Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripción explícita de coito desenfrenado, léanlo bajo su propio riesgo. Han sido advertidos.
¡Éste es el final! Repito: ¡es el final! Luego de años de anidar esta historia en lo más recóndito de mi mente, hoy finalmente puedo dar término a este proyecto, tal vez el más querido para mí. A ti, querido lector (si es que existes), gracias por llegar hasta aquí. Y trayendo de vuelta a Ray Bradbury, termino como empecé: "My tunes and numbers are here. They have filled my years, the years when I refused to die. And in order to do that I wrote, I wrote, I wrote, at noon or 3:00 A.M. So as not to be dead."
Gracias por el tiempo, gracias por este espacio. Gracias por leer.
Nos leeremos.
AEGO
Capítulo 20.
Ascensión
—Mi papá será quien gane —aseguró Bra por enésima vez, estando convencida de lo que aseveraba—. Derrotará a esa… mujer, y volveremos a casa.
La confianza que tenía en su padre era inamovible, pero por alguna razón, no resultaba suficiente para disipar las dudas de su madre, quien se encontraba sumida en sus pensamientos.
Vegeta era ahora el ser más poderoso que habitaba en la Tierra, ¿pero lo sería del universo entero, como él mismo lo clamaba? Kendra lo había neutralizado con un solo batir de su mano y había bloqueado su intento de ataque con una facilidad apabullante. Y era su hija… Pensó en Trunks. ¿Cuánto daño se habría llevado a cabo ya? ¿Cuánto de ello sería irreparable? Ella misma había contribuido en esa unión que había tornado en ser una abominación. Si tan solo lo hubieran sabido antes; si Vegeta lo hubiera descubierto a tiempo… Pero aquello no era justo. Desde la llegada de la invasora, su obstinado esposo no había hecho otra cosa más que expresar cuánto repudiaba su presencia y cuán disconforme se sentía por la familiaridad y confianza con que la trataban. Si lo hubiera escuchado… ¿Cómo estaría Trunks? Rogaba por que en esos momentos de horror y desconcierto, su hijo no se encontrara… perdido.
. . .
"Acabaré con ella —pensó Vegeta con ciega determinación, apretando los puños con ira contenida—. La aniquilaré."
El tiempo que había permanecido en claustro no sólo no había hecho nada para apaciguarlo, sino que había acrecentado el repudio que sentía hacia la invasora, y el que fuera su hija no cambiaba nada. El engaño al que había sometido a su familia era imperdonable, y deseaba hacerle pagar por todas y cada una de sus mentiras.
Sin proponérselo, pensó en la mujer del planeta Ialu. Jamás, después de haber conquistado y abandonado ese mundo, había vuelto a recordarla. Era verdad que se había sentido atraído hacia ella en el instante mismo en que su aguda mirada la había detectado. Era llamativa, y por qué no decirlo, un hermoso trofeo; pero una vez satisfecho su instinto más básico, había pasado a ser desechable. Cierto era, sin lugar a dudas, que los ialuitas la veían como a una diosa, pero para ellos —y específicamente para él— no había sido más que una herramienta.
"No era saiyajin", se repitió, pero ya no estaba tan convencido.
Toda la información que la intrusa les había compartido lo hacía comprender que, efectivamente, la apariencia de la ialuita emulaba asombrosamente a la de la cría que había producido la hermana del rey. Y Freezer lo sabía. ¿Había sido por eso que lo había enviado precisamente a él? Quizá esperaba que se mataran entre sí, y en lugar de eso, habían procreado.
Golpeó el muro de su celda con fuerza, mientras emitía un gruñido de frustración. Había sido un estúpido, ella no tendría por qué existir; si hubiese logrado suprimir sus instintos no habrían habido consecuencias que volvieran del pasado a cazarlo a él y a amenazar a su familia. Y Trunks no habría estado a su merced.
"Todo lo que fue posible", había dicho la alienígena, dibujando esa sonrisa cínica que él mismo mostraba cuando se burlaba del enemigo.
Exhaló pesadamente la bocanada de aire que había estado conteniendo. Antes de toda esa pesadilla, su hijo ya había dejado en claro lo que la extraterrestre representaba para él, la cuestión era: ¿habrían mutado sus sentimientos a la luz de la horrible verdad, como ella la había llamado, o todo seguiría igual? La joven había tenido razón al decir que la unión carnal entre los miembros de la familia real era algo común, por lo que sabía que no resultaría extraño que Trunks decidiera ignorar el hecho de que ambos tenían el mismo padre; al menos cuatro generaciones de uniones familiares imperaban en su sangre. ¿Dónde estarían ahora sus lealtades? ¿Tendría que pelear con él también?
Golpeó el muro de su celda de nuevo.
"La destruiré", sentenció con resolución, pero sobre su hijo… no logró decidir cuál sería su proceder.
. . .
—¡DÉJENME SALIR! —bramó Kaleb a voz en cuello.
Había gritado tanto que su garganta ya escocía, y su voz sonaba afectada; pero sin importar cuánto vociferara, cuánto se arrojara contra la barrera que lo mantenía prisionero, cuánto maldijera o amenazara, nadie acudía. Ella lo conocía, estaba perfectamente al tanto de sus limitaciones. No se acercarían, nadie se pondría a su alcance.
Desesperado, sostuvo su cabeza con ambas manos, al tiempo que sus ojos turquesas se anegaban en lágrimas. Jamás se le había ocurrido cuestionar lo que Angrboða decía; había aceptado como verdad absoluta todo lo que salía de su boca. Evocó a su familia, a sus amigos, a todos los que había amado… todos asesinados sin la posibilidad de defender sus vidas. ¿Y él? Él a los pies de la mujer de ojos verdes, deseándola, ansiando su toque y sus venenosas mentiras disfrazadas de dulzura. ¿Cómo se había equivocado tanto?
