Algunas historias tienen epílogo... ésta es una de ellas...
El único que queda
Aun cuando ya habían abandonado la atmósfera de ese planeta desolado, el fuego era visible; el armatoste gigante ardería por días y días, hasta que se consumiera casi por completo, dejando como único testimonio una carcasa deforme y tal vez una pila de cadáveres a medio cocinar.
El hombre inhaló una profunda bocanada de aire, misma que expulsó con lentitud. Se sentía extenuado. Con andares aletargados, arrastró una silla hasta la mesa donde había colocado a la mujer, quien continuaba sumida en la inconsciencia. Moviéndose parsimoniosamente, se despojó de la espada que había sujetado a su cintura en el instante mismo en que la había recuperado de la habitación principal, y la dejó descansar contra la mesa, lista para ser tomada por la joven en cuanto despertara. Se posicionó en el extremo donde yacía su cabeza, se sentó pesadamente, y colocando sus manos sobre los oídos femeninos, unió su frente a la de ella, retomando la conexión. Sabía que ése sería su trabajo más importante —reescribir toda una vida no era sencillo—, y deseaba con todo su ser hacerlo bien.
Pero hasta él tenía sus límites, y luego de una hora, se vio obligado a romper el vínculo una vez más. Recargando su espalda en el respaldo de la silla, echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con pesadez.
"Dale una vida nueva". La voz del saiyajin resonó en su cabeza.
Abrió sus ojos turquesas con calma y los fijó en el techo del transporte que había tomado antes de hacer que todo estallara. Crear la ilusión de la derrota y posterior aniquilación de la muchacha que yacía frente él y presentarla ante los ojos de los testigos había tornado en algo muy sencillo, una vez que todos se encontraron cerca para presenciarlo. Más fácil aún había resultado irrumpir en su mente y hacerla colapsar; el desengaño que su hermano le había hecho vivir la había desequilibrado a niveles insospechados. Frunció el ceño con frustración; esa parte de la historia le dolía: el entender que ella se había volcado tanto en él que su aparente traición la había destruido.
No, no "aparente"; nunca debía admitir que aquello no había sido más que un engaño de Trunks encaminado precisamente a romper su concentración y, por ende, sus defensas mentales. Se revolvió incómodo en su silla, mientras miraba con creciente anhelo el apacible rostro de la alienígena dormida. Escudriñó la marca en su cuello con desdén, pero acarició su cabello negro con embeleso.
—Angrboða —la llamó en un murmullo apenas audible.
Detuvo su delicado toque abruptamente, y retiró su mano con rapidez, como si una descarga eléctrica lo hubiera repelido. No debía volver a pronunciar ese nombre jamás, mucho menos si su intención era genuinamente darle otra vida, la que ella se había inventado. No bastaba con arrancar su cola, era necesario vivir la mentira en todos aspectos.
—Kendra.
Nuevamente tomó la cabeza de la muchacha y uniendo su frente a la de ella, continuó con su labor. En términos prácticos, era mejor tomar como base la ficción que ella misma había creado y volverla su realidad. La idea ya se encontraba ahí, y su mente no la rechazaría.
Otra hora más llegó a su fin, y Kaleb pudo descansar. Con parsimonia se levantó de su asiento y se dirigió a la ventana circular que le ofrecía la visión del espacio en pleno, surcado de estrellas; ese vacío había sido su hogar por mucho tiempo.
Pensó en los seres con los que había compartido en la búsqueda implacable por el poder y la dominación que su amada había emprendido. Las muecas de desconcertado terror que se habían dibujado en sus rostros no dejaban de aparecer en su mente. Por supuesto, después habían tornado en expresiones vacías, adormiladas, y se habían rendido a su voluntad. Ninguno sabía de su habilidad; el único al tanto de ello —además de la mujer que amaba— era Marduk, y él había estado tan absorto contemplando la pelea que tomaba lugar fuera de la nave, que ni siquiera se había percatado de su proximidad sino hasta que ya había sido demasiado tarde. Todos ellos muertos y por su mano… No se arrepentía, eran el mal, y debía arrancarlo de raíz.
