¡Bienvenidos a esta...! ¡COSA! Esta cosa, sí...
A veces, mi jodida y perturbada cabeza sufre ataques en los que dejo de ser yo para ser alguien más extraña y enferma, y se dedica a escribir y publicar estas cosas. Si eres valiente puedes pasar, si no, te recomiendo que abandones.
Empezaré con un capítulo más light, porque hay de todo en este refrito de cosas. Porque no tiene otro nombre: COSA.
Marcaré junto al nombre del capítulo +18 para que cuando vayáis a seleccionar el capítulo deseado sepáis qué clase de contenido hay, para que los más sensibles o de gustos diferentes puedan evitar leerlo y disfruten, si lo desean, de las cosas (otra vez las cosas) lights.
Días que es mejor no salir de casa
-¡Me aburro!-Canturreó Ryan, echando la cabeza hacia atrás en el sofá.
-Ryan, no seas así.-Se quejó su madre.
-No me obliguéis a esto.-Se quejó.
-Sabes que a tu padre le cuesta leer si no lleva dibujos.-Masculló su madre, por lo bajo, mirando de reojo al hombre con el que se había casado.-Haz un esfuerzo.
Una vez por semana hacían sesiones de lectura, porque ellos dos querían que el resto de la familia descubriese la magia de los libros, y la semana siguiente, padre e hija les mostraban los placeres de la comedia absurda de la que tanto disfrutaban. Era una actividad que hacían para pasar más tiempo juntos, y mostrar interés por los hobbys de los demás. Pero Ryan odiaba la lectura con dibujo, era lenta, simple e infantil. Él necesitaba una lectura completa, sin imágenes, que todo fuesen letras negras sobre páginas blancas. Ese día no había aguantado más y explotó, porque ya había leído tres libros de esos mientras su padre se divertía con las fotos del su primer cuento para niños. Ryan esperó a que terminasen y entre risas y aburrimiento decidió salir a la calle. Allí vio a un extraño chico, parado en la acera frente a su puerta, mirando un reloj.
-¡Madre mía! ¡Qué tarde!-Exclamó. Por instinto Ryan miró su propio reloj, y apenas eran las cinco de la tarde.
-¿Tarde?-Pronunció en voz alta.
El chico pelirrojo de ojos azules lo observó. Ryan se fijó en él: vestía camisa blanca y un chaleco negro, con pantalones grises muy elegantes. Una pajarita roja adornaba su cuello y un llamativo reloj de bolsillo pendía de una dorada cadena hasta su mano. No le preocupó su curiosa vestimenta si no que el muchacho tenía unas blancas orejas de conejo en la cabeza.
De pronto el chico salió corriendo a una velocidad de vértigo. Ryan salió de su asombro antes de lo que esperaba y algo le hizo correr tras él.
-¡Eh, Wallace! ¡Espera! ¿A dónde llegas tarde?
Ryan siempre había sido curioso, pero se preguntó a sí mismo desde cuando era tan impertinente. Corría tras el chico, y le costaba alcanzarlo, pero no desistió. Vio al pelirrojo correr hacia una cueva cerca del mar, desde donde se veía un lateral de la torre T. Conocía esa cueva, y no entendía por qué se había metido allí. Pensó que debía avisarle de lo que encontraría allí abajo y se decidió a entrar. La oscuridad se iba haciendo más negra hasta el punto en que no veía nada, y encendió la pequeña luz de su reloj de pulsera para ver algo, pero solo vio roca. De pronto recordó que hacía casi un año que la cueva se había hundido con el dentro y se preguntó quién se habría molestado en abrirse paso para encontrar un libro viejo de magia negra. El chico llegó al fondo de la cueva y, para su sorpresa, una luz blanca se veía al fondo. Era otra salida a algún punto de la ciudad. Quizá habían fabricado un atajo y él no se había enterado. Corrió hacia la salida para no perder a Wallace de vista, y vio un bosque que no recordaba que hubiese estado nunca en Jump City. ¿Habría encontrado un camino secreto hacia otra ciudad? Vio pisadas y las siguió hacia el interior de la arbolada, sin titubear.
-¿Dónde estoy?
-¡Estás aquí!
-Porque no estás allí.
-Ni allá.
-Si no aquí.
-¿Eh?-Se extrañó, mirando en derredor.
De entre los árboles aparecieron dos mellizos, cogidos de las manos. Se completaban las frases o respondían entre los dos a las preguntas. Vestían casi igual: él llevaba una camisa amarilla, con pantalones y pajarita rojos y zapatos negros. Ella llevaba un vestido amarillo, medias rojas y zapatos también negros. Sobre su cabeza lucía un bonito lazo rojo. Eran los mellizos Stone.
