Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen. Derechos a Masami Kurumada.
Advertencia: Algo OoC, especialmente Shun. Sin embargo, habrá más explicaciones de su comportamiento en el próximo capítulo. Por otro lado, este fic es un Shun/June pero también hay June/Albiore.
Notas: Escribí esto principalmente para celebrar el cumpleaños de Mel-Gothic de Cáncer, pero estuve tan corta de tiempo estos días que ya no lo pude terminar, por lo que he dividido la historia. Público hoy la primera parte, porque es el cumple de Mel, así que, amiga, espero que lo disfrutes. Mi idea inicial había sido regalarte un June/Mime y un Seiya/Miho, pero mi cerebro no logró concretar ideas completas a tiempo. Así que tendrás que esperar para después por ese fic con esas ships. xD Al menos aquí hay mucho Shun/June y algo de June/Albiore porque sé que te gustan también esas ships. xD Espero que lo disfrutes mucho y que todo mejore para ti pronto. ¡Abrazos, te quiero! ¡Feliz cumpleaños! ;)
A ojos cerrados.
1
Identidad robada.
.
Sólo el silencio tiene palabras
Que pueden decirse junto a ti sin herirte.
Ante lo irremediable, sólo podemos sonreír.
Llueven sobre tu cuerpo las lágrimas de las corolas.
M. Yourcenar.
.
I
El día florece con el sol comenzando a asomar por el horizonte.
Los alumnos de Albiore están formados en línea frente a él. El joven argentino repasa rostros y analiza miradas. No tarda mucho en percatarse de que falta alguien cuya cabellera larga y rubia generalmente suele mecerse al ritmo del viento matutino que con su gélido rose acostumbra a ayudar a los aprendices a despertar para el entrenamiento.
—¿Y June?
Su pregunta es directa y su semblante muestra desaprobación. Sus ojos severos interrogan a sus alumnos quienes se sienten encoger delante de su mirada, como si fuera culpa suya que June no estuviera presente y a tiempo.
—Dijo que nos alcanzaría pronto pero no ha llegado desde que dejamos la cabaña —señala una de sus compañeras, cuya voz logra mantenerse firme pese al semblante de preocupación que, gracias a su máscara, pasa desapercibido por los demás.
—Bien.
Eso es todo. Albiore no vuelve a tocar el tema y de inmediato da instrucciones a los demás para comenzar el entrenamiento.
Shun mira en dirección a la cabaña de June; sus ojos reflejan la preocupación que se escabulle a su corazón. No obstante, no puede seguir mirando, pues Albiore le ordena comenzar con la rutina de calentamiento y se dirige con sus compañeros a dar diez vueltas a la isla. Mientras tanto sólo observa las aves en el cielo, que vuelan como queriendo atrapar los rayos de sol con sus alas para calentarlas luego de una noche inmisericorde.
Por su lado, el Santo de Cefeo se dirige a la cabaña en donde debiera estar su alumna. Entra en la habitación, cuyo silencio no se encuentra presente, pues el llanto de June lo interrumpe.
Entonces la ve, cubriéndose el rostro, y ella cuando lo siente entrar no hace más que darle la espalda.
June aprieta los labios, tratando inútilmente de contener el llanto.
—¿Qué sucede, June? —cuestiona Albiore con un tono de voz neutro.
La chica respira. Talla sus ojos llorosos con la poca dignidad que todavía siente que conserva. Entonces, sosteniendo lo que le queda de voz y aun dándole la espalda a su maestro, responde:
—Mi máscara no está. Alguien la tomo. Alguien se la llevó mientras dormía.
II
—¿Estás bien, Shun?
June había colocado su rostro en frente de su compañero. Colocó su mano áspera sobre la suave frente de su amigo, asegurándose de que su temperatura fuera la adecuada.
Shun la miró así de cerca y cerró los ojos. El rostro de metal de June le frustraba en ocasiones.
—No es nada, June —luego de eso sonrió y señaló al mar—, sólo estaba mirando el horizonte. Falta poco para que anochezca.
—Has estado muy callado últimamente. Creí que estabas molesto conmigo —se sinceró June, sentándose al lado del joven japonés. Abrazó sus piernas y soltó un casino suspiro.
Por su lado Shun la observó. Gracias al brillo del sol la máscara de June parecía tener más vida. Un tono suave y cálido adornaba la palidez cotidiana de aquel rostro inexpresivo.
El candidato a Andrómeda volvió a suspirar. Se llevó una mano al brazo contrario y frotó dulcemente su piel, a manera de encausar su nerviosismo a un gesto que le ayudara a controlarlo.
