— Ren-san, te quiero confesar algo —tímidamente alzó la voz desde la seguridad de su rostro escondido en su pecho mientras ella estaba recostada sobre él.

— ¿Qué, princesa?

— Yo en verdad quiero pedirte algo —lo mira directamente a los ojos y su sonrojo le divirtió, entonces él la abrazó más de la cintura con una sonrisa de adoración y le dio unos cuantos besos, cortos pero no tan inocentes.

— ¿Sí? —su voz masculina era casi un suspiro de placer, ese momento era glorioso y su diosa finalmente iba a dejarse adorar.

— Yo tengo miedo, tengo miedo de que todo esto se acabe...

Kuon sonríe y le besa los labios una vez más, solo que esta vez el beso fue duradero y significativo como nunca antes.

— Prométeme que pase lo que pase entre nosotros, me permitirás seguir siempre en tu vida, cerca de ti —le susurra sobre sus labios una vez que pudo recuperar el aliento—... Como amiga, al menos. Porque aunque los sentimientos puedan ser algo inciertos —lágrimas salieron de sus ojos sorprendiéndolo—, yo sé que jamás podré sacarte de aquí —pone la mano de él con delicadeza sobre su pecho— y jamás podría recuperarme si...

Kuon de nuevo la besó, con una pasión tal que hasta él mismo se sorprendió, pero por sobre todo entregándole su corazón.

— Yo tengo los mismos miedos —ríe con los ojos cristalizados, él no se conocía tan sensible, pero ella hacía que descubriese más de sí mismo— ¿Sabes? Te juro que aunque no pueda ver el futuro... No me importa, incluso si es contra la voluntad de todos los dioses de todas las culturas existentes, no dejaré que te apartes de mi lado, así que no creas que puedes escapar de mis brazos tan fácilmente —dibuja figuras en la espalda de ella mientras el abrazo se apreta ligeramente más y vuelve a besarla en los labios psra después dejar un camino de besos hasta su clavícula—... Ni la muerte podría.

Ella ríe y le acaricia el rostro como si fuera lo más hermoso del universo, y él se sonroja ligeramente mientras que su corazón se acelera con alegría. Ella era increíble, ella era su diosa, no su reina o su princesa. Su paraíso.

— A la única deidad a la que sirvo es a ti —le susurra y ella se sonroja, como siempre.

Vuelven a besarse sobre la manta de picnic, bajo ese árbol de cerezos mientras las hojas y los pétalos caen, dando al ambiente un efecto mucho más mágico del que ya estaba teniendo. Rodeados por naturaleza, un banquete solo para ellos y una brisa fresca que aminoraba la sensación de calor a causa del brillante sol que les sonreía sin sofocarlos.


Kuon lloraba mientras recordaba ese tipo de momentos que ahora parecían mentira, parecían un sueño que ahora dolía demasiado.

Un puño lo intenta golpear, pero lo esquiva y atrapa al responsable, con un movimiento rápido y ligero sabe que le rompió la espalda, así que lo lanza y este se comenzó a retorcer de dolor una vez impactó en el suelo. Fuwa Sho casi sufre el mismo destino, pero Rick y Kyoko lo salvaron una vez más, como parece que no podrán salvarlo ahora. Pues ahí solo estaban Kijima, algo ebrio y asustado, y esa banda de yakuzas que los secuestraron —o lo intentaron— y ahora les perseguían... En una persecución en la que hacía mucho rato que los papales de víctimas y victimarios se habían invertido.


— ¡¿Por qué me lo ocultaste?! ¡¿Por qué me mentiste?!

Kyoko lloraba y lo miraba incrédula.

— Por favor, Kyoko-chan, escúchame —suplicó esa tarde y ella lo miró con decepción, muy dolida.

Kyoko le dijo que necesitaba tiempo, le dijo que entendía, pero que de todos modos dolía no saber de quién se enamoró y que le haya mentido tanto. Él le contó toda su historia, ella le comprendió, pero necesitaba tiempo y espacio, demasiado.


Soltó un grito de dolor mientras que se deslizaba con la espalda apoyada en la pared hasta quedar sentado en el suelo mojado por la lluvia. Escuchaba ligeramente los gritos de Kijima a la distancia, corriendo hacia él, pero no podía darles sentido. Sabía que él no llamaba a la policía porque no quería meterlo en problemas, tenía el presentimiento de que uno o unos cuantos de los desgraciados que dejó atrás podría estar muerto, la sangre en su ropa y en sus manos era demasiada.


