
―Bueno, eso no es tan preciso, realmente. Las historias del recorrido resultaron ser un tanto… deshumanizantes. Encuentro que para ser una ciudad tan preocupada por lo sobrenatural, apenas si existe un poco de empatía por las personas que las protagonizan. No es ese el tipo de historia que escribo.
― ¿Por qué Helena, entonces?―insistió, tirando de las mangas de su suéter para mantener sus manos calientes.
― Supongo que Helena es tan buena fuente como cualquiera. Un poco ambigua, si me pregunta. ―Frunció el ceño como si su respuesta no le resultase del todo satisfactoria, al tiempo que dejaba su taza sobre la mesa. ― Eso no es tan cierto, en realidad. Helena… es algo así como un fenómeno, ¿sabe? Ha habido muchísimas desapariciones y muertes en extrañas circunstancias a las que les han dado poca o ninguna relevancia. Es inherentemente interesante cómo funciona Helena con respecto a la difusión de las historias realmente importantes. Cuentos de terror, apariciones fantasmagóricas y casas malditas; sobran versiones y personas dispuestas a contarlas. Hacen de esa fama el principal negocio de la ciudad, así que es una obviedad más que innecesaria para mencionar. Y entiendo que las noticias de homicidios y desapariciones no son realmente una herramienta para la publicidad turística; no si no están estrechamente relacionadas con algún elemento sobrenatural que las vuelva más seductoras al público pero también menos factibles a ser tomadas en serio. Así que en beneficio de una buena publicidad para la ciudad, tiene sentido que algunas cosas no se informen al público. No es moral en absoluto, por supuesto, pero es lógicamente beneficioso a ciertos objetivos específicos como el negocio turístico. No obstante, también es racional admitir que por mucha restricción informativa que exista lo que se intenta ocultar siempre termina exponiéndose, por uno u otro medio. Pero en Helena… no hay nada… absolutamente nada. Y he investigado a fondo, rastreando las noticias de los últimos veinte años. Algunos de los acontecimientos más notables debieron haber causado un circo mediático, y sin embargo no fue así. Nada realmente serio― explicó, y miró su taza abandonada como si acabara de recordarla. ― Entre 1992 y la actualidad, por ejemplo, hubo al menos una docena de niños desaparecidos cada año en circunstancias extrañamente similares. Solo una breve mención de alguno de ellos en el Independent record, pero nada que los asociara uno con otro, como si cada desaparición fuera un hecho aislado. En 1999 aparecieron cinco niños ahogados en el Lago Negro, al suroeste, y a pesar de ser una superficie poco profunda y de no ser un lugar muy accesible para las personas, y del evidente patrón existente, no se investigó nada, las muertes fueron declaradas desafortunados accidentes. ¿Y las noticias? Apenas le dieron cobertura al asunto. El artículo más largo sobre el tema mencionaba a una figura femenina espectral… una Dama del lago.
―Entonces dices que esas historias son patrañas― mencionó, tratando de desviar la conversación a un aspecto menos álgido. Todo se estaba volviendo demasiado familiar, y no de una manera reconfortante.
―En absoluto. Digo que algo pasó, y que quiero saber la verdad, independientemente de cuál sea, e independientemente de su carácter o no sobrenatural. Ya sea que exista o no un fenómeno en Helena que no puede ser explicado de manera racional, o que simplemente haya habido una serie de asesinatos y desapariciones cuyas investigaciones fueron barridas bajo la incompetencia y la negligencia de la policía, el estado y los medios de comunicación. Pero lo que no creo por ningún segundo, ―dijo, haciendo una breve pausa. ―es que todo esto fuera solo una coincidencia. Y lo que es aún más extraño es el hecho de que nadie hable de esto, o que si lo hacen lo asocian casi por inercia con algo de carácter mágico, y que nadie jamás lo cuestione. Eso es… diferente. Muy diferente e inquietante a cualquier lugar en el que he estado.
―Es curioso― dijo, a pesar de que solo una hora antes ella había estado pensando algo muy similar sobre la manera en que Helena parecía evadir su trágica realidad a través de su supuesta naturaleza encantada.
― ¿Qué lo es?
― Su elección. Quiere contar la verdad, no obstante para ello utiliza una herramienta engañosa.
― ¿La literatura? La literatura no es un engaño. Es solo un juego persistente entre la verdad y la mentira. Una verdad no absoluta. Como todo lo demás.
― Una verdad no absoluta es una mentira― dijo, poniendo los ojos en blanco.
― ¿No es todo relato una mentira?―Repuso, mirándola con curiosidad, como si no pudiera entender por qué había alguien dispuesto a seguir con aquella ridícula conversación. ― Un relato es una versión de los hechos. Y una versión de los hechos no es una verdad absoluta tampoco, señorita. Literatura y periodismo… no son tan diferentes.
