CAPÍTULO 22
TAPAR EL SOL CON UN DEDO
TOC TOC
—¡Adelante!
—¿Ya vas de salida? – pregunto Junta al tiempo que abría la puerta de la habitación de Takato.
—Sí, quedé con Ramiro para vernos aquí en 15 minutos e ir con mi abuelo– Respondió Takato sintiendo como los brazos de Junta pasaban por su cintura atrayéndolo hacia él. —¿E-está bien…? – preguntó nervioso.
Junta, notando la duda en Takato, lo abrazó con mayor fuerza dejando de pasada un par de besitos sobre su mejilla.
—Lo que sea que decidas hacer está bien, no tienes qué preguntarme, ¿vale? –
—Sí, gracias – dijo correspondiendo el abrazo. Se sentía tan seguro y cálido que le costaba separarse del alto, como si un fuerte imán lo empujara y ejerciera toda su fuerza de atracción hacia él.
Era de locos, y su mente, a veces le jugaba malas pasadas haciendo que pensamientos lujuriosos que involucraban a ambos pasaran por ella sin vergüenza alguna.
Desde la fiesta de los cerezos en la casa de los Ayagi, ninguno de los dos había vuelto a intimar. Se besaban seguido, tocaban las manos del otro, suaves agarres en los hombros y abrazos que duraban minutos eran su rutina; sin embargo, aunque esas muestras de afecto fueran perfectas, ya no se sentían suficientes. Su cuerpo le pedía más y la humedad que se acumulaba en su trasero lo confirmaba.
A veces se preguntaba cómo era posible que aun teniendo la marca pudiera sentir deseo por Chunta, pero estaba pasando, lo estaba viviendo y solo podía agradecer el milagro.
Aun así, dudaba en dar el siguiente paso debido al temor de ser rechazado o ser visto como un fácil o pervertido.
Lo que no sabía, era que el de los ojos verdes estaba tanto o más desesperado que él por tenerlo entre sus brazos y hacerle el amor hasta desfallecer de placer.
—¡Te ves tan hermoso! No quiero soltarte – habló Junta con voz de niño mimado haciendo reír a Takato.
—Gracias… pero, necesito que me sueltes o no estaré listo a tiempo.
Lo cierto era que Takato tampoco quería soltarlo, pero Ramiro esperaba y no podía dejarlo plantado solo porque su cuerpo quería dominarlo y hacerlo caer en la tentación.
—Lo sé… cuídate mucho por favor y cualquier cosa no dudes en marcarme.
—No te preocupes, Ramiro me cuidará.
—No lo dudo amor. Dile al abuelo que pronto lo visitaré de nuevo. – Exclamó depositando un beso en su labios. —Mejor me retiro antes de que pierda el control – susurró Junta pasando su lengua por la boca del azabache.
—Mmnn…
Un gemido candente escapó de Takato provocando que toda la sangre de Chunta viajara hacia la zona no atendida de su cuerpo.
Así, sin detenerse un poco más para tentar su suerte, se alejó de su amor que tenía las mejillas cual manzanas y los labios brillando por la saliva.
Después de mirarse en el espejo y comprobar que su tono había vuelto a la normalidad, Takato bajó las escaleras para encontrarse con su querido amigo que ya lo esperaba en el marco de la puerta.
Este, se quitó los lentes de sol con un rápido movimiento tras notar el brillo en el otro.
—Patrón, se ve diferente.
Comentó Ramiro incapaz de mantener sus palabras para sí mismo.
—No me digas patrón. Somos amigos.
—Sí, pero patrón se escucha más chingón.
Takato solo sonrió, jamás le ganaría a Ramiro.
—Respondiendo tu pregunta… Tal vez porque me siento feliz. – Rio Takato al tiempo que palmeaba el hombro del moreno, a lo que el otro esbozó una amplia sonrisa en respuesta.
—Pues le sienta de maravilla eso. Deje me pongo otra vez los lentes, porque luego me encandila. – dijo juguetón el moreno. A lo que Takato solo atinó a poner los ojos en blanco.
—Vamos, el abuelo espera y tenemos cosas qué platicar.
Así, ambos hombres emprendieron el camino entre charlas banales y risas, porque si alguien podía arrancar de hasta un muerto una carcajada, ese era Ramiro.
El reloj marcaba las diez de la mañana con veintiocho minutos. Movimiento de sillas, zapateos y suspiros se hacían cada vez más evidentes en las niñas y niños que esperaban impacientes el receso.
La maestra parecía no querer terminar la clase, pues su boca no dejaba de moverse pese a que unos cuantos minutos atrás había perdido por completo la atención de todos sus alumnos.
Dos minutos después, que parecieron una eternidad, la campana del colegio sonó provocando en todos gran algarabía.
La mayoría corrían hacia la cafetería en busca del tan ansiado alimento. El resto, caminaban hacia las áreas verdes o bancas que había por todo el colegio para comer lo que llevaban desde casa. El ingerir cualquier tipo de comida dentro de los salones o pasillos estaba prohibido.
