Disclaimer: Ni Naruto ni sus personajes me pertenecen.
Admito que ni sé qué estoy escribiendo ni lo qué pretendo. \_(ツ)/
1.
Los poros de su piel son todo ojales demasiado pequeños que los botones empujan con fuerza y empujan con ganas hasta que se rompe la ropa. Entonces pasan y se van volando, porque por más bien hilados que estuvieran, la libertad gritaba con más fuerza que la suya y Shino piensa en decirles No soy libres, todavía no. Soy yo, que os mando a vuestra muerte como otros me mandan a mí. Pero también piensa que en realidad ya lo saben. Y que eligen esa muerte sobre otra porque quieren, igual que él preferiría morir luchando que durmiendo, morir por algo y por alguien que no morir para nada.
Despierta, porque su piel es como la ropa que viste y él solo es como una casita de muñecas, solo que en vez de muñecas hay un enjambre de insectos que se lo comen desde dentro, carcoma en las paredes de madera, matándolo sin que nadie se entere. Despierta, porque se le abren heridas en la piel blanquecina y hay agujeros que solo se cierran para volver a abrirse, porque los sueños son crueles y la vida no lo parece tanto. Despierta, porque si sigue durmiendo, van a nacer de sus orejas, su nariz y su boca los insectos de sus sueños y van a devorarlo, desde las entrañas hasta fuera, quitándole la vida, la cama calentita y la habitación que es de él y de nadie más.
Tiene cinco años la primera vez que la noche se lo encuentra con los ojos abiertos en lágrimas, aterrado de lo que vive dentro de él, y camina hasta la habitación de sus padres, gafas de sol en la mesita de su padre y gafas de leer en la de su madre, una poesía que todavía no puede entender encuadrada encima del cabezal y sus padres, dormidos, las lamparillas apagadas y ronquidos nasales que recuerdan al zumbido de un algo que Shino ya no quiere recordar. Que querido se sentía, a los cinco años, con las uñas de su madre acariciándole el cabello y la barriga de su padre protegiéndolo de todo, la voz ronca que le susurraba a la oreja, como si no quisiese despertar a lo que fuera que quedase dormido en aquella casa en la que vivían ellos tres, palabras que le tranquilizaban, pequeñas mentiras que le acunaban la mente hasta que el cielo negro que se veía desde la ventana abierta de sus padres volvía a desearle buenas noches.
Con siete años, los bichos (le gustaba como sonaba, bichos, como un insulto. Le gustaba cuando lo decía Kiba: Eres un bicho raro, Naruto. También, ¡Mira qué asco de bicho! Una ofensa, un agravio, de lo peor que te podían decir cuando llegabas al colegio y querías hacer nuevos amigos) habían pasado de intentar comérselo a él a acabar con su madre (no le gustaba como lo decía ella: Ese niño es un bichejo; Vaya bichillos estáis hechos. Demasiado dulce, cariñoso, como si no pudieran acabar con ella y dejarla agujereada, sin corazón carnoso ni huesos que recoger).
Shino lo sabía, lo que hacían los bichos. Los bichos devoraban como devoraba él un pastel. Solo que él era el pastel y, mientras él para comer primero acababa con lo de fuera, dejando siempre marcas visibles de por dónde había pasado (su padre siempre sabía cuándo había pasado por el jarrón de caramelos y si había mordido un poco de fuet de la nevera), los bichos no, los bichos eran más silenciosos de lo que él podía imaginar a llegar a ser (Kiba decía que él era silencioso y pasaba desapercibido, Naruto decía que era como invisible, demasiado fácilmente pasaba inadvertido por los lugares más insospechables, decía que era como una ráfaga de aire en un día de tormenta). Pero Shino lo sabía, que nunca llegaría a ser tan silencioso como ellos —ni tan malo, ni tan cruel.
Por muchos años no había nada más que bichos en sus noches, el armario de su habitación con una pastilla repelente y el spray matamoscas encima de su mesa. Era una mesa pequeña, con dos sillas rojas de plástico en las que su padre no podía sentarse porque eran para gente menuda como tú, Shino y él demasiado grande. Ahí dejaba los dibujos Shino, hojas blancas y enjambres negros que cuando el cielo ennegrecía salían del papel y le atacaban, imperdonables. A veces, le parecía oír un coro de voces que cantaban:
—Te queremos, Shino. Te amamos tanto que te vamos a comer.
Él temblaba, miedo y recuerdos que no reconocía, la manta mojada de sudor y fría y los párpados palpitando. El corazón quería salir de su pecho, escapar igual que quería él, pero Shino no quería dejarlo ir, porque era de él No eres libre, todavía no. Soy yo, que te mando como otros me mandan a mí. Se levantaba y se sentaba en su sillita roja, echaba el matamoscas por la habitación mientras sus propios dibujos se reían de él. Todavía le cantaban, atrapadas en el papel:
—Y vas a dejarnos comerte, Shino, porque nos amas tanto como nosotros a ti.
Y cada noche era igual y cada cielo negro se burlaba de él, sus estrellas luciérnagas y su luna una lámpara de aceite.
En algún lugar, Shino está llorando de impotencia por sus pobres insectos. Lo sé, lo intuyo, algo dentro me lo dice y solo quiero contestarle que lo siento y que admiro su amor por sus bichos. Lu amus.
