CAPÍTULO 1

Lavandería Nocturna

"Y"

Las luces titilaban despreocupadas por toda la ciudad, el viento frío del otoño ya soplaba y Levi suspiró viendo a través de la ventana, debería habituarse a la nueva casa que su deber, le obligaba a usar a partir de ese momento. Recargó la mano contra el cristal y por un momento pensó en que tal vez la opción de cambiar de trabajo, no sería tan mala después de todo.

"Y"

— ¿Pasaste el reporte del último paciente? — Hanji estiró los brazos por encima de la cabeza al tiempo que bostezaba, asintió con desgano y finalmente le entregó una copia al médico en jefe.

— Sí, ordené radiografías… Ha sido una noche de locos.

— Es por la luna llena — contestó su superior sin apartar los ojos del papel impreso que estaba leyendo, lo anexó en una carpeta y miró la carátula de su reloj de pulsera — ¿Harás una segunda guardia?

— No, me voy a casa terminando ésta, me siento molida — Hanji se quitó los lentes para poder frotarse los ojos, los sentía ardorosos y llenos de arena — tengo toneladas de ropa para lavar.

— Creo que las guardias nocturnas no son para ti, te ves mucho más cansada que antes… mejor vete, yo cubriré lo que haga falta, la nueva guardia entrará en una hora, así que no creo que pase nada si te vas un poco antes — los ojos de Hanji brillaron por la emoción y de un salto, se levantó de su silla.

— ¿Es en serio? No quiero que haya problemas, pero si me pudiese ir un poco antes sería estupendo.

— Ya vete Zoe, trata de descansar, la próxima semana trabajarás en las guardias diurnas, así que será un poco menos complicado para ti — sin esperar a que se lo repitiera por una segunda ocasión, Hanji se apuró a escapar de la sala de emergencias del hospital.

— Muchas gracias, prometo que mañana estaré mucho más fresca — alcanzó a balbucear antes de escabullirse por la puerta, el médico en jefe negó con la cabeza y volvió a enfrascarse en los reportes de las urgencias que habían llegado durante la noche.

Anduvo lo más rápido que pudo, atravesando los pasillos del hospital, en más de una ocasión estuvo a punto de chocar con algún residente o enfermera que daban los rondines nocturnos, pero esquivándolos, no tardó en llegar hasta los vestidores para los médicos y apresurándose mientras tarareaba una cancioncilla, logró zafarse de su uniforme quirúrgico; aventó la ropa dentro del carro de la lavandería y tomando su mochila, escapó hacia la noche helada que caía sobre la ciudad.

El viento frío le golpeó la cara de lleno, pero disfrutó de la sensación refrescante que le quitaba un poco el sueño, detestaba las guardias nocturnas en el hospital, pero debía cubrirlas forzosamente y, gracias a ellas se atrasaba en la limpieza de su departamento y, muy a su pesar debería de echar al menos una carga de ropa a la lavadora antes de irse a la cama. Tomó su bicicleta y se apresuró para volver a su casa; las calles casi desiertas, eran limpiadas por el aire helado que soplaba acompañando la noche y la ventisca, al encontrarse atrapada entre los callejones, bufaba molesta mientras el cielo limpio anunciaba una helada a la mañana siguiente.

Giró a la derecha y a lo lejos, alcanzó a ver los edificios del complejo "María", resultaba un lugar tranquilo para vivir, aunque muchas personas lo encontraban abrumador gracias a la cercanía que tenía con el centro de la ciudad de Shinganshina, aunque para ella, eran más que apropiados esos departamentos, estaba cerca del trabajo y podía dormir un rato más en las mañanas sin preocuparse de que llegaría tarde por el tráfico. Apuró el ritmo del pedaleo y en pocos minutos estaba cruzando la puerta de seguridad del complejo, el guardia nocturno accionó la puerta eléctrica y pudo continuar su camino hasta su edificio; dejó su bicicleta en su cicloparqueadero y después de asegurarla bien, entró al elevador; al ir subiendo los pisos, el cansancio se hizo más presente que antes, la cintura comenzó a dolerle y maldijo por lo bajo el no haber lavado su ropa desde la semana anterior.