Haru, tomó con cuidado su lonchera donde el bento preparado con infinito amor a manos de Takato, se conservaba calientito. Días atrás algunos niños le habían hecho burla por llevar comida de su casa, pero la nena no se dejó amedrentar por eso, sino todo lo contrario; ya que, ante el ataque, sacó con orgullo su comida para después remover la tapa, dejando en evidencia: tres rollos perfectos de tamagoyaki bañados ligeramente con cátsup, ensalada de papa, así como tres camarones fritos con panko que reposaban sobre arroz blanco sazonado con soya, y a un lado de estos, lechugas variadas y frescas con trocitos de espárragos. Todo perfectamente distribuido y decorado, proporcionando un festín para la vista y el paladar.
Ante la mirada incrédula de los que se habían burlado, la nena solo agregó un tierno y sencillo: "mi mami cocina mejor." Para después darle un gran mordisco al camarón, seguido de "¿quieren probarlo?" acompañada de una hermosa sonrisa, herencia de Takato.
Por supuesto, después de aquello nadie volvió a decirle nada sobre traer comida de casa.
La pequeña se puso de pie después de cinco minutos, pues Kiyomi (el hijo de Usaka y Arisu) no llegaba por ella y su receso se veía reducido a cada segundo.
Cada que el timbre sonaba, el niño iba corriendo hasta el salón de Haru para hacerle compañía, su mamá le había encargado cuidarla y él se estaba tomando muy en serio su papel; sin embargo, hoy estaba retrasado.
Mientras Haru caminaba hacia la puerta para buscar a su amigo, un grupito de dos niños y tres niñas le bloquearon el paso y justo cuando les estaba sacando la vuelta, el mayor de ellos que parecía tener la misma edad de Kiyomi golpeó con fuerza la lonchera de la ambarina.
En un instante el contenido de esta quedó esparcido sobre el suelo ante la mirada incrédula de Haru mientras que risas burlonas retumbaban de fondo.
—¡OYEEE! ¡eso!... n-no– exclamó la nena sintiendo como sus ojitos se humedecían, la paliza recibida por su padre aún estaba en su cabeza y al ser nuevamente alcanzada por un acto violento, hizo que el miedo experimentado aflorara.
En cámara lenta y sin ser consciente del hecho dio varios pasos hacia atrás intentando escapar al tiempo que temblores sacudían su pequeño cuerpo.
—Jajaja, miren cómo se hace para atrás.
—Es una tonta y cobarde.
Decían uno tras otro.
—¡Qué patética!, ¡deja de temblar, tonta! – gritó una de las niñas empujando a Haru.
Ante el "eso no", una de ellas, que para colmo era su compañera, se apresuró a decir: —¿Por qué no? así se trata a los hijos de crimni-criminales. - Otra le secundó: —Tu papá se llama Kenichi Himura, siempre lo decías. Pero mi mami vio en las noticias que es un asqueroso Yakuza.
—La hija de un Yakuza no debería estar en esta escuela. – Escupió con desprecio el chico que le había tirado su comida.
Saliendo del trance en el que se encontraba, apoyó sus manitas en el piso para ponerse de pie, y confundida por las palabras que no conocía, solo atinó a preguntar: —¿Qué es un Yakuza y qué es un "crimnimal"?
Los chicos mayores comenzaron a burlarse.
—Eres tan estúpida.
—Sí, cómo es que no sabes eso cuando tú también lo eres.
—Yo no me llamo así, yo soy Haru Himura, no Yakuza. —intentó defenderse pensando inocentemente que Yakuza era un apellido.
—Tan patética. Yakuza son hombres malos que matan niños y roban cosas, a personas así se les dice criminales. Tu papá es MALO. – Recriminó el chico mayor y que más se esforzaba por maltratar a la ambarina.
Haru no podía creer lo que le estaban diciendo y sin pensarlo dos veces comenzó a gritar.
—¡No, eso no es cierto!, ¡mi papi no hace eso!, ¡son mentiras!
Pronto, las lágrimas comenzaron a correr por su rosadas mejillas. Su pecho se inflaba acelerado por las emociones, los puños apretados y el temblor de sus hombros exponían sus vulnerabilidad.
El otro chico, que había permanecido sin participar, tomó el arroz junto con la demás revoltura que había caído al suelo y sin contemplación alguna lo lanzó hacia Haru quien comenzó a escupirlo cuando partes de este entraron en su boca que permanecía abierta por el llanto. La salsa de soya junto con partes de su hamburguesa, mancharon su cara, uniforme y cabello haciéndola lucir más lamentable.
—¡Nosotros no somos mentirosos!, ¡tú eres la mentirosa por decir que tu papá era un empresario!
—Himura-chan eres una Yakuza mala igual que tu papá. – Agregó otra de las niñas al tiempo que le jalaba con fuerza una de sus colitas. —Ahora tu papá está en la cárcel y tu mamá también irá ahí porque es un omega malo.
Haru se hizo hacia atrás para que dejaran de estirarle el cabello, sobó su cabeza adolorida y pese a estar inundada en un mar de lágrimas, con voz decidida gritó a todo pulmón.
—¡No!, ¡mi mami no es malo!, ¡tú eres mala!
