— No voy a discutir esto contigo.
— Y yo no voy a permitir que por una calentura tú eches todo a perder.
— ¿Qué has dicho?
Sorpresivamente, las voces de aquel recuerdo en particular comenzaron a oírse incluso antes de que las columnas de humo líquido oscuro terminaran de tomar forma a su alrededor; Yuuji parpadeó y tardó en orientarse. Había visitado aquel sitio una, dos veces como mucho.
Era el cuarto de Satoru.
A diferencia de los cuartos en Gryffindor, como la cantidad de alumnos era menor en Slytherin gozaban de recámaras un poco más espaciosas y en cada una de ellas sólo había dos ocupantes. Satoru había compartido cuarto con Suguru desde primer año y si bien jamás había habido ningún problema entre ellos, al Alfa le incomodaba llevar a Yuuji hasta allí aún cuando Suguru no estuviese por los alrededores.
Una cuestión hormonal y territorial, seguramente.
Como habían pasado sus buenos años desde la última vez que había pisado aquel lugar, Yuuji dividió su atención entre sus ojos y sus oídos; divisó los detalles de las camas, la alfombra y el tapizado oscuro de las paredes. El lugar era elegante, pulcro pero un tanto oscuro, lúgubre. La puerta del baño en esos momentos estaba abierta, todas las luces encendidas. Suguru se hallaba sentado en la cama más cercana y a Yuuji le llamó la atención su manera de vestir. En ese instante lo vio bufar, pasándose una mano por el rostro.
¿Por qué parecían discutir?
— Repítelo.
— Te estás dejando llevar por tus hormonas, Satoru.
— Y una mierda.
Yuuji alzó las cejas, asombrado. Satoru había surgido del cuarto de baño y por el tono y la postura amenazante que manejaba su estatura parecía aún mayor, su sombra cernida sobre el cuerpo de Suguru. ¿Qué ocurría, por qué discutían por él? Suguru se limitó a levantar la cabeza y su rostro expresaba hastío, cansancio.
Ambos llevaban puestos trajes oscuros; ahora que Yuuji veía la camisa de seda a rayas que llevaba puesta Satoru y la corbata azul aún en su mano, un leve recuerdo llegó a su mente, creyendo reconocer la ropa.
— Te estás precipitando, ya te lo dije. Si quieres que esto salga bien, que a todos nos salga bien...tienes que controlarte un poco, Satoru.
— Quiero darle a Yuuji un lugar mejor para vivir. Quiero casarme con él.— la revelación pareció afectar al mismo Satoru, pero no a Suguru.
— ¿Está preñado?
— ¿Qué?
— Satoru, ¿lo has embarazado? Joder, está por cumplir 16 años, qué…
— Claro que no, imbécil. Por Merlín, ni siquiera lo he tocado.
Ahora era el turno de Suguru de sorprenderse.
— ¿Qué?
— ¿Qué?
— Espera, ¿cómo que no lo has tocado? Lo siento, me extralimité.
— Te estás desviando...pero no, no hemos hecho nada. No...no quiero apresurar las cosas con él. Puta madre, Suguru, te dije que iba en serio con Yuuji.
Suguru suspiró y finalmente se incorporó de la cama; ahora que estaban frente a frente, Yuuji recordó que si bien Suguru era algunos centímetros más bajo que Satoru esa diferencia no le quitaba imponencia, al contrario...estaba seguro de que si alguna vez se hubiesen agarrado a golpes - cosa que no dudaba había sucedido más de una vez - el ganador habría sido indiscutiblemente Suguru.
Aún así, Satoru no se sintió amedrentado por la poca distancia que había entre ambos y la advertencia latente en la mirada del otro. Un olor extraño se extendió por el cuarto y Yuuji tardó varios segundos en reconocer el aroma de Suguru, volviéndose cada vez más fuerte, picante a la nariz. Por supuesto, Satoru no tardó en dejar fluir sus propias feromonas y aunque aquello se tratase de un recuerdo escondido en un frasco, Yuuji tuvo que cubrirse la nariz con un pañuelo, asqueado por la mezcla potente y tóxica.
