Aviso de rating M (surprise mothafuckers!)


El breve momento en que la mano que sujetaba su cintura tembló se esfumó enseguida, en parte por la decisión de su dueño de no esconderse más, y por la de Deidara, quien sujetó la mano enguantada bien ceñida a su ombligo. El moreno le sonrió y se animó a depositarle un pequeño beso en la mejilla, provocando que el artista shinobi se burlara de su repentina timidez. Habían estado besándose hasta las gargantas en la entrada de Iwa, pero volver a verlo sonrojarse y rascarse nervioso la cabeza fue todo lo que Deidara necesitó para sentir que al fin estaba en casa, en su propio país.

Adonde nadie más, excepto Obito y él, podían acceder.

–¿Adónde te alojarás?– interrogó mientras rogaba escuchar que fuera en su hogar.

–En el hotel de siempre– enseguida, Obito rompió con la ensoñación de Deidara –. Me trae buenos recuerdos.

La sonrisa de Obito creció unos milímetros más, animándose a apachurrar y besar las mejillas de su chico. A Deidara la desilusión se le pasó enseguida, porque, aunque quisiera mantener su fachada intimidante ante la gente de Iwagakure, el hecho de que Obito ya no se escondiera para demostrarle su cariño lo superaba todo. Y tampoco era fácil asustar a la gente mientras sostienes un enorme ramo de rosas, pero Deidara decidió que él tampoco se dejaría acomplejar más; tanto había necesitado de su amor en el último año.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de las ventajas de que el shinobi de Konoha se hospedara fuera de su hogar. Con rosas y todo torció una sonrisa maliciosa que asustó a los peatones, aunque Obito nunca la vio, elevado en su nube de amor y miel personal al caminar al lado de Deidara. Sujetándolo como si intentara quemarse con su calor corporal. Obito quería comérselo a besos allí mismo.

–Te extrañé, te extrañé tanto, bebé– le susurró al oído luego de depositarle unos besos en la sien.

La mano de Deidara que rodeaba la cintura del mayor se apretó contra la ropa, sus dientes mordisqueándola.

–¿Ahora me dices así?– lo interrogó, fluctuando entre sentirse ofendido y un poco enternecido.

–Dei-chan, eres como mi... eeeh…

Obito acabó por enredarse la lengua y eligió callar, ardiendo en un repentino bochorno. Ni siquiera dando lo mejor de sí podía evitar el ponerse cursi frente a Deidara. Ese artista shinobi era mágico, y a Obito ya no le restaban dudas de ello.

Una grave y rítmica risa le distrajo de sus cavilaciones.

–Y sigues con lo del "chan", hm– le reprendió mientras un conveniente codazo ponía al Uchiha amablemente en su lugar.

Obito se golpeó la frente mientras maldecía, aumentando la diversión del artista.

–L-lo siento, es que hacía tanto que no te llamaba Dei-ch... Deidara. Dei– se corrigió enseguida.

Deidara rogó no estar mostrando una sonrisa boba a sus despreciados paisanos, así que carraspeó para llamarle la atención a su acompañante. Pero Obito ninguna cuenta se daba ya del contexto.

–¡Mi Dei!

Logró controlar el volumen del chillido, pero no la fuerza del abrazo que separó a Deidara unos centímetros del suelo y provocó las risillas de un grupo de genin que pasaba trotando en pleno entrenamiento de resistencia.

La entrada al hotel fue todo menos discreta, con ambos bastante acurrucados, Obito soñando despierto, Deidara sacándole la lengua a la recepcionista detrás del ramo, la mujer dándoles la llave lo más rápido posible. Apenas divisaron la habitación designada, ubicada hacia el final de un angosto pasillo, Obito sorprendió a Deidara cargándolo en brazos antes de entrar.

Deidara reprimió la necesidad de reprenderle, preguntándose por qué querría hacerlo cuando el mundo se veía y sentía tan diferente desde la altura de los firmes brazos de Obito. El shinobi avanzaba sin ninguna dificultad y le sonreía abiertamente, hasta que se dio cuenta de la imposibilidad de abrir la puerta mientras cargase a Deidara.

Burlándose de él y para desgracia de los intentos de gallardía de Obito, Deidara tomó la llave de la habitación y la abrió de una patada, con varios pétalos cayendo heridos.

–Puedes pasar, galán– le dijo mientras le pasaba una suave mano por la nuca, con un tono de voz tan sensual, que hacía añicos todas las prácticas en el mismo tono que Obito había intentado el pasado año frente al espejo.

Obito se consoló recordándose que el lindo de la pareja siempre había sido Deidara. Tendría que haber supuesto que algo como eso pasaría.

Expulsó de su tsukuyomi dos maletas que acomodó con el pie en la antesala, para luego caminar hacia la habitación. Cuando divisó la cama de dos plazas, decidió que era momento de bajar a Deidara, por mucho que quisiera cargarlo hasta que los brazos no le respondieran.

Sacó del tsukuyomi un florero con agua preparado aposta, donde puso las flores ante el elocuente rostro de "Tengo muchas objeciones con esto, pero te la perdono sólo por esta vez hm" que compuso Deidara.

El de Iwagakure se colocó enfrente suyo, sus ojos encontrándose con aquellos que tanta falta le habían hecho. Ambos se sonrieron íntimos, con ternura, como si hubiesen pasado siglos extrañándose, pero con las miradas frescas, como si sólo hubiesen sido un par de días sin verse.

–Te extrañé.

La sonrisa y la confesión de Deidara despertaron un mundo de sentimientos encontrados en el moreno. Su mano fue directa a la sien desnuda del muchacho, acariciándole sutilmente mientras buscaba palabras que estuvieran a la altura de sus sentimientos.

No las había.

–Oh, bebé– sus ojos estallaron en lágrimas mientras se besaban, atrayendo su espalda y cintura en un abrazo que Deidara también le correspondió.

El corazón de Obito se hallaba desbocado.

–Cuánto lo siento– dijo apenas se separaron para tomar el aire–. Yo también te extrañé tanto.

–Dime que ya no trabajarás tanto para esa Hokage. Estoy empezando a odiarla, hm.

–Tengo vacaciones para ti, y esta vez ninguna urgencia nos separará. Tsunade-sama está al tanto y se ha comprometido a respetar su palabra. Estaré contigo todo este tiempo– le besó las manos con devoción.

–Más le vale, porque sólo conseguirá que te siga a Konoha y te saque de tu trabajo,

Obito sonrió, encantado por la idea.

–Amaría que pase eso, pero recuerda que aún tengo un año antes de convertirme en el segundo de la Hokage. Y pienso invertirlo todo en ti.

Volvieron a besarse, apretando el abrazo.

–Sí. Felicitaciones por eso, hm. Es sólo que el tiempo es muy efímero– se quejó en voz baja.

–Ya tendremos tiempo para preocuparnos por eso. Ahora sólo quiero tenerte así para siempre– le murmuró al cuello y le dio un besito, obteniendo una risa nasal de parte del otro.

–¿Recuperando el tiempo perdido, hm?

–Mmm, no veo por qué no– Obito fingió pensar algo observando el techo –. Pensé tanto en ti en Konoha que me asombra haber sobrevivido, pero la esperanza de volver a verte nunca la perdí– confesó mientras le daba un dulce beso en los labios y lo estrechaba otro poco. No quería recordar siquiera lo duro de la ausencia física de Deidara. Más de una vez sintió que podría haberse vuelto loco sin sus cartas.