La respuesta era sencilla: la amaba, y aun en esos momentos, su reciente rencor no se equiparaba al amor que le profesaba. Sólo él podía cambiarla, y eso iba a ser su perdición, lo sabía.
Lágrimas rodaron libremente por sus mejillas.
. . .
—¿Y qué hay de los que nos presentaste como tu equipo? —preguntó Trunks con calma.
Tanto él como la saiyajin pura se encontraban sumergidos en la bañera llena de agua próxima al punto de ebullición. Se habían aseado el uno al otro con parsimonia; habían fornicado hasta alcanzar el clímax juntos, y en esos momentos se hallaban plácidamente sentados, rodeados por el reconfortante líquido. El joven de ojos azules se había recargado contra la orilla de la tina y le permitía a la muchacha de cabello negro reposar su espalda sobre su pecho desnudo, abrazándola ceñidamente desde atrás, como si temiera que fuera a desaparecer. La chica recorría sus brazos con las yemas de sus finos dedos, provocándole escalofríos.
—Agana y Odol sí son ingenieros de maquinaria en mi nave; los demás son capitanes de sus propios transbordadores dentro de mi armada —contestó con sencillez—. Se les ordenó formar parte de mi pequeño juego, y tan pronto como tu madre y tu hermana fueron escoltadas aquí, retomaron sus puestos.
—¿Y Marduk? A él lo he visto constantemente a tu lado.
—Marduk es mi consejero. Brillante como pocos. Él seleccionó a los que me ayudarían con mi charada. Te servirá a ti también, cuando asciendas al trono a mi lado.
El semisaiyajin guardó silencio ante semejante comentario.
—¿Qué pasa? —cuestionó la mujer, percibiendo su incomodidad, y volviendo el rostro para observarlo desde su posición inferior.
—Nada, es sólo que… —se interrumpió, cavilando sobre lo que diría— deseo que esto termine pronto.
—Terminará más pronto de lo que imaginas —aseveró pletórica de confianza y depositó un beso en la severa línea que formaba su mandíbula apretada.
Trunks bajó su mirada posándola en ella, y acariciando su mejilla, la besó profundamente, instándola a separar sus labios para jugar con su lengua, lo cual hizo sin dilación. La joven intentó volverse hacia él, pero el muchacho colocó una de sus manos en su níveo cuello y apretó ligeramente, obligándola a yacer en la misma posición. Llevó la mano que tenía libre al sexo de la alienígena y comenzó a estimularla con lentitud. La muchacha interrumpió el contacto de sus bocas para empezar a gemir.
—¿Qué hay de las marcas en tu cuello? —continuó con curiosidad, como si no la estuviera sometiendo a esa deliciosa tortura—. ¿Las recuerdas?
—Hice de… de mi proceso de sa-sanación uno m-más lento —respondió entre suspiros—. Era p-parte importante de… mi plan… q-que las vieras.
—¿Y el parque de diversiones? ¿Tu estado de ebriedad? ¿Tu intoxicación?
—Argucias p-para at-atraerte a m-mí.
Los intrépidos dedos del semisaiyajin habían tornado su suave toque en uno más firme, rudo, arrancando jadeos más sonoros de la boca de la extraterrestre.
—Eres una astuta farsante —determinó, pero su tono no era uno de reclamo—. Un engaño…
—Esto no es un engaño —arguyó, llevando una de sus manos a su miembro ya erecto y manipulándolo con destreza.
Trunks abandonó el agarre que mantenía en su cuello y se apresuró a aprisionar las dos manos de la muchacha, impidiéndole el continuar estimulándolo.
—Aún no —le susurró directamente al oído.
Sus persistentes dedos le marcaban un ritmo frenético, casi doloroso.
—Trunks… p-por favor… —suplicó la alienígena con voz entrecortada.
—No —se negó rotundamente, y besando la marca en su cuello, agregó—: Termina para mí. Compláceme.
Y hundió sus dientes en la delicada piel de la mujer hasta hacerla sangrar. Gritos de deleite brotaron sin control de sus labios, señal inequívoca de que había alcanzado el clímax. Todavía se encontraba recuperando el aliento cuando el semisaiyajin le indicó en un leve murmullo:
—Quiero verte a los ojos.
Y liberándola de su agarre, finalmente le permitió volverse. Sin tiempo que perder, la joven se levantó para acomodarse sobre su virilidad y acto seguido, se sentó violentamente a horcajadas sobre él. Ambos suspiraron de gozo. El chico disfrutaba sobremanera el hecho de no tener que contener su fuerza o sus impulsos; cualquier cosa que se le ocurriera, Kendra lo podría soportar. Besándola apasionadamente, le dio a probar su propia sangre, mientras lo montaba con desenfreno.
—Transfórmate —ordenó el joven de ojos azules.
La saiyajin pura así lo hizo y él la imitó. Era un nivel completamente diferente de placer y ambos estaban conscientes de ello dado que ya lo habían experimentado. Trunks sabía que no existía manera de que todo aquello llegara a hastiarlo y estaba seguro de que lo mismo ocurría con la extraterrestre. Aprisionándola con sus brazos eliminó todo espacio entre sus cuerpos, y se dedicó a lamer los restos de sangre de la herida que él mismo había causado, mientras la muchacha se hallaba completamente entregada a la tarea de llevarlos al orgasmo al mismo tiempo.
—No voy a compartirte —declaró el semisaiyajin súbitamente.
—¿Qué? —La repentina sentencia la había tomado por sorpresa, haciéndola menguar su ritmo.
Quitándosela de encima, la hizo arrodillarse dentro de la bañera e inclinarse sobre el borde de la misma, y la penetró desde atrás, aferrándose a sus caderas para lograr irrumpir hasta lo más profundo de su interior con cada embestida.