— Hace un rato casi se te escapa.— Suguru farfulló aquello con cierto resentimiento y la expresión en el rostro de Satoru se aflojó.— Hay que agradecer que Yuuji es despistado, si prestara real atención a todo lo que oye estaríamos cagados.
— No pienso ocultárselo toda la vida.
— No digo que lo hagas, pero Satoru...no es momento. Tu novio no está preparado para oír este tipo de cosas ahora. No quiero ser yo quien te lo diga porque va a sonar horrible, pero...es joven.
— Nosotros también lo somos, Suguru. No tenemos ni 18 años.
— Ya lo sé, pero recuerda que él es Gryffindor. Sus neuronas no piensan igual que las nuestras. No es tiempo.
— Entonces, ¿cuándo?
— Cuando tengamos la ventaja. Tú mismo me lo dijiste, ¿recuerdas?
Yuuji se sentó en el lugar que antes había ocupado Suguru, el ceño fruncido y la mente retorciéndose intentando recordar en qué momento, qué y cómo Satoru le había dicho algo que él no había sabido interpretar.
"La ventaja".
El Omega conocía también ese término, muy bien.
Pero eso era cosa de unos años más allá de aquel recuerdo, no tenía caso mezclar los tiempos.
— Hey, levanta ese ánimo. En un par de semanas es Navidad y hoy es tu noche.
Satoru parecía haberse deprimido con su propio repertorio de palabras; ante la mención hecha por Suguru, sus ojos parecieron brillar con cierta intensidad. Ahora lo recordaba: estaban a punto de ir al baile de la cena de Navidad, por eso estaban tan bien vestidos. ¿Cómo…? Por Merlín, a Yuuji le estaba fallando fuertemente la memoria. ¿Cómo podía llegar a olvidarse de aquel evento tan importante?
— Ahora me quedé pensando...Yuuji no habrá entendido lo que dije, ¿no?
Suguru se limitó a reír mientras jalaba de la corbata aún en la mano de Satoru; con parsimonia y paciencia, levantó el cuello de la camisa y acomodó la corbata en su lugar, haciendo el nudo lentamente.
— No lo creo. Si tanto te preocupa, pregúntale a Ryomen. Él seguro te sabrá decir.
Satoru torció el gesto y apartó la cabeza hacia atrás logrando que Suguru soltara la corbata. Un silbido bajo hizo que Satoru gruñera mientras terminaba de acomodarse no se sabía qué en el baño.
Yuuji desvió la mirada de la puerta del baño a Suguru. Su semblante había cambiado. Ya no sonreía y su expresión era de preocupación.
¿Por qué tan preocupado, qué…?
— Ah no, sácate eso.
— ¿Por qué? Me quedan bien. Bueno, todo me queda bien.
— Merlín, dame paciencia.
De nuevo, la puerta del baño se abrió y Yuuji sonrió al reconocer las malditas gafas oscuras que Satoru prácticamente no se había sacado ni para dormir en aquella época. Es más, aún recordaba que tenía varios modelos...la vanidad ante todo. En aquellos tiempos donde todo podía pasar por inmadurez, Yuuji había creído que simplemente se trataba de una faceta más en la vida de Satoru y que de un momento a otro dejaría las gafas atrás.
Bueno, sí las había dejado atrás, pero las había reemplazado directamente por una venda oscura.
Recién ahí se había percatado de que algo malo sucedía con sus ojos. ¿Por qué no lo había notado antes, si Yuuji adoraba ver su mirada en cada oportunidad que tuviera? ¿Cómo no había notado ese destello…?
— ¿De verdad tienes que ponértelas?
— Sí.— el tono de voz no daba lugar a réplicas, pero más que cortante sonaba angustiado.— No voy a aguantar toda la noche.
— Tienes que controlar esos ojos que tienes ahí. Puedes llamar la atención, incluso con…
— Bueno, mamá. Ya está. ¿Vamos?
— Y sí, ya es tarde, hijo.
