Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripción explícita de coito desenfrenado, léanlo bajo su propio riesgo. Han sido advertidos.
Ésta es la recta final...
¡Nos leemos en el siguiente capítulo!
AEGO
Capítulo 17.
Kendra
Pesadillas interminables persiguieron a Trunks toda la noche, hasta que la luz del amanecer alumbró su rostro, despertándolo de a poco. La brisa matinal olía a mar, y sentía su cuerpo extrañamente cubierto por una fina capa de arena. Su primera reacción fue una de desorientación al encontrarse en una playa a la intemperie, pero un segundo después, todos los hechos acontecidos la noche anterior volvieron a su mente de golpe, y recordó por qué estaba ahí y qué había pasado. Entonces la sintió: Kendra continuaba tendida sobre él, estrechada fuertemente entre sus brazos. No se había ido en medio de la noche, no lo había dejado.
Sintiéndose culpable, deslizó una de sus manos por entre los cabellos negros de la capitana, en una caricia sutil y delicada. Ya sabía qué era lo que había sucedido: la había lastimado. La había llevado hasta ese lugar para que encontrara un poco de paz, y en lugar de eso, le había hecho daño. Ella había empezado el juego, era cierto; pero había sido él quien había perdido el control; al final, no la había tratado como si la amara, sino como un mero objeto que le servía para proveerle placer.
Bajando la mirada, la contempló apaciblemente dormida, y una rabia descomunal creció en su interior. Se odió a sí mismo por su torpeza y ausencia de tacto, por su desenfreno y su falta de convicción; había decidido que aquello sería memorable para los dos, y en lugar de permanecer fiel a su idea, se había dejado arrastrar por sus más bajos instintos; se había comportado como una bestia. Frustrado, frunció el ceño con amargura y en un gesto apesadumbrado, cerró sus ojos y los cubrió con la mano que no estaba acariciando a la extraterrestre, resoplando por lo bajo.
La chica se estremeció y se revolvió un poco sobre él, para luego, comenzar a abrir sus ojos verdes lentamente, mirándolo somnolienta.
—Hola. —Fue la primera palabra que brotó de sus labios en un susurro apenas audible.
Trunks evitó el contacto directo con sus ojos, bajando la vista avergonzado.
—¿Qué pasa? —cuestionó la muchacha extrañada, levantándose un poco para observarlo mejor.
—Nada —respondió compungido.
—¿Nada? —repitió la capitana—. Sí, claro. —Y sentándose a horcajadas sobre él, tomó su rostro con ambas manos y lo giró hacia ella, obligándolo a que la confrontara—. Dime qué tienes.
Trunks le sostuvo la mirada, y finalmente contestó:
—Soy un idiota.
La alienígena lo contempló sin entender, y luego, apoyando sus manos en su firme abdomen y con un gesto divertido, comentó:
—¿En serio? Yo no lo he notado, ¿sabes?
—Soy un estúpido —reiteró amargamente, posando sus manos sobre las caderas de la mujer pero sin intentar ningún tipo de avance—. Un verdadero idiota.
—¿Por qué dices eso? —inquirió la joven con calma—, ¿en qué estás basándote?
—Kendra —pronunció su nombre con suma dulzura, intentando enmendar su comportamiento de la noche anterior—, lo que hice ayer… yo… perdóname.
—¿Y por qué tendría que perdonarte? —preguntó sin comprender—. ¿Qué se supone que hiciste?
—Escucha, yo tenía una idea bastante clara de lo que quería que fuera nuestra primera vez juntos —confesó apenado—, y no era como pasó anoche.
—¿Entonces?
—Yo tendría que haberte tratado con más sutileza —aseveró, rozando con sus dedos los brazos de la muchacha, recorriéndolos hasta llegar a sus manos para tomarlas implorante—; y en lugar de eso me porté como un animal en celo… fui violento y tosco y… lo siento.
—¿De qué hablas? —interrogó la capitana con una sonrisa cristalina asomando a su rostro—. No fuiste nada de eso.
—Claro que sí —confirmó con obstinado desconsuelo, escudriñando con inmensa culpa la marca que sus propios dientes habían dejado en el cuello de la mujer—. Fui un bruto.
Kendra lo miró con ternura aflorando a sus ojos, y volviendo a colocar sus manos en la faz del hombre que la miraba con infinita tristeza, acercó su rostro todo lo que pudo sin tocarlo y le susurró dulcemente:
—Entonces eres como yo.