-Que si estuvieras allí
-no estarías aquí.-Completó el hermano.
-Eso ya lo había averiguado yo.-Dijo con sorna.
-TweedleDee-comenzó ella
-y TweedleDum solo quieren ayudar.-Se quejó él, terminando la frase.
-No creo que podáis ayudarme ahora.
-¿Por qué?-Preguntaron al unísono.
-Estoy buscando a un chico con orejas de conejo. Dudo que le hayáis visto.
-¡Se fue por allí!-Respondieron, y cada uno señaló en la dirección opuesta al otro, cruzando sus brazos en el centro.
-¡Yo tengo razón!
-¡No! ¡Yo la tengo!
Comenzaron a discutir, y cuando uno de ellos señalaba una nueva dirección diciendo tener razón, al mismo tiempo el otro señalaba en la dirección opuesta, como si estuviesen programados. Eran muy parecidos por fuera, a excepción de algunas cosas muy pequeñas, pero eran contrarios el uno al otro.
-Sabía que no podríais ayudarme.-Suspiró y continuó caminando entre los árboles, perdiéndose en la espesura verde que cada vez se volvía más oscura, y llegó a pensar que estaba anocheciendo.
-Pero si casi ni son las seis.-Se quejó, mirando una vez más el reloj, extrañado.- ¿Y Ahora como vuelvo a casa?-Se preguntó, pensando que se había ido sin avisar y ni si quiera sabía dónde estaba.
-Solo tienes que preguntar.-Dijo una voz.
-¿Quién ha dicho eso?-Se asustó y se preparó para usar sus poderes si era necesario.
-Yo, pues aquí solo estamos tú y yo.-Ryan observó hacia unas ramas, y allí había un curioso gato verde atigrado.
-¿Puedes hablar?
-¿Y tú?
-Claro. Pero tú eres un gato.
-Una gata. Y eso no significa que no pueda hablar.
-Bueno, has dicho que si quería volver a casa solo tenía que preguntar.
-Lo he dicho.-Afirmó.
-Bien, ¿cómo vuelvo a casa?
-¿Y cómo quieres que yo lo sepa?
-¡Pero has dicho…!
-Solo tienes que preguntar, pero no a mí.-Rio.-Yo solo soy un gato, ¿recuerdas?
-Entonces, ¿a quién debo preguntar?
-A alguien que conozca tu casa.
-Yo sé dónde está mi casa, solo quier-
-¡Pregúntate a ti mismo!
-¡Quiero que alguien me diga cómo salir de aquí!-Soltó, dando una patada al suelo como un niño pequeño.
-Deberás preguntar a la gente de la zona.
-Aquí no hay nadie. Has dicho que estábamos solos.
-Pero más adelante hay una fiesta. Ellos deben saber algo.
Ryan observó en la dirección que la pata felina de su interlocutor apuntaba, y como si hubiera estado ahí todo el tiempo, un camino marcado por farolillos de colores conducía a una especie de jardín vallado, del cual procedía animada música.
-¡Gracias!-Ryan volvió a mirar a la gata verde.-Has sido d- la gata ya no estaba, solo podía ver su sonrisa y el eco de su voz antes de que esta desapareciese también.
-¡De nada!
Ryan observó la oscuridad en la que el gato había desaparecido, y bastante inquieto se encaminó hacia su nuevo destino: la fiesta.
Siguió el sendero, y le parecía muy raro no haberlo visto antes. Llegó frente al semimuro de piedra que rodeaba el jardín, con una enorme mesa que empezaba donde él estaba. Al fondo le costaba distinguir algo, la mesa parecía no tener fin. Le parecía no escuchar voces, pues había muchísimas tazas distintas, teteras, cucharillas y dulces. Caminó bordeando la mesa se acercó con cautela. Había niebla en el ambiente, y una vez que alcanzó la nube descubrió que no era niebla, sino vapor que salía de más teteras. Allí distinguió dos siluetas y se atrevió a dirigirse a ellas.
-Disculpad.-Comenzó, aguzando la vista para distinguir algo, mientras se acercaba.
-¡Vaya! Alguien nuevo.-Dijo una voz masculina.
-¿Y tú quién eres?-Preguntó entonces una voz femenina.
Ryan pudo ver a un chico pelirrojo de extraños ojos azules y piel tostada. También tenía orejas de conejo, pero eran de color marrón. La chica junto a él tenía ojos verdes y cabello negro, con un mechón rojo. Sobre su cabeza reposaba un enorme sombrero verde. Ryan los observó como si fuesen lo más raro que había visto nunca, y eso que era lo más normal que había encontrado hasta ese momento. Sacudió la cabeza y preguntó:
-¿Podéis decirme cómo salir de aquí?