—¡Eres mía! —exclamó acelerando sus bruscos envites y enredó una mano en su cola para tirar con fuerza calculada de ella—. ¡No voy a compartirte!
El exabrupto posesivo de Trunks los llevó de inmediato al orgasmo y llenaron el cuarto de baño con sonoros alaridos de placer exacerbado. El muchacho no abandonó el calor femenino, sólo se inclinó sobre ella sin salir de su interior, disfrutando de las esporádicas contracciones que aún presionaban sobre su miembro languidecido. Ambos habían vuelto a la normalidad.
—No podría tolerar la idea de saberte en brazos de otro —confesó más tranquilo, respirando hondamente para recuperar el aliento.
—No debes preocuparte por eso —lo reconfortó la alienígena, que también tomaba profundas bocanadas de aire—. Si en el pasado tomé distintas parejas para fornicar fue porque Kaleb no era el amante adecuado para mí; contigo todo es diferente. Además… me importas, Trunks. No voy a herirte.
El chico de cabellos lavandas liberó de su agarre a su apéndice posterior y se apartó, reflexivo. La mujer se vio libre para incorporarse, lo cual hizo, abandonando la pila de agua.
—Lamento haberte hecho sangrar —se disculpó sin levantar la mirada.
La extraterrestre giró en redondo para verlo con una expresión azorada dibujada en su bello rostro, y lo encontró aún arrodillado en medio del agua.
—Ven aquí —le indicó, tendiéndole ambas manos.
El joven de ojos azules las tomó y se puso en pie. Estando ella fuera de la tina se encontraba a la misma altura que él, así que lo vio directamente a los ojos, con solemne seriedad en sus facciones.
—Esto es lo que somos —dijo con calma—; no te disculpes por actuar como te dicta tu naturaleza que lo hagas. Nos pertenecemos y es así como nos marcamos el uno al otro. Somos saiyajin, no te avergüences de tu herencia.
—¿Es por eso que, pudiendo sanar esa herida al grado de que no deje ningún rastro, eliges no hacerlo? —preguntó con una media sonrisa dibujada en los labios.
—Así es —confirmó y uniendo su frente a la de él, añadió con calidez en la voz—: Soy tuya, y tú eres mío.
—Te amo —enunció el semisaiyajin besándola sin prisa.
—Te adoro —aseveró ella por toda respuesta.
Y ambos abandonaron la habitación, adentrándose en la que ahora era la recámara de los dos. La ropa que usarían había sido dispuesta sobre la cama, al igual que las armaduras, mientras que su respectivo calzado se hallaba en el lado que les correspondía en el lecho. Se vistieron en silencio, hasta que el muchacho notó que la vestimenta que le habían dejado era igual a la de la mujer de mirada esmeralda: las ropas azules, la armadura negra con motivos dorados, los guantes… incluso el manto blanco y la capa roja estaban ahí. Miró a su compañera sin comprender.
—¿Por qué… —Comenzó a preguntar, pero fue inmediatamente interrumpido por la alienígena:
—Es el atuendo de la realeza saiyajin —explicó aproximándose a él, y tomando el manto entre sus manos, le ayudó a colocárselo. Ella ya portaba el suyo sujeto en la cintura de su armadura, donde su cola estaba enrollada—. Es correcto que tú también te embistas con él.
Una expresión seria se dibujó en el rostro del joven.
—¿Mi padre…
La muchacha le sonrió dulcemente.
—Sí, Vegeta también lo usará en mi Ritual de Ascensión.
Y dirigiéndose a uno de los muros, posó la palma de su mano sobre una placa que ahí había, accionando un mecanismo que abrió una puerta que él ni siquiera había notado que existía. Pulcramente dobladas y apiladas sobre un pedestal, se encontraban las prendas y aditamentos que usaría su padre.
Trunks las observó en silencio, maquinando con cuidado pero a toda prisa su siguiente paso a dar.
—¿Puedo… puedo llevárselo?
La extraterrestre enarcó una ceja inquisidoramente, y de nuevo se aproximó a él.
—No es tu función hacer eso —aclaró despacio, como si no quisiera ofenderlo por haber siquiera concebido semejante pensamiento—, tenemos sirvientes que acatan todas nuestras órdenes y deseos.
—Quiero verlo antes de la pelea —esclareció con sencillez—; antes de que tú… —Dejó la frase suspendida. Finalmente continuó—: Quiero ver a mi madre y a mi hermana también. Puedo hacerlo, ¿o no?
—Por supuesto —se apresuró a contestar la mujer mientras cubría sus hombros con la capa roja y la sujetaba en su lugar con aquel peculiar broche—. No eres mi prisionero, eres mi rey; puedes ir a donde te plazca. —Al terminar con su tarea, dio un paso atrás, y lo observó con deleite—: Perfecto, al fin luces como lo que eres.
Trunks se sentía extraño, pero no lo externó. En lugar de eso, preguntó:
—¿Cuánto falta para que lleguemos a nuestro destino?
La extraterrestre miró a través del cristal, hacia el espacio, frunciendo el ceño mientras hacía cálculos mentales.
—Poco —contestó al cabo de unos segundos de meticulosa valoración, y tomando las ropas que serían del Príncipe de los Saiyajin, se las entregó—. Es mejor que te apresures. Te daré privacidad, sé que la necesitas. Indica a los guardias apostados fuera de este recinto a dónde quieres ir.
El joven asintió silenciosamente, se inclinó para besarla unos cuantos segundos, y luego se dirigió a la puerta de la habitación. Los subordinados que se encontraban al otro lado se irguieron al instante ante su presencia, rígidos.
—Necesito ir a los niveles inferiores —informó con autoridad. Los hombres no se atrevieron a levantar la mirada para verlo a los ojos—. Debo visitar las celdas.
—Sí, señor —respondieron al unísono, y lo guiaron sin demora al lugar solicitado, llevándolo por largos pasillos que habían comenzado a resultarle familiares.
