Choromatsu se había quedado con los dientes a medio lavar, confundido y boquiabierto por la petición. El doloroso deseaba acompañarlo a un local exclusivo para otakus. Sí, oyó bien. Karamatsu, el Mr. Loneliness life, el más narcisista, desesperado de atención y ridículo de sus hermanos quería ir con él a un café lleno de muchachas con ropas victorianas que los atenderían como personajes de anime. Sólo una pregunta le estaba rondando en este momento.
– ¿Por qué?
– Pues… – masculló el otro, mirando a varios lados en busca de una excusa. – ¡Pues porque quiero pasar el tiempo contigo, brother!
Obviamente no iba a tragarse eso.
– Insisto ¿Por qué?
El segundo se quedó sin ideas. Tampoco es que fuera bueno para mentirle al menor.
– Es que verás… yo… – titubeaba apenado, jugueteando con sus dedos. – Quería ver a una de las repartidoras…
– Ah… La verdad es que no sé si llevarte. – suspiró el otro, reanudando su higiene dental.
– ¡¿Por qué?! – le cuestionó, afligido. – ¿Quieres que haga algo a cambio? ¡Puedo hacerlo! ¡Puedo…! – pensaba con desesperación. En serio quería ver a la golondrina. – ¡Haré tus quehaceres de la semana!
– Ya haces las tareas de los otros cuatro, sin contar las tuyas. – le recordó con una ceja enarcada, escupiendo la pasta de dientes.
– ¡Te daré lo que gane en el pachinko! – juntó sus manos.
– No es suficiente.
– ¡Te acompaño a un concierto de Nyan-chan!
Inmediatamente, al tercer Matsuno se le dibujó una expresión de disgusto.
– No. Definitivamente no es necesario… – se apresuró a decir. No quería imaginarse otro concierto con alguno de sus hermanos arruinándolo.
– ¡¿Entonces qué debo hacer?! – le reclamaba. Ya estaba siendo demasiado condescendiente y se le habían acabado las ideas ¿Qué tan difícil es convencer a Choromatsu?
El aludido se enjuagó la boca y dejó su cepillo de dientes en un vaso de plástico. Luego, se volteó hacia el mayor, con los brazos cruzados.
– El problema no es lo que debes hacer. El problema es… bueno, tú… – le confesó con nerviosismo, intentando que el golpe fuera suave.
Sin embargo, estas fueron mil dagas que hicieron caer a Karamatsu de rodillas al piso. Él era el problema ¡Siempre era él! ¡¿Por qué?! ¡¿Qué era lo que causaba la vergüenza de sus hermanos para que lo vetaran así de todo?! Normalmente no le importaba que lo excluyeran de sus estupideces pero… ¡Esto es vital para su existencia! ¡Su golondrina es vital, si no la admira una vez más se morirá! Claro que, si ni siquiera Choromatsu quería aprovecharse de su amabilidad, es porque no hay posibilidades de que acceda.
– ¡¿Por qué?! – le repitió.
– Vas a dejar ciegas a las lolitas, Karamatsu nii-san. Tu estilo duele y puede que no nos dejen entrar… ¿Te imaginas tienen una de esas alarmas raras como Doloroso en el Pasillo o Ninis Indeseables Nauseando Incontrolablemente? – se apresuró en hacer un ademán desaprobatorio con la cabeza. – No, no, no, no, no. Es demasiado arriesgado. – de repente, un bicho de cobardía lo invadió. – Pensándolo bien, no debería ir tampoco…
Con eso, los orbes de su hermano se llenaron de una cantidad ridícula de lágrimas, junto con unos balbuceos incomprensibles que sólo ponían más en evidencia su corazoncito sensible ¿Cómo es que este tipo es mayor que él si se comporta de manera tan infantil? Era desesperante y a la vez le daba algo de lástima. No podía competir con aquello.
– Argh… Está bien. Te llevaré. – se rindió el tercero. – ¡Pero no le digas ni una palabra al resto!