Sin embargo, esta vez no se limitó solo a contestar verbalmente, sino que el grito fue acompañado de un fuerte empujón hacia la niña que le sacaba la lengua y se burlaba de ella.
Esta cayó al suelo de culo sin nada que amortiguara el golpe que se escuchó perturbador y que por unos instantes le robó el aire para después dejar salir un llanto escandaloso de puro dolor.
El chico mayor, que era el hermano de la caída, furioso intentó tomar a Haru de los cabellos, pero la mano de Kiyomi lo detuvo.
—Si te atreves a hacer o decir algo más te vas a arrepentir - rugió el chico poniendo una de las miradas de pocos amigos que su papá le había enseñado, desgraciadamente, para el bully eso no fue suficiente.
—Usaka… ¡No te metas donde no te llaman! – gritó el otro zafándose de su agarre.
A lo que el Kiyomi de inmediato se puso delante de Haru para protegerla, seguido de un llamado de auxilio que resonó en toda la escuela. —¡MAESTRA! ¡LOS DE QUINTO GRADO ESTÁN INTIMIDANDO A UNA DE PRIMERO!
La primer visita a la tumba de su abuelo se dio entre un mar de sentimientos. El descuido de tantos años era evidente, la hierba alrededor había crecido considerablemente, el polvo parecía estar incrustado en cada poro de la lápida tan profundamente que removerlo sería difícil, no había ni una sola flor y todo lucía tan deprimente como Takato se sentía. Nadie se había parado ahí para hacer la limpieza ni rendir sus respetos.
El corazón de Takato volvía a llorar. Se reprochaba el no haber insistido más para poder verlo. Su amado abuelo había estado por años solo y él no podía perdonárselo. La pena era tanta que pensó que sus rodillas se doblarían, pero los fuertes brazos de Junta y los besitos por parte de Haru lo habían consolado y le habían dado el soporte que necesitaba.
En cuanto se tranquilizó comenzó a limpiar la lápida con la ayuda de Haru y Junta. Una vez listo hizo las presentaciones correspondientes.
Haru había escuchado hablar mucho del abuelo de su mami, por lo que de inmediato saludó y ofreció oraciones.
Por otro lado, Junta ofreció sus respetos y prometió ante los restos del abuelo, que siempre protegería y amaría a sus tesoros, es decir: a Haru y Takato. Tras aquello y después de que Takato estuviera a solas ante la tumba hablando con su abuelo, se despidieron prometiendo volver.
Ahora Ramiro y Takato visitaban el sepulcro por sexta ocasión.
Mientras el moreno colocaba las flores, Takato tomó asiento en el suelo y preguntó curioso.
—Ramiro, ¿cómo es Ayagi san?
—Como un dolor en el culo – dijo el hombre chasqueando la lengua y más rápido que la luz.
—¡¿Qué?! – exclamó Takato sorprendido.
—Jajaja, así como lo oye patrón, mi flaquito es: demandante, caprichoso, berrinchudo a madres, quisquilloso, clasista…
La lista seguía y Takato ya se estaba arrepintiendo de haber preguntado aquello, el pobre Ayagi estaba quedando muy mal parado, lo que le hacía sentir pena ajena.
—Pero, aún y con todo eso… me ama un chingo, es leal y protector, recuerda hasta el más mínimo detalle, es sincero, dice las cosas como son, se preocupa por mí, me cuida las heridas, llora cuando me lastimo, busca lo mejor para mí y aunque él es un alfa y yo un beta, deja que lo tome sin conflictos jerárquicos. Si eso no es amor, entonces no sé qué chingados podría ser. -Recalcó Ramiro con una sonrisa complacida al tiempo que tomaba asiento a un lado de Takato.
El de los ojos azules soltó un suspiro aliviado, girando hacia el moreno —Entonces se podría decir que, ¿esperas hacer una vida con él?
—Pos, pa qué le digo que no, si sí.
Ambos rieron envueltos en su burbuja de felicidad. El viento primaveral, aún fresco, sopló haciendo bailar sus cabellos. La paz que sentían era genuina y agradable.
Aunque habían tenido momentos como estos en el pasado, la sombra de Himura siempre estaba presente impidiendo disfrutarlos plenamente. Sin embargo, ahora ambos eran libres, y de a poco, pero con paso constante, se iban acostumbrando a ello.
—Ramiro, en serio me alegra saber que encontraste alguien bueno para ti. Eso me hace sentir feliz y al mismo tiempo aliviado porque sé que te quedarás en buenas manos. – comentó Takato con una expresión que oscilaba entre la tristeza y el gozo.
El moreno, ante esas palabras giró la cabeza con el ceño fruncido.
—¿Qué significa eso?
Su tono nervioso y el rostro arrugado eran la imagen de un hombre que había preguntado lo que en realidad no quería saber.
Takato agarró aire y tomando la mano de quien fuera su guardián y mejor amigo, dijo con la mirada hacia el suelo.
—Chunta me ha propuesto que nos vayamos a Europa y le dije que sí. Quiero que Haru y yo comencemos de nuevo. No te mentiré, el cambio me asusta al punto de no poder respirar… pero este hombre ha hecho mucho por nosotros, ha demostrado que me ama y quiere a Haru como si fuera suya y… quiero darme la oportunidad de ser feliz con alguien que no me trata como un objeto ni ve como si fuera basura – susurró.