Era imperativo que conociera hasta los más mínimos recovecos de esa nave, pues tal vez la supervivencia de su familia podría depender de ello, y su prioridad era sacarlos vivos de ahí, a todos.
. . .
Vegeta percibió a su hijo desplazándose por la nave, acercándose poco a poco a donde él se encontraba enclaustrado. Dos poderes insignificantes lo acompañaban, pero lo dejaron sólo en un determinado punto del camino. Lo habrían encerrado, sin duda. Trunks, sin embargo, continuó moviéndose, esta vez en solitario, con una soltura que lo alarmó; parecía trasladarse según su propia voluntad, y no coaccionado por los esbirros de la invasora. Cerró los ojos, volviendo a reflexionar sobre su plan de acción, pero una parte de su mente permanecía atenta a la energía de su hijo, que finalmente se había detenido. No ocurrió nada más.
Caviló sobre el Ritual de Ascensión que tan fervientemente deseaba la intrusa. Si la mujer sabía tanto de la cultura saiyajin como presumía, entonces estaba consciente de que dicho ritual no le otorgaría el título de "reina" puesto que él no era el rey. Aquello sólo había sido una excusa para poder enfrentarlo y destruirlo, y satisfacer así su necesidad de vengarse del trato injusto al que había sido sometida su madre.
Trunks se movía de nuevo, y esta vez definitivamente se dirigía a él. Vegeta aguardó, expectante, procurando prepararse para lo que fuera. Los pasos del muchacho se hicieron más y más audibles, hasta que finalmente apareció en su campo de visión. No había nada que hubiera podido hacer para enfrentarse a la imagen que tenía ante él: mirándolo con un gesto serio, se hallaba su hijo, vestido con las mismas ropas que ella. En sus manos, las prendas y aditamentos que seguramente serían para él. No había brazaletes en sus antebrazos que lo controlaran.
—Así que has elegido dónde están tus lealtades —le dijo con frialdad, y no pudo ocultar que cierto tono de reproche resonara en su voz.
—Todo lo que me importa son ustedes: tú, mi madre y mi hermana —aseveró con aplomo—. Confía en mí, tengo un plan.
—Explícate —demandó saber el príncipe.
—Ella cree en mí —informó con simpleza.
Posó una mano enguantada sobre la placa que controlaba la barrera de la celda, y ésta desapareció al instante.
—Puedo enfrentarla ahora —arguyó el saiyajin puro siendo por fin capaz de salir de ese lugar.
—Yo no puedo retirar tus brazaletes, eso sólo lo hace ella —aclaró el muchacho sin perder la calma—. Además, mi mamá y Bra están a su merced todavía; no haremos nada hasta que ellas estén a salvo.
Vegeta concordó de mala gana.
—¿Cuál es tu plan? —cuestionó hoscamente.
Pero antes de que Trunks pudiera responder, dos pares de pasos se hicieron audibles, acercándose a ellos de a poco. Sin tiempo que perder, el hijo entregó las ropas a su padre, y después activó la barrera que lo aprisionaba.
—No dudes en atacar, papá —dijo en un susurro apresurado—. Sabrás cuándo hacerlo.
Y sin más se alejó de ahí, saliendo al encuentro de los guardias que lo habían estado escoltando.
. . .
Bulma lo observaba con expresión horrorizada; no era posible… no su hijo.
—¿Estás con ella? —preguntó Bra incrédula.
—No es lo que se imaginan —dijo Trunks sin perder la compostura—. Es temporal.
—¿Temporal? —repitió la semisaiyajin—. ¿Hasta cuándo?
—Hasta que podamos salir todos de aquí, sanos y salvos.
—¿Y ella no sospecha de ti? —inquirió la madre saliendo de su estupor—. ¿Cómo es posible?
—He sido convincente —admitió el joven, y bajó la mirada avergonzado.
La científica prefirió no indagar más.
—Estoy seguro de que Kendra querrá que vean la pelea —comentó, luego del incómodo silencio que duró varios segundos—; hagan lo que ella les pida y no busquen un enfrentamiento con nadie. Tengo un plan, y mi padre ya está al tanto de lo esencial.
—Van a derrotarla, ¿no es cierto? —cuestionó la adolescente de ojos azules.
—Sí —afirmó el chico, y no había asomo de duda en su respuesta—. Lo prometo.
Unos sutiles toques a la puerta de la habitación los hicieron guardar silencio de inmediato.
—Estén tranquilas —pidió el muchacho, antes de cruzar la estancia para abrir la puerta de un tirón.
—¿Qué pasa? ¿Por qué nos interrumpen? —preguntó con frialdad.
—Mi señor, hemos llegado —informó un subordinado sumamente rígido debido al nerviosismo que hablar con él le provocaba—. La señora Angrboða quiere que la acompañen en el área del mando.
—Iré en seguida —replicó manteniendo ese aire de autoridad que sabía que debía mostrar frente a los esbirros de Kendra.
—La señora solicita la presencia de todos —aclaró y un casi imperceptible temblor fue audible en su voz.
—Entiendo —dijo, luego de unos segundos de cavilación. Volviéndose hacia su madre y su hermana, les dirigió una mirada significativa, cómplice, y cuestionó—: ¿Vamos?
—Claro —concordó la científica, mientras que la adolescente se limitó a asentir.
Los tres abandonaron aquel recinto sin titubeos. Trunks ofreció su brazo izquierdo a su madre para que se sujetara a él, mientras que con la mano derecha tomó la de su hermana y tiró de ella. Quería mantenerlas lo más próximas a él, sólo así podría asegurarse de que nada les ocurriera.
