CAPÍTULO 28
TIEMPO DE SANAR
—Mami, mami despierta… ¡mami! – llamó en voz alta colocando sus pequeñas manos en el rostro del omega que dormía profundamente.
—Mgh… 5 minutos más… - murmuró removiéndose entre las cobijas. Sintiendo como un repentino peso se posicionaba sobre él oprimiendo su pecho.
—¡No mami!, ¡ya son las 7:30! ¡entro a la escuela a las 8:00! – explicó Haru con las mejillas infladas en un mohín.
—¡¿QUÉ?! – grito Takato poniéndose de pie en un salto tirando sin querer a Haru sobre la cama. —¡Es tarde… muy tarde!… ¡llegaremos tarde en tu segunda semana!, no puede ser. Tengo que cambiarte, me tengo que bañar, ¡el desayuno!, ¡tu bento, está en el refrigerador! – gritaba corriendo de un lado a otro buscando en la lavandería la ropa limpia que aún no había acomodado en el armario.
La noche anterior se había quedado despierto hasta altas horas de la madrugada repasando lo que serían sus siguientes movimientos mientras preparaba el bento de la niña. Además, había dedicado parte de su tiempo en planchar el uniforme de Haru, mismo que había colocado en la perilla de la puerta de su cuarto. Convencer a Haru de volver a la escuela no fue tan difícil como pensó. Después del trauma sufrido en su anterior colegio, las posibilidades de que la nena quisiera volver eran poco probables, pero el increíble y dulce recibimiento de la directora, que era una omega, así como el de su profesor, también omega; animaron a ambos a dar ese paso.
Sin entrar en detalles, Takato le había explicado que se había divorciado, pasado por muchos cambios que le hicieron viajar al extranjero, pero que finalmente volvieron. La directora dijo entender y aunque entrara un mes después, estaban felices de tener una nueva alumna. Aun así, Takato tuvo que firmar una carta compromiso en la que se especificaba que debería ponerse al corriente; sin embargo, después de que el profesor le pusiera una prueba a Haru para evaluar sus conocimientos, la carta fue desechada. Haru era sobresaliente y ambas autoridades se habían desvivido en halagos para con la niña y él por tener una criatura tan lista y educada. Haciendo que en el acto, el pecho de Takato se llenara de orgullo y los ojitos de su nena brillaran.
Tenía tanto en su cabeza que el sueño se le había volado. Desgraciadamente, entre las buenas memorias, también los malos recuerdos de todo lo vivido se arremolinaban peligrosamente. El rostro de Junta, Celestino, Yachio, Sasaki y de todos los trabajadores de la mansión Azumaya lo atormentaban como fantasmas. Y cada que pensaba en ellos su corazón se oprimía dolorosamente.
Ramiro los había recibido en el aeropuerto brindándoles el abrazo acogedor que tanto había necesitado, por lo que en cuanto el moreno susurró "todo estará bien" en su oído, fue suficiente para hacerlo llorar y a su vez llenarlo de seguridad.
Aún tenía presente las palabras que Yachio le había dicho aquel fatídico día en que la verdad había quedado al descubierto.
FLASHBACK
Después de salir de la empresa de Junta, había pedido al chofer que diera varias vueltas antes de volver a la mansión, necesitaba tranquilizarse; respirar, pensar, meditar en su siguiente movimiento.
Después de unos minutos, pidió lo llevara a aquel mirador que tanto le había gustado. Junta se lo había mostrado y habían pasado un rato realmente agradable, pero ahora no quería pensar en eso, solo quería ver el paisaje.
En cuanto bajó del auto caminó hasta la barandilla. Inhaló el aire caliente cerrando los ojos, bañándose bajo los cálidos rayos del sol.
Estaba devastado, pero el sentirse así no era aceptable para él, menos cuando tenía una responsabilidad con su hija. En cuanto la carita feliz de su razón de vivir vino a su mente, le fue inevitable soltar otro sollozo.
—Haru, justo cuando pareces sentirte mejor… ¿Qué debo hacer?, ¿cuándo podre ser una buena madre para ti?
Las lágrimas no dejaban de caer y le era inevitable preguntarse si podría siquiera controlarse. Se sentía herido, usado, humillado, idiota, ingenuo.
