Disclaimer: La mayoría de los personajes presentados no me pertenecen. Éste es un spin off del fanfic de RasenRouge Sweet Temptation. El personaje de Harada Annaisha es completamente mío.


SWEET DRUG

"Just one hit and you will know I'll never ever ever be the same."


I
Never be the same

El objetivo estaba claro desde el principio. Inashiro ofrecía una grandiosa oportunidad para desarrollarse como un as insuperable; sus áreas de entrenamiento eran las mejores de Tokio y el acceder al primer equipo le permitía el obtener una rutina de ejercicio personalizada. No existía un sitio más adecuado para él, para el aspirante al trono de Tokio.

Narumiya Mei hizo de Inashiro Industrials su sueño desde que tenía doce años. Ahí, en esa escuela conquistaría el torneo de verano y, más aún, el torneo nacional. Y lo haría así tuviera a su equipo ideal o no. Así Kazuya lo rechazara, Mei se haría de todos los títulos posibles.

El montículo de Japón sería suyo. Él sería el as de Japón. Ése era su objetivo y ése sería su destino.

Nada ni nadie lo distraería de esa meta. No existía cosa alguna que pudiera dominar su atención además del béisbol…

Nada… Excepto esa chica, esa cátcher del equipo de softball. Nada excepto esa chica que también amaba el béisbol más que cualquier cosa en el mundo y que sabía cómo mover el cuadro a su disposición.

Harada Annaisha, ése era su nombre.

La conoció a mitad del verano. Aunque antes la había visto en su salón de clases, en realidad no le tomó gran importancia. Era bonita, no lo negaba; pero en realidad no tenía algo que sobresaliera de las demás chicas.

Nada que llamara la atención del talentoso pitcher que era él. O, al menos, nada que Mei conociera hasta que Carlos lo arrastró hacia un juego de entrenamiento del equipo de softball del instituto.

—Jamás he visto chicas más sexys, hombre. Puedo asegurártelo —dijo. Y Mei no hizo más que suspirar. Carlos decía eso cada vez que veía algún entrenamiento de cualquier equipo femenino de deportes.

Empero, el béisbol era el rey de los deportes, por lo que Mei no perdería la oportunidad de ver lo que las chicas de su escuela tuvieran para ofrecer. En una escuela de élite, debía haber una gran calidad; así que no perdería nada mirando un poco. Tal vez tuvieran alguna estrategia que pudieran aplicar en el club de béisbol.

—Mira a esa pitcher, lanza casi tan rápido como tú. —Le dijo Carlos señalando a una chica pelirroja de ojos azules. Extranjera, seguramente. El tipo claro de Carlos, quien también evidenciaba sus rasgos occidentales.

Mei obedeció y miró el lanzamiento de esa mujer. Nada espectacular, una curva sencilla… Hasta que escuchó el sonido del guante de la receptora.

Sintió cómo su cuerpo se estremecía y entonces sus ojos se clavaron en esa figura femenina que resguardaba el home.

—¡Ése estuvo bien, trata de mantenerlo bajo o será fácil de descifrar! —exclamó la cátcher.

Mei avanzó hasta estar a dos centímetros de la red. La chica usaba el equipo completo, por lo cual no podía ver su rostro. No le importaba.

La vio ponerse en posición nuevamente. Enfrentarían a una chica muy alta y de espalda ancha. Mei observó el ligero movimiento de la cátcher para admirar la posición de su adversaria. Casi pudo escuchar sus pensamientos al idear una estrategia contra esa bestia…

Separó un poco más las piernas, hizo una señal entre sus pantorrillas y aplaudió con su guante. Mei apenas escuchó la voz de Carlos, le preguntaba algo sin importancia. Algo sin importancia porque esa chica misteriosa, esa mujer que se escondía detrás de la careta, tenía toda su atención.

La pelota salió de la mano de la pitcher y giró con fuerza. Era un slider, un slider perfecto que engañó a la bateadora y la hizo abanicar sin éxito. Nuevamente, el sonido en el guante de la receptora hizo que Mei se estremeciera.

Y antes de que él pudiera decir o hacer algo más, dicha jugadora se levantó de su posición, se levantó la careta, revelando unos anteojos deportivos, y lanzó a tercera. Mei supo que se trataba de un out seguro. No porque viera la jugada, sino porque esa seguridad en el home ya la había visto en otro cátcher.