El guardia los llevó en silencio a través de los corredores bien iluminados hasta que arribaron a una amplia cámara circular que ninguno de ellos había visto antes: la sola consola de mando ocupaba la mitad de la habitación, con al menos cinco subordinados manejándola al mismo tiempo, oprimiendo botones aquí y allá. El semisaiyajin calculaba que se encontraban en un nivel medio de la gran nave a juzgar por lo que habían caminado desde sus aposentos y la dirección que habían tomado. Respiró tranquilo, eso servía. En el centro del recinto, la extraterrestre de ojos verdes permanecía estoicamente de pie, con ambas manos sujetas por detrás de su espalda.
—Kendra —la llamó Trunks con naturalidad, como si nada infausto estuviera a punto de pasar.
La mujer giró sobre sus pies para verlos de frente.
—Excelente, ya están aquí —dijo, avanzando hacia ellos con una gran sonrisa en los labios—. Por fin hemos llegado. Como podrán ver, el planeta en el que nos encontramos está completamente desierto —aseveró atrayendo su atención al enorme muro de cristal frente a ellos con un amplio ademán de su brazo. Vieron un paisaje solitario, abandonado, oscuro… inhóspito—. La atmósfera de este lugar es igual a la de la Tierra, por lo que eso no será un problema. De cualquier manera, ustedes —continuó, acercándose a madre e hija, y maniobrando para desperezarlas de sus respectivos brazaletes— se quedarán en este lugar; no queremos exponerlas a la batalla, podría tornarse peligroso.
—Lo dudo —contradijo la adolescente cuando ambas estuvieron libres y sin hacer el menor esfuerzo por contenerse. El joven de cabellos lavandas la fulminó con la mirada—. Todo terminará rápido, mi papá es el más fuerte del universo.
Aquel comentario no sólo no alteró a la alienígena, sino que le causó mucha gracia, pues rio unos segundos con sorna. Todavía con el gesto divertido en su rostro, colocó su mano derecha sobre el hombro de la chica y aventuró:
—Ya lo veremos, hermanita. Disfruten el espectáculo.
Y con paso decidido, avanzó hacia la puerta.
—Marduk, cuida de ellas —indicó a su consejero quien se había mantenido unos cuantos pasos atrás—; que no les pase nada.
—Sí, mi señora —acató al instante.
Y salió de la sala de mando, con Trunks pisándole los talones. Un grupo de uniformados aguardaba por ellos y los escoltaron hasta el gigantesco acceso principal de la nave. Una rampa descendía hasta el deshabitado planeta. Los dos saiyajin fueron los únicos en bajar, dejando a la comitiva atrás, y aguardaron.
—Tu hermana tiene razón —comentó la joven tranquilamente—: terminará rápido; ya lo verás.
El chico no pronunció palabra, simplemente se limitó a esperar. Fueron menos de cinco minutos los que el adversario tardó en aparecer, resguardado por un numeroso grupo de subalternos. Ataviado en el mismo atuendo que sus dos hijos, Vegeta los observó severamente; en su rostro el gesto de la determinación; estaba decidido a ganar. Se dirigió hacia ellos.
—Bienvenido, Vegeta —dijo la alienígena ceremoniosamente—. Espero que te encuentres listo para nuestro combate.
—Quítame estos aparatejos y comencemos con esto —ordenó el príncipe tajantemente.
La muchacha sonrió. Plantándose frente a él; manipuló el mecanismo para despojarlo de los brazaletes, al tiempo que argumentaba:
—Según la tradición, es mi obligación y mi derecho hacer uso de todas mis habilidades ante ti, pero si así lo hiciera, le quitaría toda la diversión a la batalla. Además, quiero verte sufrir.
Ambos aditamentos cayeron al suelo acompañados de un tintineo metálico.
—Así que, será sólo poder y fuerza —informó con una sonrisa ladeada—; no necesito más.
El saiyajin puro le devolvió la mueca.
—Ésa será tu perdición —arguyó, y lanzó un golpe de lleno al rostro de la mujer.
Lo bloqueó sin mayor esfuerzo, pero el impulso la empujó muchos metros atrás. Todavía sonriendo socarronamente, la joven se quitó su capa y el manto blanco que la cubría.
—Atácame con todo lo que tengas —indicó incitante.
Vegeta, dejando también la capa y el manto de lado, se lanzó hacia ella, arrojando múltiples esferas de energía sin parar. Una densa nube de polvo se formó en el lugar donde la muchacha aguardaba, pero ella no se movió ni un ápice. Trunks, que observaba muy atento el enfrentamiento desde su posición muy cerca de la nave, sabía que aquellos ataques no le estarían haciendo el menor rasguño a Kendra, y estaba seguro de que su padre estaba consciente de ello. Sin duda, estaba buscando que se transformara para poder descubrir cuál era realmente el alcance de su fuerza y entonces, elaborar su estrategia.
Y la alienígena lo hizo: con una súbita explosión de ki, disipó la polvareda, revelando su transformación en la fase dos del Súper Saiyajin. Vegeta angostó la mirada. Por supuesto, era fuerte, lo reconocía —era su hija—, pero si ése era su punto más alto de poder, entonces no lo era lo suficiente. Reflexionó sobre los encuentros anteriores en los que, de alguna manera, ella había logrado golpearlo, y concluyó que todo se había debido a su otra habilidad. Sonrió, y sin desperdiciar más tiempo también se transformó. Su sentencia había sido precisa: estaba perdida.
La mujer se precipitó hacia él y se enzarzaron en una batalla cuerpo a cuerpo. La velocidad de ambos era asombrosa, pero una súbita elevación en su energía marcó la pauta, y fue ella quien conectó el primer golpe de lleno en el rostro del príncipe, quien fue disparado hacia el suelo debido al impulso. Un cráter se formó en el instante mismo en que el saiyajin impactó contra la superficie. ¿Qué había pasado?
—Dime, Vegeta —habló la mujer, descendiendo hasta tocar tierra—. ¿Es éste todo tu poder?
