Disclaimer: Yu-Gi-Oh! GX no es mío. De otra forma, la parte de Haou habría durado al menos el triple, y posiblemente habría acabado con un Sho vs Judai para salvar a su amigo.


Capítulo 15

Kagemaru se reclinó en su silla de ruedas, mientras observaba al sol descender por el horizonte.

La enfermera se había retirado a sus habitaciones, pero, como cada noche, estaba alerta ante cualquiera de sus necesidades. No esperaba que esta noche fuera a necesitarla. Amnael acababa de estar allí unos minutos antes, para suministrarle el tratamiento que lo mantenía con vida a sus más de cien años de edad.

El anciano se sentía más somnoliento que de costumbre. No le extrañó, Amnael le había dicho que en esa ocasión había probado una nueva mezcla. Estaría más cansado de lo normal los primeros días, pero tras eso se sentiría como si tuviera treinta años menos. Esperaba que la mezcla lo mantuviera hasta que se hiciera con el control de los Tres Demonios.

Aunque no era sólo la «medicina» lo que lo tenía así. Había sido un día desgastante. Seto Kaiba había llamado a una junta de emergencia esa mañana, luego de que alguien en la Academia filtrara información sobre la desaparición de Káiser. Tuvo que sentarse en una junta en la sede de la compañía, escuchando al irascible joven dar una diatriba e insultar a todos los presentes porque nadie le había informado sobre el ataque a su escuela.

Kagemaru ya no era tan joven como para soportar eso, pero era el último miembro todavía con vida de la familia Oshita, y como cofundador de Corporación Kaiba, había tenido que estar allí. Por un momento sintió deseos de recordarle al joven empresario que, si pasara menos tiempo buscando a los duelistas oscuros que habían dejado a su hermano en coma en el hospital, y más tiempo viendo por su empresa, tal vez se habría dado cuenta. Pero, hasta para él, eso había parecido un golpe demasiado bajo, así que se mordió la lengua.

Él habría hecho lo mismo por su hijo… si no hubiera sido un estúpido que casi echaba por tierra todos sus planes, doce años atrás, apoyando el intento de toma hostil de Corporación Kaiba por parte de Pegasus. Para muchos, su actitud era muy fría. Ellos no entendían todos los sacrificios que su familia había hecho durante siglos, para que luego Konosuke prácticamente tirara todo por la borda en unos pocos años. En lo que a él respectaba, que hubiera muerto en ese Mundo Virtual había sido un castigo más que merecido.

«La misión es lo primero», ese había sido el lema secreto de su familia desde hacía tantas generaciones, que prácticamente se había convertido en su razón para existir.

Konosuke nunca entendió eso. Despreció las tradiciones y trató de destruirlas a cada oportunidad que tuvo. Falló en la misión.

«Al igual que tú».

Apretó los puños. Allí estaba de nuevo, esa voz en la cabeza que le recordaba que había fallado. No pudo proteger al Heraldo. Llegó tarde y la familia Yuki pagó por eso. El Heraldo había desaparecido del hospital, posiblemente el niño estaba pudriéndose en algún lugar mientras los esclavos de la Luz festejaban su triunfo.

«Estoy tratando de arreglar mi error», se recordó.

Las llaves casi estaban cargadas. Los Demonios Despertarían con todo su poder. Tomaría ese poder y lo usaría para deshacerse de la Luz, aunque eso le costara la vida.

El sol se había hundido por completo. Kagemaru soltó un suspiro, estaba a punto de presionar el botón del control remoto que encendería las luces de su habitación, cuando una mano lo tomó y lo arrojó lejos.

Kagemaru, ahora más despierto, se giró lentamente hasta quedar dando la espalda a la ventana.

Podía distinguir una figura sentada en la orilla de su cama, y dos ojos brillosos de color oro que lo miraban con cierto desdén.

