CAPÍTULO 20.1

MI PASADO.

Junto a la entrada de un departamento muy lujoso, Ramiro seguía insistiendo con el timbre, la contraseña había sido cambiada por lo que le era imposible pasar al interior.

El reloj marcaba las 3:45 am y la persona que llamaba no salía ni a asomar la nariz. Para entonces, el moreno llevaba ya 15 minutos tocando, pero eso poco le importaba, no se movería del lugar hasta que Ayagi le abriera la puerta, así tuviera que acampar por tiempo indefinido frente a esta como sindicalista en plantón.

Tras unos cuanto minutos más, el del lunar coqueto (incapaz de dormir por el tono insistente del timbre) abrió la puerta vestido en pijamas y con cara de pocos amigos.

—Sabías que… si después de 3 timbres la persona no te abre: 1° No se encuentra en casa o 2° No quiere verte. - Explicó con los brazos cruzados recargado en el marco.

—Pos, si es lo primero: si timbro más de 3 veces no podría molestarse, pues no escucharía ni sabría que lo busqué. Y si de esperar se trata, no tendría problemas con sentarme pacientemente en el piso hasta su regreso. Si es lo segundo; con más ganas seguiría insistiendo, porque como me interesa mucho la persona, querría arreglar cualquiera malentendido para que quiera verme otra vez y así poder darle unos buenos besotes, decirle que lo amo un montón y poder entregarle estas flores que me costaron un chingo encontrar a las tres de la mañana. – Dijo el moreno extendiendo el bonito ramo hacia el castaño.

—Tsk. - Ayagi hizo una mueca, le arrebató el ramo haciéndose a un lado e indicándole con los ojos que entrara de una vez. A lo que el otro, ni tardo ni perezoso obedeció, pues no quería arriesgarse a que este de buenas a primeras se le ocurriera cerrarle la puerta en las narices.

—Gracias flaquito. Exclamó al pasar a su lado y depositar un beso en la mejilla de Chihiro.

—Agh… ¡apestas a orines! – gruñó al tiempo que cerraba la puerta y caminaba a la sala. —¿Acaso vienes borracho? – preguntó colocando las flores en agua.

—Puedo explicarlo - Se apresuró a contestar el moreno. —Vengo del hospital, la patroncita se hizo pipí porque tuvo una pesadilla y como la cargué para que se le pasara el susto, se me impregnó el olor, quise ir a cambiarme a la casa, pero si hacia eso iba a seguir corriendo el tiempo y en serio quería estar contigo lo más pronto posible. Así que tuve que tomar una decisión, venir todo mojado oliendo a meados o arriesgarme a aumentar tu ira y pues… como puedes ver… aquí estoy… meado, pero contigo.

Ayagi que para ese momento no sabía si reír o llorar solo dejó salir un largo suspiro.

—No podemos hablar cuando hueles tan mal, toma un baño. Buscaré un cambio de ropa y te lo llevaré. Ya que estés limpio entonces escucharé lo que tengas que decir.

Ramiro, actuando lo más obediente posible se dispuso a tomar ese baño tan necesario.

Mientras tanto, Ayagi preparaba café en la cocina seguro de que lo necesitaría para no caer dormido. Aún se sentía herido por la discusión que habían tenido el día anterior, pero la insistencia e interés que había mostrado Ramiro, así como las flores que le había obsequiado, habían disminuido su nivel de molestia en un 70%, pero claro que eso no se lo diría.

Con el café preparándose, buscó el cambio de ropa. Tomó unos calzoncillos de un paquete, una pijama que había comprado para Ramiro dos días atrás y un par de pantuflas super suaves y cómodas, casualmente de la talla del moreno.

Con las cosas en mano, abrió la puerta del baño sin avisar topándose con una escena por demás estimulante: el cuerpo de chocolate, y completamente desnudo, brillaba seductoramente bajo las gotas de agua que habían quedado sobre su piel. Una pequeña toalla cubría apenas el miembro cuya forma y tamaño ya conocía a la perfección, mientras que una sonrisa socarrona y sensual surcaba el rostro cincelado por los dioses.

—Ojalá hubieras llegado 1 minuto antes, así podríamos haber entrado juntos – exclamó Ramiro con tono juguetón.

A lo que Ayagi tragó saliva y con voz fingida mostró poco interés.