Tomó el celular de su bolsillo y marcó a la única persona que sin importar nada siempre le contestaría.
Pasadas las horas, nubes oscuras se apoderaron del cielo y un trueno ensordecedor rompió el silencio dando paso a una lluvia intensa. Al parecer el clima se había combinado con su estado de ánimo. Increíblemente, el haber hablado con Ramiro le dio un poco de paz en medio de su tormenta, quién al enterarse, quiso volar de inmediato a su encuentro, pero fue detenido.
El agua lo golpeaba con fuerza mojando su cuerpo. Podía sentir el frío, pero no sabía si era por la lluvia o su corazón. Pronto, un enorme paraguas se posó sobre él. El chofer había llegado hasta él para cubrirlo, había dicho algo, pero Takato no le entendió. Pero en cuanto este posó su mano sobre su espalda y lo guio al auto, supo que tenía que ver con el hecho de volver.
En cuanto cruzó la puerta Yachio, con rostro afligido, se apresuró hacia él colocando sobre su cuerpo una toalla, como si lo hubiera estado esperando todo ese tiempo.
—Takato, hijo… - pronunció la mujer con dulce voz. Su rostro acongojado observaba el del azabache queriendo saber lo que su alma estaba afrontando.
Takato la miró como si de la pared se tratara. — Por favor… no me llame así. Quiero a mi hija. – Ordenó Takato. En los ojos de la mujer se podía notar cuánto había llorado, pero no diría nada al respecto. Para él, todos eran malas personas que lo habían engañado.
Yachio apretó la boca al tiempo que su barbilla temblaba en un puchero. — Lo siento, no volveré a llamarte con tanta confianza. Pero por favor déjame llevarte a mi cuarto privado. Haru chan está dormida… pero antes de que te vea, deberíamos hablar. Sé que te pido demasiado…
—Lo hace – dijo con tono cortante.
—Por favor… por favor solo permíteme explicarme – suplicó la mujer con lágrimas en sus ojos.
Takato podía sentirse enojado, traicionado, pero también era una persona extremadamente sensible que no podía ver que otros sufrieran y ver a la anciana en tal estado, movió algo en su corazón.
Mentalmente se reprendió por su debilidad, mirando hacia el suelo y apretando la toalla sobre sus hombros —…e-está bien… la escucharé. – susurró.
Yachio cerró los ojos soltando un suspiro de alivio y con paso lento lo encaminó.
—Aquí tienes, es un cambio de ropa. Toma primero un baño. No quiero que te enfermes. – Mencionó la mujer con rostro bondadoso al tiempo que caminaba hacia el carrito de servicio donde el delicioso olor del té de manzanilla, caliente y agradable esperaba ser bebido por ambos.
Takato se mordió su labio inferior. Odiaba cuando estas personas lo trataban con afecto, porque removían en el toda clase de sentimientos y lo hacían dudar de absolutamente todo. —¿Hasta cuándo estarán satisfechos de jugar conmigo? – fue la pregunta que nunca salió de su boca.
Una vez listo tomó asiento lejos de la anciana sin siquiera inclinarse por la taza que le había sido ofrecida.
Por su parte, Yachio, al notar su pose defensiva agachó la cabeza.
—Gracias por complacer a esta vieja – dijo haciendo una reverencia, cosa que incomodó al azabache. — Ninguno de nosotros tenemos el derecho de pedirte nada. No puedo seguir pretendiendo. Yo sabía cosas, pero no todos los detalles. Amo a mi nieto, no es solo mi nieto, es mi hijo… Celestin y yo lo criamos. Cuando mi hija murió y su esposo lo trajo recién nacido, el dolor por la pérdida de nuestra hija fue más llevadero gracias a que teníamos una parte de ella con nosotros. Junta es nuestro tesoro, lo amamos. Daríamos la vida por él… pero ese amor no me ha segado, sé que actuó mal, que no fue honesto, que se equivocó en el camino, pero también sé que no es alguien malo, sé que está realmente arrepentido y enamorado de ti…
—No se atreva… - interrumpió Takato apretando los dientes, pensando que la mujer solo quería persuadirlo a perdonarlo y el hecho de que le dijera el amor que ella tiene por ese nieto, era todo lo que necesitaba saber para darse cuenta de que estaba realmente solo; sin embargo, lo que siguió de aquello lo dejó sin palabras.
