Disclaimer: Yu-Gi-Oh! GX no es mío. De otra forma, la parte de Haou habría durado al menos el triple, y posiblemente habría acabado con un Sho vs Judai para salvar a su amigo.
Capítulo 29
Para suerte del grupo, en el armario había unos pocos carritos metálicos, de los empleados para trasladar equipo audiovisual. Tras cargar en ellos lo necesario, Daichi revisó la lista una vez más.
—Tenemos todo —dijo. Procedió a imprimir las instrucciones del doctor Zweinstein a fin de tener una copia en caso de que pasara algo con su laptop.
Edo, ayudado por los estudiantes de Osiris, quitó la mesa de metal y retiró el seguro de la puerta. El pasillo fuera de la sala de audiovisuales parecía despejado. Ni un solo Zombi de Duelo a la vista.
—Debemos tener cuidado —les recordó Saio—. El enemigo puede estar cerca.
Daichi se tensó, mientras el miedo lo recorría. Tuvo que aferrarse lo más posible a su mente racional. Saio era el líder de la Sociedad de la Luz, quien lo tuvo bajo alguna clase de hipnosis durante casi un año, manipulando su mente para sus fines, cualesquiera que estos fueran. Pero, lo que pasa con la manipulación, es que no funciona tan bien cuando sabes que te manipulan. Mientras se aferrara a ese pensamiento, estaría bien. A pesar de eso, había algo dentro de él que le decía que no era tan fácil.
«Concéntrate en sacar a todos de aquí, luego podrás distraerte en esos pensamientos», se dijo.
Llevaron los tres carritos con el equipo hacia el elevador más cercano. Nadie se interpuso en su camino. Al llegar a la planta baja, tanto Saio como Edo contuvieron la respiración. Las puertas automáticas se abrieron con un pitido y el recibidor de la Academia, con su enorme fuente que representaba a los tres dioses egipcios, quedó visible. El lugar estaba despejado.
—¿Están seguros de que había Zombis aquí? —preguntó uno de los estudiantes de Osiris con cierto tono burlón.
Edo lo fulminó con la mirada.
—Está claro que hubo una batalla aquí —se adelantó Daichi antes de que Edo pudiera responder a la burla.
El piso estaba agrietado y lleno de lo que claramente eran marcas de garras de algunas criaturas.
—Sugiero que nos movamos antes de que los zombis regresen.
Dada la voz profunda y con cierto deje imperioso de Saio, ninguno de los chicos de Osiris volvió a hacer un comentario de burla. Asegurándose de que las ruedas de los carritos no quedaran atrapadas en los surcos del suelo, se dirigieron a las puertas.
Las cosas se volvieron un poco más complicadas una vez que llegaron al camino de grava que llevaba en dirección a la planta eléctrica de la isla. Trasladar los tres carritos fue difícil, y hubo un momento en que no quedó más remedio que llevar algo del equipo en las manos.
Por sugerencia de Saio, Edo y Daichi se quedaron en la central eléctrica preparando el equipo, mientras él y los otros tres estudiantes trasladaban el resto de los aparatos y cables que necesitaban.
Edo permaneció todo el tiempo alerta. Algo muy extraño estaba pasando allí, más allá de ser llevados a otra dimensión y de que los estudiantes de blanco se hubieran convertido en zombis. Era más bien la sensación de que algo o alguien los estaba manipulando. ¿Por qué los Zombis de Duelo no los atacaron de camino allí? Era casi como si alguien los hubiera movido de su camino a propósito, alguien que quería que abrieran la puerta y se comunicaran con la Tierra.
No tuvo tiempo de pensar más en eso. Daichi conectó los equipos, verificando varias veces que había seguido las instrucciones del doctor Zweinstein al pie de la letra. Todos los presentes contuvieron la respiración y Daichi los encendió.
Una especie de portal eléctrico se creó en medio de las torres de alta tensión. A través de él, Edo vio a una figura conocida: Hell Kaiser.
—Estamos listos —anunció la voz del presidente Samejima—. No es necesario que alguno gane este duelo, únicamente deben generar la energía suficiente para abrir un portal estable que permita enviar la carta que necesitan.
—Tal vez debamos buscar otra forma —comentó Saio. No confiaba en Hell Kaiser.
—No, es ahora o nunca. Somos la única oportunidad que tiene la Academia.
Saio miró a Edo un momento, luego, suspiró con cierto aire de decepción. Edo decidió ignorarlo. Todavía no estaba cien por ciento seguro sobre si confiar o no en Saio. Kaiser, por otra parte, nunca le había mentido.
