Yuuji percibió una especie de zumbido extraño en los oídos en medio del silencio que reinaba en aquel cuarto bien amueblado. Hacía ya varios segundos que había desviado la mirada desde Nanami hacia algún otro punto fijo en el infinito, los ojos un tanto perdidos al igual que su mente.
Luego, retrocedió un par de pasos y dio con uno de los sofás tapizados de la casa de Nanami. Se sentó lentamente, tal y como si apoyar el trasero en el cojín fuese una actividad peligrosa.
Y soltó el aire que había estado conteniendo.
— Me iré. No te preocupes, yo…
— Yuuji. Alto ahí.
Al oír el tono condescendiente con el que Nanami lo había interrumpido, no pudo evitar que las lágrimas empañaran su visión incluso cuando vio al otro acercándose a él. Nanami se sentó a su lado y tomó su mano, presionándola suavemente.
— No tienes que irte a ningún lado. Aquí estás más que seguro.
— Yo sí, pero tú no. Por Merlín, ¿en qué te he metido?
— Yo acepté el riesgo porque me importaba tu seguridad.— Nanami hizo una pausa que Yuuji utilizó para intentar controlar sus nervios.— No me importa de qué bando vengan a buscarte, yo les haré frente por ti.
— No, no tienes que hacer eso. Es demasiado arriesgado. Nanami, no. No me interrumpas.
Aún llorando y sin poder detener la catarata de lágrimas y las emociones encontradas, Yuuji encaró a Nanami con determinación.
— Puedes hacerle frente quizás a la gente del Ministerio de la Magia...pero no vas a poder con Suguru, es un hecho.
— Estás muy seguro de que vendrá a buscarte.
— Lo está haciendo, estoy más que seguro.— Nanami posó una mano sobre la cabeza de Yuuji y acarició sus cabellos en forma suave, casi como un acto reflejo.
— Soy el Guardián del secreto del encantamiento Fidelio que hay en esta casa. Si yo no revelo tu ubicación, nadie podrá encontrarte. Ni siquiera él.
— Encontró a Satoru, ¿por qué no va a encontrarme a mí?
De nuevo, el silencio. Por supuesto, Yuuji no quería continuar con aquella conversación porque la ansiedad y los nervios no hacían sino ascender en su mente imposibilitándole un pensamiento racional; Nanami, por su parte, parecía incluso hasta incómodo con la nueva situación que se había suscitado.
Yuuji ya lo había temido, pero una cosa era sospecharlo y otra enterarse de buena fuente que…
Hacía ya un par de días que habían hallado parte de las pertenencias que Satoru llevaba consigo el último día que Yuuji lo había visto con vida...y entre esas pertenencias se hallaba su varita mágica. Satoru nunca había utilizado dos y jamás abandonaba la suya, más aún sabiendo el peligro que corría; también habían encontrado sangre cerca de los objetos hallados y estaban analizándola, pero visto y considerando el panorama que tenían ante ellos...la conclusión más obvia brillaba como la posibilidad más nefasta de todas.
Hacía ya un par de años todo se había ido literalmente a la mierda. La guerra que se había iniciado en forma solapada ya había escalado a tal punto que las muertes y desapariciones fueron imposibles de ocultar a la población; la alarma se había instalado no sólo entre los muggles sino también entre los magos. De repente, nadie sabía quién era amigo y quién enemigo, quién podía considerarse de confianza y quién era un traidor capaz de delatar incluso a su propia familia a favor de "la causa". Así, las personas se habían vuelto paranoicas, algunos negocios incluso habían cerrado sus puertas y entre toques de queda y restricciones a la circulación la gente ya temía salir de sus hogares sola y solían acompañarse en grupos variados.
Sin embargo, con todo y medidas la cosa no hizo más que empeorar. La gente - magos incluidos - seguía desapareciendo, algunos de ellos encontrados luego sin vida en sus propios hogares o en sitios estratégicos de significado político. El caos avanzó a un punto de no retorno hasta que se supo con seguridad quiénes eran los causantes de semejante estrago.
