Disclaimer: Yu-Gi-Oh! GX no es mío. De otra forma, la parte de Haou habría durado al menos el triple, y posiblemente habría acabado con un Sho vs Judai para salvar a su amigo.
Capítulo 28
Para su suerte, parecía que por el momento los Zombis estaban contenidos en la planta baja, así que a Johan no le costó mucho trabajo avanzar por los pasillos en la dirección por donde la Voz le indicaba que se encontraba Judai
Todavía no entendía mucho de lo que estaba pasando. No sabía si debía confiar plenamente en Saio, o si Judai de verdad pretendía liberar a esos llamados Demonios Fantasma. No conocía a ninguno de los dos lo suficiente como para decidirse por uno u otro. En ese sentido, su prioridad era alcanzar a Judai y pedirle que le explicara su versión de la historia.
«Una vez conozca ambas partes, podre decidir», se dijo.
La Voz que lo guiaba se calló por un momento.
«Miente», susurró de pronto. «Mintió en el pasado, lo hace ahora. La Oscuridad siempre miente».
Johan sacudió la cabeza. Tenía que saber, eso era todo. Una vez que entendiera por completo lo que pasaba, él mismo decidiría quien mentía en realidad: Judai o Saio.
«Te traicionará, como en el pasado».
Iba a responderle, pero justo en ese momento alcanzó a ver a Judai y al profesor Daitokuji abrir la puerta de la oficina del director Chronos. Johan no había estado allí desde el día en que llegó a la Academia, cuando se reunieron con el director de Central y el profesor Cobra para hablar sobre la inauguración del año escolar y lo que debían hacer durante la ceremonia. Recordaba que ese día sintió algo poderoso y oscuro en la habitación. No podía definir si era bueno o malo. Aunque normalmente la definición de la maldad estaba asociada a todo lo oscuro, había conocido a algunos espíritus de duelo de ese Atributo y apariencias «malvadas» que al final resultaron ser «buenas personas», por decirlo de alguna forma.
—¡Judai! —lo llamó antes de que el joven de Osiris pudiera cerrar la puerta de la oficina—. ¡Espera!
Se detuvo en seco. Desde el otro lado del pasillo, una figura pequeña y encorvada caminó en su dirección. Una vez que estuvo cerca, notó que era un joven vestido con ropa raída y desaliñada, quien usaba una chaqueta de Obelisco Azul como si fuera una capa. Tenía una cabellera corta de un tono azul muy bajo. Lo miró con dos enormes ojos curiosos y luego sonrió, antes de adoptar una actitud calmada y relajada.
—Oh, ¿eres uno de los visitantes de la Academia Norte?
Johan frunció el ceño. Lo único que se interponía entre él y la oficina del director era este niño.
Notó que su piel estaba muy pálida, pero no de forma enfermiza, más bien del color que adquiría la piel de alguien que no ha estado bajo el sol en mucho tiempo. A pesar de que sus ojos parecían los de alguien cansado, no tenía esas gruesas bolsas negras que vio en los Zombis de Duelo. Por la chaqueta, era obvio que se trataba de un Obelisco Azul, aunque no uno que hubiera conocido. Todos en Obelisco usaban uniformes blancos. Salvo Fubuki, pero él se quedaba en Osiris.
—Lo siento, tengo prisa.
—Vas detrás de Judai —dijo sin perder la expresión de serenidad—. Lo lamento, amigo, no puedo dejar que lo sigas.
El niño activó su disco de duelo, y al instante una enorme cantidad de pequeños monstruos de niveles bajos aparecieron a su alrededor. No eran hologramas. Johan sabía diferenciar bien un holograma de un espíritu y, a pesar de que se veían más corpóreos incluso que con la Visión Sólida, sabía que eran espíritus.
—¡No tengo tiempo para esto! ¡Judai…!
—Bueno —lo interrumpió el chico con voz serena—, no sé por qué sigues a Judai ni a dónde se dirige. Lo único que sé es que él me advirtió que esto iba a pasar. Que la Luz de la Destrucción atacaría a la Academia, mi hogar. Por lo que veo y por lo que estos pequeños sienten en ti —Johan notó entonces que los espíritus de duelo que rodeaban al extraño chico estaban temblando de miedo—, tú estás con esa Luz.
Toda la serenidad desapareció de su rostro.
—No puedo dejarte pasar. Por supuesto, a menos que ganes el duelo.