El simple gesto hizo sentir al joven corazón de Deidara totalmente cautivo, como si nunca hubiese visto a un ser humano haciendo un gesto tan encantador. Algo debió captar Obito, porque enseguida agregó:

–No me mires así. Estás tan secuestrable y abrazable, y adorable, y besable que...

La carcajada de Deidara le interrumpió en su delirio.

–Creo que podría dejarme secuestrar, hm– comentó, elevando una ceja, mientras sus brazos bajaban de la alta espalda de Obito hacia la cintura del mayor, sosteniéndose con firmeza.

–Por favor.

De ahora en más, Obito quería vivir bajo sus pies.

Volvió a abrazarlo con cariño, separándolo unos centímetros del suelo mientras le ronroneaba como un gato grande. Deidara sólo guardó silencio al ver sus pies flotando, agradeciendo que no hubiera testigos que se rieran del orgulloso artista bombardero de Iwagakure. Antes de que Obito dijera nada, prefirió hablar de lo que más le interesaba y llevaba esperando.

–Hum, mi cumpleaños es...

–En dos días, sí– ignoró la taquicardia y lo apretó aún más –. Odié tanto no poder estar para tus dieciocho– torció el cuello para mirarlo, sacándose los guantes para disfrutar del tacto de sus mejillas –. Quería decirte felices dieciocho en persona y no sólo por carta– murmuró apagado.

–Bueno, ya lo hiciste– para Deidara, a esas alturas no valía la pena detenerse en lo que no fue –. Y tu lechuza me gustó mucho, hm.

Obito sonrió lentamente, como si un dios superior le hubiera dado una ansiada redención –: No volveré a pasar otro cumpleaños lejos de ti– juró, depositándole un ósculo en la melena.

Otra vez prometiendo estar siempre juntos cuando ambos somos jonin ocupados, hm.

Aunque sí quería reclamárselo una vez más.

–Amor, mereces que rompa todos mis compromisos.

Deidara rio con aquellas risas que suenan a cuando se intenta restarle importancia a algo.

–A ver si sucede, hm.

–Espero que sí.

Ante el tono apasionado, Deidara solo pudo acurrucársele. En algún momento terminó por arrastrar a Obito hacia la cama, donde continuaron el abrazo. Pero al cabo de un buen rato, Obito rompió un poco el clima, recordando la escena similar que compartieron en Sunagakure y recapitulando en sus aprehensiones de aquel entonces.

–¿Be-D-Dei?– le llamó.

La paz en el rostro del artista fue reemplazada por un furioso ceño fruncido. Decidió hacer lo mejor que podía para no responder ante la vergüenza que le provocaba una pareja tan melosa. Obito era el cursi. No él.

–Perdóname– la voz sonó sinceramente arrepentida –. Quiero estar para siempre contigo.

Un temblor en el cuerpo de Deidara le llamó la atención. Lo contuvo con cuidado, acariciándolo con delicadeza, y volvió a sonreír nervioso ante sus sentimientos por el chico.

–Dei, te amo tanto– le susurró al oído.

La respuesta se dejó oír con dificultad.

–Yo también, Obito– Deidara se sonrió a escondidas, cerrando los ojos para al fin descansar en el cálido pecho amado.

Suspiraron a la vez, felices, tranquilos, quietos en el abrazo. De un instante a otro, los besos se reiniciaron, y no bastaron ni dos ni tres.

El cariño deslizándose con la suavidad con la que sus lenguas se acariciaban fue creciendo en intensidad, los chasquidos de los besos haciéndose más agudos a medida que aumentaba la humedad.

Se lanzaron al mismo tiempo con más fuerza, causándose dolor en los dientes, pero sin retroceder por nada del mundo. Obito se movió atraído hacia la mandíbula de Deidara, con besos que se transformaron en mordidas y lograron que el artista estirara su cuello hacia atrás con un suspiro que encendió aún más la mecha.

La pólvora de la tensión acumulada parecía a punto de estallar cuando Obito avanzó sobre el cuello y la manzana del rubio, mientras era sujetado con fuerza y un par de bocas extras le mordisqueaban y lamían las orejas.

Sus cuerpos estaban cada vez más pegados en un abrazo que mutaba de forma, apretándose y deslizándose, un franeleo que agitaba sus respiraciones y les amenazaba con incendiarles si no seguían rozando sus torsos y extremidades para intentar satisfacer una saciedad huidiza.

Las manos de Obito dudaron al llegar a la cintura del muchacho, pero no así las de Deidara. Estiró lo máximo que pudo sus manos, y logró darle unos ligeros mordiscos por sobre el pantalón al inicio de las nalgas del moreno. Obito largó a reír como un pimpollo.

–D-Dei.

Le tomó las muñecas con fuerza y las inmovilizó contra la cama, separándose un poco para ver a un Deidara con la ropa desarreglada, su pecho subiendo y bajando a una velocidad desenfrenada. Su mente recordó cuando lo tuvo así, bajo la cortina de bombas luego de su enfrentamiento hacía un par de años, cuando casi lo besó en frente de sus compañeros. Ahora sus cabellos no ondeaban bajo la onda expansiva de la explosión, ni había chakra explotando a su alrededor y por encima de su nuca. Pero esta nueva onda expansiva sería más fuerte que cualquier técnica inventada por Deidara.

El artista no intentó librarse, atravesándolo con unos ojos de tormenta nocturna. Obito estrelló sus labios contra los enrojecidos del muchacho, sin poder evitar que su cuerpo comenzara a apretársele como el de un gusano reptando contra la tierra.

Por la altura a la que se encontraba, su erección aún estaba lejos de las caderas de Deidara, pero fue muy consciente cuando el chico elevó su pelvis, empuñándole algo duro contra su estómago. La sangre de Obito bulló en su cuerpo entero al son de una sirena interna, deseando restregarle ahora él su propio pedazo contra el ombligo. Pero una vocecita en su cabeza le recordó que eso no era lo que había planeado para su primera vez, aunque su cuerpo estaba perdiendo ante la respiración agitada de los besos de Deidara y su incontenible energía que pujaba por pegarse a él, haciendo crujir la cama. Decidió que se dejaría estar un tiempillo más disfrutando de aquello.

Obito tardó varios "tiempillos" más en reaccionar, comenzando a bajar la intensidad de los besos de a poco, hasta terminar con pequeños besuqueos sobre la nariz del otro. Entonces se separó lo suficiente como para contemplarlo entero, reteniéndole de los hombros contra el colchón. Vio a un Deidara que parecía querer saltar encima suyo del entusiasmo, sus ojos rasgados dando por sentado tantas cosas. Se enterneció, y luego de darle un último ósculo en la punta de la nariz, lo hizo sentarse a su lado en el borde de la cama, abrazándolo con fuerza.

Cuando Deidara se dio cuenta de que ese era un abrazo cerrado que no les permitía hacer nada más, ni siquiera treparse a él, enseguida protestó.

–Oye, qué haces– lo empujó con todas sus fuerzas, pero Obito resistió el embate sin moverse demasiado.

–Sólo disfruto de tenerte en mis brazos, Dei-Dei– respondió refregando su mejilla sobre el blondo cráneo.

–Sí, pero…– su ceño volvía a fruncirse –. Apenas estábamos empezando, hm.

–Amor, hagamos bellos recuerdos– no le diría que se estaba imaginando recordando ese momento en la vejez a su lado –. Ya habrá tiempo para todo.

–¡Pero estoy duro, y tú también, hm!– alcanzó a liberar una mano, con la que señaló hacia las entrepiernas de ambos.

Obito se sonrojó mientras su corazón daba un salto.