—¿Quién eres? —se atrevió a preguntar. Su voz salió más ronca y temblorosa de lo que pretendía, mientras su corazón latía presa del miedo.

—Ya lo sabes.

Kagemaru negó con la cabeza. No era posible. El niño estaba muerto, había muerto hacía diez años, luego de que él fallara.

—Mi nombre es Haou.

—Mientes. No eres el Heraldo…

La figura rio con cruel diversión.

—No dije que lo fuera, pero alguna vez sostuve ese poder y llevé ese título.

Kagemaru sintió que su sangre se helaba. Había escuchado historias sobre el último Rey de Kronet, el Heraldo de hacía miles de años, aquel que perdió todo en su lucha contra la Luz y, cuando yacía moribundo en las ruinas de su palacio, fue encontrado por Caín el Maldito, Padre de los Vampiros, quien corrompió su esencia.

—Conoces la historia —dijo Haou—. Es cierto, mientras yacía allí, a punto de morir, Caín vino y me dio la fuerza para poder terminar mi misión. Detuve a la Luz, y se suponía que eso sería el final de todo este ciclo de muerte, pero no fue así.

—Traicionaste lo que significa ser el Heraldo. La vida no puede nacer de la muerte. Reclamaste un título que no es tuyo.

—¿Dices que debía morir y dejar que la Luz lo destruyera todo?

Kagemaru negó con la cabeza.

—La Luz estaba débil, aunque eventualmente volvería a ser fuerte, la Oscuridad te habría permitido volver para cuando el momento llegara.

Haou avanzó hasta él. Kagemaru tembló cuando vio su rostro terso como esculpido en mármol. Salvo la sonrisa y los orbes amarillos que eran sus ojos, no había expresión alguna. Realmente era como una estatua viviente.

—Serviste bien a tu propósito, anciano. Pero ya no es necesario que sigas sufriendo. Puedo oler las pociones alquímicas que usas para alargar tu miseria de forma artificial.

El Heraldo Corrupto se puso de pie detrás de Kagemaru. Giró la silla y la empujó hacia el enorme ventanal. Las estrellas se reflejaban sobre el océano, mientras la luz de un faro en el cabo lejano recorría la costa.

—Nunca habrías podido controlar el poder de los Demonios. Sólo el Heraldo puede manejarlos. Por fortuna, Judai está listo para ellos.

Kagemaru abrió los ojos con sorpresa.

—Tuve éxito en dónde tú fallaste —siguió explicando Haou, mientras empujaba la silla un paso más cerca de la ventana—. Voy a terminar esta guerra de una vez por todas. Judai ya no necesita de ti. Mientras tú te lamentabas, fui yo quien secó sus lágrimas, y fui yo quien alimentó sus deseos de venganza contra la Luz.

Detuvo la silla cuando quedó justo tocando el ventanal.

—Judai, mi querido hijo, está listo para terminar lo que yo empecé hace tantos milenios.

Kagemaru abrió la boca. No alcanzó a decir nada, antes que las manos de Haou lo sujetaran por ambos lados de la cabeza. Haou giró en un rápido movimiento, haciendo que la cabeza del anciano girara 180 grados, rompiéndose con un chasquido desagradable. Luego, empujó la silla de ruedas una última vez. El ventanal estalló en pedazos, mientras el cuerpo sin vida de Kagemaru se despeñaba con todo y silla de ruedas.

Cuando la enfermera entró a ver qué ocurría, la habitación estaba vacía y no había señales de que alguien hubiera estado allí. El ventanal estaba intacto.


Hell Káiser se paseó por la sala de la mansión Karnstein como si fuera un animal encerrado. En cierto sentido, era así: su bestia interior se debatía entre su necesidad de ir a cazar al causante de la muerte de su Madre y obedecer la orden del Rey Supremo de esperar. Por otro lado, una pequeña parte dentro de él que aún era humana y se resistía a morir, había despertado tras escuchar el nombre de Asuka: ella ganó un duelo en una guerra, juzgarla por eso no era correcto, sería una deshonra.

