Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripción explícita de coito desenfrenado, léanlo bajo su propio riesgo. Han sido advertidos.
¡Al fin henos aquí! ¡Qué emoción! Como mi advertencia lo implica, esto se va a poner candente. Claro, hay algunos baches en el camino, pero así las historias saben mejor. A quien lo lee, espero que disfrutes leyendo tanto como yo disfruté el escribirlo.
¡Nos leemos en el siguiente capítulo!
AEGO
Capítulo 16.
La playa, otra vez
—No, no, no, no —repetía Kendra una y otra vez luego de escuchar el mensaje por tercera ocasión. Sostuvo su cabeza con ambas manos en un ademán desesperado—. ¡Mierda!
—Sabías que era sólo cuestión de tiempo para que esto pasara —indicó Kaleb con voz tranquila, mientras de tanto en tanto oprimía dos veces continuas la cara interna de su canilla izquierda—. Está en todas las frecuencias —informó, luego de concluir la exploración en su propio comunicador.
—Los siguieron —dedujo la capitana con la mirada ausente—; en todo el tiempo que he estado aquí ellos no habían dado con este planeta y ahora, ¡es Angrboða misma quien manda este mensaje!
—No hay manera de que nos siguieran —contradijo el hombre de cabellos plateados—; nuestro radar no mostró ninguna señal extraña o ajena a nosotros; si algo ocurrió, fue cuanto tú encendiste tu comunicador.
La mujer de ojos verdes cubrió su boca con una mano.
—Es mi culpa —dijo casi en un susurro entre sus dedos.
Trunks, que hasta ese momento había permanecido en silencio viendo alternativamente a uno y otro, habló al fin:
—Antes de que recuperaran su nave, ésta estuvo en posesión de ellos; ¿no creen que es posible que la hayan… intervenido de alguna manera?
—Qué tontería —expresó Kaleb descartando la posibilidad de inmediato.
—No, espera. —Kendra posó su mirada en el chico de ojos azules y lo observó significativamente—. Trunks tiene razón.
—No, no la tiene —espetó el alienígena, irritado—; hubiéramos notado cualquier desperfecto en la nave, no somos estúpidos.
—Para intervenirla no es necesario dañarla —aseguró la extraterrestre, y sentándose en la cama, comenzó a calzarse sus botas de combate.
Hacía 10 minutos que el semisaiyajin había llamado a la puerta, y había sido recibido por un muy despierto Kaleb, el cual vestía únicamente su pantalón negro, y tenía una petulante sonrisa ladeada dibujada en su rostro. Cinco minutos después Kendra había salido del baño de la recámara y se les había unido, totalmente uniformada. No le había caído en gracia que Trunks tuviera su comunicador, pero ante las malas nuevas, había decidido dejar cualquier reclamo para después.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el hombre de ojos turquesas observándola suspicaz.
—Esta teoría se puede comprobar fácilmente —declaró la muchacha, poniéndose en pie, tomando su espada dispuesta a un costado del lecho y dirigiéndose a la puerta—. Llama a todos a la nave.
—No hay razón para despertarlos —alegó el extraterrestre obstinadamente.
La capitana lo encaró enfadada.
—¡Es una orden, Teniente! —Y abandonó la habitación como una ráfaga.
El joven de cabellos lavandas la siguió sin demora.
—¿Qué va a pasar ahora, Kendra? —inquirió caminando a su lado.
—Primero, constataremos que la nave no fue perturbada —explicó mientras sujetaba su arma a su cintura—, luego nos iremos.
—Iré con ustedes —determinó con resolución.
La alienígena se detuvo tan abruptamente que el chico había avanzado dos pasos más antes de percibir que ella había parado su marcha.
—¿Qué? —cuestionó desconcertada—. ¿Por qué?
—Porque puedo ser de ayuda en su causa —respondió muy serio— y tú lo sabes.
La joven apretó su tabique nasal con sus dedos índice y pulgar, al tiempo que cerraba sus ojos cansinamente. Inhaló una profunda bocanada de aire, y agregó:
—Un problema a la vez, Trunks. ¿Puedo tener mi comunicador de vuelta?
El muchacho se lo devolvió sin chistar y continuaron con su camino hacia el exterior. La mujer abrió el armatoste colocando la palma de su mano derecha sobre una placa al mismo tiempo que el resto de la tripulación salía al jardín. La luz se activó al instante. El interior de la nave era bastante austero —al menos así se lo pareció al semisaiyajin—, aunque adecuado para cumplir con su función. Kendra echó a andar el sistema, oprimiendo botones aquí y allá.
—¿Qué pasa, Kendra? —preguntó Marduk rompiendo el silencio.
—Nos encontraron —contestó inexpresiva—. Agana, Odol, ¿hicieron una revisión a consciencia una vez que volvieron a estar en la nave, cuando Kaleb se reunió con ustedes?
—Pues claro —afirmaron los aludidos al mismo tiempo.
—¿Y? ¿Qué encontraron?
—Nada, Kendra —acotó Odol.
—La nave está limpia —agregó Agana.
—De acuerdo. ¿Sauda?
—El sistema registró un único movimiento ajeno a nosotros, correspondiente al tiempo en que nos capturaron —informó la mujer de piel azul colocándose al lado de su superior y presionando una secuencia de botones la cual proyectó una pantalla frente a ellos. Signos desconocidos para Trunks aparecieron en ella—. No realizaron modificaciones o alteraciones.
—Muéstrame el registro completo, por favor —indicó la capitana imperativamente.
La extraterrestre de cabellos rosas oprimió unos cuantos botones más. Kendra escudriñó los caracteres analíticamente.