—No viniste a eso o… ¿acaso piensas que con sexo puedes arreglar todo? – dijo poniéndose a escasos centímetros del otro, notando que: escrito con letras pequeñas, los nombres "Raúl y Ramiro" se entrelazaban entre las alas del tatuaje de águila. Cosa de la que antes no se había percatado.

Ramiro, que escuchó cómo el delgado le cortaba las intenciones a la primera, se apresuró a contestar no sin antes notar como los ojos del otro escrutaban su pecho abriéndose como platos cuando dio con lo que él pensaba eran aquellos nombres.

—No, no vine a eso. – Dijo un tanto deprimido. —En serio flaquito… quiero que estemos bien – dijo mirando al otro con ojitos de perro aporreado al tiempo que acariciaba la mejilla de este obligándolo a mirarlo a la cara.

—¡Entonces cámbiate de una vez! – gritó el del lunar aventándole la ropa y huyendo del lugar. —¡Maldición! No te enfades por eso… solo son nombres, cualquiera puede hacerlo… seguro que no significan nada. ¿verdad? -Se preguntaba a sí mismo mientras se alejaba. La inseguridad volvía a él tan de prisa que comenzaba a tener dificultades para mantenerse sereno.

Por su parte, Ramiro pensaba por dónde comenzar a explicar las cosas. No quería secretos entre ellos ni que el castaño se sintiera desplazado, pues en este momento, el chico se había ganado un lugar importante en su corazón.

Una vez cambiado, caminó hacia la sala donde el otro le esperaba con café en mano.

—El que está sobre la mesa es para ti, le puse leche… si quieres galletas u otra cosa ya sabes dónde están. – Indicó restándole importancia.

—Gracias bebé. – Dijo mirándolo con ternura; pues, aunque el otro seguía molesto no dejaba de atenderlo y tener en cuenta las cosas que le gustaban.

El moreno se sentó justo a un lado de Ayagi, tomó el café y bebió un trago.

—Aah… está delicioso – agregó pasando la lengua sobre sus labios.

—Es del barato y hecho en cafetera – replicó el otro menospreciándolo.

Ramiro lo miró y rio alto, la actitud de Chihiro era como la de un niño pequeño que se aferra a siempre llevar la contraria y estar de pleito. Dejó la taza sobre la mesa de centro para con sus manos libres acorralar al castaño entre el respaldo y su cuerpo, dejando la cabeza de este entre sus fuertes brazos.

—Pues así sea del de 5 yenes va saber bien rico porque me lo preparó mi flaquito que me ama con todo su corazón. – Susurró el moreno a escasos centímetros del rostro del otro.

—¡¿Quién dijo que te amaba?! – gritó Ayagi colorado hasta las orejas. —¡Mantén tu distancia o puede que el café se me resbale de las manos y caiga sobre Jr! – amenazó.

—Ta' bueno… me haré más para allá, pero solo si me dejas darte un besito, mira que han sido muchas horas desde que probé estos bombones y me siento como monje en ayuno a punto de desmayar si no los pruebo – dijo haciendo contacto nariz con nariz. —Ándale flaquito… - rogó.

—Te odio… - gruñó Ayagi cerrando los ojos cansado de poner resistencia, pues lo cierto era que él también moría por besarlo, pero el orgullo era lo que lo mantenía a la defensiva, no quería dejarle las cosas fáciles; sin embargo, para esas alturas del partido, la fachada se estaba desmoronando, la voluntad doblegando y el orgullo extinguiendo. Pero no fue hasta que el otro contestó su "te odio" con un "Yo te amo", que todo terminó por irse al carajo.

Con hambre, Ramiro reclamó su boca y Ayagi se dejó llevar por la danza de sus lenguas entrelazadas. Sonidos húmedos y jadeos se escapaban cargando el ambiente de erotismo.

Unos minutos después ambos hombres se alejaron completamente sonrojados con miembros apretados bajo la pijama. El café, que milagrosamente se había mantenido intacto, pronto hizo compañía al que ya estaba en la mesa.

—Me encanta tu boquita y todo tú. – Aseveró el moreno ignorando a su Jr. Al tiempo que se hacía hacia atrás cumpliendo con su palabra.

Por su parte, Ayagi se reprochaba el haber caído —¿A quién quiero engañar?... este hombre me tiene loco. -Pensó mientras colocaba uno de los cojines sobre su entrepierna para que el otro no notara lo mucho que el beso le había gustado.

