Mi mente no podía dejar de pensar en aquella maravillosa mañana, Albert se había presentado tan de repente en el hogar de Pony, sus ojos brillaban con intensidad y mi corazón latía con fuerza cada vez que sonreía.

—Candy, ¿necesito hablar contigo? —la seriedad en su rostro fue suficiente para que entendiera que algo importante sucedería.

A pesar de los muchos ofrecimientos de la hermana Lane, para que Albert degustara unos bocadillos, su amable rechazo fue tomado como un gran gesto, él les sonreía e indicaba que otro día en el que tuviera más tiempo, volvería gustosamente a probar tan exquisitos manjares.

La colina de Pony estaba fresca por la humedad del rocío de la mañana, las hojas de los árboles se movían lentamente acompañados por el sonido de las aves, que cantaban armoniosamente como profetizando uno de los mejores días de mi vida.

—Siéntate conmigo —indicó Albert con la tranquilidad que le provocaba la naturaleza, le imité y me recosté en su hombro, llevaba aquella camisa negra que le sentaba de maravilla.

—Candy ¿no crees que va siendo hora, que me devuelvas el broche que perdí? —mis manos comenzaron a temblar y mis ojos a humedecerse, sus ojos azules me observaban fijamente. ¡Oh Dios mío!, toqué su rostro con suavidad estudiando sus facciones, su cabello rubio era un poco más oscuro, pero su voz… ¡su dulce voz!, a pesar de que ahora era más grave, esa voz me había consolado desde siempre, ¡era él! ¡mi príncipe estaba a mi lado! ¡por fin lo había encontrado!

—Estoy más guapa cuando sonrío ¿verdad? —no pude contener las lágrimas que comenzaron a brotar en mi rostro ¡mi príncipe! Aquel joven que me había hecho feliz y que nunca había olvidado estaba aquí, ¡justamente aquí!

—Ahora estás guapa incluso cuando lloras pequeñina —tu voz sonaba rota y tus ojos estaban cristalizados, me mirabas con ternura, de la misma manera que lo habías hecho siempre, con la diferencia de la emoción tan colosal que estábamos experimentando.

—¡Oh Albert! —mis brazos te rodearon como si fura la primera vez que te veía, había imaginado esta escena tantas veces, soñado con volverte a ver. Tú me correspondiste como si yo fuera algo a punto de quebrarse y que querías proteger a toda costa.

El tiempo se había detenido, ya no había sonido de aves, tampoco el movimiento de las hojas, solo estábamos los dos, en esa mañana que jamás olvidaría. El sonido del claxon se escuchó y nos separamos forzosamente, no quería dejarte ir, pero George era bastante convincente, así que te acompañé al coche. Me miraste como queriendo detener el tiempo y quedarte a mi lado.

—Te escribiré Candy —susurraste a mi oído, mientras George nos miraba a ambos con complacencia, subiste al auto y partiste como aquel lejano día, solo que ahora con la seguridad de que te volvería a ver.

Cada vez que pensaba en Albert una sonrisa se proyectaba en mi rostro, ¡estaba sumamente feliz!, él era más de lo que había esperado, la señorita Pony siempre hablaba del brillo especial en mis ojos, y de como de un día para otro, mi felicidad se había acrecentado.

Jamás les había contado de mi príncipe, era algo que resguardaba muy cuidadosamente para mí, solo Anthony y Albert ¡Oh por Dios Albert! habían conocido de ese recuerdo tan preciado. Ahora comprendía el enorme parecido entre ellos dos, todo comenzaba a cobrar sentido. Era como si la vida me hubiese entregado un enorme regalo a cambio de todo lo que había perdido.

¡Necesitaba hablar con Albert! ¡necesitaba verle! Tenía tantas dudas, quería saberlo todo y en este preciso momento le escribiría.