«Además, se suponía que ella se uniría a nosotros», dijo una voz en su cabeza.

Hell Káiser sintió deseos de destrozar algo.

—Joven maestro…

Ryo se giró hacia la sirvienta que lo había interrumpido. Esta tembló de miedo al ser fulminaba por su mirada feroz, pero se obligó a seguir hablando con la voz más calmada que pudo:

—El Príncipe desea que lo reciba.

Ryo apretó los puños. No había tenido noticias de él desde que casi había logrado su objetivo de convertir a Sho y el desgraciado le había destrozado el antebrazo.

Respiro profundamente, aunque sus pulmones ya no necesitaban aire, seguía siendo un gesto tranquilizador.

—Qué pase.

No podía rechazar al Príncipe. Tenía que mantener el nombre de la familia Karnstein.

El Príncipe Judai, como todas las veces que lo había visto, era la imagen perfecta de un caballero europeo del siglo XIX: iba ataviado con una levita de satén negro, con bordados y botones de plata. De sus puños emergía el encaje blanco de su camisa de seda, y para la ocasión usaba una corbata de lazo de color negro.

—¿A qué debo el placer? —preguntó con más sarcasmo del que pretendía.

Judai lo miró un momento. Sus ojos estaban apagados, y todo ese brillo dorado furibundo que notó en ellos días atrás había desaparecido, reemplazado por el color del chocolate.

—Dije que iba a castigarte —dijo Judai, sin furia en su voz, más bien pesar—. Pero, supongo que perder a una Madre es más que suficiente.

Hell Káiser apretó los puños. ¿Cómo se atrevía…?

—Ella era mi Madre también. —Hell Káiser se detuvo y miró al Príncipe con el ceño fruncido. No podía oler a Camula en él, sólo la sangre del Rey—. No de sangre, pero sí de crianza. Me crío después de que mis padres humanos murieron.

El príncipe suspiró en un gesto muy humano.

—Supongo que, en cierto modo, eso hace que también seas mi hermano.

Alzó los ojos, y Káiser volvió a ver el brillo dorado en ellos.

—Eso no significa que dejaré que te acerques a Sho de nuevo, no con esas intenciones. Eventualmente, cuando él esté listo, querrá verte de nuevo. Cuando llegue el momento, tienes prohibido volver a intentar lo que hiciste.

Hell Káiser volvió a sentir el miedo filtrándose en él. Había algo en este chico, algo que iba más allá del vampirismo. Cuando la furia de esos ojos dorados se dirigía a él, se sentía como si fuera un vendaval o un tornado de poder bruto que esperaba la menor provocación para liberarse.

Aun así, Hell Káiser se atrevió a desafiarlo:

—Sho es mi hermano. Él es lo que es gracias a mí.

—¿Tú destruiste su confianza? —preguntó Judai con la furia goteando en cada palabra—. Cuando lo conocí en el mundo de los humanos, Sho era un niño asustado y abusado. Temía de su propia sombra. Me tomó meses mostrarle que era más fuerte de lo que se daba el crédito. Y supe cuánto te admiraba.

Judai cerró los ojos en un intento de tranquilizarse.

—Él te admiraba, y como muchos hermanos menores, se hizo una imagen idealizada de ti. Pero ambos sabemos que el Ryo Marufuji que fuiste como humano era sólo una máscara. Te forzabas a ti mismo a ser bueno, y por más que no deseabas ser como tu padre mortal, en el fondo lo eres, porque cada una de sus enseñanzas caló profundamente en ti.

Judai se dio media vuelta y comenzó a alejarse.