—Déjame terminar… por favor – pidió levantando su mano derecha. Respiró profundo y continuó. — Aun así… no te pediré que lo perdones. – Dijo mirándolo a los ojos — Eso solo te corresponde a ti, solo tú sabes si puedes hacerlo o no. Solo tú sabes cuánto has sufrido y cuánto eres capaz de soportar y perdonar. Cuando llegaste con tu niña… mi corazón latió tan fuerte, pensé: ¡Ahora tengo otro hijo y otra hija!, tan hermosos y puros. De verdad los amé en cuanto los vi y con los días ese amor creció… por eso me duele mucho todo lo que estás pasando, todo lo que te hemos hecho padecer con nuestro silencio. Lo siento tanto, tanto – Dijo la mujer con el rostro caído incapaz de retener las lágrimas. Los hombros le temblaban a causa de los sollozos, pero tampoco quería incomodar al omega con su comportamiento. — La vida no nos alcanzará para demostrarte cuán mal nos sentimos por nuestra pasividad y falta de acción en todo esto. Así que cualquier cosa que decidas hacer, tendrás mi apoyo y el de mi esposo. Si ya no quieres ver a Junta, así será… no le permitiremos acercarse a ti, si no quieres seguir en esta casa; te prometo que te buscaremos un lugar en el que te sientas cómodo. También si deseas volver a Japón… - guardó silencio unos segundos — considéralo hecho. Y por favor no pienses que es por lástima o remordimiento que te digo esto… remordimiento sí tengo, pero hago esto porque solo quiero que tú y Haru chan estén bien. Es lo único que espero y deseo. Solo te haré una petición egoísta, si es que me permites hacerla — Pidió mirándolo.
Takato tragó saliva. Estrujó el pantalón con fuerza y asintió.
—Gracias. – Pronunció aliviada — Solo te pido que cualquier cosa que elijas hacer, lo pienses. Que te tomes tu tiempo. Se que ahora soy nadie para ti, pero… considera mis palabras por favor. Haru chan, al igual que tú ha pasado por muchos cambios en tan corto tiempo. Es una niña, pero también es muy inteligente y muy seguramente una Alfa, podrá no entender por completo las cosas, pero las siente, percibe tu ánimo y su instinto protector se activa. Ambos necesitan sanar.
Takato escuchaba atento, intentando encontrar la trampa en sus palabras, pero no las había. No le estaba obligando a nada, sino que lo aconsejaba, como tal vez su abuelo lo hubiera hecho si aún viviera.
—Entiendo… - fue lo único que dijo antes de ponerse se pie. Caminó hacia la puerta y antes de abrirla habló —Yo no quiero ver a Azumaya San. No se preocupe por buscarme otro lugar, tengo dónde quedarme. Mañana mi hija y yo nos iremos al departamento de mi amigo Ramiro. – Con ello, dio por finalizada la conversación. Dejando a la mujer sumida en la tristeza.
Cómo había dicho, cumplió su palabra. Convencer a Haru de salir de aquella casa fue demasiado sencillo, bastó con decirle que ahora serían solo ella y él para que aceptara.
Aún y cuando Haru se sentía feliz con "los abuelitos", era consciente de que no eran su familia y aunque se sintiera muy feliz con ellos, con los criados, su maestro y por supuesto su increíble habitación. Nada podía sustituir a su mami y sus sentimientos de añoranza por aquello que habían dejado atrás.
Takato había sido claro con ella al decirle que tendrían una vida nueva lejos de su padre y lo había aceptado; aun así, aunque al principio todo era agradable, como unas vacaciones de ensueño. Con el pasar de los días se sentía como una carga para la pequeña. Y aquello fue todo lo que Takato necesitó para finalmente poner sus sentimientos en orden.
