Disclaimer: Yu-Gi-Oh! GX no es mío. De otra forma la parte de Haou habría durado posiblemente el triple, y habría acabado con un Sho vs Judai para salvar a su amigo.
Edición 10/02/21: cambios menores en redacción, corrección ortográfica. Nada que afecte a la historia.
Capítulo 1
Sho se miró al espejo por tercera vez esa mañana. Su cabello azul claro estaba por todos lados como siempre. Incluso cuando sabía que no había forma de arreglarlo, hizo lo que pudo al cepillarlo para que se viera al menos un poco más presentable. Después de todo, era su primer día de colegio en su nueva escuela y quería pasar desapercibido lo más posible. Su cabellera llamaba demasiado la atención. Ya bastantes problemas le había causado el ciclo escolar anterior, su último año en secundaria y el primero que cursó en una escuela pública.
Trató de ignorar la punzada de molestia de saber que iba a una escuela normal y no a la Academia de Duelos como su hermano.
«Es lo mejor», se repitió como hacía desde que falló el examen un mes atrás. «Mamá no habría podido pagar la colegiatura.»
El divorcio fue complicado. Su padre no tenía tiempo para un hijo mediocre, así que lo arrojó a él y a su madre a la calle. Y cuando su madre trató de luchar por una pensión alimenticia y la custodia de su hijo mayor, los sepultó bajo el peso de sus abogados caros, comprando a los jueces, además de difamarla hasta hacerla parecer a ella como la villana del drama ante el ojo público. E incluso lo repudió a él legalmente, haciendo que su nombre fuera borrado de todos los documentos legales en los que lo reconocía como su hijo.
Ahora estaban en ciudad Domino —la única ciudad en Japón donde la influencia de su padre era lo suficientemente baja como para que la vergüenza los persiguiera—, viviendo en casa de sus abuelos, sepultados en deudas y con la amenaza constante de su padre de hacerlos desaparecer.
Incluso con todo lo anterior, su madre intentó pagarle una colegiatura en la Academia de Duelos, lo cual sólo lo hizo sentir más culpable y responsable de su situación. En primer lugar, el divorcio fue su culpa: si se pareciera más a su hermano, si fuera más fuerte, su padre no habría tenido motivos para despreciarle, y su madre no habría tenido que meterse en tantas peleas con él para defenderlo. Su vida no sería el desastre que era ahora.
«En estos momentos estarías en la Academia de Duelos», se dijo, «y podrías hacer sentir orgulloso a tu hermano.»
Su última oportunidad de hacer esto fue arruinada cuando falló el examen de ingreso de forma tan patética. Pero había sido mejor así, intentaba convencerse. Ahora Ryo, el Káiser de la Academia, no tenía por qué soportar la vergüenza de tener allí a su torpe y débil hermano para arruinar su reputación. Mejor ir a una preparatoria normal, lejos de Ryo y lejos de los pocos amigos que había tenido.
«Amigos que te dieron la espalda en cuanto fuiste expulsado de la noble familia Marufuji y te convertiste en Sho Fujita.»
Hizo una mueca de fastidio ante su último pensamiento. No tenía nada contra el apellido de sus abuelos. Tal vez no fueran una noble familia descendiente de un clan samurái, pero sin duda eran más cálidos que la estricta y rígida familia Marufuji. Su madre siempre le insistía en que había heredado el carácter del abuelo, quien solía ser uno de los hombres más respetados por la comunidad de Domino. Bueno, de la vieja Domino. La actual era una ciudad moderna y agitada que se movía al ritmo que Corporación Kaiba le marcaba, y en la cual los valores de amabilidad y respeto de los ancianos, como su abuelo, se habían perdido hace mucho.
Salió del baño y volvió a entrar a su habitación, para ponerse el saco del uniforme escolar y tomar su mochila. Su mirada se desvió hacia su mazo de duelo, el cual había estado sobre su escritorio desde que llegara a la ciudad dos semanas atrás.