—¡Duelo! —gritaron ambos duelistas a través del portal y su duelo inter-dimensional comenzó.
Camula abrió los ojos. Por un momento le costó acostumbrarse a la luz de las antorchas, a pesar de que, tras siglos siendo lo que era, estaba acostumbrada a ellas. Parpadeó un par de veces. La oscuridad que la rodeó por tanto tiempo dentro de la puerta ya no estaba, lo cual era una sensación surrealista. Se sentía casi tan aturdida como el día en que Haou la había despertado de ese sueño que pensó sería eterno.
Sintió a alguien golpearla, casi haciéndola caer, y unos brazos la envolvieron. Sus manos, por mero instinto, se dirigieron a la espalda de esa persona para hacer círculos tranquilizadores, mientras su mano derecha acariciaba sus cabellos. Por un momento se sintió trasladada al pasado, cuando era recibida de esa forma tras estar fuera de casa un largo tiempo en una misión para su Alteza.
—Judai —susurró—. Oh, mi pequeño.
—Mamá… —respondió su Príncipe con la voz lastimada y a la vez aliviada de un niño pequeño—. No vuelvas a irte así. Yo… pensé que te perdería para siempre.
—¡Oh, Judai! Lo siento tanto.
Cerró los ojos, aspirando el aroma de su hijo. Sin importar que la sangre no los uniera, Judai siempre sería su Cría. El niño en el que derramó todo el cariño que ya no podía darles a los hijos que los humanos le arrebataron tantos siglos atrás.
—Maravilloso —la voz de Daitokuji cortó su momento de unión.
Tanto Judai como Camula fulminaron con la mirada al hombre risueño por la interrupción.
—Lo siento, pero le recuerdo, mi Príncipe, que estamos en un momento crítico. El enemigo viene tras nosotros y todavía debemos llevar las cartas de Demonios Fantasma a su Majestad.
Judai se apartó de Camula a regañadientes.
—¿Qué es lo que sucede? —preguntó la vampiresa.
—En resumen: afuera reina la confusión debido a una invasión Zombi a la Academia de Duelos; los partidarios de la Luz deben estar atacando a Osiris ahora mismo; y su Majestad cuenta con que le llevemos su arma más poderosa para que pueda proceder a completar sus planes para esta Academia.
El profesor procedió a dirigirse al panel de las llaves espirituales.
—Les sugiero que salgan del camino. No es buena idea estar de pie entre ambas puertas. No queremos que queden atrapados, ¿verdad?
Camula se giró un poco, lo cual le permitió ver que la Puerta de la Ilusión todavía estaba allí, a sus espaldas, cerrada.
Se hicieron a un lado.
Daitokuji activó el panel con las llaves. Las pesadas puertas de piedra detrás de él se abrieron. Tres cartas brillaban en su interior y, rodeándolas, había tres poderosas auras que formaron tres siluetas: dos dragones, uno serpentino y otro más occidental, y una figura humanoide.
La cámara se llenó con una intensa sensación de furia y sed de sangre.
—¡Sé qué están enfadados! —dijo Daitokuji—. ¡Es por eso que tengo una ofrenda para calmar su hambre de almas!
La Puerta de la Ilusión se abrió de nuevo. Pronto una energía de color dorado comenzó a emerger de ella. Cruzó toda la antecámara hasta llegar a las cartas, las cuales se calmaron al instante, y las siluetas detrás de ellas desaparecieron.
—Es el momento —dijo Daitokuji mientras tomaba las tres cartas—. Debo llevar esto a su Majestad.
Daitokuji retiró las llaves espirituales, con lo cual la Cámara de los Demonios quedó sellada de nuevo. Luego, se dirigió hacia una de las gradas de la antesala. Activó un dispositivo y se abrió otra puerta oculta.
—Esta es la salida.
Los tres vampiros abandonaron la cámara cerrando la puerta tras de sí.
El doctor Zweinstein revisó las lecturas en su monitor. A su lado, Samejima y Pegasus mantenían la mirada puesta en el portal.
El duelo de Kaiser y Edo era de lo más espectacular que habían visto en mucho tiempo. No jugaban para ganar, sino para invocar la mayor cantidad de monstruos poderosos, a fin de que sus choques crearan los estallidos de energía de duelo que necesitaban para cargar la potencia de la máquina que les permitiría abrir la puerta.
Pegasus solamente podía imaginar porque Kaiba había estado investigando portales dimensionales. Por desgracia, no podían preguntarle. El hombre era cada vez más errático en sus acciones. Casi podía jurar que estaba perdiendo la cabeza.