El día que salieron de la mansión. Yachio y Celestino los despidieron con una sonrisa en el rostro, llenando de besos a su "nieta", pero la sonrisa solo se sentía para ellos como espinas en el corazón, quisieron mostrarle una buena cara a la pequeña y su mami, pues lo que menos deseaban era hacerles pasar un mal trago. Tenían la esperanza, de que al menos, la última imagen que ambos se llevaran de ellos fuera su mejor versión.
—¡Saijo kun! – Habló el mayor en cuanto los vio bajar los escalones de la entrada. A lo que el omega atendió girando hacia él. —No importa dónde, cuándo, ni la hora… siempre, siempre puedes solicitar nuestro apoyo, siempre lo tendrás. – Puntualizó el Alfa. Takato asintió.
Haru y Takato dieron las gracias por el tiempo que fueron atendidos por la pareja y con un amargo adiós, partieron hacia el departamento de Ramiro, por supuesto el gato copito no podía faltar.
Gracias a que Ramiro antes de irse había dejado las llaves en el buzón al salir repentinamente y sin despedirse de Takato, es que ahora podían tener un lugar donde quedarse. Quién diría que aquello salvaría a madre e hija de vivir en la calle.
Días posteriores, los ancianos cumplieron manteniendo a Junta a raya. El alfa enigma, ahora era como un fantasma, todo mundo hablaba de él, pero nadie lo veía. Era como si la tierra se lo hubiera tragado hasta su centro. Y aunque Takato había sido quien pidió no verlo, tal parecía que su ausencia dolía más que su presencia. Pero por supuesto, eso era algo que no se permitiría aceptar.
Después de habitar por unos días en el pequeño departamento. Takato se percató de que su hija iba perdiendo la alegría y aunque siempre le mostraba su preciosa sonrisa, aquella en la que un pequeño dientito iba asomándose de poco en poco, suspiraba de la nada y a veces se perdía en sus pensamientos. Por lo que decidió que pasearían por el pueblo para despejar sus mentes de ideas que no aportaban nada y solo lo mortificaban.
El clima era agradable y al pasear por las calles, solo ellos dos, sin guardaespaldas ni nadie más de por medio por primera vez en su vida, era toda una experiencia estimulante.
Takato recurría al traductor con frecuencia cuando se detenían para ubicarse o bien para comprar algo. El omega deseaba más que nada ver a su niña feliz, pero, aunque pareciera que el paseo iba bien, su nena guardaba silencio o pedía ser llevada en brazos.
Preocupado, tomó asiento en una de las tantas mesas fuera de una heladería.
—Y bien mi hermosa niña. ¿Qué sabores quieres? – preguntó acompañado de una sonrisa radiante. Una que cada vez le costaba más trabajo mantener.
Haru lo miró con sus enormes ojos dorados, soltó un suspiro y con voz suave habló.
—Chocolate y fresa mami, por favor.
—Mmm esos me encantan, ¿quieres uno para ti sola? o ¿te gustaría compartirlo conmigo? – intentó mantener la conversación, pero al parecer no estaba funcionando. De nuevo, el suspiro de su hija lo ponía en alerta. Algo no estaba yendo bien y necesitaba saber qué era lo que pasaba con su cachorrita.
—Contigo mami. – respondió intentando regresarle la sonrisa, pero no pudo. Aquello fue suficiente para Takato.
Con cuidado tomó a la niña entre sus brazos, agarrándola por sorpresa. La puso sobre sus piernas y acercó su nariz con la de la pequeña en un besito de esquimal.
—A ver… Haru, ¿podrías decirme qué te pasa?, si no me hablas ¿cómo podré ayudarte?, ¿te duele algo? - preguntó angustiado frente a frente al tiempo que cepillaba con sus dedos el cabello azabache de su nena. La niña al sentir el toque amoroso cerró sus ojos negando con la cabeza.
—Haru, mírame por favor. - Pidió Takato con voz tierna. A lo que la nena accedió. — Entre nosotros no hay secretos bebé, confía en mami. Cualquier cosa que pase por tu hermosa cabecita puedes decírmelo. – Aseguró depositando un beso en su frente.
Haru apretó los dientes y mirando hacia abajo comenzó a hablar.