— Te casas conmigo —le dijo de pronto, más que una pregunta era un decreto, y, cuando se dio cuenta de que ella lo escuchó y que no fue solo un pensamiento, no pudo más que seguir con ello— ¿Te casas conmigo? —reiteró, aunque esta vez sí como una pregunta, cuando ella alzó la vista para mirarlo sorprendida pero todavía con las pupilas nubladas por la lujuria y sus mejillas ardiendo.

Supo que Kyoko entendía que esa pregunta no era parte del juego de ser los Heel, porque en algún momento, entre caricia y caricia, beso y beso, o cuando Kyoko vestida de Setsu le quitó la casaca de cuero y comenzó a besar cada centímetro de piel posible desde su cuello hasta la parte baja de su dorso. No, error, nada de lo que hacían era una actuación o un juego, los Heel solo eran una excusa para ser más abiertos y deshacerse de los tabúes que en la "vida real", la cual desaparece una vez que están caracterizados, los oprimían... Eso y para poder caminar de la mano sin miedo a los paparazzi. Sabían eso de sobra al igual que sabían que, aunque inesperada, esa pregunta fue sincera y muy seria.

— Ya estamos casados —ella le sonrió, pero fue una sonrisa mucho más tierna de lo que se esperaría de su interpretación de Setsu, era su Kyoko por completo contestándole.

Juntó su nariz con la suya mientras ella recorrió con sus manos la silueta de él amorosamente, como si fuera un tesoro, hasta llegar a entrelazarlas detrás de su nuca, abrazándolo del cuello mientras él hacía lo mismo con los muslo de ella para terminar abrazándola por las caderas. Sabía que debía verse como un fanático religioso, pero ella lo admiraba de la misma manera, tal vez eran dos maniáticos que se adoraban justo como los personajes que pretendían estar encarnando.

— ¿En serio? —inquirió divertido y le pareció escuchar un ronroneo de su parte cuando sus dedos acariciaron ligeramente la menuda espalda de ella.

— Para mí ni un proceso legal ni una ceremonia religiosa tiene significado alguno —junta su frente con la de él—, nada tiene más significado y validez que tus palabras —le da un ligero beso y lo mira con adoración—, tus palabras son la única verdad que cuenta para mí y tú —ríe—... Ya me dijiste que eres mío, te marqué, y tú hiciste igual... Entonces el trato está cerrado.

Él estaba fascinado, pero al mismo tiempo su corazón estaba aterrado. Tenía que decirle la verdad o si no no sería digno del paraíso que estaba viviendo. Sin embargo, se permitió disfrutar de ese día, la hora de la verdad llegaría pronto. La besó y la abrazó como nunca mientras ella le permitió, y se permitió, pasar los límites un poco más de lo usual... Después de todo, habían desperdiciado mucho tiempo y no habían disfrutado de la luna de miel.


Esos besos... Ahora podía sentirlos como puñaladas a su alma. Kijima lo alcanzó y lo zarandeaba desesperado, preguntándole que si estaba herido y tratándole de hacer entrar en razón. Pero se quedó en silencio cuando él le dirigió la mirada, Kuon realmente no le escuchaba, pero supuso que se asustó por la mirada muerta que seguramente ahora tenía.

Por favor, Ren, reacciona... ¡Por favor!

Y en eso se escucharon disparos acercándose. Kijima estaba aterrado y Kuon se levantó, resignado a morir, porque esa idea sonaba más tentadora que seguir aguantando todo esto.


La vio en la fiesta después del desfile en la semana de la moda e intentó acercarse, pero no le fue posible, ella se fue con unos modelos que no conocía, escuchó que a un club, que justamente era el favorito de todo el que sea alguien en el mundo del espectáculo, y no pudo hace más que verla marchar a pesar del horrible presentimiento que tenía. Y entonces, al día siguiente ella le llama llorando. Él va a buscarla, la encuentra rota y ocultando su rostro, suplicando perdón. Kuon estaba asustado, intentando entender. El presidente lo sienta, le explica la situación y él se ciega por la furia.