—Ese último movimiento… —dijo la mujer de ojos verdes por lo bajo.
—Fue cuando hablamos contigo —aclaró Kaleb de inmediato.
—Lo sé —concedió la alienígena—, pero… parece replicado.
—Imposible —determinó el hombre de mirada turquesa—; siempre he sido cuidadoso en las comunicaciones establecidas.
—Kendra tiene razón, Kaleb —intervino Sauda con cautela—; la información fue retransmitida.
El aludido se acercó a la consola para ver aquello con sus propios ojos. Kendra se apartó y lo miró expectante. Todos se encontraban sumidos en un incómodo silencio.
—Tal vez… —reflexionó el extraterrestre en voz alta— tal vez lo envié al Consejo de Genios.
—¿No estás seguro? —preguntó Moric incrédulo.
—Es posible que lo hiciera sin darme cuenta de ello —explicó volviéndose para verlos de frente—. Fueron muchos los días que pasamos sin noticias de Kendra; quizá repliqué la señal inconscientemente en cuanto entramos en contacto.
—De acuerdo, entonces necesito ver tu grabación —indicó la capitana con calma.
—¿Estás dudando de mí? —preguntó indignado.
—¡Eres tú quien no está seguro! —exclamó Kendra elevando la voz—. Pues salgamos de dudas.
—¿Sabes qué? ¡Ya lo recordé! Retransmití la señal a la base.
Todos los pares de ojos estaban puestos en él, escrutándolo acusadoramente.
—¿Qué estás ocultando, muchacho? —cuestionó Marduk sin parpadear.
—Nada —contestó de prisa.
—Teniente, no es una sugerencia —aclaró Kendra, y maniobrando en la consola de mando hizo que una diminuta aguja saliera de un orificio casi imperceptible—, es una orden.
El aludido dio un paso atrás, completamente rígido. En su rostro se dibujó una expresión seria, impenetrable.
—No —dijo pertinaz.
Trunks sabía que el desconcierto que estaba sintiendo no se comparaba al que Kendra y su equipo estaban experimentando. No sabía si en alguna ocasión ya se habían visto envueltos en un contratiempo semejante, pero a juzgar por el ambiente, creía que no.
—Sujétenlo —ordenó Kendra gélidamente.
De inmediato Moric y Marduk se aproximaron a él. Kaleb, con la vista fija en la capitana, no opuso resistencia y dócilmente se dejó llevar a uno de los asientos dispuestos ante los comandos. La mujer de ojos verdes se colocó frente a él; lo tomó por el mentón y lo obligó a volver el rostro hacia arriba.
—Respira hondo, Kaleb —le indicó antes de clavar la aguja en su ojo derecho.
Una breve sacudida hizo presa del hombre, luego quedó inmóvil. Un minuto después, un agudo pitido les hizo saber que el proceso había concluido. Kendra extrajo el objeto puntiagudo del globo ocular de su pareja y lo devolvió a la consola de mando. Una única gota de sangre manó del ojo turquesa, pero el extraterrestre no hizo ademán de limpiarse; se limitó a clavar la vista en el suelo de la nave, inclinando y ensombreciendo su faz.
—Veamos… —Sauda era quien dirigía el retroceso en los recuerdos de su compañero; éstos se proyectaban en la pantalla para que todos los vieran—. Me parece que tendría que ser por aquí —determinó, reduciendo la velocidad. La grabación comenzó a correr con normalidad.
"'—Teniente. —La voz de Kendra resonó desde la proyección—. Fijen coordenadas al planeta en el que estoy; nos reabasteceremos, descansarán un poco y luego partiremos.'
'—Como ordene, Capitana —dijo la voz de Kaleb—. Canal cerrado.'"
A continuación, y desde la perspectiva del alienígena, fueron testigos de cómo introducía una serie de comandos en el tablero frente a él.
—No conozco ese destinatario —murmuró Sauda con recelo.
Nadie emitió sonido alguno. La tensión en el ambiente era palpable, al igual que la furia que había comenzado a brotar de la mujer de cabello negro.
—¿Qué hiciste, Kaleb? —cuestionó y su voz estaba tan cargada de ira que todos (a excepción de Trunks) retrocedieron un paso.
—Lo necesario —contestó el interpelado sin levantar su rostro.
—¡Mírame! —exigió la alienígena, sujetándolo por el cuello de sus ropas y zarandeándolo—. ¿Cómo recuperaste la nave?
El hombre la encaró. La marca que la gota de sangre había dejado sobre su rostro lo hacía lucir pálido, enfermo.
—Ellos me dijeron que debía entregarte —explicó al fin.
Kendra lo liberó de su agarre y dio un paso atrás. El desconcierto contorsionó sus bellas facciones.
—¿Qué?
—No iba a hacerlo en realidad, Kendra —aclaró el hombre poniéndose en pie e intentando asirla por los hombros. La extraterrestre no se lo permitió—. Di las coordenadas de este lugar, es verdad, pero para cuando Angrboða y su flota llegaran, nosotros ya estaríamos muy lejos. Aún podemos hacerlo, ¡podemos irnos!
La reacción de la capitana no se hizo esperar: furiosa, había cerrado su mano en un puño y sin previo aviso, le asestó un golpe directo en el rostro. El alienígena se tambaleó cubriendo su nariz, de la cual había comenzado a manar sangre.
—¡Traidor! —gritó Kendra a voz en cuello, y lo golpeó de nuevo.
—Kendra… —la llamó Trunks, cauteloso. No era su intención restarle autoridad frente a su equipo, pero estaba consternado, nunca la había visto tan enojada.