– ¡Thank you, brother! – exclamó sumamente emocionado, limpiándose la cara con su manga. El otaku sólo rodó los ojos y suspiró. Ojalá no tenga que arrepentirse después.
Antes de irse a dormir, el dúo se preparaba con antelación para ir a su esperada "cita" con las chicas de la mensajería. Karamatsu practicó su repertorio de frases cursis que sólo funcionarían en su mente, mientras que Choromatsu colocó en su mochila el dinero y varios implementos que utilizaría en caso de emergencia. Claro que, todo se realizó a escondidas de los demás para no producir ningún desastre. En el momento en que un nuevo sol de mediodía de posicionó en el cielo, se vistieron con la chaqueta de cuero y la camisa a cuadros, respectivamente, partiendo hacia su destino.
– Bien, antes que nada tenemos que establecer un par de reglas. – le advertía el de verde con seriedad, caminando. – Primero, no digas frases sin sentido.
– ¡Pero, Choromatsu! ¡La poesía es la base de mi esencia! – le reclamó con una usual pose exagerada.
– Sólo hazlo en el momento adecuado, sino vas a dar lata y tendré que callarte, como ahora. – le miró acusadoramente y con el ceño fruncido, a lo que el segundo reaccionó.
– Oh… Está bien. – asintió con el pulgar arriba.
– Segundo, no te comportes como un patán. – enumeró. – Vas a incomodar a las muchachas.
– Anotado. – repitió el gesto.
– Y tercero, siendo esta para ambos… – respiró profundo, sujetando su camisa con fuerza y bajando la vista. – Intentemos controlar eso de abajo…
– Sí, definitivamente… – concordó el mayor, levantando por última vez su tembloroso pulgar.
Llegaron al lugar, siendo este bastante encantador. Por fuera había varias mesas blancas de jardín que tenían sombrillas con holanes para proporcionar sombra y sillas que hacían juego, decoradas con moños rosados y violetas; un largo arbusto floreado delimitaba la calle y la vereda, cual a propósito tenía un patrón distinto al resto del pavimento. Los Matsuno entraron, provocando el sonido de una dulce campanilla y quedaron maravillados con el interior; cortinas negras con más holanes se encontraban en cada ventana y escaparate, anudadas con cintas grandes; piso de cerámica teselado de forma que imitaba un tablero de ajedrez; mesas de nogal decoradas con adorables manteles a crochet, acompañadas de taburetes y sillones acolchados con suaves telas de colores pasteles; un mostrador de vidrio que mostraba un montón de delicias dulces; y como detalle final, cada puesto tenía una carta del menú con tipografía bonita. Sin duda, daba un aire enternecedor y exquisito.
– ¡Qué lindo~! – canturreaban los muchachos, a la par que se acercaban al mostrador.
– Bienvenidos al Servicio de Mensajería de Gothic Lolitas. – saludó la recepcionista, con desgano. Estaba muy ocupada tecleando en su computador como para levantar la vista. – ¿Necesitan entregar algún paquete o viene por el servicio de cafetería?
– ¡V-vinimos a c-comer! – tartamudeó Choromatsu, muy nervioso.
– ¿Nombres?
– Karamatsu y Choromatsu Matsuno. – respondió el otro.
Un escalofrío recorrió la espina de la joven, acordándose de los nombres. Los observó con atención e inmediatamente les produjo cierto disgusto, pues esos nombres han estado rodando en la mensajería por días y cambiando drásticamente su rutina.
– Son ustedes… – murmuró, para luego sacudir su cabeza y espabilarse. – Digo, siéntense y las lolitas los atenderán.
En cuanto los aludidos se acomodaron en un puesto, la recepcionista tocó frenéticamente uno de los timbres de su mesón, sin quitarle sus punzantes y fastidiosos ojos de encima. El segundo no pudo evitar sentirse incómodo por la acción, sobretodo porque reconoció a la empleada ¿Acaso no era la misma chica de taladros rubios y maquillaje oscuro que atendió Jyushimatsu en una ocasión?
Sin embargo, su hermano no parecía darse cuenta de ninguna amenaza.
