All my life, by my life
Como una maldición, intentaría alcanzar lo inalcanzable. A aquel que juró nunca lastimar.
Y, sin falta, en cada vida, lo único que le recibiría con los brazos abiertos sería la indiferencia, la desconfianza y la muerte.
Mo Dao Zu Shi | Modern AU/Reincarnation AU
ACTO I:
El gran escape
i. El guardián en las estrellas
"Deseo ayudarte. Pero no deseo manchar mis manos."
—¿Ya vieron las noticias? ¡Meng Yao está preso!
—¡Hombre, pues me alegro!
Es ridículo cómo cambia el mundo y a la vez, cómo parece ser incapaz de cambiar.
Nadie más que él —o, mejor dicho, únicamente personas como él— podrían darse cuenta de lo increíblemente irónico que es el universo. Lo estúpidos que son los humanos.
Lo ridículo que es él, por desear algo diferente a lo que recibe cada vez.
—Dicen que lleva años planeando esto.
—Una de mis primas solía estudiar con él, dicen que siempre se metía en problemas por escaparse de los dormitorios en la noche. Quien sabe qué estaría tramando.
—¡Que yo se los había dicho, ese sujeto nunca me dio buena espina!
Si le preguntan, el mundo es y siempre será esencialmente el mismo. Esto, claro, porque las personas se rehúsan a cambiar. Las noticias y las historias se distorsionan tanto en las lenguas de los espectadores, que se vuelve imposible diferenciar lo verdadero de lo falso.
Él lo sabe mejor que nadie. Después de todo, los únicos talentos que ha tenido son una memoria espeluznante y una lengua tan afilada como inteligente.
Una vez, hace mucho tiempo, él cometió innumerables pecados.
Y como si lo hubieran encerrado en un purgatorio, estuvo pagando por ellos, preso de una maldición que no le permitía olvidar, ni mucho menos descansar. Una y otra vez, persiguiendo lo que jamás podría tener. Una y otra vez, siendo testigo de cómo el mundo es infinitas veces más cruel que él, pero no duda en serle de juez y verdugo y ejecutarlo antes de poder explicarse.
No le permiten ni un respiro de duda.
Sin embargo —y no importa cuántas veces lo repitiera, en el transcurso de tres días—, en esa ocasión él no hizo nada.
Por una vez era inocente.
—Por favor firme aquí —dijo el hombre justo frente a él mientras le entregaba un bolígrafo, después de atravesar el penoso cacheo y la toma de sus huellas.
—¿No temen que los ataque con esto? —bromeó con una dignidad indigna de alguien que acaba de ser desnudado frente a los ojos de todos, una vez más pronunciando al apellido que al parecer solo le traía problemas, sin importar en qué época creciera.
—Creo que puedo contigo —responde el guardia que es, en efecto, más de diez centímetros más alto.
Se rehúsa a que el universo se siga burlando de él.
—Nombre, por favor… el de nacimiento —aclaró econ una voz monótona, como acostumbrado al mismo malentendido una y otra vez.
—Meng Yao —soltó con un poco más de familiaridad.
—¿Familia?
—Ninguna —mintió con facilidad.
—¿Desconocidos o muertos? —Meng Yao observó al hombre con cierta incredulidad. Este le devolvió la mirada, sin ningún tipo de vergüenza o misericordia—. Oye, no tengo todo el día, ¿desconocidos o muertos?
—… Muertos —respondió finalmente.
—¿Todos ellos? —preguntó a la ligera. Meng Yao se contuvo de más comentarios. Con el tiempo había moldeado una paciencia que haría que un santo pareciera irracional—. ¿Los mataste tú?
No, en esta ocasión no—. ¿Buscando alargar mi cadena perpetua?
Fue conducido por el mismo hombre dentro de su nueva residencia. Temporal, pensó con calma. He salido de peores situaciones.
Ha estado confinado antes. Nunca es una buena experiencia. Es peor cuando se encuentra con rostros familiares, y catastrófico cuando dichos rostros familiares, lo recuerdan también.
Dadas las circunstancias, supone que debería estar postrado de rodillas y agradeciendo a los dioses por haber podido evadir la pena de muerte.
Pero hace mucho que no se inclina de tal forma para rogar. Incluso si es más rastrero que una cucaracha, ya aprendió a no buscar ayuda de quien no se la quiere dar, ni mucho menos agradecer a quienes no han movido ni un solo dedo por él.
