Observaba la nieve caer del cielo nocturno desde la ventana de mi habitación. Había oído que varios vuelos habían sido cancelados y otros demorados, y que él no me respondiera desde la mañana no había hecho más aumentar mio preocupación.

Me había mordido las uñas prácticamente hasta la raíz; había comido una tableta entera de chocolate y tomado un té para reducir los nervios, pero nada de eso había funcionado. Incluso le había quitado la pila al reloj porque no soportaba el sonido de las agujas marcando los angustiosos segundos.

Nunca antes había sentido tantos nervios. Me froté los brazos para tratar de pasarlos junto al frío.

A pesar de haber vivido toda mi vida aquí, no podía negar que a veces Rusia era demasiado fría. Sobre todo cuando tu ser favorito en todo el mundo halla lejos. E incomunicado.

Había tenido el último contacto con él antes de que abordara; más o menos a la misma hora en que había comenzado a nevar. El teléfono celular estaría apagado el resto del viaje, así que lo despedí con la tranquilidad de saber que lo volvería a ver cuando llegara al aeropuerto de Moscú. Se suponía que solo serían 14 horas de vuelo, pero yo llevaba ya 24 sin tener noticias suyas y temía lo peor.

Vi la silueta de un coche detenerse en la calle perpendicular a mi edificio. Mucha gente había aprovechado la oportunidad para salir a jugar con los niños. Le di la espalda a la ventana que dejaba traspasar las bajas temperaturas a través del vidrio y caminé hacia la estufa de la sala para calentarme las manos entumecidas.

El sonido de unos golpecitos tímidos en mi puerta principal hicieron que me detuviera a medio camino un instante; luego corrí para abrirla.

—¡Bienvenido! —grité, abriendo mis brazos para recibirlo con toda mi calidez.

—¡Victor! — Yūri dejó a un lado su equipaje para lanzarse a mí. Cuando lo noté, me hice a un lado y él casi cayó al suelo. —¿Qué? —preguntó, dándose la vuelta, estupefacto.

—¡Oh, Makkachin, estaba tan preocupado! —Abracé a mi perro, liberándome así de toda la angustia que me había mantenido desvelado.

—¿Y qué hay de mí? ¿Yo no te tenía preocupado?

Después de dejar que Makkachin me lamiera la cara y de que yo acabara mi examen visual, lo liberé del abrazo y me enfoqué en mi prometido.

— Yūri, sabía que tú estabas bien. Pero Makkachin ya está muy viejo para seguir volando. He decidido que este sea su último viaje. Además, pronto será el Mundial y nos casaremos… si ganas el oro —. Eso prácticamente se traducía a que pasaríamos el resto de nuestras vidas juntos. Él se había esforzado mucho para ganar su puesto en el Nacional de Japón, pero para mí nada tenía más validez que el Grand Prix Final.

Yūri dejó escapar un suspiro y se sacudió con las manos enguantadas los restos de la nieve que había estado cargando en su gorro y hombros, y se acercó a la estufa para tratar de templarse.

—Lo sé. Espero lograrlo.

—Quiero que sepas que no tendré compasión de ti aunque estemos comprometidos.

Él volvió a suspirar y asintió con la cabeza; parecía derrotado. Yo me encargué de entrar a Makkachin y de ponerle una buena ración de su comida favorita, pero dejé las cosas de Yūri en el pasillo. Cuando se dio cuenta de ello, se quejó entre murmullos y luego las entró a mi departamento.

Preparé dos tazas de chocolate caliente y nos sentamos a la mesa. Contemplé durante unos segundos mi anillo en el dedo anular y luego enfoqué mis ojos en Yūri, que tenía el rostro completamente rojo y me miraba avergonzado. Makkachin dormía plácidamente en su cama en la habitación contigua.

—Yūri…

De improvisto me puse de pie, me incliné sobre la mesa y tomé las manos del chico entre las mías. Tenía las palmas tibias y el dorso un poco frío a pesar de haber transcurrido ya una hora desde su llegada al departamento.

El rubor en el rostro de mi alumno se intensificó, y noté que le costaba tragar saliva. Con nuestras manos entrelazadas, caminé alrededor de la mesa hasta llegar a él, y me senté sobre sus piernas.

Yūri se echó un poco hacia atrás por la sorpresa y liberó sus manos de mi agarre. Pero yo inmediatamente le tomé la que tenía el anillo y contemplé ambos bajo la luz de la lámpara del techo.

—Sabes que te quiero, ¿cierto?

Al principio había jugado con él y la idea de casarnos cuando obtuviera la medalla de oro, pero con el transcurrir de los meses y los entrenamientos, Yuuri se había convertido a la vez en un enemigo y en un amante para mí. Verlo ejecutar su coreografía y patinar al son de la música que yo mismo había compuesto era algo realmente delicioso para mí.

Yūri me había cautivado con su pasión, dejando una especie de llama encendida en mi pecho que se avivaba con cada medalla y torneo por el que se iba abriendo paso.

En los últimos meses esa sensación había pasado a ser permanente, y pensé que acabaría asfixiándome si permanecía mucho más tiempo cerca de él, por lo que había decidido tomarme unas breves vacaciones en mi Rusia natal. Además, para poder participar en la Rostelecom Cup, a la que había sido invitado. Aunque no había imaginado que extrañaría tanto al pequeño Yūri al cabo de unos pocos días.