– ¡Aah~! ¡La recepcionista es tan linda! – se embelesaba el menor, balanceando juguetonamente sus piernas. – ¡Nuestras miradas aún se encuentran!
– ¿Tú crees? Pienso que se están encontrando demasiado. – masculló Kara, muy alarmado. Cada segundo en que esos furiosos orbes negros se posaban sobre él era otro segundo más en que se sentía diminuto. Se cubrió detrás de la carta del menú, no obstante, aún podía sentirla.
– Disculpen ¿Puedo tomar su orden? – les interrumpió una voz notablemente más grave.
Era un apuesto mesero de cabellera corta, oscura y ondulada, con un flequillo largo peinado hacia la derecha. Sus ojos eran alargados y tenía largas pero finas pestañas, así como los rasgos de su rostro, que eran suaves. Llevaba un traje color oliva, corset sujeto con cordones y botas.
El par se sonrojó ligeramente por la presencia del chico, a lo que este sólo sonrió divertido, acostumbrado a la reacción.
– Veo que no están listos. Puedo volver después. – llamó nuevamente su atención.
– ¡Non, non, non! ¡E-estamos listos! – vociferó el doloroso. Hojeó rápidamente la carta y se la entregó al de verde. – Un expresso doble y un pastel de arándano.
– ¡Y-yo quiero…! – alzó su temblorosa voz el tercero, tratando de que el menú no se le escapara de sus sudorosas manos. – ¡Un parfait…! ¡O n-no! ¡Mejor un chessecake…! – titubeaba con gran nerviosismo. Su cerebro trabajaba más rápido que sus labios y le hacía pensar un montón de combinaciones diferentes. – ¡Moccachino y un muffin! ¡O un pastel de manzana…! ¡O mejor…! ¡M-MEJOR UN TÉ DE H-HIERBAS! – escupió finalmente, a lo que su acompañante le dedicó una expresión de fastidio. El camarero, en cambio, rio por lo bajo a causa del rostro agitado del otaku.
– Bien, se los traeré en un momento. – asintió él, anotando todo en su libreta. – Si necesitan algo más no duden en llamarme. Yuzuki-kun para servirles. – se despidió con una reverencia y luego partió a la cocina.
– ¿En serio pediste algo que puedes conseguir en casa? – le reprendió el mayor.
– ¡Cállate! – le ordenó el otro, avergonzado. Le puso una serie de reglas a su hermano para que no lo dejara mal parado y resulta que él mismo está haciendo el ridículo.
Sin embargo, un detalle ponía inquieto a Karamatsu. No había nada más que dos meseros, una cantidad mediana de clientes y una recepcionista que no dejaba de mirarlos feo. Ninguna señal de su golondrina ¿Habrá asistido hoy a su trabajo? ¿Quizás se enfermó?
– ¿Ya los atendieron? – cuestionó una voz cantarina y aguda.
Era la otra camarera de melena castaño claro, expresión adorable y ojos enormes de color pardo. Su vestido era rosa con negro, tenía holanes redondos y varios broches que recogían la tela de su falda. También llevaba guantes, delantal y un sombrero de pastora, haciéndola parecer una muñeca de porcelana. Si la memoria no le fallaba, apostaría a que es la misma chica con cara de cachorro que Todomatsu atendió la otra vez.
– ¡S-SÍ! – se apresuró a contestar un ruborizado Choromatsu, anonadado por la peculiar e infantil belleza de la empleada. Esa es la clase de mujeres que le gustan al tercero, llegando a ser un patrón bastante preocupante.
– Yuzuki-kun tomó esa mesa, así que no te atrevas a robársela, Ayaka. – le interrumpió la antipática joven del mesón.
– Mo~ ¡Pero Yuzuki-kun siempre se tarda una eternidad! – soltó un exagerado puchero. – ¡No se enojara si entretengo a este par un rato! – sonrió de forma juguetona y se volteó a ellos. – Soy Ayaka ¡Siéntanse libres de decirme Aya-chan! – se presentó con una reverencia.