Siempre le gustaron los vehículos a escala, así que cuando niño le pareció que armar una baraja sobre ese tema era la mejor idea del mundo. El apoyo de su hermano a dicha decisión terminó de convencerlo. La aprobación de su hermano siempre había sido lo más importante para él.
«Van muy bien contigo», le dijo y, dado que era una baraja de máquinas como el estilo ciber que él practicaba, le obsequió algunas cartas de apoyo que iban muy bien con cualquier clase de estrategia basada en ese tipo de monstruos.
Ahora, después de todos esos años, se dio cuenta de que su error fue haberse quedado estancado allí. Recordó el examen práctico. El profesor Chronos, su examinador para esa prueba, se burló de sus cartas: las llamó infantiles y para jugadores principiantes. Tenía razón. Sho no pudo siquiera tocar sus puntos de vida, y para colmo, gritó de forma patética como un niño pequeño cuando el «Golem de Mecanismo Antiguo» del profesor aplastó sus puntos de vida y su última oportunidad de ingresar a la Academia.
Abrió el cajón del escritorio y arrojó su mazo allí. Ya no era un duelista. No necesitaba esas cartas. Iría a una escuela preparatoria normal y, con algo de suerte, conseguiría graduarse. Tal vez luego entraría a la escuela vocacional, y tras eso obtendría algún trabajo mediocre. Eso era lo que deparaba el destino a los fracasados como él.
Sin volver la mirada atrás, salió de su habitación y bajó a desayunar.
Sho se sintió intimidado ante el tamaño de la Escuela Preparatoria N° 2 de Ciudad Domino. Al ser escuela pública era grande, muy grande. En especial desde que Seto Kaiba donó varios millones de yenes para su remodelación y modernización. Después de todo, él estudió en esta escuela. También fue aquí donde estudiaron el Rey de los Duelistas —Yugi Muto— y Katsuya Jonouchi, el actual campeón mundial de duelo.
Saber eso no lo ayudó en absoluto a sentirse mejor. ¿De qué le servía? Él no era como ellos. Su única oportunidad real de lograr algo como duelista desapareció cuando fracasó en su intento de entrar en la Academia de Duelos.
Sacudió la cabeza para volver a su realidad.
Tenía que enfrentarse a la escuela de nuevo siendo el más bajo de su clase. Los otros estudiantes de primer grado le sacaban por lo menos una cabeza de altura. Parecía un niño de primaria comparado con todos ellos. Y, por lo que veía en los rostros, el comportamiento y la forma de vestir de los otros alumnos, no cabían dudas de que estaban en pandillas.
Tal vez debió quedarse en casa, envuelto en las mantas de su cama, protegido del mundo exterior.
«Sigues siendo un bebé llorón», escuchó la voz de su padre en su mente.
Tragó saliva, se llevó la mano al bolsillo y sacó la copia arrugada de su carta de asignación de grupo. Estaba en el aula 1-3, ubicada en la primera planta del edificio principal. Al menos sería fácil encontrarla.
Respiró profundamente y, teniendo cuidado de no hacer contacto visual con los otros estudiantes, comenzó a caminar en dirección a la puerta de entrada. Eran apenas las ocho cuarenta de la mañana, y las clases comenzaban a las nueve. Tenía suficiente tiempo para llegar a su salón y encontrar un buen lugar donde sentarse. No quería meterse en problemas por llegar tarde en su primer día. Su madre ya tenía suficiente como para además sumarle el que comenzara a fallar en su nueva escuela.
Sólo había una persona más en el salón cuando entró. Un chico sentado en la última fila, en la hilera junto a la ventana. No podía ver su rostro, puesto que estaba recostado sobre su escritorio durmiendo plácidamente usando sus brazos como almohada. Aunque sí que notó su peculiar cabellera castaña, la cual por alguna razón le recordó a un Kuriboh.
Sho se sentó en uno de los lugares del centro. No muy atrás como para estar cerca de los chicos problemáticos que había en todo grupo, y no muy adelante como para que el profesor notara su presencia. El lugar perfecto para pasar desapercibido, al menos durante las primeras semanas.