—Me casaré con esa mujer —susurró con ambas manos en la red, completamente abstraído por esa chica.

—¿Qué? Por favor dime que no te refieres a la chica de un metro ochenta —respondió Carlos.

Mei sonrió. La cátcher avanzaba hacia la caseta, sonriendo a su pitcher y felicitándola por su gran esfuerzo. Su cabello negro alzado en una descuidada coleta y su sonrisa ahora le parecían las cosas más hermosas que había visto en la vida.

—Esa chica… La cátcher, tienes que decirme quién es, Carlos.

El aludido miró por fin al objetivo del pitcher y sonrió. Sí, esa chica sobresalía por sus habilidades detrás del home.

—Harada Annaisha, una cátcher incansable. Va en tu salón, de hecho.

—¿De verdad? Así que por eso me parecía familiar. —Su sonrisa se incrementó— Excelente…

—Y también deberías saberlo: ella no parece estar interesada en jugadores. Ya me rechazó a mí, así que no lo intentes a menos que quieras ser…

—¡Harada-chan! —gritó Mei todavía aferrado a la red. La chica aludida se sobresaltó ante el grito y volteó a ver a ése que le hablaba. En sus ojos estaba marcado el asombro y la incertidumbre.

Por supuesto que sabía quién era él, por supuesto que lo conocía. Era el pitcher estrella de su generación, con uno de los mejores porcentajes globales. Sus curvas eran algo digno de apreciar… Pero no entendía por qué él estaba ahí, sonriéndole y hablándole como si fueran grandes amigos.

Escuchó las risas y los murmullos a su alrededor. También, debía reconocerlo, era un chico atractivo físicamente; comprendía que sus compañeras estuvieran interesadas en él.

—¿Me dices a mí? —cuestionó ella, confundida, señalándose. El pitcher asintió un par de veces.

—¡Sal conmigo después del partido del domingo! —exclamó emocionado— Vayamos por un helado, ¿qué te parece?

El bullicio alrededor de Annaisha incrementó y pronto el entrenador intervino. Debían continuar con el entrenamiento.

Anna miró una vez más al emotivo pitcher. No dejaba de sonreírle… Perturbador…

—Lo siento mucho. No estoy interesada —musitó antes de introducirse en el dugout.

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Narumiya no podía entenderlo. Esa tarde, por primera vez en la preparatoria, invitó a una chica a salir y fue rechazado sin piedad. Él sabía sobre sus atributos físicos, se reconocía como alguien bien parecido y también sabía que su fama como pitcher del primer equipo incrementaba su atractivo. ¿Cómo podía existir alguien que "no estuviera interesada" en él?

Hizo un gesto de molestia. Eso le recordaba tanto a lo que ocurrió durante la secundaria, cuando erróneamente se interesó en una chica con pésimos gustos. No podía ser que volviera a pasarle lo mismo, no podía creerlo…

Rodó nuevamente en su cama y suspiró pesadamente. Esa noche no dormiría bien y esta vez no sería culpa de un partido. Masa le llamaría la atención de nuevo…

¡Un momento!

—¡Se apellida Harada! —exclamó, sin importarle que su grito despertara a su compañero de cuarto— ¡Seguro que Masa-san la conoce!

Y sin hacerle caso al reclamo de su superior por haberlo despertado, saltó de la cama y corrió fuera de la habitación. No descansaría hasta no saber más sobre esa misteriosa cátcher.

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Durante los siguientes días, Mei se dedicó a averiguar más sobre esa chica. Y aunque Masatoshi no tenía relación alguna con Annaisha, Mei no se rindió. Para su alegría, la jugadora de softball resultó ser una persona educada que respondía a sus saludos cuando Mei iba a verla después de sus entrenamientos.

Annaisha, no obstante, apenas hacía caso a ese pitcher que tanto insistía en intercambiar un par de palabras con ella. Siempre la felicitaba por su desempeño y la invitaba a ver sus próximos partidos. En realidad, Annaisha no se perdió ningún partido del torneo de verano; amaba hacer los box score de esos partidos. Y dado que los juegos de su equipo se hacían entre semana, podía asistir a todos los encuentros del béisbol juvenil.