—No se pacta con el enemigo, Kaleb —aseveró Marduk muy serio—, lo sabes.
—¡No pacté con ellos! —exclamó dejando de cubrir su rostro ensangrentado—. ¡Fui más astuto que ellos! Este planeta ni siquiera está contemplado en sus radares; ¡si desaparece no habrá ninguna diferencia! Y nosotros podríamos seguir con nuestra misión.
Fue el turno de Moric de actuar: sin que nadie se lo impidiera, se abalanzó sobre el hombre de cabellos plateados, y lo tumbó al suelo. Una vez ahí, lo batió a golpes de una manera salvaje, incontrolable.
—¿Cómo fuiste tan idiota? —inquirió el hombre animal, jadeante—. ¡Nos entregaste!
—¡No! —refutó el alienígena con terquedad, intentando protegerse—. Analicé las opciones, y sacrificar este lugar era lo más sensato.
—Levántalo, Moric —pidió Kendra con ira contenida.
El aludido hizo como le ordenaron y el maltrecho hombre no pudo oponer resistencia. Sin voluntad restante en su cuerpo, fue obligado a yacer arrodillado frente a la joven de ojos verdes.
—Ninguna vida es desechable —dijo lentamente, y había una nota de afectación en su voz que no pasó desapercibida para el semisaiyajin—; nunca se sacrifican inocentes.
Y desenvainó su espada con completa determinación.
—¡Kendra! —exclamaron Agana y Odol a un tiempo—. ¡No!
—La traición se castiga con muerte —declaró la alienígena tomando su arma con ambas manos, preparada para llevar a cabo la ejecución.
—Sabes bien que no funciona así, Kendra —intervino Marduk, colocando una mano sobre el agarre de la muchacha, asegurándose de que no hiciera nada.
—¿Quieres que viva? —preguntó la mujer incrédula.
—No —contestó sinceramente—, pero no es tu decisión. Kaleb deberá ser juzgado por el Consejo de Genios.
—No hay necesidad de un juicio —sentenció la capitana sin bajar su espada—; confesó, es culpable.
—Tú misma lo dijiste: ninguna vida es desechable —recordó pacientemente—. El Consejo de Genios determinará qué ha de pasar con Kaleb, y si su veredicto es mortal, créeme que serás tú quien lleve a término su vida.
La extraterrestre continuó en la misma posición unos instantes más, pero finalmente cedió ante lo expuesto por su subordinado, y envainó su arma con movimientos aletargados, parsimoniosos.
—Estarás confinado en tus aposentos hasta que el día de tu juicio llegue —indicó recuperando la compostura—; y todos nos turnaremos para vigilarlo —agregó, dirigiéndose al resto de su tripulación—. Por ahora, necesito que vayan por sus pertenencias, nos vamos.
Y sin mediar palabra, los alienígenas abandonaron la nave, prestos a cumplir con los mandatos de su líder. Kendra rodeó a Kaleb, quien aún yacía arrodillado, y sujetando sus manos por detrás de su espalda, le ordenó:
—Levántate, basura.
El extraterrestre hizo como le exigían y no intentó deshacerse del agarre de su capitana. Ésta, en silencio, lo condujo a un pequeño elevador tubular, con Trunks siguiéndolos de cerca.
—Creo que yo debería sujetarlo —sugirió el semisaiyajin servicial.
—No eres parte de este equipo, Trunks —aseveró la mujer con calma.
—¡Pero te dije que iría con ustedes!
—Y yo no he consentido a eso. ¿Sabes cuán furiosa se pondría tu madre? Y ni siquiera pensar en tu padre.
—Ellos no toman mis decisiones.
El ascensor los llevó a la parte superior de la nave, y desembocó en un angosto pasillo con numerosas puertas cerradas en cada lado. Avanzaron por el corredor hasta la última puerta y se adentraron en la habitación, si se le podía denominar como tal. En el reducido espacio sólo había una cama lo suficientemente grande para guarecer a dos personas, y a uno de sus costados, una mesa de trabajo.
—Si vas a mantenerme aquí, ¿dónde dormirás tú? —inquirió Kaleb con considerable esfuerzo.
"Por supuesto —pensó Trunks enfadado— es la pieza de ambos."
—Ése no es tu asunto. —Fue la escueta respuesta de la joven.
El hombre se sentó pesadamente en la cama.
—Lo es —insistió, mirándola fijamente. Su rostro, otrora hermoso, estaba desfigurado como consecuencia de la golpiza que había recibido—. Eres mi compañera.
—Lo fui hasta hace unos momentos —aclaró con resolución—. Vamos, Trunks.
Ambos se encaminaron a la salida, pero el alienígena volvió a hablar:
—Llevas mi semilla en tu vientre, prolongarás mi existencia en una cría. Aún eres mía.
El semisaiyajin sintió la sangre hervir y la furia lo cegó por completo. Obnubilado, asestó un golpe contundente de lleno en la faz del extraterrestre, ocasionando que éste saliera despedido del lugar en el que se encontraba y se impactara con fuerza contra el muro de metal. No sintiéndose satisfecho, el joven de ojos azules se movió con suma rapidez para colocarse frente al maltrecho hombre, y así poder continuar descargando su ira y frustración.
—¡Trunks! —Kendra corrió para interponerse entre ambos, extendiendo los brazos hacia él—. Trunks, lo está haciendo a propósito; quiere que lo mates ahora para que no tenga que someterse a nuestra justicia.