Poco a poco la clase comenzó a llenarse. Algunos de sus nuevos compañeros se saludaron efusivamente entre sí, sin duda aquellos que habían compartido clases en secundaria. Mientras más se llenaba el aula, como era de esperarse, más ruidoso se volvía todo. El sonido de las sillas al ser arrastradas, de la conversación casual entre los pocos que se conocían y de los gritos de uno que otro alumno, acabaron con la tranquilidad de la mañana en poco tiempo.
—¡Oye, mocoso, estás en mi lugar! —escuchó Sho detrás de él.
Con curiosidad volvió la cabeza, tratando de ser discreto. Normalmente, para los chicos débiles como él, era peligroso ver esas cosas: cuatro de cinco veces, los matones terminaban desquitándose con los débiles si salían mal parados en la confrontación. Pero su curiosidad pudo más que su sentido común, como siempre. Vio a uno de esos tipos con pinta de pandilleros que notó al entrar (era una sorpresa que estuviera en primer año, puesto que era casi del doble de su tamaño). Estaba de pie frente al escritorio del chico dormido.
El joven alzó la cabeza y miró al grandulón con un gesto aburrido.
—¿Ya comenzó la clase? —preguntó en medio de un bostezo.
Todos guardaron silencio, mientras el tipo enorme se veía cada vez más enfadado.
—Estás en mi asiento —repitió con tono peligroso.
El chico con cabello de Kuriboh se golpeó las mejillas para terminar de despertar, en un gesto despreocupado tal que parecía no haber escuchado al grandote. Se puso de pie, estirándose de tal forma que a Sho le recordó a un gato desperezándose tras tomar una siesta bajo los rayos del sol. Era delgado, de estatura promedio y llevaba el uniforme de forma descuidada: ni siquiera se tomó la molestia de abotonarse el saco, el cual estaba tan arrugado que parecía jamás haber sido planchado.
—No veo tu nombre en la silla —respondió.
El silencio que siguió fue tal que parecía como si el resto de la escuela estuviera vacía. El tipo enorme estaba tan enfadado que emitía un aura peligrosa.
—¿Te crees muy gracioso? —espetó mientras usaba su enorme mano para agarrar al chico cabello de Kuriboh por el cuello del saco y lo levantaba algunos centímetros del suelo.
Algo sucedió entonces. Por un momento Sho sintió que algo cambiaba en la atmósfera del salón. Se estremeció, como si de pronto la temperatura hubiera caído diez grados de golpe. El grandote soltó al chico cabello de Kuriboh y trastabilló unos pasos hacia atrás, tropezó con la silla detrás de él y cayó de sentón al suelo.
El chico cabello de Kuriboh sacudió el saco antes de hablar con tono tranquilo (aunque a Sho le hizo sentir escalofríos, como si hubiera una amenaza oculta en cada palabra):
—Me gusta estar junto a la ventana. Si no te molesta, creo que mejor deberías sentarte al otro extremo del aula.
El grandulón asintió. Se puso de pie y, casi tropezando de nuevo, fue a sentarse a la esquina opuesta del salón. Sho lo siguió con la mirada. Se le notaba completamente aterrado, pero, además de él, parecía que nadie más notaba ese detalle. De hecho, los demás comenzaron a centrarse en sus propios asuntos, lo cual no era normal en una clase llena de adolescentes en el primer día de preparatoria.
La clase volvió a llenarse con la conversación casual, como si el incidente jamás hubiera pasado.
Sho no pudo apartar la mirada del chico con cabello de Kuriboh, quien se ajustó el saco antes de volver a sentarse. Por un breve momento las miradas de ambos se encontraron. Sho dio un respingo asustado, mientras que el otro chico sólo le sonrió amistosamente —pero tuvo el efecto contrario enviando una nueva ola de escalofríos por la espalda de Sho—, antes de volver a acomodarse en su lugar para seguir durmiendo.
Sho se giró hacia el frente y mantuvo la mirada fija en la pizarra, a espera que se presentara el profesor titular de su grupo.
Cinco minutos más tarde, entró una profesora. Era una mujer alta, de piel clara y un llamativo cabello de color lila, el cual llevaba recogido en una cola de caballo. Vestía un traje formal de color gris.