Y lo besó. Trunks había abierto los ojos sorprendido ante semejante declaración, pero después los cerró para responder a aquella estimulación como era debido. Al probar sus labios otra vez, sintió que no necesitaba saber más. La muchacha había llorado, sí; no obstante, le había asegurado que no había sido por las razones que él intuía. Qué más daba, ya lo había liberado de la pesada carga que era la culpa, y le había dicho que era su igual. Nada más valía tanto la pena como estar en esa playa, con aquella mujer en sus brazos, adorando cada movimiento, cada gesto y cada aliento compartido. Amándola toda, y sabiendo que ella lo amaba de vuelta.
—Es extraño —dijo la muchacha cuando el contacto de sus bocas hubo terminado, recostándose a su lado y deslizando su dedo índice por entre los pectorales del joven.
—¿Qué? —inquirió el semisaiyajin, rozando con las yemas de sus dedos la espalda desnuda de la alienígena; la misma cobertura de arena que había detectado en sí mismo la cubría a ella.
—En tus brazos me siento protegida —confesó en un susurro, como si le avergonzara exteriorizar ese pensamiento—. Nunca pensé que pudiera necesitar sentirme protegida por alguien más; supongo que simplemente concluí que todo estaría bien si estaba bajo mi control; pero el estar aquí, entre tus brazos, se siente bien; creo incluso que podría acostumbrarme a ello.
Trunks acarició su rostro con ternura y la atrajo hacia sí para besarla de nuevo. Probó sus labios sin prisas, disfrutando de su textura y de su forma. Kendra buscó su lengua y él la recibió gustoso. Y entonces tuvo necesidad de más, tal y como le había sucedido la noche anterior. Asiéndola por la cintura, la abrazó ceñidamente, y sin dejar de besarla, se sentó y la colocó a horcajadas sobre él. Su virilidad ya se encontraba completamente erecta y en esa posición, aunado a la humedad que manaba de ella, no fue difícil entrar lentamente. La alienígena gimió al instante.
—Ya no hay tiempo para esto, Trunks —dijo, pero dejaba que el semisaiyajin controlara sus movimientos sujetándola firmemente por las caderas.
—¿Quieres que pare? —preguntó inocentemente, pero hundió su miembro aún más profundo.
—¡Ah! —La extraterrestre no logró disimular el placer que estaba sintiendo, y tomando su rostro, lo besó brevemente antes de continuar—: No podemos tardar mucho.
—Sólo lo necesario hasta que termines —determinó, y empezó a moverla con mayor rapidez, mientras daba pequeños mordiscos a sus pezones.
Los jadeos incesantes de Kendra llenaron el ambiente al tiempo que la velocidad con la que Trunks la hacía montarlo iba en aumento. Si de él hubiera dependido habría decidido gustoso quedarse en ese lugar toda la mañana, dándole placer a la alienígena de todas las maneras que hubieran cruzado por su mente, pero ella había hablado con verdad al decir que no podían tardar mucho; así que, controlando los vaivenes de la capitana con una sola mano, dirigió la que tenía disponible al sexo de la muchacha y comenzó a estimular su clítoris hinchado sin detener sus penetraciones. El orgasmo no tardó en alcanzarla entre jadeos y estremecimientos de gozo y el semisaiyajin se permitió dejarse llevar una vez más, regando toda su simiente en su interior.
Cuando los espasmos comenzaron a disiparse, Kendra enmarcó el rostro del joven con ambas manos, y reiteró muy seria:
—Eres mío. Dilo.
—Soy tuyo —declaró de nuevo, sin dudarlo—. ¿Y tú?
—Soy tuya —indicó, y lo besó largamente, jugando con su lengua ya sin prisas.
No necesitaba más.
—Es mejor que nos vayamos ya —aseveró la mujer poniéndose en pie.
Trunks resintió la repentina salida de su miembro ya languidecido del cálido interior femenino, pero sabía que ella estaba en lo correcto; así que, imitándola, se levantó y comenzó a vestirse. De hito en hito la observaba, lamentando que tuviera que cubrir su desnudez. Para cuando Kendra presionó la parte interna de su canilla izquierda para activar su comunicador, el joven de ojos azules ya se encontraba vestido y calzado, y se había dirigido a ella, sigiloso, para abrazarla desde atrás.
—Te quiero desnuda otra vez —le susurró, y besó la marca de mordedura que había hecho en su cuello la noche anterior.
—Habrá tiempo para eso —aseguró la capitana, cubriendo su oreja izquierda para escuchar una frecuencia que sólo ella podía oír—. No hay novedades. Vamos.