Un momento ¿Dijo "mo~? ¿Acababa de comportarse como un personaje de anime?
– Tch. Mocosa calienta sopas.* – le gruñó la rubia en voz baja. – ¡¿Qué diría tu novio?!
– No le hagan caso a la gorda malhumorada del fondo. – hablaba la de melena, haciendo un gesto de abanico con su diestra para restarle importancia. Acto seguido, tomó un taburete desocupado y se sentó junto a ellos, apoyando los codos en la mesa y descansando el mentón sobre sus manos. – Ya le darán una lección por ser tan agresiva con los clientes.
– ¡Te escuché, pendeja de mierda! – le gritó la aludida, muy molesta.
– Cuéntenme ¿Cuáles son sus nombres? – cuestionó, ignorando por completo las quejas de la recepcionista.
– S-somos Karamatsu y Choromatsu Matsuno. – señaló el doloroso. Ambos hermanos estaban muy ansiosos por la cercanía de una muchacha linda.
– ¡Oh~! ¡Así que finalmente apareciste, misterioso cliente! – se dirigió al de camisa verde. – ¡Pensaba que era un tipo cambiándose de ropa varias veces e inventando un nombre para no pasar vergüenza! – masculló de la forma que parecía más pura e inocente, lo que los desanimó enseguida.
– La verdad es que mis hermanos recibían los paquetes por mí cuando yo no estaba… – confesó el otaku, algo apenado.
– ¡¿Son más?! ¡Ya quiero conocerlos a todos! – aplaudió con mucha emoción. – ¡Me aseguraré de ser yo la próxima repartidora!
El comentario volvió a abochornar a los muchachos, que rascaban sus cabezas, balbuceaban y se adulaban a sí mismos. Esto sólo aumentó la ira de la rubia del mesón, que tecleaba con más fuerza su computadora y maldecía por lo bajo insultos completamente censurables.
La castaña siguió conversándoles como un loro por varios minutos, hasta que Yuzuki volvió con una bandeja que traía las órdenes pedidas anteriormente. Las colocó en frente de cada uno e hizo otra reverencia, para luego fijarse en su melosa compañera.
– ¿No deberías estar atendiendo? – le interrogó con firmeza, mas no enojado.
– Te estaba cubriendo. – contestó la otra, muy tranquila.
– Van a sancionarte.
– Deberían sancionar a las personas que dicen groserías. – lanzó una indirecta muy directa, causando un escalofrío a la recepcionista.
– ¡Deberían despedirte, mocosa!
Ambas lolitas iniciaron una acalorada discusión sin moverse de sus puestos, incomodando a los clientes y por sobre todo a los Matsuno, quienes empezaron su clásica comunicación telepática de sextillizos. Suerte que esta serie es de comedia pura.
"Oye, Karamatsu", le llamó el tercero desde la mente.
"¿Qué ocurre, brother?", contestó el otro.
"Estabas buscando a una chica en específico ¿Verdad? ¿Será alguna de estas?"
"Ah… Lamentablemente, no", negó con la cabeza.
"Entonces pregúntales por ella. Debe ser su compañera"
"¡¿Eh?! ¡¿E-estás loco?!", se sobresaltó el mayor.
"¡Claro que no! Es parte de su trabajo, ¿no?", le miró confundido.
"¡P-pero…! ¿Y si le preguntas tú?", pidió.
"¡Tú eres el que la está buscando! ¡Yo no lo voy a hacer!", reclamó, molesto.
"¡Por favor, brother!", seguía suplicándole.
"¡No! ¡Hazlo ya!", ordenaba con fastidio.
"¡Mmmmmh!", rezongó con una expresión desesperada.
"¡¿Por qué?! ¡¿Acaso no te atreves?!"
"MMMmmMmMmMmmMH!", continuaba con una serie de expresiones raras que evidenciaban su timidez. En serio su hermano lo estaba cansando.