Ramiro no aguantó más y sin avisar tomó a Takato entre sus brazos rodeándolo por completo.
—Usted no tiene que darme explicaciones. Se lo dije siempre, que merece ser feliz y también le dije que lo que usted decidiera yo lo apoyaría. La verdad si me duele un chingo saber que la patroncita y usted se irán, siento como las tripas se me encojen y me gustaría irme con ustedes como lo prometí…
—No Ramiro – sentenció Takato al tiempo que se despegaba del moreno — tú ya me has ayudado tanto, sería un ingrato si te pidiera que fueras con nosotros. Tú también tienes la oportunidad de empezar de nuevo al lado de alguien que te gusta y que te ama.
—Ay patrón… pero ¿cómo puedo estar bien si no los podré ver a ustedes?
El hombre imponente y con apariencia ruda, se convirtió ante Takato en un cachorrito que parecía haber sido abandonado. Ver a su amigo así le dolió, pero jamás sería tan egoísta como para separarlo de su felicidad.
—Ramiro, no pongas esa cara o comenzaré a llorar. — Exclamó Takato al tiempo que sus ojos comenzaban a aguarse. —Podemos seguir viéndonos. Nos llamaremos todos los días, ¡tenemos tecnología!
—No es lo mismo. – Replicó el moreno.
—No es lo mismo, pero así la distancia no se sentirá tan larga; además, Ayagi san te arregló los papeles ¿no? cuando quieras podrás ir a visitarnos, serás más que bienvenido y si vas con Ayagi san ten por seguro que lo trataremos como uno más de la familia, porque al estar contigo lo es.
—Pos sí, pero…
—¿Pero…? – preguntó Takato afligido, pero intentando verse positivo.
Ramiro lo miró, cepilló su cabello y soltó un gran suspiro.
—Basta Ramiro, te estás comportando como un bebé – se reprendió a sí mismo golpeando sus mejillas con ambas manos sorprendiendo a Takato en el acto. —Nada patrón, tiene razón… esto no es un adiós, es un "nos vemos por las Europas pa comer paella, pa él, pa todos"
Takato soltó una risa fuerte que drenó todo su malestar, en definitiva, extrañaría mucho a su incomparable Ramiro.
Recuerdos de su primer encuentro volaron hacia él, reflexionando en que aquél día, aunque fue aterrador, al final no todo había resultado mal, pues entre toda la mierda había conocido a su mejor y más entrañable amigo.
Después de pasar un buen rato platicando sobre la fecha de partida, la ciudad a la que se irían, quiénes los recibirían, los lugares que visitarían en España y demás. Decidieron que era hora de comer algo, pues la panza del moreno había rugido escandalosamente cuando se levantaron del suelo.
Una vez en el auto, Ramiro preguntó lo que ambos habían estado sacándole la vuelta, pero que era como el elefante en la habitación.
—Patrón, ¿qué le va a decir a la patroncita?
—Siendo sincero, al principio pensé en manejarle todo como unas vacaciones, pero no quiero más mentiras. Ella tarde o temprano puede enterarse y qué mejor que sea por mi propia boca. Es pequeña, pero muy inteligente y si hablo con claridad podrá entenderlo. Aunque, tengo miedo de que llegue a odiarme…
—Eso jamás, la patroncita lo ama y sabrá reconocer todos los sacrificios que hizo por ella. No tenga miedo. Lo que planea hacer es lo correcto.
—Eso espero – suspiró Takato al tiempo que se recargaba en el asiento del auto.
Minutos después su celular comenzó a sonar. De inmediato observó de quién se trataba y un escalofrío recorrió su nuca cuando el número que llamaba era del colegio de su rayito de sol.
El segundo timbre ni siquiera alcanzó a escucharse, en nanosegundos Takato contestó intentando mantenerse tranquilo.
Ramiro, por su parte al percatarse de la actitud de Takato y de cómo este preguntaba de inmediato por la niña, decidió orillarse y esperar.
—No me ha respondido, ¿ella está bien?, ¿por qué debo llevarle un cambio de ropa?
Del otro lado de la línea, la persona que llamaba no revelaba la información que Takato quería.
—¡Páseme a mi hija ahora! – ordenó con tono fuerte e impaciente sintiendo como su estómago se encogía a cada segundo. No lo comunicaron con ella.
Ramiro le hacía señas para saber de qué se trataba, a lo que el azabache se limitó a indicarle que manejara hacia el colegio. Acción que el moreno se dispuso a ejecutar de inmediato pisando el acelerador cuando la voz triste de Haru se dejó oír a través del celular.
—¡Pa pronto es tarde!
Exclamó Ramiro apretando el volante al tiempo que se preguntaba seriamente si podría golpear a quien la había hecho llorar.
Las pisadas apresuradas de los dos adultos se dejaron escuchar por el pasillo. Takato corría a la dirección seguido de Ramiro, escuchar a su nena con ese tono triste y avergonzado había sido como un balde de agua fría.
