Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripción explícita de coito desenfrenado, léanlo bajo su propio riesgo. Han sido advertidos.
Sólo éste capítulo y uno más para llegar a la conclusión. ¡Finalmente está pasando!
¡Nos leemos en el siguiente capítulo!
AEGO
Capítulo 19.
Trunks
Miraba la puerta cauteloso, sabiendo perfectamente quién estaba del otro lado.
—Entra —ordenó uno de los guardias que lo escoltaba.
Así lo hizo pues no tenía opción. El acceso fue cerrado detrás de él. Se trataba de la habitación contigua a aquella en la que había despertado; los aposentos de ella, estaba seguro. Era una recámara enorme y muy lujosa. Los finos muebles que ahí habían estaban exquisitamente ornamentados; una delicada repisa de cristal resguardaba la espada que había argumentado era representativa del rango que había dicho ostentar, como si se tratara de un trofeo; y al centro de la alcoba se erguía un elegante lecho, amplio e incitante, que invitaba con un dulce aroma a yacer en él. En el extremo opuesto a donde estaba el umbral por el que había entrado, un muro de vidrio le permitía observar el espacio en pleno; las estrellas estaban tan al alcance de la mano que era realmente una maravilla, y el muchacho de ojos azules podría haberse sentido tan fascinado como la primera vez que lo vio en su travesía por las esferas del dragón; sin embargo, esta vez no prestaba atención.
Ella estaba de pie contemplando el exterior y dándole la espalda, con las manos sujetas tras de sí. Se había desperezado del atuendo que había usado para el banquete, y ahora sólo se encontraba cubierta por una bata blanca hecha de un material que bien podría pasar por seda.
—Al fin estás aquí —dijo complacida pero sin volverse para verlo de frente—. ¿Cómo estuvo el banquete con tu familia?
—¿Por qué pediste que me trajeran aquí? —preguntó el chico por toda respuesta.
—Pensé que podríamos compartir mis aposentos —contestó con naturalidad, girándose para mirarlo—, aunque si prefieres conservar tu privacidad…
—¡No quiero estar contigo! —exclamó, levantando la voz.
La alienígena lo observó sin comprender.
—¿Por qué? —cuestionó con sincera curiosidad.
—¡Eres mi hermana! —gritó a voz en cuello, cayendo en la desesperación—. ¿No entiendes lo que hicimos?
—Ésas son nimiedades, Trunks —dijo, y avanzó hacia él con paso lento—. Nada más que detalles inútiles. Además, esto se acostumbra en nuestra familia.
—Nuestra familia —repitió, y una mueca de dolor se dibujó en su rostro—. Si yo hubiera sabido…
—Nada habría cambiado —aseguró la mujer, interrumpiéndolo—. No te he obligado a nada. —Se había detenido justo frente a él, y tendiéndole su mano derecha, dijo—: Ven a la cama.
—No —se negó, dando un paso hacia atrás. Su espalda chocó contra la puerta que lo había conducido allí.
—¿Necesitas que te convenza? —inquirió sensualmente con una media sonrisa dibujada en los labios.
Y desanudando la cinta de la prenda que la cubría, la dejó deslizarse por sus hombros hasta sus pies descalzos. Estaba completamente desnuda. El semisaiyajin hizo todo lo posible por no verla, pero le resultó imposible no sentir su cuerpo cuando la extraterrestre lo juntó al suyo, eliminando todo espacio entre ellos. Más aún, no pudo ignorar que su recién expuesta cola lo rodeaba, uniéndolo más a ella. Una intrépida mano se colocó sobre su virilidad dormida, palpándolo sin reservas.
—¿Por qué me torturas de esta manera? —cuestionó lastimosamente.
—No es mi intención torturarte —aseguró la joven con cierto aire de inocencia—, quiero que disfrutes. —Y levantándose sobre las puntas de sus pies, aspiró profundamente el aroma que emanaba de su cuello—. Me fascina tu olor.
El muchacho cerró los ojos comenzando a sentir placer. Contra su voluntad, su centro se había endurecido ante la estimulación constante por encima de la ropa. La mujer besaba su cuello exactamente en la zona donde lo había marcado, mientras hábilmente abría su bragueta, y buscándole, liberaba su miembro enhiesto de su encierro. Acto seguido, cerró su mano en torno a él, y comenzó a moverlo lenta y sinuosamente. El chico gimió.
—Sé qué puede gustarte —aseveró la muchacha en su oído.
Y sin mediar una palabra más, se arrodilló frente a él. Trunks no entendía qué estaba haciendo, hasta que sintió su cálido aliento directamente sobre su virilidad hinchada.
—¿Qué haces? —preguntó, incrédulo.
Por toda respuesta, la joven de ojos verdes introdujo la prominente cabeza del falo en su boca, y comenzó a lamer como si de un dulce se tratase, arrancando jadeos de sus labios. Aparentemente animada por esa reacción, una gran parte del órgano masculino desapareció dentro de su boca. Aquello era tan delicioso, que la cordura de Trunks comenzó a desaparecer, mientras el deleite lo desbordaba lentamente. Sin meditarlo siquiera, se olvidó de quién era la boca que lo probaba palmo a palmo.