Mortífagos, se hicieron llamar. Pronto, era obvio que aquella organización se había gestado hacía mucho tiempo por el nivel de complejidad y planificación interna que poseían...y ahora Yuuji entendía que estaba en lo cierto. Aquello había comenzado a organizarse 10 años atrás aproximadamente.
Él había sido testigo ignorante del nacimiento de aquella catástrofe y no había podido hacer nada...e incluso cuando lo había sabido antes de que todo estallara, también había callado.
La sangre también estaba en sus manos y era por eso que no podía permitirse seguir involucrando gente en el asunto. Si había logrado huir de Suguru una vez, probablemente no pudiera hacerlo una segunda, pero eso tampoco significaba que podría utilizar a Nanami como escudo humano.
Qué había sucedido entre Satoru y Suguru, Yuuji no lo sabía. Ambos habían estado en una especie de paz ficticia en la que Yuuji había vivido bastante ignorante de las actividades que realizaba Satoru, pero en la repugnante seguridad de saberse protegido al estar cerca de lo que había llegado a considerar "el bando ganador". Sin embargo, la cuestión había dado un giro brusco y violento hacía poco tiempo y de repente, todo se había derrumbado incluso para Satoru.
¿Qué había sucedido?
Los nervios volvieron a subir por su garganta al recordar la última conversación que Yuuji había mantenido con Suguru aquella noche en la que se había enterado de la desaparición de Satoru. Las palabras y la revelación que el otro le había dado a conocer eran tan impresionantes como imposibles y Yuuji se negaba a creer que aquello fuese cierto; llegó a convencerse de que Suguru se lo había dicho para hacer dudar a Yuuji, para volverlo paranoico e instalarle un sentimiento de culpa que en realidad no debería sentir.
Porque lo que Suguru le había dicho era realmente imposible. Aquello no había sucedido, Yuuji estaba seguro.
Pero la convicción con la que se lo había soltado y la tranquilidad con la que lo había observado hicieron temblar la seguridad de Yuuji, incluso instalando la semilla de una duda inexistente días después. Ante aquella incertidumbre, Yuuji había decidido escarbar entre sus recuerdos y los embotellados de Satoru en busca de alguna pista, la que fuera con la intención de despejar la desconfianza que ya se tenía a sí mismo. Incluso ahora, Yuuji comenzaba a tener la certeza de que probablemente aquello que Suguru le había dicho tan tranquilamente podía haber sido el motivo de discusión con Satoru.
Si en efecto había sido así y Satoru se lo había creído...el estómago de Yuuji se comprimía de ansiedad cada vez que lo pensaba, ahora aún más ante la posibilidad de que estuviese muerto y se hubiese llevado la duda con él.
Si llegaba a decirle a Nanami el verdadero motivo por el que estaba rebuscando algún dato entre los recuerdos...no. Ya iba a ser demasiado.
— No lo tomes a mal, Yuuji...pero Gojo sabía en dónde se había metido. Tú no tienes que cargar con el peso de sus malas decisiones.
— Fue mi decisión quedarme a su lado aún sabiendo lo que estaba haciendo.
— ¿Realmente sabes lo que hacía, Yuuji?
El aludido levantó la mirada hacia Nanami y lo que vio reflejado en su rostro comprimió su garganta como una garra invisible. Había una mezcla de fastidio y pena en su mirada que hizo sentir peor a Yuuji.
No, no lo sabía. Había habido un acuerdo tácito entre los dos: Yuuji sabía en qué bando estaba Satoru y lo soportaba a cambio de no conocer demasiada información al respecto.
Por Merlín, no sabía quién de los dos era más detestable.
— Los Mortífagos, todos ellos, han torturado y asesinado a personas, Yuuji. Y cuando hablo de personas me refiero a magos y muggles. Imagínate un muggle, que no entiende ni conoce nada de este mundo y se ve envuelto en semejante situación. Por un momento, piensa en el terror que…
— Basta. No tienes que decirme lo que hicieron, ya lo sé muy bien.— Yuuji había sonado demasiado brusco pero no había podido evitarlo. Un momento incómodo se instaló entre ambos hasta que Nanami suspiró, quizás resignado.
