Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripción explícita de coito desenfrenado, léanlo bajo su propio riesgo. Han sido advertidos.

La hora ha llegado para las respuestas a todas las incógnitas...

¡Nos leemos en el siguiente capítulo!

AEGO


Capítulo 18.

Angrboða

—¿Está segura, mi señora? No me parece una buena idea.

La voz masculina se escuchaba lejana, hueca, ¿o era él quien no se encontraba del todo ahí? La densa niebla de la inconsciencia comenzaba a disiparse, trayéndolo de vuelta a la realidad de a poco.

—Tu preocupación es conmovedora pero infundada, Marduk; él no hará nada mientras esté conmigo.

Ésa era una voz familiar; la suave tonalidad sonaba conocida.

—Kendra… —murmuró Trunks en medio de la semiinconsciencia.

—Vete —ordenó la voz femenina y pasos ligeros se hicieron audibles mientras se alejaban.

—Kendra —repitió el semisaiyajin poniendo todo su empeño en abrir los ojos, pero sus párpados resultaban tan pesados.

—Estoy aquí, Trunks. —Esa voz de nuevo.

Manos sumamente conocidas acariciaron su rostro y unos suaves labios se pasaron sobre los suyos, insuflándole vida.

—Abre los ojos, Trunks —indicó la mujer y como si hubiera estado esperando por esa orden, obedeció sin dificultad.

La vio a ella antes que a cualquier otra cosa: su bello rostro sereno, su mirada esmeralda expectante, sus labios entreabiertos… Sin pensarlo siquiera, la tomó por la nuca y la atrajo hacia sí para besarla con cierto desespero en el acto. Ella le correspondió sin reservas.

—¿Dónde… dónde estamos? —preguntó cuando hubo terminado. Se sentía perdido, desconcertado—. ¿Qué pasó?

—¿No lo recuerdas? —inquirió la alienígena.

El joven frunció el ceño, cavilante.

—Tú… tú me golpeaste.

—Lo hice —admitió la extraterrestre sonriéndole ampliamente—; era necesario.

—¡Kaleb! —exclamó súbitamente, con una repentina expresión sobresaltada—. Recuerdo a Kaleb; no está muerto y dijo… —Se interrumpió comenzando a recordar más y más. No era posible—. Dijo que tú lo planeaste todo… que estás buscando venganza… ¡Y te hirió!

—Quieres respuestas —determinó la capitana parsimoniosamente—; yo las tengo todas. Pero primero, vamos a prepararte. —Y poniéndose en pie, le tendió una mano y agregó—: Ven conmigo.

El muchacho obedeció y abandonó el lugar donde había estado yaciendo. Fue hasta ese momento que se percató del suntuoso lecho en el que había estado reposando y de la magnífica habitación en la que se encontraban. Tomó el agarre ofrecido sin hesitación y se dejó guiar a un umbral dentro de la amplia recámara, el cual los llevó a un elegante cuarto de aseo. La bañera redonda hundida en el piso —que bien podía clasificar como una pequeña piscina— se encontraba llena casi hasta el borde con lo que sin duda era deliciosa agua caliente.

—Desnúdate —pidió Kendra pero por su tono dejaba en claro que no era una sugerencia.

El semisaiyajin, sin embargo, no se lo tomó a mal, y procedió como le solicitaba, sin detenerse ni un segundo a pensar en lo que estaba haciendo o en lo que había pasado momentos antes de perder la consciencia; era como si su voluntad hubiera desaparecido; como si su racionalidad se hubiera acallado. Sólo importaba ese instante preciso, lo demás era absolutamente irrelevante. Una prominente erección se reveló al desprenderse de la ropa íntima; no se sintió avergonzado.

—Entra al agua —dijo la extraterrestre luego de contemplar con aprobación el cuerpo masculino sin prenda alguna—. Creo que la temperatura te resultará agradable.

De nuevo obedeció. El líquido había sido calentado casi hasta el punto de ebullición. Se sentó con calma y el agua lo cubrió hasta la altura de los pectorales. Sus músculos se relajaron y toda tensión desapareció en el acto. Fijó la mirada curiosa en la alienígena, quien comenzó a desperezarse de sus ropas hasta que finalmente le regaló la visión de su desnudez. No había huella alguna de la herida infligida por su propia espada. Con delicados contoneos se dirigió a la pila y entró al agua, que la cubrió hasta arriba de las rodillas. Avanzó hacia él ocasionando pequeñas olas al abrirse camino y cuando lo hubo alcanzado lo montó a horcajadas. Su miembro enhiesto se deslizó dentro de su sexo sin dificultad y ambos gimieron. Trunks la asió por la cintura, eliminando todo espacio entre sus cuerpos.