Así que, a decir verdad, ella ya había visto a Inashiro jugar y ganar partido a partido. Ella sabía que su próximo partido sería contra Seidou, sabía que jugarían la semifinal y sabía que Seidou pasaba por un momento difícil: su usual cátcher titular estaba lesionado y un jugador de primero tuvo que suplantarlo. No veía cómo eso podría convertirse en un reto para Inashiro. El partido no sería tan interesante esta vez… Aunque, lo admitía, el cátcher de Seidou era bueno. Algo experimental, pero era bueno.

—¡Harada-chan! —La llamó Mei después de su entrenamiento. A pesar de que sólo pasaron veinte minutos después de que él terminara su propia práctica, ya vestía ropa casual y olía a perfume— ¿Cómo estuvo tu tarde? ¿Estuviste en el bullpen?

Annaisha limpió el sudor en su cuello y asintió apenas. Kagome, la pitcher diestra con la cual solía conversar, se adelantó para dejarla a solas con Narumiya. Al parecer, el equipo creía que lo que ese sujeto hacía era algo adorable.

—Este sábado tendremos un partido muy importante, ¿te enteraste? Es contra Seidou. —Le dijo Mei mientras se dirigían a los baños del dormitorio femenil. Ella se mordió el labio; su madre la educó para ser una mujer paciente, una mujer que debía tolerar las atenciones masculinas. No se le estaba permitido el gritarle a los acosadores para mantenerlos alejados de ella…

—En ese caso, creo que deberías entrenar más, Narumiya-kun —respondió con la intención de que se fuera.

—Sí, Masa-san dice lo mismo. Debe ser porque ambos son cátchers, ¿no crees? —Annaisha no contestó— Este sábado nos enfrentaremos a Kazuya, es un gran cátcher y ahora es el titular de Seidou.

La chica apenas lo escuchaba. Miyuki Kazuya era un nombre que comenzaba a conocerse, pero ella sabía que un buen cátcher no era suficiente para llevar al equipo a la gloria. No entendía por qué Narumiya le daba tanta importancia a eso.

—El día que te conocí, me recordaste a él —confesó el rubio. Y entonces Annaisha se detuvo para, por vez primera, mirarlo con atención. Le sonreía, pero ahora lo hacía con cierto matiz de melancolía—. Sí, lo conozco desde hace un par de años; somos buenos amigos.

—Es un cátcher al que le gusta experimentar demasiado en juegos oficiales, no debería arriesgarse tanto. Yo no hago eso. —Se defendió ella, un tanto ofendida— Es bueno, pero…

—Sí, Kazuya no le teme al fracaso; pero tiene la misma pasión que tú. —La interrumpió— Eso es lo que me gusta de ti.

Anna retrocedió un paso, incómoda. Se rascó la nariz y volvió a asentir. No era la primera vez que algún jugador se interesaba en ella porque también amara el béisbol, pero siempre se sentía del mismo modo cuando eso ocurría. Y el que lo hiciera un pitcher con gran talento no cambiaba las cosas…

—Eh, Narumiya-kun, creo que ya te dije que no estoy interesada en salir contigo —dijo algo avergonzada, con la mirada clavada en un bote de basura a su izquierda—. Eso no ha cambiado ni cambiará, lo siento.

Esperó unos segundos a que el pitcher respondiera, mas éste no lo hizo hasta que ella alzó la vista hacia él. Ya no sonreía, pero tampoco parecía molesto.

—Entendí tu negativa la primera vez, Harada-chan. Pero creí que se trataba de que no me conocías todavía y…

—Y no estoy interesada en hacerlo, lo siento de nuevo —añadió ella, inclinándose un poco—. No tienes por qué seguirme buscando.

Narumiya, en esta ocasión, la miró con ambas cejas alzadas. Su negativa era mucho más fuerte, mucho más profunda. La cátcher era una barrera en el campo y fuera de él. Una chica demasiado cerrada, no permitiría ninguna clase de coqueteo…

—Ah, vaya. Comprendo —farfulló. Annaisha volvió a asentir antes de continuar su camino. El rechazar firmemente a un chico siempre le sabía mal de alguna forma; pero sólo así aceptaban su desinterés.

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Mei, por su parte, continuaba molesto. Nadie en el equipo sabía qué le ocurrió ni por qué de repente sus lanzamientos llegaban con más fuerza al home; pero pareció ser suficiente para sacar a Seidou del torneo. Pareció ser suficiente para que Kazuya permaneciera fuera del dugout después del encuentro, mirando a Mei con enojo profundo.