En cuanto vio a Ramiro a medio metro de distancia y bien sentado, decidió que era momento de hablar.

—Aunque haya permitido que me besaras no significa que te he perdonado, quiero una explicación y la quiero ahora. Dijiste que no te ignorara, no lo hice… así que ve diciendo lo que tengas que decir y terminemos con este "malentendido." Como aseguras que es.

—Primero que nada… perdón por haberte gritado. Tú no has dejado de apoyarme y demostrarme cuánto me amas, pero yo como pendejo ni te dejé hablar y solté lo primero que mi cerebro de pollo pensó… y

—¿Te gusta ese omega? – soltó Ayagi sintiendo como su estómago se apretaba. Eso era lo único que lo había estado torturando todo el tiempo y que deseaba salir de una vez por todas de la duda aunque la respuesta pudiera dolerle.

—No, no me gusta. Tú eres quien me gusta y a quien amo – contestó Ramiro de inmediato con voz firme y segura.

—Entonces, ¿por qué te preocupa tanto y corres a su encuentro?

—Verás… para poder explicar el por qué, primero necesitas saber más sobre mí. Por favor pon atención y déjame que te cuente sobre mi pasado. No quiero tener secretos contigo y te tengo la confianza suficiente como para hacerte saber lo que solo he compartido una vez.

Ante las palabras del moreno, Ayagi quedó intrigado y a la vez cayó en cuenta de que en las ocasiones en las que se reunían, si bien habían platicado acerca de un montón de cosas, jamás habían tocado el tema de cómo Ramiro había terminado en Japón o de cómo había sido su vida en México; por lo que, sintiéndose curioso y tranquilo al escuchar de boca del otro que lo amaba. Estaba más que dispuesto a escuchar lo que tuviera que decir. Porque, ¿quién no querría saber más de la persona que ama?

—Adelante, soy todo oídos.

Así, una vez dada la luz verde para avanzar. Ramiro suspiró como si se preparara para soltar una bomba y comenzó.

—Pues, mi nombre completo es: Hatori Ramiro Flores Tanaka. Pero como aquí me dicen por mi apellido japonés, me gusta que mis allegados me digan Ramiro. Nací y crecí en un lugar llamado "Nogales" en el Estado de Sonora. Mi mamá era japonesa de cuna, quien creyendo en un tipo que le dijo que en USA podría ser toda una estrella y alcanzar la fama, terminó a miles de kilómetros de casa como víctima de trata. Mi papá, quien trabajaba como pollero…

—¿Qué es "pollero"?... – interrumpió Ayagi realmente interesado por entenderlo todo.

—Así se les dice a las personas que se dedican a pasar gente ilegalmente a los Estados Unidos. Obviamente cobran y es muy riesgoso.

—Ya… entiendo.

—Bueno, continúo. A mi apá le encargaron cruzar a varias muchachas, entre ellas iba mi mamá y en cuanto la vio se enamoró de ella; por lo que, haciéndola pasar por muerta, la rescató del destino que le esperaba en USA. Ella no hablaba español y él menos japonés, pero pese a las barreras del idioma lograron llevarse bien. Él siempre la trató como una reina, se amaban mucho. Cuando nací, mi madre me contó que mi apá le llevó un ramo enorme de rosas y muchos globos y que cuando me cargó lloró. La verdad mi infancia y adolescencia fue como la de cualquier otro chico, mi mamá solo me hablaba en japonés, por eso pude aprenderlo, pero jamás pude deshacerme del acento. -Rio cepillando su cabello.

—Me gusta tu acento – dijo Ayagi al tiempo que acomodaba sus piernas sobre las del moreno extendiendo su largo cuerpo. — Es sexy.

—Flaquito, no me digas eso porque si no ya no te contaré nada, te llevaré al cuarto y te tomaré hasta dejarte bien seco – Advirtió mientras sobaba los muslos del castaño.

—¡Quieto! primero termina.