—Fóllame —demandó la mujer en un susurro.

La orden había estado de más pues el semisaiyajin ya había comenzado un constante vaivén en el instante mismo en que se había colocado sobre él. La exquisita combinación del agua hirviendo y del estrecho interior de la capitana no tardaron en hacer mella en el chico, quien terminó corriéndose dentro de ella mucho más pronto de lo que hubiera querido.

—Lo siento —se disculpó al instante, apenado.

—No lo sientas —repuso Kendra y lo besó largamente, jugando con su lengua. No parecía disgustada.

Luego de un rato se puso en pie e hizo el ademán de salir de la bañera, pero fue prontamente detenida por Trunks que se abalanzó sobre ella, aferró sus caderas con firmeza, y sacando provecho del hecho de que ella se encontraba de pie, hundió su rostro en su sexo, y lamió casi con desespero su palpitante clítoris. Para facilitar su tarea, se incorporó un poco e hincó una rodilla en el fondo de la tina, sostuvo una de las piernas de la mujer y la hizo descansar sobre su hombro; y después, colocó ambas manos en sus glúteos para brindarle apoyo y para acercarla más a su boca ansiosa. Era capaz de probar su propia simiente que manaba del cálido interior femenino, pero aquello no lo incomodó. Queriendo resarcir de alguna manera su torpeza de culminar antes que ella, el joven se avocó con entrega a la labor de llevarla al orgasmo, lo cual consiguió luego de unos minutos de ávida estimulación con su lengua. Poco a poco iba conociéndola más; iba aprendiendo lo que le gustaba. Cuando los espasmos de placer terminaron y la alienígena estuvo apropiadamente sobre sus dos pies de nuevo, se inclinó para besarlo, y luego le dijo por lo bajo:

—Espera aquí, voy a asearte. —Y salió de la bañera para recolectar algunas cosas que fue posicionando en el borde de la pila de agua.

Trunks, una vez satisfecho el instinto básico, la observaba con interés.

—Dijiste que tenías todas las respuestas —le recordó con cautela, muy serio.

—Las tengo —reiteró la extraterrestre mientras se sentaba en la orilla de la tina sumergiendo sólo sus pies, una vez reunidos todos los objetos que necesitaba—. Ven aquí.

El muchacho se acercó a ella y la capitana comenzó con su concienzuda labor.

—¿Dónde estamos? —cuestionó con calma.

—En mi nave —contestó sin rodeos, lavando su cabello con parsimonia, evitando enredarlo o jalarlo de más.

—Esto no parece el Gegenteil —repuso el semisaiyajin reflexivo.

—No lo es —concedió la alienígena sonriendo—. El Gegenteil era una fachada.

Tomando agua con una pequeña vasija, la vertió en la cabeza del chico, enjuagando su cabello de todo rastro de champú.

—¿Por qué? —No pudo contenerse de preguntar cuando pudo abrir los ojos nuevamente.

—Para acercarme a ustedes —respondió con sinceridad, tomándolo por el mentón y besándolo fugazmente—. Ponte de pie.

Obedeció sin protestar y Kendra se adentró una vez más a la pila de agua. Sinuosamente empezó a frotar cada milímetro de su cuerpo con una esponja que lo limpiaba al mismo tiempo que lo masajeaba deliciosamente.

—¿Por qué? —repitió su cuestionamiento.

—Dentro de un rato lo sabrás —aseguró y manipulando la barra de jabón entre sus manos consiguió bastante espuma, con la que se avocó a lavar su miembro, que no permaneció lánguido por mucho tiempo. Cerrando los ojos echó la cabeza hacia atrás, disfrutando sobremanera del firme agarre. Cuando abundante agua fue utilizada para limpiarlo todo, su prominente erección no menguó, y la extraterrestre continuó con sus hábiles caricias, haciéndolo gemir.

—¿Por qué hiciste esto? —inquirió, por fin exteriorizando el pensamiento que había rondado su cabeza desde que comenzara aquel ritual—. ¿Para qué asearme?

—Porque te quiero siempre listo para mí —explicó sin más, y parándose sobre las puntas de sus pies, alcanzó la marca de la mordedura que ella misma había hecho en su cuello y la tocó incitante—. Eres mío, ¿recuerdas?