—Te lo dije. Te dije que no me culparas si te arrepentías —dijo Mei sonriente, feliz de provocar ese sentimiento en su ahora rival.

Completamente ajeno a que, en las gradas, una cátcher de softball fue testigo del encuentro y, por un momento, sintió toda la frustración de Miyuki Kazuya. Lo observó durante el partido, vio sus esfuerzos por hacer brillar a los pitchers en el montículo y lo vio tratando de leer las estrategias del enemigo. Tenía un hombro increíble y una aguda visión que se esforzaba por mejorar. Era, tal vez, el jugador más valioso de ese equipo… O lo sería alguna vez.

Del mismo modo, Inashiro presentó al que todos sabían se convertiría en el as del equipo. Presentó a su pitcher zurdo que reconocía su talento y confiaba en que el cátcher lo sacara a relucir. Un pitcher que sudaba egolatría, que emanaba seguridad y que también luchaba por entregar sus mejores lanzamientos a cada segundo. Un talento andante que tenía un objetivo claro.

La pasión de ambos jugadores era palpable. Era comprensible la razón por la cual esos dos eran amigos. Era más que evidente la razón por la cual también eran adversarios… Y el verlos enfrentarse la llenó de una adrenalina que apenas conocía…

Sonrió. Qué excitante era el béisbol cuando se encontraba con jugadores así…

Esa forkball de Narumiya… Seguro que Miyuki Kazuya también ansiaba agarrar ese lanzamiento.

Porque sí, ella reconocía que como pretendiente Narumiya no era especialmente bueno; empero como beisbolista era una maravilla. Un sueño cumplido y el anhelo de cualquier cátcher respetable.

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Y tras el torneo de verano, que por supuesto Inashiro ganó, llegó el Koshien. La verdadera gloria se encontraba en ese lujoso estadio y Mei no se iría sin antes salir airoso de ahí. La vida eterna se encontraba en la última victoria, en el partido final. No permitiría una sola carrera, no permitiría que…

No permitiría que un lanzamiento se saliera de control de una forma tan patética…

Si tan sólo lo hubiera podido evitar… Si tan sólo sus dedos no se hubieran resbalado en ese último agarre…

El partido no estaba ganado, era cierto; mas lo perdieron en cuanto Mei sintió cómo la bola lo desobedecía y giraba hacia la dirección equivocada. Con terror vio cómo Masatoshi se levantaba para tratar en vano de agarrar la pelota… La carrera entraría… Y su futuro terminaría…

La gloria, la victoria, el trono… Todo se fue en ese último lanzamiento…

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El partido fue visto por una gran cantidad de televidentes. El error del pitcher fue presenciado por aficionados de todas partes de Tokio. En el comedor del club de softball de Inashiro fue testificado ese lanzamiento sin control alguno y sus consecuencias. Las chicas dentro del comedor se quedaron en silencio, apenas creyendo lo que acababan de ver.

El softball en Tokio no era tan popular como el béisbol, por lo que sus torneos tenían una duración mucho más corta. El Instituto de Inashiro estaba en los primeros lugares de los torneos de softball, su desempeño era muy bueno; pero admitían que los mejores partidos a nivel bachillerato se daban en el Koshien de béisbol. Lugar a donde solía llegar su equipo.

Y ese primer año en el que Annaisha vio el Koshien en el dormitorio de Inashiro, fue testigo de la expresión desolada del pitcher que lo siguió durante un par de semanas. Un gran pitcher que cometió un solo error. Uno solo…

—Es de primero, no me sorprende tanto lo que hizo —mencionó una de sus superiores, rompiendo el silencio—. Tal vez no debieron confiarle la última entrada.

Anna bajó la mirada, inconforme.

—No usó la brea en esta entrada, era lógico que la pelota resbalaría de su mano —concordó otra. Y Annaisha se mordió el labio. No, eso no era lo que había pasado.

—Le falta experiencia, aunque es bastante bueno. Opino que debieron sacar a su as para la novena—dijo una más y la cátcher se levantó.

Ella era cátcher, ella comprendía que los pitchers en ocasiones se sentían presionados. Pero era su deber, el del cátcher, arreglar eso.