Sentía su miembro dolorosamente grande, como nunca lo había sentido antes; y la diestra lengua de la muchacha sólo acrecentaba su erección. Era como si lo saborease; cada recoveco, cada milímetro de superficie. Era una experta, y lo estaba llevando a la gloria con esa felación. Perdió ambas manos en el cabello oscuro de la alienígena, instándola a profundizar aún más. Una recóndita voz en su cabeza se preguntó cómo era posible que no hubiera hecho eso antes. Sin proponérselo, comenzó a mover su pelvis hacia ella, intentando que todo su órgano, o al menos la mayor parte, entrara en su boca. La reacción de la extraterrestre fue sujetarlo por sus glúteos y así ayudarle a empujar. Sonoros e incesantes gemidos llenaron el ambiente. Sabía que no iba a resistir más, así que la liberó de su agarre y fue su intención apartarse, pero ella no se lo permitió, y aferrándolo con más fuerza, aumentó el ritmo de sus vaivenes, hasta que consiguió que el semisaiyajin descargara toda su semilla directamente en su garganta, entre jadeos y suspiros de placer. La mujer no dejó escapar ni una gota de simiente, y luego de tragar, procedió a limpiar el ahora lánguido falo con su propia lengua. Cuando hubo terminado, se puso en pie, y fue prontamente aprisionada por los brazos de Trunks, quien la asió con fuerza y la besó desesperado. Su lengua estaba salada, pero no le importó.
—¿Por qué hiciste eso, Kendra? —inquirió, separándose un momento para tomar aire, y la realidad cayó sobre él otra vez—. Ni siquiera sé si debo continuar llamándote "Kendra".
—Puedes seguir llamándome así, si eso te complace. —Y tras besarlo brevemente, añadió—: Me gusta cómo suena cuando lo dices. ¿Vamos a la cama?
Y una vez más le tendió su mano derecha. El chico la tomó y se dejó guiar sin oponer resistencia.
—¿Por qué yo? —preguntó cuando lo hizo sentarse en el lecho.
—¿Eso es lo que te atormenta? —cuestionó tranquilamente, mientras le retiraba los brazaletes de ambos brazos, y luego se acuclillaba para desperezarlo de sus botas de combate—. Tú no eras mi objetivo primordial, Trunks, si eso te hace sentir mejor. Mi objetivo era Vegeta.
—¿Qué significa eso? —interrogó temiendo lo peor.
El calzado yacía descartado en el suelo, y la mujer, habiendo terminado con su tarea, se sentó a horcajadas sobre su regazo, posando ambos brazos alrededor de su cuello. El semisaiyajin la asió por la cintura sin siquiera darse cuenta de lo que hacía.
—Mi plan original era hacer que tu padre se obsesionara conmigo —explicó, aproximando su rostro al de él, haciendo que sus labios se rozaran pero sin tocarse del todo, permitiéndole embeberse en su aliento—. Para destruirlo por completo, debía poseerlo en su totalidad; quería que todo pensamiento, todo deseo y toda necesidad fueran míos; para que cuando supiera la verdad, su mente colapsara al darse cuenta de que no le quedaba nada. Sólo así yo podría estar absolutamente satisfecha con mi venganza. Pero tu padre —continuó, haciendo especial énfasis en la última palabra— decidió tomar como compañera a tu madre. No sólo con fines reproductivos, su compañera en toda la extensión de la palabra. No es algo usual; el saiyajin no es tan emocional, pero a veces pasa, y yo no hubiera podido interponerme, sin importar cuánto hubiera intentado llamar su atención, Vegeta simplemente no me habría visto.
Tomando el borde de su camiseta, la muchacha tiró hacia arriba, desnudándolo de la parte superior. Su inquieta cola acarició su espalda desnuda, provocándole un escalofrío.
—Pero estabas tú —dijo, tomándolo por el mentón para obligarlo a verla a los ojos—. He fornicado con muchos seres, masculinos, femeninos e intermedios, incluso no humanoides; especies tan diversas y anatomías tan variadas que tal vez no puedas imaginarte, pero nunca un saiyajin (por obvias razones) y ansiaba hacerlo, y tú, Trunks, fuiste todo un descubrimiento. —Y lo besó salvajemente.
Una punzada de dolor apareció en su pecho. Sabía que no había sido el primero, pero enterarse de que había habido muchos antes que él lo afligía por alguna razón; había pensado que sólo había existido Kaleb. Frustrado, se reprendió a sí mismo por importarle aquello.
—Confieso que no creía que estarías a la altura de mis expectativas —continuó la alienígena, tumbándolo en el lecho, y desabotonando su pantalón para librarlo de él—; eres demasiado terrícola: tu forma de afrontar los problemas, tu exceso de sentimientos, tu percepción de lo que te rodea. Sin mencionar tu cabello y tus ojos. Mis ojos también son diferentes pero lo demás es saiyajin. En cambio tú, todo, terrícola. A veces me recordabas tanto a los ialuitas que asesiné…
Descartando su prenda íntima, tomó con firmeza su miembro y empezó a estimularlo, provocando que comenzara a endurecerse poco a poco. El semisaiyajin cubrió sus ojos con una mano, totalmente apesadumbrado. Sabía lo que sucedería después, y lo atormentaba no poder —o querer— evitarlo.
—Y entonces, esa noche en la playa… —Se interrumpió a sí misma, rememorando dicho acontecimiento mientras una amplia sonrisa se dibujaba en sus labios—. Ha sido lo mejor que he probado en toda mi vida; puedes sentirte orgulloso de eso.
Su virilidad ya se encontraba completamente enhiesta, y muy a su pesar, se sentía ansioso por perderse en el interior de la joven.
—Móntame. —Se escuchó decir, y no había sonado como una petición, sino como una orden.