Johan apretó los puños. No tuvo más opción: activó su propio disco de duelo.
—Por cierto —la sonrisa serena volvió a aparecer en su rostro—, mi nombre es Mokeo, Mokeo Motegi. ¡Es un placer conocerte!
—Johan Andersen.
Los espíritus de duelo de Mokeo desaparecieron y los puntos de vida quedaron establecidos.
—¡Muy bien! Tengamos un duelo divertido —dijo Mokeo sonriendo.
Johan habría estado de acuerdo con él en otro momento, ahora todo había cambiado. Desde que llegó a la Academia Central, los duelos se habían convertido cada vez en algo más y más serio. ¿Alguna vez volvería a tener la oportunidad de disfrutar de un duelo como un simple juego?
«No si la Oscuridad vence», susurró la Luz.
—¡Duelo! —gritó Johan y sacó su primera mano, ignorando de momento a la Voz en su cabeza. Lo que no pudo ignorar fue que sus cartas se sentían diferentes. No sabía por qué, pero era casi como si algo estuviera interponiéndose entre él y su familia.
Sacudió la cabeza. No podía distraerse con esas cosas teniendo un duelo por delante.
Kenzan no pudo hacer sino gruñir cuando el inmenso dragón emplumado, que más parecía un grifo, se alzó detrás de Rei. Todo el duelo había estado lleno de sorpresas que no esperaba, sorpresas desagradables.
Rei no utilizó su mazo típico, centrado en el uso de Lanzadores de Conjuro débiles, los cuales empleaban sus efectos para mantener a su «Doncella Enamorada» y su soporte en el Campo y en su mano; para luego robar los monstruos de su enemigo, a la vez que incrementaba constantemente sus puntos de vida.
En lugar de eso, usó un Arquetipo del que nunca había escuchado en su vida: Luminosos. Sus efectos eran muy poderosos, equilibrándose con su constante envió de las cartas del deck de su usuario al cementerio para pagar sus costes de activación o como parte de su efecto. Sin embargo, Rei se las arregló para que esa debilidad jugara a su favor la mayor parte del duelo.
A pesar de eso, Kenzan consiguió para acorralarla, dejándola con únicamente 1100 puntos de vida, casi sin cartas en su deck y su mano. Kenzan mismo sólo tenía una carta en su mano y a su «Ultimate Tyranno» en el Campo, además de 2600 puntos de vida. Estaba confiado en que ganaría…
Entonces, de una forma que se sintió casi como una burla del destino, Rei robó la carta que necesitaba para acabar el duelo a su favor: «Dragón del Juicio»: un poderoso Monstruo Jefe de los Luminosos el cual se podía invocar de Modo Especial siempre que hubiera al menos cuatro Luminosos de nombres diferentes en el cementerio de su dueño.
Dado que ambos monstruos, tanto el Tyranno como el Dragón, tenían los mismos puntos de ataque (3000), por un momento Kenzan pensó que podría ganar. Sólo tendría que robar un monstruo de nivel cuatro o menor y con al menos 1100 puntos de ataque para atacar directamente una vez que ambos monstruos jefes se destruyeran mutuamente.
—Activo el efecto de «Dragón del Juicio». —Kenzan apretó los dientes. Rei lo miró por un momento, como disculpándose, y luego volvió a mostrar esa mirada de confianza que siempre tenía durante un duelo—. Pago 1000 puntos de vida para destruir todas las cartas en el campo, excepto a «Dragón del Juicio».
El cuerpo del dragón comenzó a brillar, mientras se alzaba en sus patas traseras extendiendo sus alas en toda su envergadura. Parecía como si una explosión de luz inundara el lugar. Kenzan tuvo que protegerse los ojos con su brazo, mientras escuchaba a su dinosaurio rugir de dolor y el sonido característico de un monstruo al ser destruido.
—Se acabó —declaró Rei.
Kenzan abrió los ojos, sólo para ver al poderoso Dragón de Rei preparar un ataque devastador mediante un rayo de luz disparado directamente desde sus fauces. Recibió el impacto directo y fue empujado hacia atrás, hasta golpearse con el muro. Se quedó allí, sintiendo como el dolor lo inundaba como un vendaval furioso.
El duelista dinosaurio abrió los ojos un momento, aunque ese simple esfuerzo le estaba costando demasiado.
—¿Judai? —preguntó en voz baja.