Le habían dicho que llevara un cambio de ropa para su niña, pero después de hablar con ella lo único que quería era abrazarla.
Perdiendo toda etiqueta y formalidad, el azabache abrió sin tocar la puerta de la dirección encontrándose con una escena que le hizo hervir la sangre.
Ambas mujeres giraron la cabeza al escuchar el estruendo de la puerta que fue abierta con violencia.
Haru tenía una de sus colitas desarreglada, la ropa sucia, la carita marcada con visibles rastros de lágrimas y los ojitos rojos. Mantenía la cabeza agachada con vergüenza, mientras que la maestra y directora permanecían de pie frente a ella como verdugos listos para soltar la guillotina.
—Señor, por favor tome asiento – indicó la directora señalando el asiento frente a su escritorio, pero por supuesto fue ignorada, pues Takato corrió directo hacia su bebé tomándola entra sus brazos, sintiendo cómo ella se acunaba en su pecho.
Al verse ignorada, la directora volvió a hablar. —Usted debe retirarse, solo puede estar el padre de familia. – Advirtió la mujer de nariz respingada con desprecio, barriendo de arriba hacia abajo al moreno, quien en ese momento tenía una cara de pocos amigos.
—¡Pa pura madre que me voy! De aquí nadie me mueve ni a putazos – Habló Ramiro cerrando la puerta tras de él con seguro. Acción que sorprendió a ambas mujeres, siendo la mayor, la aparentemente más ofendida por la forma de expresarse del moreno, moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
—¿Qué pasó Haru? – preguntó Takato al tiempo que repartía besos en la tierna cabecita y mimos tranquilizadores sobre su espalda.
—Himura-chan agredió a una de sus compañeras con lujo de violencia, por eso…
—No le pregunté a usted – Habló Takato imponente rodeado de una aura asesina. Alguien había lastimado a su hija y los adultos que debían brindarle confianza y seguridad, estaban a su alrededor cual buitres esperando picotear la carne servida.
Haru se acercó al oído de su mami y rápidamente le susurró que unos niños la molestaron tirando su comida y jalándole el cabello. No había entrado en detalles, pero para Takato, la información proporcionada por su hija había sido más que suficiente para encender su ira.
Despegó a la niña de su cuerpo susurrando un "todo estará bien".
—Ramiro, ¿podrías llevar a Haru al auto? Estaré allí enseguida. – Exclamó no sin antes besar los ojitos hinchados de su niña.
Ramiro, ni tardo ni perezoso tomó a Haru entre sus brazos sintiendo como la nena se dejaba llevar y apretaba su cuello como si no quisiera desprenderse de él. No había mostrado resistencia alguna y se le notaba agotada.
Ante aquello, el moreno atinó a abrazarla para así hacerla sentir segura. Mientras se alejaba dio un último vistazo hacia Takato, pocas veces lo había visto así de molesto; por lo que quedó impresionado, pues ante la baja estatura y cuerpo delgado, se escondía un león dormido que no dudaría en sacar las garras para defender a su cría.
Una vez que el ojiazul se vio a solas con la directora y maestra giró hacia ellas con ojos inyectados de desprecio.
La directora carraspeó sintiendo un escalofrío recorrer su espalda ante los penetrantes ojos azules que la miraban, para posteriormente dirigirse a Takato quien permanecía de pie y con los brazos cruzados.
—Himura san…
—Saijo – corrigió de inmediato con voz gélida.
Ambas mujeres solo atinaron a asentir.
—Saijo san, Haru cometió una falta grave, lastimó a una de sus compañeras por lo que deberá ser suspendida por una semana. Nos apena mucho tener que tomar estas medidas, pero ya que hubo contacto físico es lo menos que podemos hacer. Aunque Himura-chan esté pequeña debe saber que sus actos tienen consecuencias…
Bla, bla, bla.
Takato escuchaba cada palabra con fastidio y con cada cosa sumada apretaba aún más las manos. Quería decirles mil cosas, incluso recurrir a la violencia, pero debía controlarse; sin embargo, la gota que derramó el vaso fue la expresión que salió de la boca de la maestra.
—Sabemos que el padre de Himura-chan está ahora tras las rejas, por eso al tomar esta medida, estamos asegurándonos que ella no siga los pasos de sus padres.
¡SUFICIENTE!
Takato había aguantado espartanamente, pero ante tanta mierda acumulada, era hora de mandar la suciedad por el caño.
Moviendo su mano para callar a las mujeres, Takato soltó todo el aire retenido y dijo:
—He escuchado todo lo que tenían que decir y solo puedo encontrar en sus palabras una falta total de las características de un buen maestro. Entre las dos no han dejado de señalar las "faltas" de mi hija, en ningún momento han explicado lo que pasó ni quienes estuvieron involucrados y cuando llegué me encontré con ustedes dos intimidando a una niña de 5 años quien hasta un idiota podría darse cuenta de que se llevó la peor parte en esa discusión. Y en vez de darle el apoyo que necesitaba la han señalado y juzgado como la culpable. Debería darles vergüenza su estupidez e ineptitud, da pena ver que personas como ustedes dirigen y están dando clases a estos niños que lo único que pueden aprender de ustedes es: juzgar, atacar y discriminar.