La extraterrestre obedeció, y la tan ansiada unión los hizo gemir al unísono. Apoyando ambas manos en su firme abdomen, empezó con un frenético movimiento de caderas que los llevó a la locura. Hasta ese momento Trunks se había encargado de controlar siempre la velocidad de las penetraciones ya que su condición de semisaiyajin demandaba cierto nivel de fricción para llegar a la cúspide, pero ahora sabía que la muchacha de ojos verdes era perfectamente capaz de sostener el ritmo necesario por cuenta propia —era lógico, era una saiyajin pura—, así que no se sorprendió cuando se sintió cerca del clímax. Sin siquiera meditar en ello, llevó una de sus manos a su sexo y estimuló con cierta rudeza su hinchado clítoris, lo que ocasionó que la chica tuviera un gran orgasmo que la obligó a yacer sobre él, respirando entrecortadamente y temblando de pies a cabeza.
Erradicada toda consciencia, se la quitó de encima y la tumbó bocabajo sobre la cama, abrió ligeramente sus piernas y la tomó desde atrás, aprisionándola contra el lecho con su propio cuerpo. La mujer jadeó sin control.
—No tenías cola —le recriminó directamente en su oído, sin detener sus envites—, explica eso.
—La arranqué —aclaró entre suspiros.
—¿Y la hiciste crecer otra vez?
Él nunca había tenido cola. Se arrodilló en la cama para poder ver dicho apéndice, pero no le permitió levantarse, pues había sujetado sus manos por detrás de su espalda, obligándola a permanecer tendida. Sin dejar de embestirla y con la mano que tenía libre, sujetó su cola y tiró de ella. No pretendía arrancarla, pero un instinto en su interior le sugería que eso incrementaría el placer de la saiyajin. La inmediata presión espasmódica que envolvió a su miembro le hizo saber que había estado en lo correcto. La muchacha gritaba enajenada, y no deseando prolongar su propio clímax por más tiempo, empujó profundamente en su interior y se vació dentro de ella, emitiendo un gutural gemido de macho victorioso que no pudo contener. El placer exacerbado nublaba su vista. Exhausto, se tumbó bocarriba a su lado, intentando tornar su respiración a la normalidad.
—La cola deja de crecer de forma natural en la adultez —explicó la chica, quien también trataba de recuperar el aliento—; si se pierde en esa etapa, no regresa.
—Pero tú lo puedes controlar, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Puedes hacer que yo tenga una? —Había externado la idea antes de cavilar en ella. Lo cierto era que no la necesitaba, pero siempre había sentido que había fallado al nacer sin una.
—Nunca me has dicho cómo la perdiste —dijo la joven meditabunda.
—Nunca tuve una —admitió, con la mirada fija en el techo de la estancia.
La extraterrestre se apoyó sobre sus codos para levantar su parte superior y poder ver su rostro en su totalidad.
—Si tu cuerpo en ningún momento produjo un apéndice como éste, no puedo hacer nada —aseveró pausadamente—, no puedo obligarlo a que forme algo que no está ahí. Regenerar la cola es sanar una herida. Tú no tienes dicha herida.
Eso era lo que el muchacho había temido. No dijo nada más, pero la alienígena entendió que aquel asunto lo atribulaba, pues agregó:
—No necesitas una cola, Trunks; eres perfecto así.
—Hace unos instantes dijiste que era demasiado terrícola —recordó con resentimiento.
—Lo dije —concedió, y posando su mano sobre la mejilla del chico, hizo girar su rostro para que la mirara de frente—; ésa fue mi primera impresión. Pero confieso también que, al igual que tu padre, tengo gustos exóticos. Me agrada tu apariencia, eres diferente de los demás. Y en cuanto a las fallas de carácter… no es nada que no pueda arreglarse. —Y entonces lo besó con… ¿dulzura?
—Hablas como si fuera de tu propiedad —expresó el semisaiyajin cuando el contacto de sus labios finalizó.
—Lo eres. Eres mío, ¿recuerdas?
—¿Y tú eres mía?
—Sí, Trunks —contestó muy seria—. Soy tuya.
—Entonces no pelees con mi padre —pidió al tiempo que se sentaba en la cama y la atraía hacia sí para abrazarla con desesperación—; por favor, Kendra, te lo suplico.
—Mi pelea con Vegeta es inamovible —indicó, pero correspondió al agarre del joven—; es mi Ritual de Ascensión.
—Por favor, Kendra, por mí.
—No.
—¿No me amas? —cuestionó, aferrándola con fuerza.
—¿Intentas chantajearme?
—¿Me amas o no?
—No creo ser capaz de amar, Trunks —respondió sin alterarse—; pero sin duda eres preciado para mí. Sin embargo, he esperado este momento prácticamente toda mi vida, no voy a renunciar a él.
—Entonces te lo impediré —aseveró separándose de ella pero sujetándola con firmeza de uno de sus codos.
—¿Ah, sí? ¿Y qué harás?
—Dijiste que en caso de haber más de un príncipe, deben pelear entre ellos hasta que uno resulte victorioso —le recordó angostando la mirada—. Pues bien, yo también combatiré.
—No pelearás contra mí —sentenció tajantemente, y con la mano contraria, sujetó su brazo y lo obligó a soltarla—; no lo necesitas. Una vez que haya eliminado a tu padre, podrás gobernar a mi lado todo lo que he conquistado.
—No me interesa —espetó, poniéndose en pie—, sólo me importa mi familia.
—¡Yo soy tu familia!
—¡Y aun así quieres destruir a los míos!
—¡Solamente a Vegeta!
