Abrió los ojos, puesto que dejó de escuchar "Purificación", la melodía interpretada por los guqin de sus dos hermanos de espada, Jin GuangYao y Lan XiChen, encontrándose con la mirada perversa del primero, quien no tardó en desviarla para iniciar una conversación en la que no sería incluido.
Las voces resaltaron en el amplio salón que compartían en su hogar, el Reino Impuro; halago tras halago, palabrerías que iban y venían acompañadas de sonrisas y miradas seductoras furtivas… Sin dar crédito a la situación que se suscitaba justo ante sus narices, su vista pasó de uno a otro, analizando cada detalle de su alegre convivencia, pues ni siquiera la tenacidad de su mirada era capaz de llamarles la atención, estaban ensimismados en su coqueteo.
Cuando el más alto mencionó la facilidad digna de admiración que tenía para seguir el ritmo de las notas musicales, aún siendo un principiante externo al clan Lan de Gusu, el rostro del otro tomó un aspecto tierno, agachando la cabeza ligeramente sin quitarle la vista de encima; sus ojos expresivos llenos de destellos le rememoraron a aquella funesta ocasión durante la Campaña para Derribar al Sol, en Ciudad Sin Noche, cuando descubrió que el muy infeliz había estado trabajando para el enemigo, tomándose su papel tan en serio como para atreverse a golpearlo y matar a un par de cultivadores aliados que fueron capturados a su lado.
Ojos de manipulador, eso eran. Si el segundo hermano no lo hubiera protegido, no quedaría ahora ni el polvo de sus huesos. Frunció el entrecejo, esclareciendo en su mente los posibles planes malvados del hombre que venía sospechando desde hacía ya un tiempo. Zewu-Jun tenía muchas habilidades que le serían de suma utilidad y, al parecer, no le estaba costando nada de esfuerzo ganarse su total confianza, protección e incluso su cariño.
A pesar de la rabia que estos pensamientos le hicieron sentir, se contuvo de hacer cualquier tipo de comentario al respecto. Prefería investigar antes con el fin de obtener pruebas por sí mismo. Con ellas podría encararlos y sería capaz de revertir cualquier giro inverosímil que quisieran darle, de lo contrario, estaba seguro que XiChen no admitiría nada ni tomaría en cuenta las advertencias en contra del traidor.
Largos minutos de cólera silenciosa después, acompañó a ambos al umbral de entrada para despedirlos.
En la tediosa labor de agradecerle a Meng Yao su dedicación por ayudarle, HuaiSang, su hermano menor, salió de la nada y se precipitó en interrumpir, casi tropezando por sus torpes pies desacostumbrados al trote, yendo directo a quien fue su sirviente y, para su mala suerte, amigo más cercano, en el afán de llevarlo al jardín para mostrarle lo mucho que había crecido el ave tan peculiar que atraparon juntos un par de años atrás.
El otro no se pudo negar ante la ilusionada insistencia del menor, por lo que pronto desaparecieron tras el salón principal. El líder del clan Lan de Gusu se dedicó a buscar un sitio cómodo en donde esperar. Era una buena oportunidad para ir a invadirlo con preguntas, pero, de nuevo, lo conocía lo suficiente como para saber que lo negaría todo y le cambiaría de tema en cuanto fuera posible, por lo que optó por refugiarse de regreso a su trono. De igual manera, acababa de percatarse quién era la persona a la que podía cuestionar primero.
Al caer la noche, se tomó el tiempo para pasear por los corredores aledaños a la pequeña área verde dentro del reino, con el fin de meditar en paz. Estaba tan seguro de las malas intenciones que Jin GuangYao tenía que, lejos de preocuparse por cosas tan banales como que algunas personas juzgarían mal una relación entre dos hombres, en este caso sus hermanos jurados, lo que realmente temía era tener que ver cómo la integridad de Zewu-Jun se corrompía, cegado por el amor imaginario que el manipulador podía brindarle.
Salió de sus pensamientos tan pronto vio a su hermano menor alimentando a su preciada colección de aves, cuyas jaulas yacían perfectamente distribuidas entre las hojas de las plantas altas del lugar. Sonriendo embelesado por la belleza de sus plumajes y la elegancia de sus poses, ni siquiera notó su presencia.
–HuaiSang –llamó en voz alta sin llegar a gritar, sin intención de interrumpir, pero con ganas de conocer la verdad.
Aún con ello, el mencionado saltó por la sorpresa, casi tirando las semillas que sostenía en una bolsita de tela y una de las jaulas que golpeó accidentalmente con su abanico, misma que rodeó con ambas manos posteriormente en un intento de tranquilizar al pichón revoloteando asustado al interior.
–¡Hermano mayor! –respondió, observándolo acercarse.
Una vez frente a él, su semblante se mostró rudo, severo, intimidándolo incluso antes de comenzar los cuestionamientos, por lo que se aferró a la pequeña jaula, como si quisiera resguardarse detrás de ella.
–Cuando trajiste a Yao tardaron en regresar. ¿Hablaron de algo que deba saber? –el otro se quedó inmóvil, mirándolo con temor–. Responde.
–No… sólo cosas de amigos –respondió a murmuros, agachando la cabeza.
–Amigos… –su mirada permaneció atenta, pensando en cómo formular su siguiente pregunta–. ¿Alguna vez te ha confiado algo respecto a su relación con XiChen?