—No puedo, mami… - susurró jugando con sus deditos. —No quiero que te enojes conmigo o te pongas triste…
En ese momento, Takato se congeló. ¿Qué podría hacer que su hija pensara de esa manera?, ¿qué era lo que tanto le estaba afligiendo que no era capaz de decirlo en voz alta?, ¿por qué no podía confiar en él?, ¿acaso no le daba la seguridad suficiente? Sintiéndose como la peor madre del mundo, abrazó a su bebé al tiempo que sobaba su espalda.
—Haru, jamás me enojaría contigo. Tú eres la persona más importante en mi vida y te amo. Hay muchas cosas que me ponen triste, eso es inevitable, pero más me duele que mi bebé no quiera hablar conmigo de lo que le pasa.
Al terminar sintió como la pequeña se tensaba.
—¡No mami!, yo te diré, pero no estés triste - pidió abrazando a Takato por el cuello.
—Te escucho, siempre lo hago y siempre será así. – Aseguró sellando sus palabras con un beso en la mejilla redondita de su hija.
Acomodada entre el hombro y cuello de Takato, Haru apoyó su cabeza al tiempo que enroscaba en sus pequeños dedos un mechón de cabello. Soltó un suspiro y tomó aire preparándose para hablar.
—Extraño a Kiyomi kun, a Ken san, Marioka san, Yasuda san, a Yuko obaa san, -para la pequeña los fieles seguidores de Ramiro y que siempre los habían cuidado, eran también sus amigos. — mi casa y… - dudó apretando la ropa de Takato, ocultando su cara en el pecho de este. — También extraño a papá… pero papi… papi es malo, papi está en la cárcel, papi te pegó muy duro y a mí. No debo extrañar ni querer a papi. - Inmediatamente comenzó a llorar y para Takato eso fue un golpe directo a su ya muy dolido corazón.
Su nena era pequeña, y aun así había reprimido sus sentimientos para no lastimarlo a él. En vez de que él protegiera a su cachorra, su hija se estaba encargando de no hacerlo pasar por malos ratos. Aquello era inaceptable. Los golpes no dejaban de llegar y todo se resumía a su incapacidad de tomar las mejores decisiones para ambos.
Tontamente, creyendo lo que era mejor para él y su hija, había permanecido al lado de Himura, para solo terminar terriblemente heridos. Luego, cegado por el enamoramiento de quien pensaba su "salvador", había cargado con ella sacándola de su lugar conocido y familiar a un nuevo país diferente en todos los sentidos; además de someterla a convivir con personas desconocidas y a aprender un idioma complicado a su corta edad. Recibiendo de nuevo clases en casa, privándola de toda socialización con niños como ella; mientras él, seguía ignorante en todos los sentidos, siendo mantenido y soñando despierto.
Al final, solo habían terminado encerrados en una jaula más grande bajo el dominio de otro Alfa mentiroso que solo lo había usado.
Error tras error, malas decisiones seguidas de otras peores dieron como resultado que su pequeña se quebrara y aquello había drenado por completo cualquier indecisión que pudiera tener.
Takato meció a la nena con amor. Besando su cabeza y mejillas intentando consolarla. Sus manos temblorosas acariciaban la pequeña espalda y arrullos eran entonados cerca de su oído.
Necesitaba un lugar tranquilo, sin tanta algarabía de por medio. Se puso de pie y comenzó a caminar en línea recta dejando la heladería atrás. No supo cuánto tiempo estuvo así, pero fue lo suficiente para adentrarse a un área verde con bellos árboles y fuentes.
Notando que su hija había dejado de llorar, decidió que era momento de hablar. Continuó caminando alrededor de una fuente y después de soltar el aire retenido, comenzó: —Mi amor, quiero que asientas con tu cabeza si me estás poniendo atención, es muy importante que me escuches. – La respuesta no se hizo esperar. —Bien. – Suspiró afianzando su agarre. —Te amo Haru, te amo con todo mi corazón y quiero que sepas que no estoy enojado, jamás me enojaría contigo, eres mi luz, mi primavera, mi vida… Siento tanto haberte traído aquí, lejos de casa. Lo siento mi amor.
Pronunció el omega con voz quebrada, a lo que de inmediato Haru respondió intentando reconfortar a su madre.