–Iba a pasar. Leí en un libro que es lo normal y que no por ello significa que acabará en intimidad. Hay que habituarse un poco y…

–¡Estoy harto de estar duro pensando en ti!– el rostro de Obito se volvió rojo –. ¿Qué no te ha pasado?

–S-sí– confesó con mucha pena, recordando las insinuaciones sexuales que Deidara le dedicó algunas veces en sus cartas, y que nunca supo cómo contestar. Ni siquiera podría haber confiado en aquel libro, Icha-Icha, para estar a la altura de su fogoso novio: le parecía de un estilo demasiado directo, poco romántico, al menos para una relación a distancia. Al menos ahora volvía a estar con Deidara, y a su entender, podían hacer las cosas a un buen ritmo –. Va a darse naturalmente. ¿Por qué mejor no hacer muchos lindos recuerdos juntos primero? Hace más de un año que no nos veíamos.

–¡Precisamente por eso!

Obito empezaba a sudar, descubierto en su inseguridad. Aún todo no era como lo había planeado, y además deseaba deshacerse en arrumacos una buena cantidad de días, todos los segundos que pasara a su lado.

–Deidara, fue demasiado el tiempo sin verte. Déjame tenerte una eternidad más así, ¿sí? Además, tenemos que estar seguros de que estamos preparados.

–¡Eres tú el que no está preparado!– le dio un fuerte tincazo en la mejilla, que hizo que el otro se quejara. Algo en su corazón se apretó, y el rubio se sintió torpe –. Yo ya perdí la cuenta de las veces que me dedeé pensando en ti, hm.

Obito se puso rígido, esa era demasiada información para su cerebro. Cayó en la cuenta de que Deidara tenía razón en lo de que no estaba preparado, al menos no como él. Le parecía tan precoz que se sintió un poco como un viejo, pero se olvidaba de que él también tenía curiosidad. Ahora le urgía saber cuántas veces Deidara lo había hecho y cómo lo había hecho. Apenas unas imágenes ardientes comenzaron a formarse en su cerebro, las expulsó lo mejor que pudo a la última esquina de su mente.

Por su parte, Deidara comenzaba a sentirse un poco rechazado. ¿Es que no le gustaba lo suficiente a Obito? ¿Aún le seguirían gustando más las mujeres? ¿Durante ese tiempo se habría olvidado un poco de él? El tren de sus pensamientos inseguros no le gustó. Hacía tiempo que se sabía dueño del corazón de Obito, y no iba a ceder a los miedos del pasado que le había costado tanto esmero exorcizar. Obito tendría que enterarse de un par de cosas.

El moreno gritó cuando sintió una especie de garra húmeda apretando con fuerza su escroto, mientras Deidara no le daba tiempo a pensar, silenciándolo con un violento intento de beso en la boca que terminó con sabor metálico. Ahora sí, Obito dudó mucho en poder contenerse si las cosas seguían así.

Y en ese momento, el estruendo de muchos cañones resonando como en una batalla naval les hizo estremecerse. Obito se preguntó si Iwagakure no acababa de entrar en guerra en ese preciso momento. Antes de poder preguntárselo a Deidara, éste se había separado de él, insultando a viva voz. Ese era el único llamado que no podía ignorar.

–¿Qué pasa?

–Reunión de las Bakuha Butai, hm– respondió exasperado, sin ocultar su irritación.

Obito no supo si aliviarse o entristecerse. Le acarició los hombros, disfrutando de su presencia.

–Son demasiado ruidosos para venir de un afamado cuerpo de elite. Justo como una persona a la que quiero mucho.

Deidara le hizo una mueca que pretendía devolverle la broma.

–Adelante. Ve.

–No esta vez– respondió enseguida, con terquedad.

–Ve. Siempre soñaste con entrar en las Bakuha. De hecho, ni siquiera te felicité– le tomó de las jóvenes mejillas y le dio pequeños besos ruidosos en los labios –. Ese es mi chico.

Deidara sonrió satisfecho.

–Llegaste justo para la apertura del festival de la noche Ochenta y Ocho. Es esta noche. Voy a estar libre para entonces, así que no se te ocurra llegar tarde, hm.

Obito no tenía ni idea de qué festival era ese, pero tampoco quería preguntarle en ese preciso instante. Lo apretó más contra su cintura, logrando al fin que su erección no le preocupara tanto.

–¡Quiero ir! Quiero ir contigo. Puedo esperarte aquí y descansar del viaje para estar despierto por la noche–. "Y enérgico", agregó una voz atrevida en su mente, cuyas intenciones no se dejaron traslucir a sus ojos brillantes como los de un niño.

Deidara le sonrió y lo besó, siendo inmediatamente correspondido por una boca ansiosa.

–Entonces duerme, pero despiértate cuando llegue, vago.

–¿Y si me despiertas con un beso?– se atrevió a preguntar Obito.

Ambos se rieron mientras se sostenían las miradas, recordando la anécdota de su primer beso.

–Lo pensaré. Por lo pronto, te sugiero que sueñes conmigo, hm– le guiñó un ojo antes de irse, dejando a Obito en un estado de excitación casi deplorable.


Deidara se movía como una sombra saltando entre la montaña y los techos de las casas de Iwa, ignorando sus ganas de responderle a algún que otro aldeano indignado, para atender a un bien mayor. La reunión de las Bakuha se le había hecho eterna e improductiva, sin ninguna tarea emocionante que hacer para el próximo mes. Una completa pérdida de tiempo, si le preguntaban, más cuando veía a las primeras estrellas asomarse en el firmamento anunciando la noche. Tenía suerte de que Obito fuera un maldito impuntual en todo, porque él no querría llegar tarde a ese encuentro.

Dudó unas milésimas de segundo acerca de si debería detenerse en el alojamiento del Uchiha o seguir rumbo hacia su casa. Apretando el paso, en un par de minutos se encontró a una calle de distancia de su hogar, donde se detuvo para otear presencias enemigas. Una vez estuvo seguro de que sus amigos no estaban cerca y de que su madre estaba bañándose, se deshizo en una voluta de humo y reapareció en su habitación para evitar llamar la atención.

Se soltó el cabello y abrió la portezuela que escondía sus prendas. Las tiró todas al suelo, estudiándolas mientras se cepillaba el cabello.

Antes de decidir nada, se coló en el dormitorio de su madre para delinearse los ojos con el rímel negro. Unos minutos después, parpadeó varias veces frente al espejo ajeno, admirando su obra. Estaba a gusto con el estilo que estaba creándose, y ya era hora de mostrárselo a Obito. Se mordió el labio inferior mientras guardaba los cosméticos en su lugar antes de volver sigiloso a su habitación. Una vez allí, supo cómo debía vestirse. Partió igual que como llegó, ansioso de ver el rostro de Obito.


Obito no estaba seguro de si era la ansiedad de tener una cita con él luego de tanto tiempo, pero de algún modo había despertado a tiempo de su mal habida siesta -no fue fácil teniendo en cuenta los pensamientos que Deidara había impreso en su cuerpo. Y para peor, Deidara aún no aparecía. Quizás no se había despertado tan temprano como creía.

Se abrigó como solía recordar que era necesario en las noches de Iwagakure y salió del hotel, temeroso de haberlo arruinado todo. Le sorprendió la agradable temperatura exterior, que le comunicó que su tapado estaba de más. Antes de volver para cambiarse de ropa, una figura de coqueto caminar llamó su atención a la distancia; los ojos escapándose desobedientes a recorrer las porciones de piel desnuda en las piernas.

–¿Deidara…?– murmuró anonadado.

Se pellizcó varias veces y su garganta se secó. El joven rubio caminó hasta detenerse frente a él con su típica sonrisita.