—¡ES MI PADRE!
—¡Y EL MÍO!
La discusión había ido subiendo de tono hasta que habían comenzado a gritar airados. Se miraban directo a los ojos sin parpadear, en un duelo silencioso cuyo resultado sería la supremacía de uno sobre el otro.
—Pelearé contra ti —concluyó el semisaiyajin, todavía sin parpadear, haciendo gala de una determinación férrea.
Una súbita explosión de ki manó de la mujer y Trunks pudo verla por primera vez convertida en la fase dos del Súper Saiyajin. Una expresión contrariada contorsionaba su rostro. Era bastante evidente que las cosas no estaban saliendo como ella había planeado.
—Puedes hacer todas las rabietas que quieras —dijo el chico, transformándose también—, no cambiarás mi decisión.
—Bien —habló absolutamente frustrada, y tras levantarse, acercó su cuerpo desnudo al del joven y de nuevo empezó a manipular su virilidad—. No hemos terminado —le informó demandante—. No hay descanso todavía, Trunks. He esperado mucho por ti.
Y arrodillándose frente a él una vez más, volvió a tomar su miembro entre sus labios. Su razón se obnubiló inmediatamente, y sujetando la cabeza de la mujer para marcar el ritmo con el que deseaba que hiciera la felación, saboreó el placer que le brindaba la hija de su padre.
. . .
No supo cuánto tiempo estuvieron entregados a su vigorosa actividad; pudo haber sido una hora, pudieron haber sido diez; no lo sabía. Simplemente todo había terminado cuando en un determinado momento, la alienígena no había conseguido levantarlo una vez más.
"'—Estás agotado. —Había dicho comprensiva—. A la luz de lo que has declarado que piensas hacer, descansarás en una de las celdas inferiores, en donde te daré la oportunidad de reflexionar sobre tu proceder. Cuando cambies de parecer, te recibiré de vuelta. Si persistes en tu afán, te destruiré, y lo lamentaré profundamente.'"
Después le había colocado de nuevo los brazaletes que lo controlaban y había pedido que lo llevaran a la mencionada celda, donde había permanecido sentado en un rincón, silencioso y reflexivo. ¿Qué era lo que había hecho? Una vez más se había dejado seducir por la extraterrestre de ojos verdes, con la clara diferencia de que esta vez sabía quién era; y aún así la había tomado sin descanso, y le había permitido hacer todo lo que había querido con él, hasta que su extenuado cuerpo no había podido soportarlo más. Tomó su cabeza con ambas manos, y cerró sus ojos con fuerza. Lo había disfrutado, y eso era lo que más lo perturbaba; el haberla deseado todas y cada una de las veces que entraba violentamente en ella; el querer su aliento nuevamente sobre su miembro erecto; el ansiar la calidez de su interior y esa estrechez que lo llevaba a la locura. Había perdido la razón, era su hermana, no podía desearla.
—Es mejor que no le des tantas vueltas —aconsejó una voz proveniente de la celda frente a la suya—. Te volverás loco. Eso es lo que ella quiere.
El chico levantó sus ojos azules para observar detenidamente al hombre cautivo frente a él. No se sorprendió de no haberse percatado de su presencia, no era particularmente fuerte. Con parsimonia, el alienígena de cabellos plateados se aproximó a la barrera que lo mantenía prisionero. Pese a la distancia, Kaleb notó que un tremendo cansancio se había asentado en los ojos del semisaiyajin.
—Creo que ya he enloquecido —le dijo sonriéndole con desgana.
—Eso no es cierto —lo contradijo luego de meditar un momento—, sólo te tiene confundido, obsesionado, pero nada más.
Ambos guardaron silencio, meditando sobre aquella sentencia.
—Pensé que tú habías…
—Ella me curó —lo interrumpió prontamente—, pero me está castigando manteniéndome aquí.
—¿Castigando? —repitió sin comprender.
—Por haber montado la farsa de mi muerte, y por haberla delatado ante ustedes.
—¿Tú sabías lo que ella pretendía hacer? —interrogó el semisaiyajin acusadoramente.
El extraterrestre de mirar turquesa inspiró profundamente, antes de contestar:
—Lo sabía, sí.
—Y aún sabiéndolo, ¿se lo permitiste? —preguntó airado, poniéndose en pie para plantarse ante la barrera azul y el pasillo que los separaban—. ¡Tú pudiste haber impedido que todo esto pasara! ¡Pudiste haber evitado que ella llegara a nuestras vidas para destruirlas!
—Me contó una historia muy convincente —explicó sin perder la calma—. Y si te sirve de consuelo, yo no sabía que ustedes estarían involucrados en su plan; yo creí que sólo buscaría ajustar cuentas con tu padre. Jamás pensé que se involucraría con… contigo.
—¿Una historia convincente? —repitió el muchacho incrédulo—. Cualquier cosa que te hubiera contado habría resultado convincente para ti.
El hombre resintió el comentario, pero no pudo menos que concordar con él.
—Es verdad. Ante tus ojos debo ser un monstruo. —Emitió una amarga carcajada antes de proseguir—: No espero que lo comprendas, Trunks; aún eres muy joven para saber lo que es amar incondicionalmente; amar hasta el punto de que eres capaz de cualquier cosa para que esa persona sea feliz. No sabes lo que es amar ciegamente, sin dudarlo.