Ante semejante respuesta, Trunks la levantó con bastante brusquedad, la posicionó sobre su virilidad e irrumpió sin previo aviso en su interior. La mujer rodeó su cintura con sus piernas, permitiéndole cargar con su peso y moverla a su antojo. Buscó con premura sus labios y se embebió en su aliento, gozando infinitamente de cómo ese joven la poseía sin tregua y esta vez el clímax los alcanzó a los dos al mismo tiempo. Le encantaba sentir cómo su semilla llenaba su interior.

—Tú también eres mía —aseveró, y lamió la marca que él había dejado en su blanco cuello—. ¿Recuerdas?

Por toda respuesta, Kendra lo besó posesiva mientras él la colocaba lentamente en el suelo.

—Acompáñame —pidió la capitana, saliendo de la bañera e instándolo a seguirla—. Debemos reunirnos con tu familia.

—¿Están aquí? —preguntó sin comprender, yendo tras ella sin dudarlo.

—Por supuesto. Este asunto le concierne a todos los tuyos.

De vuelta en la recámara el chico vio que ropas negras en su talla y un par de botas de combate habían sido dispuestas sobre y al lado del lecho.

—Vístete —indicó imperativa—. En unos minutos volveré por ti.

Y desnuda como estaba, se encaminó a otra puerta dentro de la alcoba, que conducía a una habitación contigua, ligeramente más grande y elegante, pero bastante parecida a la anterior.

—¿Están bien? —El cuestionamiento había sido realizado con cierto temor en la voz, pero necesitaba saberlo antes de que lo dejara solo.

La extraterrestre se detuvo en medio del umbral y se volvió para mirarlo inexpresiva.

—Tu madre y tu hermana están en aposentos similares a éste —respondió monocorde—. Tu padre, por otra parte, está encerrado en una celda de los niveles inferiores.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque lo merece. Vístete, Trunks.

Y cerró la puerta que comunicaba ambas recámaras detrás de sí. Al encontrarse solo, escenas inconexas comenzaron a tomar forma en su mente, mientras se vestía. Recordó el destello de la espada y la angustia que había sentido al ver a la mujer que amaba atravesada por su propia arma. Remembró también ese ki increíblemente poderoso que había emanado de Kendra, y cómo ella había arrojado una esfera de energía a Kaleb. La alienígena podía crear ataques con energía, igual que ellos, ¿cómo era posible? La última escena que cayó en su lugar fue la visión de su papá luchando con la extraterrestre y cómo ésta le había propinado tal golpe que lo había dejado inconsciente en el acto.

"Siempre estuviste en lo correcto", había dicho.

Y su cínica sonrisa... ¿cómo era posible que no hubiera recordado eso de inmediato?

—Trunks.

El muchacho pegó un involuntario salto de sorpresa, y miró a Kendra con recelo, dando un paso atrás. La mujer se había enfundado en ropas azul oscuro que cubrían cada milímetro de su cuerpo y una armadura negra con motivos dorados embestía su parte superior. Se trataba de un accesorio muy similar al que su padre había usado en un momento de su vida. Lo que parecía la parte inferior de una túnica blanca brotaba de la cintura de la coraza oscura, casi envolviendo sus piernas como un manto. Botas blancas con punta dorada y guantes a juego complementaban su atuendo, y una larga capa roja pendía de sus hombros, sujeta sobre uno de ellos por un broche de oro, cuya peculiar forma atrajo su atención. Tres flechas brotaban de un mismo punto, siguiendo diferentes direcciones a los costados y hacia arriba, posicionadas sobre dos pequeños rectángulos uno sobre otro, y debajo de todo, un medio círculo, con puntas en los extremos. Se veía regia, y ésa era la palabra correcta.

—¿Conoces este símbolo? —inquirió Kendra al notar su atenta mirada.

El chico frunció el ceño, intentando recordar… Le parecía familiar, pero no sabía por qué.

—No —concluyó al fin.

—No me sorprende —dijo la alienígena con una disimulada sonrisa en los labios. Sujetando su mano, entrelazó sus dedos con los de él—. Acompáñame, Trunks.

El semisaiyajin se dejó guiar, aunque una insistente voz en su cabeza le gritaba a todo pulmón que algo no andaba bien. Caminaron por amplios corredores iluminados que en nada se parecían a los sombríos pasillos del Gegenteil. El camino los llevó a una gran estancia, en la que una mesa rectangular había sido dispuesta con un fastuoso banquete. Un delicioso aroma emanaba del conjunto de manjares.