—Dijiste que no soy parte de este equipo —recordó el muchacho, fuera de sí—; entonces puedo acabar con él.
—Trunks… —La chica posó sus manos en el rostro del chico y lo miró suplicante—. Por favor.
Sólo ese segundo de vacilación bastó para que la situación se saliera de control: Kaleb, haciendo acopio de lo que tal vez eran sus últimas fuerzas, desenvainó la espada de Kendra con un veloz movimiento, e hincando una rodilla en el piso, la blandió contra la mujer. El semisaiyajin, siendo mucho más rápido que el alienígena, la apartó estrechándola contra su cuerpo, produjo una esfera de energía con su mano libre, y la lanzó contra el hombre, quien todavía fue capaz de dibujar una expresión de consternación en su semblante, antes de ser proyectado hacia afuera de la nave, dejando un enorme hueco detrás de sí.
—¡No! —exclamó la alienígena liberándose del agarre del muchacho y apresurándose al gran agujero—. ¡No, no!
—Lo… lo lamento, Kendra —se excusó torpemente—, pero Kaleb se lo merecía.
—¿Kaleb? —La mujer hizo eco al nombre como si no pudiera comprender a qué se refería su interlocutor—. ¡No podremos marcharnos con la nave en este estado!
Trunks la contempló con la mente totalmente en blanco, pero antes de que pudiera agregar algo a la conversación, un estridente grito cortó el silencio de la noche.
La joven saltó hacia el exterior a través del hueco y fue velozmente seguida por el chico de cabellos lavandas.
—¿Qué… qué pasó? —preguntó una angustiada Bra, cubriendo su boca con ambas manos.
Ambos fijaron los ojos en el punto en que la adolescente miraba sin parpadear. A los pies del armatoste, yacía Kaleb, en medio de un charco de sangre, con expresión serena y los ojos abiertos, viendo sin mirar. No respiraba.
—Eso mismo quiero saber yo —agregó una voz furiosa—. ¿Qué significa todo esto?
Tanto Kendra como Trunks sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas. Vegeta se había sumado al extraño cuadro, observando inquisidoramente tanto a uno como a otro, y por último, al cuerpo tendido en el césped.
—¿Y bien? —insistió con furia contenida; odiaba que la tranquilidad de su familia se viera perturbada de esa manera.
—Kaleb se amotinó —explicó la capitana, al tiempo que su equipo y Bulma llegaban al lugar de los hechos, atraídos por el sonido de la explosión y por el agudo grito de Bra. Marduk se aproximó para examinar el cuerpo—. Intentó atacarme y Trunks…
—No permití que le hiciera daño —complementó el aludido—; es todo.
—¿Lo mataste? —cuestionó Agana abriendo los ojos desmesuradamente.
—¡Se abalanzó sobre Kendra! —exclamó el semisaiyajin, indignado—. ¡Pretendía herirla con su propia espada!
—¿Y dónde está la espada, héroe? —inquirió Odol, cáustico.
—Fue la caída lo que terminó con su vida —aclaró Marduk, zanjando la conversación—; tiene abierto el cráneo, murió instantáneamente al impactar contra el suelo.
—Y supongo que ahora usarán esa excusa para quedarse por más tiempo —dedujo el saiyajin puro, cruzando los brazos y entornando la mirada.
—Tiempo es de lo que más carecemos en estos momentos —aseveró Kendra intentando no perder la calma—. Angrboða viene; Agana, Odol, ¿cuánto tiempo les tomará reparar el daño de la nave?
Los hermanos observaron el fuselaje, cavilantes.
—Un día —contestaron al unísono.
—No es suficiente —expresó la alienígena, y un cierto tono de desespero era audible en su voz—; debemos partir lo más pronto posible.
—No tienen que irse —dijo Trunks, y al instante fue fulminado por los ojos de su padre. No le importó—. Esto puede terminar aquí; dejemos que este enemigo venga, acabaremos con su tiranía justo aquí.
—¡Trunks! —Vegeta, exasperado, pensó en hacer callar a su hijo a golpes.
—¿No te interesa saber cuán fuerte es esta amenaza? —preguntó. Sabía muy bien dónde debía presionar—. ¿Y si es más poderosa que nosotros?
—Nadie es más poderoso que yo —declaró rotundamente.
—Entonces no habrá ningún problema —dedujo el semisaiyajin de forma lógica.
Un sepulcral mutismo poseyó a todos los presentes. Bulma fijó la mirada en su esposo: naturalmente, Vegeta siempre argumentaría ser el más fuerte, y con Goku fuera de escena, aquello era correcto, así que no había motivo para preocuparse, cualquier amenaza no sería tal para el saiyajin.
—Trunks tiene razón —apoyó rompiendo el silencio—; creo que suficiente han luchado contra este mal; dejen que termine aquí.
La capitana la observó con impotencia.
—No… no hay mucho que podamos hacer —cedió al fin, bajando la mirada, resignada.
Un súbito alivio se extendió por el pecho del joven de ojos azules. Si todo salía bien, justo como él esperaba, no sólo estarían librando al universo del mal que lo aquejaba, sino que le estaría dando a Kendra la posibilidad de elegir qué hacer con su vida; la posibilidad de decidir quedarse con él.
—Kendra, debemos disponer del cuerpo —indicó Sauda con cautela.
—Sí, es verdad —concordó la extraterrestre, y volviéndose a sus anfitriones, añadió—: ¿les molestaría si…
—Hagan lo que deban hacer —la interrumpió la científica en el acto—; les daremos privacidad.