— Muérete.
Yuuji no era estúpido ni tampoco había sido ciego.
En ese tiempo, por supuesto, ni siquiera había sospechado que Suguru estaba planeando alguna especie de revolución en el mundo mágico que marcaría un antes y un después entre la comunidad mágica y muggle, incluso entre los mismos magos; lentamente, se habían ido gestando los hilos conectándose entre ellos y formando una red cada vez más grande, sólida y asfixiante sobre todos sin que en realidad nadie se percatara de ello. Yuuji había tardado incluso un par de años más en terminar de comprender que aquel era el motivo real por el que su hermano había empezado a esquivarlo - porque, en realidad, el imbécil temía que lo persiguieran a él al relacionarlos una vez que el caos se instalara en la sociedad - y del por qué Satoru, incluso fuera del Colegio una vez ya egresado se mostraba tan paranoico e inventaba excusas que comenzaban a sonar poco creíbles cuando no había podido justificar largos períodos de ausencia.
Suguru había sido el gestor...pero sabía que Satoru lo había ayudado aunque luego se hubiese arrepentido de hacerlo.
Por un momento pensó que el recuerdo iba a terminar allí; ahora que había visto dos o tres recuerdos, comprendía parcialmente por qué Satoru se había deshecho de ellos: no era tanto una cuestión sentimental sino más bien de supervivencia.
Quizás en el fondo, había estado esperando que lo capturasen y torturasen buscando...lo cual Yuuji veía bastante improbable considerando los poderes mágicos que poseía. Incluso siendo un traidor, Satoru había intentado proteger a Suguru de algo que ya había sido imposible una vez que la bola de nieve se había vuelto una avalancha imparable para todos.
Sorpresivamente el recuerdo se desvaneció pero enseguida continuó su curso. De hecho, cuando los nubarrones que formaban el recuerdo conectado al anterior se solidificaron Yuuji no tuvo demasiados incordios para reconocer el gran salón hermosamente adornado, brillante, lujoso...y a medio plantel estudiantil un poco afectado por la comida, porque en realidad, en teoría, allí no había alcohol.
— Quiero mostrarte algo.
La voz grave y el susurro en medio de una risilla tonta sobresaltó a Yuuji porque tenía a Satoru literalmente detrás suyo. Al voltear, comprendió que había aparecido en medio de los dos sin proponérselo; apartándose de manera torpe, se vio a sí mismo en un estado más deplorable que el de Satoru y aquello le provocó bastante gracia; ambos se habían quitado las corbatas y Satoru se había desabrochado tantos botones de la camisa que prácticamente la tenía abierta de par en par, sin ninguna prenda debajo. Su torso estaba inclinado sobre el cuerpo de Yuuji mientras intentaba captar una atención que el Omega no le estaba dando, riéndose solo al intentar cubrir el torso de Satoru con las solapas de su traje oscuro.
Y ambos apenas se mantenían en pie, apoyados el uno en el otro.
— Yuuji...no me estás escuchando…
Satoru había estirado demasiado la u de su nombre y aquello solo provocó otro ataque de risa en el aludido, que se tambaleó hacia delante, su frente chocando contra el pecho de Satoru intentando encontrar estabilidad.
— Si te...si te...te oigo.
— No seas mentiroso, no me estás oyendo…
El Alfa se arriesgó y pese a su poca estabilidad física, logró agacharse hasta Yuuji buscando sus labios; la risa del otro quedó sofocada por el beso, aferrándose a su cuello. Por supuesto, ambos se tambalearon y chocaron contra la pared que había cumplido una misión salvadora en el rincón un tanto oscuro del gran salón donde se encontraban; la mayoría de los alumnos allí presentes estaban igual o peor que ellos dos y a eso, sumando la música y la oscuridad...bueno.