—Buenos días, clase —saludó mientras tomaba la tiza. Escribió su nombre en la pizarra—. Soy Miho Nosaka, y seré la titular de su clase el primer año.
La profesora tomó la lista de alumnos y comenzó a pasar asistencia. Sho se relajó en espera a que lo llamara.
—Yuki Judai —llamó cuando iba por la mitad de la lista.
Nadie respondió.
—¿Está aquí el joven Yuki? —preguntó en voz más alta.
Sho escuchó un bostezo en la parte de atrás del aula y de inmediato supo que se trataba del chico cabello de Kuriboh.
—Aquí estoy —respondió con voz desganada.
La profesora frunció el ceño con molestia, mientras algunos de sus compañeros reían por lo bajo.
—Señor Yuki, debe tomarse en serio la clase. Lo dejaré pasar por ser el primer día, pero si lo vuelvo a sorprender durmien…
La profesora se detuvo.
Sho volvió a sentir como si el clima bajara varios grados y el silencio se extendió de nuevo. Los que reían también callaron.
—Puede seguir tomando lista, profesora —dijo Judai con voz tranquila tras un minuto de silencio. De nuevo, Sho sintió como si hubiera una amenaza apenas velada en la forma en que pronunció cada palabra.
La profesora asintió y volvió a lo suyo. Las cosas volvieron a la normalidad de nuevo. Contra todo su instinto, Sho volvió a girar la cabeza. Judai estaba otra vez recostado en su escritorio, durmiendo de nuevo como si nada hubiera pasado.
Esa fue la última vez que la profesora Nosaka le llamó la atención por dormir en clases.
Sho entró al aula después del almuerzo. Había buscado un lugar remoto en el jardín para comer el bento que su abuela preparó. Debía admitir que sabía mucho mejor que los almuerzos de la cafetería de su escuela anterior, e incluso que los de las cafeterías de las escuelas privadas a las que asistía cuando aún era un Marufuji. Al parecer era cierto eso de que las comidas hechas con amor superan a las gourmet.
Al llegar a su lugar, notó que este estaba ocupado por una de sus compañeras.
—¿Qué? —preguntó ella bruscamente.
Sho dio un respingo.
—Ese es mi…
—Decidí que cambiaríamos. Atrás hace mucho frío. Ahora piérdete.
Sho asintió y se apresuró a tomar el lugar que antes había estado ocupando esa chica. El asiento estaba justo al lado de Judai, quien al parecer no se molestó siquiera en salir a almorzar y seguía durmiendo en su escritorio.
Ahora que estaba junto a él, se dio cuenta de que en verdad esa parte del aula se sentía más fría. De hecho, era la misma sensación que percibió esa mañana cuando Judai confrontó al grandulón que intentó quitarle el escritorio, y más tarde cuando la profesora le llamó la atención por dormir en clase.
Sacó la silla y la arrastró para sentarse, haciendo más ruido del que pretendía.
—Por favor, no hagas eso —le dijo Judai levantando la cabeza levemente y con un ojo abierto para verlo.
—Lo siento —se apresuró a decir mientras se inclinaba a modo de disculpas.
Judai abrió los ojos por completo y enderezó la cabeza para verlo mejor.
—Hueles diferente —dijo.
Sho lo miró con un gesto confundido.
—¿Cómo dices? —preguntó creyendo que había escuchado mal.
—Tú hueles diferente a los otros —repitió y luego agregó al parecer para sí mismo—: No sé si me gusta eso. ¿Cómo te llamas? —preguntó al final.
Sho no respondió de inmediato, todavía extrañado por la rara elección de palabras de Judai. ¿Lo había olido como si fuera un animal?
—No entiendo.
—¿Tienes un nombre? —preguntó Judai—. Si no lo tienes, entonces tendré que darte uno.
—Sho —se apresuró a decir—. Sho Mar… Fujita. Mi nombre es Sho Fujita.
Judai lo repitió un par de veces, usando varios tonos, como probando a ver qué tal sonaba.