Calló repentinamente, como si hubiera hablado de más, pero luego de un momento, continuó:
—La conozco de toda la vida. Siempre estaba sola y nadie se preocupaba por ella; mi gente la despreciaba. Era mi compañera de juegos. —Sonrió nostálgicamente, remembrando—; tenerla conmigo me hacía muy feliz, y mientras crecía en fuerza y poder, yo comenzaba a adorarla. Toda ella era perfecta, y cuando Freezer destruyó el planeta en el que vivíamos, Angrboða se convirtió en todo para mí.
Una imperceptible mueca de sorpresa cruzó por el rostro del muchacho de cabellos lavandas. Ésa no era la versión que Kendra había contado. Kaleb no notó el gesto.
—Fue entonces cuando empecé a amarla —siguió el extraterrestre, absorto en su relato—, o tal vez siempre la amé, y no fue sino hasta ese preciso instante cuando me di cuenta de ello. Quería vengarse de los que nos lo habían quitado todo, y yo estuve de acuerdo. Si hubiera sabido lo que se desencadenaría llegando hasta este punto, la habría persuadido de no hacer nada; de elegir una vida tranquila. Pero yo quería justicia para los míos.
—¿Crees que hubieras podido convencerla? —cuestionó Trunks cáustico.
—Ella no siempre fue así —contestó con sinceridad, obviamente creía en lo que afirmaba—. Probablemente no me creas, pero la maldad y la ambición llegaron después, junto con la amargura.
—Tienes razón —concedió el semisaiyajin—. No te creo.
Kaleb rio por lo bajo.
—De cualquier manera, en lugar de detenerla, decidí apoyarla, ayudarla en todo lo que necesitara. Poco fue el tiempo que tardé en comprender que ella no me necesitaba para nada, tenía todo el poder que pudiera precisar para alcanzar su objetivo. Y cuando pensé que me abandonaría, vino a mí, y fue mía, mía como no ha sido de nadie, eso lo sé, sin pretensión; o tal vez no lo sé y simplemente es algo que repito para acallar el sufrimiento de saberla en los brazos de otros; de saber que con las batallas ganadas vinieron los aliados, y con ellos, compañeros temporales en su cama. Y yo callé, porque sabía que su apetito no era ni en lo más mínimo satisfecho por mí. Es simplemente insaciable, inagotable, siempre demandaba más, y yo no era capaz de complacerla; eso la orilló a yacer con otros, buscando lo que yo no le podía dar. Y tantas veces temí que se deshiciera de mí; pero luego de esas cortas temporadas, volvía, como si nada hubiera pasado; no fingía no haber hecho lo que los dos sabíamos que hacía, ni tampoco pedía perdón por ello. Sencillamente volvía a mí, me seducía nuevamente, y yo caía rendido en sus brazos, añorando su calor y perdiéndome en su interior. Ese ciclo se repitió en innumerables ocasiones; tantas, que yo perdí sensibilidad ante ese hecho, y con el tiempo, me dediqué a esperarla, a que terminara de satisfacer su ansia. Al final, siempre volvería a mí.
El muchacho de cabellos lavandas lo miraba con el rostro inexpresivo. ¿Por qué le contaba todo aquello? Y como si le hubiera leído el pensamiento, el alienígena aseveró:
—Te cuento todo esto, Trunks, para que entiendas que para Angrboða no significas nada. No eres diferente de todos ellos; eres su juguete del día, nada más. Así que no debes dejarte confundir o engañar por lo que ella pueda decirte o hacerte. Cuando todo termina, soy yo el único que queda, y ella lo sabe. No será diferente contigo. No sucumbas ante la locura que quiere sembrar en tu mente. No le regales tu cordura.
—¿Cómo hiciste tú para no regalarle tu cordura? —preguntó el joven, aplicando especial énfasis en la penúltima palabra.
—Yo sí se la di —respondió Kaleb sonriendo, sin embargo, no había nada de alegre en ese gesto—. El tener que compartirla me llevó hasta la locura, y perdí el contacto con mi realidad, hasta que entendí que eso era lo que ella esperaba de mí. Era lo que me pedía para poder estar a su lado. Y yo decidí pagar el precio. No sólo le di mi cordura, le di mi vida, y mi razón de ser. Vivo porque ella respira, me muevo según sea su voluntad, y aun en esta celda le soy devoto, porque sé que ella vendrá al final.
El chico de ojos azules lo miró perplejo, abriendo ligeramente la boca, por la fe ciega que el hombre estaba demostrando. Toda esa confesión había hecho mella en él, pues le había hecho descubrir cosas sobre sí mismo al comparar su caso con el de su interlocutor. Porque si uno de los dos podía jactarse de haber tenido a Kendra completamente, ése era el semisaiyajin, y no el hombre de cabellos plateados.
—Eso será, si tu padre no la mata —declaró Kaleb reflexivamente.
—La amas —dijo el muchacho, y no era una pregunta—; después de todo lo que ha hecho; de todas las vidas que ha destruido, incluyendo tu vida y la mía; tú la amas.
—Como te lo dije antes, sé que ante tus ojos debo ser un monstruo —reiteró, volviendo a sonreír—, pero esa percepción se debe a que aún eres muy joven para comprender lo que significa amar con locura y desenfreno. En estos momentos, todavía no eres capaz de entender que yo la ame.
Pero Trunks lo entendía, porque él también la amaba.
—Hay algo que debes saber —sentenció de pronto. Creyó justo que Kaleb supiera toda la verdad sobre la mujer que idolatraba—: No fue Freezer quien destruyó tu planeta.
—¿Ah, no? ¿Entonces quién?