–¿Sorprendido, hm?

Obito lo contempló de arriba abajo varias veces, admirando cómo le sentaba el verde. Unas simples sandalias de fibra vegetal y un humilde jinbei veraniego era todo lo que Deidara necesitaba para encandilarlo. Los pantaloncillos color crema dejaban al descubierto sus pantorrillas, y la chaqueta verde jade con bordes crema alrededor del cuello lo hacían ver como el más simple campesino del país. Y, aun así, era el Deidara más hermoso que había visto en toda su vida.

Sintió que la sangre se arremolinaba en todo su cuerpo al ver un maquillaje que no esperaba, pero que acentuaba más los rasgos de sus impresionantes ojos. En contraste con ello, el cabello bajo, suelto hasta un pequeño nudo a la altura de la cintura, le recordaba la sencillez del conjunto. Y quizás era por tanta simplicidad, que la belleza de Deidara resaltaba más que nunca.

–Estás… maravilloso.

Y mientras lo tomaba del brazo para guiarlo al festival, Deidara pensó lo mismo sobre el sonrojo de su compañero.


–Creo que Iwagakure me jugó una mala pasada con el clima.

Obito se dio cuenta de su mal cálculo en cuanto se internaron en la primera callejuela improvisada, donde montones de puestos de artesanías, dulces y comidas se intercalaban desordenadamente. Los niños corrían libremente, sin preocuparse por pisar unos cuantos pies adultos.

Para su sorpresa, la normalmente huraña gente de Iwa no montaba en ira ante la insolencia de sus niños. Obito observó que la mayoría tenía comida en una mano, y que varios jovencitos enérgicos hablaban animadamente a cuanta chica de su edad se cruzaran. Seguro su Deidara había estado yendo solo todos esos años, quizás esperando a que Obito llegara.

–Amor, lo siento tanto por dejarte solo todo este tiempo– le imploró con la voz acongojada, pero Deidara ya no estaba ahí –. ¡¿Deidara?!

Tuvo un minúsculo momento de pánico en el que creyó que Deidara lo había abandonado. Se calmó cuando vio a Deidara emerger a codazos de entre la multitud, portando en cada mano unos pequeños cuencos de arroz coronados con umeboshi.

–Sostenme esto, hm.

Obito se los recibió, contemplándolo con felicidad, viendo como se alisaba el jinbei.

–Muchas gracias por traerme esto– le alcanzó el otro plato –. Recordaste que me gusta el umeboshi. No lo pruebo con arroz desde la adolescencia.

Deidara le detuvo la mano.

–Odio esta porquería, hm.

Obito sonrió al recordar que Deidara odiaba el arroz con pasas. Lo anotó en su mente: nada de frutos encurtidos para el chico, mucho menos con arroz.

–¿Me trajiste dos para mí solo?

–Son el plato estrella del festival, hm. Apúrate que quiero ver las artesanías de este año.

Comenzó a comer mientras seguía al joven que avanzaba con rapidez entre las callejuelas iluminadas, buscando con la mirada algún tipo de cerámica que de la que Obito no sabía demasiado.

–¿Te gustan esas?– señaló con los palillos un pequeño puesto de cerámicas de colores.

–No son las que busco– respondió luego de un vistazo.

–¿Y esas?

–Demasiado tradicionales, hm.

Obito se deshizo en disculpas frente al alfarero que escuchó la crítica de la voz nada disimulada del muchacho. Fue arrancado del lugar por un fuerte tirón en su brazo.

–¡Ven, ven aquí! Mira estos. Y estos, hm. Mira esas líneas. Es lo que te dije la otra vez de…– Deidara se detuvo a parlotear frente a un puesto atendido por una niña.

Obito retrocedió cuando se golpeó con una hilera de farolitos. No era lo esperado en un shinobi, pero sí en un enamorado. Prestó atención a la especializada crítica de Deidara, obnubilado por la cantidad de cosas que sus ojos de artista eran capaces de notar, y que ni haciendo uso del sharingan habría percibido. Aunque no era lo suyo, siempre se esforzaba por aprender y ser un interlocutor interesante para él, sin darse cuenta que hacía muchísimos años tenía ganada la confianza de Deidara al respecto.

Pero por mucho que le interesara escucharlo, también moría de ganas por interrumpirlo y ofrecerse a comprarle cualquier cosa del puesto.

–Parece que los viejos no vendrán hoy– sentenció Deidara al cabo de un rato, observando a la niña perderse del resto de la diversión en la que estaban sumergidos sus contemporáneos –. Vamos a ver algún otro puesto, hm.

Ese esquema se repitió varias veces, sin que Obito pudiera comprarle nada a Deidara antes de que este lo arrastrara de súbito a otro punto, donde se volvían a reiniciar las opiniones que confundían al moreno sobre qué rayos era lo que más podía disfrutar el otro.

–Eso es todo, cada vez hay menos que ver– dándose vuelta, le dedicó una sonrisa radiante antes de alejarse rumbo a un puesto de té.

–Espera Dei, ¿no quieres uno de esos?– con manos torpes, sacó su billetera por enésima vez en la noche.

–Ya te dije que no. Eres mi invitado, y todo lo que quería ya está aquí– se dio unos golpecitos en la cabeza con el índice –. Mi arte de primavera será mejor que el de todos esos, vas a verlo.

Obito se rindió.

–¿Qué más me decías que es típico de esta festividad del arroz?

–El té verde de shincha, hm. Y ese umeboshi que te comiste todo.

–La comida de Iwa es simple pero eficiente– se palmeó a la altura del estómago.

–¿Simple? No querrás decir que la de Konoha es mejor, hm.

La voz alegre de Deidara encerraba un dulce peligro que le invitaba a caer en él.

–No lo sé, hace mucho que no vienes– le guiñó un ojo.

Deidara sonrió.

–Buen punto. La próxima vez que esté allí, tú serás mi hotel personal.

Obito tragó con nervios, imaginándose hasta dónde estarían las cosas entre ellos para ese entonces. Decidió reanudar el paseo, sin poder evitar que Deidara se riera de su sonrojo.

–Está bien. Ahora llévame a probar ese té.

–¿Entonces ya no comerás más dulces? Hay uno que quisiera compartir contigo, hm– le susurró al oído y luego le clavó la mirada esperando una respuesta.

Obito sufrió otra invasión de imágenes mentales. Esta vez le costó más que antes poder reprimirlas; Deidara parecía querer leerle la mente y ya no tenía caso fingir que no estaba excitándose.

–Mejor dejemos el té para después. Me has dado curiosidad, así que, ¿adónde vamos ahora?

Deidara lo tomó de la muñeca y comenzó a alejarse hacia los puestos periféricos. Obito logró que se tomaran de las manos, y en ese momento ya no le importó más el qué dirán.

Finalmente Deidara se detuvo ante el puesto de dulces más simple que Obito podía imaginar: palitos y cremas heladas.

–¿Helado?– preguntó, algo incrédulo, mientras se formaban detrás de una numerosa familia.

–¿Te sorprende? Son simples y deliciosos, hm– Deidara se adelantó en cuanto vio aparecer a un segundo vendedor, ganándole el puesto a un niño pequeño –. Deme uno de esos, hm– le indicó al encargado y se volvió hacia Obito cargando un colorido polo helado –. Nunca vas a probar un helado más helado que el de Iwagakure, hm.

Obito decidió cerrarle la boca, y luego de dejar pasar al pequeño, pidió una extraña torre helada con cremas y mini polos. Estaba pagando cuando se dio cuenta de su impulsividad. No tenía cerca ningún lugar donde sentarse y la torre era mucho más frágil de lo que le pareció cuando la vio. La callejuela improvisada estaba de nuevo atestada de niños peleándose por colarse en la fila.