— Da igual. No me importa lo que haya hecho Gojo, tú no eres un Mortífago. Ya te lo dije, no tienes que pagar por sus pecados, menos ahora que vas a tener un hijo.
— ¿Cómo sabes que no lo soy, Nanamin?
La mano de Nanami que aún sostenía la suya se deslizó hacia su antebrazo y lo volteó suavemente. La piel estaba intacta, sin marcas ni cicatrices.
— Porque tendrías la Marca Tenebrosa.
Eso era cierto.
Probablemente Yuuji se había salvado de aquello porque Satoru había intercedido...y ahora era probablemente lo único que podía sacarlo de aquella situación, si es que había alguna salida.
— Yuuji…¿por qué estás tan seguro de que Geto está buscándote? Entiendo que pueda ser por Gojo, pero…¿hay algo más?
El tono suave y cauteloso de Nanami puso en alerta a Yuuji. Claro que había algo más. Satoru no tenía nada que ver con la persecución a la que lo estaba sometiendo.
— No, Nanamin. No hay nada más que eso.
.
.
.
El humo líquido en esa ocasión era blanquecino, algo grisáceo. Poco a poco, tanto el suelo como el techo del recuerdo fueron tomando forma y Yuuji supo exactamente en dónde se encontraba apenas el suelo tomó nitidez.
Nieve, todo estaba cubierto por nieve. El suelo, los bancos de aquella pequeña plaza en donde se vio a sí mismo esperando con la mirada perdida en un árbol sin hojas pero con las ramas llenas de nieve acumulada...los techos de las casas y más allá, las callejuelas que conducían a los distintos negocios que aquel pueblo brindaba.
Hogsmeade.
¡Cuánto hacía que no veía el esplendor de aquel poblado mágico! Hacía ya un par de años o quizás un poco más que no lo visitaba, pero Yuuji sabía que la mayoría de sus negocios habían cerrado a excepción de un par de bares.
Algunos de sus dueños habían desaparecido, otros habían decidido cerrar sus puertas por temor.
Yuuji desvió la mirada del árbol blanquecino hacia el cielo; ese día particularmente estaba bastante nublado pero el resplandor del sol aún seguía iluminándolo todo. Se acomodó un poco mejor la bufanda cuando notó que los primeros copos de nieve comenzaban a caer, aislados.
Ansioso y expectante, comenzó a recorrer la plaza mientras aguardaba. Miró su reloj de muñeca una vez más; había llegado antes...bueno, bastante antes de la hora a la que habían pactado encontrarse. Tal vez si no fuese tan ansioso podría haber acompañado a Nobara y Megumi a los negocios del centro para surtirse de golosinas antes de regresar a Hogwarts.
— Bu.
Yuuji dio un respingo y soltó un improperio cuando la risa de Satoru se dejó oír a sus espaldas; sonriendo y aún un poco fastidiado por el susto, volteó para encarar al mayor que ya lo envolvía entre sus brazos. De nuevo, llevaba el cabello desordenado y aquellas gafas extrañas que últimamente no se quitaba ni para dormir. Una vez estuvieron ambos de frente, ninguno de los dos dudó en abrazarse y besarse como si no hubiese un mañana.
Bueno, Yuuji no tenía la culpa de su desesperación. Hacía al menos unos 3 meses que no veía a Satoru y las cartas claramente no alcanzaban.
Sólo se separaron cuando el aire le hizo falta a ambos; aún así, Satoru mantenía la presa de su abrazo alrededor de la cintura de Yuuji y éste en el cuello de Satoru, ninguno de los dos dispuesto a soltar al otro. Pegando sus frentes, se dedicaron simplemente a mirarse a los ojos como un par de tontos. ¡Cuánto hacía que no percibía aquel aroma a café tan embriagador! Antes del egreso de Satoru, Yuuji se había apoderado de varias prendas que el mayor utilizaba con frecuencia sólo para tener un rastro de su aroma en los momentos de mayor soledad. Satoru había hecho lo mismo y probablemente también había sufrido la decepción cuando el aroma comenzaba a volverse más suave, más efímero conforme pasaban las semanas.
— No sabes cuánto te extrañé, Yuuji. Aquí afuera es todo tan aburrido sin ti.
