Hola a todos.
Por fin he decidido poner fin a mi prolongada ausencia, ¿y que mejor forma de hacerlo que con un nuevo proyecto?
Esta historia es algo así como una adaptación de un libro que leí recientemente y con el que quise jugar cambiando la época y lugares en la que se desarrollaba y por supuesto incluyendo personajes del universo Clamp a la trama.
Si todo sale bien quiero que se trate de tres historias entrelazadas entre sí, aunque con diferentes protagonistas. En esta ocasión les tocara el turno a Touya y Tomoyo que como sabrán quienes siguen mi trabajo es mi pareja preferida y después es probable que tenga una secuela y una precuela en la que cuente la historia de Sakura y Shaoran y de Yukito y Nakuru respectivamente.
En fin esto es para mi sobretodo un ejercicio para poner en marcha mis algo oxidados hábitos de escritura, así que agradezco que me acompañen en este nuevo viaje y me cuenten lo que les va pareciendo.
Sin más que decir los dejo, no sin antes aclarar que los personajes y la trama central no es del todo mia sino que ambos pertenecen a sus respectivos autores. Creditos a ellos.
¿Me entregarás tu corazón?
Prólogo
Era la noche del 25 de agosto de 1880 en Grosvenor Square. Las exquisitas decoraciones de la casa del vizconde llenaban de elegancia y pulcritud cada espacio de aquella magnífica fiesta llena de personas de alta sociedad. Los llamativos vestuarios, los trajes costosos, las suntuosas gemas de cada invitado. Todo allí era tan perfecto, tan magnífico, tan extravagante… que sin duda la asfixiaba. Lo único que quería era huir de todo y de todos y fingir que nunca había puesto un pie en aquel lugar.
–¿Quieres marcharte ya?
Tomoyo Daudoji se volvió y entre la multitud de gente estirada y pretenciosa a su alrededor, miró los ojos cafés de su mejor amigo, Touya Kinomoto. Él sería, desde luego, quien la salvaría de aquella tortura.
–Sí, por favor.
Se levantó de la mesa y aceptó la mano que le ofrecía. Contenta, lo siguió hasta que salieron del salón de baile, cruzaron el colosal jardín delantero y llegaron a la calle. Estaban en Londres.
El simple hecho de respirar el fresco aire londinense de la en ese momento solitaria avenida hizo que Tomoyo se sintiera mejor.
¿Por qué había creído que aquella fiesta sería divertida? Se reducía a un montón de gente que nunca le había caído bien, alardeando de la maravillosa vida que llevaban. Aunque no le importaba en absoluto lo que Meiling Li, con mucho la mujer mas pedante que jamás hubiese conocido, hubiera conseguido en su vida, oírla fanfarronear había hecho que Tomoyo se sintiera menos orgullosa de sus propios logros.
Y era ridículo. Era la dueña de la mayor sastrería de toda Francia y sus diseños eran conocidos y admirados por personas de toda Europa. Sin embargo, que no tuviera alianza matrimonial ni historias de un bebé en casa la había convertido en la excepción de la noche.
El viaje, sin duda alguna, había sido un desperdicio de sus escasos días de vacaciones.
Bueno, no del todo. Había merecido la pena por volver a ver a Touya. Eran muy buenos amigos, aunque, últimamente, estaban tan ocupados que, con suerte, se veían una vez al año. Aquella fiesta había sido una buena excusa para hacerlo.
Bajaron por la calle de la mano sin pensar en ir a un sitio concreto. Daba igual dónde acabaran. Cuanto más se alejaban del lugar de la fiesta, de mejor humor se ponía Tomoyo. Era eso o, a juzgar por cómo le flaqueaban las rodillas, el vino le estaba haciendo efecto.
Un estruendo lejano llamó su atención y ambos se detuvieron frente a la gran fuente en la calle central para contemplar los fuegos artificiales que anunciaban el punto final de la celebración que habían dejado atrás.
Tomoyo reclinó la cabeza en el hombro de Touya y suspiró, contenta. Verdaderamente, lo echaba de menos. El mero hecho de estar con él hacía que todo le pareciera mejor. En sus brazos hallaba una comodidad y un consuelo que no había encontrado en ningún otro. Aunque nunca habían salido como pareja, Touya había puesto el listón muy alto para los posteriores cortejantes de Tomoyo; tal vez demasiado alto, ya que seguía soltera.
–¿Te encuentras mejor? –preguntó él.
–Sí, gracias. Ya no podía seguir escuchando más historias de bodas y bebés.
–Ya sabes que eso es lo que suele suceder en esas fiestas.
–Sí, pero no me esperaba que me fuera a sentir…
–¿Una mujer de negocios con talento, éxito y control de su propio destino?
Tomoyo suspiró.