El chico asintió y la tomó en brazos, acatando la orden. Una súbita dicha manaba de su pecho, y se sentía absolutamente afortunado de que las cosas finalmente hubieran tomado rumbo; sólo restaba terminar con la amenaza, claro.
Al llegar a su casa, tomó la decisión de aterrizar directamente en el balcón de la habitación de Kendra; prefería no molestar a su tripulación, y sobre todo, no deseaba que la capitana se viera recriminada por reclamos de su propio equipo.
—Debo asearme —indicó la mujer al entrar a su recámara, y con una sonrisa divertida, agregó—: tengo arena en recovecos insospechados de mi cuerpo.
—¿Necesitas quién talle tu espalda? —preguntó el semisaiyajin juguetón mientras la tomaba por la cintura.
—Nada me gustaría más —respondió, abrazándolo ceñidamente e inspirando profundamente su aroma—, pero me parece que es mejor que nos duchemos individualmente; necesitamos estar lo más frescos y despejados que sea posible para enfrentar lo que se viene.
Y escurriéndose de entre sus brazos, se alejó un par de pasos.
—¿Estás segura? —inquirió el muchacho sujetando su mano. No quería dejarla ir.
La extraterrestre le dedicó una pequeña sonrisa.
—Concentrémonos, Trunks —pidió circunspecta—; esto es importante.
—Lo sé, es sólo que... —Dejó la frase suspendida. ¿Cómo explicarle lo mucho que la deseaba?—. Tienes razón —concedió luego de la pausa, pasando la mano que tenía libre por sus cabellos lavandas, apenado—. Creo que haré lo mismo.
—Y también deberías comer algo —aconsejó con presteza, aproximándose de nueva cuenta a él—; para recuperar tus fuerzas.
—Claro —concordó, y acariciando su mejilla, agregó—: ¿nos vemos en la cocina?
—Por supuesto —contestó la chica, y luego de un breve beso, se encaminó al servicio, mientras el muchacho abandonaba la habitación, dirigiéndose a la propia.
Un baño no era mala idea; era una idea estupenda, de hecho; pero, sin lugar a dudas, habría sido mucho mejor compartir el acto con Kendra.
"Agua fría —pensó con determinación—. Necesito enfocarme."
Y así lo hizo. La ducha helada lo refrescó y vigorizó; sin embargo, no hizo nada por calmar las ansias que sentía de estar con la alienígena otra vez, y éstas aumentaron desmedidamente cuando el agua fría golpeó incesantemente su espalda, corriendo libremente por entre los rasguños que Kendra le había hecho. Cómo había logrado marcas tan profundas no lo sabía, pero la excitación tan súbita que lo invadió lo obligó a buscar alivio antes de concluir con su aseo. El sexo era adictivo, lo sabía, pero no estaba seguro de que su comportamiento fuera normal; aunque justo era decir que nunca se había enamorado de la forma que lo había hecho con Kendra. Inhaló y exhaló lentamente. Tenía que ganar, no cabía lugar al fracaso.
Cuando se hubo vestido, tomó rumbo a la cocina, y se encontró a su madre y a su hermana aguardando por él.
—¿Lograron conciliar el sueño luego de… —Trunks comenzó a preguntar pero prefirió no rememorar tan desagradable suceso.
—No del todo —respondió su madre, y ojeras eran visibles en su rostro.
—Pero mañana todo volverá a la normalidad, ¿verdad? —inquirió su hermana dubitativa—. Kendra dijo que no era seguro pero… ustedes ganarán ¿no es cierto?
—Claro que sí —aseguró el semisaiyajin con confianza—. Lo que Kendra y su gente perciben como fuerte no es igual a lo que nosotros conocemos. Y si las cosas se salen de control, a papá le encantará tener algo qué golpear —añadió con sorna—. Por cierto, ¿dónde está?
—Tu padre ha estado montando guardia desde que… eso pasó —informó Bulma con voz cansina—. Ya lo conoces.
—Sí —concordó el joven y no pudo evitar que una sonrisa de resignación asomara a sus labios.
Pasos apresurados se hicieron audibles conforme se acercaban, y en unos instantes la capitana se unió a ellos en el recinto. Su expresión era de consternación. Algo andaba mal.
—Llegará en poco menos de una hora —dijo antes de que alguno de los presentes fuera capaz de preguntarle qué ocurría—. Angrboða; estará aquí en menos de una hora y mi equipo ya tiene las coordenadas de aterrizaje.