―El periodismo tiene la verdad como un parámetro. Es su primera función, su objetivo.
― ¿Y siempre lo es? Sus fuentes son personas, quienes escriben son personas. Y las personas mienten.
Rose sabía que era cierto. Por supuesto que lo sabía. Probablemente entendía aquella afirmación mejor que nadie, incluso mejor que él. Pero no podía expresar ese acuerdo en voz alta.
― Las fuentes del periodismo son los hechos.
―Sí. Y las bases de mis investigaciones son históricas. Sin embargo mi literatura sigue siendo literatura, y no periodismo. Mi punto es, supongo, que sin importar cuán verás pueda ser el punto de partida el relato siempre deforma la base. Verdad y mentira, realidad y ficción… no siempre se corresponden. Es irrelevante la herramienta que utilizo para contar la verdad en un mundo en el que el periodismo funciona como una gran mentira más disfrazada de hechos.
Ella quería estar en desacuerdo, porque era periodista, y a pesar de todos sus secretos personales, en su profesión nunca intentaba amortiguar la verdad.
―La cosa es, señorita― continuó― que en la actualidad algunos están más dispuestos a escuchar las verdades de la ficción que las mentiras de la realidad. Solo aprovecho eso, ¿sabe? Si la gente está más abierta a entender qué pasó solo si se les entregan las respuestas envueltas en el empaque de una historia de misterio…―volvió a encogerse de hombros. ―El pragmatismo del periodismo se ha vuelto una fuente de desconfianza, porque la exclusión absoluta de elementos ficticios no es un criterio de verdad en absoluto.
― Utilizar la ficción como herramienta tampoco es garantía de veracidad…
―No― estuvo de acuerdo, con una sonrisa casi satisfecha. ― Es cierto, señorita. La única garantía de veracidad es la intención de decir la verdad. Y aún eso no es suficiente. La credibilidad de un relato depende de muchas cosas, y ninguna de esas cosas es la herramienta narrativa que se decide utilizar. No escribo ficción para evadir la responsabilidad de una investigación rigurosa o para eludir la verdad, simplemente aprovecho la oportunidad de hablar a través de un lenguaje que la gente está dispuesta a escuchar.
Rose solo calló, pensando por un segundo en su propia escritura, tan pragmática, tan ausente. Aquella supuesta objetividad en su escritura no era más que una fantasía moral, que hacía muy poco por cambiar la realidad. ¿Podía realmente levantar la bandera de la verdad ocultando tantos secretos personales? ¿Cuán íntegro era su periodismo mientras se negase a desenterrar los cadáveres del pasado? Aquellos matices de verdad en sus artículos no redimían tantos años de mentiras.
― ¿Qué hay de usted, señorita? ¿A qué se dedica?
― A escribir grandes mentiras con apariencia de verdad― respondió con sequedad, sin poder evitarlo, haciendo alusión a la descripción que el hombre había hecho de su profesión solo minutos antes. Para su crédito Dimitri pareció algo avergonzado, aunque no se retractó.
― Entonces, también está aquí por investigación. O solo… bueno…
―Oficialmente, seguro.―Se encogió de hombros, como si la razón por la que estaba en Helena fuera irrelevante.― Extraoficialmente vine aquí para el funeral de mi padre. Así que con el ánimo de mantener mi historia oficial, supongo que se me tendrá que ocurrir un artículo mientras estoy aquí.
Él frunció el ceño, pero si le pareció extraña la indiferencia con la que trataba el asunto de la muerte de su padre o el hecho de que nadie en su lugar de trabajo supiera la verdadera razón de su viaje, no mencionó nada al respecto.
― ¿Se quedará por mucho tiempo, señorita?
―No, solo hasta… Tengo cosas que hacer aquí, y luego volveré a Filadelfia. ¿Qué hay de usted? ¿Cuánto tiempo suelen durar sus investigaciones?
―Semanas. Meses. ―aseguró. ―Pero no estoy aquí solo para investigar. Generalmente paso la mitad de un año en la región en la que se basa mi investigación y el resto del año en casa, en West Chester. Pero este año se dio la agradable coincidencia de que el lugar de trabajo también fuera el hogar de mi familia. Así que también estoy visitándolos.
―Su madre―asintió ella. ― La ha mencionado antes.
―Cierto. Mi madre y mis hermanas. Y mi abuela también, en realidad.
―Esas son muchas mujeres.
―Eso es lo que dice mi único sobrino, quien convive con todas ellas―rió, con una expresión cariñosa. ―En fin, decidí venir a los Estados Unidos hace unos años. Terminé en West Chester. Años después mi hermana mayor conoció a un hombre americano y decidió mudarse también, aquí, a Helena. Cuando enviudó trajo a mi madre y abuela para hacerle compañía. Mi hermana menor ya estaba viviendo en Pensilvania conmigo. Y así terminamos todos en América.