—Kendra… Angrboða lo dijo cuando habló con toda mi familia —explicó de inmediato—, luego lo repitió cuando estuvimos solos en privado: fue ella, la misma Angrboða eliminó a toda tu gente y borró el planeta del universo.
Un tenso silencio se cernió sobre ellos.
—¿Por qué haces esto? —inquirió el alienígena, pasmado—. ¿Por qué inventas algo así?
—No lo estoy inventando —aclaró con hastío—; es la verdad.
—Angrboða detesta cuando mienten sobre ella —informó, dándole la espalda y volviendo al fondo de su celda, donde se sentó—. Más te vale no repetir esa falacia, si no quieres acrecentar los problemas que tú y tu familia ya tienen.
Frustrado, el chico de cabellos lavandas también se alejó al extremo de su celda y se sentó a reflexionar. Su familia. La pelea entre Kendra y su padre era inevitable, así que pensó en su madre y su hermana, todavía a merced de la extraterrestre. Había asegurado que no les haría nada, pero había una razón por la que las había llevado con ellos: eran la carnada, en caso de que su progenitor se negara a la batalla. Enclaustrado, su padre no podía hacer nada por ellas, así que la tarea de protegerlas recaía directamente sobre él. Sin dudarlo, tomó una decisión.
—¡Quiero verla! —exclamó a voz en cuello, levantándose y aproximándose a la barrera que lo mantenía prisionero—. ¡Está esperándome! ¡Quiero verla!
Estaba seguro de que un guardia estaría vigilándolos, a la espera precisamente de esa demanda. Pasos apresurados se acercaron a su celda.
—Llévame con ella —pidió Trunks con aplomo.
El uniformado —que parecía sumamente asustado— asintió e hizo desaparecer la barrera de luz. Con determinación, el joven de ojos azules abandonó el pequeño espacio de confinamiento, y empezó a recorrer el pasillo con amplias zancadas.
—¡Espere! —exclamó el soldado corriendo detrás de él.
El muchacho se detuvo y se volvió para hacerle frente. El guardia, presa del pánico, bajó la mirada ante él.
—No puede andar solo —indicó, y la voz le temblaba ligeramente—, necesita una escolta.
—Pues escóltame hacia ella —dijo el semisaiyajin y estaba perfectamente consciente de que había sonado como una orden.
—Sí, señor.
Evitando todo contacto, el subordinado pasó a su lado y lo guió por el camino correcto. Más uniformados se unieron a la comitiva cuando abandonaron el nivel inferior.
"Señor". La palabra hizo eco en su cabeza. Eso era obra de Kendra. Antes de encerrarlo, todos los hombres de la alienígena lo habían tratado como a un prisionero más, y ahora, de pronto, era señor y rehuían su mirada, temerosos. ¿Qué les había dicho: que era quien había elegido como compañero? Más aún, ¿que se trataba de su futuro rey una vez que ella hubiera ganado el título de reina y soberana?
En medio de un silencio sepulcral lo llevaron en una dirección que no había recorrido antes. Fueron varios los niveles que tuvieron que ascender, hasta que finalmente desembocaron en un corredor que estaba cubierto por una alfombra roja. Evidentemente, ese pasillo era diferente a los demás, aunque Trunks lo reconoció por las grabaciones de Kendra. Lo escoltaron hasta una puerta que se abrió automáticamente ante ellos. Del otro lado, una estancia casi vacía los recibió; todo lo que allí había era un trono posicionado en un pedestal, al cual se accedía subiendo cinco escalones enormes. Frente al sitial, un muro de cristal permitía contemplar el universo en pleno. De nuevo, el chico encontró conocida esa habitación.
—Mi señora Angrboða —dijo uno de los guardias al tiempo que todos se inclinaban—, el saiyajin ha pedido verla.
Kendra no estaba sola, Marduk le hacía compañía, y posó sus ojos ambarinos en él, mirándolo inexpresivamente. Atrás habían quedado sus ropas desaliñadas: portaba una armadura como el resto de los subordinados, pero adicionalmente se envolvía con un manto claro, pajizo, que aparentemente le confería un rango que los demás no tenían.
—Bien. Váyanse —ordenó la mujer sin abandonar su sitio—. Marduk, déjanos solos, por favor.
Los esbirros abandonaron la estancia en la misma postura de reverencia, mientras que el hombre colocó una de sus manos hecha puño sobre su pecho, inclinó la cabeza una vez, y se marchó sin pronunciar palabra.
—Recuerdo haber visto este lugar en tus grabaciones —habló Trunks dando unos pasos por la habitación, dirigiéndose al muro de cristal—. ¿Por qué motivo registraste todo eso en imagen si era mentira?
—Era una medida preventiva —respondió desde su posición más elevada—; no estaba segura de si lo verían o no, pero si lo hacían, debían encontrar todo lo que yo había contado.
El chico no dijo más, sólo se limitó a contemplar el espacio exterior.
—¿Tuviste tiempo para reflexionar, Trunks? —preguntó sin rodeos.
—Sí —confirmó sin asomo de duda volviéndose para poder verla, pero no subió hacia ella. Nuevamente se hallaba vestida con sus ropas de regente.
—¿Y?
—Vas a dejar en paz a mi madre y a mi hermana —indicó, y de nuevo, había sonado como una orden.
La alienígena posó sus ojos en él, y confusión fue perceptible en ellos.
—Creí que había quedado claro que no es mi intención lastimarlas —manifestó tranquilamente.