—No mami, también me gusta aquí… solo extraño mi casa y amigos.. ¡a papi ya no, ya no lo haré!, ¡no estés triste!, ¡no me odies! – Pidió preocupada con un nuevo puchero formándose en su barbilla.
Al notar que nuevamente había exaltado las emociones de su nena, la abrazó con fuerza dispuesto a hablar de inmediato. Horrorizado abrió sus ojos al escuchar el "no me odies" —No, mi cielo… no estoy triste y NO TE ODIO, nunca lo haré. Por favor no quiero que vuelvas a pensar que yo podría hacer eso. – Agregó un tanto desesperado porque ella realmente lo creyera. Quería que su bebé se sintiera amada y segura. No como él que era un manojo de nervios, inseguridades y dolor. El nudo en su estómago seguía apretándose y lo único que quería era tomar una espada y cortarlo. — Mi preciosa Haru, mi sol. – repitió besando su cabeza. —Escúchame mi amor, no quiero que digas cosas que realmente no deseas decir – exhortó dulcemente. — Es, es normal que extrañes a tu papá, él siempre será tu padre y eres libre de sentir y decir lo que tu corazón te diga.
—¡Pero papi es malo! – gritó estremeciéndose como si luchara con sus sentimientos.
—No tienes que gritar para hacer saber lo que piensas o sientes. Tranquila, estamos hablando. – Dijo acariciando su espalda —Haru, es cierto que tu papá hizo muchas cosas malas, pero… ¿recuerdas lo que te dije sobre las piedritas y la bolsa?
La nena levantó la cabeza mirándolo, al fin.
—Ahí está mi niña, hermosa y valiente – dijo el omega limpiando el rastro de lágrimas de la cara de su hija. — En tu corazón no debe haber malos sentimientos, porque esos solo te lastiman a ti. Te diré algo… tu papá y yo nunca nos llevamos bien, era una relación… complicada, pero si de algo estoy seguro es que, pese a que no era bueno conmigo, cuando tú llegaste a nuestras vidas, él te amó… siempre te amó y aquel día que te pegó fue porque la ira se apoderó de él, pero estoy seguro de que jamás quiso lastimarte.
Haru abrió sus hermosos ojos con sorpresa. Takato podía notar como si un peso hubiera sido quitado de encima de ella. Por lo que estuvo seguro de que lo que le había dicho, había sido lo mejor para que el corazón dolido de su pequeña comenzara a sanar.
—Papi… ¿aún me quiere?...
Takato tragó saliva. —Sí, estoy seguro… que te quiere. – Aquellas palabras fueron tremendamente difíciles de expresar, pero aunque doliera decirlas, por el momento debía ser así.
Haru guardó silencio por un minuto, sus ojitos brillaban y por unos segundos una sonrisa se formó en su carita. Para Takato eso fue como la primera bocanada después de haber tocado el fondo del mar y haber nadado a la superficie con todas sus fuerzas. Estaba aliviado y su barbilla comenzó a temblar, quería llorar, pero no se lo podía permitir.
—Mami – llamó la nena más tranquila.
—¿Sí, bebé? - respondió tragando saliva.
—Extraño a papi, extraño a papi que no pega. A papi que me daba besitos. - Dijo mordiendo su pulgar, una manía heredada de Takato.
—Entiendo… gracias por decírmelo. – Susurró con los labios pegados en la cabeza de su hija.
—Pero, quiero más a mami. Quiero estar siempre con mami y que nadie nos lastime. Papi me quiere, pero es malo con mami. No quiero estar con papi malo. Ya no me dolerá aquí – dijo indicando su corazón. – Solo recordaré a papi bueno y si lo extraño veré su foto. Pero solo eso mami. ¿Está bien? - preguntó con rostro angustiado.