—¡Trunks! —Dos voces femeninas sonaron al unísono y de inmediato se vio atrapado por los brazos de su madre y su hermana, que se aferraron a él con fuerza.

—¡Mamá! ¡Bra! ¿Están bien?

—Sí —contestó la menor—, ¿por qué no habríamos de estarlo?

—¿Tú estás bien? —cuestionó Bulma observándolo de pies a cabeza.

—Sí, yo… ¿qué hacen aquí? ¿Por qué están vestidas así?

Habían sido vestidas con bellos atuendos largos de tela ligera y caída vaporosa, que se adhería a sus cuerpos y les confería cierto aire de princesas. Brazaletes y demás accesorios de oro en sus brazos, en sus cuellos y sus oídos complementaban la visión.

—El equipo de Kendra nos trajo —explicó la científica.

—Dijeron que, por nuestra seguridad, era conveniente que aguardáramos aquí —complementó la semisaiyajin.

—Así es —concordó la alienígena, quien se había apartado un poco para no estorbar en su reencuentro—; y ahora son mis invitadas. Espero poder pagar de alguna manera todo lo que hicieron por mí. La ropa es el principio, y es adecuada, ¿no crees que se ven hermosas?

El muchacho asintió pero continuaba receloso; ellas no tenían idea de lo que había sucedido.

—Son de la realeza —aseguró la extraterrestre—, y serán tratados como tal. Este banquete es lo que sigue.

—¿Y qué hay de la pelea? —preguntó Bra sin entender su apacibilidad.

—Ésa viene después —contestó, ocupando el lugar a la cabecera de la mesa—. Siéntense, por favor.

Así lo hicieron —Trunks a su diestra— pero no dieron inicio a la cena. Era claro que alguien faltaba.

—¿Dónde está tu padre? —preguntó Bulma frunciendo el ceño.

—Él está… —¿Qué iba a responder? ¿En una celda? No tenía ni la más remota idea del porqué su papá se hallaba en confinamiento.

—Vegeta es mi prisionero —informó Kendra sin variar su tono de voz, como si no fuera la gran cosa, y cubrió su regazo con una servilleta, dispuesta a dar inicio a la ingesta.

—¡¿Qué?! —Ambas mujeres se pusieron en pie, anonadadas.

—Es una larga historia —aseveró la extraterrestre— y les sugiero comer antes de llegar a ella.

—¿Qué está pasando, Trunks? —inquirió la madre atónita—. ¿Qué es todo esto?

—No lo sé, Kendra no me lo dijo —confesó apenado—. ¿Por qué no nos dices de una vez por todas por qué estamos aquí? —añadió, dirigiéndose a la mujer de ojos verdes, ofuscado.

—De acuerdo —concedió la alienígena luego de unos instantes de silencio—. Había pensado que podríamos comer antes de la horrible verdad, pero si tanto quieren saber… —Dejando el pequeño cuadro de tela que había colocado sobre sus rodillas en su plato vacío, llevó la parte interior de su canilla izquierda a sus labios y dijo—: Tráiganlo.

Luego de ese comando, el mutismo imperó en la estancia y la atmósfera se tensó. La expresión seria que se había dibujado en el rostro de Kendra no ayudaba a aligerar el ambiente. Múltiples pasos se fueron acercando, hasta que irrumpieron en la estancia. Ante la mirada azorada de la familia Briefs, Vegeta apareció escoltado por un par de esbirros. Estaba completamente envuelto por una barrera violeta que brotaba de dos gruesas esposas que sujetaban sus manos y que parecían impedirle hacer cualquier movimiento. Sus ojos iracundos se posaron en ella, que se había puesto en pie.

—¡¿Qué significa esto?! —cuestionó, impregnando cada sílaba con una rabia inconmensurable.

—Apáguenlo —ordenó la mujer sin atisbo de duda en la voz.

Uno de los uniformados presionó un botón en un control que tenía en la mano, y en el acto, la barrera desapareció. El príncipe se liberó de los grilletes —que fueron reducidos a chatarra— y se lanzó contra la indeseable invasora que amenazaba a su familia. La joven levantó su mano derecha con sus dedos medio, índice y pulgar extendidos y el saiyajin se detuvo en seco. No le fue posible dar un paso más.

—Tu familia quiere la horrible verdad ahora —indicó bajando lentamente su mano y con la misma parsimonia el hombre cayó de rodillas frente a ella—. Complazcámosles, ¿te parece? —Y mirando a sus subordinados, agregó—: Váyanse.