Lo cierto es que le daba miedo dejar salir sus pensamientos y que encontraran sus equivalentes en palabras, y esas palabras en sonidos, sonidos que June decodificaría y entendería.
«Quiero ver tu rostro…».
—Escucha Shun… —comenzó June, algo dubitativa—. Yo… yo…
—¿Si, June?
Shun pudo notar como June abrazaba con más fuerza sus piernas. El viento suave acompañado con el aroma salado del mar izo los cabellos rubios de June como una bandera, de una tierra libre que elige servir a otros. Un sol. Una estrella que no le debe nada a ningún planeta y aún así decide brillar para dar calor y vida.
June había sido como esa estrella para Shun desde que llegara a isla Andrómeda.
—Entendería si estuvieras molesto conmigo, después de todo nunca he sido una buena amiga contigo…
Ante eso, Shun frunció de inmediato el entrecejo. Se quedó mirándola con intensidad y pudo notar, que pese a traer la máscara puesta, June no deseaba verlo a los ojos.
—¿Por qué lo dices, June? —preguntó, completamente contrariado, el alumno de Albiore.
—Porque nunca te he apoyado en tu decisión de convertirte en caballero de Athena…
Ante su respuesta, June pareció encogerse en su lugar, como si su confesión la hiciera sentir pequeña y buscara protección en algún lugar.
—Pero June…
—Es la verdad, Shun. Siempre te he pedido que te fueras, que regresaras a Japón y… ¿Sabes? Realmente no es porque no confiaba en tu fuerza, era tu naturaleza… Shun, eres tan diferente a todos nosotros y me daba miedo de que lucharas tanto por nada… Te quería vivo, eso era todo, y en ese propósito no hice más que desmotivarte, decirte que nunca lo lograrías…
—A pesar de eso, curaste mis heridas, June… siempre dabas la cara por mí cuando yo ya no podía soportar el entrenamiento. No importa si tus palabras fueran aquellas, tus acciones demostraban que, sin importar nada, respetabas mi decisión. Es lo único que necesitaba de ti, lo mejor que pudiste darme.
Shun le tomó del hombro. Sus dedos suaves se encontraron con la piel desnuda de June.
—Por favor, mírame a los ojos…
Y June tuvo miedo de voltear a verlo. Tembló a causa de la calidez que la mano de Shun le ofrecía, un calor amable que se extendía desde su hombro hasta todo su cuerpo. Una sensación poco compartida entre los habitantes de la isla, pero las cosas entre ellos nunca habían sido convencionales.
—June…
—No puedo, Shun. Me avergüenzo de verme en tu mirada.
—Vamos, June. Hazlo. Por favor, mírame a los ojos…
—No, Shun… Me ves con unos ojos que lo perdonan todo y eso no está bien.
—Por favor, June…
—Sólo acéptalo y di que fui una mal amiga, Shun. Así me dolerá menos cuando te vayas…
—June…
—Has vencido en combate a los demás aspirantes por la armadura. Pronto llevarás a cabo el ritual de Andrómeda, Shun. Cuando lo superes obtendrás la armadura y no tendrás nada más que hacer aquí. Les habrás demostrado a todos que pudiste lograrlo. Me lo restregarás en la cara. Y yo…
Antes de que June pudiera continuar, Shun le tomó del rostro con ambas manos, para así obligarla a verle. June se sorprendió, y su cercanía fue tanta que casi pudo sentir el aliento de Shun a través de su máscara.
—No soy tan buena persona como crees, June —le sonrió con dulzura—. La razón por la que últimamente no he hablado mucho contigo es porque un pensamiento insistente me sigue a todas partes. Y es la idea de que pronto dejaré isla Andrómeda y jamás habré conocido el color de tus ojos…
III
El ritual para obtener la armadura de Andrómeda se ha cancelado. Albiore suspira pesadamente, cansado de oír las interrogantes de sus alumnos, pero no se siente con el temple necesario para explicarles su decisión.
—Mañana a primera hora preséntense aquí como siempre. Les daré una respuesta cuando el tiempo sea apropiado.
—¿Y qué hay de June? —cuestiona Spica, mirando a todos lados, buscando a la joven rubia con la mirada.
—Ella sigue en su cabaña. Se encuentra indispuesta para venir.
Indispuesta.
Albiore casi ríe de su propia excusa. Ojalá tuviera algo mejor para decir, pero la situación que les rodea es complicada y él sólo busca ganar tiempo para llegar a una solución que no comprometa el honor de June.
