Llegaste una noche de invierno y te marchaste de madrugada en primavera sin mirar atrás. En mi pecho aún guardo tu recuerdo; en mi mente, tu sonrisa y en mis sueños, la esperanza de un encuentro fugaz

Capítulo uno: El inicio.

Impaciente observó con pesar como la luz de la ciudad se había esfumado kilómetros atrás, probablemente como su vida social y la poca libertad con la que había podido contar, pensó. Ahogó dentro de su garganta aquel grito ofuscado que ansiaba con todo su ser expresar, sin embargo, el conservar el poco orgullo que le quedaba después de haber gritado, llorado y pataleado horas atrás le impidió realizar algún otro movimiento.

-Señorita Yuuki, hemos llegado a su destino –la llamó una voz grave perteneciente a su conductor. Notó que ya no se encontraba en movimiento y la gran camioneta en la que se movilizaba desde hace horas había sido estacionada. Seguido a ello, la puerta a su lado se abrió invitándola a dar un paso hacia fuera.

Se bajó del automóvil con una elegancia natural, propia de la gran familia en la que había sido criada. Seguía sin dirigir mirada alguna a su interlocutor mientras observaba impávida el escenario a su alrededor. Esto debía ser una broma, una de las peores y más desnaturalizadas, su madre la iba a oír apenas tuviera su móvil devuelta.

- ¡GWEN! ¡¿PERO QUÉ CARAJO ES ESTO?!

- Oye…oye… !Kazuto!

- ¿Se puede saber qué te sucede? No tienes que llegar a los golpes, ¡sí te estaba escuchando, imbécil! Mierda, mis lentes.

Eugeo suspiró derrotado mientras miraba a su amigo desesperado por revisar si sus lentes estaban en buen estado después de la estrepitosa caída de estos.

-Hombre, venga, están bien, ¿no ves? - lo tranquilizó viendo a simple vista que no había sucedido algo para preocuparse- no tendría que recurrir a esas medidas si tu mente no abandonara el lugar en plena conversación.

- No la había abandonado, ¿es que no oíste eso? - lo interrogó mientras intentaba afinar su oído nuevamente buscando la fuente de tal ruido. Juraba que había escuchado a alguien gritar.

- ¿A qué te refieres? –le preguntó extrañado el rubio mientras intentaba ubicar si algo fuera de lo normal se oía a su alrededor, estaban en un lugar relativamente poco transitado y a estas horas de la noche sería muy extraño oír algo además de los grillos de jardín- ¿Escuchando personas muertas, nuevamente? - le bromeó.

- ¡Eugeo!- le reclamó- eso sucedió cuando éramos niños y te puedo jurar que tu abuelo nos estaba hablando.

- No podría dudar algo así- le respondió su amigo siguiéndole el juego.

Kazuto suspiró derrotado sabiendo que en aquel tema carecía de credibilidad.

- En fin, ¿Qué me estabas diciendo antes de golpearme? –inquirió con curiosidad

- Más que decirte algo, era un regaño, ¿hasta cuándo vas a dejar que pase esto? –le recriminó Eugeo observando aquella mancha de un leve morado verdoso que su amigo se estaba esforzando por ocultar detrás de esos grandes lentes luna de botella. – sé que dices que no te molesta que te quiten el dinero, pero esto está subiendo de nivel cada vez más, no estoy contigo todo el tiempo y…

- Eugeo, lo sé- respondió rápidamente. No quería escuchar a donde se dirigía su amigo, no quería discutir al respecto- ya estoy grande y me las arreglaré, creo que acá nos separamos.

El aludido observó con pesar a su amigo, volvería a tener esa conversación con él y haría pagar a los responsables si algo así volvía a suceder. Suspiró, dándose cuenta que Kazuto tenía razón, a partir de este punto, sus casas quedaban en distintas direcciones.

-Solo piensa al respecto, ¿sí? – Kazuto asintió- ¡Mata nee, Kazu-kun!- dijo poniendo con voz aguda lo último y corriendo antes que su amigo respondiera, despejando todo rastro de tensión del tema anterior.

- ¡Eugeo! –le gritó este, pero ya era tarde, el rubio le llevaba bastantes metros en un segundo, suspiró derrotado, definitivamente este no tenía remedio.

Metiendo sus manos dentro de sus bolsillos y echándose a caminar se percató que el invierno ya estaba a un paso del pequeño pueblo de Aincrad, y aunque para algunos esta situación era problemática, puesto que para el sexo masculino significaba ya no ver a las chicas en cortas faldas y bikinis por la playa, para él era la mejor estación del mundo: observar el espectáculo de copos de nieve caer tras su ventana no podía ganarle a nada en el mundo. Una leve sonrisa se apropió de su rostro, algo que le hubiera parecido sumamente extraño a sus conocidos, puesto que este solía permanecer inexpresivo.

Con aquel pensamiento feliz en mente, desconectándose por un momento de toda realidad, no pudo prevenir aquel impacto, aquel más rápido que una ráfaga y más fuerte que el golpe que había recibido en su rostro aquella tarde.

Uno de esos impactos que pondrían su mundo de cabeza para siempre.

-¡NECESITO MI MÓVIL! ¡EN ESTE MISMO INSTANTE! ¡COMUNÍCAME CON MI MADRE!