—Hace unas horas te vi hacer una rabieta porque las cosas no estaban saliendo como tú lo querías —expuso conservando el aplomo, y subiendo los escalones que llevaban al trono para ver frente a frente a la extraterrestre—. Sin importar cuál sea el resultado de tu pelea, vas a dejarlas tranquilas, ¿está claro?
La joven le sostuvo la mirada. En su bello rostro se había dibujado una expresión de hostilidad y disgusto; claramente no le agradaba recibir órdenes.
—¿Y qué obtendré yo a cambio? —cuestionó calculadora.
El muchacho le tendió su mano derecha sin decir más. La alienígena observó la extremidad extendida por unos cuantos segundos, pero finalmente la tomó. El semisaiyajin tiró ligeramente de ella instándola a que se levantara del trono, y cuando lo hizo, la atrajo hacia sí, la ciñó por la cintura y la besó sin reservas, jugando con su lengua con lascivia.
—Me obtienes a mí —declaró cuando terminó el contacto.
La mujer indagó en sus ojos, probablemente buscando cualquier señal de engaño, y al no encontrar nada, acordó:
—Trato hecho. Cuando mi Ritual de Ascensión termine, llevaré a tu madre y a tu hermana de vuelta a la Tierra, y tendrán una vida apacible. No volveré a molestarlas jamás. ¿Te parece?
El joven hombre asintió. En el acto, la chica lo despojó de los brazaletes que suprimían sus poderes.
—Hay una cosa más —informó Trunks casualmente.
—¿Otra condición? —inquirió suspicaz.
—Es más una inquietud —aclaró reflexivo—: Kaleb.
—¿Kaleb? —repitió sin comprender—; ¿qué hay con él?
—Está convencido de que al final lo elegirás a él por encima de todo —explicó, intentando impregnar sus palabras con una calma que no sentía.
—Así convenía a mis planes —se excusó la muchacha, y desviando la mirada, calló unos instantes.
El semisaiyajin no la liberó de su escrutinio, y ella se vio obligada a continuar:
—Kaleb no lo sabe, pero es el único que puede detenerme —reveló en un susurro—. No físicamente, claro; él toca las mentes, las manipula; implanta visiones directamente en psiques ajenas, como la escena de su muerte. Nada de eso fue real, pero hizo que todos lo viéramos. Bastaría que se pusiera en mi contra y todos mis pensamientos, todos mis objetivos, se verían avasallados sin remedio. Destruiría lo que soy aquí —agregó, señalado su cabeza—. Es por eso que decidí que era mejor mantenerlo a mi lado, y usar su valiosa habilidad a mi favor, conservándolo profundamente enamorado de mí, aunque no fuera el amante que yo necesitara.
—¿Estás segura que sólo por eso lo has mantenido con vida? —Trunks quiso corroborar.
—¿Qué es lo que te preocupa?
—Que en el fondo te hayas enamorado de él, aunque no quieras admitirlo.
—Te lo dije, el saiyajin no es así de emocional —le recordó, con una media sonrisa—; sin embargo, si pasara, que no te quepa la menor duda de que me enamoraría de ti. En este punto ya eres muy preciado para mí —aseveró, y enmarcó su rostro con sus manos enguantadas—; te adoro, y lo sabes, ¿no es cierto? Si no estuvieras consciente de ello no habrías venido a mí con estas demandas.
Trunks conservó un gesto serio y su ceño fruncido.
—¿Estás molesto? —preguntó la joven cautelosamente.
—No —negó tajantemente—; estoy celoso.
—Lo mataré para ti —concluyó la saiyajin pura, dedicándole una gran sonrisa mientras descendía al suelo de la estancia de un salto. El chico la siguió.
Sin demora, mandó por Kaleb a través del comunicador en su canilla izquierda. Cuando el hombre de cabellos plateados se encontró en el cuarto del trono, siendo escoltado por dos subordinados, la miró en silencio con devoción latente.
—Retírense —ordenó sin apartar la mirada del alienígena—. Hola, Kaleb —lo saludó inexpresiva cuando se encontraron solos.
—¡Angrboða, lo siento! Yo… —Comenzó a hablar, pero fue prontamente interrumpido por un ademán de la mujer que unió su lengua con su paladar, impidiéndole continuar.
—No hables, Kaleb; yo seré quien hable. Trunks aquí presente, me ha hecho saber que tú te encuentras muy seguro de que yo no haré nada en contra tuya; que al final te elegiré a ti. Él está suponiendo que te amo, y sé que tú así lo crees, pues yo me encargué de que así fuera. Sin embargo, muy en el fondo, tú y yo sabemos que eso no es cierto, y que si te mantuve tanto tiempo con vida fue únicamente por tu habilidad de tocar mentes, de imponer tus visiones en psiques ajenas. Pero estamos al final del camino, Kaleb, y tu traición hacia mí tiene que ser castigada; tu pequeño montaje y tu gran acto de insubordinación no pueden pasar desapercibidos. Y por sobre todo, ya no te necesito para nada; Trunks está conmigo ahora; él será mi rey, y gobernará a mi lado todo lo que ya he conquistado.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó el hombre de ojos turquesas genuinamente sorprendido—. ¡Yo siempre he estado contigo! ¿Y ahora lo estás eligiendo a él?
—Él es como yo —contestó, desviando la mirada para contemplar al semisaiyajin, dibujando una enorme sonrisa en sus labios—; o lo será una vez que haya terminado de instruirlo; será perfecto. En cambio tú —prosiguió, avanzando hacia él—, siempre has sido débil; te mantuve a mi lado porque me eras útil, pero ya no más.