Así lo hicieron.

—¿Qué quieres? —preguntó el saiyajin furioso.

—Siéntate, Vegeta. Tenemos mucho de qué hablar.

El hombre no se movió, sino que se dedicó a observarla escrutadoramente. Fue hasta entonces que notó el atuendo que la extraterrestre estaba portando, y sus ojos se abrieron desmedidamente, a consecuencia de la sorpresa.

—¿Por qué… —Comenzó a hablar pero calló de inmediato. Con movimientos aletargados se puso en pie, sin apartar la vista de la mujer frente a él—. No es posible —agregó con incredulidad—. La mujer de cabello rojo…

La muchacha sonrió ampliamente.

—Te tomó mucho tiempo descubrirlo —aseveró con sorna—. Y pensar que si te hubieras dado cuenta antes, no me habrías dado la oportunidad de llegar tan lejos. —Sus ojos verdes pasaron de los ojos oscuros del príncipe a los azules de Trunks.

El saiyajin notó ese intercambio de miradas y la asió por el brazo con violencia.

—¿Qué hiciste? —inquirió amenazadoramente.

—Todo lo que fue posible —respondió con descaro.

Ante semejante contestación, Vegeta intentó asestar un golpe de lleno en el rostro de la chica, pero fue inmediatamente bloqueado y arrojado a través de la estancia, impactando con fuerza en uno de los muros. Cayó pesadamente sobre sus rodillas, pero logró plantar ambas manos en el suelo, deteniendo así la trayectoria de su caída.

—¡Vegeta!

—¡Papá!

Las exclamaciones escandalizadas de su esposa e hijos no se hicieron esperar. Ambas mujeres corrieron a auxiliar al hombre caído, mientras que el joven de cabellos lavandas se adelantó para posicionarse entre su familia y la mujer que amaba.

—¿Qué es todo esto, Kendra? —le cuestionó desesperado.

—Es Vegeta quien dará las explicaciones —indicó la alienígena sin dudar—. Adelante, tu familia se muere por escucharte.

El príncipe, que se encontraba a medio levantar y con una rodilla todavía hincada en el suelo, gritó fuera de sí:

—¡Ella no era nadie! ¡Era escoria ialuita!

—Ella… —repitió la extraterrestre pensativa—. Ni siquiera supiste su nombre. Y tu información es imprecisa: ella no era ialuita, era tan saiyajin como tú.

Una expresión de incredulidad se dibujó en su severo rostro.

—Mentira —dijo por lo bajo.

La chica sonrió ladeadamente.

—Es la verdad —determinó—, pero si te sirve como consuelo, ella no lo sabía. De hecho, yo lo descubrí por casualidad cuando comencé a cazar a los hombres restantes de Freezer para hacerme con sus naves y hurgué en sus registros. La historia completa de la saiyajin "anormal" estaba ahí, documentada a detalle. Realmente estaba obsesionado.

—¡Ella no tenía cola!

—Al igual que tú ahora; pero ¿adivina quién sí tiene?

Y echando su capa a un lado, reveló una cola de mono que había mantenido oculta, y que salía de su parte posterior. Ante la mirada atónita de todos, la enredó en su cintura, y habló:

—Ella era el siguiente peldaño en la evolución, y era una saiyajin pura, al igual que tú y que yo.

—No. —Vegeta no era capaz de salir de su asombro; aquello no podía estar pasando.

Ninguno de los presentes se atrevió a hablar. ¿Qué clase de broma era esa? Miradas de absoluto desconcierto se posaron en ella, absortas… perdidas. Las puertas de la estancia se abrieron y guardias uniformados entraron presurosos.

—¿Se encuentra bien, mi señora Angrboða? —preguntó uno de ellos, tras una rápida evaluación de la situación.

—Todo está bajo mi control —informó la mujer sin siquiera posar su mirada esmeralda en los soldados—. No vuelvan a interrumpir —agregó con frialdad.

Los subordinados hicieron una profunda reverencia y abandonaron la estancia en esa posición de sumisión y sin darle la espalda a la alienígena.

—¿Angrboða? —repitió Trunks sin aliento.

—Así es —admitió sin rodeos—: Angrboða. Ahora, ¿se sentarán a comer por voluntad propia o debo obligarlos?

Ninguno reaccionó.

—Cómo quieran —concedió, y con un movimiento envolvente de sus brazos giró las palmas de sus manos hacia arriba.