Tanto madre como hija tomaron rumbo a la casa —la más joven aún parecía bastante impresionada por lo que había atestiguado—, pero padre e hijo permanecieron estoicamente de pie en sus lugares.
—Esto era lo que querías, ¿no es cierto? —preguntó el príncipe con excesiva agresividad—. Trajiste tus problemas a nuestro hogar y finalmente nos inmiscuiste.
—Papá —intervino Trunks—, esto no es un plan de Kendra, las cosas simplemente se desarrollaron así.
—Eres un crédulo, Trunks —declaró Vegeta lleno de rabia—, y has sido la presa ideal para esta intrusa.
Y sin decir más, regresó a su casa con paso firme.
—Kendra… —Comenzó a hablar el semisaiyajin, pero la alienígena lo detuvo de tajo:
—¿Podrías dejarnos a solas, Trunks? ¿Por favor?
Se le percibía… ¿derrotada? Era comprensible, mucho había sucedido en poco tiempo, pero no le gustaba verla así.
—Claro —respondió, sabiendo que en ese momento ella necesitaba estar con los suyos.
Se alejó volando y aterrizó en el balcón de su habitación, meditabundo. Una idea comenzó a tomar forma en su mente; y el hecho de que la noche aún los envolviera sin duda sería de ayuda. Miró el reloj en su habitación: 2:30 a. m. Todavía tenían tiempo.
. . .
—Recoge tu cabello —pidió Odol aproximando una máquina pequeña parecida a un soplete al oído izquierdo de Kendra.
La capitana tomó su cabello y lo colocó todo por sobre su hombro derecho, inclinando la cabeza hacia el chico.
—Escocerá un poco —advirtió y comenzó a maniobrar con el aparato detrás de su oreja.
Un constante zumbido se hizo audible, pero la alienígena no emitió ni una queja.
—Listo —dijo el adolescente un minuto después—. Tienes una visita —agregó, poniéndose en pie.
La mujer se volvió hacia la entrada de la nave y vio a Trunks ahí, de pie, aguardando a que lo que fuera que estuvieran haciendo concluyera.
—Gracias, Odol —dijo la extraterrestre, abandonando también su asiento—, ve a descansar, si logras hacerlo.
El muchacho asintió y se encaminó hacia donde el semisaiyajin se encontraba, y antes de dejarlos solos, le dirigió una intensa mirada de resentimiento.
—Parece que está molesto conmigo —comentó Trunks avanzando hacia ella.
—Les expliqué cómo fueron las cosas —informó prontamente— pero están un poco reacios a aceptar que Kaleb fuera capaz de atacarme, y que mi espada haya desaparecido no ayuda. —Emitió un prolongado suspiro, y continuó—: Creo que no han entendido que él era capaz de cualquier cosa.
—Lamento haber destruido tu espada —se disculpó apesadumbrado—; sólo quería apartarlo de ti y no… no medí mi fuerza.
—No te preocupes, Trunks —dijo formando una sonrisa, pero una sombra de pesadumbre se posó sobre su bello rostro—. Hiciste lo que creíste correcto.
—¿Qué hacían hace un momento? —inquirió, intentando distraerla cambiando el tema.
—Odol volvió a insertarme mi comunicador —explicó y extendió su brazo izquierdo para mostrarle una diminuta e hinchada línea roja en la parte interna de su canilla—. ¿Lo ves? —Y colocando su cabello detrás de su oreja izquierda, también le mostró esa cicatriz—. Como nueva.
El semisaiyajin pasó dos de sus dedos por encima de la marca detrás de su oído y un escalofrío los recorrió a ambos.
—No era verdad —dijo Kendra repentinamente, sin apartarse de él y sin impedirle aquella suave caricia—. Lo que dijo Kaleb sobre su semilla en mi vientre, era mentira. Él y yo no fornicamos.
Trunks se detuvo, sorprendido ante aquella confesión.
—Creí que…
—No era él con quien deseaba estar.
El joven se sonrojó, pero una diminuta sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios.
—Y terminó siendo la decisión correcta —aseveró bajando la mirada, y avanzando con calma hacia la consola de mando. Se le veía sumamente cansada.
—Deberías intentar dormir —sugirió el muchacho colocándose a su lado—; son más de las tres de la madrugada.
—No creo que me sea posible conciliar el sueño sabiendo lo que se avecina.
—¿Saben cuándo llegará Angrboða? —preguntó el chico meditabundo.
—Estimamos que al mediodía —contestó la mujer luego de oprimir algunos botones y realizar cálculos sobre los signos mostrados en la pantalla.
—Entonces hay tiempo —declaró, y tomando su mano, tiró de ella para conducirla fuera de la nave.
—¿Tiempo para qué? —preguntó Kendra dejándose arrastrar al exterior.
—Si no puedes encontrar calma aquí, puedo llevarte al lugar en el que te he visto más alegre en toda tu estadía en la Tierra —aseguró sonriéndole ampliamente—. ¿Vamos?
La alienígena lo miró intrigada, mas luego dulcificó su expresión sonriéndole de vuelta.
—Claro, vamos.
El semisaiyajin la tomó en brazos y emprendió el vuelo, creyendo firmemente que aquella isla paradisíaca en medio del mar era el lugar ideal para que Kendra encontrara paz. Descendieron grácilmente en la costa, y la brisa marina les dio la bienvenida. La extraterrestre inhaló hondo y cerró los ojos, dejándose envolver por el ambiente tropical.
—Éste es, sin duda, el lugar más bello que he conocido en mi vida —manifestó abriendo sus ojos y posando su mirada esmeralda en todo lo que los rodeaba. Súbitamente, su expresión se tornó seria—. Lamento mucho haberte inmiscuido a ti y a tu planeta en esta guerra.