Alguien que parecía ser Judai, aunque vestido con un elegante traje que bien podría ser de una fiesta de Halloween, estaba de pie en el centro de la habitación. Rei estaba frente a él, con una rodilla en el suelo y la cabeza agachada en señal de sumisión, como si se tratase de un antiguo caballero medieval postrado ante su Señor.
Por un momento el corazón de Kenzan latió con miedo, al ver como la mano del tipo que se parecía a Judai se acercaba a Rei. Sus instintos, enloquecidos después de todo lo que había pasado en las últimas horas, temían que ese sujeto fuera a…
La mano del hombre dio unas palmadas en la cabeza de Rei, felicitándola por hacer un buen trabajo, casi como si ella fuera un cachorro.
«Rei no es una mascota», quiso gruñir, pero el dolor era demasiado. Su vista se nubló y no supo más.
Amon gruñó desesperado. Estaba frente a la Cámara de los Demonios, había puesto las Llaves Espirituales en el tablero para formar las runas que deberían abrir las puertas. Sin embargo, nada sucedió.
Gruñó con enfado mientras golpeaba el tablero de piedra. ¿Qué faltaba? ¿A caso la energía de duelo de las llaves se disipó durante el año trascurrido desde su carga? No, no podía ser eso. Las llaves eran como recipientes sellados: el contenido no se liberaría a menos que alguien las destapara (irónico considerando que eran llaves).
—No se abrirá, joven Garam.
Se giró para encontrarse con el profesor Daitokuji y Judai Yuki, un estudiante de Osiris que participó en el duelo inaugural contra Jun Manjoume y a quien normalmente lo veía explorando la Isla como si fuera un niño curioso recorriendo su nueva casa.
—En prevención de que cualquier otro enemigo intentara abrir la Cámara de nuevo, el presidente Samejima me pidió bloquear el lugar con alquimia.
—¿Un sello?
—Únicamente es un pequeño seguro extra. Es muy sencillo, en realidad. Si mira bien la habitación en la que estamos, es como un viejo gimnasio.
Amon miro a su alrededor. Era cierto. Había gradas de piedra a ambos lados de la sala. Luego, en ambos extremos, se encontraba la entrada principal que llegaba allí desde el pasaje oculto en la oficina del director, y frente a esta la entrada a la Cámara con el tablero en dónde debían colocarse las llaves.
—Un duelo —se dio cuenta.
—¿De qué otra forma se haría en la Academia de Duelos? —cuestionó Daitokuji con diversión.
Judai Yuki dio un paso al frente con su disco de duelo listo.
—Muy bien, hagámoslo —aceptó Amon.
Cuando se detuvo frente a Judai, por un momento sintió ganas de retroceder. Dos feroces ojos amarillos le devolvieron la mirada.
«No es humano», pensó por un momento.
Sacudió la cabeza y le devolvió la mirada a Judai. Estaba a un duelo de distancia de obtener el poder que merecía. Ya no sería más un simple «empleado» destinado a servir a su hermano menor, él gobernaría con el poder de los Demonios.
La aparición de Sho y su desafío directo a Asuka pareció ser lo que Osiris necesitaba para ganar el último empujón de valor y desafiar a los estudiantes de Blanco. Así, el patio frente al dormitorio se convirtió en un campo de batalla. No era una batalla campal, considerando que no había mucho espacio para duelos, así que a lo mucho se enfrentaban cinco al mismo tiempo.
El enfrentamiento de Sho con Asuka se había alargado ya por más de veinte turnos, y no parecía que ninguno de los dos fuera a ceder terreno frente a su adversario.
Fue tras la «quinta oleada» de estudiantes blancos que notaron un detalle:
Cada vez que un estudiante de Obelisco Blanco era derrotado, quedaba inconsciente. Eso en sí no era una novedad: durante los últimos días fue una constante en los duelos de supervivencia. Los estudiantes de blanco, como si no sintieran siquiera un poco de apego por sus compañeros caídos, simplemente los hacían a un lado y seguían luchando. Lo anormal sucedió luego de un rato: los caídos comenzaron a levantarse. Luego, sin decir nada, y como si alguna fuerza invisible los llamara, comenzaron a caminar en dirección al edificio principal.
—¿Qué les pasa? —preguntó Momoe muy confundida al ver sus acciones.