Las cuatro personas que se encontraban con ella en la estancia se pusieron sumamente rígidas.

—¿Pero qué…

Sus extremidades comenzaron a revolverse conducidas por una voluntad que no era la propia. Habían perdido su autonomía sobre sus cuerpos, dirigidos por un siniestro titiritero.

—¿Cómo estás haciendo esto? —demandó saber Vegeta antes de ser obligado a sentarse en el extremo de la mesa rectangular.

Uno a uno, el resto de los integrantes de su familia fue dispuesto ante el banquete en contra de sus deseos.

—Yo también soy el siguiente peldaño en la evolución, al igual que lo era ella —precisó, sentándose a la cabecera de la mesa—. Verán, soy capaz de imponer mi voluntad a cualquier cuerpo, y manipularlo como me plazca.

Cuando todos estuvieron sentados, recuperaron cierta movilidad en sus brazos, pero no podían levantarse y no podían atacar.

—La comida frente a ustedes no está envenenada —informó con tranquilidad—; pueden comer sin reservas; yo podría obligarlos, pero no lo haré. Considérenlo un acto de buena fe.

—¿Y se supone que debemos confiar en ti? —cuestionó Bra iracunda.

La mujer sonrió:

—Somos familia, no voy a hacerles nada.

—¡Tú no estás relacionada con nosotros! —exclamó Vegeta fuera de sí.

La muchacha de ojos verdes levantó su mano y la lengua del príncipe se unió a su paladar, haciéndole imposible el continuar hablando.

—Ya basta de mentiras, Vegeta; di la verdad.

El aludido fue libre de expresarse, pero no lo hizo. Trunks miraba alternativamente a su padre y a la capitana. La alienígena se encontraba sumamente calmada, mientras que en los ojos de su progenitor había odio y… ¿pánico?

—De acuerdo —dijo la extraterrestre de pronto—, hablaré yo, pero tú deberás llenar los huecos en mi historia, yo no lo sé todo. —Y acomodándose en su silla, comenzó—: Sé por la convivencia que sostuve con ustedes, que no están enteramente conscientes de su herencia. Saben que Vegeta es alienígena y ustedes son híbridos de dos especies; y saben, porque él se jacta siempre que encuentra ocasión, que es el Príncipe de los Saiyajin. Pues bien, como príncipe de su planeta, él debía cumplir con ciertas obligaciones, le gustase o no. En el planeta Vegeta, como estoy segura que saben, dominaban las clases y éstas no se mezclaban. Así que, en aras de conservar el linaje real lo más puro posible, la unión carnal entre familia era bastante común. Y fue así como una saiyajin aún no nacida terminó comprometida con su amado padre y esposo; siempre pensando, claro, en la mejora de la raza. ¿Cuál era el parentesco, Vegeta? ¿Eran hermanos?

Rabia manaba de los ojos del interpelado y sus manos vueltas puños se sacudían violentamente, anhelando el poder destruirla palmo a palmo.

—Era hija de la hermana del rey —acotó al fin, casi atragantándose de furia contenida.

—Primos, entonces. Pues bien, el día llegó en que dicha criatura nació y se suponía que sería ingresada a una cápsula de crianza, pero resultó anormal. Cabello rojo y no negro brotaba de su cabeza, ojos verdes miraban su entorno atentamente, y no había cola. Nada de eso se había visto en un saiyajin. Las mediciones fueron hechas, y su poder físico era nulo. Era la deshonra para la familia real. ¿Lo recuerdas, Vegeta? Tenías cuatro años, así que todo aquello sin duda se fijó en tu memoria…

—Ella fue expulsada al espacio —acotó, con rotundidad, intentando zanjar el asunto de una vez por todas—. Era una deshonra, es verdad, y la sentenciaron a morir, y tu historia termina ahí.

—¿Qué? —intervino Bulma, con los ojos muy abiertos—. ¡Se trataba de un bebé!

—Yo no hice las reglas —aclaró el príncipe de inmediato.