Y Trunks supo, por el tono de su voz, que realmente lo sentía. La abrazó ceñidamente, deseando que eso la hiciera sentir mejor. La mujer correspondió al agarre e inhaló profundamente contra su pecho, llenándose de su aroma.
—Prométeme que ganarás —pidió la extraterrestre viéndolo desde su estatura más baja y aferrándose con cierta desesperación a él—, y prométeme que no te pasará nada.
—Te lo prometo —accedió sin dudar y acarició una de sus mejillas con el dorso de su mano—. Te amo, Kendra.
El bello rostro de la capitana se iluminó al escuchar aquello y enmarcando con ambas manos la faz del chico se aproximó y lo besó. Probó sus labios con deliciosa lentitud, en un acto sugerente pero delicado. Sin embargo, conservar aquella calma le estaba costando un poco al muchacho de cabellos lavandas, pues con el simple hecho de probar su aliento nuevamente, se había sentido endurecer.
"Me gusta rudo", recordó que le había indicado unas horas antes, pero no quería incomodarla, prefería que ella tuviera el control.
—Creo que yo a ti también —admitió la alienígena terminando el contacto—; si es que es posible que alguien como yo pueda amar.
Aquello fue el incentivo que Trunks necesitaba para decidirse por manejarse tranquilo y con sutileza, obviando el instinto que le gritaba que la poseyera ya; deseaba que esa experiencia fuera la más memorable para los dos; no sería ni breve ni pasajera, y prolongaría el acto hasta que no pudiera resistirlo más.
Fiel a esa convicción inició un nuevo beso, y tomando la iniciativa, la recostó sobre la arena. La extraterrestre se dejó llevar, pero una vez tendida, se aferró a él con fuerza, besándolo con urgencia y reclamándolo demandante; haciéndole más difícil el tratar de conservarse sereno. Tomando el borde de la camiseta del muchacho, la mujer tiró hacia arriba para desperezarlo de la prenda, y para facilitar esa acción él se incorporó un poco y terminó de quitársela. Kendra se desprendió de la suya sin mayores aspavientos, quedando su parte superior sólo cubierta por el sostén. La situación se repetía bajo parámetros similares, y a pesar de que el joven ya la había contemplado con la misma ausencia de ropa, no pudo evitar sentir deleite ante la visión.
Con parsimonia volvió a acercarse a ella, pero no regresó a sus labios, sino que se enfocó en su cuello —el lugar donde los habían interrumpido— y esta vez hizo más que sólo olerlo. Con tortuosa dilación, probó el sabor que éste le ofrecía, mientras sentía la respiración agitada de la alienígena directamente en su oreja. Ella se había abrazado a su espalda desnuda, tocándolo con premura, pero si él se estaba tomando su tiempo, era porque quería apegarse a su plan lo más posible.
Sin embargo, lo que en esos momentos ocurría era cosa de dos, y aunque Trunks tenía una idea bastante clara de lo que deseaba, Kendra parecía no estar dispuesta a hacer más larga la espera: girando sobre su costado, empujó al chico por los hombros y lo tumbó sobre la arena, posicionándose a horcajadas sobre él. El movimiento desconcertó al semisaiyajin —sobre todo porque le había frenado en su tarea—, pero un extraño placer se apoderó de él al sentirse repentinamente dominado por la mujer que amaba; al sentirse como el simple mortal que era disfrutando de los favores de la diosa.
La muchacha le sonrió desde su posición superior, al tiempo que pasaba dos de sus dedos por la marca de la mordida que ella misma había hecho en su cuello.
—Eres mío —le dijo, y no era una pregunta—. Dilo.
—Soy tuyo —declaró y estaba convencido de ello.
Fue el turno de la capitana de recrearse con el cuerpo de su amante, pasando su lengua por el contorno de sus pectorales en un arranque de lujuria y deslizando sus finos dedos por entre sus definidos abdominales; pero cuando quiso llegar más allá, se encontró con un obstáculo: los pantalones. El estorbo no contemplado detuvo a la extraterrestre, quien observó esa traba como si no entendiera por qué estaba ahí. Aprovechando esa pausa momentánea, el chico respiró profundo para aclarar su mente, e intentó retomar el control diciendo:
—Kendra, no hay por qué apurar las cosas…
—Te quiero ahora, Trunks —le interrumpió, hablando con determinación mientras desabrochaba su pantalón—, y esta vez no hay quién pueda interrumpirnos.
Y prácticamente arrancándole la prenda, lo dejó solamente con la ropa interior. El trato brusco no había menguado el deseo que el joven sentía —muy por el contrario—, y aquello quedó asentado con la visible excitación que se perfilaba debajo de su prenda íntima. En primera instancia, se sintió avergonzado al percibirse tan expuesto frente a ella, y probablemente eso fue visible a los ojos de la alienígena pues, haciendo contacto visual, le sonrió de manera incitante y le dedicó una mirada llena de lascivia.
—Prenda por prenda —indicó aún sonriente, llevando sus manos detrás de su espalda para alcanzar el boche del sostén—. Es justo, ¿no te parece?
Y con un último movimiento de las manos, terminó por quitarse la prenda, arrojándola donde no les estorbara. Aquello era precisamente lo que el muchacho de ojos azules necesitaba para olvidarse de todo y perder el control. Quedando el plan obsoleto, se sentó de golpe y reclamó los labios de la joven, mientras la rodeaba con sus brazos, apretándola contra su propio torso desnudo para poder finalmente sentir su piel. La sensación de la redondez de sus pechos unidos a sus pectorales le provocó tal descarga eléctrica, que creyó que todo terminaría antes de comenzar; afortunadamente logró controlarse a tiempo, previniendo el desastre.