— Lo dices como si yo estuviese preso.— Satoru rió mientras soltaba a Yuuji, tomando su mano y comenzando a caminar hacia el pueblo a paso lento.— Yo también te extrañé.
Un suave apretón entre sus dedos entrelazados hizo sonrojar a Yuuji, la caricia suave sobre la palma de su mano generándole un escalofrío que nada tenía que ver con el frío.
— Podemos ir un rato al pueblo y luego a mi departamento, ¿te parece?
Ya habían llegado al borde de la plaza; cruzaron la calle en silencio hacia el primer callejón donde se hallaban los negocios de chucherías en silencio hasta que frenaron en una vitrina. Yuuji no era amante de lo dulce particularmente, pero los pasteles que exhibían eran…
— ¿Yuuji?
— Dime.
— Te he hecho una pregunta.— Satoru jaló de la mano de Yuuji con la intención de ingresar al local pero el Omega se lo impidió quedándose de pie frente a la vitrina.— ¿Qué sucede?
Abandonar los terrenos de Hogsmeade no estaba permitido para los alumnos; Yuuji estaba cursando su sexto año en Hogwarts y entraba dentro de la categoría restringida. Si llegaban a descubrir que había abandonado los límites del pueblo y no se encontraba en el castillo…¿qué clase de sanción impondrían contra él? Que Yuuji supiera, Hogsmeade no gozaba del mismo hechizo de protección y reconocimiento del que poseía Hogwarts. Si se aparecía directamente en el pueblo y luego llegaba al castillo por el mismo camino de siempre y a una hora decente no habría problemas…¿no?
— Vamos a tu departamento.
De repente, Yuuji se sintió sofocado por la euforia de romper las reglas del colegio y a los segundos de haber soltado aquello, pareció que a Satoru le sucedía lo mismo y lo supo por el aroma asfixiante de las feromonas del Alfa llegando hasta su nariz un tanto congestionada por el frío.
— No tienes que decírmelo dos veces.
Yuuji rió tontamente cuando Satoru jaló de su mano ahora con mayor vehemencia hacia el lado contrario, ingresando a otro callejón un poco menos poblado. Se sentía asustado, expectante pero al mismo tiempo exultante, dichoso ante la posibilidad de tener mayor intimidad con su pareja después de tanto tiempo; finalmente habían llegado a una callejuela sin personas y Satoru le hizo señas para que se metieran por allí, la sonrisa imborrable también de su rostro.
— Deja de reírte, Yuuji. Me desconcentras, si el hechizo me sale mal vamos a aparecer partidos en mi departamento.
— ¿Partidos?¿Cómo…?
Satoru abrazó a Yuuji intempestivamente y la pregunta no formulada quedó suspendida en el aire cuando un tirón extraño e incómodo desde su ombligo pareció jalarlo con violencia a un vacío que nunca había experimentado. Su alrededor giró, y giró y siguió girando a tal velocidad que lo único que distinguía con certeza era el brazo de Satoru rodeando con fuerza su cintura.
Y finalmente, el giro se detuvo y si no hubiese sido por el agarre del otro, Yuuji se habría estampado contra el suelo por la detención brusca del movimiento, el mareo haciendo girar su cerebro.
En aquel lugar ya no hacía frío sino que lo recibió una agradable calidez en el ambiente; cuando pudo acostumbrarse de nuevo a estar de pie sin tambalearse, parpadeó un par de veces observando a su alrededor. Sonrió al comprobar que todo allí tenía el toque de Satoru, desde el tapizado claro de las paredes hasta los muebles pulcramente acomodados, el tapizado de los sillones coincidiendo con las alfombras y las cortinas, todo de un color cálido que no llegaba a ser vistoso sino tranquilo. Probablemente aquella era la sala de estar; unos metros más allá de su posición una abertura en la pared seguida de un pasillo de parqué le indicaban a Yuuji que ese era el camino hacia el resto de la vivienda.
Se soltó de Satoru y como un tonto, se dirigió a paso rápido hacia allí sin perder de vista ningún detalle a su alrededor; todo el lugar olía a Satoru y de hecho, Yuuji podría tranquilamente quedarse allí para siempre.
