BON VOYAGE
Se conocieron siendo técnicamente unos niños. Ambos habían tenido 14 años la primera vez que se vieron en el Instituto, él estaba emocionado luego de años de encierro, ella a la defensiva a causa de la única amiga que él había tenido nunca.
No pasó mucho para que, luego de arreglar un malentendido aquel primer día, ella se enamorara de él ante una pequeña muestra de amabilidad.
Él era apuesto, inteligente, parecía ser tan inocente y amable con todos, siempre dispuesto a ayudar a los demás hasta donde sus posibilidades le permitieran, el hecho de ser un ídolo nunca se le había subido a la cabeza y por todos estos pequeños detalles que ella había comenzado a presenciar a diario, lo amaba. Lo amaba aún si él no pasaba de verla como una simple amiga, aún si ella era pequeña e insignificante al lado de todas aquellas otras chicas, más interesantes, agraciadas y elegantes que ella misma. Le había costado trabajo aceptar que él no necesitaba que lo protegieran, que podía alejarse por si mismo de las malas influencias sin dejar nunca de lado esa amabilidad que parecía tan característica de sí mismo.
Ella era linda y tierna, algo torpe, le costaba trabajo creer en su propio potencial aún cuando siempre se las ingeniaba para salir avante ante su enorme sentido de la justicia, siempre amable con los que la rodeaban, dispuesta a disculparse cuando su sentido de justicia la hacía ir demasiado lejos y malinterpretar a los demás, eso hablaba de valentía y él podía verlo todo. En un principio la había considerado simplemente una amiga, una muy preciada y valorada amiga, era imposible que la viera de otra manera al estar completamente cegado por el amor que sentía por alguien más... le había costado mucho desviar entonces la mirada de aquella otra persona que salvaba diariamente las calles de París y posar sus ojos en su querida amiga, notando su belleza, su inteligencia y el enorme corazón que poseía debajo de aquella fachada de timidez y nerviosismo que desplegaba cuando estaban uno junto al otro.
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El Instituto llegó a su fin, el infinito encierro del chico pareció romperse poco a poco, hasta llegar un momento en que eran más las libertades de las que gozaba, que las limitantes impuestas por su padre... quizás en parte porque su padre había terminado en prisión y su madre, había regresado milagrosamente al mundo, alentándolo a seguir sus sueños y desenvolverse en aquel enorme mundo como mejor le pareciera, protegiéndolo en la medida de lo posible. Aquella época de su vida había sido triste, una verdadera contradicción, felicidad y tristeza, libertad y consternación, luz y oscuridad, vergüenza y orgullo.
Si, el Instituto había llegado a su final, el peor villano contemporáneo en la historia de París había sido llevado a juicio y luego a prisión, ellos habían dado inicio a una nueva etapa en sus vidas como estudiantes, y aún así, el mundo no había resultado ser miel sobre hojuelas como ella habría esperado. Ante las dificultades que ahora enfrentaba el chico que por tanto tiempo había amado, ella no se había separado de su lado, haciendo lo posible por superar su nerviosismo para ser un apoyo constante, dando consuelo cuando el dolor, la confusión y la oscuridad parecían engullir al chico, haciéndole llamadas de atención cuando se ponía en peligro o hacía algo estúpido, y festejando de cerca cada logro, cada pequeño triunfo, cada paso adelante para recuperar la "normalidad", aún si él nunca había tenido una "vida normal".
A nadie le extraño que ambos jóvenes terminaran juntos realmente. De solo amigos a mejores amigos, de ahí a novios, luego a socios, finalmente matrimonio.
Ella juraba que nunca había sido tan feliz, sus sueños de casarse con él tener tres hijos y una pequeña mascota se habían hecho realidad mientras ponía a la vista del mundo sus propias creaciones al fundar su propia marca de ropa.
Él había aprendido a sobrellevar el dolor de perder a su padre para recuperar a su madre, había logrado perdonarlo a él, se había perdonado a sí mismo, se había permitido soñar y vivir, había dejado de lado su antigua carrera de modelo y había comenzado a perseguir sus sueños, apoyando a su esposa cuando lo creía necesario y aprovechando todos los conocimientos que su padre le había obligado a cultivar en la carrera que había escogido.
Si, el mundo parecía realmente maravilloso.
Juntos al traer nueva vida al mundo, él la había acompañado en el nacimiento de cada uno de sus pequeños.
Juntos cuando llegó del todo el perdón, y su padre fue al fin liberado de prisión.
Juntos cuando la muerte tocó a sus puertas, llevándose uno a uno y poco a poco a los padres de cada cual.
Juntos cuando la vida siguió su curso, y sus hijos alcanzaron sus metas, se fueron de casa y formaron sus propias familias.