Tomando ventaja de la posición en la que la había aprisionado, Trunks volvió a colocarla sobre la arena con bastante rudeza, obteniendo así un gemido por parte de la extraterrestre, que fue ahogado por la furiosa pelea que sus lenguas todavía mantenían. Esta vez fue él quien rompió el contacto para poder dedicarse de lleno a la nueva parte de la anatomía alienígena que le había sido revelada. Tomando uno de sus senos con la boca, se dedicó a darle placer con su lengua —justo como ella había hecho con sus pectorales—, al mismo tiempo que posaba una mano en el otro para poder sentirlo en su totalidad. La capitana ahogaba sus gemidos mordiendo su labio inferior, aunque realmente no había necesidad de hacer aquello, no había nadie ahí que pudiera escucharlos. Cuando se hubo saciado del pecho que estaba probando, se posicionó sobre el otro, siendo incapaz de no darle el mismo tratamiento.
En algún punto indefinido de aquella placentera tortura, el chico bajó la mano con la que había estado sintiendo la firmeza de sus pechos, y lo colocó sobre el vientre de la joven, encontrándose con exactamente el mismo obstáculo que la había frenado cuando había estado sobre él. Eso tenía que irse de inmediato, porque ya no podía esperar. Incorporándose, desabotonó el pantalón de la muchacha, y de un solo tirón, la liberó de él. Ahora estaban en condiciones iguales.
El contemplarla sólo con las bragas negras le excitó aún más —si es que eso era posible— y sin siquiera pensarlo, hundió el rostro entre sus piernas, aspirando profundamente el aroma que se desprendía de su intimidad. Con las palmas de sus manos delimitó la curva de sus caderas, guiándose hasta sus glúteos —que agarró fuertemente por encima de su ropa interior— para después continuar deslizando sus manos a lo largo de sus blancas piernas.
Víctima del deseo incontrolable, y no pudiendo resistir un minuto más, Kendra atrajo a Trunks hasta la altura de su rostro, recostándolo nuevamente sobre ella, y tomando su cara con ambas manos, lo miró directamente a los ojos y le susurró sensualmente:
—Basta de juegos, Trunks; te quiero dentro… te necesito dentro.
El semisaiyajin se desprendió de su prenda íntima, revelando un miembro grande y tan enhiesto que resultaba casi doloroso. Conteniendo el aliento, se posicionó entre sus piernas para hacer como le indicaba, cuando de pronto una idea perversa cruzó su mente.
—No —murmuró, pero la desperezó de sus bragas de todos modos.
—¿Qué… —Comenzó a preguntar la capitana pero fue inmediatamente interrumpida por el joven de ojos azules.
—Todavía no. Quiero probarte.
Y sin más, teniéndola al fin completamente desnuda, acercó su rostro al sexo de la alienígena y comenzó a lamer con sinuosa lentitud. La mujer se estremeció al sentir su intrépida lengua probarla. Trunks se dedicó con esmero a su tarea, deleitándose en el sabor de su pareja, y sintiéndose inmensamente satisfecho de ser él quien causaba toda esa humedad en ella. Sonoros gemidos escapaban de la extraterrestre, quien había perdido sus finos dedos entre los cabellos del muchacho para evitarle que cejara en su labor. Aferrándose a sus caderas, se adentró más en su exploración; besó con premura sus labios púbicos, y se embebió en su esencia almizcleña. Estimuló con la punta de su lengua y en movimientos circulares su hinchado clítoris y supo que su proceder había sido el correcto cuando el volumen y la frecuencia de los jadeos fue en aumento. Decidió no darle tregua, y continuó lamiendo y succionando el pequeño nódulo de placer, hasta que la hizo alcanzar el clímax entre gritos de gozo y sacudidas espasmódicas.
Kendra aún temblaba cuando Trunks se colocó encima de ella. Respiraba entrecortadamente por la boca semiabierta, y sus ojos nublados por el deseo no atinaban a enfocar nada. El semisaiyajin la besó y ella le correspondió de inmediato, probándose en la lengua de su amante. La mujer dejó vagar sus manos por el pecho del chico y hacia su vientre; sin embargo, el joven de mirada celeste no le permitió continuar; con una mano sujetó las dos de la alienígena y las sostuvo por encima de su cabeza, inmovilizándola.
—Trunks, ¿qué…
—Esta noche se trata de ti —explicó interrumpiéndola al mismo tiempo que dirigía su mano libre a su sexo y jugaba con sus labios vaginales con calculada lascivia—; de darte placer… pero yo pongo las reglas —agregó, e introdujo dos dedos en su interior.
La capitana arqueó la espalda ante aquella acción, y luchó por liberar sus manos, pero el agarre del hombre era simplemente demasiado fuerte. Trunks maniobró con sus dedos en un lento movimiento de vaivén, buscando el punto exacto para hacerla perder el control, y dado que hasta ese momento la anatomía alienígena no había diferido de la terrícola, confiaba en que pronto lo encontraría. Y al fin, los osados dedos que la penetraban palparon una pequeña zona rugosa dentro de ella, y le provocaron una violenta sacudida de placer. El muchacho sonrió, y comenzó a dar pequeños mordiscos a sus pezones.
—Trunks… —jadeó la mujer entrecortadamente—, por favor…
—Todavía no —indicó, continuando con la estimulación directa sobre ese punto en su interior—, pero ya casi.