— Oye, quédate quieto, Yuuji. Eres muy escurridizo.
— O tú muy lento.
Una risilla en medio del corredor más oscuro dio inicio a una especie de persecución amistosa por el resto del departamento; como allí estaban solos y libres de hacer lo que quisieran, Yuuji se descubrió en un momento esquivando las manos de Satoru correteando entre los muebles sin que el otro pudiese atraparlo sin llevarse puesto el mobiliario; por una vez en su vida, la diferencia de tamaños parecía estar a favor de Yuuji. Rió a carcajadas cuando Satoru se golpeó una rodilla contra uno de los muebles intentando girar bruscamente para atraparlo, provocando que la mesita temblara de forma siniestra.
— Ya estoy viejo para esto, Yuuji. Ten piedad.
— Tienes 18 años.
— Es mucho.
— No, no lo es.
De nuevo, luego de recorrer toda la casa con dormitorio y cocina incluidos, habían terminado otra vez en la sala de estar del principio; mientras hablaban, Yuuji retrocedía lentamente sin perder de vista a Satoru, quien se le aproximaba cada vez más a la misma velocidad pausada, casi como un depredador acechando a su presa. De un momento al otro, la parte posterior de las piernas de Yuuji chocaron con uno de los amplios sofás de color marrón claro. Su escapada se frenó allí no porque no tuviese opción, sino porque se vio hipnotizado repentinamente por la intensa mirada del Alfa, quien ya en esos momentos se había deshecho de las molestas gafas.
A los pocos segundos, solo los separaba una distancia casi inexistente; Satoru se cernía sobre Yuuji y pese a que había inclinado el torso hacia él, Yuuji aún debía levantar el mentón para no perder contacto visual. Una de las grandes manos se coló por su cintura y lo atrajo del todo, la nariz de Satoru acariciando primero su rostro, luego enterrándose en su cuello cuando Yuuji ladeó la cabeza dándole acceso pleno.
— Eres exquisito.— susurró el Alfa contra la piel de su cuello haciéndolo estremecer. La mano que sostenía su cintura comenzó a tironear de su ropa, liberándola de los pantalones e introduciendo los dedos ya en contacto con la piel de su espalda.— Y estás muy caliente, de hecho.
— Ajá…
Yuuji había sido un poquito más descarado y sin pensarlo dos veces, su mano se había deslizado desde el vientre hacia la entrepierna de Satoru aún sobre los pantalones; al notar la dureza que ahí ya se sentía, el Omega presionó un poco los dedos haciendo gemir al otro, pero aquello no era suficiente; ansioso, se dispuso a deshacerse del cinturón, del botón y de la cremallera de los pantalones del Alfa jalando luego de la camisa y la camiseta que llevaba debajo en forma un tanto ruda y afanosa, despertando una risilla en el otro.
— Estás muy ansioso. Menos mal que…
El Omega buscó sus labios nuevamente, ahora con mayor intensidad mientras introducía una mano en la ropa interior de Satoru despertando otro sonido extraño, algo parecido a un gruñido placentero. Sin aguantar mucho más, el Alfa empujó a Yuuji para que cayera sobre el sofá y a los pocos segundos ambos estaban luchando para quitar prenda por prenda, el calor ascendiendo entre sus cuerpos.
— Yuuji, por casualidad...¿estás en celo?
— ¿Y si es así, qué? Hazlo, por favor, no aguanto más…
Con ambos desnudos sobre el sofá, Yuuji empujó con las piernas las caderas de Satoru acomodado sobre él, incluso movió su propia pelvis en un intento por apurarlo. Aún había cierta duda en el semblante de Satoru pese a la excitación que los embargaba a ambos; Yuuji jaló de sus cabellos y rasguñó su espalda procurando presionarlo.
— Debería buscar un preservativo, no te parece.
— Por Merlín, Satoru...estoy tomando los supresores, no pasa nada.
— Claro. Espera aquí.
Increíblemente, Satoru se incorporó y rápidamente desapareció corredor adentro, dejando a Yuuji con una sensación de frío y también de indignación. ¿Acaso no le creía? Al volver, Satoru frunció el ceño al ver su cara de pocos amigos.