– ¡Silencio, las dos! – ordenó el empleado, estremeciendo a los presentes e interrumpiendo la telepatía. Los cuatro se encogieron en sus asientos. – Estoy siendo muy bondadoso al no acusarlas ahora mismo, así que vuelvan a trabajar. – les advirtió a sus compañeras, que en respuesta refunfuñaron. – Discúlpennos por esta desagradable situación, no volverá a ocurrir. – se reverenció nuevamente.
Ayaka se levantó de su asiento, dispuesta a irse cuando los Matsuno se alarmaron. Demonios. La golondrina seguía sin aparecer y no quedaba más que utilizar estrategias directas, pero si Kara sigue titubeando, su oportunidad también se esfumará ¡Hora de actuar! ¡Rápido!
"¡Apúrate! ¡No te acobardes justo ahora!", le alentó el tercero, reanudando la comunicación.
"¡MMMMMMMMMMMMMMMMHH!", rezongó de nuevo con ese ruido molesto.
Choromatsu gruñó internamente, iracundo de la actitud del doloroso. Suficiente de toda esta estupidez.
"¡HAZLO DE UNA MALDITA VEZ, KUSOMATSU!", le gritó y le aplastó el pie con todas sus fuerzas, descargando su furia.
– ¡AAAAAAAAAAAAAAAH…! – se desgarró de dolor la víctima, dejándose caer bruscamente sobre la mesa y provocó un estruendo. Su alarido hizo que todos se voltearan hacia él, muy confundidos, por lo que, en cuanto se sintió observado, intentó disimular. – ¡AAAAAAAAAAH… AYA-CHAAAN! – llamó la atención de la de melena, levantando su mano.
– ¿Qué ocurre?
– ¡N-necesito que me hagas un favor! – le pidió, tratando de recuperarse del golpe. – Verás… estoy buscando a una lady…
Ahí, el rostro de la lolita se iluminó y rápidamente volvió a sentarse sobre el taburete, en la misma posición que antes.
– ¡Con gusto te ayudo! – dijo muy campante. – ¿De quién se trata?
– Heh. Enseguida. – asintió, preparándose muy gustoso para usar sus talentos poéticos; no obstante, se detuvo al sentir la penetrante e inquisitiva mirada del menor. Rayos, debía cumplir con las reglas. – Bueno… Ella es de esta estatura, tiene un cabello así, sus ojos parecen esto y usa un vestido como aquel… – describió con gestos tímidos, generales e insípidos. Le había quitado toda la esencia a sus palabras con tal de complacer a su hermanito.
La cara de cachorro no deformó en ningún momento su tierna expresión, mas su mente se llenó de confusión.
– ¿Qué? – ladeó la cabeza.
– Ya sabes… Estatura así, cabello tal y vestido como esto… – repitió. La mesera parpadeó varias veces y el otaku se llevó la mano a la frente.
– ¿Podrías ser más específico?
Lamentablemente, ya no había forma de prevenir la catástrofe. Kara suspiró, se colocó sus lentes de sol y se volteó lentamente hacia su acompañante, sonriendo con el pulgar en alto.
"Lo siento mucho, brother", le dijo telepáticamente.
"¡¿POR QUÉ DEMONIOS ME LEVANTAS EL PULGAR?!", reclamó el otro, adelantándose a lo que venía.
Un melodioso silbido comenzó a sonar, sin razón aparente, junto a las cuerdas de una guitarra. Las lolitas intentaban fijarse en todos los rincones para ver de dónde provenía la tonada.
– ¿Esos son silbidos? – preguntó la recepcionista.
– Heh. Pues… – inició su discurso, chasqueando los dedos para llamar la atención. – ¡Ella es la golondrina más hermosa, con una exotic beauty jamás vista en estas tierras niponas! ¡Sus ojos son oscuros como la noche más negra antes del amanecer pero, cuando los observo encandilan mi visión como el sushine! ¡Su piel es de un color caramelo muy nítido y su cabello esponjoso ondula como las olas del mar…! – describía dando piruetas y serpenteando los brazos de forma exagerada, lo que siempre hacía para intentar lucirse. – ¡También se mueve de manera ágil con esos holanes azules puestos, podría decir que he presenciado como vuela!