Yuuji suspiró aún en medio de un beso un tanto torpe, húmedo. Poco a poco y sin que ninguno de los dos pudiera controlarlo, la cuestión se descontroló para ambos; Satoru había acorralado a Yuuji contra la pared y por la diferencia de tamaños, parecía una especie de oso blanco aplastando a un conejo hasta el punto de la asfixia. Yuuji no se quejaba de eso, para nada; al contrario, había aprovechado la cercanía para colar sus manos por debajo de la camisa luego de resignarse a que aquella prenda, de hecho, iba a terminar en el suelo en cualquier momento.
— Vámonos de aquí.— susurró Satoru con cierta urgencia sin que una de sus manos dejara de luchar contra el cinturón de Yuuji, provocándole más risas.
— ¿Y adónde vas a llevarme?¿A tu habitación?¿A algún salón solitario…?
Los labios del Alfa volvieron a atacar los suyos con más vehemencia; sin embargo, ahora su lengua se había unido al asunto y para Yuuji fue difícil seguirle el ritmo ansioso y apasionado que impartía el otro. Un suspiro placentero se dejó oír cuando el aroma penetrante y picante del café se coló entre ellos, saturándolo todo.
— Tengo otro sitio un poquito más íntimo.
Yuuji podía estar un poco enajenado por efecto del alcohol, pero eso no impedía que pudiese pensar. Por el cariz de las caricias ansiosas y la necesidad que oía en la voz de Satoru sabía exactamente qué era lo que quería hacer y Yuuji tampoco era de piedra; hacía ya unos meses que estaban saliendo y Satoru se había comportado como un caballero: no lo había presionado ni tampoco se había molestado en el par de ocasiones que las inseguridades y la inexperiencia de Yuuji habían opacado algún posible encuentro amoroso...pero poco a poco, ese calor que Satoru parecía sufrir desde un principio ya comenzaba a afectarlo incluso a él, por lo que…
...por lo que tal vez aquel era el momento. Satoru iba a egresarse en unos meses y si bien aún tenían tiempo de sobra…
— Vamos, entonces.
Entre tropezones y risas, llegaron a destino. Yuuji frunció el ceño confundido y luego un ataque de risa lo obligó a sostenerse de la pared cuando creyó que el alcohol había terminado de aniquilar el cerebro de Satoru.
Lo había llevado al medio de un corredor desierto y para colmo, sin salida.
— Satoru...ya sé que estamos lejos del gran salón, pero...era más fácil que nos metiésemos en algún aula, yo qué sé.
— Dame la mano.
Intentando controlar la risa, Yuuji obedeció. Contrario a lo que esperaba, Satoru lo hizo caminar hasta que estuvieron a un metro de la pared al final del corredor y luego voltear hacia el lado contrario.
¿Se había vuelto loco?
— Piensa en el lugar perfecto donde te gustaría estar conmigo.
— ¿...lugar perfecto?
— Ajá. Imagínalo. ¿Lo tienes?
A Yuuji le costaba tomarse en serio las palabras de Satoru porque aún pensaba que estaba enajenado por los efectos del alcohol que habían consumido a escondidas; de hecho, al cerrar los ojos e intentar centrarse en lo que le pedía, una risilla escapó de sus labios cuando el Alfa jaló de su brazo y lo obligó a caminar con él, luego voltear y volver hacia la pared, una, dos veces…
Mientras con cierta pena imaginaba una habitación bonita pero simple, un sonido extraño proveniente de adelante alarmó a Yuuji; al abrir los ojos, notó con gran asombro que de la pared estaba surgiendo una puerta...pero no cualquier puerta, sino una entrada de al menos tres metros de alto, de madera lustrosa y llena de detalles que casi logra que Yuuji se tambaleara en su sitio. Volteó hacia Satoru quien le sonreía con cierta suficiencia, un brillo de diversión un poco preocupante en los ojos.
— ¿Qué es esto?
— Es una sala secreta. Suele llamarse Sala Multipropósitos. Eso es básicamente lo que hace, mostrarte lo que estás necesitando. ¿Vamos?
— ¿Cómo la encontraste?