—Jaja, ¡sí señor! – Dijo haciendo un saludo militar. —¿En qué me quedé?... ¡ah sí! … Pos, para no hacerte el cuento largo, mi madrecita falleció cuando yo tenía 14 años, un pendejo la atropelló cuando volvía del mercado. Mi papá jamás se recuperó y se tiró al vicio. En menos de un año pasamos de vivir humildemente, pero con todo lo que necesitábamos, a la indigencia; y unos cuantos meses después, él murió de la manera más estúpida posible, se ahogó en su vómito. Como me quedé en condición de calle, a mis 15 años el Cartel de la Frontera me metió a sus filas y la verdad es que no me importó, total ya no tenía nada que perder. Fui escalando poco a poco, me hice muy bueno disparando y aunque realmente nunca he sido tan listo, si se trata de dar madrazos no hay quien me gane. -Rio orgulloso de sí mismo, acción que Ayagi no pudo imitar, pues con cada cosa que iba contando, imaginaba a ese pequeño que la había pasado tan mal.

—A los 23 me convertí en hombre de confianza de Don Hermenegildo, mejor conocido como "La parca" porque no perdonaba ni a su madre a la hora de cobrar las cuentas. Me acogió como a un hijo por lo que las envidias no se hicieron esperar, como quiera no le di importancia y así seguí mi camino.

Ramiro hizo una pausa como si lo que siguiera tocara una parte sensible de su ser, y así era.

—A los 24 conocí a Raúl. Él era un huerquillo de 18 años, flaquito, chaparrito, ojos grandes color avellana, tenía el cabello chino hasta los hombros y piel morenita, a primera vista podías decir que era muy bonito, pero cuando sonreía era otro pedo… - dijo perdido en sus recuerdos.

En ese momento Ayagi sintió una punzada en su pecho, si bien había sido él el interesado en que este aclara las cosas, saber del pasado romántico de Ramiro no le causaba gracia alguna, y menos que este hablara con ternura de otra persona cuyo nombre llevaba tatuado en su pecho.

Sí, estaba celoso y de solo pensar que Ramiro volviera a encontrarse con él, lo ponía ansioso, inseguro y molesto. No sabía si quería seguir escuchando, pero el otro no le dio tiempo de decir nada, pues tan concentrado estaba en las memorias que no se percató del estado de ánimo del castaño.

—Cuando Raúl sonreía se le formaban unos hoyuelos preciosos que te contagiaban su alegría. Él trabajaba como cajero de una tienda llamada Oxxo, tipo un konbini. Comencé a ir a ese lugar primero dos veces a la semana, luego tres, cuatro, hasta completar la semana e iba por cualquier pendejada, así fuera un pinche chicle yo iba y lo compraba con tal de verlo.

Ayagi, harto de escuchar lo mucho que le gustaba el chico a Ramiro, lo interrumpió con lo primero que se le vino a la mente.

—¡Oops perdón!, no me fijé que tus testículos estaban debajo de mí talón. Dijo con un tono que denotaba cero arrepentido mientras quitaba sus piernas del regazo del moreno. —Continúa, ibas mucho ¿y luego?

Ramiro, adolorido por el golpe e ignorante de los celos que el relato despertaba en Ayagi, sobó sus partes y con un "no te preocupes amor", continuó.

—Pos total, mis amigos se dieron cuenta de mi rutina y en una de esas se bajaron conmigo, y en cuanto íbamos a pagar, uno de ellos le pidió que le pasara una caja de condones XL, él la tomó y justo cuando la estaba pasando por la caja para marcarlo, Urías le preguntó si yo le parecía guapo – Ramiro hizo una pausa sonriendo ampliamente reviviendo el momento.— Mi niño dejó caer los condones y parecía volcán a punto de estallar, me miró con esos ojitos bonitos de venado encandilado y los otros se rieron a morir. "Bueno, eso contesta mi pregunta" dijo el Urías. Yo estaba impactado, la verdad no creí que pudiera gustarle, nunca noté un trato diferente o algo que me diera motivos para creerlo, pero la boca floja de mi carnal me ayudó mucho.

—Uy, que buen amigo… - dijo Ayagi con sarcasmo. Sarcasmo que el otro no captó.

—Sí, era un buen tipo… - agregó con tono melancólico. —Después de eso le pedí que saliera conmigo… ahí supe que él era un omeguita, aceptó y al poco tiempo nos casamos por todas las de la ley. Don Hermenegildo nos regaló una casa bien bonita y tuvimos días muy buenos; entonces, al año de nuestra unión, llegó nuestro bebé "Ramirito". Mi niño estaba que no cabía de la alegría y yo ni qué decir. Al fin me había convertido en papá.