Después de todo, sea para agradecer o maldecir, los dioses nunca lo han escuchado. Son ciegos, sordos y mudos a sus plegarias. Es mejor así.
Para alguien que ha tocado fondo y ha ido más abajo, Meng Yao mantiene el mentón arriba con orgullo.
—Si yo estuviera en tu lugar, trataría al hombre de uniforme con respeto, eh —le dice el hombre con una sonrisa relajada—. Has metido a tanta gente en aprietos que eres una celebridad aquí dentro. Te espera una cálida bienvenida. Puede que necesites una mano.
—¿No se supone que es la prisión más segura del país? —pregunta con calma, observando los rostros dentro de las celdas. De vez en cuando, se encuentra con rasgos familiares de gente que quizás en algún punto demandó en nombre de su padre. Siempre pensó que serían más.
—Pues claro, nadie de aquí sale vivo, por eso es que lo declararon seguro —Vivo. Buen énfasis en la palabra.
No pudo evitar rodar los ojos. En lo más bajo de lo bajo y en la cima del mundo se cortarían cuellos para reinar. Para subir, hay que echar abajo a otros, con el pretexto de la "supervivencia del más fuerte". Hay ciertos aspectos de la humanidad que no cambiarán nunca.
Al conocer la verdadera desesperación, nadie está por encima de matar para sobrevivir. Meng Yao, en el fondo del fondo, actualmente no está por encima de nadie.
Siempre se verá obligado a cometer los mismos errores una vez, y otra, y otra, y otra-
—Mo Xuanyu —recita con agobio, interrumpiendo sus propios pensamientos de descender sin control. El hombre lo observa con los ojos abiertos de par en par, mientras se detienen frente a su celda—. Pediste una audiencia privada con Jin Guangshan una vez. Luego te escolté por la puerta trasera, hace siete años. Tenías quince, en ese momento. Te recuerdo.
—… Entonces los rumores de tu memoria prodigiosa son ciertos, ¿eh? —preguntó con calma, mientras escribía con deliberada lentitud—. Trataré de contener mi lengua frente a ti, entonces.
Esbozó una sonrisa—. Por desgracia no tengo el privilegio de olvidar, hermano.
Mo Xuanyu le regresó la sonrisa. Derramaba pena, como si le dijera "yo habría hecho lo mismo, en tu lugar"—. No te quedes mucho tiempo aquí, los chicos lindos como tú no duran.
—Quedarme aquí no está en mis planes.
—¿Y llegar aquí sí lo estaba?
Las rejas se cerraron en un tono definitivo, marcando así el inicio de su encierro. Temporal, se repite, como para convencerse a sí mismo de que la situación no es tan desalentadora como realmente es.
Una semana atrás, en un día tan normal como otro, la limosina que transportaba a Jin GuangShan y su familia se estrelló y el todo el país se estremeció con la noticia. Los cuerpos fueron encontrados en la mañana, quemados hasta volverse irreconocibles. Se atribuyó la causa del accidente, un saboteo en el sistema de frenos.
Él había sido invitado a ese viaje familiar, pero no ha sobrevivido tantos años siendo incapaz de reconocer invitaciones genuinas de aquellas que se hacen por mera cortesía. ¿Cómo podría atreverse él, a compartir asiento con esas personas? Por lo que se excusó a sí mismo de dicho viaje, como siempre lo hacía. Se quedó en casa, atendiendo todos los asuntos que el presidente negligentemente ignoraba y que en su lugar ponía en sus hombros para que se encargara.
Decían que lo resentía. Que lo odiaba. Que era avaricioso, por querer más de lo que ya se le había dado. Que conspiraba, que tramaba algo, que no pasaría mucho antes que pisoteara a toda la cima de la pirámide para declararse el rey.
Tres días atrás, después de una serie de eventos desafortunados, Meng Yao fue apresado por el asesinato de Jin GuanShan, Madam Jin, Jin ZiXuan y Jiang JanLi.
—Muy bien princesa, tienes una llamada —Meng Yao no se molesta en preguntar a quién diablos llama princesa, y en su lugar se pone de pie para seguir al oficial.
Los recién llegados son presa, carnada y sangre fresca. Ahora mismo está en la boca del lobo.
Pasar frente a las celdas es un acto penoso. Los gritos y silbidos le hacen estremecer, trayendo escenas que constantemente entierra en lo más profundo y recóndito de su memoria para que ya no le traigan más problemas. Las memorias no obedecen, pero se rehúsa a dejar que eso se muestre en su rostro.