—Me gusta —decidió por fin—. Eso es bueno. Pensar en uno nuevo sería demasiado esfuerzo.
Sho se giró a ver a su alrededor. Todos sus compañeros estaban en sus propios asuntos, como si nadie notara la extraña conversación que estaba teniendo con ese chico tan raro del cabello de Kuriboh.
—¿Pasa algo? —le preguntó Judai.
—Nada.
—Bien, es grosero no prestar atención cuando alguien te está hablando.
—Lo siento.
—Mejor que sí. —Esbozó una pequeña sonrisa que envió escalofríos por toda la espalda de Sho—. ¿Eres bueno tomando notas?
—¿Perdón?
Judai frunció el ceño con extrañeza.
—Tal vez deberías ir a ver al médico. Parece que tienes problemas con el oído. Te pregunté si eres bueno tomando notas, ya sabes, sobre los temas de la clase.
Sho asintió con la cabeza.
—Muy bien, a partir de ahora me prestarás tus notas. Se verá mal si no hago aunque sea lo mínimo para pasar mis materias.
Sho no sabía qué decir. Judai no parecía ser de los típicos matones que le obligaban a hacer sus tareas en su otra escuela. Pero, a pesar de eso, no pudo evitar sentir que las palabras de Judai eran una especie de orden. Al menos no le estaba pidiendo que hiciera todo su trabajo escolar, sólo que le prestara los apuntes para estudiarlos.
—Deberías sentarte —escuchó a Judai, lo cual le hizo salir de sus pensamientos y volver a la realidad—. La profesora está por entrar al salón.
Sho se apresuró a sentarse, arrastrando de nuevo la silla.
—Por favor, sé más silencioso. El ruido me espanta el sueño.
—Lo siento.
—Te disculpas demasiado.
—Yo…
—Ahí vas de nuevo. Tan siquiera trata de no elevar la voz cuando lo haces.
Sho cerró la boca rápidamente y bajó la mirada como si hubiera algo muy interesante en el suelo.
—Hmm —Judai hizo un sonido de molestia.
Sho se sintió muy nervioso. Podía sentir la mirada de Judai sobre él. Se sentía desnudo, como si esos ojos pudieran ver a través de su mente.
La profesora Nosaka entró al salón y anunció que estaban comenzando la clase de cálculo.
—Detesto el cálculo —se quejó Judai—. Asegúrate de tomar las notas de forma clara. No quiero tener que trabajar más de lo debido descifrando tu escritura.
Sho vio de reojo como Judai volvía a acomodarse para dormir.
—¿Dormirás toda la clase? —se le escapó y de inmediato se llevó las manos a la boca. No pretendía decir eso en voz alta, en especial porque Judai le daba miedo. No podía explicar por qué era así, dado que hasta ahora lo único que había hecho era dormir y decir unas cuantas frases con una voz calmada y, hasta cierto punto, aburrida.
—De verdad, eres muy ruidoso.
—Yo…
—El día es para dormir —contestó él sin darle tiempo a disculparse de nuevo.
Sho, muy sorprendido, se giró para verlo. Judai de nuevo alzó la cabeza de su escritorio y tenía la mirada fija en él. Notó sus ojos: eran de un color castaño ordinario, a juego con su cabello. El problema era su mirada: intensa, casi como si pudiera atravesarlo todo y ver al interior mismo de las almas. Aunque Sho no sabía por qué le dio esa sensación.
—Creo que estas confundido. —Se mordió el labio. (¿Por qué no podía dejar de hablar?)—. Se supone que debes dormir por la noche.
Judai hizo un gesto de molestia.
—Si no prestas atención, no podrás tomar buenas notas.
Sho de inmediato se giró hacia el frente de la clase. La profesora Nosaka estaba copiando uno de los ejemplos del libro en la pizarra.
—En la noche pasa todo lo divertido —volvió a hablar Judai—. Además, no me gusta el día. Hay demasiada luz. Yo detesto la Luz.
Sho se estremeció ante el tono usado por Judai al decir esa última frase.