El elevador se detuvo en el noveno piso y salió hacia el corredor iluminado por luces blancas, una planta medio seca hacia una guardia silenciosa a un extremo del pasillo y no se escuchaba nada más que sus pasos amortiguados sobre el piso alfombrado; lo único que interrumpió aquel silencio espeso, fue el sonido de la llave al entrar en la cerradura cuando abrió la puerta de su departamento. Entró al espacio caldeado y oscuro, a tientas dio un manotazo para encender la luz y su mismo desastre de siempre le dio la bienvenida; arrojó su mochila sobre un sillón invadido por libros que, en precario equilibrio, se mantenían en una torre chueca. Abrió un armario y antes de que todo cayera encima de ella, tomó una canastilla de plástico y comenzó a echar la ropa sucia que estaba encima de sillas y muebles sin un cuidado en específico, cuando creyó que ya tenía bastante, se guardó la llave en la bolsa del pantalón y salió con rumbo al cuarto de la lavandería.

Llegó al sótano dos mientras rumiaba la lista de pendientes que tenía y que mantenía en su cabeza tanto como podía y, aunque los repitiera como un rezo aprendido de memoria, siempre olvidaba algo, se detuvo en seco al ver que las luces de la lavandería estaban encendidas, a esa hora de la madrugada no era normal que alguien estuviese haciendo labores domésticas, pero sin más opción por delante, entró a la habitación donde las lavadoras estaban acomodadas como soldados silenciosos y a disposición de los inquilinos. Recorrió el espacio con la mirada y no vio a nadie, aunque una máquina estaba funcionando y llevaba un ciclo de secado en total normalidad, Hanji, se detuvo frente a la secadora por un momento y a través del ojo de buey, observó la ropa que giraba y de pronto, el barril se detenía para girar en sentido contrario llevándose a la ropa consigo, se encogió de hombros y dirigiéndose a otra máquina, la abrió echando en su interior la ropa mezclada y sin separar.

— Si haces eso, arruinarás la ropa blanca — la voz la hizo dar un salto temeroso, giró sobre sí misma y a sus espaldas estaba un hombre que la miraba con indiferencia, estaba sentado en un rincón de la lavandería y mantenía las piernas cruzadas mientras un libro descansaba sobre ellas; no entendía cómo lo había pasado por alto y no lo había visto al entrar a la habitación, Hanji lo miró con los labios entreabiertos sin saber qué decirle y finalmente, él se levantó de su asiento y se dirigió hasta donde ella estaba — ¿No puedes hablar?

Las palabras de él la trajeron a la realidad y parpadeó tratando de encontrar qué decirle, aún no salía de la sorpresa de haberse encontrado a alguien, cuando pensó que estaba sola en el lugar — claro que puedo hablar — le contestó Hanji, el hombre se paró a su lado y notó que era más bajo que ella, aunque su mirada fría la desconcertaba.

— Bien, pensé que eras muda — y sin pedirle permiso, sacó la ropa de la lavadora y comenzó a separarla dentro del canasto — nunca se debe lavar la ropa de color junto con la blanca — le dijo sin recato y arrojó un par de pantaletas moradas dentro de la lavadora.

— Oye, eso es privado — le reclamó Hanji y el hombre arqueó una ceja.

— Detesto el desorden — contestó él como si fuese lo más natural del mundo y continuó con su labor, Hanji ni siquiera sabía cómo reaccionar y sentía que sus pies estaban pegados al suelo — bien, ya está, ahora sí puedes lavar esa carga.

Él cerró la lavadora y casi al unísono, la secadora se detuvo al tiempo que sonaba la alarma al haber terminado su ciclo, el hombre se dirigió a la máquina que había estado cuidando y sacó la ropa que comenzó a doblar en silencio, la echó dentro de su canasto y dio por terminada su faena — ¿A qué esperas? Si te apresuras, terminarás en dos horas.

Él dio la media vuelta dirigiéndose a la puerta y Hanji apretó los labios — ¿Estás visitando a alguien en el edificio? Nunca te había visto aquí.

El hombre se detuvo y la miró por encima del hombro — Vivo en el décimo piso, supongo que seremos vecinos — y sin decirle más nada, salió de la lavandería dejando a Hanji con la misma sorpresa que al principio.