Silencio. Finalmente había llegado la hora.
—No salgan de la casa —indicó el semisaiyajin a su familia—. Vamos.
Y ambos jóvenes se dirigieron al Gegenteil con paso veloz.
—No deberían haber llegado tan pronto. —Escucharon decir a Moric al entrar en la nave. Se oía preocupado.
—Sabes que sólo es un cálculo vago hasta que podemos detectarlos en nuestro radar —recordó Sauda sentada ante la consola de mando.
—Sauda, muestra las coordenadas de aterrizaje, por favor —pidió Kendra aproximándose, con Trunks a su lado.
La alienígena azul apretó una secuencia de botones y un mapa apareció en la pantalla. Dos puntos parpadeaban intermitentemente.
—Nosotros estamos aquí —indicó la capitana señalando uno de ellos; luego, desplazando su dedo hacia el otro, agregó—: y éste es el lugar donde les dije que estaríamos esperando.
—¿Qué? —preguntó el semisaiyajin totalmente anonadado—. ¿Hiciste qué?
—Creí que era mejor darles una ubicación exacta en lugar de permitirles merodear por todo tu planeta —manifestó con lógica mirándolo atentamente—. Por eso establecimos contacto con ellos. ¿No estás de acuerdo?
El chico le devolvió la mirada con desconcierto. No estaba del todo seguro de que fuera una buena idea dar su ubicación, eso los despojaba del elemento sorpresa.
—¿Y dónde les dijiste que estaríamos?
—Se trata de la planicie que está rodeada por montañas, ¿la recuerdas? Donde fuimos perseguidos por relámpagos. Está apartado de la ciudad y…
—… así nadie corre peligro —concluyó Trunks adivinando lo que la alienígena diría—. Es una excelente opción —aprobó al fin.
—Es mejor que vayamos a ese lugar ahora mismo —declaró Marduk con presteza.
—No —contradijo la mujer de ojos verdes—, ustedes no se van a mover de aquí, quiero que monten guardia. Bulma y Bra van a quedar a su cuidado, y ustedes las protegerán con su vida.
—Eso no es necesario, Kendra.
—La protección que esta familia tiene se está alejando de casa; no voy a dejar a tu mamá y a tu hermana a la deriva. No es negociable.
El joven prefirió no discutir, no era su intención restarle autoridad frente a su equipo.
—Ya saben qué hacer —aseveró la capitana a su tripulación, y todos asintieron al unísono, acatando la orden—. ¿Vamos? —añadió, dirigiéndose al chico para luego encaminarse a la salida de la nave con paso decidido.
Trunks fue detrás de ella en el acto.
—Kendra, no creo que sea una buena idea… —Comenzó a opinar tan pronto se encontraron fuera del armatoste, pero fue tajantemente interrumpido por la extraterrestre:
—No es negociable, Trunks, ya te lo dije.
—No me refiero a eso —aclaró y la asió del brazo para volverla hacia él—. No creo que sea una buena idea que tú vengas.
La alienígena suavizó la expresión de su rostro y tomó su mano, entrelazando sus dedos.
—Es a mí a quien están buscando —aseveró pausadamente—. Sé que físicamente no voy a servirles de mucho, pero si Angrboða se asegura de que me encuentro con ustedes entonces no causará estragos en tu planeta buscándome.
El semisaiyajin apretó los labios en desaprobación y frunció el ceño, preocupado.
—Todo estará bien —aseguró la mujer, y posó su mano libre en la mejilla del chico—; me prometiste que ganarías y que no te pasaría nada, ¿recuerdas? Confío en ti.
Trunks besó la palma de su mano y finalmente, cedió:
—Vamos.
Vegeta se encontraba, tal y como la científica lo había dicho, montando guardia: estaba estoicamente de pie en el tejado de su hogar, escudriñando el cielo con suma atención.
—Ya sabemos dónde aterrizarán —informó el muchacho sin rodeos, tan pronto aterrizaron junto a él.
El príncipe posó una mirada dura en su hijo y después en la mujer de ojos verdes, quien parecía renuente a separarse de él.
—Ella no viene —declaró el saiyajin rotundamente—; sólo será un estorbo.
—Es nuestro señuelo —argumentó el joven—; viene con nosotros.
Por mucho que le desagradara el tener cerca a la invasora, el concepto de arrastrarla a una situación en la que claramente estaría en peligro le resultaba tremendamente atrayente.