—Harada-senpai debió prever todo eso —dijo molesta—. Si su pitcher está tenso, si siente la presión sobre sus hombros, Harada-senpai debió socorrer a Narumiya-kun. Es obvio que le falta experiencia, no tienen que decir que es un chico de primero; pero tiene el talento y la capacidad para ganar las nacionales. Si Harada-senpai se hubiera dado cuenta de lo que le pasaba a Narumiya-kun, el torneo habría sido nuestro —argumentó, molesta.

Ella reconocía su posición en el equipo. Era una de las dos cátchers titulares a pesar de ser sólo de primer año, pero también era una de las más pequeñas de edad. Ella le debía respeto a sus compañeras y debía respetar sus opiniones; tal vez hasta guardarse las propias para evitar discusiones. No tenía la experiencia de sus superiores ni poseía una habilidad nata como el pitcher al que defendía; pero sí poseía una inteligencia en el deporte que gustaba presumir. En realidad, ahí radicaba su habilidad en el béisbol. Ella entrenaba más que casi todas sus compañeras porque sabía que su cuerpo no era como el de los demás, sabía que sus músculos no se movían con la pasión del béisbol. Ella no tenía un talento en el bateo y si era buena como cátcher, fue gracias a todas las horas invertidas en esa posición.

Durante toda la secundaria estuvo en el segundo equipo y apenas la usaban para un juego real. Annaisha escuchó varias veces que debía rendirse, que debía dejar de insistir para tomar una posición que era claramente para un hombre. Por supuesto, ella sabía que no podía aspirar a un futuro profesional; sabía que en su país no la reconocerían aunque hubiera nacido con el talento necesario. Empero, no le importaba. Ella creció con el béisbol, ella creció con el softball, ella vivía por esos deportes. Y si le dieron la oportunidad de resguardar el home, entonces entregaría sólo lo mejor. Así su cuerpo se sintiera cansado, así durmiera menos para equilibrar el deporte y la escuela, ella no se rendiría.

Y así como entrenó a su cuerpo para recibir toda clase de lanzamientos y así como entrenó sus piernas para levantarse en cualquier momento para lanzar a las bases, entrenó también su mente. Escuchó a los cátchers a su alrededor; pero sobre todo escuchó y observó a los pitchers. A los que se esforzaban más y a los que se esforzaban menos. A los zurdos y a los diestros. A los que vivían por el béisbol y a los que sólo querían divertirse un rato.

Ella se dedicó a comprender el juego a profundidad. Y era por eso, por todo su esfuerzo en el campo, que entendió el verdadero error en ese último juego de Inashiro en el Koshien de béisbol.

Annaisha confiaba en sus conocimientos, ella sabía que tenía razón… Pero también sabía que sus comentarios no serían necesariamente aceptados por sus superiores.

—Harada es un muy buen cátcher, deberías observarlo con más cuidado para que aprendas de él. —Le dijo la capitana del equipo— Comprendo tu empatía hacia Narumiya-kun, pero creo que ver sus errores también es parte de su crecimiento.

Annaisha desvió la mirada, disconforme. Esperó otro comentario, de apoyo o de crítica; pero éste no llegó. Y ella, ya incómoda con la tensión que generó, se disculpó con una cabezada y salió del comedor.

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Esa misma noche regresó el equipo de béisbol a Inashiro; Annaisha vio desde su habitación al camión estacionarse y vio cómo bajaba el pitcher de esa última entrada. La gorra en su cabeza escondía su mirada; mas ella podía adivinarla.

—Pensé en llevarles un pastel mañana. —Le dijo Kagome, quien además era su compañera de cuarto— Pero no creo que sea lo que ellos necesiten.

Annaisha no respondió. Durante la secundaria, nunca jugó en un torneo grande y ese verano su equipo de softball ganó el torneo estatal. No tenía el conocimiento real sobre el sentimiento que dejaba la derrota a nivel nacional. Si al día siguiente le hubieran sugerido que hiciera un pastel para animar al equipo de béisbol, probablemente habría accedido.

Empero, Kagome era una estudiante de tercero. Su experiencia en el campo era mayor y no era de asombrarse que ella sí tuviera alguna idea de lo que los del equipo de béisbol estaban pasando.