A Ayagi casi se le cae la quijada al escuchar que Ramiro estaba casado y que tenía un hijo regado por ahí, "¿dónde está?, ¿vive con el omega?, ¿cuándo pensaba decírmelo?, ¿aún los frecuenta? ¡¿qué demonios me está contando?! ¿Y si se lo pregunto directamente?", entre otras cosas.

Una palabra más y Ayagi se pondría de pie y abandonaría la sala. Su corazón no podía con tantas emociones, y todo parecía que el otro no se detendría.

—Pasaron 4 años. Durante todo ese tiempo mi niño me pidió mil y un veces que me saliera del narco, cada que tenía que trabajar lo dejaba con miedo, pero no podía salirme, yo le debía mucho a mi patrón y no lo iba a abandonar. El patrón me decía que como ya tenía criatura, que si quería retirarme no había pedo; total, ya había trabajado para el cartel por 14 años y él estaba conforme con mi servicio, pero no lo hice… ahora… viendo las cosas con detenimiento, ojalá lo hubiera actuado diferente. -Pronunció con un hilo de tristeza.

Ayagi, que no podía dejar de morderse las uñas preguntó:

—¿Por qué lo dices?, ¿Qué pasó?

Lo que temía es que este le dijera que se arrepentía por no haberle hecho caso al omega. Porque en la imaginación del castaño, seguramente, eso había sido la causa de su separación. — Porque están separados… ¿verdad? - se preguntaba a sí mismo. —¿Y si me dice que quiere volver con ellos? - conjeturó aterrado.

Ramiro, ante la pregunta, se recargó en el respaldo del sofá y miró hacia el techo. —Pues pasó que estalló la guerra. Los del sur querían meterse en nuestro territorio, a mi patrón le pusieron un 4 y yo no pude salvarlo. Nos estaban partiendo la madre, los cañonazos se escuchaban por todos lados, entonces Uriel me dijo que les habían dado el pitazo de que el bando enemigo se estaba metiendo a nuestras casas, porque uno al que le decían "el borrado" nos había vendido, ese pinche borrado era el que me había tenido envidia desde siempre. En chinga le marqué a mi niño para que se pelara con Ramirito, pero no me contestaba, le dejé mensaje en el contestador esperando lo escuchara, en aquel entonces no existía "LINE". Así que me fui echo la madre para mi casa… pero para cuando llegué ya era demasiado tarde.

Ayagi tragó saliva y retuvo la respiración, con ese último enunciado sabía que nada bueno había pasado y que todo lo que su mente había maquinado estaba por demás muy lejos de la realidad.

Ramiro apretó los puños encajando las uñas en sus palmas al tiempo que rechinaba los dientes con impotencia.

—Entré como loco gritando su nombre, la casa estaba patas arriba como si un pinche tornado hubiera pasado por ahí. Busqué por todos lados esperando que mi niño hubiera visto a tiempo los mensajes y se encontrara muy lejos de allí, pero cuando entré a nuestra alcoba toda esperanza se me fue.

Ramiro no pudo contener un par de lágrimas que comenzaron a bajar por sus mejillas formando hilos de desolación. Apretó los dientes pero continuó.

—Él estaba desnudo boca abajo y la sábana, antes blanca, se encontraba empapada en sangre. Los hijos de puta no conformes con violarlo me lo habían matado. No me lo podía creer… Corrí hacia él, lo cubrí, abracé y le pedí perdón una y otra vez. Tomé sus manos y vi que sus uñas estaban desechas, les había dado pelea, pero él era tan delgado y pequeño que poco podía haber hecho. Estuve mucho rato abrazándolo, no tenía cabeza para más, en ese momento desee morirme también, pero entonces recordé a mi bebé, cuando miré alrededor…

Ramiro hizo una pausa, el dolor lo estaba rebasando y se podía notar en cada vena que saltaba de su cuerpo.

—Me percaté de que del armario colgaba su manita. Por la posición y el lugar, supe que Raúl había escondido a nuestro bebé, pero esos hijos de su pinche madre lo encontraron y le dieron el tiro de gracia. Mis dos grandes amores habían muerto y todo por mi culpa.

Terminó el hombre estallando en llanto.

—Ramiro…

Chihiro estaba sin palabras. No sabía cómo consolarlo y los celos que había sentido minutos atrás, ahora los veía como lo más estúpido en el mundo. Se acercó hasta el hombre que hipaba por el llanto y se colocó a horcajadas sobre él abrazándolo y llenando de besos su frente.