–Mira el ejemplo que les diste– reprendió a Deidara, pero el rubio se encogió de hombros sin hacerle caso –. Necesito un lugar donde parar, esto no parece muy helado– se quejó mientras le daba un lengüetazo a un hilo de crema que amenazaba con caérsele encima.

Deidara se quedó mirándolo unos instantes antes de reaccionar.

–Por aquí, hm.

Le guio hasta el final de la callejuela y desvió hacia la parte posterior de los últimos puestos. En un minuto llegaron a un playón mediano que se extendía detrás de la feria. Unos banquitos de piedra se encontraban justo al frente de un bajo vallado de madera que separaba ese nivel del abismo que había hacia abajo, algo camuflado por las copas de los altos árboles que crecían en el nivel inferior.

A Obito no dejaba de asombrarle ciertos detalles del emplazamiento de la ciudad de Iwa, pero si no se daba prisa se le caería la mitad de la torre helada.

Se sentó en el enano banquito con un suspiro de alivio, seguido por Deidara quien comía con tranquilidad su polo.

–Por un momento creí que ni con el sharingan podría evitar que se cayera– comentó alegre, procediendo a empuñar la cucharilla de madera.

Deidara quiso prevenirlo, pero era demasiado tarde. Obito sentía sus encías y su cerebro ser apuñalados de tal manera, que realizó un movimiento brusco para sostenerse la cabeza y la mitad de la torre acabó en el suelo.

–¡Maldición!– articuló dolido por el frío, su torpeza y las carcajadas de Deidara.

Cuando el mal humor se le pasó un poco, se dio cuenta de que nunca le había escuchado carcajearse de esa manera si no había una explosión de por medio. Se quedó mirándolo, hipnotizado, mientras seguía apretándose las encías.

La voz gruesa de Deidara al carcajear salvaje era tan hermosa, que le borraba de la memoria los malos recuerdos y lo abstraía completamente del presente, haciendo que su mundo se redujera al de su dueño. Su corazón saltó con tal fuerza en el pecho que le dolió, y algo adentro suyo le hizo sentir que ya nunca volvería a enamorarse de esa manera.

El helado no importaba, pensó mientras se limpiaba unas lagrimillas antes de que Deidara se diera cuenta.

–Eres el shinobi más torpe que conozco, hm– articuló al cabo de un momento, dándose cuenta de que Obito lo observaba –. Y la persona que más me hace reír.

Obito se inclinó con rapidez y sus labios fríos chocaron en un tipo de beso que no conocían. La sensación refrescante era adictiva, y sólo se separaron cuando Deidara sintió un poco de su helado derretírsele en la mano.

El moreno se disculpó por ello. Le dejó un momento para que aprovechara su helado y no corriera la misma suerte que el suyo. Fue allí cuando se dio cuenta de la combinación de sabores del polo de Deidara: tres cuartos de naranja, la punta de un fucsia intenso. Tragó fuerte cuando Deidara le miró, mientras pasaba la lengua lentamente por el polo desde la base hasta la punta. Y volvió a tragar cuando el chico se lo metió entero hasta la garganta y lo sacó totalmente brillante, relamiéndose los labios teñidos de fresa.

–¿Te gusta lo que ves, Obito?– Deidara disparó mientras jugaba a hacer círculos con la lengua en la punta del helado, pasándole una pierna por encima de las suyas hasta la ingle del Uchiha.

Lo tenía pensado desde antes de que llegara a Iwagakure, y esta vez no iba a fallar. Volvió a meterse el polo a la boca antes de sacarlo con un embarazoso sonido de vacío, y aunque era la primera vez que lo intentaba, Deidara no sentía ni la más mínima pizca de vergüenza que parecía estar atacando a Obito. Había esperado demasiado por ese hombre. Y se lo iba a demostrar, decidió mientras comenzaba a metérselo y sacárselo descaradamente de la boca.

–Deidara, van a verte– alcanzó a cuchichear Obito, intentando taparlo de las luces de la feria, y Deidara le clavó más la mirada mientras se pasaba con lentitud el transpirado polo por los labios, la respiración haciéndose pesada y las pupilas ensanchándose.

No aguantó más y se largó a besarlo con tanta fuerza, que cayeron hacia atrás, directo al nivel inferior. Nadie se percató cuando la oscuridad y las copas de los árboles se los tragaron, ni cuando aterrizaron en una especie de sotobosque de tupidos arbustos.

Deidara fue el primero en reaccionar, saltándole encima. Buscó con movimientos rápidos la erección de su compañero y sin quererlo la golpeó, o más bien sintió que se golpeaba la mano con una dureza escondida detrás del pantalón de su pareja. Como un rayo quiso bajarle apropiadamente la cremallera, pero no era tan simple como creía y le rompió el pantalón, mientras Obito gruñía por la rudeza de los movimientos.

La velocidad de los acontecimientos era tal, y estos tan inesperados, que la cabeza de Obito tardaría muchas horas hasta darse cuenta de qué era lo que estaba por suceder esa noche.

Lo que había quedado del resto del polo en la boca de Deidara fue mordido con rapidez mientras se lo tragaba y le bajaba los bóxeres, rasguñando a Obito sin querer. Tragó y durante una centésima de segundo, se congeló al reconocer el gran contorno que las luces de las luciérnagas le iluminaban. Lo poco que alcanzaba a ver lo dejó asombrado, y por eso mismo no iba a pedir indicaciones de qué podría o no gustarle a Obito. Lo lamió, y el grito de Obito ante lo helada de su lengua en su glande hirviendo tapó la emoción de Deidara por lamer al fin un pene que no fuera el suyo.

Volvió a repetir la acción con su lengua congelada mientras el sabor del helado comenzaba a mezclarse con el del precum de Obito, y lo recorrió desde la base hasta la punta antes de sumar una de sus manos a la tarea. Quería hacerle sentir lo que él sentía mientras se masturbaba con sus bocas extra, y mordió un poco la base mientras se metía la mitad superior hasta la garganta.

Obito seseaba al sentir el apriete de esos labios y boca helados, respirando agitado, intentando mirar, cerrando los ojos ante cada movimiento brusco de Deidara. Pateaba contra el suelo destrozando arbustos y rompió la tierra con sus manos al intentar refrendar el impulso de sujetar la cabeza de Deidara para enterrarle la verga hasta el fondo. Respiraba tan fuerte y se sentía ahogado por la saliva en su boca, la humedad en sus ojos, y su cerebro se negaba a pensar mientras sentía el calor de su polla aumentar y la lengua de Deidara negándose a subir la temperatura.

Tantos años había pasado creyendo que el sexo sería una realidad que él jamás viviría, y tan intensos habían sido los últimos tiempos desde que empezó a tener sueños sexuales con Deidara para luego acabar saliendo con él sin poder verlo. Se mordió el labio hasta hacerse sangrar para ahogar un gemido, pero no pudo dejar de lloriquear del placer inimaginable que resultaba ser una felación con dos bocas tan suaves.

Se agitó aún más cuando sintió una tercera lengua entrar en acción, y cuando logró enfocar la vista vio a Deidara repasando su verga con las tres lenguas en acción. Antes de sentir que su glande explotaría bajo la lengua principal, un mordisquito y una salvaje lamida en el costado lo distraía moviendo su zona erógena hacia la base del pene, para que luego se moviera hacia la mitad donde otra mano apretaba el tronco con sus finos labios y le hacía cosquillas con la punta de la lengua extra. Luego volvía a sentir el ataque de Deidara en su glande, luego ambas manos con bocas fueron a hacer estragos en sus testículos, que Deidara manoseaba muerto del deseo, tanto tiempo imaginando infructuosamente cómo de dotado estaría Obito.