– ¡No puedes pasar un rato sin ser doloroso! ¡¿CIERTO?! – le gritó Choromatsu, furioso y avergonzado de la situación.
– Sigo sin entender nada… – masculló Ayaka. – ¿Te enamoraste de un pájaro…?
– ¡¿Eh…?! ¡No, no, no, no! – se descolocó enseguida el segundo Matsuno, nervioso.
– Se refiere a la supervisora. – aclaró Yuzuki muy resuelto, mientras recogía un par de platos.
– ¡Oh~! ¿Buscas a la supervisora? ¿De dónde la conoces? ¿Acaso eres su novio? – volvió a su chismosa emoción, bombardeando de preguntas al abochornado azabache.
– ¡NO, NO, NO, NO, NO! ¡Y-YO NO…!
– Da igual, porque no está aquí. – interrumpió la rubia. – Ella está en su recorrido.
– Oh… – musitó, desconcertado. – ¿Por casualidad podría…?
– Por protocolos de seguridad no se les revela el recorrido de las lolitas repartidoras a los clientes.
– Pero…
– ¡Que no y se acabó! – le gritó.
– Ya veo… – murmuró con decepción, bajando la mirada. – Muchas gracias…
Durante el resto de la tarde los Matsuno se mantuvieron en su aislado puesto, comiendo sus dulces y hablando con Yuzuki, pues Ayaka ya había cacareado lo suficiente. Al salir, Choromatsu quedó muy satisfecho por haber compartido con sus queridas lolitas, a pesar de que la recepcionista los trató con desprecio al pagar y Karamatsu había roto uno de los acuerdos. Este, a propósito, no quedó con la misma sensación de plenitud de su hermano al no poder ver a su golondrina; ni siquiera pudo disfrutar de la charla con el mesero, que parecía tener una afición por la guitarra al igual que él. Una verdadera pena.
Caminaron hasta la casa, sin embargo, un extraño suceso llamó la atención de ambos y los detuvo repentinamente. Había una moto estacionada frente a la cerca y Osomatsu estaba a unos cuantos pasos de esta, observándola en cuclillas junto a Ichimatsu. En cuanto reconocieron el logotipo de la Mensajería de Gothic Lolitas en la parte trasera del vehículo, se alarmaron y corrieron hacia ellos.
– ¡¿Qué están haciendo?! ¡Salgan de allí! – les ordenó el tercero.
– ¡Mira esta moto, Choromatsu! ¡Tiene hasta un moño atrás! – apuntó el mayor con ternura. – ¡Seguramente la dueña es una chica muy linda!
– ¡Claro que sí, porque la moto es de una lolita repartidora! ¡Ahora quítate! – le tomó del hombro y lo apartó, molesto.
– ¿No que ibas a dejar de pedir paquetes? – preguntó Ichi.
– ¡¿Qué te importa?! ¡Karamatsu, ayúdame! – le pidió el de verde.
El segundo hermano los observó por unos segundos y se llevó los dedos a la frente como forma de despedida. Luego, caminó hasta la puerta de la casa, fingiendo que no había nada allí.
– ¡Estoy de vuelta! – anunció con una sonrisa al abrir la puerta.
– ¡¿TE LLEVÉ CONMIGO Y ASÍ ES COMO ME PAGAS, KUSOMATSU?! – le recriminó.
– ¡Relájate, Choromatsu! – le detuvo el de rojo, muy tranquilo mientras se reincorporaba. – Nadie será castigado por mirar… ¡Auch! – al terminar de levantarse, se golpeó la cabeza con uno de los espejos retrovisores. Inmediatamente comenzó a sobarse la parte adolorida. – ¡Eso dolió!
No obstante, el lente se soltó y cayó al piso, resquebrajándose. La cara de espanto y el grito agudo de los cuatro Matsuno fue agónico, titánico y automático, tanto que los hermanos menores salieron del hogar para ver qué acontecía.