—Haru… - susurró Takato abrazando a su pequeña. En su periodo de oscuridad, su hija llegaba para iluminarlo barriendo todo pesar. —Está bien, está bien… en tu corazón perdona a papá. Pero recuerda que perdonar no significa que seguiremos al lado de quien nos ha hecho daño. Tampoco que debemos soportar o tolerar que nos lastimen, aunque entendamos porqué lo hacen. Por eso no podemos volver con papá. Si quieres recordarlo puedes hacerlo, si quieres hablar de él te escucharé. Si alguna vez quieres mandar una carta, te ayudaré a escribirla, pero no lo veremos. Entiendes ¿mi amor? – preguntó Takato con un nudo en la garganta. Con ambas manos tomaba el dulce rostro de su hija sin perder el contacto visual. Por más que amara a Haru, jamás la llevaría frente a Himura de nuevo, no mientras él viviera y eso era algo que aunque fuera duro, tenía que hacérselo saber a su hija.
—Sí mami, entiendo – dijo soltándose del agarre, reposando su cabeza en el hombro del omega. Con cuidado pasó sus bracitos alrededor de su cuello. —Mami, ¿puedo decir otra cosa? - pidió la nena mirando hacia unos niños que jugaban en la explanada. Recibiendo un asentimiento por parte de Takato.
—Sí, dime todo lo que quieras. – Susurró sintiendo el cálido viento mecer su cabello.
—Quiero ir a casa… quiero estar en Japón. Aquí me gusta, pero… no entiendo muchas cosas. ¿Podemos ir a casa?, ¿tú, yo, Ramiro, copito, Junta san y abuelitos?
FIN DEL FLASHBACK
—Mami, ¿qué buscas? Mira, mira, ya me cambié. Mírame, también me peiné, traigo mi mochila y comí pan tostado y leche, te preparé un pan. Cómelo mami. – Enunció entusiasmada contemplando como el omega sacaba unos pantalones limpios de la lavadora.
De un momento a otro, Takato miró con ojos sorprendidos a su pequeña. Desde que se había levantado no había prestado atención a su alrededor, incluyendo a la de ojos ámbar, así que en cuanto la vio, puso una mano sobre su boca en un intento por retener la risa que quiso escapar de esta. Pues dos colitas disparejas y con cabellos sueltos por todos lados la coronaban. De cualquier forma, nada era más satisfactorio que ver el rostro de autosuficiencia que su hija tenía. Era tan brillante, que por un instante pensó en dejarla con aquel intento de peinado. Aunque claro, así fuera tentador, no lo haría, pues no se arriesgaría a que fuera criticada por ello.
—Wow, ¡lo hiciste increíble! ¡Bien hecho mi amor! – Elogió dándole un beso de esquimal a su bebé, haciéndola reír. —¿Me dejarías solo acomodar un poquito tu cabello? – dijo guiñándole un ojo.
—Mmm, bueno… pero solo poquito mami que tu pan se pondrá frío. – Advirtió corriendo por el cepillo.
Takato sonrió, terminó de estirarse y caminó hacia el baño para lavar su rostro. Su departamento era perfecto para ellos dos, bueno, para ellos dos y para el gato copito. Atrás habían quedado las mansiones y excentricidades.
Su nueva casa contaba solo con dos habitaciones, dos baños (uno de ellos con bañera), un genkan con closet para poner: abrigos, zapatos y demás cosas. La sala, cocina y comedor estaban en espacio abierto, pero perfectamente distribuido y muy amplio para los estándares de Japón.
Una pequeña área de lavandería, terraza y área verde complementaban el lugar. Los ventanales rodeaban todo el departamento, por lo que con solo recorrer las cortinas la luz entraba por todas las direcciones y permitía la vista de los edificios alrededor, así como de la emblemática Tokyo Tower.
Tenían apenas tres semanas de haberse mudado, por lo que aún faltaban muchos muebles. El departamento había llegado como caído del cielo, pues a la semana de estar en Japón, uno de los empleados del hotel donde se estaban hospedando, le había llevado varias revistas de inmuebles y en cuanto abrió la primera, el lugar que había visualizado en su mente se materializó.
Aquel era el lugar perfecto para él y su hija. El precio lo había asustado pues el área era de alta plusvalía, pero contaba con el dinero y por supuesto que valía la pena; por lo que, cuando al fin estuvieron recorriendo el lugar en compañía de Ramiro, los tres asintieron satisfechos. Indicando que ese era su nuevo hogar.