—Tal vez no lastimaste a Sho de las formas en que tu padre lo hizo. Pero, eso no quita el hecho de que tampoco hiciste nada para ayudarlo. No sé cuáles hayan sido tus motivos, si pensabas que de alguna manera esa era la mejor forma de protegerlo, pero el hecho es que, como dicen los mortales, «el que calla otorga». A pesar de toda la admiración que él sentía por ti, nunca hiciste nada realmente para ayudarlo. De hecho, lo hiciste a un lado.

Se giró a verlo una última vez antes de salir.

—Si vuelves a lastimarlo de esa forma, voy a destruirte. Aunque Sho me odie por eso, y yo mismo pase siglos lamentándome por haber destruido el legado que mi Madre dejó tras de sí.


Tres días después de la reunión de Judai con Hell Káiser, Rei se encontraba en las cocinas preparando la charola con el desayuno de Sho. Su madre, a unos pocos metros de ella, estaba ocupada preparando el pan que usarían durante toda la semana. Sus hermanas y hermanos menores, como de costumbre, ayudaban a fregar los platos y los pisos, y sus hermanas mayores acomodaban los víveres recién traídos del mercado en los estantes.

Fue en ese momento que la puerta de la cocina se abrió y entró el Héroe Elemental Avian. Todos allí dejaron de hacer sus trabajos, para mostrar sus respetos al representante del Príncipe.

Rei ya se había acostumbrado a verlo por allí más a menudo. Desde la pelea de Sho con el príncipe, él había dejado de frecuentar los establos, prefiriendo enviar a Avian a dar todas su órdenes, como sucedía antes de que Sho apareciera e iluminara la sombría y aburrida vida que llevaba en ese reino.

—Rei Saotome —la llamó Avian. Esto hizo que algunas miradas de preocupación se dirigieran a ella. Lo normal era que Avian se dirigiera a su madre—. El Rey solicita tu presencia ante él, y tu amo, el Príncipe Judai, ha accedido a sus demandas. Tienes una hora para vestirte adecuadamente y presentarte allí. También, se ha solicitado que lleves tu mazo contigo. Te estaré esperando afuera en el carruaje.

Avian salió tras decir eso.

Los cuchicheos entre sus hermanos y hermanas estallaron en cuanto salió. ¿Qué había hecho para molestar al Rey? ¿Cómo se había atrevido a tener un mazo cuando estaba prohibido? Suficiente había hecho ya el Príncipe al permitirle tener una carta.

Fue su madre quien hizo callar a todos. Sin dirigirle la mirada, ordenó que se preparara el baño lo más pronto posible, y se aseguraran que el mejor vestido formal de la talla de Rei estuviera listo. Ordenó a alguien más llevar el desayuno a Sho, y luego, con un tono un poco frío que no había notado en ella en años (desde que era una niña pequeña y estaba acostumbrándose a la vida más primitiva que los humanos llevaban en ese mundo), le pidió que fuera a buscar su mazo y estuviera lista.

Una hora más tarde, Rei descendió la escalinata de la puerta principal ataviada en un vestido que, si bien era de lana, no se parecía tanto al de una sirvienta. La única despedida fueron las miradas de lástima y reproche, así como los sollozos de algunos de sus hermanos más pequeños. Su madre no fue a despedirla.

—¿Está todo listo? —le preguntó Avian. Rei asintió de forma afirmativa. El Héroe Elemental le hizo una señal para que subiera al carruaje. Avian se subió al frente con el Sirviente de la Calavera que hacía de chofer.

La Doncella Enamorada apareció frente a ella, lo cual agradeció. Si tuviera que viajar todo el camino sola, no podría con los nervios. ¿El rey se había enterado que Sho le había enseñado como ser un duelista? El príncipe dijo que no había estado molesto con ella, pero si el Rey se había enterado, era posible que ni siquiera él pudiera protegerla después de que rompió una de las leyes más importantes de ese mundo.

Cuando el carruaje se detuvo, Rei sentía que estaba a punto de asistir a su ejecución. La Doncella Enamorada le dirigió una última mirada que pretendía ser tranquilizadora, pero podía ver que estaba tan aterrada como ella.