– ¡¿Qué les pasa…?! ¡AY NO! – la reacción fastidiada de Todomatsu cambió radicalmente a una de terror después de fijarse en el espejo roto. En cosa de segundos, la entrada se llenó de pánico. – ¡¿QUÉ DEMONIOS HICIERON?!
– ¡¿Nosotros?! ¡Es culpa de nuestro estúpido hermano mayor, como siempre! – se defendió el otaku, muy enojado con el mencionado.
– ¡¿Por qué siempre es mi culpa?! ¡Esa moto no debería estar aquí en primer lugar!
– ¡Oigan, no hay tiempo de discutir eso! – interrumpió el doloroso. – ¡Tenemos que arreglarlo antes de que la repartidora se dé cuenta!
– ¡Ok, tranquilos! – el perpetrador hizo un ademán de alto con las manos, en un intento de mantener la calma. Levantó el espejo del suelo y le escupió, para luego limpiarlo con la manga de su polerón. Después lo colocó minuciosamente sobre el mango de la motocicleta, logrando hacer equilibrio entre los objetos. – ¿Ven? ¡Cómo nueva! ¡Nadie lo notará!
Como era de esperarse, el lente se volvió a caer, seguido del sonido de unas sarcásticas palmas chocando contra la frente de cuatro de los Matsuno.
– Eeh… ¡Traeré huincha aisladora! – anunció muy nervioso Jyushimatsu, entrando a la casa. Finalmente una acción inteligente ante esta situación.
– ¡¿Es que acaso tu estupidez no tiene límites?! – le volvió a reclamar el tercero. – ¡Ojalá te pagaran por cada desastre que te mandas, Idiotamatsu!
– ¡¿Quieres que hablemos de desastres, Pajerovski?! – se defendía el de rojo. – ¡Porque nada de esto hubiera pasado si no fuera por esta nueva calentura tuya con chicas victorianas!
– ¡Más encima de todos nosotros se te ocurre llevar al rompe costillas, Choropajerovski! – sentenció también el sexto, apuntando al de chaqueta.
– ¡¿Y qué tengo que ver yo con esto?!
De repente, Ichimatsu le metió los dedos en ambos ojos, causando que el atacado aullara de dolor por la hemorragia descontrolada.
– ¡No te atrevas a lavarte las manos, Karamatsu! – vociferó el primero.
– A ustedes no les pagan por toda su mierda simplemente porque no hay tanto dinero en el mundo para hacerlo. – gruñó Ichimatsu con un rostro siniestro, sacando de quien sabe dónde una cuerda muy gruesa. – ¿Por qué no mejor nos ahorramos este problema, Todomatsu?
– ¡Oh~! Me agrada esa idea, Ichimatsu nii-san. – le siguió el menor, con un machete en mano.
– ¡Traje la huincha! – gritó de pronto Jyushi, brincando como un proyectil hacia ellos.
Y ese brinco fue lo que provocó el estallido de la bomba.
Porque, en el momento en que el quinto hijo impactó sobre Choromatsu…
En el minuto en que este mismo perdió el equilibrio y cayó sobre la motocicleta…
En el instante en que inevitablemente y sin ninguna intención maliciosa, su codo movió el freno de mano e hizo que este se soltara…
La esbelta golondrina estaba saliendo de una casa vecina y observando la destartalada escena en cámara lenta…
Presenció horrorizada como su preciado vehículo avanzaba a más de ochenta kilómetros por hora, hacia la calle y chocando bruscamente contra un poste.
Se aproximó lentamente, con su cuerpo tembloroso, al lugar de desastre, ahogando un gemido de tristeza. Cayó de rodillas al piso y luego de unos segundos en que asumió la pérdida, se giró a ver a los Matsuno con unos ojos fulminantes.
– ¿Quién fue…? – murmuró en su desdicha. – ¡¿QUIÉN FUE EL CONCHESUMADRE* QUE HIZO ESTO?! – explotó la morena, colérica.