—¿Importa? —resopló Junko—. No necesitamos a personas débiles. Nuestra misión es recuperar a Misawa.
Hayato, frente a ella, no pudo evitar mirarlas con furia.
—¿Todo esto es por Misawa? —las cuestionó—. ¡Atacaron nuestro dormitorio por alguien que ni siquiera está aquí!
Junko miró al estudiante de Osiris con un gesto aterrador, Hayato incluso podía jurar que había un aura blanca rodeándola.
—¿Dónde está Misawa? —preguntó con un tono suave y aterrador.
Hayato sólo pudo tragar saliva.
Edo y Saio se vieron abrumados cuando una segunda oleada de Zombis apareció, esta vez entrando por la puerta principal. Consiguieron derribarlos, únicamente para que, pasados algunos minutos, entraran más. Sumados a los caídos que volvían a levantarse, eso se estaba volviendo una batalla de desgaste que no podían ganar.
Sin más remedio, decidieron escapar para ir en busca de refugio.
Tras recorrer algunos pasillos de la planta baja, y luego subir algunos pisos, finalmente entraron a una habitación que parecía segura. Era la sala de transmisiones, desde dónde normalmente se establecía comunicación con las islas aledañas de la prefectura de Okinawa, con Ciudad Domino e incluso con Tokio.
La sala de transmisiones no estaba desocupada. Tres estudiantes de Osiris corrían de un lado a otro conectando consolas y cables, mientras Daichi Misawa, vestido con su uniforme de Ra, usaba un viejo pizarrón y uno de los muros de la habitación para hacer cálculos, para luego registrar los resultados en su laptop.
Los estudiantes de Rojo saltaron asustados cuando escucharon el ruido de una pesada mesa, la cual Edo movió para bloquear la puerta.
—¿Misawa? —preguntó Saio sorprendido de verlo allí.
El estudiante de Ra se giró a ver al recién llegado. Para Edo no pasó desapercibido el gesto de profundo horror que se dibujó en su cara.
—Pensé que estabas en el dormitorio de Osiris —dijo Saio con una voz suave, casi como la de un padre aliviado por encontrar a su hijo extraviado.
El estudiante no alcanzó a decir nada, cuando una de las pantallas de teleconferencia se encendió. La imagen estaba distorsionada por la estática y la voz sonaba con interferencias, pero no había duda de que allí estaba el presidente Samejima.
—Joven Daichi… es posible…
Daichi decidió ignorar su miedo por un momento. Se acercó a la pantalla de teleconferencia, la conectó a su laptop y se apresuró a teclear algo a gran velocidad. Casi al instante, la imagen y el sonido se estabilizaron, aunque aún sonaban y se veían como un televisor de los años ochenta y no de los buenos.
—Tendremos diez minutos, con suerte, antes de que la señal se pierda de nuevo —declaró.
Samejima asintió, antes de comenzar a explicar su plan:
—El doctor Zweinstein ha trabajado los últimos dos días buscando la forma de traerlos de regreso. Sus últimos cálculos indican que, mediante el uso de un monstruo cuyo poder iguale al de los dioses, podría reactivarse el portal que los llevó hacia allá y traerlos de regreso a salvo a nuestro mundo junto con la Academia de Duelos.
Daichi asintió mientras revisaba algunos de sus propios cálculos.
—Entiendo. Pero, ¿dónde encontraremos una carta que se equipare en poder a los dioses? A menos que usemos a los Demonios.
Samejima se apresuró a negar la posibilidad.
—Hemos resuelto el problema. —Un anciano de cabellera gris, grandes bigotes y lentes redondos ocupó el lugar del director—. Usando el sistema de videoconferencia y una sobrecarga en la planta eléctrica de la isla, será posible abrir un agujero de gusano para enviar la carta necesaria. Únicamente necesitamos un duelista capaz de aguantar un duelo de esa intensidad.
Edo, quien hasta el momento se mantuvo al margen de toda la conversación, al igual que Saio, se acercó hacia Daichi de tal forma que los que estaban del otro lado pudieran verlo.
—¿Qué es lo que tengo que hacer?
—¿Edo Phoenix? —preguntó Samejima sorprendido—. La prensa ha estado como loca desde hace tres días…
—¿Tres días?
Daichi le aclaró lo que pasaba:
—No sabemos por qué, el tiempo parece ser inestable entre este mundo y el nuestro. En la Tierra han pasado días, aquí sólo unas pocas horas desde la explosión que trajo a toda la isla a este lugar.