-¡Claro! Por la puerta.-Respondió ella, con una mirada llena de locura.
-¡No puedes irte! La fiesta acaba de empezar.-Anunció el chico de las orejas de conejo.
-¿Qué fiesta?-Se extrañó, porque allí no había nadie más para celebrar una fiesta.
Una alegre música comenzó a sonar y los otros dos comenzaron a cantar, felicitándose el uno al otro.
-¿Es vuestro cumpleaños?
-¡Qué bobada!-Se carcajeó ella.-Es nuestro NO cumpleaños.
-¿No cumpleaños?
-¿Por qué vamos a esperar trescientos sesenta y cinco días para celebrar un día cuando podemos celebrar todos los días?-Inquirió el pelirrojo.
-¿Dónde me he metido?-Se compadeció de sí mismo, pensando que no debía haber salido de casa nunca.
-¿Hoy también es tu no cumpleaños?-Preguntó la chica, sirviendo tanto té en una taza que Ryan pensó que se desbordaría, pero no cayó ni una gota, y seguía saliendo té mientras Ryan pensaba la respuesta.
-Eh… Sí, supongo.-Respondió.-La chica observó la taza de té y la lanzó por los aires, bebiendo directamente de la tetera.
-¡Genial! Podemos celebrar tu no cumpleaños también.-Se alegró el más joven.
-La verdad es que tengo un poco de prisa.
-Normal, joven. Mira qué hora es.-Dijo una nueva voz. Era el primer chico pelirrojo que Ryan había visto.
-¡El conejo blan-! ¡El chico de orejas blancas!-Se asombró Ryan, y se levantó de la silla para correr tras él, que le llevaba mucha ventaja.
-¡Vuelve cuando quieras!-Se despidió la chica.
-Mañana también celebraremos nuestros no cumpleaños.-Le recordó el chico pelirrojo.
-Era muy mono.-Le comentó la morena, como si estuviesen hablando del tiempo, y continuó vertiendo té en el azucarero.
-¡Espera!-Lo llamó Ryan, pero Wallace seguía corriendo mucho.
-Un poco de calma.-Pidió otro chico con el pelo teñido de azul, que descansaba acostado sobre una hamaca, a la sombra de un árbol, mientras fumaba cachimba.
¿Fumaba cachimba?
-¡No puedo! ¡Es muy tarde!
-¿Conoces el refrán: vísteme despacio que tengo prisa?-Preguntó.
-¡Eso díselo a él!-Se quejó Ryan de que todo el mundo se dirigiese a él.- Además, tu eres malísimo con el refranero.
-¿Y quién eres tú?
-Voy a perder al chico de las orejas.
-¿Tú no tienes orejas?-Inquirió.
-Sí claro.
-Entonces no pierdes a nadie. Tú eres un chico con orejas. Eres un chico, ¿verdad?
-¡El de las orejas blancas!-Señaló.
-Ah, claro. Siempre llega tarde.-Comentó, dando una honda calada a la manguera. El olor a manzana invadió a Ryan y estuvo a punto de quedarse allí y que todo le diese igual, pero era curioso por naturaleza.
-¡Tengo que irme!
-Ten cuidado, no por más madrugar, amanece más temprano.-Recitó.
Ryan rodó los ojos y continuó corriendo para encontrar a Wallace. Pero se arrepintió de haberlo hecho poco después, pues corrió tan deprisa que no vio dónde pisaba, y cayó en un negro abismo que parecía no tener fin. Pudo escuchar una conocida voz de mujer que lo llamada por su nombre, cada vez más fuerte.
-¡Ryan!-Lo zarandeó una mano.
-¿Qué?-Preguntó, nervioso, mirando a todos lados.
Estaba acostado en el sofá, como hacía apenas unas horas, y no entendía bien cómo ese abismo enorme podía haberle llevado a su sofá. Se limpió los labios con el dorso de la mano. ¿Estaba babeando?
-Te has dormido.-Explicó su madre.-Estabas muy aburrido y te has tumbado en el sofá.
-Ah.-Fue lo único que dijo.
-Ya hemos terminado por hoy. ¿Quieres salir a la calle?
-Creo que hoy me apetece quedarme en casa.-Comentó, y se sentó junto a su padre con un libro nuevo, para leer juntos.
Me parecía divertido hacerle un guiño a Alicia en el país de las Maravillas, porque lo considero una parte muy importante de las vidas de casi todo el mundo, en la infancia, y es además una obra muy reconocida y muy interesante.
Supongo que Ryan no es la Alicia que esperabais, pero así ha sido y así se lo hemos contado.
¡Nos leemos!