El príncipe se puso en pie y limpió la sangre que manaba de su boca con el dorso de su mano enguantada. La miró con un odio fulminante.
—Le aseguré a Trunks que esto terminaría pronto —informó con gesto burlón—, pero no creí que sería tan rápido. Vi lo que era tu vida en la Tierra… ¿dónde está el resultado de todo ese entrenamiento?
—¡Cállate! —gritó el hombre y aumentando su ki, salió disparado hacia la chica y logró golpearla en el estómago.
La expresión de sorpresa que se dibujó en el rostro femenino lo llenó de regocijo, y éste sólo aumentó cuando la extraterrestre cayó pesadamente de rodillas y tosió sangre.
—No eres tan fuerte como supones —declaró Vegeta socarronamente.
Aun a la distancia el joven de cabellos lavandas pudo ver cómo el disgusto de encontrarse en el suelo contraía la faz de Kendra, y temió por lo que sabía que pasaría. No eran un secreto los súbitos exabruptos que de cuando en cuando poseían a su padre; era algo inherente a él; infortunadamente, la saiyajin parecía haber heredado ese defecto de carácter en la misma medida, y fue por eso que el chico de ojos azules tuvo la certeza de que lo peor estaba por venir. Volvió su rostro hacia la nave detrás de él, reflexivo. Todavía no era el momento.
—Ya lo veremos —manifestó la muchacha, y poniéndose en pie, comenzó a incrementar su poder aceleradamente.
Todo el entorno se doblegó ante su despliegue de energía: la tierra se hundió bajo sus pies; pequeños guijarros se elevaron electrificados; las cordilleras circundantes se resquebrajaron; y finalmente, con un último grito liberador, una onda expansiva manó de la menuda figura que era la extraterrestre. Tanto padre como hijo se vieron obligados a cubrir sus ojos ante la polvareda que se había desatado y para cuando ésta se disipó, el panorama era desalentador: frente a ellos, Kendra había alcanzado la fase cuatro del Súper Saiyajin. La mitad superior de su cuerpo se había cubierto de un fino pelaje rojizo, su cabello había crecido hasta la cintura, y sus ojos se habían vuelto intensamente azules. La peor pesadilla de Trunks se estaba materializando.
Vegeta la miraba completamente atónito, incrédulo. Apretó los puños con furia; evidentemente, Kakarotto no era el único que podía ascender a esa fase a voluntad. Todo su entrenamiento; todo su esfuerzo… Lanzó contra ella una enorme esfera de energía con intenciones asesinas, la cual fue descartada con un solo batir de la mano de la alienígena.
—No deseo prolongar el juego —dijo muy seria, entornando la mirada.
Ninguno de los dos hombres fue capaz de ver la secuencia de movimientos que la mujer ejecutó; simplemente era demasiado rápida. Los golpes, sin embargo, acertaron en su objetivo y en segundos, el príncipe se encontró tumbado en el suelo, maltrecho por los ataques e intentando dilucidar qué había sucedido.
—¡Kendra! —la llamó Trunks, procurando que su voz sonara estable; que su consternación no fuera notoria—. Es una pelea injusta, mi padre no tiene cola. ¿Es así como quieres ganar?
La saiyajin, que se encontraba suspendida en medio del aire, lo observó atentamente. Ella también funcionaba a través del orgullo, y el chico lo sabía; si lo único que le faltaba a su progenitor para ser más fuerte era el mencionado apéndice, entonces se lo daría, de tal forma que la pelea pudiera estar equilibrada, y entonces pudiera mostrar su supremacía de manera justa y sin lugar a dudas.
La joven descendió todavía con un gesto reflexivo dibujado en su rostro. Vegeta no había logrado ponerse en pie, sino que yacía arrodillado y con las manos firmemente apoyadas en el suelo, respirando con dificultad. La sintió aproximarse y todo su cuerpo se tensó. El fuerte tirón del cabello que lo obligó a levantarse un poco le hizo escocer el cuero cabelludo. Tuvo oportunidad de verla de cerca, y de odiarla, y de odiarse por haberla engendrado. Sin mediar palabra, la muchacha levantó la mano que tenía libre, colocando su palma desnuda frente a su rostro contraído por el dolor. Iba a matarlo, y Trunks había sido muy ingenuo al pensar que podría controlarla, que podría manipular su actuar. Se preparó para el golpe final, pero no hubo tal. Una sensación extraña recorrió todo su cuerpo, una descarga eléctrica que no le hacía daño. No estaba curando sus heridas, eso era seguro, pero algo estaba generando dentro de él. Una acumulación de esa electricidad se concentró en su espalda baja, haciendo que la zona se calentara súbitamente. Entonces, y tan pronto como había comenzado, tanto la electricidad como la calidez abandonaron su cuerpo, siguiendo el camino de una cola que por mucho tiempo no había estado ahí. Su hija lo soltó y dio un paso atrás. Incrédulo, el saiyajin puro fue capaz de mover su apéndice restituido.
—¿Qué… —Había comenzado a preguntar, atónito, cuando la muchacha lo interrumpió:
—Trunks tenía razón: era una pelea injusta. Sube a mi nivel.
Vegeta no podía salir de su asombro. Lo único que le había hecho falta para alcanzar su objetivo en sus extenuantes sesiones de entrenamiento había sido su cola, y ella, la intrusa indeseable, se la había dado sin más. Se permitió una profunda risa gutural.
—Te arrepentirás de lo que acabas de hacer —declaró, poniéndose en pie e irguiéndose, orgulloso.
Una renovada confianza henchía su pecho mientras reunía toda su energía para hacerla estallar, llevándola al siguiente nivel. Si su bastarda había sido tan idiota como para darle la ventaja, él la tomaría sin dudar. El potente bramido acompañado de la explosión de poder y de la onda expansiva que arremetió contra todo, fue la señal inequívoca de que lo había conseguido, y la sonrisa ladeada de la muchacha fue la confirmación del hecho.