Mas aun estando consciente de eso, se preguntó si sería capaz de volver a conciliar un sueño tranquilo. Miró por encima del hombro la figura de la extraterrestre recostada y sintió que un valor desconocido inundaba su pecho. Él sólo la quería de vuelta, lo demás no era importante. Volvió la vista de nuevo al exterior. Después de todo, era una mentira bella la que su compañera había creado para acercarse a su familia en la Tierra —aunque los fines habían sido execrables—, así que no sería difícil pretender. Realmente podría vivir haciéndola pensar que de verdad era esa noble capitana que luchaba por una causa justa; y él… él, su segundo al mando y el amor de su vida.
Una vez más, dolor. Él no era ni por asomo el hombre más importante en su vida, mucho menos el amor. Pensó en el saiyajin, en Trunks, y en lo furioso que se había sentido cuando éste lo había visitado en su celda, luciendo el mismo atuendo con el que ella se ataviaba. Claro que todo había cambiado al escuchar su plan. La escena se dibujó en su mente con asombrosa nitidez:
"'—No quieres que muera. —Había sentenciado con incredulidad resonando en su voz—. Después de todo lo que ha hecho… no quieres verla muerta.'
'—La amo. —Había dicho Trunks llanamente—. Y sé que tú también la amas. Cambia su mente; borra todo su odio y su resentimiento; suprime sus malos recuerdos. Dale una vida nueva, vuélvela Kendra por completo. Y cuídala como yo lo haría; que nada desagradable vuelva a ocurrirle.'
'—¿Por qué renuncias a ella? —Había inquirido sin comprender.'
'—Porque sé que no puedo darle paz a su mente. —Había contestado y notas de desconsuelo y resignación habían sido perfectamente audibles—. Soy hijo de su padre, siempre seré un vínculo a su pasado. Tarde o temprano todo volvería a ella.'"
Era verdad, pero en aquel momento Kaleb prefirió callar; no era su intención atormentar aún más al joven hombre.
"'—Puedo hacer que la olvides, Trunks. —Le había propuesto en un intento de aliviar un poco su pena.'
'—Imposible; carece de lógica que mi familia la recuerde y yo no. Pero tampoco deseo creer que está muerta, no podría soportarlo.'
'—Entonces, ¿tú… —Había comenzado a interrogar, cuando el chico lo interrumpió:'
'—Asegúrate de que me olvide, aunque yo nunca deje de pensar en ella.'"
Fueron sus últimas palabras antes de alejarse, dejándolo libre para atacar cuando lo juzgara pertinente.
Meditó con detenimiento en ese sacrificio. Podía entender la razón por la que el saiyajin lo había hecho, y eso le permitió descubrir que él nunca podría hacer lo mismo; si la posibilidad de permanecer con ella existía, jamás renunciaría por voluntad propia. Quizá Trunks la amaba más que él, quizá la amaba mejor; al final era irrelevante, había sido él quien había ganado.
"Debo sembrar en ella la necesidad de marcarme —reflexionó con regocijo—; tener la misma marca sin duda hará más fuerte nuestra unión."
Sonriendo satisfecho, tomó la decisión de buscar un planeta hermoso en el que pudieran vivir, una vez que la reconstrucción de la mente de Kendra estuviera concluida. Podría ser un mundo que guardara similitud con Ialu, eso resultaría muy agradable y podrían ser muy felices. Y para el pequeño ser que crecía en su vientre, él sería su padre, y nunca nadie podría negar eso. Serían una bella familia, como la que una vez había tenido. La idea lo reconfortó inmensamente.
Pero no está en la naturaleza saiyajin el permanecer inmóvil ante una opresión intentando subyugarlo. No, el saiyajin es una fuerza indómita, que siempre ha de rebelarse contra aquellos que quieran controlarlo, y tarde o temprano ataca para defenderse. Y la mujer abrió los ojos.