Los muchachos no comprendieron aquella frase en otro idioma que parecía un insulto; sin embargo, se miraron muy nerviosos al escuchar los gruñidos de ella y se invadieron por la sensación que les dejaba la terrorífica pregunta.
– ¡FUE ÉL! – no dudaron en separarse y apuntar al de camisa. Este chilló del susto e inmediatamente se estremeció de la rabia por recibir arbitrariamente el rol de chivo expiatorio.
– ¡No se hagan como si yo fuera el único culpable! – se quejó el acusado. – ¡Jyushimatsu me empujó y Osomatsu nii-san quebró el espejo en primer lugar! ¡Si alguien aquí debe asumir el castigo, es él!
– Hey, Choromatsu. No seas una basura que le pasa la responsabilidad a los demás y acéptalo. – rezongó el de rojo, con su típica disposición perezosa y esquiva.
– ¡SÍ SERÁS…! – gritó el otro de vuelta, espetando una mueca de profunda ira. Se acercó y le tiró del polerón, amenazándolo. – Escúchame, maldito bastardo. Si yo caigo… ¡TÚ CAES CONMIGO!
– ¡Oye, oye! ¡Cálmate!
– ¿Entonces ustedes dos pagarán la motocicleta? – les interrumpió la repartidora. – Porque advierto que costó más que su casa.
– Ay… ¿Tan cara es? – masculló Todomatsu con preocupación.
– Oh, vamos. Ni que fuera de oro. – volvió a mencionar Osomatsu con completa tranquilidad, soltándose del amarre del otaku. – Tampoco está tan mal. Una arregladita en el mecánico y quedará como nueva.
Cómo si ya la situación no fuera más desgraciada, el foco de la luz del poste se rompió y cayó sobre los restos del vehículo, provocando un corte circuito y seguido a este, una explosión que originó un incendio. Tal parece que las palabras del hermano mayor sólo atraían los desastres, ya que ahora sí que no había posibilidad alguna de arreglar nada ¿Se puede recuperar algo de las cenizas? ¿O retroceder el tiempo? Pues, no hoy por lo menos.
– Ups…
La repartidora bajó la mirada y se volteó a ellos, desvelando su rostro ensombrecido. Sus puños se apretaron, sus dientes rechinaron y un aura siniestra comenzó a recorrerla, aterrorizando a los sextillizos de manera penetrante. De repente, se llevó la mano a su cabeza y tiró de la cinta que adornaba su peinado a medio recoger, desarmando el moño. El cabello color chocolate se soltó, ondeando libremente en el viento, al igual que la tela que sujetaba, mientras los brillantes rayos del sol de la tarde, que estaba a la nada de ponerse, contorneaban su figura de manera majestuosa.
¡Oh, pero qué bella escena se desarrollaba a los ojos de Karamatsu! ¡Su golondrina se veía más hermosa que nunca con su pelo suelto y con el ocaso sonriéndole…! Lástima que la situación en realidad no pronostique nada bueno…
Porque, de un segundo a otro, la golondrina se transformó en un ave rapaz que agarró la cinta como si fuera un látigo, utilizándolo sobre los muchachos. Los enrolló y atrapó en un grácil, fugaz y único movimiento. Apenas fueron capaces de percatarse de su trampa con estilo de gimnasia rítmica.
– Alguien va a pagar por esa moto y no voy a ser yo. – declaró ella, con un tono de ultratumba que los estremeció.
A continuación, tiró del látigo, apretándolos aún más y trepó la cerca, para después saltar al entre techo y desviarse hacia el edificio del lado. La tropa de cautivos se golpeó contra los lugares mencionados, soltando alaridos de dolor y miedo; mientras que sus dos progenitores observaban todo desde una ventana dentro de la casa.
– Matsuyo ¿Por qué una muchacha con ropa victoriana se está llevando a nuestros hijos con una cinta? – cuestionó el hombre, confundido.
– No lo sé, pero creo que acaban de recibir su castigo divino. – respondió su esposa.
*: Es una grosería demasiado fea en jerga chilena. No la repitan en sus casas XD.
