Era perfecto, simplemente perfecto.

El fin de semana de Maki fue un asco ya que estuvo todos esos días con un humor de perros, y para mejorarlo, el lunes tendría que comenzar su castigo.

Debía de limpiar los grafitis de los casilleros y los baños de las instalaciones del instituto. Perfecto, era una maravilla. ¿Qué más podía suceder?

Al llegar el lunes a la escuela saludó a sus amigas y pensó que el día podría mejorar cuando comió un rico cupcake de vainilla, pero obviamente no iba a ser así cuando la perra de Yazawa Nico alias la enana apareció en el pasillo, tomada de la mano de su novio.

Maki prácticamente rechinó los dientes al verlos pasar.

Nico vestía su uniforme de porrista y Kou una camiseta sin mangas junto con un pantalón holgado, su estilo iba a juego con el de Nico. Para la desgracia de la ojivioleta, los dos lucían bien juntos.

— Cabeza de tomate—se burló Nico al pasar junto a ella. —Enana—devolvió Maki, captando la pequeña sombra asesina que había en los ojos carmín.

Un chico de primero que salía corriendo hacia una clase, pasó junto a ellos y Kou lo hizo caer. Nico comenzó a reírse de él, animando a los demás estudiantes del pasillo a burlarse.

El pequeño niño se hundió en sus hombros y salió corriendo, Maki suspiró. Parecía que cada vez Nico empeoraba más.

—Cada vez es más zorra—comentó Nozomi y Maki por un momento pensó que le había leído la mente.

Después de clases, y de haber cumplido con su asqueroso castigo, decidió ir a la biblioteca.

Pensaba que encontraría a la pelinegra allí, pero no fue así. Se sentó en la misma mesa de siempre, observando con decepción la mesa del fondo vacía. De alguna manera se sentía sola y terminó sin estudiar realmente, sólo mirando hacia el techo.

Fue hasta las estanterías y comenzó a buscar un libro, no tenía ni idea de cuál quería encontrar pero sería alguno que le hiciera olvidar su asqueroso día. Terminó leyendo uno de Stephen King y prácticamente le ocupó toda la hora.

Al terminar, lo volvió a guardar y se llevó otro diferente. Fue hasta la pequeña sala de estar, en la biblioteca tenían una en la cual habían dos pequeños sillones de dos plazas, formando un cuadrado alrededor de una mesita ratonera.

Se recostó en uno de los sillones, intentando leer su libro de japonés, y los párpados comenzaron a parecerle pesados. Antes de darse cuenta, cayó dormida. Después de un rato comenzó a sentir cómo alguien acariciaba su rostro y apartaba un mechón de cabello de su frente cuidadosamente, temiendo despertarla, provocando que Maki arrugara la nariz.

Casi de inmediato, sintió la pérdida de la cálida mano en su rostro cuando esta se alejó rápidamente. Maki comenzó a parpadear y a restregarse los ojos, intentando quitarse el sueño. Escuchó unos pasos apresurados y un golpe.

Al abrir los ojos y enfocarlos se encontró con Nico, quien estaba con los ojos abiertos y parecía haber tropezado sus piernas con el borde de la mesa y ahora se había caído, sentada.

Nico la contemplaba con una mezcla de horror y miedo. Sus mejillas estaban rojas pero muy pronto para su gusto, recuperó la mirada irritada que la caracterizaba.

—¿Qué tanto miras?—preguntó levantándose y sacudiéndose la falda, llevaba una chaqueta de cuero encima que cubría su cuerpo bajo el uniforme y a Maki le molestó saber a quién pertenecía.

—La pregunta es, ¿qué haces tú aquí?—dijo muy a la defensiva y rascándose el cuello, había estado teniendo un lindo sueño hasta que la despertó.

—Yo iba a buscar un libro y justamente lo tienes tú. Intentaba tomarlo mientras dormías—explicó, señalando el tomo de Japonés y el de Charles Dickens que había bajo su brazo, Maki la miró sorprendida.

-¿Tú lees libros?

-Pues claro, imbécil-dijo, rodando los ojos.

-Pensé que sería mucho para tu cerebro de plástico, ¿sabes? Porque creía que ustedes pensaban todo el día en chicos y maquillaje-dijo burlonamente, formando una sonrisa traviesa en sus labios.

Nico la miró fijamente, pestañeando tontamente por el pequeño gesto durante unos cuantos segundos, pero después reaccionó.

-Eres muy patética si piensas eso. Incluso soy más inteligente que tú, cabeza de tomate—espetó, mirándola con desdén.

Y mierda, aún humillándola era muy guapa.

-Lo que digas, enana ¿No tienes que ir a atormentar a otros chicos de primero?—le preguntó, levantándose mientras recogía sus cosas.

-Prefiero molestarte a ti, ya que tú eres mucho más patética que un simple bebé—se burló y Maki río con sarcasmo.

-Vaya ¿O sea que tienes una obsesión en mí?—preguntó, riéndose falsamente, y acercándose a la pelinegra.

Nico retrocedió unos pasos, en guardia.

-Para nada, sólo recuerda que mi trabajo es volverte loca—dijo mostrando una sonrisa victoriosa, aunque en verdad parecía nerviosa.

Maki se arriesgó, pero se acercó un poco más a la animadora. Nico tuvo que detenerse porque sus piernas chocaron contra la mesa y si daba otro paso hacia atrás, caería.

—Eso es imposible, Yazawa—respondió, fulminándola con la mirada. No podía odiar más a esa chica, era imposible.

—¿Y por qué, Nishikino?—preguntó, mirándola con el mismo odio, y abrazando el libro contra su pecho.

—Porque tú ya me tienes loca. —susurró con el rostro a pocos centímetros del de ella. Su pecho subía y bajaba, sentía una gran irritación— Te odio.

—Lo mismo—respondió Nico con los ojos ardiendo, aunque por alguna razón desconocida sus mejillas estaban levemente sonrojadas.

—Te detesto.

—Somos dos—volvió a responder la pelinegra y Maki sin saber que hacer intentó acercarse más, pero en ese momento alguien entró en la biblioteca, haciendo que las dos chicas se separasen.

Maki observó con desagrado a Kotori entrar. La chica volteó varias veces, buscando a Nico y al verla le sonrió.

Su expresión cambió al ver a Maki, hizo una mueca de desprecio y la chica de ojos violetas prefirió salir del lugar. Era el momento de una retirada. Dio la vuelta, ignorando completamente a Nico y salió por la puerta.

Ahora que ya no sentía la adrenalina recorriéndole el cuerpo, se percató de que el corazón le latía con mucha velocidad y que sus piernas temblaban. Fue tan fuerte el impacto, que tuvo que tomar aire y detenerse a mitad del pasillo, le dolía el pecho y sentía que le costaba caminar.

La situación apestaba. Pero no podía estar enferma. Hace rato se sentía en perfectas condiciones, debía de haber sido la falta de alimento.

Al llegar a su casa comió mucho en la cena, pero ese martilleo en su pecho seguía sin parar. Le fastidiaba mucho, no la dejaba dormir tranquila, y por eso duró casi toda la noche despierta, observando al techo.