—Como quieras —dijo al fin con desdén, en un tono que intentaba restarle importancia al asunto.
El chico suspiró.
—Sígueme —indicó a su progenitor, y tomando a la capitana en brazos, emprendió el vuelo.
Para cuando llegaron al lugar, les aguardaban 45 minutos de espera. El escenario elegido era perfecto, convenientemente alejado para no dañar a terceros y lo suficientemente amplio para pelear sin restricciones, aunque Trunks esperaba que no hubiera necesidad de desplegar todo el poder que tenían; nunca lo admitiría ante Kendra, pero estaba casi seguro de que la percepción de la alienígena sobre lo que era fuerte y lo que realmente representaba fuerza para ellos estaba diametralmente distante. No era que ella estuviera mal, simplemente no conocía a muchos sujetos poderosos.
El cielo despejado les permitía una perfecta visibilidad y la frescura de la mañana despejaba sus mentes. Era un buen día.
—¿Cuánto tiempo tendremos que esperar? —preguntó Vegeta impaciente, rompiendo el tranquilo silencio.
—Aún nos queda como media hora —respondió Trunks mirando su reloj—, pero es mejor que estemos aquí en caso de que se adelanten por alguna razón.
El Príncipe de los Saiyajin abrió la boca nuevamente para quejarse un poco más, cuando de pronto:
—¡KENDRA!
Una voz masculina resonó en el vacío, y gracias al silencio, se había escuchado bastante clara. En la cima de un peñasco alto y escarpado —a unos veinte metros a su derecha—, podía verse al dueño de esa voz. Su gabardina negra y su largo cabello plateado ondeaban ante el viento constante. Venido desde la muerte, era Kaleb. Impertérrito, saltó al vacío, y aterrizó con mucha agilidad.
—Se acabó —dijo, avanzando lentamente hacia donde ellos estaban de pie.
El joven de ojos azules lo observaba acercarse completamente atónito, mientras que el saiyajin de mirar agudo endureció todavía más su expresión —si es que eso era posible—, aguardando por el desenlace de aquello. Sin lugar a dudas era algo que quería oír.
—Kaleb —repuso la mujer de mirar esmeralda, y no parecía asombrada de ver a su amante "supuestamente muerto" caminar hacia ella—. De regreso de la muerte, según veo. ¿Qué pasó? ¿La muerte no acepta traidores cobardes?
—Se acabó —repitió el hombre, sin inmutarse por el comentario de su capitana—. He visto cómo vive esta gente, y son buenas personas. No permitiré que les hagas daño.
—¿De qué estás hablando? —cuestionó la muchacha demandante, pero sin perder la compostura.
—Esta mujer les ha estado mintiendo todo el tiempo —declaró, dirigiéndose ahora a Trunks y a Vegeta—. No fue un accidente o una coincidencia que se estrellara precisamente en las inmediaciones de su casa. Todo estuvo planeado por ella desde un principio: quería encontrarlos y ganarse su confianza para después dar su golpe por la espalda.
Trunks no entendía lo que estaba pasando. ¿Qué juego era aquél? Vegeta, por su parte, miraba intensamente a Kaleb.
—¿Y por qué haría eso? —inquirió, entornando sus ojos.
—Venganza —fue la simple respuesta del hombre—. Eso es todo lo que quiere: venganza. Pero no es necesario —añadió, asiéndola por una mano—, podemos simplemente irnos.
—¿Qué mierda estás diciendo? —La alienígena se soltó del agarre del hombre con brusquedad, y girándose hacia sus acompañantes, cuestionó alarmada—: ¿No van a creerle? ¡Él traicionó a su tripulación y a su capitana aliándose con el enemigo! ¡Quiso comprometer la vida y la paz de su planeta a cambio de su libertad!
Los ojos azules del semisaiyajin captaron la desesperada mirada esmeralda de la extraterrestre, y entonces lo supo: no, no iba a creerle a un traidor, y Kaleb fue consciente de ello cuando observó alternativamente a uno y a otro. Cerrando los ojos cansinamente, exhaló una bocanada de aire y de pronto, sin que nadie lo previera, tomó fuertemente el brazo izquierdo de su capitana y la volvió hacia él. Hubo un destello plateado que duró un parpadeo; y a continuación, una imagen desgarradora: había hundido en su abdomen un objeto punzocortante, largo y afilado. Su espada perdida.
—¡NO! —Trunks se cegó por la ira e intentó abalanzarse sobre el agresor, pero fue detenido por su padre.