Debe ser prudente con lo que les dirá a sus alumnos. Y es por eso que ha utilizado esa palabra. Aquella palabra que sabe que es como un código. Así, se mantiene impávido al notar que su suposición surte efecto pues es comprendida por el resto de sus alumnas, que relajan los hombros y algunas otras sueltan un suspiro, como de alivio.
—Ah, debe estar en su primer periodo… ¿No crees, Gasira? —escucha a una, susurrándole a su compañera.
—Sí, debe ser eso, Johari.
—¿Primer periodo? —cuestiona Reda, quien las había escuchado hablar.
—Es un asunto que no te incumbe —responde la aprendiz de Santo Femenino, con voz gélida.
—Oye, recuerda que no tienen derecho de utilizar ningún código de mujeres porque se supone que ustedes no lo son —replica molesto, con la mirada desafiante. Johari gruñe detrás de la máscara y tensa los dedos morenos, dejando relucir sus largas y afiladas uñas.
—¡Entonces te recordaré porque abandonamos nuestra feminidad!
Pero antes de que se arme una pelea, Albiore eleva su cosmos, que se hace sentir sobre sus alumnos como el peso de una gravedad distinta a la de su planeta, casi obligándolos a ponerse de rodillas.
—No toleraré esta clase de comportamientos. Ahora vayan a dormir.
Su voz es firme. Su autoridad se eleva por encima de los pensamientos de sus alumnos, quienes le obedecen sin pensársela dos veces. Incluso aunque Albiore fuera el único adulto ahí, nunca ningún indicio de debilidad se dejó entrever en sus acciones, lo cuál les inspiraba respeto y admiración al mismo tiempo.
Cualquier palabra que fuera dicha por él, debía ser cumplida.
Los aspirantes se dispersan. Albiore les ha pedido a las chicas que duermen con June que, por aquella ocasión, duerman en la cabaña de otra de sus compañeras. Incluso si June confiara en ellas, todavía no era momento de precipitarse a dar la noticia de la pérdida de su identidad como Santo Femenino de Athena.
Lo mejor será primero investigar quien se ha llevado su máscara. Alguien la ha insultado y Albiore prefiere hacer un análisis previo antes de que las cosas empeoren.
El santo de Céfeo suspira y mira a las estrellas en el cielo. En camino a su cabaña, no duda en tomar una dirección diferente y mira la casita en donde June está resguardada. Toca a la puerta y aclara en voz alta quien es.
June abre. Albiore puede verla directo a los ojos azules: están hinchados pero el semblante de June es estable. Trata de mantenerse firme, aunque no puede ocultar el hecho de que ha estado llorando.
—Te he traído algo de cenar —comienza el Santo de Plata, mostrándole el plato de raciones que le guardó de la cena que había compartido con sus demás alumnos.
—Muchas gracias maestro. Lamento mucho las molestias —responde June, con una voz clara aunque un poco desganada.
—¿Cómo te sientes?
—Como una inútil.
A lo lejos, Shun está sentado en un estanque de rocas en donde el mar es amigable. Mira hacia el horizonte, sus cabellos corren a favor del viento. Cierra los ojos y recarga la espalda sobre una enorme roca. Sabe que su maestro está con June, logró verlo a la distancia cuando se dirigía a la cabaña de su amiga. Sin embargo, cerró los ojos apenas la vio abrir la puerta.
IV
—¡June, quítate la máscara! —exclamó Shun, con una dulce expresión de felicidad en su rostro de porcelana.
—¿Estás loco, Shun? ¡No puedo hacer eso si estás aquí! —gritó una exaltada June ante la propuesta de su mejor amigo.
—Quiero que tu rostro sienta la brisa del mar —explicó Shun, con su cotidiano tono de voz amable. Luego le regaló una enorme sonrisa—, este paisaje es hermoso.
—De cualquier forma, no puedo hacerlo —repitió, en tono firme.
—Puedes hacerlo —Shun la miró con seguridad—, así como yo puedo cerrar los ojos mientras no traes la máscara puesta.
June amplió la mirada.
Lo vio dar unos pasos atrás.
—Además, desde aquí sólo puedo ver tu espalda —aseguró.
La pequeña etíope sintió su cuerpo tensarse. Los latidos de su corazón se aceleraban.
—¿Prometes que mantendrás los ojos cerrados?
—Lo prometo con mi vida —exclamó Shun, extendiendo una mano a su corazón. La curva en sus labios ascendió. Luego aspiró aire y cerró los párpados con fuerza. June soltó una pequeña risa ya que su amigo aparentaba aguantar la respiración.