—Si te es muy difícil hablar de ello…

—No mi flaquito. No es como que si lo dijera dentro de 20 años vaya a sentir menos feo, este dolor siempre lo voy a cargar y la culpa también. -Dijo el del cabello largo recargando su cabeza en el pecho del otro.

—Pero no fue tu culpa. Tú no los mataste. – Exclamó el castaño acariciando la cabeza de Ramiro.

—Bueno, ese es tu punto de vista.

—No, es la realidad.

—Chihiro, no quisiera comenzar una pelea por eso... Mejor continúo. – sentenció limpiando su rostro.

Ayagi no estaba muy complacido de tener que callarse, pero en definitiva no era el momento para discutir. Y después de tales confesiones ya ni siquiera entendía qué tenía que ver esto con Takato Saijo y el hecho de que corra a su encuentro. —Adelante, te escucho.

Ramiro pasó sus brazos por la fina cintura y continuó.

—Tomé la pistola que traía y me la metí a la boca, quería pronto estar con ellos, pero me detuve porque antes de matarme, debía cargarme a los que habían puesto sus manos sobre mi familia.

—¿Diste con ellos?

—Pero claro que di con esas mierdas. Mi casa tenía cámaras. Los pendejos ni se molestaron en esconder sus feas caras. Cuando la cosa se calmó, con ayuda de Urías y otros compas, atrapamos al "borrado", no tienes una idea de cuánto disfruté torturándolo, al final me dio la ubicación de esos malnacidos y les regresé al triple el trato que le dieron a mi niño y mi bebé. Después de eso mi vida no tenía sentido, ¿familia? Ya no tenía, ¿mi patrón? ya no estaba, mi hogar ya no se sentía como tal; y de todos mis camaradas, solo quedaba Urías. Pero el pelado había decidido irse para el gabacho, me dijo que me fuera con él, pero no quería alejarme mi Raúl y Ramirito. Me quedé completamente solo; entonces, recordé las historias que mi mamá me contaba sobre los Samurái que se quedan sin amo. Yo era como un Ronin, un patético hombre que estaba siguiendo los mismos pasos de su padre. Gastando todos sus días en el cementerio, sentado junto a las lápidas de lo mejor que había tenido en la vida. Bebiendo y bebiendo cerveza hasta chingarme los riñones y perder la noción de tiempo y espacio.

—No puedo ni imaginar algo como eso. Ojalá hubiera dado contigo más rápido. – Expresó Ayagi con sinceridad. Lo cierto era que él jamás había pasado por tanto dolor, incluso cuando su madre murió, no sintió nada, puesto que nunca convivió realmente con ella, y durante toda su vida, a la única persona que amaba, era a sí mismo, bueno… y al pequeño Aren. Aunque el narcicismo se desvaneció por completo cuando el moreno llegó a él.

—No, en ese tiempo no era buena compañía para nadie. Tú llegaste en el mejor momento mi flaco. – Dijo tronándole un beso en la mejilla.

—Tengo una pregunta… Si no querías alejarte, ¿cómo fue que terminaste a 11372 km de distancia de tu país?

—Pues porque el dolor me estaba matando, quise huir de todo; de los recuerdos, de mi amor, de la culpa, del coraje, de mi pasado. Así que tomé mis ahorros e intenté probar en tierras nuevas y muy lejanas.

—Pues escogiste un país muy diferente al tuyo para vivir, me refiero a culturalmente hablando.

—Sí y no, recuerda que mi madre era de aquí y me platicaba cosas, claro que después de tanto tiempo, muchas cosas eran diferentes. Lo más difícil para mí fue el idioma, después de tantos años sin practicarlo había olvidado casi todo, apenas si podía comunicarme, sin documentos, pese a ser hijo de una japonesa, no tenía manera de demostrar legalmente eso. Por lo que con el pasar de los días fui derrochando dinero y cuando me quedaban 100 yenes en el bolsillo, terminé metido en un club de peleas clandestinas.

—Y ¿cómo es que fuiste a parar con el Clan Himura y como guardaespaldas del omega y la niña?