—Eso es verdad, Bulma —concedió la chica con deferencia—; era el rey quien tomaba esas decisiones. Sin embargo, no debes angustiarte, la historia no termina ahí, como lo implica Vegeta; la criatura sobrevivió al castigo porque tenía la habilidad de controlar su cuerpo y obligarlo a regenerar todas las heridas que le aquejaran. Era algo inconsciente, por supuesto, estamos hablando de una cría, era mero instinto de supervivencia, pero fue suficiente para mantenerse viva hasta irrumpir en un planeta considerablemente alejado de los que la habían condenado a muerte. Se trataba del planeta Ialu. Era un lugar muy bello, de hecho; sus habitantes eran pacíficos y un tanto crédulos, pues cuando vieron caer un bebé del cielo, sin protección alguna y envuelta en llamas, lo interpretaron como una señal divina. Y les gustará saber que ésta es la parte alegre de la historia —declaró con una amplia sonrisa— pues esa criatura desterrada y condenada a muerte no sólo fue acogida por los ialuitas, sino que fue tratada como una diosa; y es que conforme crecía, empezó a sanar cuerpos enfermos y a salvar vidas que de otra manera habrían estado truncadas. La llamaron Kendra, que significa "gran poder"; lo que me parece poético puesto que los saiyajin la despreciaron por su nula fuerza física. Cuando decidí denominarme así ante ustedes pensé que podría ser un arma de doble filo; que si tú lo recordabas, Vegeta, entonces mi juego terminaría antes de poder siquiera comenzar, pero tú no conocías su nombre. No podía creer mi suerte… ¡piensa que todo esto te lo podrías haber ahorrado! Pero ese detalle no era importante, ¿no es cierto? Lo importante era tomar lo que te apetecía.

—¿De qué estás hablando? —inquirió Bra sin comprender.

—¡Cállate! —gritó el saiyajin puro a su captora, visiblemente alterado.

—La felicidad es efímera, Bra —aseveró la mujer de ojos verdes, ignorando el tono amenazante que había empleado el príncipe—. En tu mundo podrá parecer que todo lo bueno es para siempre, o eso te han hecho creer, pero no es así realmente. Cuando Kendra contaba con 21 años de existencia, se vio obligada a vivir la conquista del planeta que toda su vida había llamado hogar, a manos de los mercenarios al servicio de Freezer, y ¿puedes adivinar quién encabezaba las tropas invasoras?

Trunks bajó la mirada. La respuesta era obvia, ¿por qué otra razón, si no, la habría tomado en contra de ellos?

—Fue la misma Kendra quien se ofreció como tributo —continuó con su historia—; pensaba que si brindaba sus habilidades a los conquistadores, éstos dejarían de destruir todo lo que amaba. Y funcionó por un tiempo, ya que la usaron como su curandera particular, hasta que tú decidiste tomarla para tus necesidades personales, ¿cierto, Vegeta? Ésta es tu parte de la historia, ¿por qué no nos cuentas qué te llevó a desear tenerla?

El aludido guardó silencio. Nada lo haría hablar sobre eso frente a su familia. Además, había sucedido hacía tanto tiempo… ¿cuál era el sentido de remembrar todo aquello? Pero para la ahora anfitriona, ese acontecimiento era de vital importancia.

—Bien, si no piensas hablar, continuaré yo —declaró con resolución.

—No —negó el príncipe con rotundidad—. No vas a torcer lo que pasó; ella estuvo dispuesta, yo no la obligué a nada.

El rostro de la joven se contrajo brevemente ante la sorpresa, pero no duró más que un segundo, aunque resultó perfectamente visible para el muchacho de ojos azules.

—¿En serio? —cuestionó monocorde—. Entonces era más idiota de lo que deja ver esta historia —agregó, y había cierta molestia en su voz. Fijó sus ojos verdes en los oscuros del saiyajin puro, escudriñándolo. El hombre no bajó la mirada—. Kendra resultó preñada —continuó al fin—, y para cuando lo supo ustedes ya habían establecido la colonia y se habían marchado del planeta. Según me dijeron (y no se cansaban de recordarme siempre que tenían oportunidad), sostuvo la gestación porque el producto se rehusaba a abandonarla, sin importar cuántos intentos de interrupción llevó a cabo. Y día con día, le robaba su vitalidad y su poder, hasta que al final, la cría salió de lo que era prácticamente un muerto viviente, y tomó su último aliento para existir.

Las expresiones tanto de la madre como de los hijos eran de consternación y horror. El padre la miraba con cautela, sabiendo la conclusión de ese cuento, pero deseando no escucharlo.

—Ese bebé era yo —dijo, con una sonrisa ladeada en los labios—; y a decir verdad, no sé si me imbuí en el poder de mi madre a propósito, alimentándome de su vida… fue la supervivencia del más fuerte, supongo. De cualquier manera, no habría podido sobrevivir a parir a un ser tan poderoso como yo, así que ese desenlace era el natural. Los ialuitas me llamaron Angrboða, que significa "la que trae dolor", y a decir verdad, siempre he creído que el nombre me sienta bien. Ellos, por supuesto, me trataron como mierda por tener cola, y por haberles arrebatado a su preciosa diosa. Todos murieron en mis manos y luego destruí su planeta de porquería.