«Tantos años de tensión, al final lo rompieron», pensó Pegasus con amargura, y sin evitar sentirse culpable en parte por el estado de Kaiba.
Había tenido años para arrepentirse de sus acciones, en especial luego de aprender la forma en que Gozaburo lo había criado. Tal vez, sin en lugar de intentar tomar su compañía hubiera ido con él para explicarle lo que pretendía. Incluso podría haberlo tentado con la posibilidad de ver a sus padres de nuevo.
No sólo eso, debió intentar ayudarlos a superar sus traumas, tanto a él como Mokuba. En ese entonces eran únicamente dos niños que tuvieron que ser fuertes ante un mundo de conspiraciones que buscaba arrebatarles todo, incluso la vida.
«Yo tampoco estaba muy cuerdo en esos días». Casi estaba cien por ciento seguro de que el Ojo influyó de alguna forma en sus pensamientos, inhibiendo su capacidad para distinguir el bien del mal. No es que eso lo eximiera de sus pecados. Por eso había dedicado el resto de su vida, y seguiría haciéndolo lo que le quedara de ella, a hacer felices a otros con su juego. Y por eso era que haría todo lo necesario por rescatar a la Academia de Duelos de la Otra Dimensión.
—Estamos listos —indicó una de las asistentes del doctor Zweinstein.
El doctor Fudo, un especialista en energía producida por el duelo quien trabajaba en Corporación Kaiba, se apresuró a teclear algo en el panel de control.
—Estamos listos para lanzar la cápsula —anunció el doctor Fudo—. A su señal, profesor Zweinstein.
A pesar de tener apenas veinticinco años, el joven doctor Fudo era muy capaz, al grado de que fue, junto con su joven esposa, el alumno más aventajado de Zweinstein mientras estudiaban su doctorado en Alemania.
—Muy bien, comencemos.
Pegasus contuvo la respiración mientras se iniciaba la cuenta regresiva. La cápsula fue disparada y atravesó el portal generado por las energías. Hubo un momento de tensión, y luego las máquinas indicaron que la misión había sido exitosa.
Mientras el duelo entre los jóvenes duelistas profesionales se detenía, las exclamaciones de júbilo recorrieron la sala de control, era casi como si acabaran de realizar el primer alunizaje tripulado. La celebración pronto se contagió en los otros barcos que rodeaban el lugar en donde debería estar la Isla Academia. Era muy extraño ver lo que quedaba del lugar en el cual estuvo la isla: solo un enorme hueco, a través del cual caía el agua del Océano Pacífico desafiando la lógica de su mundo.
Antes de que cualquiera se diera cuenta, el joven Ryo fue envuelto por uno de sus dragones, el cual se elevó en dirección al portal por el que lanzaron la cápsula.
Los gritos de las personas allí, llamándolo para que volviera, inundaron el lugar. Antes de que nadie pudiera hacer algo, todos los equipos comenzaron a marcar error. Luego, hubo una pequeña explosión y luego todo se apagó.
—¿Qué sucedió? —preguntó el doctor Zweinstein.
—Un virus —respondió uno de sus asistentes—. No pude contenerlo a tiempo.
¿Un virus? Como era posible. Toda esa tecnología y el software usado para hacerla funcionar era secreta. Nadie fuera de Corporación Kaiba, y ahora de Ilusiones Industriales, debía saber de ella.
—El virus fue cargado deliberadamente en la Nube de Cristal.
—¿Pudieron rastrear el origen? —preguntó el doctor Fudo.
—El atacante no tuvo tiempo de ocultar sus huellas. Pero, no tiene sentido.
Pegasus reconocía el miedo y la incertidumbre cuando las veía.
—¿De dónde vino? —se atrevió a preguntar.
—El Hospital de Ciudad Domino. Habitación 503 de la zona de cuidados especiales.
Pegasus sintió como si alguien lo hubiera golpeado en el estómago. No podía ser…
—¿Sabes quién pudo ser? —lo cuestionó Samejima.
—Esa es la habitación del joven Mokuba.
El pasaje de salida de la Cámara terminaba justo en la entrada del edificio principal de la Academia, en una trampilla oculta en una de las jardineras.
Judai no quería separarse de Camula, pero también quería saber cómo estaba Sho. Finalmente, Camula lo convenció de que estaba bien y de que él debía ocuparse de «su pequeño humano». Prometiendo verse lo antes posible, tomaron caminos separados: Judai hacia el dormitorio Osiris y el profesor Daitokuji y Camula a reunirse con Haou.