—¡Espera, Trunks! —le ordenó autoritariamente, sujetándolo.
—Fin del juego —masculló desolado el hombre de cabellos plateados, al tiempo que giraba el mango del arma para que ésta abriera un agujero en el estómago de la muchacha.
Soltó su agarre y la joven cayó de rodillas, con una expresión atónita dibujada en sus bellas facciones, llevando sus manos al orificio en el que su propia espada continuaba atravesándola.
—¡MALDITO! —gritó Trunks, fuera de control, forcejeando para liberarse.
—¿Acaso no sientes eso? —le cuestionó Vegeta. Su hijo había perdido el enfoque, pero si se concentraba, entonces detectaría que había algo en esa situación que no cuadraba: de la nada, un ki había comenzado a elevarse desmedidamente y no paraba.
La muchacha continuaba arrodillada, todavía pasmada ante lo que estaba sucediendo.
—Perdóname —pidió Kaleb, bajando la mirada con una infinita tristeza—; pero era la única forma.
Una vez que el hombre hubo terminado de decir eso, una risa comenzó a hacerse oír, y tomó más fuerza hasta que tornó en carcajadas. Era Kendra quien se reía.
—Vaya —dijo, al tiempo que se sentaba en el suelo para adoptar una posición más cómoda. No retiró la espada de su cuerpo—; así que éste era tu brillante plan.
—Kendra, qué… —balbuceó el muchacho de ojos azules, pero fue interrumpido al instante por la capitana:
—Debo admitir que esperaba una presentación más dramática. —Guardó silencio un instante y después continuó—: Aunque supongo que tener una espada en las entrañas es suficientemente dramático. —Fijó la vista en Kaleb y comenzó a hablarle con dureza—: Estoy decepcionada de ti. Cuando creaste la ilusión de tu muerte me pregunté por qué lo habías hecho, y tengo que decirte que realmente esperaba algo mucho más ingenioso de ti. —Poniéndose en pie lentamente, prosiguió con su diatriba—: ¿Para esto fingiste tu muerte? ¿Para delatarme e intentar matarme con una espada? Pensé que me conocías mejor que eso.
Y con un rápido movimiento, extrajo la espada de su abdomen y la hundió en el del hombre frente a ella. Un grito se ahogó en su garganta, mientras la violenta estocada le hacía perder el equilibrio hasta caer. Sus ojos trataban de enfocar, pero estaban completamente desorientados.
—¿Por qué? —preguntó casi sin aliento.
—Porque yo tengo poderes con los que tú ni siquiera has soñado —respondió la joven, levantando su palma derecha a la altura de la faz de su interlocutor—. Dulces sueños.
Y sin más, Kendra creó una esfera de energía en su mano, y la impactó contra Kaleb, causando una explosión considerable que lo mandó varios metros atrás de donde había estado en posición de sumisión. La sorpresa ante aquel acto no tardó en dibujarse en los rostros expectantes de Trunks y Vegeta, y fue el último quien se lanzó contra la invasora, ofensiva completamente preparada y el deseo asesino de por fin eliminarla. Formando una esfera de energía en su mano, intentó arrojarla de lleno a la alienígena, pero ésta había estado esperando un ataque, y con movimientos fluidos e increíblemente rápidos, detuvo el embate con su palma desnuda y asió con fuerza la extremidad de su rival, reduciendo la esfera a nada. Furioso, el príncipe intentó asestar un golpe, y sólo consiguió que Kendra aprisionara su otra mano, impidiéndole cualquier contraataque.
—Siempre estuviste en lo correcto —declaró la capitana con una sonrisa cínica dibujada en su rostro, y acto seguido, chocó su frente con la de su contrincante, propinándole un golpe tan contundente que voló por los aires hasta caer inconsciente unos cuantos metros atrás.
Trunks se encontraba paralizado. No entendía qué estaba sucediendo, y aún cuando la vio acercarse a él, le resultó imposible reaccionar. La mujer enmarcó su rostro con ambas manos y el semisaiyajin no opuso resistencia.
—Descansa, Trunks. —Y colgando sus brazos de su cuello, lo obligó a doblarse por la cintura haciéndolo inclinarse hacia ella, posición que aprovechó para hundir su rodilla en su estómago, con una fuerza tal que lo dejó sin aire.
Su visión se desenfocó y sólo habían pasado un par de segundos cuando el mundo comenzó a dar vueltas desbocadas ante sus ojos. Cayó pesadamente al suelo, inconsciente también.