Discernió que la mejor manera de cuestionarlo era haciéndole creer que ya lo sabía todo. Su menor finalmente reaccionó y se enderezó, abriendo su abanico para soplarse con evidente nerviosismo.
–¿Eh? –al ser testigo de su fruncimiento de entrecejo, se precipitó en contestar–. No, nada, nunca.
Para su fortuna, lo conocía mejor que nadie, de otra manera ya lo estaría sacando de quicio. Sabía cómo lograr que confesara sin que tuviera oportunidad de darse cuenta.
–Te lo dijo, ¿verdad? Tienen algo juntos.
Después de decirlo, se fijó en sus gestos; desvió la mirada de un lado a otro antes de bajarla lentamente hasta sus propios pies. La curiosidad que esta acción le causó se reflejó en su rostro, creando la confianza suficiente para que le respondiera.
–Ah –una sonrisa angustiada se mostró en su bello rostro–, no, yo no lo sé, hermano mayor…
Anticipó que respondería de esa manera, pero su ceño se frunció otra vez al tiempo en que asentía. Dio un par de pasos para alejarse y el menor volvió a lo suyo, suspirando en alivio al creer que el interrogatorio había terminado, pero se equivocaba.
En cuanto cerró el abanico para reanudar su labor, tomó su mano por detrás para aprisionarlo contra su pecho, utilizando su adorado objeto al presionar la punta sobre su abdomen, por debajo de su ombligo. Se asustó tanto que dejó caer las semillas que repartía a sus queridas aves y lo empujó con la espalda sin la fuerza suficiente para zafarse.
Una sensación extraña similar a un escalofrío recorrió su cuerpo, ya que el contacto físico entre ambos era muy poco común, sin embargo, logró pasarlo por alto. Se inclinó ligeramente para hablarle al oído, procediendo así su última pregunta.
–¿Me estás diciendo la verdad, HuaiSang? –murmuró con dureza, ejerciendo más fuerza con el abanico.
El mencionado negó con la cabeza severamente en respuesta, lo que, al percatarse de su error, le causó más ansiedad y su cuerpo comenzó a temblar.
–Qui-Quiero decir que no lo sé… De verdad no sé nada...
Eso fue suficiente para los dos. Lo soltó y se alejó de inmediato, ofuscado, dirigiéndose de regreso a su habitación, sin poder evitar que sus sentidos reaccionaran de una manera indeseable al captar la dulce esencia ajena impregnada en su hanfu.
Con el paso de los días, concluyó que lo más conveniente era encarar directamente a Jin GuangYao, pues era él de quien desconfiaba. Aceptaba para sí mismo lo mucho que le costaría hacerlo, no por temor o por no saber cómo, sino por la ira que le invadía al pensar que estaba yendo por el mal camino y no podía hacer nada para corregirlo.
La verdad era que, muy a su pesar, todavía lo apreciaba y, si no podían enmendar su relación, por lo menos lo ayudaría a recobrar su bondad. Ese deseo fue lo que le motivó a crear una hermandad para jurar lealtad junto con él y XiChen. En el fondo, sus intenciones debían ser buenas, lo sabía. O al menos eso era lo que decía el segundo hermano y eso era lo que quería creer.
Por la tarde meditó a través de la sesión de "Sonido de Lucidez", la nueva melodía que sus hermanos de espada habían estado practicando en conjunto. Por la noche, su plan fue sencillo; arribó a la Torre Jinlin para enfrentar a su antiguo sirviente, directo y consistente.
Poco sabía que su plan se vería arruinado por un pequeño detalle que no contempló, pero que le ayudaría a confirmar sus sospechas. Desde la cobertura que le ofrecía uno de los tantos monumentos opulentos en el sitio, observó al líder del clan Lan dándole paso a Meng Yao a su propio dormitorio, siguiéndolo al interior para después cerrar la puerta tras ellos. Apretó los puños y la quijada, enfurecido, todo este tiempo estuvo en lo correcto y ni su propio hermano se lo dijo.
Observó cuidadosamente los alrededores mientras se acercaba a la entrada de dicho lugar, pues era menester tomar precauciones si no deseaba ser descubierto. No obstante, al estar frente a ésta, la ira se apoderó de él y esos pensamientos sensatos se difuminaron en un santiamén, pues la palma de su mano se precipitó a golpear la madera con fuerza.
–Debe ser algún sirviente, no prestes atención.
Fue lo que escuchó de labios del más bajo al interior de la habitación, de manera un tanto brumosa. Esperó unos segundos antes de volver a tocar con la misma intensidad, pero de nueva cuenta, su llamado no fue respondido. Optó por tomar un respiro y dejar de insistir, esperando de manera paciente a escuchar algún indicio de lo que ocurría al interior. Y vaya que lo obtuvo.
–A-Yao…
–¿Te gusta, Zewu-Jun?
Tal diálogo acompañado de quejidos y sonidos explícitos fue suficiente para saber lo que acontecía. Un poco avergonzado por entrometerse en la intimidad de sus compañeros, pero más furioso ante el descaro de los engaños sin medida que el menor de los tres era capaz de elaborar, se retiró enseguida para volver a su clan.
"1, 2, 3,
si te metes a la cama, alguien va a enamorarse.
Tú, yo y el Diablo hacemos tres."