Encontraron al Rey Supremo todavía en el viejo laboratorio. Estaba sentado en una de las sillas de la sala de control, la más grande, usándola como trono. A través de las pantallas por las que Cobra había vigilado la isla durante los últimos meses, era capaz de ver todo lo que pasaba en la isla. No es que fuera necesario: sus propios héroes malvados se mantenían ocultos, vigilando para él a las piezas importantes de su plan.
Daitokuji se postró ante él ofreciendo las tres cartas.
Los ojos de Haou, por el contrario, estaban fijos en Camula.
—Es bueno ver que estás bien —dijo. Para cualquier otro, su voz habría sonado fría e indiferente. Yubel, sin embargo, lo conocía lo suficiente para saber que de hecho estaba feliz de verla.
—Gracias, su Alteza.
Haou se puso de pie y caminó hasta ella.
—Tu Cría está en camino. Hizo un pequeño desastre en los meses después de que te fuiste. Incluso se las arregló para que Judai se planteara seriamente el destruirlo.
Camula se tensó.
—Lo siento mucho, su Alteza…
—Al final, me ha sido de utilidad. Y ahora que estás de regreso, lo controlaras mejor.
—¡Por supuesto!
—Ve a buscarlo, antes de que encuentre a Asuka Tenjouin. Es una pieza valiosa en mis planes y no quiero que termine siendo su cena.
Camula se apresuró a cumplir la orden.
La atención de Haou se dirigió por completo a Daitokuji. Tomó las tres cartas y se las entregó a Yubel.
—Sabes qué hacer.
—Claro, mientras él cumpla su parte —dijo el espíritu mirando a Daitokuji.
Yubel depositó un beso simple en los labios de Haou y luego desapareció llevando las cartas con él.
—¿Tienes las anclas listas? —preguntó a Daitokuji, quien seguía postrado ante su trono improvisado.
—Por supuesto. Solamente resta activarlas y esta escuela nunca podrá ser movida de aquí otra vez… a menos que usted lo desee.
—Hazlo ahora.
Daitokuji esperó un momento.
—Puedo hacer una pregunta, su Alteza.
Haou enarcó una ceja.
—Rei y Fubuki los llevaron a la enfermería.
Daitokuji suspiró aliviado. Se despidió y fue a hacer su trabajo.
Haou se recargó en la silla mientras veía las pantallas que transmitían todo lo que ocurría en su Academia en tiempo real. Daitokuji, a pesar de todo, seguía siendo un buen profesor… cuando el miedo a la muerte no nublaba su juicio.
Vio a Johan Andersen salir del edificio principal muy agitado. Bajar hasta la cámara de los demonios por nada debió ser muy frustrante. Para él, en cambio, fue muy divertido verlo fallar y estar siempre un paso por detrás de su hijo.
—¿Qué debo hacer contigo? —preguntó al aire.
Se puso de pie y abandonó la habitación. Lo decidiría en cuanto lo tuviera enfrente.
Johan se sentía cada vez más y más frustrado. El duelo contra Mokeo no fue fácil, incluso cuando el chico usaba únicamente monstruos normales de niveles no mayore ataques que apenas si llegaban a los 800 puntos. Al menos podía admitir una cosa: fue divertido. Una vez que todo terminara, lo buscaría de nuevo para tener otro duelo con él, esta vez con más calma.
«Podremos hacer que se una nosotros cuando llegue el momento».
Hizo una mueca de fastidio y decidió ignorar ese comentario. Si bien esa Voz en su cabeza le fue útil para encontrar a Judai, seguía molestándole mucho la forma en la que se dirigía a las personas. Además, estaba interfiriendo entre él y su familia.
«Yo soy tu familia. La única familia que necesitas».
Eso se sintió mal en muchas formas y, a la vez, una parte extraña y retorcida dentro de él quería creer esas palabras.
Llegó al fondo de la Cámara. La encontró vacía. Ni Judai, ni el profesor Daitokuji ni las cartas. Solamente unas enormes puertas de piedra selladas y sin forma de ser abiertas.
A regañadientes, tuvo que volver sobre sus pasos.
Esquivó a los Zombis de Duelo sin encontrar rastros de Jun o de O'Brien en su camino hacia la salida. Tenía que descifrar a dónde había ido Judai.
«Osiris», susurró la voz.
Eso tenía mucho sentido. Si Judai de verdad convirtió dicho dormitorio en su base de operaciones, y a sus estudiantes en su ejército personal, entonces era el lugar más probable en dónde encontrarlo.
Al salir por las puertas principales del edificio, se sorprendió cuando un estruendo sacudió el lugar. Por instinto, alzó la mirada al cielo estrellado. Una suerte de agujero de gusano se había abierto allí. Vio que algo caía, y al instante siguiente, antes de que el agujero se cerrara, un enorme dragón metálico de tres cabezas atravesó el cielo, tomando con su cola lo que fuera que había caído antes.