— ¿Qué?
— ¿No confías en mí?.— Satoru rodó los ojos, sentándose en el sofá mientras luchaba contra los envoltorios de plástico.
— Claro que sí, Yuuji...pero sabes que incluso así podrían fallar. Los supresores están haciendo muy bien su trabajo, ¡mírate, casi ni se te nota! Pero…
— Está bien, como quieras.
Yuuji se sintió de repente terriblemente frustrado; resoplando y recostándose del todo en el sofá, desvió la mirada hacia el techo no porque estuviese enojado con Satoru sino consigo mismo. Por supuesto que entendía lo que le decía, era absolutamente lógico. La tasa de embarazos durante el celo aún tomando supresores era baja, pero existente...y en verdad, por mucho que amara a Satoru, no quería tener un hijo estando aún dentro del colegio, maldita sea. Quería hacer bien las cosas...deseaba poder egresarse en tiempo y forma y allí empezar una vida tranquila con Satoru, poco a poco, paso a paso.
Sin embargo, la parte hormonal ganaba ahora a la parte racional; si bien Yuuji entendía y compartía el pensamiento de Satoru y su accionar, su lado más instintivo no podía evitar molestarse al entender que Satoru no deseaba acabar en su interior, no quería embarazarlo. El pensamiento era tan ridículo pero a la vez tan fuerte que no podía controlarlo, y…
— Hey.— perdido en su marea de odio hacia sí mismo, Yuuji no se percató del peso extra sobre el sofá y como poco a poco Satoru se había ido acomodando sobre él. El Alfa tomó su rostro con ambas manos y lo besó en la frente, la nariz, los labios.— No llores, por favor. No quiero hacerte sentir mal.
— No estoy llorando.— de hecho, sí lo estaba. Recién en ese instante notaba la humedad formando un trayecto desde sus ojos hacia sus orejas al estar acostado.— Lo siento, no sé qué me pasa.
— Bueno...te pasa que estás pensando ya en otras cosas y te frustras. Yo también quiero que tengamos un bebé, pero no ahora, Yuuji.
Sus palabras susurradas, cargadas de sentimiento llegaron bastante profundo en la mente de Yuuji. Acariciando su rostro, besó al Alfa primero de forma suave y medida, luego en manera necesitada, urgente. De nuevo, enroscó sus piernas en torno a la cintura de Satoru y presionó, esta vez consiguiendo la unión tan deseada. Poco a poco, aquel sentimiento instintivo y estúpido fue perdiendo fuerza cuando lo opacó el placer, el anhelo, el amor.
— Yuuji…
— ¿Mmh..?.— un gemido particularmente escandaloso escapó de los labios de Yuuji cuando una embestida fuerte y certera lo hizo gritar, sus uñas clavándose en la espalda de Satoru en el proceso.— Ahí, por favor, ahí...Satoru, por favor…
— Me encanta que me supliques.
Sin poder contenerse, Yuuji arqueó el torso cuando Satoru se puso en serio a cumplir su capricho; una embestida tras otra, golpeó aquel lugar tan sensible en su interior haciéndole gemir, jadear, gritar su nombre mientras intentaba aferrarse al Alfa cuando el orgasmo amenazó con llegar demasiado rápido.
— ¿Puedo...puedo marcarte, Yuuji?
Por un instante, Yuuji sintió que su respiración se detenía al igual que el tiempo y el espacio a su alrededor; sus ojos se enfocaron directamente en los de Satoru, la intensidad de su mirada confirmándole que hablaba en serio. De un momento a otro, su corazón comenzó a latir con tal fuerza que Yuuji pensó iba a salírsele por la boca, su respiración volviendo irregular y agitada.
— ¿Se...Seguro, Satoru?
— Tú tienes que decirme eso, Yuuji. Yo estoy absolutamente seguro de ti. Quiero estar el resto de mi existencia a tu lado, no importa qué.
Antes de que los sentimientos afloraran y Yuuji volviese a llorar, solo pudo asentir con la cabeza, incapaz de hablar. Al cabo de unos segundos, cuando las lágrimas al fin amenazaron con escapar de sus ojos, carraspeó y rió, nervioso.