Kijima lo arrastraba para huir de ahí, Kuon en su ataque de furia prácticamente había perseguido a la banda hasta su guarida y ahora estaban prácticamente rodeados.

— ¡¿Eres John Wick o qué, hombre?! ¡Maldita sea!

Kuon ni siquiera escuchaba claramente lo que él decía, la oscuridad lo estaba consumiendo y esta vez ella no estaría ahí para salvarlo. Y Kijima casi estaba por llorar del miedo, más porque se escuchaba que se acercaban. Estaban rodeados en aquel muelle, completamente perdidos y Kuon sabía que Kijima y él no iban a poder contra todos ellos, por más de que en su mano tuviera una pistola y Kijima había sacado coraje a pesar de que se notaba que era un milagro que no se haya orinado en los pantalones. Según pudo ver en su entorno, estaban en una isla... ¿Una isla privada? Probablemente. Entonces no los secuestró cualquier yakuza, estaban metidos en algo muy serio. Vio una cabina telefónica y se dirigió a ella mientras Kijima buscaba algo con qué defenderse y ahora sí estaba llorando en serio. La llamó y ella respondió.

— Te amo — Solo eso necesitaba decir.

Le colgó y entonces el celular de Kijima sonó y el actor japonés respondió mientras que Kuon esperaba resignado el destino más cruel.

— Kyoko... Esto, no te va a gustar...

Su nombre, era doloroso escucharlo. Soltó una risa amarga. Él entendía que tenía un punto pero en verdad lo estaba matando, la bella, como siempre, es la mayor de las perdiciones de la bestia.


— No puedo, Kuon... ¡No puedo! —se quebró y saltó del auto, prácticamente en movimiento, y corrió por las calles después de que él le pidió matrimonio, una vez más, y prácticamente la secuestró de su despedida de soltera.

Kuon salió de su auto y la persiguió.

— ¡Yo la amaré, Kyoko! ¡Puedo hacerme cargo! ¡Quiero ser su padre! ¡Puedo serlo! —sus súplicas eran dolorosas de escuchar, Kyoko cayó de rodillas frente a él.

— No puedo... Por favor, por favor, no me hagas esto, Kuon —le acarició el rostro, él ya se había arrodillado frente a ella.

— Yo te lo juro, mi amor, podemos ser una familia... Podemos...

Él quedó en silencio porque se encontró con esa mirada, esa que le decía que estaba todo terminado.

— Por favor...

Ella le dio un beso son sabor a lágrimas y a despedida.

— Siempre te esperaré... Te esperaré...

Kuon y Kyoko lloraron juntos en el suelo.


— ¡No! ¡Kyoko, no...! —exclamó Kijima.

Kuon miró sus manos con asco, ni la lluvia podía quitar ese color de sus manos. De nuevo era un ser infrahumano, sin luz, sin alma... Sin nada. Lo perdió todo. Ella era su todo. Y ahora de nuevo hasta se perdió a él mismo.

"Por primera vez creo que no cumpliré una promesa, mi amor... No creo poder esperarte"

— ¡Hay que escapar, Ren!

Ambos sabían que era imposible, esos botes que les rodeaban seguramente tenían rastraedor.

Entonces los encontraron.

Intentó proteger a Kijima, quien solo estaba armado con una tabla que encontró, pero en medio de la pelea y el tiroteo ya todo era confuso. La última vez que lo vio fue cuando estaba usando el cuerpo de alguien como escudo para los tiroteos que le lanzaban.

Parecía que todo iba a acabar, y no es que eso le de demasiada emoción o alivio.

En eso, sintió frío.

Miró a su abdomen, había más sangre, pero esta vez era suya... Su propia sangre.

Escuchó el grito de Kijima, vago, como si fuera una voz que resonaba en su cabeza. Miró al frente, ahí estaba el lider, arrepentido por haber disparado a una gran estrella que seguramente valía más con vida, supuso, pero lo que en verdad le llamó la atención era la presencia de Rick.

— Rick...

Rick caminaba hacia él con una expresión triste.

Entonces todo se fundió en negro.

— Te amo, Kyoko-chan...

Fue su último pensamiento.

Creyó que era el fin pero entonces despertó y se encontró con la mirada de ella... ¿El cielo?