—¡No le permito…! – agregó la directora indignada y roja hasta las orejas, solo para verse interrumpida.
—¡YO NO NECESITO SU PERMISO PARA NADA! Antes me he quedado corto en lo que debería decirles – rugió Takato. — Y usted – dijo señalando a la maestra de grupo que no sabía dónde meter la cabeza — ni se atreva a decir algo más de mi hija, porque entonces olvidaré lo que es ser un caballero.
—¿Me- me está amenazando? – tartamudeó la mujer.
Takato esbozó una media sonrisa cargada de burla.
—Bueno, acaso no dijo usted que el papá de mi hija está en la cárcel, entonces… quién cree que se quedó con todo el clan bajo su control. - Las mujeres temblaron. — Mejor comiencen a cuidarse las espaldas, porque para nada he terminado con ustedes.
Ante sus palabras, un tapón mágico apareció en la boca de la directora y maestra, no había duda de que un detalle importante les había faltado en la ecuación y ahora estaban aterrorizadas por lo que el ojiazul exclamó.
Se habían metido con un mafioso y ahora vivirían con delirios de persecución.
Takato por su parte, había hecho uso de un par de mentiras. Odiaba decirlas, pero en este momento detestaba aún más a esas mujeres, por lo que no se tentó el corazón para amenazarlas.
Si bien no iba a mandarlas golpear o poner patas arriba sus casas, se daba por bien servido al ver el miedo reflejado en los ojos de ellas.
—Ahora, deme los papeles de mi hija en este momento, jamás permitiré que ella vuelva a este colegio de porquería. – Demandó el omega con voz de trueno.
Mientras tanto, en el auto, Ramiro quitaba los restos de comida que permanecían enredados entre el cabello de Haru.
—Patroncita, sabe que puede contarme lo que sea. ¿Quién me la maltrató?, si me dice va a ver cómo les doy sus buenas nalgadas por malcriados.
Haru no decía nada. Solo miraba hacia abajo jugueteando con sus manitas.
Ramiro suspiró al no recibir respuesta, entonces la niña, como si hubiera salido de su trance preguntó:
—Ramiro… ¿mi papá es malo?
El moreno se estremeció, ahora todo parecía tener más sentido y en su cabeza imaginó que todo el problema había sido por eso.
Miró a la pequeña y una punzada dolorosa atravesó su corazón, pues los ojitos hinchados de tanto llorar suplicaban silenciosamente que la respuesta a su pregunta fuera un no.
En eso, la puerta del carro se abrió permitiendo el paso de Takato quien había escuchado perfectamente la pregunta. Su peor pesadilla se había hecho realidad.
—Takato no me contesta, se supone que ya debería estar en la casa.
Dijo Junta que se paseaba de un lado a otro en su amplia oficina al tiempo que mordía la uña de su pulgar.
Desde temprano había estado ocupado atendiendo reuniones con los accionistas de su empresa en Europa, además de establecer bajo notario la sucesión del Clan a Hasegawa, dando por concluida su vida como Yakuza, tal y como lo había prometido.
La ida a España estaba a la vuelta de la esquina y no quería que nada arruinara sus planes, por lo que sus nervios enloquecían cuando no tenía noticias de Takato.
—¿Podrías por favor sentarte? – pidió Sasaki frotando su sien. — Los guardaespaldas que cuidan de la niña se comunicaron conmigo. Al parecer hubo algo en la escuela y Takato san fue a recogerla.
Sin más Junta corrió hacia la puerta, si algo malo le había pasado a Haru jamás se lo perdonaría. Desesperado tomó su saco, celular y sin esperar a nadie tomó el pomo para girarlo y largarse a la velocidad de la luz.
Sin embargo, Sasaki lo detuvo tomándolo del brazo.
—¡Junta contrólate! La niña está bien y ahora mismo están en la casa. Si Takato san no te ha contestado debe ser porque necesita tiempo con su hija. Bájale a tu paranoia, cuando él crea conveniente llamarte lo hará. Se que el instinto de alfa es fuerte y más cuando se trata de proteger a su omega, pero tu eres más que un alfa, tienes la capacidad de dominarte, así que hazlo.
Chunta soltó poco a poco la manija y respiró. Sasaki tenía razón, estaba comportándose como un loco paranoico e impaciente. Amaba a Haru y sentía una genuina preocupación por ella, por lo que quería correr a su encuentro; sin embargo, este no era el único motivo. El solo pensar que Takato decidiera cambiar de opinión con respecto a sus planes le provocaba malestar y ansiedad.
"Solo un poco más", se dijo a sí mismo haciendo uso de todo su autocontrol. Caminó de regreso al escritorio y tomó asiento bufando.
—¿Qué es lo siguiente en la lista?
Preguntó girando su asiento para ver el paisaje urbano.
Sasaki, por su parte, colocaba los documentos en el escritorio al tiempo que se preguntaba cuánto podría soportar la olla antes de explotar.
En la casa, Takato vertía agua sobre la espalda de Haru, quien se encontraba sentada en la bañera dejando que su mami la lavara, quitando así toda suciedad de su cuerpo.