La joven movía sus caderas al compás que el chico le marcaba, incapaz de hacer otra cosa, impedida como estaba; y cuando incontrolables temblores hicieron presa de su cuerpo, el semisaiyajin supo que había alcanzado la cúspide por segunda ocasión.
Satisfecho, retiró sus dedos empapados de su interior, separó las piernas de la muchacha y finalmente se posicionó entre ellas, aproximando su virilidad erecta a su sexo palpitante. La espera había sido demasiado larga; la quería toda, su cuerpo le exigía el calor femenino envolviéndolo, recibiéndolo dentro. Apoyándose en sus codos, dio un primer empuje, luego del cual paró para analizar la reacción de la extraterrestre. Kendra todavía se estremecía de gozo, pero al sentir el miembro endurecido de Trunks comenzar a abrirse camino, movió las caderas hacia adelante, consiguiendo que terminara de entrar de un solo golpe. El muchacho jadeó, deleitándose con las sensaciones que aquella unión le estaba brindando. Jamás había experimentado semejante placer en su vida; la calidez que lo abrigaba lo dejaba sin aliento y la estrechez que lo envolvía lo llevaba al delirio. La capitana se había aferrado ceñidamente a sus anchos hombros, gimiendo incesantemente cerca de su oído, lo que lo estimuló aún más.
Comenzó con un vaivén lento pero constante, retirándose casi por completo del interior de la joven, para después volver a entrar de golpe, ocasionando que las embestidas fueran más violentas de lo que había planeado en un principio. Sin embargo, y luego de unos minutos, dejó cualquier posible sutileza de lado, acrecentando la rapidez y la rudeza de sus movimientos, provocando que la chica encajara profundamente sus uñas en su espalda, produciéndole rasguños largos y punzantes.
—¡Más rápido! —exclamó la mujer demandante, revolviéndose debajo de él.
El muchacho obedeció, tornando sus estocadas aún más frenéticas. El sonido de sus sexos chocando con brusquedad era perfectamente audible entre los jadeos, provocándoles aún más necesidad el uno por el otro.
—¡Más duro! —exigió la capitana ya sin ninguna inhibición, y deslizando sus manos hasta los glúteos del semisaiyajin, apretó con firmeza para luego agregar—: ¡Más adentro, Trunks!
Y apoyando las puntas de sus pies en la arena para tratar de encontrar más estabilidad, el joven empujó con más ímpetu, sin importarle si podía estar haciéndole daño o no, pues el placer que estaba experimentando obnubilaba todo pensamiento o conmiseración. Guiándose por instinto más que por raciocinio, hundió sus dientes en el níveo cuello de la extraterrestre quien fuera de sí, enredó sus piernas alrededor de la cintura del hombre que la poseía y se dejó arrastrar por él hasta el éxtasis, que la alcanzó con una sacudida violenta, haciéndola estremecerse sin control. Echando la cabeza hacia atrás, lanzó un último gemido que desencajó su semblante, reflejando todas las sensaciones distintas que la habían invadido en un solo instante.
Trunks, por su parte, ya fuera por haber sentido las contracciones rítmicas que el orgasmo había ocasionado en la intimidad de Kendra y que presionaban directamente sobre su miembro endurecido; o por el simple hecho de haberla percibido temblar por él por tercera ocasión, no pudo contenerse más y empujando profundamente, quedó estático y estalló en una apoteosis de infinito placer. La sensación de vaciarse dentro de la alienígena, de regar toda su semilla en su interior, le resultó tan satisfactoria, que tardó una cantidad considerable de segundos en terminar. De cuando en cuando hacía movimientos fuertes con las caderas para hundirse un poco más —si es que eso era posible—, hasta que finalmente todo acabó.
Rendido, se desplomó sobre la muchacha, quien lo abrazó estrechamente, como si fuera consuelo lo que necesitara para reponerse. Sus respiraciones agitadas al igual que sus corazones desbocados comenzaron a acompasarse poco a poco, hasta que llegaron a un punto próximo a la normalidad. Recuperadas un poco las fuerzas, el joven hizo el ademán de separarse de la capitana, de salir de ella; pero de inmediato fue detenido por la misma Kendra:
—No, no te levantes. Quédate así.
El chico de ojos azules giró el rostro para contemplarla de frente y descubrió, desconcertado, rastros extraños de algo que había nacido en sus ojos y que, surcando su rostro, se había perdido en su oscuro cabello. Además, su mirada esmeralda se encontraba vidriosa, nublada. Había llorado.
—Kendra, ¿qué…
—No hables —pidió la mujer, colocando dos de sus dedos en los labios del muchacho para silenciarlo—. Por favor, Trunks, simplemente no digas nada.
Era ella la que necesitaba consuelo. Rodeándola con sus musculosos brazos, giró sobre su costado para quedar tendido en la arena, con la joven recostada sobre él. En esa posición, ella —en un acto quizá reflejo— lo soltó y escondió sus brazos debajo de su pecho, usándolos como separación entre ambos torsos desnudos. Algo angustiosamente extraño le sucedía, pero Trunks consideró mejor no insistir, simplemente continuó aferrándola.
Estuvieron así largo tiempo, hasta que en algún punto de la noche, el semisaiyajin percibió la respiración relajada y prolongada de la alienígena sobre su tórax. Se había dormido. Él intentó hacer lo mismo, pero no le resultó tarea fácil, pues no dejaba de preguntarse qué era lo que había salido mal. Al final, el cansancio pudo más que su pensamiento, y fue vencido por un sueño atormentado que no le permitió descansar en realidad.