— Sí, sí...claro que estoy seguro. De ti, de nosotros.
Satoru le sonrió con una calidez que Yuuji creía nunca le había visto en la mirada; conmovido, se dejó besar mientras el Alfa abandonaba su interior y volteaba a Yuuji sobre el sofá, dejándolo de espaldas. Un gemido hondo y brusco se dejó oír cuando el Alfa lo penetró vehementemente una vez más, aplastándolo con su cuerpo mientras posaba las palmas sobre el dorso de las manos de Yuuji, entrelazando sus dedos, ambos presionando sus manos fuertemente.
Por suerte, Yuuji no tuvo demasiado tiempo para ponerse nervioso al pensar si aquello sería doloroso o no, si tendría algún otro síntoma agregado o alguna idea delirante más; pronto, percibió una presión extraña sobre su nuca que fue aumentando en intensidad hasta transformarse en un dolor sordo, soportable. Increíblemente, el saber que Satoru lo estaba mordiendo para marcarlo como suyo logró llevarlo a un orgasmo bastante intenso que lo dejó física y mentalmente agotado, sin importarle ya que Satoru no acabara en su interior cuando a los pocos segundos lo secundó.
— Satoru, ¿qué es eso?
— ¿Qué cosa?
— Eso, esto que tienes en el brazo.
A los pocos minutos, Satoru había juntado fuerzas de no se sabía dónde y había levantado a Yuuji y transportado hasta su cuarto, la cama demasiado amplia pero acorde al tamaño de Satoru; el Omega se relajó entre las frazadas recostado sobre las almohadas, Satoru con la cabeza recostada sobre su pecho, posición en la que parecía gustarle descansar. Mientras se adormilaba, Yuuji acariciaba la espalda y los brazos del Alfa con la punta de los dedos sin prestar demasiada atención a nada más hasta que sus ojos captaron algo extraño. Frunciendo el ceño, notó una marca oscura en el antebrazo izquierdo de Satoru.
— Es un tatuaje.
— Satoru, tú odiabas esas cosas, ¿cambiaste de parecer en tan poco tiempo?
Yuuji había soltado aquello más como una broma que como un pensamiento fastidioso. Sin embargo, el silencio de Satoru llegó a preocuparlo. Suavemente, se incorporó y se sentó entre las almohadas obligando a que Satoru hiciese lo mismo. Frunció el ceño cuando lo notó un tanto esquivo y algo nervioso, lo cual lo asustó. Tomó su mano izquierda y volteó el brazo para ver aquel tatuaje con mayor detenimiento.
¿Qué…?
Era una especie de calavera rodeada por una serpiente...no, la serpiente salía de la boca de la calavera. El tatuaje tenía un aspecto raro; la tinta era negra, pero parecía despulida y algo borrosa en esos momentos, tal y como si se tratara de una marca de agua. Con la punta de los dedos tocó suavemente aquella figura en tinta y cuando intentó presionarla, Satoru tomó su mano repentinamente.
— No la presiones.
— Satoru, qué es eso.
Silencio. Yuuji tragó saliva, nervioso intentando encontrar la mirada de Satoru; tuvo que sostener su rostro con ambas manos para hacer contacto visual, teniendo repentinamente un mal presentimiento.
— Ya te lo dije, es sólo un tatuaje.
— ¿Entonces por qué estás tan nervioso?¿Qué es lo que representa? Satoru, háblame, por favor.
Al fin, Satoru pareció confrontarlo sin necesidad de que Yuuji sostuviera su rostro. Lo oyó suspirar hondamente y pareció tener alguna especie de preparación mental mientras tomaba la mano del Omega, entrelazando sus dedos.
— Yuuji, mira...no quería decírtelo aún porque no tienes nada de que preocuparte ahora. Tú estás seguro en Hogwarts, al menos por el momento.
— ¿Seguro? Parece como si estuvieras hablando de una guerra.
— Lo es.— Yuuji frunció el ceño, más confundido.
— ¿Entre quienes? En el periódico no han dicho nada. ¿Y qué tiene que ver eso con el tatuaje?