Los guardias ignoran las obscenas amenazas de los reos tal como los dioses a las mundanas plegarias de los mortales. No se molestan en ocultar las sonrisas que esbozan en su dirección, claramente adentrándose en una fantasía en que ellos son sus atacantes.
Tengo que salir de aquí, se recuerda a sí mismo, manteniendo la mirada en alto y caminando hacia adelante.
Por la manera en que sus labios se curvan hacia arriba constantemente, podrían decir que sonríe. Qué bonita sonrisa, le han dicho muchas veces.
Me estaba sonriendo, lo estaba pidiendo.
Meng Yao nunca deja de sonreírle a la desgracia.
—Una llamada —le recuerdan.
No se molesta en esperar una privacidad que no va a recibir, así que comienza a marcar en el anticuado aparato un número que conoce de memoria. Y espera.
En toda su vida no ha pedido ayuda. Quizás, por orgullo. Quizás, para compensar por todas aquellas veces en que usó a otros como escudo y los manipuló para que lo defendieran cual doncella en aprietos. El teléfono marca uno, dos y tres tonos, y por un momento teme que no atienda.
Ha hecho y deshecho. Creado y destruido. Ha caminado por el camino amplio, y el estrecho y oscuro. Indudablemente, nunca ha sido la persona más inocente del planeta tierra, y sea que haga bien o mal, no ha recibido la confianza de nadie.
Un depravado. Malvado, vil y cruel. Un completo villano. No hay crimen que no hubiera cometido ni mentira que no hubiera usado a su favor.
Pero incluso cuando es inocente, el universo no le da el beneficio de la duda.
Bien, pues también se ha cansado de rogar por ello.
—¡¿Hola?! ¡¿Quién coño es a estas horas?!
No puede evitar soltar una carcajada al escuchar su voz de recién despierto. Al otro lado de la línea, solo escucha insultos—. Xue Yang, que forma de saludar. No recuerdo haberte criado así.
—La puta… ¿Te has vuelto totalmente loco, anciano? ¡¿Tienes idea de qué hora es?! ¡Llevo días tratando de contactarte! ¡¿Y qué número es este?! —La creciente intensidad en los gritos de Xue Yang hacen que coloque el teléfono a una distancia considerable de su oreja. Solo cuando estos disminuyen es que decide volver a escucharlo—…con una puta sombrilla y luego la abro, me oyes Meng Yao?! ¡¿Dónde diablos estás?!
—Tu preocupación me conmueve —responde con simpleza, y prácticamente puede ver cómo su rostro cambia entre rojo y púrpura de la pura ira—. Y respecto a dónde estoy, bueno…
Está, por millonésima vez, al final de las escaleras.
—Digamos que, estoy en apuros, Yangyang.
Tres días atrás el mundo adquirió su nuevo villano y Meng Yao se encontró a sí mismo tras las rejas después de un juego de poder contra el cual no tuvo oportunidad.
Tengo que reconocerlo, piensa con serenidad cuando se cumple el tercer día y la noticia del accidente ya recorrió el mundo tres veces. Los medios son algo extremadamente poderoso.
Hubo una época donde los rumores podían ser silenciados con la facilidad con la que se mata una mosca. Donde el estatus de uno podía callar a la mitad de la población, y sus actos heroicos a la otra mitad.
Sin quererlo, se encuentra a sí mismo soñando otra vez.
Con aquella época en que solía entrar y salir a su antojo, de un lugar sagrado en que las mismas nubes se detenían a tomar un descanso. Con esa sonrisa amable, y el hombre tallado en jade.
WELCOME!
Tengo que admitir que Mo Dao Zu Shi es como, droga. Buena droga. Me encantó mucho esta vaina y por eso ahora le escribiré un fanfic burda de largo.
¿Se algo de las leyes en China? No. ¿Voy a investigar? Evidentemente. ¿Todo lo que diga aquí probablemente será inventado y no lo tienen que tomar el pie de la letra? ABSOLUTAMENTE.
Bienvenidas al AU Moderno/Reencarnación que absolutamente nadie ni sus perros pidió, pero que igualmente voy a escribir porque yo hago lo que me cantan los ovarios.
Ahre dejen un comentario para recibir un latigazo de Jiang Cheng.
Stay tunned!
;Tamarindo Amargo