Satoru abrió la puerta con delicadeza y le cedió el paso a Yuuji, quien entró con cierto recelo. Un jadeo ahogado surgió de su garganta cuando el interior de aquella sala extraña y desconocida hasta ese momento para él le devolvió una imagen que le hacía creer que habían salido de Hogwarts; sonrió al darse cuenta que la recámara parecía una mezcla del pensamiento de ambos, porque Yuuji reconocía varias características de su pensamiento allí dentro, pero otros no.
Por supuesto, en la cama que se hallaba casi en medio del cuarto gigante había ganado Satoru. Era demasiado grande, las sábanas pulcramente acomodadas asomándose debajo de una frazada en apariencia de terciopelo verde.
— Uno de mis compañeros tiene un hermano mayor que sabía de su existencia. Esto se pasa de generación en generación.— la voz de Satoru resonó contra las paredes mientras Yuuji seguía evaluando los detalles del tapizado, las alfombras…
— ¿Y si alguien más ingresa?
Preocupado, volteó hacia Satoru ante la posibilidad de que...chocándose de lleno con el Alfa, a sus espaldas; rodeándolo con los brazos, Satoru lo atrajo de nuevo en un abrazo suave, agachando el rostro hasta su altura.
— No sucederá. Nadie puede ingresar a la Sala Multipropósitos si está siendo usada.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— ¿Muy...seguro…?
La última palabra había surgido en un suspiro placentero cuando sus labios volvieron a juntarse ahora en un roce mucho más tranquilo, más suave y acompasado pero no por eso menos intenso; con cierta torpeza, ambos comenzaron a deshacerse de las prendas del otro. Primero el saco, luego las corbatas, los chalecos y luego los botones de sus camisas, tarea un poco complicada por la poca coordinación que tenían ambos en las manos; riendo y sintiéndose un poco tonto, Yuuji sintió su corazón golpeando fuertemente en su pecho cuando la tela de la camisa se deslizó por sus hombros dejando la piel expuesta a la mirada de Satoru. Cohibido, notó el brillo en los ojos ajenos cuando recorrieron toda la piel que Yuuji acababa de descubrir, el sonrojo haciéndose presente.
— Eres precioso, Yuuji. ¿Por qué te da tanta pena?
— B-Bueno, nunca hice esto con nadie.
— ¿Qué cosa?
Yuuji bufó cuando la sonrisa burlona apareció en el rostro de Satoru; sin deshacerse de su propia camisa y sin previo aviso, el Alfa cargó a Yuuji como si no pesara nada, las piernas del Omega enroscándose en su cintura para no caer. Ahora, Yuuji había quedado un poco más alto que Satoru; mientras caminaba hacia la cama, Yuuji acarició el rostro de Satoru con la punta de la nariz, olfateando y buscando luego su cuello en un intento por calmar sus nervios.
Tampoco podía mentir y decir que aquello no era lo que siempre se había imaginado. Con caricias y besos medidos, Satoru logró que Yuuji lograra distenderse paulatinamente, demostrando una paciencia que no sabía el otro tenía; al final, ambos quedaron desnudos sobre las sábanas sin que aquello le produjera pudor.
— Quiero...quiero estar contigo, siempre.
Yuuji sintió el susurro contenido contra la piel de su cuello, los labios besando, la lengua dejando un trayecto caliente y húmedo que hizo estremecer al Omega; las manos de ambos recorrían y acariciaban el torso ajeno en caricias cada vez más urgentes, necesitadas. Una embestida suave contra su entrepierna desnuda hizo que Yuuji separara las piernas aún más para hacerle lugar a Satoru casi en forma instintiva; un jadeo anhelante y algo nervioso se dejó oír cuando Satoru invadió su interior con uno, dos dedos que resbalaron lentamente, la sensación de plenitud tan placentera como incómoda.
— Satoru…
Cuando los dedos finalmente fueron reemplazados por la erección de Satoru, Yuuji se aferró a su espalda, las uñas enterrándose en su piel al percibir la invasión con ardor y plenitud. Contuvo el aire e intentó relajarse todo lo que su mente le permitía en esos momentos hasta que se sintió lleno, distendido. Satoru besó su rostro una y otra vez, acarició sus cabellos y susurró palabras reconfortantes para que se relajara aún más; Yuuji buscó sus labios una vez más, suspirando.