–Estaba pensando más bien en una fracasada en mis relaciones con los hombres.
–Olvídalo –dijo él con voz grave. Se volvió hacía ella y le levantó la barbilla para que lo mirara a los ojos–. Eres maravillosa. Eres hermosa, tienes talento y éxito. Cualquier hombre sería afortunado si formaras parte de su vida. Simplemente, todavía no has encontrado a uno digno de ti.
Era una hermosa idea, pero no alteraba el hecho de que llevaba mucho tiempo buscando al hombre ideal sin resultado alguno, lo cual en su época era una tragedia para cualquier mujer que quisiera asegurarse un futuro próspero. Había pasado de ser la debutante más codiciada, el diamante de su temporada a ser una solterona sin hijos que según parecía se quedaría en ese estado después de haber rechazado a cada hombre que intentó cortejarla.
–Gracias, Touya. –dijo ella, de todos modos, al tiempo que lo abrazaba por la cintura y apoyaba la cabeza en su pecho.
Él la estrechó entre sus brazos y le apoyó la barbilla en la cabeza. Era solo un abrazo, como el que se habían dado cientos de veces. Pero esa noche fue distinto. De pronto, ella notó el movimiento de los duros músculos masculinos bajo la camisa. El olor de su colonia le hizo cosquillas en la nariz, lo que le dio ganas de ocultar la cabeza en su cuello, aspirar el cálido aroma de su piel y acariciarle la incipiente barba.
Sintió una oleada de calor en las mejillas que no tenía nada que ver con lo mucho que habían caminado hasta allí o el hecho de que estuvieran en medio del verano mas caluroso de los últimos cincuenta años. No, aquella calidez enroscándosele en el vientre era sin duda el despertar del deseo.
Touya era su mejor amigo pero quería más. Deseaba que le demostrara lo hermosa que era y el talento que tenía con las manos y con la boca, no con palabras.
Era un pensamiento peligroso, pero no pudo apartarlo de su mente.
–¿Te acuerdas de la noche de la boda de Sakura?
–Por supuesto –.Respondió ella al tiempo que se apartaba de él para poner fin al contacto físico que le hacía circular la sangre más deprisa, y así intentar olvidar las imaginaciones que el vino estaba provocando en su cerebro.
Ese día, ambos habían tenido que soportar una fiesta familiar con cientos de personas que no conocían y que los miraban como ratas, y al final se habían escapado juntos tan pronto se aseguraron de que Sakura estaba a salvo de la mano de su amado. Él había galopado hasta un extremo de la ciudad, donde, por fin llegaron a una pradera en la que habían visto las estrellas por horas.
–Estuvimos despiertos toda la noche observando el cielo en busca de estrellas fugaces –añadió ella.
–¿Recuerdas el pacto que hicimos?
Tomoyo pensó en aquella noche. Los detalles eran borrosos, pero recordaba que habían jurado algo.
–Acordamos que si seguíamos solteros en diez años nos casaríamos.- Señaló él haciendo que el recuerdo se iluminara en su cabeza y ella se riera de su propia torpeza.
A los diecinueve años, tener veintinueve le había parecido ser una anciana, ¿que decir de los treinta y cinco que tendría Touya en ese momento? Si para entonces no estaban casados, ya podían perder toda esperanza de encontrar pareja, así que juraron que se salvarían mutuamente de una mediana edad solitaria.
–Tener veintinueve años no me parece lo que creía entonces, desde luego –prosiguió Tomoyo–. Me sigo sintiendo joven y, sin embargo, a veces me siento la persona más anciana y aburrida del mundo. Lo único que hago es trabajar. Nunca corro aventuras como las que corríamos juntos.
Touya estudió su rostro con cierta picardía y ella supo que acababa de ocurrírsele una de sus locas ideas.
–¿Estás dispuesta a correr una esta noche? Te garantizo que te animará.
Era exactamente lo que necesitaba.
–Estoy totalmente dispuesta. ¿Qué es lo que te propones?
Touya sonrió, le quitó uno de sus guantes y la tomó de la mano. Ella sintió un escalofrío y supo que haría cualquier cosa si él le sonreía de aquella manera. A continuación, él apoyó una rodilla en tierra y ella se dio cuenta de que la aventura iba a ser mucho más grande de lo que se esperaba.
El brillo de los fuegos artificiales era aún más deslumbrante reflejados en sus oscuros ojos, y antes de darse cuenta se vio hechizada por aquellas facciones tan perfectamente talladas y esa sonrisa demoledora que en ese momento como en muchas ocasiones le había dejado sin aliento. Y entonces, como si no estuviera lo suficientemente abrumada, lo escuchó preguntarle lo inimaginable. Aquello que cambiaría su vida para siempre.