—Bien, Vegeta, golpéame ahora, si puedes hacerlo.
Se sentía ligero, veloz, y sobretodo, poderoso. Sin meditar en ello, se lanzó contra la joven, y la golpeó con tal fuerza que salió disparada por los aires; sin embargo, girando sobre sí misma logró detener su trayectoria y arremetió contra el príncipe, consiguiendo también conectar un ataque. Por unos minutos la lucha pareció equilibrada en medio del oscuro cielo: puñetazos y patadas encontraban su lugar en el cuerpo del adversario, pero muy a su pesar, el saiyajin puro sentía que la brecha que los separaba se iba pronunciando más y más. Mantener su transformación de Súper Saiyajin 4 estaba requiriendo mucha más energía de la que hubiera querido, entretanto que para ella parecía tan natural… Obviamente había dominado ese nivel desde hacía mucho tiempo.
—¿Qué sucede, Vegeta? —cuestionó la mujer con regocijo—. ¿Te estás cansando?
Como respuesta, le arrojó una gigantesca esfera de energía que la cubrió por completo. Jamás admitiría inferioridad ante ella. La alienígena había protegido su rostro cruzando sus brazos frente a él. Humo manaba de su cuerpo, como si el ataque hubiera sido al rojo vivo, pero más allá de eso, no tenía ni un rasguño.
Trunks observaba con ojos preocupados. Había mantenido viva la esperanza de que si su padre podía acceder al Súper Saiyajin 4 la balanza se inclinaría a su favor, pero no había sido así. Registró mentalmente las presencias en la nave de la extraterrestre.
"Aún no", reflexionó con nerviosismo.
Pero el tiempo se agotaba, y la mirada asesina en el rostro de la muchacha se estaba acrecentando. En un determinado momento, y con un golpe contundente, arrojó a Vegeta de vuelta al suelo, formando otro enorme cráter; y rápidamente acumuló una cantidad alarmante de energía. Lo iba a terminar todo en ese momento.
"Mierda", pensó el chico, actuando sin meditar en ello. No podía esperar más.
Sin mediar palabra, se colocó en la trayectoria precisa que el ataque de la muchacha llevaría, ofreciéndose como escudo para su padre.
—¡Trunks! —exclamó el príncipe, quien había conseguido levantarse a medias, hincando una rodilla en el suelo—. ¡No!
—¿Qué estás haciendo? —preguntó la saiyajin, escudriñándolo intensamente. Todo gesto burlón había desaparecido.
—Sólo me importa mi familia —le recordó monocorde—. No vas a destruir a los míos.
La mujer bajó toda defensa, atónita. Era el momento. Transformándose en Súper Saiyajin 2, arremetió contra ella. No tenía posibilidad, y lo sabía, así como también sabía que nada la desconcertaría más que su repentina traición.
—¿Por qué? —cuestionó, y casi había sonado como una súplica. Esquivaba todos sus golpes, y parecía reacia a atacar de vuelta.
El semisaiyajin dibujó una sonrisa ladeada en sus labios. Tenía la mueca aprendida de memoria, primero vista en su padre, luego emulada por ella misma.
—¿En serio eres tan ingenua? —inquirió cínicamente—. Estuve fingiendo todo el tiempo.
Sabía que la expresión de profundo dolor que contorsionaba las bellas facciones de Kendra lo perseguiría hasta el final de sus días, pero estaba haciendo lo que debía hacerse. Después de la decepción, vino la rabia.
—Astuto farsante —declaró iracunda.
—Aprendí de ti.
Fuera de sí, la alienígena le lanzó un rayo de energía directo contra su pecho, al tiempo que un grito lastimero desgarraba su garganta.
—¡NO! —Vegeta vio a su hijo caer como a través de un lente ralentizado, y la sangre hirvió en sus venas.
Furioso, reanudó sus ataques, poseído por un poder restaurado que se alimentaba de su ira. El puñetazo que alcanzó el rostro de la joven dio de lleno y la envió al suelo con una fuerza descomunal. Sin dar tiempo a que se incorporara, el saiyajin la acribilló con energía, levantando una densa cortina de polvo. En medio de aquel caos, descendió para continuar con su ofensiva. La extraterrestre se había puesto en pie, mal herida, y no había sido capaz siquiera de reaccionar ante los golpes del príncipe. Ése era el momento del que Trunks había hablado y debía aprovecharlo al máximo; si la mujer se encontraba distraída no era su problema. Inmisericorde, descargó toda la rabia y frustración que aquella invasora le había hecho sentir, y por sobre todo; con cada movimiento veloz y certero, se cobró la angustia y zozobra a la que había sometido a su familia.
A unos pocos metros de distancia, Trunks se alzaba con lentitud. El pecho le escocía, pero el ataque no había sido ni por asomo letal; Kendra no había tirado a matar. Posó su mirada clara en los peleadores enfrascados en su lucha: su padre ganaba y a pesar de que la joven había comenzado a bloquear algunos ataques, no había punto de comparación; era obvio que el desequilibrio que él mismo le había generado no dejaba de causar mella en su mente. Pasó de ellos y dirigió sus ojos hacia la nave. Las figuras de su madre y de su hermana se perfilaban de pie en el gigantesco umbral principal del armatoste, y con creciente alivio, las vio descender por la rampa hasta tocar tierra firme. Nadie las seguía; todo había terminado.
—¿Qué sucedió con toda tu altanería? —Escuchó a su progenitor preguntar y al instante volvió la vista a ellos.