Juntos cuando el tiempo tocó a la puerta, y poco a poco, tuvieron que retirarse de los trabajos que cada uno había ejercido, dando miradas esporádicas para apoyar a quienes serían sus reemplazos, dando recomendaciones y pasando cada vez más tiempo uno junto al otro, reencontrándose durante su vejez.
Juntos incluso cuando aquel mundo fantástico y perfecto llegó a su fin.
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- ¿Señora Agreste? -Había llamado la enfermera, observando a todos los presentes en la sala de espera del hospital.
Miradas tristes, ansiosas y llenas de preocupación se detuvieron de inmediato en una mujer de edad avanzada. Sus ojos azules, normalmente brillantes por la inteligencia y creatividad tras ellos, ahora parecían deslucidos, vidriosos por las lágrimas y cansados por la preocupación. El cabello antes negro, ahora completamente entrecano y corto, tal y como lo había usado desde que llegara a sus veintes. Era delgada, parecía frágil, se veía encorvada cuando se puso en pie, embutida en un traje sastre sencillo y cómodo que ella misma había diseñado y cosido un par de meses atrás, las manos apretadas contra su pecho, como si temiera que su corazón fuera a romperse de un momento a otro.
- Soy yo -Respondió Marinette con un hilo de voz- ¿Cómo está mi esposo?
- Pidió verla, debe apurarse, necesita despedirse mientras aún esté con vida.
Se tragó las lágrimas, aguantó las ganas de gritar y llorar, enderezándose y sacando fuerzas de algún lugar en lo profundo de su alma con cada paso que daba hacia la castaña que había salido a llamarla, guiándola hasta la habitación donde su compañero de toda una vida, había estad internado la última semana.
- Procure mostrarse tranquila mientras hablan, si necesita algún tipo de ayuda o apoyo, solo apriete el botón que está junto a su cama.
- Gracias -Murmuró la anciana justo antes de entrar en la habitación.
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Había luz solar, cálida y amable entrando por el enorme ventanal junto a su cama, la temperatura era perfecta para su débil cuerpo, tenía suero conectado a uno de sus brazos, la piel arrugada y marchita, el cabello se le había vuelto quebradizo y sumamente delgado, peinarlo hacia atrás como había hecho su padre cuando vivía, le había ayudado mucho a ignorar aquella fragilidad cada vez más palpable meses atrás. Estaba muriendo. Si sentía miedo, no era del viaje que estaba a punto de iniciar, había tenido una buena vida, una mucho más interesante que la del resto, había sido amado y dado amor a su vez, había dejado su huella en el mundo y ahora, se sentía sumamente cansado. Era hora de partir.
Despedirse le había tomado tiempo, más del que esperaba, el hospital había sido una gran idea luego de haberse desmayado una semana atrás, ante el esfuerzo de acudir al notario por su propio pie para dejar constancia de que algunas de sus cosas pertenecían, justo ahora, a otras personas; amigos, familia y otras gentes que habían sido importantes para él y que seguirían en aquel mundo algunos años más. Estar en el hospital le había valido un último vistazo a hijos y nietos, todos suyos, todos presentes en diferentes días y diferentes horas. Algunos "sobrinos" también habían ido a hablar con él, agradeciendo los obsequios que él les había dejado, aún si no había una relación sanguínea ahí, era inevitable, de su generación solo quedaban dos personas, él y la mujer que lo había acompañado la mayor parte de ese viaje al cual llamamos vida..
- Marinette -Susurró mientras le invitaba a entrar y luego a sentarse en la cama junto a él.
- Adrien, ¿cómo estás? ¿necesitas alpuedo? digo, ¿querido? ¿yo...-
No pudo evitar reír, hacía tanto tiempo que no la veía nerviosa, hablando tan rápido que era posible que mezclara una palabra con otra y una idea con otra en su prisa por comunicarle cuanto deseaba ayudarlo.
- Dios, ¡eres tan hermosa, incluso cuando eres incapaz de articular correctamente!, ¿cómo tardé tanto en darme cuenta?
Ella sonrió, sus ojos brillantes ante el comentario.
Con calma, la tomó de la mano. Tenía poco tiempo, pero era suficiente para una última despedida. Sonrió cuando ella enredó sus dedos con los de él. Se deleitó al verla tranquilizarse y suspirar de forma soñadora cuando él le besó el dorso de la mano que tenía presa, no sabía si podría extrañarla realmente ahí donde iría, pero estaba seguro que odiaba la certeza de saber cuan sola iba a dejarla, cuanto le iba a extrañar ella a él... pero ella era fuerte, era la mujer más fuerte que conocía, estaba seguro de que, sin importar cuanto tiempo le tomara, ella podría salir adelante.