A Makkachin lo había dejado en Japón junto con muchas otras cosas pensando en que volvería pronto, pero el hecho de ser un patinador famoso que regresaba a instalarse en su ciudad después de haberse convertido en el entrenador de un ganador de plata, y que había marcado regreso a la pista de hielo con una avasallante victoria en la Rostelecom Cup, definitivamente había alterado a los periodistas deportivos y me había puesto en el foco de su mira. En otras palabras: había estado demasiado ocupado con mis fanáticos como para poder regresar a Hasetsu. Los días se habían ido acumulando hasta que finalmente se habían anunciado las fechas y los competidores del Nacional Ruso y hablé con mi prometido para que viniera a Moscú unos días antes de la competencia.

—Eh… —él parecía algo confundido por mi declaración y se tomó su tiempo para responder —. Sí, supongo.

—Yūri, te lo demostraré —. Me puse en pie —. Quiero que me acompañes a un lugar —. Tiré de él para que levantara su trasero de cerdo de la silla.

Lo obligué a caminar a través de la nieve que le llegaba a las rodillas. Juntos nos abrimos paso por las aceras resbaladizas hasta mi pista de entrenamiento.

—¿Vamos a entrar? —preguntó asustado. Debió pensar que estábamos a punto de hacer algo ilegal ya que el edificio estaba cerrado, así que le mostré el juego de llaves que tenía guardado en el abrigo.

Abrí la puerta principal y conduje a Yūri hasta la pista de hielo. Él resbaló y tuvo que sujetarse de la valla divisoria para no caer; yo por mi parte corría por el medio de la pista, a pesar de que se suponía que no debía ingresar sin los patines.

—Ahora todo esto es tuyo también —le dije, acercándome a él y entrelazando una vez más nuestras manos enguantadas. Pude sentir su anillo chocar con el mío a través de las telas. —¿Te gusta?

Se quedó observando un tiempo las luces encendidas que esparcían nuestras sombras sobre el suelo blanco.

—Sí, claro —. De seguro era mucho más grande que la pista de hielo en la que él estaba acostumbrado a entrenar. Confiaba en que aquello no sería un problema para un patinador experimentado como mi pequeño Tazón de cerdo.

—Muy bien. Es hora de irnos. Mañana podrás probarla y comenzará tu duro entrenamiento —. Hice un gesto exagerado con mis brazos y pronto juntos nos retiramos de mi pista. Aún faltaba un mes para el Mundial, así que haría que ese pequeño cerdo entrenara más duro que nunca.

Caminábamos nuevamente por las calles oscuras con cierta dificultad dado que los caminos que habíamos hecho al salir se habían cubierto parcialmente con la helada.

A medio camino había una plaza que en ese momento estaba completamente vacía pero que a la tarde indudablemente había albergado a grupos de niños: los muñecos de nieve los delataban.

Me detuve, dejando de escuchar a Yūri que estaba preguntándome sobre la competencia en la que yo debía participar . Inspiré profundamente y me lancé a una montaña de nieve dura.

¿Quién diría que la nueve en realidad podía ser tan cálida?

Me quedé unos momentos allí, con el rostro apoyado de lado en el montículo blanco que quemaba los trocitos de mi piel al descubierto. Vi los halos de vapor que salían de mi boca y de mi nariz y, detrás de ellos, a los copos de nieve que caían sin cesar. La oscuridad de la noche y la copiosidad de las bolitas blancas no me permitían contemplar las nubes que causaban aquella maravilla.

De pronto sentí que tiraban de mi brazo; al mismo tiempo, comencé a temblar.

—Victor, levántate. Vas a enfermarte —. Reconocí la vos de Yūri, aunque sonaba demasiado lejana. Yo solo quería quedarme allí toda la noche, con mi cuerpo estremeciéndose por el contacto de la nieve y mi piel quemándose bajo ella.

Era dulcemente contradictorio. Como Yūri y yo.

En lugar de levantarme, jalé de él para que cayera a mi lado. Produjo un ruido sordo y sentí el calor de un cuerpo nuevo muy cerca del mío.

—A la mierda el Nacional, Yūri —. Volteé mi rostro hacia el lado en que el chico había aterrizado y pegué mi frente a la suya, tan caliente que no me hubiera sorprendido si de pronto nos hallábamos en un charco de agua —. Casémonos mañana. No me importa si no consigues el oro.

—¡¿QUÉ?!

Para callarlo, lo abracé. Ahogué sus palabras en mi hombro, decidido a no dejarlo arruinar anda más de aquella noche.

No recuerdo cuánto tiempo permanecimos recostados, robando el calor del cuerpo del otro para combatir la baja temperatura externa, pero fue lo suficiente para que yo comenzara a estornudar.

Después de eso, regresamos a mi departamento para calentarnos. Yūri durmió en mi habitación; después de todo, yo seguía siendo su entrenador y debía controlar sus hábitos de sueño.

No pude participar en el Nacional Ruso por la bronquitis. La medalla de oro se la llevó Yuri, quien tenía una expresión agridulce en el podio. Definitivamente él aún estaba deseando competir contra mí y posteriormente a su victoria subió fotos burlándose en todas sus redes, pero mi esposo y yo estábamos muy ocupados cuidando el uno del otro como para responder a sus provocaciones. Sin embargo, aún pensaba hacer que Yūri aplastara su culo de bailarina clásica en el Mundial.