Los tres pares de labios y las lenguas no dejaban de subir la velocidad de sus movimientos, tanto que tuvo que pedirle entre risas que se detuviera un momento porque le estaba causando cosquillas. Deidara le hizo caso y tomó nota mental de que demasiado entusiasmo podría ser contraproducente, por lo que decidió proseguir comiéndolo entero, pero con mayor prudencia.

Las risas volvieron a ser reemplazadas por gemidos y el corazón de Deidara latió de orgullo. Era bastante difícil saber si lo hacía bien, porque todo lo que sentía su boca lo sentían las bocas extras y viceversa. Intentaba aplicarse y su ceño estaba muy fruncido para evitar tirarse a gemir sobre el lecho del bosque y pedirle a gritos que lo hiciera suyo. Claro que quería, pero primero quería darle un buen servicio a Obito y aún una mejor impresión. Si alguna vez una mujer había estado por allí, quería asegurarse de que su recuerdo fuera el único que se quedara impregnado. Después de todo y a pesar de su inexperiencia, ¿quién maneja tres bocas y tres lenguas a la vez? Deidara se obligó a funcionar con sus tres frentes en ataque a la vez, no importaba cuánto de mojada estuviera ya su entrepierna por las suaves sensaciones del pene de Obito en su trío de bocas.

Por su parte Obito querría disfrutar más de aquel espectáculo, mirar sin pensar que iba a desmayarse al sentir tres bocas atacando sin darle tregua ni respiro, vibrando desde el placer hasta el dolor por los torpes raspones que, cada tanto, se le escapaban impetuosos al chico.

Iba a llorar si seguía así, y solo era la primera vez. Le pidió perdón mentalmente; él hubiese querido durar mucho más e impresionarlo, pero ya estaba fuera de su alcance resistir otro minuto más. Ninguna advertencia salió de su boca, sólo un quejido cuando comenzó a venirse entre las bocas de Deidara.

El más joven exclamó de la sorpresa pero intentó tragarse todo, a pesar de su desprolijidad. Apretó los ojos por miedo a que el semen ingresara en ellos, inspiró y se ahogó enterrándose la verga lo máximo que podía, forzándose a tragar hasta insensibilizarse la mandíbula.

Obito solo boqueaba, viendo cómo las luces de las luciérnagas se confundían con las de las estrellas en el firmamento nocturno. Borrosamente pensó que Deidara le había hecho ver las estrellas, literal y no tan literalmente. A duras penas, rio en silencio y cerró los ojos, sintiendo la increíble suavidad de los labios de Deidara presionar contra su pene.

Deidara siguió tragando, la frente arrugada en un solo bloque. Cuando creyó que todo había terminado, se sacó la polla de la boca, y un inesperado y fuerte disparo se le estampó en el centro del rostro. Sacudió la cabeza con rapidez hacia un costado, cayendo al suelo, mientras Obito se recostaba a tomar aire a bocanadas. Estiró la cabeza para ver al muchacho y le encantó lo que vio: el semen manchándole, metiéndosele hasta los ojos que Deidara restregaba a ciegas, quien finalmente lo miró con toda su hermosa carita ahora llena de blanco.

Sacó fuerzas de donde no las tenía y se puso de pie. Levantó a Deidara tirando de él hacia arriba, le estampó un beso con lengua sin importarle todo lo que se estaba manchando de su propio semen y comenzó a apretarlo contra su cuerpo. Necesitaba hacerle sentir todo lo que le generaba, y para eso necesitaba pegarlo a todo su ser electrizado, ahogarlo contra su pecho, avisarle con su cuerpo lo que le esperaba.

Deidara le respondió el beso y Obito buscó meterle mano por sobre la ropa, deslizándose desde el largo cabello hacia la estrecha cintura sujeta por el obi, hasta encontrar los pantaloncillos. Por fin llegó y le apretó el trasero, sintiéndolo firme y acolchonado detrás de la ropa, un tesoro tanto tiempo prohibido que ahora le tenía con los dedos hundiéndose en la carne. No resistió el impulso de intentar colar sus dedos encima de la ropa, justo donde daba la raja de aquel trasero. Prensó aún más sus caderas húmedas contra el ombligo de Deidara, quien gimió dentro de su boca al sentir los gruesos dedos del hombre pujar contra sus ropas, intentando atravesarlas.

El tacto de Obito se estimulaba segundo a segundo cuanto más lograba hundir las prendas de Deidara entre sus nalgas, y se las sacudió hasta arrancarle una exclamación que le hizo cabecear la verga, parte de su anatomía cuyo descanso no estaría permitido por más tiempo.

Deidara levantó una pierna y le rodeó la cadera, empujando con su propia erección para intentar llegar a la virilidad de Obito, y justo en ese momento las voces ruidosas de un grupo de personas les cortó en seco.

Las ganas de seguir se les esfumaron cuando los arbustos más cercanos colapsaron ante siluetas de personas que se aproximaban. Alzando a su novio, Obito activó su mangekyo y los trasladó a ambos al tsukuyomi.

Los mechones sueltos de Deidara se pegaron al semen en su cara, y sintió que estaba a punto de marearse en medio de un tornado cuando todo acabó tan rápido como había iniciado. Se despejó el rostro, y antes de preguntar qué demonios había pasado, descubrió que se encontraban en un peculiar mundo de enormes bloques brillantes.

Se despegó de Obito, el cual en un ataque de raciocinio se subió los pantalones mientras sus orejas comenzaban a arder.

–Casi muero cuando pensé que nos descubrirían– dijo en un suspiro, concentrado en su bragueta y sin darse cuenta de que Deidara se alejaba de él.

–¿Este es el lugar que aún no ibas a mostrarme, hm?

Cuando levantó la cabeza, lo vio, observó el estado de su tsukuyomi, y el mundo se le vino abajo.

–¡N-NO! ¡NO MIRES!– corrió hacia él y se interpuso frente al bloque que Deidara estaba mirando, levantando inútilmente los brazos.

Deidara seguía observando hipnotizado la imagen de tres metros y medio de altura donde un Obito le besaba con pasión el culo a un Deidara maniatado a una silla.

Y no era el único cubo con escenas semejantes, por lo que Deidara entendió muy pronto la negativa del mayor a mostrarle el lugar. Caminó hacia un cubo donde Obito se lo follaba contra el piso como un animal, admirando el trasero desnudo del Uchiha contraerse frenéticamente contra su cuerpo aplastado.

Obito corrió a alejarlo del lugar, pero aquella imagen también era demasiado grande como para impedir que no la contemplara.

–Esta es tu mente– aventuró Deidara, zafándose de su agarre para dirigirse a otro cubo cuya secuencia le interesó –. Esto es todo lo que deseas hacerme…– susurró para sí mismo, comenzando a sentir orgullo a la vez que excitación y aceleramiento.

–¡No veas, no veas, son sólo espejismos!– Obito corría de un lugar a otro, esforzándose en apaciguar una imagen para que aparecieran decenas de otras nuevas.

–Entonces, ¿significa que te estás imaginando todo esto en este preciso momento, hm?– preguntó Deidara, sintiéndose totalmente halagado al ver cómo Obito le metía en el trasero un polo helado exactamente igual al que había comido minutos atrás.

Desesperado e impotente a la hora de controlar su tsukuyomi, Obito le tapó los ojos.