Guardó silencio un momento, regodeándose en ese hecho, y Bulma aprovechó la pausa para preguntar, atónita:

—¿Eres… eres hija de Vegeta?

—Sí —confirmó sin asomo de duda—, y soy la legítima heredera al trono, el cual obtendré cuando lo haya derrotado en mi Ritual de Ascensión.

Trunks sintió vértigo. Aquello no podía ser cierto. Hacía menos de una hora que ellos dos habían… Supo que había palidecido, pues percibió cómo la sangre abandonaba su rostro. Un vacío en el estómago que no estaba relacionado con el hambre lo mareaba. Sintió náuseas.

—¿Para qué quieres el Ritual de Ascensión? —inquirió el saiyajin puro—. No hay reino qué gobernar.

—En eso te equivocas —contradijo con calma—, yo tengo todo el universo qué reinar.

—¿Qué es el Ritual de Ascensión? —preguntó Bra mirando alternativamente a su padre y a su recién descubierta hermana.

La alienígena rio.

—No pensé que fueras tan negligente —expresó socarronamente—. ¿No les explicaste nada de tu cultura? —Acto seguido, se volvió a la semisaiyajin y aclaró—: El título no se hereda del todo, Bra, se pelea por él; los aspirantes a la corona (en caso de haber más de un príncipe) deben pelear entre ellos, y el triunfador, enfrentará al rey en un combate para asesinar o ser asesinado. ¿Acaso nunca se preguntaron por qué su padre no dejó de ser príncipe aun cuando ya había muerto el rey? Porque no fue él quien lo mató, sino Freezer, quitándole toda posibilidad de un reino, ¿no es así? —le cuestionó a Vegeta con insolencia—. Si todo fuera tan simple como ascender al trono una vez muerto el rey, no se probaría quién es el más fuerte.

—Si eso era lo que querías, no era necesaria toda esta farsa —declaró Vegeta iracundo.

—¿Y perderme toda esta diversión? —preguntó cínicamente, con una enorme sonrisa—. Además, me interesaba conocer a mis hermanos —agregó, posando sus ojos en Bra y después en Trunks.

La adolescente de cabellos azules le sostuvo la mirada, mientras que su hermano la bajó avergonzado.

—Como dije antes, somos familia —reiteró tranquilamente—, y aunque hacen bien en temerme, siéntanse seguros, pues ustedes no son mi objetivo. Mi problema es directamente con Vegeta. —Y fijando sus ojos escrutadores en el saiyajin puro, continuó sin pestañear—: En cuanto lleguemos a nuestro destino llevaremos a cabo mi Ritual de Ascensión, y más te vale estar preparado, padre. —Poniéndose en pie con ligereza, añadió—: Entiendo que es mucha la información que ahora deben asimilar, y tal vez tengan preguntas para su progenitor, así que los dejaré solos. Este banquete continúa a su disposición (estoy segura de que están hambrientos) y les repito: no está envenenado. —Llevó su canilla izquierda cerca de sus labios y dijo—: Traigan los brazaletes.

Pasos apresurados fueron audibles, y casi de inmediato, dos guardias hicieron acto de presencia, con dos pares de brazaletes idénticos a los que Bulma y Bra ya estaban usando.

—No intenten usar su energía —indicó la alienígena mientras los aditamentos eran dispuestos en ambos antebrazos de padre e hijo—; estos accesorios son los más recientes supresores de poder. Son más cómodos que el modelo anterior, y más efectivos; y sólo yo puedo desactivarlos. Cuando hayan terminado con sus alimentos (si deciden probar bocado), mis hombres los llevarán de vuelta a sus respectivos lugares de descanso. Disfruten la comida.

Y sin más, abandonó la estancia. Más seres uniformados se presentaron cuando la familia se encontró sola, y en silencio, se posicionaron cerca de los muros, vigilando todos sus movimientos. Su captora podía no estar ahí, pero era bastante obvio que continuaba teniendo ojos y oídos en el recinto.

—La derrotaré —determinó Vegeta. Sabía que eventualmente tendría que sostener una larga charla con su esposa e hijos, pero por el momento, lo único que importaba era esa certeza—. Los llevaré de vuelta a nuestro hogar sanos y salvos. Lo juro.