Los tonos de comunicación se activan y estúpidamente Saga espera que se rechace la llamada. Aunque también lo puede hacer él: cortarla y olvidarse de la tontería máxima que acaba de llevar a cabo, por mucho que al otro lado quede el rastro.
Puede hacer muchas cosas y elige las más insensatas, tontas e infantiles que se le ocurren. Activa el modo "manos libres" y suelta el teléfono sobre la mesa redonda de piedra que tiene en el rincón del balcón. Se aleja un paso y lo mira como si este fuera una criatura acechándole entre las sombras de la noche. Necesita hacer algo en esa espera que se le antoja eterna y saca el paquete de tabaco que esa tarde ha comprado al salir del complejo de viviendas que debe vender.
Hace años que no prueba ninguno.
Años en los que ni siquiera ha tenido la tentación rasguñándole por dentro. Pero hoy ha sido un día de mierda en todos los sentidos que su atribulada mente puede evaluar, y ha caído. La cajetilla aún está intacta, y tira de la pequeña pestaña del abre fácil, extrae el envoltorio de celofán, lo arruga inútilmente y también lo lanza al lado del teléfono. El aroma que se filtra por la nariz cuando sujeta el cigarrillo entre los labios le genera un baño de endorfinas que le cosquillean por todo el cuerpo, y el simple acto de prender el mechero le otorga una sensación de poder que lleva tiempo añorando.
La primera aspiración le arde por dentro, le hace llorar los ojos y le atasca el humo a media garganta cuando escucha la voz de Shaka hablándole desde la mesa.
"Hola, ¿Saga?"
El repentino mareo que le produce esa primera dosis concentrada de nicotina le acerca al precipicio del vértigo, y se ve obligado a sujetarse de la barandilla mientras con la otra mano, la que sujeta el cigarrillo, se masajea los ojos cerrados. Expele el humo tragado por la nariz y piensa.
No sabe en qué cojones piensa, y tarda unos instantes en responder. Agarra el móvil, desactiva el "manos libres" para evitar ser la distracción nocturna de algunos vecinos chismosos y se lo acerca al oído. Tal vez Shaka ya ha colgado, y es un deseo que siente muy adentro, pero para su suerte o desgracia, al otro lado sólo escucha silencio en espera.
El mareo que le ha presentado esa urgida calada sigue haciendo mella en él, y le obliga a buscar el sostén de la barandilla. Apoya ambos antebrazos sobre la fría barra de acero y evita mirar hacia abajo, centrándose en una aleatoria estampa que halla en el edificio de enfrente: dos ancianos mirando la tele, él medio dormido, ella tejiendo media...un gato enroscado entre los dos...
- No me cuelgues, por favor...- es todo lo que atina a decir, aspirando otra calada, ahora sí, más lentamente - Me ha jodido mucho verte esta mañana - Saga no sabe por qué narices son estas palabras las que esculpen sus labios y no otras, pero ya está metido de lleno en el fango y colgar no es la solución. Expulsa el humo con más calma, recordando poco a poco la satisfacción de sucumbir a ese detestable vicio, y se masajea el entrecejo con la misma mano que tiene el cigarrillo preso entre los dedos índice y corazón.- Me ha jodido, sí, no te lo niego. Y lo ha hecho porque no entraba en mis cálculos volver a verte, Shaka, aunque improbable no era...Estás trabajando de lo que te gusta, y me alegro por ello, créeme. Y me has dejado saber que estás con alguien, no sé con qué intención, ni siquiera sé si has sido consciente que lo hacías, pero he visto que estás con alguien y...- "debería estar feliz por ti" está tentado de decir, pero cambia la idea antes de cagarla más - y me alegro mucho que hayas reconducido tu vida, Shaka. Te lo mereces. Y que yo me haya comportado como un tío indiferente, orgulloso y con aires de superioridad ha sido inapropiado.- Hace una pausa para procurarse otra calada y entonces siente cómo una náusea se está gestando en su estómago. La falta de costumbre le está dando señales que apurar el cigarrillo entero no está siendo una buena idea, como quizás tampoco lo es esa llamada que se dispone a finalizar.- Sé que los arquitectos hacéis visitas semanales a los edificios aún en construcción, y sólo quiero que sepas que si nos volvemos a ver intentaré no ser tan gilipollas como he sido hoy...
Restriega el cigarrillo contra la barandilla hasta que se desmenuza el papel y se esparce el tabaco sin consumir y espera, incorporándose, aún con el teléfono en el oído.
Espera que algo rompa el silencio que sigue escuchando.
Espera envidiando a ese par de ancianos que siguen cada uno en lo suyo, sentados en el viejo sofá de ese piso de enfrente.
No se hablan. Ni se miran. Seguramente porque llevan una gran colección de décadas juntos y las palabras también se acaban. Pero ahí están, haciéndose cómplice compañía.
Él siente que ya ha apurado media vida y ni siquiera hay un gato que se le restriegue contra las piernas, aunque sea para pedirle comida.
By September