Había recibido castigos desde que tenía memoria, siguiendo el modelo de la mejor hija del mundo o la peor. Sus desastrosos intentos de ser lo suficiente para calzar dentro del apellido Yuuki aún formaban parte de sus pesadillas más presentes. Nada era suficiente y nunca lo sería. De esta manera, su ingreso a la adolescencia había significado el abandono de sus numerosos intentos y había adoptado un comportamiento adhiriéndose a un estereotipo rebelde de niña rica. La fama vino poco después entre las adineradas familias de la sociedad en la que pertenecía, no había chico que no estuviera a su atrás, persiguiendo lo que les parecía una criatura exótica e indomable de alta alcurnia. Todo hasta aquel momento era insulso y monótono bajo la mirada de sus padres, una travesura tras otra había ido colmando su paciencia y siendo encomendada bajo la mano de estrictos tutores, deshaciéndose posteriormente de ellos de manera magistral, se jactaba de siempre reír al final. Quizá la cereza del pastel había venido el día de su cumpleaños, aún reía recordando tal momento, su madre perdiendo los papeles delante de terceros era un escenario con el que ella siempre se había preguntado cómo sería, digno de soñar e imaginar. Sin embargo, nada explicaba lo que pasaba frente a sus ojos en aquel instante. Miraba horrorizada la entrada del lugar en el que estaban y a lo lejos observó como la línea entre lo urbano y rural se confundía en el contexto actual. Observó que Gwen la miraba con lástima al tiempo que bajaba su pomposo equipaje de la maletera sin comentar palabra alguna, ignorándola. Sudó frío, esto no era un chiste, era en serio. No lo pensó dos veces, en un descuido de su conductor echó a correr. Pasara lo que pasara, ella huiría de esta pesadilla. ¡Que alguien la ayudara, por favor!

Sus oscuros lentes de marca cayeron al suelo poco antes que lo hiciera ella, las lágrimas impotentes habían nublado su vista, pero se negó a derramar alguna más aquel día. La acera parecía ser inusualmente cómoda y cálida hasta que sintió como palpaba su pecho derecho. ¿Qué mierda? No, no había caído en una acera, sino encima de una persona, ¡y ahora la estaba tocando a lo descarado! Se paró enseguida al mismo tiempo que aquella persona que había invadido su espacio personal.

-¡PERVERTIDO!- el estruendo de aquella cachetada no se hizo esperar apenas ambos se miraron fijamente.

-¿Qué mierda? ¿Por qué hiciste eso?- este parecía enojado y medio desubicado, ella solo lanzó otra cachetada en respuesta ante su cinismo.

-¡TÚ! ¡MALDITO PERVERTIDO! ¿ENCIMA PREGUNTAS?- una tercera iba en camino, pero el chico usando el poco instinto que poseía logró esquivarla apenas cayendo nuevamente al suelo y, de inmediato, este se puso nuevamente a palpar la acera. -¿SE PUEDE SABER QUÉ CARAJO HACES?

-¡Mis lentes, maldita loca! ¡No veo ni mierda!- Kazuto veía borroso y apenas entendía el escenario que estaba desenvolviéndose a su alrededor.

La chica bajó su mirada hacia la acera y cayó en cuenta que al lado de sus lentes de marca estaban tendidos otros toscos con la luna medio rota. Mierda, el chico estaba ciego y la caída habían arruinado los suyos en el proceso. Suspiró, ¿es decir que buscándolos le había palpado el pecho? ¡Ni que fuera idiota!

Quería seguir gritándole y reclamando, pero a lo lejos ver a Gwen correr presuroso hacia ella le hizo volver a retomar su acción de hace unos minutos.

-¿Oye?- dijo Kazuto una vez había encontrado los suyos, una luna estaba rota, pero con la otra podía ver perfectamente como aquella loca que lo había atacado segundos atrás acusándolo de pervertido huía en dirección opuesta, no había podido ver su rostro claramente.

Sin embargo, aquel cabello anaranjado rojizo sería lo último que recordaría antes de dormir aquella noche, la cual marcaría oficialmente el inicio del invierno y el final de su vida como la conocía.

A la mañana siguiente se levantó con el mismo pensamiento de todos los días: la muerte era mil veces mejor que levantarse de su cama y dirigirse al maldito instituto, pero Sugu, su hermana menor, como todas las mañanas, a la misma hora, solía tocar insistentemente la puerta en…

Uno…

Dos…

Tre…s…

¿Tres y medio?

¿Sugu?

Extrañado se levantó, tenía un mal presentimiento en su espalda, ahora que afinaba un poco más su oído, había cierto movimiento en la planta baja de su casa, tanteando cogió el repuesto idéntico a sus lentes anteriores que guardaba en el cajón de su mesa de noche. Algo pasaba, definitivamente.

La sensación en su espalda aumentaba a cada paso que daba fuera de su habitación con dirección al comedor, donde al parecer una extraña actividad se estaba suscitando.

Una vez en el marco de la puerta del comedor el escalofrío lo invadió de los pies a la cabeza. Seguía soñando, definitivamente, por ello Sugu no lo había ido a despertar y esta estaba riendo despreocupadamente con una figura que le daba la espalda, una figura con cabello anaranjado rojizo.

-¿Onee-chan?- sonó la cantarina voz de su hermana llamándolo- ¿Qué hora es?- Sugu vio el reloj de reojo y se levantó de inmediato -¡No te levanté!

-No…no te preocupes, Sugu

-Exacto, este chico debe levantarse ya por su cuenta, buenos días Kazu- agregó su mamá entrando al comedor con bocadillos, aquellos que siempre preparaba para los invitados, la especialidad de ella.

-El día en que eso pase volarán los cerdos, sin lugar a dudas-respondió su hermana riendo- ¡verdad! ¡Tenemos que presentarte a alguien!

-Kazu- completó su mamá a la frase que Sugu se moría por terminar- ella es Yuuki Asuna, se quedará con nosotros por un tiempo, así que sé educado con ella.

La figura volteó hacia el susodicho y otorgó una sonrisa hacia los presentes, dulce para las mujeres de esa casa, pero para él, le pareció la de un demonio, el inicio de la hecatombe que venía en su vida.

-Un gusto oficialmente para todos, cuiden bien de mí, por favor.