—No podemos seguir hablando —dijo el doctor Zweinstein—. Usaremos la poca estabilidad que queda en la conexión para enviarles los instructivos. No les costará encontrar el material necesario en la Academia, y transportarlo hasta la central eléctrica no debería ser complicado.
La transmisión se cortó.
—Muy bien, ¿qué está pasando? —preguntó Edo a Daichi cruzando sus brazos sobre el pecho.
Misawa miró a Saio, tragó saliva, y luego respondió:
—Después de la explosión, recordé una teoría propuesta por el doctor Zweinstein hace algunos años: la posibilidad de que existan doce dimensiones o planos alternos adicionales al nuestro. Especuló que eso que llamamos energía de duelo, que hasta el momento se pensaba era generado por la simple acción de practicar el Duelo de Monstruos, en realidad venga de allí.
—Conozco esa teoría —respondió Edo.
Daichi asintió.
—Bien, la explosión nos arrastró a una de esas dimensiones alternas. En cuanto me di cuenta, vine aquí y comencé a trabajar en una forma de comunicarnos con la Tierra. Imaginé que la desaparición de la Isla no pasaría desapercibida, así que sin duda ellos estarían tratando de comunicarse también. No me equivoqué.
La laptop de Misawa emitió un pitido indicando que tenía un nuevo correo electrónico. No perdió tiempo en abrirlo, encontrando las instrucciones prometidas por el doctor Zweinstein.
—Muy bien, de verdad todo lo necesario está en esta habitación y moverlo no será complicado.
—Excepto por los Zombis de Duelo —resopló Edo.
Misawa y sus tres ayudantes de Osiris lo vieron como si se hubiera vuelto loco.
Judai sintió la euforia y la anticipación al momento en que activó la «Puerta de la Ilusión». Por supuesto, a diferencia de lo que debería haber sucedido, la puerta permaneció cerrada, como si no requiriera del sacrificio necesario para activar su efecto.
—Es el momento, mi príncipe —dijo Daitokuji. Para Judai no pasó desapercibido el tono de emoción en la voz del profesor. Para él todo esto debía ser como un experimento alquímico muy interesante.
—¿Esa es tu carta del triunfo? —lo cuestionó Amon. Tenía la ventaja en el campo, así que no parecía preocupado por lo que Judai haría.
Judai, en cambio, miró la enorme puerta que permanecía cerrada a sus espaldas. Concentró su energía de duelo y la dirigió a la puerta.
—Exijo un intercambio —anunció—. Un alma de adentro por una que está afuera.
La puerta brilló en color rojo. Por un momento parecía que no iba a suceder nada, luego, con un rechinido, las puertas gemelas se abrieron de par en par.
Amon iba a decir algo más, pero justo en ese momento sintió como si pequeños brazos envolvieran su cuerpo. Unos momentos más tarde, fue como estar envuelto en una enredadera, su disco de duelo se hizo pedazos y sus cartas quedaron regadas por el suelo. El duelo debió terminar, pero la puerta permaneció allí. Amon miro con horror hacia el interior de las puertas: eran como las fauces mismas de la oscuridad.
«Si miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada», fue lo único que pudo pensar antes de ser arrastrado al interior. Durante un breve instante fue consciente de que mientras él entraba algo más salía.
No pudo pensar en nada más, un frío intenso como nunca había sentido en su vida lo envolvió. Sus sentidos se embotaron y después todo fue oscuridad.
Haou sonrió complacido cuando vio a Rei ganar el duelo. No terminaban de gustarle del todo esos monstruos Luminosos, pero al menos su luz no provenía de su enemiga, sino de una fuente más antigua y menos destructiva.
Se acercó hasta su sirviente humana. Rei dio media vuelta en cuanto sintió su presencia. Sólo le tomó un segundo llegar a la conclusión de quien se trataba, antes de dejar caer una rodilla al suelo y agachar la cabeza en completa sumisión.
Los ojos de Haou se dirigieron al duelista caído, el cual hacía todo lo posible por mantenerse consciente a pesar de todo el dolor infligido por el último ataque.
Estiró una mano y dio varias palmadas en la cabeza de Rei.
—Buen trabajo —la felicitó—. Él es muy importante para ti, ¿verdad?
—Sí, su alteza.
—Tal vez puedas conservarlo.