- Gracias -Volvió a murmurar el anciano, sonriendo ampliamente y sin apartar su vista de aquel par de zafiros.
- ¿Porqué? soy yo quien debería darte las gracias a ti, esta vida, tanta felicidad, nuestros niños.
- También por eso, mi querida Marinette, por todo eso y por estar ahí, sin importar que tan mal estuviera todo a nuestro alrededor, sin importar cuanto deseara destruirlo todo, tú siempre estuviste ahí, mi luz, mi soporte.
- Adrien, vas a hacer que me sonroje, no sé si tenga suficiente sangre en estas viejas venas.
- ¡Oh, tonterías!
Cerró los ojos al sentir los dedos de ella delineando su mandíbula, suspirando como un gato a punto de ronronear ante aquella suave caricia. El reloj hacía tic tac, pronto sería solo una imagen del pasado, un personaje saliendo de la historia... otra vez.
- ¿Quisieras hacer algo más por mi?
- Lo que sea.
- ¿Podrías acostarte a mi lado? empiezo a sentir mucho frío.
Una punzada de dolor pareció cruzar por los ojos de su esposa, desapareciendo casi tan rápido como había aparecido, mientras ella cambiaba su mueca de desconcierto por una sonrisa dulce y un poco falsa.
Pronto el cuerpo de su mujer había quedado junto al suyo, irradiándolo tanto calor como la primera vez que habían dormido juntos, tantos años atrás, sentados en el tren uno junto al otro... apenas unos niños.
Los segundos transcurrieron con lentitud, su vida pasando frente a sus ojos una vez más, los recuerdos tristes llevaban un tinte oscuro, entre gris y azul en el ojo de su mente; los felices no dejaban de brillar y brindarle tanto calor como el cuerpo a su lado, y eran tantos, una marea inmensa, una enorme ola que no dejaba de empaparlo y envolverlo, preparándolo para la nota final en aquella larga sinfonía que había sido su vida. Se sentía tan feliz, tan en paz con todo.
- Es una lástima que no haya podido despedirme de él. -Murmuró Adrién, suspirando sobre la coronilla de suaves y tersos cabellos cortos bajo su mentón.
- ¿De quién amor?
- No importa, estoy seguro que tú le dirás.
- ¿Decirle qué a quién?
Sonrió con malicia, una última travesura antes de irse, un último segundo de libertad absoluta.
- Cuanto lo eché de menos los últimos años, cuanto espero que sea feliz, cuanto me habría gustado escuchar una de sus absurdas analogías de Camembert justo al final, justo al despedirme de todo, ¿le dirás cuan agradecido estuve de conocerlo, Mi Lady?
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- ¿Qué?
Sintió como los ojos se le habrían por completo, un poco más, y estaba segura que se le saldrían de las órbitas, se incorporó apenas lo justo para encararlo, llevando una de sus manos a su boca, lágrimas resbalando por sus mejillas.
Adrién Agreste acababa de morir con una enorme sonrisa en los labios y los ojos brillantes. El amor de su vida, el padre de sus hijos, su compañero de negocios, su esposo... y sus últimas palabras habían sido una dolorosa confesión al menos para ella, porque fue en ese momento, justo cuando él se adelantaba a un lugar que ella no podría alcanzar en varias décadas, que notaba que aquel hombre había sido, durante su adolescencia, su juventud y buena parte de su vida adulta, su compañero de batallas.
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Notas de la autora:
Si creen que este es el final, siento decepcionarlos, nos faltan dos capítulos y termino con la historia. ¿Qué les pareció?
Y bueno, por si alguien se pregunta porqué apenas me decidí a contribuir un poco con este fandom en particular, anoche vi el capítulo Cazadora de Kwamis, y cosa rara, me puse a leer los comentarios del fandom en distintos lugares, sí, esos acerca de que Adrién al fin parecía haber abierto los ojos y Marinette había llegado a cerrárselos de un Mousonazo xD, en fin, pensé ¿y si decide realmente seguir el consejo de Plagg y "hacer como si no pasara nada"? Él podría en algún punto notar que efectivamente, Marinette y Ladybug son la misma persona y aún así decidir hacer como que no lo sabe, luego enamorarse de Marinette y hacer hasta lo imposible por fingir que no sabe nada para poder mantenerse a su lado hasta el final... ok, yo y mis teorías extrañas, en todo caso, espero que hayan disfrutado con este primer capítulo, estaré posteando pronto el siguiente, solo no estoy segura que punto de vista tomar para el siguiente, ¿Marinette o Adrién?, ¿Ladybug o Chat Noir? se aceptan sugerencias.
SARABA
