11. Su enemigo
Draco no tenía más fuerzas para discutir. Se sentía débil, febril y maleable, como un niño pequeño, y no podía permitir de ninguna manera que Potter siguiera viéndolo así. Sólo quería que se fuera, que lo dejara en paz, que lo dejara solo, al menos. Intentó atisbar su bolsa de baño, donde había guardado su varita, y la localizó debajo de uno de los lavabos. Daba igual, estaba demasiado debilitado como para hacer magia.
-Vete… -murmuró, exhausto-. Vete, por favor…
Trató de arrastrarse hacia la pared para alejarse de él todo lo posible, pero la cabeza volvió a darle vueltas. No podía moverse, no podía hacer que se fuera, no podía hacer nada, nada de nada, solo quedarse allí tumbado sobre las baldosas del baño, ridículo, expuesto, desprotegido, solamente un niñato estúpido que no era lo suficientemente fuerte para este mundo… Y por eso moriría, y por eso su madre moriría, y su padre quizás ya estaba muerto, y de repente todo se agolpó en su cabeza y tuvo ganas de llorar, porque ya no podía más, ni siquiera podía respirar, no podía vivir más tiempo, necesitaba huir, huir y esconderse de los brazos auxiliadores de Potter, de esos brazos pálidos y musculosos que se abrían hacia él como el abrazo de un ángel.
-No pasa nada… No pasa nada, Draco. Estoy contigo.
En efecto, Potter se quedó con él durante un tiempo que a Draco se le antojaron horas, porque, de buenas a primeras, pareció que el mundo entero se empequeñecía y se concentraba en un agobiante punto en su esternón que le impedía respirar. Era una presión física, una losa de piedra que le aplastaba el pecho contra el suelo. ¿Acaso sería una maldición del Señor Tenebroso? ¿Una forma de castigarlo por su debilidad? Draco intentó inhalar oxígeno con todas sus fuerzas, con bocanadas cada vez más cortas y desesperadas, pero sus pulmones seguían vacíos. Su tórax empezó a subir y a bajar a un ritmo alarmante, y entonces las lágrimas de horror empezaron a saltar de sus ojos, como expulsadas por el impulso de las sacudidas. Se ahogaba… Se ahogaba… Todo se empezó a oscurecer…
-Draco, mírame –dijo la voz de Potter, a la vez suave y energética. Los ojos de Draco se clavaron al instante en los suyos, y por un momento sintió que se relajaba. Su enemigo tenía los ojos tan bonitos… Siempre los había tenido, y ahora lo miraban con una expresión que transmitía firmeza y seguridad. No iba a abandonarlo, comprendió, no iba a dejarlo allí para que lo engullese la oscuridad. Iba a protegerlo… Potter seguía hablando en el mismo tono-:… esto es solo transitorio. En unos minutos ya habrá terminado.
¿Era cierto? Draco temblaba como una hoja, pero se esforzó en permanecer consciente y movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo, demasiado asustado como para hablar.
-Muy bien, ahora voy a tratar de incorporarte, ¿de acuerdo? Intenta no oponer resistencia.
Potter lo cogió por los hombros, le rodeó la espalda con un brazo y luego lo fue levantando poco a poco. Al instante, Draco sintió la tranquilizadora fortaleza del cuerpo de su enemigo envolviéndole y sujetando sus debilitados miembros, y solo eso ya… Pero Potter se separó en seguida de él, lo sentó y lo apoyó contra la pared del baño. Entonces, con una delicadeza sorprendente, se inclinó sobre él y posó una de sus manos sobre su aplastada caja torácica.
-Ahora necesito que te concentres, ¿sí? –continuó Potter-. Concéntrate en mi mano sobre tu pecho y siente cómo sube y baja al ritmo de tu respiración. Eso es. Ahora inspira conmigo. Coge aire… -Draco intentó hacer lo que él le decía-. Bien, muy bien, lo estás haciendo muy bien, Draco. Otra vez. Inspira conmigo… Expira… Así, otra vez…
Poco a poco, la presión en su tráquea empezó a aliviarse, y en todo ese momento Potter no retiró su mano del pecho de Draco, una mano grande y fuerte que cubría con facilidad casi toda la superficie de su estrecho tórax. Era un tacto cálido y reconfortante, muy humano, muy… Gryffindor. No moriría, pensó de repente. No moriría, se repitió Draco, al menos no esa noche.
-Muy bien –dijo entonces Potter, retirando la mano. Al instante, Draco se sintió insoportablemente desprotegido-. ¿Estás mejor?
-Sí –respondió Draco con un hilo de voz. En efecto, ya podía respirar con normalidad, pero se sentía tan débil como si le hubiesen aplicado la maldición cruciatus durante varias horas seguidas-. ¿Qué…? ¿Cómo sabías…?
-Has tenido un ataque de ansiedad –explicó Potter con calma, sentándose a su lado con pesadez-. No te preocupes, es habitual en las personas que soportan situaciones de mucho estrés. Yo… Yo crecí con mucha ansiedad. Sé cómo manejarla.
-Ya veo –Draco apartó la mirada. No sabía qué hacer ni qué decir. Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Se sintió tan cansado de repente…
-Te llevaré a la piscina –decidió entonces Potter-. El agua caliente te ayudará a relajarte.
-No… ¡No!
Horrorizado, Draco se dio cuenta en ese momento de que Potter iba desnudo de cintura para arriba, y que de hecho solamente llevaba una toalla blanca atada de cualquier manera en torno a la cintura. Seguro que había salido corriendo de la piscina en cuanto lo había visto desmayarse y se había tapado con lo primero que había encontrado. Aun así, ¿no le daba vergüenza estar tan cerca de otra persona… con tan poca ropa? Pero Potter no parecía darle importancia a esa clase de cosas. Simplemente lo levantó del suelo con una facilidad pasmosa y le ayudó a caminar hasta el borde de la piscina. Draco se echó a temblar sin remedio, y tuvo que apoyar prácticamente todo el peso de su cuerpo en él.
-Dios mío, Malfoy, estás en los huesos…
Draco, desde luego, no supo qué contestar.