—Para nosotras, el softball no representa nuestro futuro; no hay algo profesional a lo que podamos aspirar —dijo Kagome, con la mirada melancólica apuntando al camión recién estacionado—. Por lo mismo, muchas de nosotras ni siquiera se toman en serio los torneos en los que participamos. —Hizo una pausa— Pero para ellos, el béisbol lo es todo. Al menos para algunos de ellos, el béisbol representa su pasado, su presente y su futuro. Si ellos ganan un torneo, los buscadores de talentos se fijarán en ellos y si ganan las nacionales, tendrán aseguradas al menos una propuesta en las profesionales. La perfección, ése es su objetivo en común.

Annaisha escuchó con atención. Ella amaba el béisbol, lo amó desde sus primeros años de vida y sabía que lo amaría por siempre. Sin embargo, desde que era niña, sus padres se encargaron de aseverarle que no podría jugar de manera profesional; el béisbol era un deporte masculino. Y aunque fue difícil, lo afrontó y se dedicó a buscar algo más para amar.

Así, ella encontró en la escritura un lugar donde podía desempeñarse. La lingüística sería su herramienta principal y en ésta encontraría sus sueños. Aunque amara el béisbol, ella sabía que no dependería de este por el resto de su vida. Cuando perdía algún partido, cuando permitía una o dos carreras, sentía que le falló a su equipo; mas era capaz de olvidarlo por la tarde. Su desempeño en el softball no definía su vida.

A su mente regresó la imagen de Narumiya lanzando. Él dejaba todo en el campo, él entrenaba día a día para perfeccionar sus lanzamientos y mejorar su bateo; seguro que él era uno de los que vivía para el béisbol. Seguro que estaría devastado por esa derrota…

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La intención de Anna era ofrecer su compañía y sus oídos a Narumiya para aliviar un poco su tristeza. Si la comida o los regalos no lo ayudarían, entonces le daría su tiempo para que se desahogara, para que hablara, gritara o llorara. Lo que fuera para que él regresara al campo con las mejores herramientas que poseía.

Así, Annaisha se convirtió en la acompañante de Kagome cada vez que ésta buscaba a Harada Masatoshi para conversar. Durante unos meses, ambos chicos tuvieron cierta clase de relación más allá de la amistad; mas por problemas que Annaisha desconocía, esta relación no floreció como desearon. Y mientras Kagome y Masatoshi platicaban a las afueras del campo principal de entrenamiento del club de béisbol, la cátcher buscaba a Narumiya con la mirada.

—Ya pasaron cinco días y el chico apenas sale por comida o a asearse —dijo Masatoshi, en una ocasión—. Si sigue así, lo sacarán del equipo.

—¿A quién te refieres, Masa-kun? —cuestionó Kagome.

—Mei, es el chico al que buscas todo el tiempo, ¿no es así? —cuestionó a Annaisha. Ésta desvió la mirada del campo y miró al cátcher— Es más sensible de lo que esperábamos. Ni siquiera Carlos o Shirakawa han conseguido sacarlo del hoyo.

Annaisha bajó la mirada.

—¿Y no crees que sea buena idea que Anna vaya a verlo? Ella le gusta, después de todo —sugirió Kagome.

—Yo no puedo entrar a los dormitorios de hombres; está prohibido, Kagome-senpai —contestó la aludida antes de mirar al cátcher titular—. Pero, por favor, dile que estaré esperando por su regreso, Harada-senpai.

Y antes de que alguno pudiera agregar algo más, Anna se dio la vuelta y caminó de regreso a los territorios del equipo femenil. Esa tarde no vería al pitcher y algo le decía que tendría que esperar un poco más para ello.

Porque aunque ella tuviera razón, aunque la culpa de lo acontecido no recayera por completo en Mei, éste no podía ignorar el porcentaje de culpa que le correspondía. Sus superiores hablaron con él después del partido y durante el viaje de regreso; ellos decían que no se preocupara, que no los decepcionaba.

—Eres de primero, y eso lo sabemos —dijeron y, lejos de suavizar sus sentimientos con esa frase, Mei se hundió más en sus propios demonios.

Porque si la excusa de sus superiores era que él sólo era un chico de primer año, entonces eso significaba que ellos no confiaban en él. Que no esperaban nada mejor que un pobre desempeño. No lo veían como futura estrella, no lo veían como un pitcher confiable; sólo era un niño más en medio del campo.