Algo dentro de Johan se removió. Una sensación de añoranza y felicidad. La misma sensación que sintió cuando vio a las Bestias de Cristal por primera vez. Ignorando los deseos de la Voz, se dirigió hacia el dragón.
Edo llegó antes que él.
Junto con el dragón había otro duelista. Lo reconoció como Káiser. Ese hombre era una leyenda en el Norte: venció dos veces consecutivas a su escuela en el Inter Escolar. La segunda, en un duelo que sólo duró dos turnos y terminó con un OTK. Era alguien más a quien deseaba enfrentar una vez que se resolviera todo ese desastre.
—¡Edo! —llamó al chico de cabello plateado.
—¿Encontraste a Judai? —le preguntó este.
Johan negó con la cabeza, mientras que Kaiser los veía con un gesto de impaciencia y los brazos cruzados sobre el pecho.
—La carta es para él —indicó Ryo mientras comenzaba a alejarse.
—¡Espera! —lo llamó Edo e intentó ir detrás de él—. No puedes ir solo…
—Conozco esta Academia como si fuera mi propia casa. Además, debo encontrar a alguien.
Edo desistió de hacerlo volver.
—Es peligroso ir solo —le recordó Johan.
—Puede cuidarse. Además, va a buscar a su hermano menor. Yo también querría asegurarme de que estuviera bien si fuera mi hermano.
Edo le entregó la carta a Johan, la misma que Ryo sacó de la cápsula y le había dado un momento atrás.
Si no estuvieran en una situación delicada, Johan podría haber llorado. Por fin, en sus manos sostenía a la Bestia de Cristal Definitiva, el Dios de las Gemas: «Dragón Arco Iris».
Sintió a la Voz gruñir con disgusto. La ignoró. Había soñado con eso demasiado como para dejar que le amargara el momento. Antes de que pudiera ponerse a celebrar, los Zombis de Duelo comenzaron a llegar a dónde estaban.
Edo activó su disco de duelo.
—Los detendré. Ve a la central eléctrica. Esa carta es la clave para sacar a todos de aquí.
Johan ni siquiera intentó discutir. La expresión de Edo era la de alguien que estaba decidido a cumplir la misión que se autoimpuso. Además, eso sería perder tiempo importante en una situación crítica, algo que no se podían permitir hacer.
Siguió el camino de grava que Edo le indicó. La Voz estaba inusualmente callada. Hasta podría decir que se había ido.
«¿Rubí?». No recibió respuesta. «¿Topacio? ¿Ámbar? ¿Amatista? ¿Zafiro? ¿Cobalto? ¿Esmeralda?».
No le respondieron, aunque sintió levemente sus presencias. Eso le bastó de momento.
Ya tenía a la vista la central eléctrica, cuando alguien se interpuso en su camino.
—¿Judai? —preguntó extrañado.
Se veía más alto, no llevaba el uniforme de Osiris y sus ojos eran dos orbes de oro que brillaban intensamente en la oscuridad.
—Te he estado esperando, Andersen. Es momento de arreglar cuentas tú y yo.
—¿No eres Judai?
El otro no respondió, sólo activó un disco de duelo circular de color negro, el cual le pareció muy familiar a Johan.
Judai se detuvo en el momento justo que vio al «Ciber Ángel Benten» terminar con los puntos de vida de Sho. Apretó los puños y caminó hacia allí.
A su alrededor encontró a varios estudiantes de blanco y rojo derribados, además de algunos de Osiris que descansaban tras terminar un duelo muy pesado.
—¿Has visto la luz? —Asuka cuestionó a su oponente caído.
—No —respondió Sho, mientras apretaba el vial vacío que una vez contuvo la sangre de Judai—. Elegí seguir el camino de la Noche. No me harás cambiar de opinión.
Asuka pareció furiosa. Antes de que pudiera ordenar a su monstruo, el cual no se desvaneció, atacar al guerrero caído, Judai se interpuso entre ambos.
—¡Judai! —lo llamó Sho. Quiso ponerse de pie, pero fue imposible debido a lo agotador de un duelo tan largo (más de cuarenta turnos).
—Yo me ocuparé de ella —le indicó Judai.
—Adelante —respondió Asuka.
Judai miró sus ojos dilatados y el aura blanca que la rodeaba. No estaba seguro si todavía había algo de la verdadera Asuka allí, o tal vez a esas alturas no era más que era un cascarón al que la Luz usaba como un títere de su voluntad.
