16. La Bienaventuranza
De vuelta al compartimento del retrete, Draco se secó y se vistió con gestos apresurados. Sus pensamientos zumbaban en su cabeza como avispas atrapadas en un tarro de cristal. Tratando de ignorarlos, el joven mortífago se abotonó con manos temblorosas la camisa del pijama, cogió su bolsa y salió del retrete dando traspiés. No desvió la vista hacia la piscina, sino que cruzó el baño con la mirada deliberadamente fijada en las puertas de entrada. Abrió las hojas de madera con dificultad, cruzó el umbral y salió de allí reprimiendo un suspiro.
Echó a andar a grandes zancadas por los desolados corredores del castillo, pero se sentía demasiado agitado, así que empezó a correr. La luna lo seguía velozmente a través de los cristales, y solo se oía el viento soplando entre las altas torres y los ecos de sus pisadas reverberando en los muros de piedra. ¿Qué hora sería? ¿Había pasado ya el límite del toque de queda? Si Filch lo encontraba...
Draco cerró los ojos con fuerza sin dejar de correr. Se sentía como si lo estuvieran persiguiendo, como si estuviera huyendo de algo: de sus ojos, de sus brazos, de su cuerpo suave y cálido, de sus murmullos, de la luz roja, de la calma, de la vulnerabilidad... A Draco no le era dable gozar de aquel refugio, lo sabía bien. Y Potter... ¿Cómo podía haber confiado en él, aunque solo fuera por un segundo? Él era el enemigo. Si le hubiese contado sus planes lo habría denunciado ante Dumbledore, lo habría traicionado, lo habría encerrado en Azkaban. Lo imaginaba perfectamente: sus ojos verdes cerrándose de repente en una mueca de odio y desprecio, su mano aferrada a la varita, como si él fuera basura, basura peligrosa, sí, pero basura al fin y al cabo... ¿Y el Señor Tenebroso? ¿Qué le habría hecho a su familia de haber revelado sus planes? ¿Qué le habría hecho a él? Draco imaginó un sencillo destello de luz verde, una muerte súbita, un alivio eterno y momentáneo a la vez. El olvido... Draco lo deseó con todas sus fuerzas.
«Cobarde», pensó al instante. «Cobarde, cobarde, cobarde». Resollaba. Le faltaba el aire. ¿Cuánto tiempo llevaba corriendo? Draco se detuvo, jadeando, y apoyó una mano en la fría pared de piedra. Se inclinó hacia delante, como si quisiera vomitar, aferrándose el estómago con la otra mano. Entonces, ¿por qué...? ¿Por qué deseaba volver junto a él? ¿De dónde salía aquella vibración que parecía querer arrastrarlo de vuelta al baño, casi en contra de su voluntad? ¿Por qué le costaba tanto luchar contra ella? Potter, Potter... Ah, Amado. No, Enemigo. Amado y Enemigo. Encuéntrame... Los espíritus de Jerusalén suben por mis piernas. Tú eres como las aves del cielo, como los lirios del campo. Búscame, búscame, hermano mío, amigo mío, búscame y baja de las cuevas de los leones, de las cimas de los leopardos, y descubre conmigo todos los secretos de la luna, todos los secretos del sol... Hasta que la Aurora ilumine nuestros cuerpos.
Basta, se dijo. Basta, basta, basta. La primera persona que lo había tratado con amabilidad, que se había acercado a él sin esperar nada a cambio, ni poder, ni dinero, ni favores, ni influencias... Buscando únicamente su bienestar. Nada que ver con Zabini, con el peligroso y zalamero Zabini, con su aliento perfumado sobre su oído, con sus palabras astutas y aterciopeladas... Nada que ver con su familia, con sus compañeros de Slytherin, con los mortífagos.
Pero, ¿cómo estar seguro? Draco se irguió lentamente, recordando las caídas de ojos de Zabini, sus movimientos elegantes, sus sonrisas seductoras. Él solo buscaba manipularlo, controlarlo, aprovecharse de su debilidad, de sus ansias de sentirse querido y comprendido. Eso es lo que también había hecho Draco siempre. Lo que hacía todo el mundo. Incluso Potter... Y había estado apunto, sí, había estado a punto de sucumbir y revelárselo todo, pero se había resistido. Había dominado su humanidad, la había amordazado e inmovilizado. ¿Y acaso no era eso un motivo de orgullo? «En el fondo, solo te tienes a ti mismo», le escribía su padre constantemente. «Mantén cerca a tus aliados, y aún más cerca a tus enemigos». «No confíes en nadie». «¿Qué más puede necesitar un hombre? Mantén a raya tu hambre, mantén a raya tu propia insuficiencia, y nunca se aprovecharán de ti».
Draco miró a su alrededor. Por supuesto. Estaba en el pasillo del séptimo piso. Justo entonces, un rayo de luna se coló por la ventana e iluminó la pared donde había aparecido la puerta de la Sala de los Menesteres. Como si el mismo Ángel de las Tinieblas le señalara el camino desde el cielo: «¡Aquí, Draco! ¡Aquí! ¡Aquí!». Draco tragó saliva, pero obedeció a aquella voz y entró en la Sala. Anduvo con familiaridad por el laberinto de objetos perdidos hasta dar por fin con el armario evanescente. Se lo quedó mirando unos instantes, sintiendo un extraño hormigueo en las manos.
Potter había llevado a cabo el hechizo de apertura sin varita. Qué extraño... Seguramente debía tratarse de magia oriental, magia lejana e imposible de aprender en Hogwarts. Tal vez era eso lo que necesitaba. La última pieza del rompecabezas.
Así que Draco posó las manos sobre las frías puertas del armario. ¿No era hermoso? ¿No era poético? Potter, el maldito Potter, que había tratado de engañarlo con una bondad de doble rasero, con mentiras y vanos vapores, le había proporcionado ahora la clave a su problema. Estaba harto, harto de que todo el mundo lo controlase y lo intentase manipular, harto de que detrás de cada palabra y cada mirada hubiese una trampa, una doblez, un secreto, un peligro a sortear. Harto de sentirse perdido.
Draco sabía perfectamente que él era, en primer lugar, un siervo del Señor Tenebroso, luego un miembro de la familia Malfoy, un estudiante de la casa Slytherin, y, por último, Draco. Su individualidad era lo último y lo menos importante de la lista. Siempre lo había sido. No obstante, en aquel momento sentía que hacía aquello por él mismo. Para darles una lección a todos. Para demostrar que él también era peligroso. También tenía poder, y fortaleza, y audacia en su interior. Nunca se volverían a aprovechar de él. Y ahora... Todos lo iban a ver.
-Muladhara, Muladhara, Muladhara -murmuró Draco con la voz teñida por el resentimiento. Una suave luz rojiza, más oscura que la de Potter, salió de las palmas de sus manos, y entonces el armario se abrió con un chasquido.
Había funcionado.
Los mortífagos tenían acceso a Hogwarts.
Ah, la Bienaventuranza...
FIN