El extraterrestre la miraba con los ojos muy abiertos y la quijada desencajada. Una expresión de absoluta incredulidad se había dibujado en su faz.
—Arrodíllate, Kaleb —ordenó, moviendo sus manos para obligarlo a caer de rodillas, con la cabeza gacha—. Arrodíllate frente a tus gobernantes. Puedes cerrar los ojos si te apetece; estás a punto de perecer.
—Él me dijo —habló con dificultad— que en realidad fuiste tú quien exterminó a mi gente y destruyó nuestro planeta. ¿Es cierto?
Un momentáneo silencio reinó en el ambiente.
—No era mi planeta —aclaró la joven con frialdad—; y sí, es verdad, ya es hora de que lo sepas: fui yo, y no Freezer, quien acabó con las vidas de todos los tuyos, y con tu pequeño mundo de porquería. Y aun así, no he logrado deshacerme de esa peste ialuita que impregna mi piel.
Kaleb emitió un grito desgarrador, horrorizado por lo que estaba escuchando. Colocó ambas manos en el suelo de la habitación, buscando algún tipo de soporte, y sollozó quedamente. Trunks observó a Kendra, esperando su reacción, pero la muchacha no se movió y le permitió ese desahogo a quien había sido su pareja hasta hace poco. Ese gesto de conmiseración lo pagó caro: en menos de un segundo, la alienígena cubrió sus oídos y cayó pesadamente sobre sus rodillas, con los ojos en blanco y el rostro vuelto hacia arriba.
—Confié en ti —declaró el extraterrestre en un ronco murmullo cargado de resentimiento—, ciegamente confié en ti… ¡y tú me engañaste!
El chico de cabellos lavandas veía la escena sin comprender, pero cuando Kaleb se puso lentamente en pie, supo que algo andaba mal. La saiyajin había empezado a gritar y sangre manó por entre sus dedos.
—¿Qué… —Había comenzado a preguntar cuando gruesas lágrimas de sangre brotaron de los ojos en blanco de Kendra. Sin dudarlo, se arrojó sobre el hombre, que tenía toda su atención puesta en la mujer de mirar esmeralda, y lo golpeó de lleno en la cara—. ¡Basta! —exclamó iracundo.
El ataque provocó que Kaleb fuera arrojado hacia atrás, impactando contundentemente contra el muro y desplomándose totalmente inconsciente.
La muchacha salió del trance, respirando con dificultad.
—¡¿C-cómo t-te at-treves?! —gritó entrecortadamente.
Intentó ponerse en pie, pero el equilibrio la abandonó y hubiera caído, si Trunks no la hubiera sostenido sin demora.
—Tranquila, no te esfuerces —le susurró dulcemente—. Está fuera de combate.
—¡Voy a destruirlo! —aseveró, forcejeando con el semisaiyajin para soltarse.
Lo que sea que Kaleb le había hecho, la había dejado débil; parecía que ni siquiera era capaz de liberarse del agarre del joven de mirar celeste. Tomándola en brazos, subió hasta el trono y la depositó ahí.
—Tocó tu mente, ¿no es cierto? —preguntó, hincando una rodilla en el suelo para poder verla a su nivel. Estaba bastante seguro de la respuesta.
—Sí —confirmó, cubriendo sus ojos con una mano temblorosa—; trató de anularme.
—Si le pongo los brazaletes, ¿funcionarían? —cuestionó, conservando la calma.
—No, no están hechos para suprimir la habilidad que él posee —informó masajeando su sien—; pero su poder tiene límites: necesita que su objetivo esté dentro de su campo de visión. Si no puede verlo, su pequeño truco no funciona.
Trunks meditó en esa cuestión por un instante en silencio.
—Pide a tus hombres que vengan —dijo al fin, irguiéndose—; les ordenaré que lo lleven a la celda más alejada, y que no se acerquen a él bajo ninguna circunstancia.
La extraterrestre emitió un prolongado suspiro.
—No es conveniente que me vean así —argumentó por lo bajo.
—No te verán —aseguró el chico—, déjamelo a mí.
Y entendiendo que no tenía más remedio, hizo como el semisaiyajin le había solicitado. Cuando los guardias se presentaron al llamado, recibieron sus órdenes a pies juntillas, sin cuestionar nada, y se apresuraron a llevarse al bulto en el que Kaleb se había convertido con ellos.
—Lo hiciste bien —dijo la mujer aprobatoriamente cuando estuvieron solos de nuevo.
—Tú les ordenaste que me obedecieran —manifestó, elevándose para colocarse a su lado.
—Es cierto —concordó, fijando su temblorosa mirada en él. Las gotas escarlatas que habían marcado sus mejillas la hacían lucir demacrada, enferma—, pero tú estás demostrando el temple digno de un rey.
El muchacho dibujó una diminuta sonrisa en sus labios.
—Vamos —indicó, levantándola de nueva cuenta; ella no opuso resistencia—, te llevaré a nuestra habitación.
—Mis hombres no deben verme así —le recordó, descansando su cabeza en la curvatura que se formaba entre su hombro y su cuello. Su cola se enredó en el antebrazo del chico—. Dame unos minutos para reponerme.
—De acuerdo —concedió, y sentándose él mismo en el sitial, la acomodó sobre su regazo, acunándola—. Todo el tiempo que quieras.
Y acariciando su cabello, la dejó recuperar fuerzas sobre su pecho, mientras él mantenía la vista fija en el espacio que los rodeaba. ¿Cuánto faltaría para llegar a su destino?