A simple vista se podía notar que mil cosas pasaban por la pequeña cabecita, pero como siempre, la increíble madurez no acorde a su edad se hacía notar al esperar paciente por una respuesta.
Ahora, limpia y cambiada con ropa cómoda, Takato caminó con ella en brazos hasta sentarse en un pequeño sillón que Junta había mandado hacer especialmente para la niña. En este cabían perfectamente dos personas, pero la altura era justa para ella.
Un silencio incómodo se posó sobre Takato y Haru, el ojiazul no sabía por dónde empezar y tener dos ojos color de oro mirándolo insistentemente no ayudaban a tranquilizarlo.
El momento que tanto había querido atrasar se presentaba ante él de la peor manera posible. Aun así, no era momento de llorar ni lamentarse, debía hablar con su nena y consolarla tanto como pudiera, pues "tapar el sol con un dedo", era imposible.
Rápidamente repasaba en su mente la manera en la que abordaría el tema; sin embargo, la voz de Haru lo hizo salir de su ensimismamiento.
—¿Me vas a regañar por lo que hice? – preguntó apenada mirando hacia el suelo.
En ese momento, Takato soltó todo el aire que había estado reteniendo y dedicándole una mirada llena de ternura a su hija comenzó a hablar.
—Haru, mírame – pidió sosteniendo las mejillas redonditas — ¡Jamás te regañaré por defenderte!, golpear no es correcto, pero estoy seguro de que te sientes mal por eso y con ello es suficiente. Tu nunca antes lo habías hecho, por lo que sé que tenías una razón para actuar así, ¿estoy en lo correcto?
Un asentimiento profundo contestó la pregunta.
—Mami, ellos dijeron que papá está en la cárcel porque es malo, ¿es cierto?
Takato tragó saliva y con voz temblorosa soltó un sí apenas audible que le desgarró la garganta. Pero nada lo había preparado para ver llorar a su bebé con tanto dolor.
—Haru, quiero que escuches con atención lo que voy a decirte, puede que esto te ponga triste, enojada o confundida, pero entre tú y yo no habrá mentiras. Siempre te hablaré con la verdad y contestaré todas las preguntas que tengas. – Dijo Takato al tiempo que limpiaba cada una de las lágrimas derramadas por su hija.
La niña hizo un puchero y nuevamente asintió.
—Te amo mucho Haru, eres mi pedazo de cielo y me duele mucho tener que darte estas noticias. El día que cenábamos la pizza y que tu papá se enojó, la policía fue por él…
—¿Fueron porque nos pegó?
—No, fueron porque él hizo cosas contra la ley. Cosas que no debía hacer y como eran muchas, él no podrá salir de la cárcel ni podremos visitarlo.
—¡No, no es cierto! – replicó Haru sin querer creerlo.
Takato deseaba decirle que Himura no era malo, en serio lo deseaba, pero de hacerlo estaría nuevamente mintiéndole a su hija justo cuando había prometido no más mentiras. Por lo que tragándose las palabras y con dolor en su corazón solo atinó a abrazar a su bebé.
—Haru lo siento tanto… pero papá no podrá estar con nosotros.
Haru se dejó mimar sintiendo los brazos protectores alrededor de ella. Saber que su papá había hecho cosas malas y que no volvería a verlo la hizo sentir tan triste que el llanto era incontenible.
Entonces, recordó cómo Himura había golpeado brutalmente a su mami y cómo le había dado una cachetada a ella haciéndole perder su precioso diente de leche; por lo que una duda atravesó su mente.
Sin despegarse de Takato y entre sollozos, preguntó:
—Mami, ¿papá te pegaba?
Takato sintió como si una cubeta con agua helada hubiera caído sobre él, —¿qué tanto más voy a lastimar a mi hija? - Se preguntó incapaz de detener el temblor en sus manos.
La niña levantó la cabeza y con rostro suplicante demandó respuesta.
Apenas audible Takato respondió.
—Sí…
—¿Mucho? – preguntó entre pucheros.
La frente de Haru se arrugó en una expresión que oscilaba entre la tristeza y dolor.
—Sí… desde el día en que me encontré con él afuera de mi casa. - Boom, la bomba había sido lanzada y ya no había marcha atrás. —Hay cosas que cuando seas más grande podrás entender mejor, pero por ahora solo quiero que entiendas que lastimar a los demás con palabras o golpes no es correcto y que tampoco debes permitir jamás que alguien te trate así. Y si alguna vez llegara a pasar, y ruego a Dios que no, siempre contarás conmigo para protegerte, siempre.
La niña asintió como si hubiera entendido todo claramente; entonces, mientras era arrullada entre los brazos de Takato, comenzó a recordar esos días en los que no tenía permitido verlo, sino hasta varios días después vistiendo ropa que tapaba por completo su cuerpo, como si escondiera algo bajo toda esa tela. Aunado a ello, estaba el hecho de que nunca salían de casa, pero siempre que lograban hacerlo un día antes o después, Takato desaparecía. Ahora lo sabía.