—A eso voy… hace cinco años me encontraba fumando fuera de mi departamento, tres días antes había tenido una pelea que me había dejado hecho polvo pero que gané. Sentado en la banqueta vi pasar a un chico apenas abrigado que cargaba con un bebé, me miró y saludó, se veía nervioso y asustado… ni siquiera le regresé el saludo. Él siguió de frente y fui testigo de su secuestro.

—No, tiempo… ¿estás hablando de Takato Himura, el esposo de Kenichi?

—Sí, después de ver aquello y escuchar que los matarían si Himura no les entregaba el dinero, no podía quedarme de brazos cruzados… en ese momento pensé en mi familia y no podía permitir que algo así ocurriera de nuevo. Entonces me di cuenta de que el chico vivía un infierno al lado de ese hijo de puta. Como ayudé en su rescate, fui contratado y a partir de entonces él se convirtió en mi Patrón y prometí serle fiel. Al principio él no confiaba mucho en mí, no se fiaba ni de su sombra, pero con el tiempo eso cambió. Un día Takato san escuchó como algunos sujetos del clan se estaban burlando de mi a lo lejos, yo andaba barriendo la nieve de la entrada, podía oír las risas, pero solo eso. Entonces giré en cuanto escuché la voz del patrón, él les dijo: "Solo los cobardes y los perdedores evitan decir las cosas de frente. Me pregunto quiénes son los verdaderos monos idiotas."

Rara vez lo veía hablar con alguien, lo despreciaban tanto o más que a mí, pero eso no le importó a ese pequeño omega, quien aun sabiendo aquello me defendió. Después supe que lo que ellos dijeron fue que yo era un "retrasado gaijin" porque no hablaba bien, "mono tercermundista" y chingaderas así. Ese mismo día él patrón Takato me mandó llamar al cuarto de estudio. Sobre el escritorio había un cuaderno y varios libros que decían "Nihongo no mina".

—¿Te enseñó japonés?

—Sí y con chingos de paciencia, pensé que jamás me aprendería los kanjis y a usar tanta partícula. Siempre me trató con respeto cuando todos los demás me veían como basura, nos hicimos amigos, le conté mi historia y él me contó la suya. A medida que la bebé crecía, comenzó a seguirme como pollito. Fui rescatado por su amabilidad, si no lo hubiera conocido en aquel entonces, lo más seguro es que ya estaría tres metros bajo tierra. La depresión me estaba matando y el cuidar de ellos me dio un motivo para seguir vivo. Lo he visto sufrir demasiado e injustamente todos estos años, he llorado con él y también experimentado el sentimiento de ser querido con amor fraternal. Le debo mucho y por eso me preocupo… él no es solo mi empleador ni la patroncita una niña más que debo cuidar. Son mi familia, aunque no tengamos lazos consanguíneos, el patrón es como mi hermanito y Haru chan mi sobrina. Son valiosos e irremplazables. Él merece ser felice y libre con la patroncita que es una criatura re-chula.

—Tú también mereces ser feliz. Conmigo por supuesto. -Agregó rápidamente el castaño. —Gracias por contarme sobre ti... ahora entiendo muchas cosas. – Dijo posando su manos sobre el pecho del otro, justo donde los nombres de sus amores fallecidos se ubicaban. —Odio admitirlo, pero estaba ahogándome en celos, pero ahora siento como si yo también le debiera mucho a "tu patrón" porque te ayudó a seguir vivo y así cruzar nuestros caminos.

Por el momento, el tema de la familia fallecida era un punto que no quería tocar. Para ser honesto no quería escuchar que el moreno hablara con tanto amor de otro que no fuera él. Sí, era egoísta y narcisista, pero viejas conductas eran difíciles de erradicar; además, aunado a eso, el ser testigo del llanto dolido de Ramiro le había pinchado el corazón y no quería que una escena así se repitiera; sin embargo, si en algún momento este quisiera desahogarse o hablar al respecto, estaría dispuesto a escucharlo.

El ambiente entre ambos se había relajado y la nube de tensión dispersado. Ramiro acercó al castaño pasando la mano por su nuca y comenzó a besarlo, pero esta vez el contacto era suave, tierno, como si lo que deseara fuera saborear cada centímetro con calma y así transmitirle sus más profundos sentimientos.

Unos segundos después, ambos se fueron separando hasta quedar frente a frente respirando el aliento del otro.