–No, ¿cómo crees?

Intentó sonar despreocupado, pero mentía mal y no sabía adónde llevarlo teniendo un tsukuyomi tan incontrolable en ese aspecto. Las imágenes no solo se reproducían caprichosamente delante de Deidara, sino que además los cubos se movían adonde quiera que fueran sus pisadas, como pidiendo ser observados. Maldijo. No era eso lo que quería mostrarle a Deidara. Ni a ningún otro ser humano. Incluso le costaba reconocer que a su mente se le hubieran ocurrido ciertas ideas, de las cuales no se había dado por notificado hasta ahora.

Mientras que apenas sus ojos fueron cubiertos, Deidara sintió el volumen de las proyecciones de los cubos subir, como si aquel lugar deseara que se siguiera enterando de las fantasías de su dueño.

–¿En serio quieres decirme esas cosas, hm?– su blanca sonrisa desmoralizó a Obito, quien ya se encontraba hirviendo como un tomate en una olla.

–¡No!– le tapó los oídos odiando su tsukuyomi, y como resultado, los ojos de Deidara volvieron a ver.

–¿Quieres azotarme?– con la cabeza girada, se quedó boquiabierto unos instantes, antes de que las manos de Obito le vedaran una sesión de latigazos en el trasero.

–¡N-no!

–¿Así es como crees que gimo?

–¡No oigas!– volvió a taparle los oídos –. ¡Y no veas!– le ordenó, pero era en vano.

Deidara volvía a ver y parecía que disfrutaba de la situación en grande.

–Quiero que me hagas eso, hm– señaló un cubo donde Obito lubricaba un juguete sexual y se acercaba a él con una expresión que nunca le había visto.

Quería conocer esa expresión, y a ese Obito que los cubos le mostraban.

–Lo haré, eventualmente lo haré.

Obito volvió a taparle los ojos y a arrastrarlo en busca de algún lugar vacío. O al menos, hacia algún cubo que no mostrara esas cosas tan atrevidas.

–¡Pero ahora!

Deidara giró con rapidez y se inclinó a ciegas hacia Obito, quien apenas alcanzó a mantenerlo sin mirar. Pero no pudo evitar que el chico acabara encima suyo, ni la erección que eso le aparejó.

–Dei…

–Hmmmm– le gimió con gravedad mientras le olisqueaba el pecho.

–¡Deidara no hagas esoooo!– perdió el pie al intentar liberarse del artista.

Cayó al piso arrastrando a Deidara, quien al verse libre se acomodó encima suyo y comenzó a contonearse contra su cuerpo, al tiempo que un cubo se le acercaba por detrás y ampliaba una escena del artista atado y amordazado, entregado totalmente a su merced. Obito cerró los ojos con fuerza, pero su erección se había vuelto rígida como el granito y le dolía al palpitar.

–¡Wow! ¡Estás duro de nuevo!– se animó a estirar su mano para apretarla por sobre la ropa, y la dureza del bulto le disparó la imaginación. Se mordió los labios mientras buscaba los ojos oscuros con algo de dudas, y permitió que la boca de su mano le diera una suave mordida.

–D-D-Dei-chan…

Obito no aguantó cuando una lengua comenzó a babearle la erección apretada entre la boca extra, cerró los ojos y huyó del tsukuyomi, dejando a Deidara solo allí adentro. Apareció en el pequeño claro de bosque donde recibiera su primera felación, hiperventilando incontrolable.

El enojo de Deidara y sus improperios se detuvieron frente a unos nuevos cubos que le mostraban más posibilidades inimaginadas. Parecía que Obito tenía una fijación con imaginar su rostro gimiendo, porque la mayoría de los cubos mostraba imágenes de ese tipo.

Negó con la cabeza mientras ponía su atención en un cubo donde se los veía haciéndolo en cuatro, y se llevó las manos a la entrepierna con un suspiro de deseo.

No tenía por qué enojarse con Obito, ya que tarde o temprano tendría que aparecer. Y, sobre todo, porque viendo ese extraño lugar, no podía estar más lejano a enojarse, pensó mientras se bajaba los pantalones y comenzaba a masturbarse y penetrarse con ambas manos y bocas, suspirando el nombre de Obito mientras contemplaba cómo se besaban apasionados en las proyecciones del tsukuyomi.


El aire fresco de la noche que golpeó a Obito al aparecer de nuevo en aquel hueco del bosque le sirvió para tranquilizarse y volver a poner en orden sus pensamientos. Se reacomodó la erección entre sus pantalones y expulsó una gran cantidad de aire, se peinó con los dedos y caminó en círculos observando la hojarasca en la oscuridad. Y aunque quería huir de sus pensamientos acerca de Deidara, el recordarlo tan empalagoso encima suyo apenas un minuto atrás le hizo sonreír. Tapó con una mano la mitad de su gesto de felicidad y cerró los ojos, feliz, rememorando la escena una y otra vez. No tenía mucho sentido hacerlo esperar de ese modo, se tranquilizó al fin.

Cuando reingresó en su tsukuyomi, observó que la cantidad de cubos con escenas sexuales habían disminuido un poco y en general exhibían un tinte más romántico. Caminó hacia donde recordaba que había dejado a Deidara, y estaba a punto de descubrirlo cuando un sonido lo hizo congelarse en su sitio. Esperó y el sonido volvió a repetirse, a la vez que comprobaba que detrás de un gran cubo se asomaba una de las piernas de Deidara, con el pantaloncillo crema bajo y el pie descalzo. Se acercó de repente y allí lo encontró, sentado contra un pequeño cubo con los pantalones bajos y mirando una escena en el cubo más grande donde ambos hacían el amor.

Sus ojos bajaron directo a las manos de Deidara, a los dedos que se desaparecían en su interior enmarcado por las nalgas regordetas y coronado por sus genitales, los testículos, una erección, el vello castaño que se escondía bajo el desarreglado jinbei. El cuerpo entero de Obito tembló y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no lanzársele encima e ir despacio.

La respiración del muchacho se agitó aún más al volver a encontrarse con los ojos de Obito, pero no podía dejar de masturbarse ni por un momento. Continuó con ello, y Obito sintió que lo llamaba con los ojos.

Avanzó observando con cuidado la desnudez de su intimidad, una que ya se había cansado de preguntarse cómo sería. Lo que vio le encantó, le puso duro, le hizo querer saltar del entusiasmo y correr a desnudarse junto con él. Deidara era hermoso, y sólo le estaba viendo desnudo hasta la mitad de los muslos.

Una vez llegó a él, lo rodeó y se sentó detrás suyo, enmarcándolo con las piernas. Deidara recargó la cabeza contra su hombro, y Obito le acarició con cuidado y curiosidad los muslos desnudos, animándose a colar sus manos por debajo de la tela que recubría las rodillas. La empujó, dejando las piernas de Deidara descubiertas a excepción de los tobillos, y cuando las recorrió de arriba abajo la suave piel se erizó.

Un pequeño, casi inadvertido escalofrío, sacudió el cuerpo de Deidara. Se estiró para depositarle un beso en la mejilla, y enseguida Obito se lo devolvió con cariño. Los besos fueron solapándose, uno encima del otro, mientras las manos de Obito se volvían atrevidas al tocar cuanto centímetro de carne de Deidara pudiera caer bajo su alcance.