Su padre la había sujetado por el cuello y la sostenía por encima de su cabeza. Kendra, por su parte, ya fuera por la presión que el príncipe imprimía contra su tráquea o por la falta de aire, había vuelto el rostro hacia el firmamento. Sus ojos estaban en blanco y sangre manaba de sus oídos. El muchacho de cabellos lavandas sabía lo que pasaría y no deseaba atestiguarlo —no serviría de nada que lo contemplara—; así que cerró los ojos.
Vegeta se sentía sumido en un trance; su propia voz le sonaba ajena, como si se encontrara fuera de su realidad, y en medio de ese desprendimiento corporal, percibió en la lejanía que tanto su mujer como su hija habían salido al campo de batalla. La ocasión era ésa; no le daría oportunidad a la invasora de poner a su familia en peligro otra vez. La contempló decidido, y vio lágrimas de sangre anegar sus ojos y rodar por sus mejillas. No tenía caso llorar ahora. Constriñendo su cuello con más fuerza, el chasquido llegó de inmediato. La liberó de su agarre y su primogénita cayó al suelo inerte. Dirigiendo su palma desnuda hacia ella, le arrojó una esfera de energía que, debido a la cercanía, borró toda huella de su cuerpo. No quedó rastro alguno de su existencia.
—Lo lograste —expresó Trunks, acercándose a él.
—Tenías razón —le concedió Vegeta, volviendo a la normalidad—: ella creía en ti. ¿Te encuentras bien?
—Sobreviviré —aseveró, con un rictus amargo en sus labios—. Ella no quería matarme.
Ambos se elevaron en el aire y volaron hacia la nave para reunirse con las dos mujeres, quienes los abrazaron con alivio dibujado en sus rostros.
—¡Sabía que ganarías, papá! —exclamó Bra muy contenta, colgándose del cuello de su padre.
—¿Cómo lograron salir de la sala de mando? —preguntó el joven de cabellos lavandas con curiosidad.
—Fue Kaleb —respondió Bulma, y por su gesto, parecía que ni ella misma lo entendía—. Él neutralizó a los hombres de Kendra y nos trajo hasta aquí.
Su marido la miró interrogante.
—¿El cómplice de la intrusa? —cuestionó, entornando los ojos.
—Angrboða destruyó a mi gente y a mi planeta —dijo una voz desde la entrada del armatoste. Todas las miradas se posaron en el hombre de cabellos plateados—. Tenía que ser detenida y sólo usted podía contra ella.
El príncipe lo escudriñó con insistencia.
—¿Qué pretendes? —inquirió bruscamente—. No confiamos en ti.
—Sólo quiero ayudar —aclaró sin alterarse—. Síganme, voy a sacarlos de aquí.
—Yo conozco la nave —indicó Trunks prontamente, desechando la invitación—; no es necesario que nos acompañes.
La tensión en el ambiente era palpable. Una expresión impenetrable se dibujó en el rostro de Kaleb.
—Él nos ayudó —recordó Bra con cautela.
—No creo que podamos confiar en nadie —aseveró el semisaiyajin y se volvió a su padre en busca de apoyo—, ¿no te parece, papá?
—Estoy de acuerdo —sentenció el aludido y sin tiempo que perder, salió disparado hacia el alienígena, quien lo contempló atónito cuando lo tuvo frente a él—. Terminaré contigo al igual que lo hice con tu ama.
Y con regocijo, ascendió de nuevo a la fase cuatro del Súper Saiyajin. Trunks abrió los ojos como platos al ver aquella escena; eso no era lo que había pretendido con su comentario.
—¡Papá! —lo llamó aproximándose, con su madre y su hermana a su lado—. Sólo vámonos, él no puede hacer nada, no es una amenaza.
Vegeta no abandonó su transformación mientras reflexionaba en las palabras de su hijo.
—No vas a volver a cruzarte en nuestro camino —demandó angostando la mirada y volviendo a la normalidad—; nunca, o lo lamentarás.
Y sin más, se adentró en la enorme nave, seguido de su familia. El ialuita no los siguió.
—Es por aquí —dijo el muchacho de ojos azules y los guio a través de pasillos vacíos.
No hubo ni un obstáculo que saliera a su encuentro; su madre había tenido razón al decir que Kaleb había neutralizado a los hombres de Kendra. Desembocaron en el hangar más próximo y no tardaron en encontrar el transporte ideal para sus necesidades. Entre madre e hijo pusieron la nave en marcha y abandonaron ese lugar lo más rápido que pudieron, dejando finalmente atrás toda esa pesadilla.
Tanto el sistema como los comandos eran bastante intuitivos, por lo que fijar el destino resultó una tarea muy fácil para Bulma. Cumplido su cometido, miró a su alrededor: Vegeta miraba a través de una gran ventana circular, con su hija aferrada a su brazo; Trunks, por otro lado, se encontraba observando la consola de mando con expresión vacía, desolada.
—Vas a estar bien, Trunks —le dijo dulcemente, colocando su mano sobre la de él para infundirle consuelo—. Pronto esto no será más que un recuerdo.
—Un horrible recuerdo —aclaró el hijo y hubo amargura en su voz. Acto seguido y como si lo hubiera pensado mejor, añadió—: No te preocupes, mamá; todos vamos a estar bien.
Y apretó cariñosamente y con sutileza la mano de su progenitora, al tiempo que dibujaba una diminuta sonrisa en sus labios. ¿Tendría que fingir para siempre? Su mente estaba agotada y su corazón sumamente dolorido. Observó la pantalla que se había materializado frente a ellos: un punto diminuto bastante alejado de su posición parpadeaba perezosamente. La Tierra, de vuelta a su hogar. Y mientras escudriñaba la ruta que tendrían que recorrer hasta su planeta, la cruda realidad cayó sobre él como un balde de agua fría: sí, tendría que fingir hasta el final de sus días. La perspectiva no lo animaba, pero no le cabía duda de que sería capaz de hacerlo, incluso desdichado como se sentía; al igual que Kendra, era un astuto farsante, le había aprendido bien.