― ¿Y Helena le agrada a su familia?― preguntó con curiosidad, aunque rápidamente se dio cuenta de la respuesta. Por supuesto que les gustaba. Helena agradaba a todos. A pesar de su naturaleza siniestra, Helena encantaba a la gente con su ominosa belleza y su perversa fuerza de atracción. Era tan encantador, tan único, un ambiente casi absurdo y caótico y aún así tan idílico. Era un infierno disfrazado de paraíso.
―A los niños les encanta, por supuesto. Historias de fantasmas y todo eso―se encogió de hombros. ―A mi abuela no tanto, pero toda su familia está aquí, así que ha decidido permanecer con ellos.
― ¿Qué hay de usted?
―Bueno, es una buena fuente de investigación. No es el tipo de ciudad en la que viviría. Demasiados turistas. ¿Qué hay de usted? Ha crecido aquí, ¿verdad? ¿Cuál es su opinión de Helena?
―Demasiado húmeda― murmuró con fingida indiferencia, antes de tomar una rebanada de su postre. ―Muchas personas.
―Tiene un buen pastel―reconoció él. ―Buenos restaurantes. Un buen café.
― Y un pésimo servicio de alojamiento―insistió ella.
―Sí, eso es cierto. Pero tiene algo que sólo he visto en pocas regiones. Tiene una lealtad fuertemente arraigada en sus habitantes. He descubierto, no hace mucho, en mi más reciente investigación, que el nivel de emigración de Helena es casi nulo. ―Explicó el asunto como si se tratase de un misterio ominoso, incluso peligroso. Rose se sintió casi atraída por la forma en que su voz sonaba, como si le estuviese ofreciendo algo realmente precioso, un insignificante manantial de riquezas. ― Aquí nacen, aquí se quedan.
Aquí mueren, pensó cínicamente.
―No podría entender por qué― dijo en cambio, tratando de mitigar ese cinismo. Él sonrió, como si esperase su respuesta.
― Ha vivido aquí gran parte de su vida y…
―No. He vivido aquí durante mi infancia y parte de mi adolescencia. No es la mayor parte de mi vida, sobre todo si tomamos en cuenta que la primera mitad de todo ese tiempo es invisible a mi memoria.
―Bueno, es la parte más relevante de la vida en la constitución de las personas. La recuerde o no lo haga. Pero mi punto es que, habiendo pasado tanto tiempo aquí, debe tener algún recuerdo preciado de Helena. Debe haber algo o alguien.
―No considero que el lugar sea necesariamente un condicionante de la positividad o negatividad de los recuerdos. ―Mentirosa. Se castigó a sí misma, pero no porque las mentiras fueran dichas con facilidad sino por el esfuerzo que estaba requiriendo no ser sincera con aquel desconocido. Helena realmente tenía algún tipo de efecto en ella, simplemente no terminaba de comprender cómo funcionaba.
Él rió, divertido, negando con la cabeza. ―De acuerdo. Ahora sólo siento que está en una misión para no estar de acuerdo con nadie, señorita.
Como ambos supusieron, estuvieron en desacuerdo durante el resto de la conversación. Pero estaba bien, pensó Rose, porque hablar con él no era un grito intrascendente. Su conversación era un silencio rodeado de palabras pertinentes. Cuando llegó la hora de despedirse Rose se encontró deseando tener unos minutos más, aunque no se permitió a si misma actuar sobre aquel instinto ni mucho menos verbalizarlo. Volvieron juntos por el mismo camino, deteniéndose justo donde se habían encontrado.
―Bueno, quizás nos volvamos a encontrar antes de su partida...― Ante el silencio Rose se dio cuenta de que estaba esperando su nombre.
―Señorita― completó, con una sonrisa descarada, aceptando su mano extendida. Para su sorpresa no la estrechó como había esperado. Con un suave y casi impertinente movimiento apoyó sus labios en el dorso de su mano, depositando un beso casto sobre la piel.
― No es justo, y usted lo sabe. Pero si insiste. ― se encoge de hombros. ― Le deseo una buena noche, señorita. ―Dijo, antes de que ella pudiera siquiera racionalizar sus acciones.
Antes de que se diera cuenta él se había ido, dejándola allí, en un absoluto y raro estado de desconcierto.
II.
No es una buena noche, por supuesto. Duerme poco, y es un sueño ligero y atestado de pesadillas. Se despierta ante cualquier estimulo externo en los escasos momentos que logra cerrar los ojos. Pasa gran parte del tiempo sentada en una cama que no siente suya, escribiendo en su portátil, e intentando deducir cuántas horas faltan hasta el amanecer. No se siente cómoda. El ambiente en aquella habitación es opresor, casi demencial. El aire es más denso, la oscuridad más pesada, las horas más largas. Pero se niega a huir.