June volvió la mirada al horizonte. El mar lamía con cierta rabia las rocas al fondo del risco en donde se hallaban. Las nubes se expandían en el horizonte continuando su eterna travesía, calentándose con la última luz del sol. Los pequeños dedos de la aspirante a la armadura de Camaleón se dirigieron al rostro de metal que portaba, que cubría su cara hecha de carne y hueso.
La luz cálida del sol se encontró dulce en su piel. June sintió el viento como una caricia. Sus fosas nasales se ampliaron para aspirar el aire con total libertad. Una tenue sonrisa jugueteó con sus labios. Delante de ella, el cielo, el mar y el sol eran testigos de su imagen, frente a ellas su rostro desnudo era libre.
—Confío en ti, Shun. Gracias.
V
Albiore está sentado sobre su escritorio. Una jaqueca comienza a estirarse alrededor de su cabeza y frente. Su estrés le está robando el sueño.
En sus manos reposa una carta enviada desde el Santuario. En ella se avisa la pronta visita del Patriarca o de alguno de sus subordinados —el asunto sobre quien llegaría no había sido decidido todavía—, explicándole que se haría una evaluación del lugar y el desempeño de los alumnos que siguen vivos o no han desertado.
Albiore apaga la vela que ilumina las líneas en la carta; ya no quiere leerlas más. Esa noche no dormirá. Continuará buscando por toda la isla la máscara de su alumna. Si no la encuentra cuanto antes, June estará en problemas.
VI
—June ¿Alguna vez alguien en la isla ha visto tu rostro? —preguntó con curiosidad, Shun.
—Sí.
Ante la escueta respuesta de su amiga, Shun había ampliado la mirada en completo estupor.
—¿Quién? —preguntó sin escrúpulos. La jovencita echó a reír ante en la expresión conflictiva coloreando las facciones faciales de su amigo.
—El maestro Albiore.
Shun se quedó boquiabierto.
—¿Significa que tú…? —Andrómeda no sabía ni como decirlo.
—¿Si estoy enamorada de él? Pues sí —confesó la chica como si nada—, pero sé que el maestro nunca me vería como algo más que su alumna. La razón por la que ha visto mi rostro es porque comencé mi entrenamiento como Santo Femenino tiempo después de haber conocido al maestro Albiore.
—Oh, ya veo… —Shun desvió la mirada levemente.
Ambos se encontraban en el roquerío en donde se estancaba el agua de la costa. Aquel era su lugar especial. Depositaban sus secretos en aquel pequeño charco de agua salada. Como su fuente de deseos en dónde en lugar de arrojar monedas soltaban sus verdades.
Y aunque no sabía porqué, a Shun algo le provocaba malestar por el secreto que su amiga le acaba de contar.
Sentía que hubiera sido mejor no haberle preguntado.
VII
—Maestro Albiore… —llama Shun, luego de haber irrumpido en la pequeña cabaña del argentino, al haber entrado sin antes pedir permiso.
Entonces observa a su guía cansado, con bolsas en los ojos y revisando algunos archivos. El joven se encuentra con el cabello rubio alborotado, y con una taza de té en su mano derecha.
—¿Qué sucede, Shun? Aún es muy temprano para que estés despierto —comenta el Santo de Céfeo, intrigado por la manera poco apropiada que Shun ha tenido para entrar a su espacio personal. Mira por la ventana; el cielo aún permanece oscuro. Deben ser alrededor de las 4:00 am.
—Yo lo hice —afirma Shun y su confesión descoloca a Albiore.
—¿Hiciste qué?
—Yo tomé la máscara de June.
VIII
Shun quiere a June. Pero teme a sus sentimientos.
Amar a un Santo Femenino no es cosa fácil. No está permitido, además.
Y ella de cualquier forma no lo quiere de la misma forma en que él la quiere. June le da consuelo, es directa con él y le cuenta sus secretos como una buena amiga —la mejor, de hecho—, y ella da la cara por él como una hermana —le recuerda tanto a Ikki—, y cuida sus heridas y le trae comida caliente como una madre.
Era mucho pedir que le amara como una mujer. Shun lo sabe, y por eso decide no decir nada.
Además, él todavía no es un hombre, si quiera.
Todos se lo decían en el orfanato.
Su único talento era llorar.
Y June ya está enamorada de un hombre.
Uno que es honorable y fuerte.
Uno que no sabe lo que es llorar.