Mantuvo la mirada al frente, tratando de escuchar todo lo que la profesora estaba explicando. Unos minutos después, cuando la señorita Nosaka pidió un voluntario, se atrevió a ver en dirección a Judai de nuevo. Una vez más estaba dormido con el rostro oculto entre sus brazos.
Cuando el timbre de la salida sonó, Sho sentía como si el día hubiera sido especialmente largo. Las horas después del almuerzo se le hicieron infinitas. Se apresuró a guardar sus cosas en la mochila. La mayoría de sus compañeros ya iban de salida, aliviados de que las clases por fin hubieran terminado por el día. Alcanzó a escuchar como algunos planeaban ir a la tienda de juegos para divertirse un rato teniendo duelos o para comprar algunas cartas nuevas.
Sho mismo iba a levantarse cuando alguien lo detuvo:
—No salgas todavía.
Se giró para ver a Judai, quien estaba desperezándose en su asiento. Una vez más se estiró con un gesto que parecía casi felino. Al final, tronó los huesos de sus manos y se puso de pie.
—Vamos —dijo y comenzó a caminar con paso despreocupado.
Sho asintió y lo siguió en seguida.
No dijeron nada mientras caminaban por los pasillos, ni al abandonar el edificio. Sho se limitó a seguir a su compañero de clases. Judai caminaba con una despreocupada tranquilidad: con las manos metidas en los bolsillos, su mochila colgando de su hombro derecho y silbando alguna melodía desconocida.
Dos calles más allá, se detuvieron frente a una papelería.
—Muéstrame tus notas —pidió.
Sho se apresuró a sacar sus cuadernos y se los pasó. Judai los estudió un momento con el ceño fruncido.
—Creo que podrías mejorar tu caligrafía, pero al menos es legible.
Judai entró en la papelería, seguido por Sho. Entregó los cuadernos al dependiente y pidió una copia de cada página escrita. Mientras esperaban, pareció estudiar la tienda con mirada aburrida. Sus ojos se posaron sobre un pequeño estante que contenía sobres de cartas de Duelo de Monstruos (Sho aprendió en el poco tiempo que llevaba en la ciudad que todas las tiendas de Domino tenían al menos un estante dedicado al juego), lo cual pareció animarlo.
—¿Tú juegas?
La pregunta de Judai lo sacó de sus pensamientos.
—Eh…
—¿Estás seguro que no tienes mal el oído? Parece que siempre tengo que repetir todo dos veces.
—Estoy bien —chilló Sho en respuesta, y luego bajó la voz—. Es sólo que… No estoy acostumbrado a que la gente me hable.
—Eres raro.
Sho no sabía si tomar eso como un cumplido o un insulto, considerando que venía de un chico que causaba escalofríos cada vez que hablaba y pasó todo el tiempo de clases dormido en su escritorio.
—Entonces, ¿eres duelista?
—Solía serlo.
Judai frunció el ceño.
—No soy muy bueno —aclaró Sho apartando la mirada.
—Yo juzgaré eso. Trae tus cartas mañana.
Sho se mordió el labio. Lo que menos quería hacer en esos momentos era recordar el duelo. Además, si los otros chicos se daban cuenta de que jugaba… Bueno, no lo pasaría muy bien. A los matones de escuela pública les gustaba forzar a los duelistas débiles a jugar duelos de apuesta.
Justo en ese momento, el dependiente les entregó las copias. Judai pagó y salieron de la papelería. Una vez afuera, el más alto procedió a revisar las copias. Pareció satisfecho con el resultado y le devolvió sus cuadernos a Sho.
—Bueno, te veré mañana —dijo mientras el más chico guardaba las cosas en su mochila—. No olvides tu mazo.
Sho calculó que no debió tardar más de medio minuto, pero, cuando alzó la mirada estaba solo. Judai parecía haber desaparecido en el aire.
Sintiendo otro escalofrío, Sho se apresuró a volver a casa.
Sin duda ese era el primer día de clases más extraño que hubiera experimentado jamás. Y sólo era el primero de, posiblemente, al menos un año entero que estaría sentado al lado de ese chico extraño llamado Judai Yuki.