Deidara sintió los dedos firmes invadir su entrepierna, e hizo que una de sus manos lambisconas le rogara que le tocara el miembro. Obito lo apretó y se dejó conmover por la calidez líquida que envolvía a su amado. Lo masajeó suavemente de arriba abajo, mientras Deidara le apresaba aún más la mano no queriendo que el contacto cesara. Obito lamió el blanco cuello no una ni dos veces, sino todas las que su lengua y labios le pedían, comenzando a marcarlo con sus besos. Deidara suspiraba y comenzaba a lanzar expresiones molestas, que Obito entendió perfectamente cuando le vio fruncir el ceño en un rictus que, bien conocía, sólo podía significar enojos y explosiones.

Entonces soltó el miembro de Deidara y se llevó la mano a la boca, oliendo y besando la humedad de su chico en su palma. Chupó sus dedos y bajó la mano inmediatamente, buscando meterla entre las nalgas del muchacho.

Deidara se agitó y abrió más las piernas, sintiendo la intrusión de Obito acariciando su perineo, amasando un poco sus testículos, antes de dirigirse hacia lo más íntimo de su ser. Gimió de anhelo cuando un dedo pujó y comenzó a penetrarlo, y se sujetó fuerte de sus hombros mientras recostaba la nuca en el fuerte hombro de Obito y comenzaba a gemir a medida que los grandes dedos comenzaban a colarse adentro suyo.

Ver sus labios enrojecerse producto de mordérselos hizo a Obito decidir marcarlo fuertemente en el cuello con sus dientes. Deidara se inmovilizó ante la mordedura que no soltaba prenda, y a partir de allí sólo sus piernas comenzaron a moverse como locas cuando sintió que un segundo dedo se colaba impertinente en su calor.

–Obito, Obito, Obito…

Susurraba y en silencio clamaba por más abriendo su boca en un profundo jadeo, que Obito aprovechó para quitarle la mano y acariciarle los labios antes de proceder a meter los dedos en su boca. Deidara dócilmente los recibió, los lamió, los besó y los amó, y antes de que pudiera recuperar el aliento, sintió la mano húmeda bajar por su barriga hasta encontrar de nuevo el rincón de delicias que tanto había ansiado Obito.

Obito lo penetró con ternura, intentó abrir y cerrar varias veces sus dedos cual tijeras en el interior de Deidara, y el chico sólo gimió su nombre mientras su espalda se encorvaba bruscamente, sintiendo el empuje de los dedos ir completamente decididos todo lo más secreto que se pudieran internar.

–Deidara, te amo– le susurró apasionado en su cuello, apretándolo más contra su cuerpo.

El chico buscó los labios de su amante y se fundieron en un beso cálido, romántico y apasionado. Las manos y lenguas de Deidara ascendían acariciando los bien formados brazos de Obito. El moreno decidió aflojar el agarre de sus hombros, y bajó la mano restante para masturbarle tierna, dulcemente, el miembro a Deidara. El rubio gimió en su boca y se sintió muy, muy cercano a las puertas del paraíso. Sus manos ascendieron hacia el fuerte cuello del Uchiha, donde se detuvieron a mordisquearle y lamerle. Obito presionó más sus dedos en el interior de su amado como empuñando una espada, siquiera espejando a la parte de su cuerpo que más quería allí dentro. Y Deidara contrajo su musculatura pélvica, al sentir que los dedos de Obito, más largos que los suyos, llegaban a un punto que él siempre perseguía, pero nunca tocaba.

Agitó las caderas a un ritmo salvaje hasta sentir que los dedos de Obito le hacían daño, pero no había un motivo en el mundo por el que quisiera parar, y la masturbación que le hacía su compañero era cada vez más impiadosa. Sus manos dejaron sendos cardenales a ambos lados del cuello de Obito, mientras su próstata era acosada hasta hacerlo venirse en una salvaje eyaculación.

Eyaculación que Obito siguió como un devoto con la mirada sin siquiera parpadear. Le besó los labios, los cachetes, el cuello, el hombro, mientras Deidara jadeaba y sus ojos se perdían en la infinita y oscura bóveda del tsukuyomi, dividido entre el calor de su cuerpo y el frío de su sudor. Le susurró lo mucho que lo amaba y lo profundo de sus sentimientos.

Deidara se giró sobre sí mismo, y poniéndose de rodillas, le colocó las manos sobre los hombros y lo besó con ternura. Obito lo correspondió, apretando su cintura y excitado por la nueva postura de Deidara, pero sabía que no habría mucho más que pudiera hacer: el tiempo en su tsukuyomi se estaba acabando.

–¿Te gustó?

–Sí, mucho– le sonrió con picardía –. Ahora, ¿por dónde seguimos?

Obito tiró de él hasta aplastarlo contra el piso. Le arregló los cabellos que le cubrieron el rostro y lo contempló largamente, atento a cada centímetro de piel, la adorable punta de su nariz, unos lunarcitos que permanecían ocultos hasta tenerlo a pocos centímetros de la vista. Suspiró como un bobo y le sonrió.

–Este tsukuyomi tiene un tiempo límite en el que se puede estar aquí dentro, amor. Y hoy ya lo sobrepasé con creces, nunca conseguí estar tanto tiempo. Pero– y le acarició una pierna desnuda –, creo que sé por qué mi chakra aguantó tanto esta vez, y ha valido totalmente la pena.

A Deidara no le alegró del todo escuchar aquello, pero ya no se sentía tan impaciente como siempre. Al fin había avanzado más de lo que nunca pudo, y ahora tenía muchas cosas de las que regodearse en su mente.

–Está bien, pero esta vez sí que quiero que me invites un helado– confesó, hambriento y acalorado.

–A mí también me hará falta.

Y ya vestidos, lo tomó de la cintura para salir de un tsukuyomi que comenzaba a derretirse en manchas de pintura de diferentes colores.


Al fin puedo actualizar yeeeey! ¡Esto fue por la Tobideiweek! No creí que tardaría tanto y lo siento por tardar. Pero quería sí o sí actualizar esta historia para el prompt del 7mo día, "Dale amor a un W.I.P.". No tengo mucho más que agregar: quise hacer otro fic para la week pero no tenía el tiempo ni la cabeza de mi lado. Por eso decidí abocarme a Encuentros y las escenas del helado y el tsukuyomi, que mi mente pervie tenía pendientes desde hacía años. Ignoremos que la week terminó este domingo 18. ¡Cinco años no se cumplen todos los días!

Nightcrawler ina, mil disculpas, ojalá que la espera no haya podido contigo (carita llorando). Gracias mil por tu apoyo, y sabes qué, yo también quisiera que hagan películas obidei con varios fics de acá y firmadas por Kishimoto jaja.

Mukii, apoyo la idea del sindicato shinobi. ¡Dejen de explotar a tontos enamorados que como Obito, no pueden ver a sus parejas! Respecto del otro ship, no es lo mío, me parece bastante abusivo y en mi headcanon es como su padre o abuelo. Pero sí adoro escribir a Madara, me divierto mucho con sus maldades y caprichos.

guest, muchas gracias por tus comentarios. En muy pocas palabras me has dicho mucho, y te lo agradezco tanto. Disculpa a tardanza y ojalá disfrutes de este capi.

Y absolutamente a todxs quienes leen este fic, ojalá esta extensión compense un poco la ausencia. Les quiero. Lamento mucho la demora en actualizar, este fic, y todas mis historias pendientes. Últimamente ya no dispongo de tanto tiempo como antes, y cuando lo tengo me encuentra con mucho cansancio. Esta situación me quita inspiración para escribir, pero, el obidei es algo que amo mucho y como mínimo quisiera darle el cierre adecuado a todas las historias que tengo abiertas antes de avanzar con nuevas ideas para fics. Lybra se despide entre tropiezos, ¡sayo!