En su cabeza había conectado los hilos y fue en ese momento que pudo reconocer el sacrificio de Takato: Mostrándose siempre con una sonrisa, hablándole solo sobre temas agradables, jugando con ella hasta quedar ambos agotados. Su mundo siempre había sido ellos dos y el amor que le daba no podía ser comparado ni un poco con el de su papá.
Siendo consciente de ello, y en la medida que su madurez y edad se lo permitían, Haru solo atinó a decir lo que su pecho fue incapaz de retener.
— Mami, tienes razón, papá nos lastima, es mejor... sin él y vamos a estar más tranquilas, papa se va a quedar ahí... – expresó sorbiendo su nariz. —¡Ya no quiero a papá! – gritó acompañado de llanto. En un instante se colgó del cuello de un sorprendido Takato —¡Papá es malo y trató mal a mami!, ¡no lo quiero más!, ¡solo voy a querer a mi mami!
Takato no sabía qué hacer, pero de algo estaba seguro: Haru era su más grande tesoro y a su corta edad había demostrado ser fuerte, valiente y su mejor aliado.
Una mezcla de sentimientos se arremolinaba en su corazón. Por un lado, la tristeza lo carcomía de ver a su hija cargar con el pesar y decepción de tener un padre de mierda y por el otro se sentía aliviado de ver que su ángel lo amaba por sobre todas las cosas y que ni una pizca de odio o resentimiento iban dirigidos hacia él, sino todo lo contrario.
Takato besó una y otra vez la cabeza de Haru e intentó consolarla, pues, aunque Himura se mereciera todo su desprecio, no iba a permitir que el corazón de su niña se llenara de malos sentimientos.
Para ese momento, él mismo estaba ahogado en un mar de llanto, y tras hacer un esfuerzo enorme por deshacer el nudo que había en su garganta, tomó nuevamente el rostro de la pequeña entre sus manos sin perder de vista los preciosos ojos dorados, que por un segundo le recordaron al hombre que tanto mal le había hecho.
Deshaciendo ese último pensamiento tragó saliva y retirando unos mechones de cabello pegados por las lágrimas, dijo:
—Haru no digas que ya no quieres a tu papá, ahora mismo estás enojada y cuando estamos molestos podemos decir cosas que no sentimos realmente…
—Pero papá te lastimó – replicó.
El periodo de llanto se extendió por un largo tiempo, tiempo en el que Takato se limitaba a sobar su espalda y besar su cabecita. Los minutos pasaban y parecía que su hija jamás se calmaría, pero finalmente y después de vaciar todo su interior, la nena ya solo hipaba.
Takato no quería dejarla con el corazón más adolorido, por lo que, contestando el último comentario de su niña, dijo:
—Sí, papá me lastimó, lo hizo; pero parte de superar las cosas que nos hacen daño es aprender a perdonar y dejarlo ir. Porque esos malos sentimientos son como si trajeras una bolsa cargada de piedras que llevas a todos lados: es cansado, el cuerpo duele y mientras más pasa el tiempo más difícil es cargarla; entonces, cuando la dejas, te sientes más ligero y te das cuenta de que el cuerpo ya no te duele, y que todo habría sido más sencillo de haberla soltado mucho antes.
—Mami… pero cómo dejo la bolsa cuando me duele aquí – dijo señalando donde su corazón se encontraba. Haru miró con tristeza a Takato.
—Qué te parece si comienzas recordando cosas que te hacen feliz, por cada cosa buena que venga a tu memoria sacas una piedra. ¿Te parece?
Haru asintió, a veces la respuesta más simple era la correcta y por ese día. Su niña ya había tenido más que suficiente. Él había planeado hablar sobre su viaje a Europa, pero ahora esa plática quedaría para otro día, "aún tenía tiempo", pensó. Primero debía dejar que su hija digiriera la noticia de su padre, que aunque dolorosa, era algo que tarde o temprano iban a enfrentar.
— Mami…
—¿Sí?
—No quiero ir a ese colegio de nuevo. Quiero estar siempre contigo.
—No irás más a esa escuela, no te preocupes por eso. Y siempre estaremos juntos.
Aseguró Takato.
Por las siguientes horas, Haru no se despegó de Takato. Comieron juntos y vieron una de las películas favoritas de la niña. No fue hasta que los ojos comenzaron a cerrársele que el ojiazul la llevó hasta su cuarto y la dejó dormir tranquila.
—Haru, gracias, gracias por elegir a mamá. – Susurró al tiempo que besaba su mejilla. —Siempre te voy a cuidar.
Miró su celular y vio las llamadas perdidas de Chunta. —Debe estar preocupado, no le he hablado en todo el día – se dijo a sí mismo mirando el reloj.
Caminó hacia el balcón sintiendo la brisa primaveral en su cuerpo provocando que este se abrazara para mantener el calor. El sol estaba por ocultarse llenando el horizonte de colores rojizos y morados, por lo que pensó que pronto el ojiverde estaría de regreso.
Colocó el teléfono en su oído y la voz cálida de Junta se dejó escuchar del otro lado.
—¿Cómo es que puedes estar tan hermoso?
En ese momento Takato miró hacia abajo y justo frente al balcón se encontraba su amor dedicándole la sonrisa más radiante del mundo.