Cuando finalmente se duerme sueña con la muerte. Con un frío blanco, pintando un escenario de horrorosa belleza. Con un cuerpo sin peso cayendo, meciéndose eternamente y con ternura en la aterciopelada profundidad de un lago. Sus cabellos flotantes. Mejillas pálidas besadas por cardúmenes de peces. Manos ligeras y heladas como el invierno. Pestañas con lágrimas de escarcha. Y sus ojos fijos en el agua. Siempre fijos en el agua.
Sueña con la muerte. Con la sangre contaminando el templo sagrado del presbiterio. Y es un sueño tan nítido que casi puede ver las arrugas en las manos que cargan el rosario, y oír la voz que susurra con firmeza los estribillos de una oración a la virgen. Ve la muerte, y la ve en los ojos y a los pies de la estatua de Raguel que ornamenta la entrada del orfanato de Santa Helena, y en las manos que sostienen el vino y el pan durante la Eucaristía, y en los ojos joviales de la hermana que alimentaba a los niños cada mañana.
Sueña con la muerte que está en el espacio vacío y asfixiantemente reducido del armario en Bethlem. Y que está en las manos de la matrona, en el silencio aplastante, y los falsos consuelos acompañados de paños de agua fría en la frente de una muchacha. En la mirada desviada y abandonada de Robert Doru, los susurros delirantes de Avery Lazar, los ojos fríos y acusadores de Isaiah. Sueña con los faroles de luz incandescente en el jardín de la institución, en las sombras que reflejan durante las noches más cerradas, y en el murmullo suplicante del viento cuando atraviesa los árboles de rhus.
Sueña con la muerte, y se da cuenta de que ella ha estado allí desde el comienzo de su vida. En los ojos de una niña. En las manos de un anciano. En el vientre de una madre. En la atalaya de sus aventuras infantiles. En las media tardes en Stonhouse después de la escuela. Bajo la sombra de aquel árbol frente a la catedral de Santa Helena. En el sonido de los cantos litúrgicos en la escuela dominical. Y en las palabras de despedida de su madre.
Sueña con la muerte. Y entonces despierta.
III.
La casa de su infancia tenía una biblioteca inmensa, con anaqueles de libros que escalaban hasta los techos de estuco y mármol pulverizado. En la parte inferior había una colección de mitología eslava que solía leer cuando era niña, sentada en el piso de la oficina de su padre mientras él mantenía reuniones con sus socios. Nunca le molestó que ella irrumpiera en la habitación o se sentara en su regazo en medio de una conversación sobre políticas empresariales, y siempre estuvo dispuesto a suspender una junta con una sola palabra de su niña.
La quiso. Al menos estuvo segura de eso en algún momento de su vida. Y ella lo quiso, por más que ese conocimiento le supiese tan amargo ahora. Porque él era una parte de ella, aunque ya no fuese lo mismo que había sido para aquella niña que se aferraba a su mano durante las tormentas. Odiaba todo lo que él representaba para Rose, pero para Rosemarie él lo había sido todo. Y ahora era tan simple y tan complejo como admitir que a pesar de eso ella era lo que era porque él había sido una parte de fundamental de su vida.
Todo su pasado era una parte de ella, por mucho que se esforzase por separarlo de su presente como si se tratase de una realidad alterna que nunca había experimentado.
Todo era parte de ella. La forma en que había sido criada por sus padres, la manera en que la amistad había dejado de ser un concepto abstracto a partir de Lissa, o cómo el odio se había transfigurado hasta obtener existencia tangible, rostro humano y un nombre propio. Sería absurdo pensar que las personas que formaron parte de su existencia remota no causaron repercusiones en el ser humano en el que se había convertido. Cada momento de su antigua vida configuró e hizo posible la efectividad de la actual. Esta Rose no existiría, si Rosemarie Mazur no hubiera sido sacrificada primero. Y recordaba el primer paso a ese sacrificio. Sabía con exactitud cuándo habían decidido las Moiras [1] cortar las hebras de su destino y comenzaron a hilvanar el nacimiento de una nueva entidad: la que era ahora. La sombra del árbol que había amparado por ella el primer día de sus desventuras, aquel, el principio de su muerte, aún oscurecía sus pasos siempre cautelosos a donde sea que fuera.
[1] Divinidades griegas que designaban el destino de los mortales. Se las personifica como tres deidades femeninas a cargo de controlar el "hilo de la vida": Cloto hilaba la hebra de la vida, Láquesis la medía, y Átropos la cortaba.