En cuanto Takato recibió las escrituras, las llaves del lugar y entró con su hija en brazos, no pudo evitar sonreír y suspirar de alivio. Al fin tendrían algo solo de ellos dos, de su gusto, de su propiedad. Sin tener que ver otras caras, atenerse a planes y horarios ajenos, ni a miradas constantes sobre sus espaldas dando salto y seña de lo que hacían cada segundo del día. Sería el lugar donde crearían nuevas memorias y en el que aprenderían a vivir por su cuenta libres de cualquier otra influencia.
Su sueño se estaba cumpliendo, aquel que imaginó tantas veces en medio del encierro, aquel que añoró alcanzar cuando salió en medio de aquel invierno con su bebé en brazos para huir del infierno.
Entre los dos se harían cargo de mantener la casa limpia y poco a poco la decorarían hasta que se ajustara perfectamente a sus gustos. Ramiro, por lo pronto, sería un invitado VIP en su hogar, pues el pobre no podía establecerse hasta que no encontrara a Ayagi, quien al parecer era otro que la tierra se había tragado y por lo cual, el moreno penaba día y noche.
El camino de Takato y Haru para llegar hasta este punto había sido difícil, espinoso y doloroso. No había habido noche que Takato no llorara, ni en la que las pesadillas de un pasado tormentoso lo acosaran. A menudo despertaba empapado de sudor preguntándose dónde estaba, o si algún seguidor de Himura los había encontrado y pretendía lastimarlos; entonces, en esos momentos, guiado por la luz que se colaba por la cortina, miraba el rostro de su hija plácidamente durmiendo a su lado, sintiendo su respiración acompasada y calor, devolviéndole un poco de tranquilidad.
A menudo recordaba lo que Junta le había dicho: "eres mi destinado, sé que puedes sentirlo…" Odiaba eso, porque su pecho dolía con mayor fuerza, los besos que le había dado ardían sobre su piel reclamando su ausencia y su esencia danzaba por su nariz como si aún pudiera olerla, torturándolo, deseándolo.
Pero cuando aquello pasaba, las otras memorias se superponían. La traición, el engaño, el juego cruel. Le había enseñado a su hija a no llenar su corazón de odio, pero él mismo era incapaz de hacerlo. Odiaba demasiado a Junta, tanto como lo añoraba…
No quería ser débil, ceder ante la carne, ante el deseo de verle. Por lo que cada día que pasaba agradecía no saber de él, y esperaba que con el tiempo también se convirtiera en un fantasma más de su pasado. Le dolía, a veces se preguntaba si hubiera estado bien escuchar lo que tenía que decirle, pero la confesión que le oyó decir ante Celestin y Sasaki había sido contundente.
Ahora aquello ya no importaba, había decidido empezar de cero y darle estabilidad a su hija y eso haría. Nada lo detendría, no flaquearía ni miraría hacia atrás así estuviera muriendo por dentro. No volvería a cometer el mismo error, seguro de que en esta ocasión, sí estaba dando pasos firmes y estables. No más arenas movedizas ni pisos falsos. Ya nada podría deslumbrarlo.
—¡Mami quedan 15 minutos!
—¡Dame tu mochila!, ¡ponte los zapatos! - indicó apresurado metiendo el bento en la lonchera. —Ya salte mi cielo.
—¡La puerta mami!, ¡tu collar! - gritó la niña en cuanto estuvo fuera de la casa.
—¡Cierto! – Takato abrió tan rápido como pudo y corrió hacia el baño. Buscó con la mirada el collar encontrándolo a un lado del lavamanos. Tomó el objeto escogido por su hija, colocó su huella y este se abrió al instante reconociendo a su dueño. Rápidamente se miró en el espejo. Ya no había necesidad de recoger su cabello. Este había sido cortado el segundo día de haber vuelto a Japón y con aquellos mechones, se habían ido kilos y traumas de encima, haciéndolo sentir más ligero y aliviado. ¡jamás! volvería a dejarlo crecer, nunca más sería estirado ni volvería a servir para complacer a otro.
Momentos después, ambos corrían de la mano hacia la estación con rostros sonrientes. Las personas los miraban con extrañeza, pero ellos no prestaban atención, estaban viviendo su vida, trazando su nuevo camino, disfrutando cada pequeña cosa; pero, sobre todo… estaban sanando.