— ¿Duele mucho?
— No, está...está bien.
— Entonces, ¿por qué lloras?.— Yuuji parpadeó un par de veces ante la mirada preocupada de Satoru.
— ¿Eh?
Con un dedo, Satoru limpió el rastro húmedo en su mejilla. En efecto, una lágrima se había escapado de su ojo izquierdo sin que se percatara de ello. Sonriendo, buscó los labios de Satoru al mismo tiempo que presionaba sus piernas en torno a las caderas del otro. Ambos gimieron cuando el Alfa finalmente se movió, saliendo y penetrándolo lentamente. Sus cuerpos encajaban a la perfección, de eso no había duda alguna. Yuuji se sintió querido, cuidado y especial en brazos de Satoru, aún cuando las embestidas se volvieron más firmes y certeras y ambos se dejaron llevar más por el placer que por sus sentimientos. Finalmente y luego de un orgasmo arrollador, Yuuji experimentó el orgasmo de Satoru en carne propia, el Alfa acabando en su interior.
— Satoru, te amo. Te amo tanto que…
— Shh.— de nuevo y sin que se diera cuenta, Yuuji había soltado un par de lágrimas que Satoru limpió rápidamente.— Yo también te amo y no dejaré que nadie te aparte de mí nunca. Nadie.
Varios minutos después y luego de que sus respiraciones agitadas se regularizasen, seguían en la misma posición; Yuuji había logrado recostar la cabeza sobre las almohadas pero Satoru no había podido moverse, aún aplastándolo. Al final, Yuuji se descubrió adormilado, sus manos acariciando el cabello y la espalda de Satoru mientras éste ya dormía profundamente sobre su pecho. Relajado y feliz, se dedicó a estudiar las facciones distendidas de Satoru, su semblante calmo, sus pestañas blancas adornando sus párpados y sus labios finos entreabiertos.
¿Cómo podría haber imaginado Yuuji en ese momento que las palabras de Satoru contenían un segundo mensaje? Ahora que lo pensaba, no sabía si Satoru había temido que a Yuuji le sucediera algo malo, a que lo apartaran de su lado una vez se enteraran las cosas que estaba tramando con Suguru...o que fuese el mismo Yuuji quien lo hiciera una vez supiera la verdad.
Cuando en verdad siempre decidió permanecer al lado de Satoru sin importar las circunstancias. Sí, había sido egoísta. No había pensado en el resto de las personas que probablemente habían estado sufriendo ya desde aquella época; ni siquiera había querido pensar en las personas - muggles, muy probablemente - que habían sido torturadas, asesinadas, desaparecidas; nunca quiso conocer más detalles porque el hacerlo hubiese significado ser parte de aquello.
Lo era, sólo que Yuuji tardó demasiado tiempo en comprender que callar e ignorar era tan o más perjudicial que actuar. Aún así, lastimosamente...hubiese permanecido con Satoru. Aún así. Se había convencido a sí mismo -cuando se enteró que Satoru estaba más involucrado en aquella "revolución" mucho más de lo que le hubiese gustado admitir - de que Satoru era incapaz de semejante aberraciones sólo para poder seguir viviendo en paz.
¿Vivir en paz?¿A costa de…?
De Gryffindor justiciero no tenía nada, claramente.
— Yuuji.
El recuerdo comenzó a disolverse, las columnas de humo demostrando que aquello había pasado hacía tanto tiempo que casi parecía algo ficticio. Yuuji carraspeó e inspiró profundamente antes de salir del Pensadero, la voz de Nanami haciendo eco en su cabeza.
Al menos no lo había sacado de imprevisto, como la otra vez.
— ¿Si?
Al encarar al hombre, Yuuji frunció el ceño y un mal presentimiento se estableció en su mente. Nanami suspiró y dio un paso hacia delante, ambas manos presionando ahora los hombros de Yuuji.
— Tenemos que hablar.