—Si decidí contártelo es porque te debía una explicación, porque confío por completo en ti y porque me ayudaste a abrir el lado de mi corazón que mantenía cerrado bajo llave. Eres la primer persona con la que he tenido una relación seria después de tantos años; así que flaquito, jamás dudes de cuánto te amo, ahora tú eres mi vida y nunca me apartaré de tu lado, aunque me dejes horas esperando como perro tras la puerta y me des café barato para beber. —Dijo el moreno mirándolo con ojos juguetones y cargados de cariño.

—Te ganaste esa espera, perrito. Y el café no es barato en absoluto, solo quería molestarte – dijo Ayagi soltando un risa fresca. Su corazón palpitaba con fuerza y cada minuto que pasaba se enamoraba más y más del hombre frente a él, pues este también era su primera relación seria, dando fin a su periodo de promiscuidad.

—Woof – ladró el moreno sacando la lengua. —Sí, amo. Este perrito no volverá a hacerlo enojar. – Dijo al tiempo que acercaba su rostro al cuello del castaño dejando un camino de mordiditas a lo largo de este.

—¿Aún tienes energía para eso? – preguntó Ayagi con voz ronca sintiendo como las manos del otro paseaban por su trasero y espalda.

—¿Para tenerte en mis brazos? ¡siempre!... aunque me gustaría dormir aunque sea una hora. Debo volver al hospital antes de las 2 pm.

—Ah sí… mi padre me comentó que Himura golpeó al omega y la niña… ¿están bien?

—Pos, decir que están "bien" no creo sea lo apropiado, pero lo estarán. Gracias por preguntar.

—Bueno, soy una persona educada. Te acompañaré para verlos, tengo algo que les pertenece.

—¿A qué te refieres? – preguntó curioso Ramiro.

—Bueno, tengo un camión cargado de dinero en una de mis propiedades. Himura me lo confió porque su plan era escapar y que yo se lo estuviera depositando. Y ahora que la policía tomó todas sus propiedades y congeló cuentas, esos millones son su seguro de vida. Ese tipo no volverá a ver la luz del día, Azumaya, Usaka san y papá se encargaron de dejarlo inválido de por vida.

—¿Cómo?, ¡no entiendo!

—Pues… tendría que contarte un montón de cosas y eso nos quitaría tiempo de sexo y sueño. Por ahora solo confórmate con saber que Himura no volverá a acercarse a nadie y pasará sus días en la cárcel. Seguro esa noticia hará feliz al omega.

—Ta bueno, ya no preguntaré nada por ahora. Pero después quiero que me digas todo, ¿sí?

—Sí, ahora atiéndeme – dijo restregando su miembro contra el del moreno.

—¡Ay flaquito! Hoy te daré servicio de 5 estrellas.

El café sobre la mesa se enfrío, el sol comenzaba a asomarse, el ruido de un nuevo día iba subiendo de volumen; pero los cuerpos que se entrelazaban bajo las sábanas solo eran conscientes de su propia existencia.

Ayagi se dejaba llevar por cada embestida que lo llenaba hasta lo más profundo. Su cuerpo se estremecía y pedía más al tiempo que de su boca salían gemidos de placer.

Sin embargo, en algún momento del frenesí, al acariciar el pecho de chocolate, los nombres y la imagen del moreno amando a Raúl le provocó escalofríos desagradables.

¡NO!, gritó en su interior pasando las piernas y brazos alrededor el otro, aferrándose a él y preguntándose en su mente: —¿cómo es que podría ganarle al recuerdo de un muerto?, ¿y si Ramiro quiere un bebé?, ¿me dejará?, ¿cuánto tiempo más me amaría?

Así, nuevamente las inseguridades volvieron, pero ahora atormentándolo con fantasmas y hechos que no serían posibles, porque la realidad era que como alfa, jamás podría quedar embarazado y no podría darle a Ramiro ese hijo que seguro esperaba…

No puedo perderte, no quiero… - pensó afianzando su agarre. —¿En qué momento me convertí en un alfa tan patético? Te amo… te amo demasiado.

Ramiro aumentó la velocidad de sus embestidas, el cuerpo del alfa temblaba bajo su toque hasta que finalmente estalló derramando su semilla en el interior cálido que se contraía en espasmos violentos.

—Te amo. -Dijo Ramiro en el oído de Ayagi.

—También te amo. Quédate conmigo. – Pidió el castaño antes de caer dormido, escuchando del otro un "para siempre" que le permitió descansar tranquilo.