Todos sus esfuerzos para tomar el montículo como algo suyo, todos sus entrenamientos para que Tokio lo reconociera como un gran potencial, todo lo que hizo hasta antes de ese pésimo lanzamiento, todas esas cosas fueron en vano. Porque él sólo era un chico de primero. ¿Quién podía esperar algo más de él?

Pasaba los días abrazando sus rodillas, preguntándose qué hizo mal, dónde se equivocó, dónde permitió que lo vieran como un simple novato. Sus sueños, sus anhelos al entrar a Inashiro eran muy distintos a los resultados que obtenía. Y aunque al final su equipo ideal no estaba reunido en un mismo lugar, Mei sabía que no necesitaba de Kazuya para sobresalir; así que la ausencia de su amigo no era motivo suficiente para fallarse.

Sus compañeros del equipo, superiores o no, se acercaban a él para conversar, para convencerlo de regresar al campo; mas Mei no los escuchaba. Ninguno de ellos tenía la responsabilidad de regresarlo al campo o siquiera de comprender por qué no entrenaba con ellos; no debían preocuparse tanto por él. No era como si Mei de verdad deseara abandonar el béisbol.

—Una chica del equipo de softball no ha dejado de buscarte desde nuestra llegada, Mei. —Le dijo Masatoshi al sexto día. Mei desayunaba en su cama, con el pijama puesto y el cabello alborotado. Apenas hizo un gesto de incertidumbre antes de volver a su comida— Ahora que la conozco, puedo asegurarte con mayor seguridad que ella no es un familiar mío, ni siquiera lejano.

Mei dejó de comer.

—¿Harada-chan? —Alzó la mirada— ¿Ella me está buscando? —El cátcher asintió y Mei volvió a hundir los palillos en la montaña de yakimeshi— Me pregunto por qué lo hace, ella fue la que me pidió que dejara de buscarla…

—No seas tan orgulloso y ve a hablar con ella, se veía preocupada. —Mei hizo un gesto de molestia. Masatoshi suspiró; ese chico era complicado incluso con esas cosas— Me pidió que te dijera que estará esperándote, de cualquier modo. Pero, por experiencia propia te digo, Mei, que a las softbolistas no les gusta esperar demasiado…

—Ella no es como cualquier otra jugadora, no la metas en el mismo saco que a tus ex novias. —La defendió un tanto divertido.

Y aunque ciertamente el que esa chica estuviera tan al pendiente de él lo alegró, todavía no encontraba la razón para salir de su encierro. Su mente se dedicaba a debatir sobre tantos aspectos que varias veces tuvo que ir a la enfermería para conseguir una pastilla que aliviara el dolor de cabeza.

En la secundaria, antes de partidos importantes, pasó por lo mismo hasta que Kazuya, quien le dijo que le sucedía lo mismo, le recomendó un medicamento muy bueno. Tal vez era cosa de genios, pero su cabeza no lo dejaba en paz; no le permitiría entrenar si seguía así.

Pasaron diez días así. El dolor de cabeza de Narumiya se volvía cada vez más insoportable. Además, se despertaba en las madrugadas por un calambre en alguna pierna.

Su cuerpo estaba cansado del reposo y Mei lo sabía. Apenas salía unos quince minutos al día de la habitación y sus músculos, acostumbrados desde hacía casi ocho años al ejercicio frecuente, le reclamaban.

Y cuando estaban por cumplirse dos semanas del regreso del equipo de béisbol a Inashiro, el entrenador Kunimoto por fin vio lo que sabía ocurriría.

A las cinco de la mañana, harto ya de tantos debates en su mente y en su cuerpo, Narumiya Mei simplemente comenzó a correr en los jardines del campo de entrenamiento. Si cometió un error en las Nacionales, pues qué lástima; no volvería a ocurrir. Si alguien más cometió un error, pues era su problema; Mei se ocuparía de sanar esa falta de confianza en él.

Y si Annaisha estaría esperando por él, entonces debería apresurarse a mejorar o ella se decepcionaría. Si es que no lo había hecho ya…

Ese día, ese primer día de entrenamiento, Mei no recibió comentario alguno sobre su ausencia. Al contrario, sus compañeros se encargaron de integrarlo a la práctica y Mei obedeció todas las indicaciones de su entrenador. Era consciente de que merecía al menos una amonestación, así que no renegaría a nada de lo que le pidiera ese hombre de temible carácter. A cambio, le pediría algo muy especial.