Se alejó de ella para centrar su atención en el otro duelo.
Fubuki respiraba agitadamente. Estaba luchando tanto contra el Portador del Ojo como con su necesidad de usar La Máscara. A pesar de que hasta ahora se había mantenido en línea con sus planes, todavía se negaba a usar el regalo que le concedió. La Máscara era un remanente del poder que una vez fue Darkness, su Padre de Sangre y el primer Rey de la Noche Eterna.
En ese sentido, Fubuki era muy diferente a Fujiwara. Su amigo aceptó el poder de inmediato, a tal punto incluso que fue necesario sumergirlo en «hibernación» antes de que lo consumiera por completo y su consciencia perdiera la batalla contra la Bestia. No necesitaba seres salvajes y consumidos como lo fue su Padre en sus últimos siglos, antes de que tuviera que tomar su poder y luego darle una Muerte Definitiva.
«Un vampiro que ha perdido la batalla contra la Bestia es tan bueno como cualquier animal rabioso. Destrúyelo antes de que él nos destruya a todos». Sabias palabras del hombre a quien terminó aniquilando con sus propias manos.
—Usa La Máscara —le ordenó Haou a Fubuki. Vio la duda en su mente, así que empujó un poco con su Dominio.
Fubuki asintió lentamente. La oscuridad estalló en él y La Máscara cubrió sus ojos, quedándose como un mero antifaz. Una prueba de la lucha interna que continuaba dentro de Fubuki por aceptar el regalo que su Rey le concedió. Una vez que su sangre, o la de Káiser (aún no decidía si el hijo rebelde de Camula había ganado el derecho a reclamar lo que creía era suyo por derecho), corriera por sus venas tal vez eso terminaría. Si no era así, Fubuki demostraría ser una gran decepción. Tanto poder desperdiciado en alguien que no sería digno de tomar el título de Caballero.
En cuestión de dos turnos, Fubuki dio la vuelta al duelo, resucitando a dos de sus Dragones Negros caídos. Después, procedió a realizar una invocación que Jim, ni nadie en el mundo humano, había visto en miles de años, no desde los días en que la Atlántida aún estaba de pie y Lemuria todavía existía en el océano Indico.
El remolino de colores, similar a una galaxia, se formó sobre los duelistas, mientras los dos dragones se convertían en dos esferas de color negro. Cuando el nuevo monstruo emergió en el campo, los dos orbes que antes fueron dos «Dragón Negro de Ojos Rojos» permanecieron orbitando a su alrededor como dos planetas a su estrella madre. El poderoso «Dragón de Metal Resplandeciente Ojos Rojos» se alzó orgulloso en el Campo aplastando la última esperanza de Jim Crocodile Cook de ganar esa batalla.
Haou se acercó al portador del Ojo y lo levantó. Podía escuchar a Fubuki luchando por hacer que La Máscara retrocediera, por lo que procedió a ignorarlo.
—¿Qué debería hacer contigo? —susurró—. ¿Siquiera sabes por qué te dieron este Ojo?
Jim le devolvió la mirada en un gesto de confusión, todavía aturdido por el impacto del dragón de Fubuki. Las vendas que cubrían el Ojo de Oricalco habían caído dejando ver la esfera que ahora brillaba de un color rojo intenso.
—No soy el Heraldo —dijo Haou dirigiéndose hacia el Ojo y no a su Portador—. Alguna vez lo fui, pero ya no. No puedes «salvarme».
Volvió a centrarse en Jim:
—Se supone que el Ojo debe entregarse a alguien digno, alguien cuyo destino este cruzado con el Heraldo de la Oscuridad, de tal forma que, si el Ojo percibe que el Heraldo perdió su camino, pueda ayudarlo a retomarlo antes de que sea tarde. En ese sentido, el Ojo es tanto una maldición como una bendición: le dará otra oportunidad al mundo a cambio de la vida de su Portador.
Haou concentró la oscuridad en su mano derecha. Luego, presionó su palma con fuerza sobre el Ojo de Oricalco.
—Judai no necesita ser salvado. El camino que sigue es el correcto.
Los gritos de Jim resonaron por la habitación. Tanto Rei como Fubuki, quien estaba tendido en el suelo y respirando agitado tras su lucha contra La Máscara de Darkness, sintieron que el joven de la Academia Sur gritaba como alguien a quien estuvieran desmembrando en vida.