— Están ocultándolo porque no les conviene que se sepa. Es...es una guerra ideológica, Yuuji. Es…
— No me digas nada. Suguru tiene que ver con esto, ¿no?
Las cejas de Satoru se arquearon ante la sorpresa, desprevenido. Yuuji bufó, repentinamente molesto. Se pasó ambas manos por el rostro, recostándose de nuevo entre las almohadas con un golpe seco.
— ¿Cómo lo sabes?
— Satoru, está bien que soy despistado pero no estúpido. Siempre que nos juntábamos, Suguru exponía alguna idea extraña con respecto a la pureza de sangre y qué sé yo que más. No creas que no entendía las cosas de las que hablaban...que no dijera nada por incomodidad es otra cosa.
— ¿Siempre lo supiste?¿Por qué nunca me habías dicho nada, Yuuji?
— ¿Iba a cambiar algo si te lo decía? Tú compartes sus ideas.
Ambos enfrentaron sus miradas y sorpresivamente quien había salido ganador de esa contienda muda era Yuuji; Satoru parecía haberse desarmado repentinamente por el descubrimiento de saber que Yuuji ya conocía ciertas ideas. En realidad, cuando el Omega había oído parte de aquella cháchara sobre la pureza de la sangre y el dominio del mundo mágico en manos de traidores a la sangre, no le había prestado demasiada atención porque desde siempre se había sabido que la gente que pertenecía a la casa Slytherin solían tener ese tipo de aires de grandeza injustificados, dándole demasiada importancia a su linaje. De hecho, ni siquiera se lo había comentado a Satoru porque en algunas ocasiones el mayor se había dejado llevar y había compartido algunas ideas abiertamente...pero Yuuji lo había justificado pensando que era una etapa más, que cuando madurara dejaría de lado aquellos pensamientos ridículos y retrógrados.
Pero parecía que no los había dejado atrás ni una mierda.
— Satoru, tú compartes sus ideas, sí o no.
— Sí, sí lo hago. Eso no debería afectarnos como pareja.
— ¿Te parece que no?
— Claro que no.— Satoru frunció el ceño, confundido por la incredulidad de Yuuji.— ¿Por qué habría de hacerlo, Yuuji? Tú eres sangre pura.
Al oír el tono indignado de Satoru, Yuuji sintió como su sangre se helaba rápidamente. Miró a sus ojos casi sin parpadear esperando que le dijese que aquello era una broma de mal gusto, pero Satoru no lo hizo. Ambos permanecieron en silencio, uno confundido y el otro aún más.
— ¿Y si no hubiese sido sangre pura, Satoru?¿Si alguno de mis padres hubiese sido muggle?
— No es así, y no hay necesidad de pensar que pudo haber sucedido.
— Jamás te habrías fijado en mí, ¿verdad?
— Yuuji, ¿qué dices? Espera, no te pongas así.
Yuuji intentó salir de la cama mientras Satoru lo sostuvo por los brazos; forcejearon un rato hasta que el mayor ganó por fuerza física, abrazando a Yuuji y casi asfixiándolo entre sus brazos.
— Satoru, suéltame.
— Te amo, siempre te he amado. Siempre me has atraído, de una u otra manera, Yuuji. Cuando comenzamos a salir ni siquiera sabía sobre tu linaje, no pienses que me fijé en eso, por favor.
— Te estás contradiciendo. Acabas de decirme que compartes ese tipo de ideas pero me afirmas que me hubieses amado igual.
— Ya lo sé. Pero no puedo evitarlo cuando se trata de ti. No importa lo que yo piense, tú siempre estás primero, Yuuji.
Si Yuuji se hubiese puesto firme…¿habría habido diferencia alguna? Desde el marco de la puerta, el Yuuji actual observó como poco a poco Satoru soltaba a Yuuji y éste intentaba encontrar consuelo alguno en sus labios. Antes de ese momento, Yuuji había creído conocer bien a Satoru, lo suficiente como para haber visto venir una cosa así, hecho que no había ocurrido.
— ¿Vas a decirme entonces qué significa ese tatuaje?
Bueno...comienzan a aclararse algunas cosas...o no xD
Gracias por leer!