La puerta se abrió, y Avian la ayudó a bajar y luego la guio a través del enorme castillo.

Era aterrador, como los castillos de los señores demonio que aparecían en los RPG que tanto les gustaban a sus primos en la tierra. Tomó aire y levantó la mirada. No podía deshonrar a su Príncipe. Aceptaría el castigo que le impusiera el Rey con la cabeza en alto. Su única pena sería el no haber podido despedirse de Sho.

En el amplio vestíbulo del castillo lo esperaba el Príncipe. Hizo una inclinación respetuosa ante él, pero antes de que pudiera decir nada, el Príncipe se le adelantó:

—No estás en problemas. Mi padre quiere medir tus habilidades de duelo.

Eso sacó a Rei de balance. Esperaba cualquier cosa, menos eso.

—Sígueme —le indicó el Príncipe.

La llevó a través de un intrincado laberinto de pasillos, escaleras y puertas. A veces estaba segura de que habían pasado por el mismo lugar varias veces, como si caminaran en círculos.

Al final, llegaron a un amplio salón de altos ventanales y viejas armaduras medievales. En el centro había una mesa con dos sillas, en un balcón sobre esta, esperaba el Rey Supremo.

Rei casi olvidó sus modales cuando vio al soberano. ¡Era como el clon perfecto de Judai!

Se recompuso rápidamente y presentó sus respetos.

Sin decir nada, el Rey Supremo hizo una señal con su mano. Al instante siguiente, un hombre alto, con anteojos de marcos cuadrados, entró en la habitación y le sonrió de forma que pretendía ser tranquilizadora.

—Soy el profesor Daitokuji, joven Saotome. Su majestad me ha pedido que pruebe sus habilidades de duelo. No se preocupe: es un duelo sencillo en una mesa. Tampoco tiene que ganar, sólo dar lo mejor y demostrar cuál es su nivel.

Rei asintió indicando que entendía. El hombre le indicó una de las sillas en la mesa.

—Si está lista, podemos comenzar.

Rei se sentó, barajó su mazo y lo puso en el lugar correspondiente. Se atrevió a ver al príncipe un momento, quien le sonrió para darle ánimos.

Miró al profesor y le indicó que estaba lista. No iba a decepcionar al príncipe.

Recordando todo lo que Sho le había enseñado, y los muchos duelos de práctica que tuvo con él, Rei dio su mejor esfuerzo. El profesor usaba un mazo defensivo con muchos monstruos débiles, pero de efectos molestos, y ni hablar de las trampas. Aun así, se las arregló para sobrevivir una docena de turnos, antes de perder todos sus puntos de vida.

Rei se puso de pie para esperar el veredicto. De nuevo, todo el asunto se sentía como su juicio previo a su ejecución.

—Rei Saotome —Rei no pudo evitar estremecerse cuando el Rey dijo su nombre—, desde este momento quedas relegada de tus funciones como sirviente del Príncipe Judai. A partir de ahora, trabajas directamente bajo mis órdenes.

—Es un honor, su Majestad —respondió como se esperaba de ella haciendo una reverencia.

—Estarás bajo la tutela del profesor Daitokuji. Aprenderás todo lo necesario para desenvolverte de nuevo en el mundo de los humanos. Dentro de unos meses, cuando comience el nuevo curso en la Academia de Duelos Central, ingresarás como estudiante de primer año. Serás mis ojos y oídos allí. Vuelve triunfante de esta misión, y mi clan te recibirá orgullosamente como uno más de los nuestros. El fracaso no es opción.

Rei vio al Príncipe una última vez, antes de que el profesor Daitokuji la condujera fuera de allí, y de vuelta al mundo de los humanos, mismo del que había sido secuestrada casi una década atrás. Pasaría más de un año antes de que volviera a ver al Príncipe Judai y a Sho.