El entrenamiento concluyó a las seis de la tarde, como siempre. Mei estuvo en el gimnasio la mayor parte del día, adquiriendo una nueva rutina para regresar al equipo como era debido. Empero, mientras se dirigía a las bañeras del dormitorio, escuchó un par de voces conocidas.

—En tanto nuestros entrenadores no se enteren, tú puedes pasar por aquí cuando lo desees. Yo puedo asegurarme de cuidarte —dijo Carlos.

—Será sólo por esta noche, así que no te necesito; gracias —respondió Annaisha.

Y entonces Mei, avergonzado por el sudor que inundaba su cuerpo, palpó inútilmente su ropa en busca de algún desodorante o algún perfume que disfrazara su olor. El sonido de los pasos cercanos lo alertaron y, como si nada hubiera pasado segundos atrás, metió las manos a sus bolsillos y esperó a ver la figura de Anna asomarse.

Ella ya vestía un cómodo pantalón ajustado de lana y una sudadera que combinaba con éste. Su cabello se lucía sin atadura alguna, cayendo libremente sobre sus hombros; las puntas todavía estaban mojadas. Mei casi había olvidado lo mucho que le gustaba verla… Pero debía reconocer que le gustaba más el hecho de que ella fuera a verlo apenas terminó de asearse.

Anna sonrió al verlo. Las ojeras todavía se asomaban en sus ojos; pero el sólo saber que volvía a entrenar, la alegraba.

—Debiste avisarme que vendrías, me habría bañado antes de verte, Harada-chan —dijo Mei, con el tono más afable de lo que acostumbraba.

—Eso no importa, sólo quería ver cómo estabas —contestó ella, sin molestarle por una vez la evidente coquetería en su voz— Eres un gran pitcher y sería una lástima que te retiraras así; estaba preocupada por eso.

Mei dejó atrás su papel de conquistador y soltó un grito de asombro.

—¡¿Entonces sólo eso te preocupaba?! ¡Creí que era porque yo…!

Carlos, a un lado de Anna, rio. Y ésta, aun con una sonrisa en los labios, se apresuró a negar con la cabeza.

—Narumiya-kun, como cátcher reconozco a un buen pitcher cuando lo veo. Y no quería que te retiraras sin antes atrapar para ti al menos una vez —aseguró y la expresión de Mei volvió a suavizarse—. Así que vine aquí para darte mi apoyo y para decirte que estaré disponible para lanzar contigo si así lo deseas. Claro, siempre y cuando, esto no intervenga con nuestras prácticas en equipo.

Y dicho esto, Anna se inclinó un poco. Ciertamente, también estaba algo apenada por la forma como rechazó a Mei días atrás.

—¡Ésa es una grandiosa idea, Anna-chan! —exclamó Mei, alegre.

—¿"Anna-chan"? —cuestionó la aludida en voz baja.

—¡Ven conmigo y arreglemos los horarios para entrenar juntos! Será nuestra primera cita, claro que sí —continuó el pitcher, tomándola de la muñeca para arrastrarla a una banca.

—Yo-yo no dije nada sobre citas. Por favor, Narumiya-kun, no lo malinterpretes —pidió Anna un tanto nerviosa.

Carlos sonrió mientras los veía alejarse. Ciertamente, le alegraba ver a Mei tan animado después de las casi dos semanas de aislamiento.

Y esa chica… Ella ya estaba perdida.

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Nota de la autora:

DIOSES. Bien, bien, ésta no era la forma como quería presentarles a mi preciada Anna, mi OC favorita de Daiya y con la que llevo trabajando durante ya tres años... Pero, bueno, al rey de Tokio lo que pida, claro que sí. Se supone que este spin off debía publicarse completo en el cumpleaños de Mei... Pero ni se publicará completo de un jalón ni obviamente se publicó en el cumple de mi hermoso rey. Aún no estoy segura si serán tres o cuatro partes, pero... bueh, espero que lo disfruten. También escribo cosas no jotas, para que vean.

En fin, en el fanfic de Rasen, Narumiya y Anna apenas hacen una aparición en unos cuantos capítulos; este spin off no afecta la trama del fanfic, así que pueden leerlo con confianza. Y, bueno, no se sorprendan si luego Anna aparece en otro fanfic... Ella en realidad estaba destinada para otro personaje de Daiya, so...

Muchas gracias por leer.

Abrazos.

Nayla.