Disclaimer: Yu-Gi-Oh! GX no es mío. De otra forma, la parte de Haou habría durado al menos el triple, y posiblemente habría acabado con un Sho vs Judai para salvar a su amigo.


Capítulo 30

Pegasus entró en la habitación del hospital. En circunstancias normales, habría evitado por todos los medios estar allí. El hedor a desinfectante y blanqueador lo hacía sentir enfermo. No físicamente, sino de un modo emocional. Demasiados malos recuerdos sobre su amada Cyndia languideciendo en una cama sin que los médicos pudieran hacer nada más allá de aliviar un poco su dolor. Sin embargo, la situación lo ameritaba.

Se sentó en la silla frente al joven Mokuba, quien a pesar de ya estar en sus veinte seguía aparentando tener unos dieciséis años de edad, le devolvió la mirada.

—Imagino que no pudieron contactarlos de nuevo.

Pegasus no permitió que la verdad se notara en su rostro. Necesitaba obtener respuestas. Confirmarle que no tenían contacto con la Academia de Duelos desde hacía una semana no ayudaría en eso. Entre menos información tuviera el «enemigo», mejor. Se sintió terrible de pensar en Mokuba de esa manera, pero, ¿qué más podía creer sobre él después de lo que había hecho?

—Quiero entender por qué hiciste todo esto. Por qué engañar a todos, a tu propio hermano.

—Esas eran mis órdenes.

—¿De quién?

Mokuba no respondió.

—¿Seto está bien? —preguntó tras un rato.

—Mokuba, si quieres que responda a tus preguntas, debes responder a las mías.

—No puedo responder a algo que no tiene una respuesta.

Pegasus se permitió un suspiro decepcionado.

—Encontramos la droga que usaste para mantener al chico Kaiba bajo control. Por supuesto, todos asumimos que su aparente deterioro mental fue a causa de la tensión, que tu «enfermedad» por fin lo había quebrado. De todas las personas, si alguien estaba lo suficientemente cerca de él como para hacer esto sin que hubiera sospechas, eras tú. Chico Kaiba, a pesar de su temperamento, sólo se permitiría bajar la guardia contigo.

Mokuba bajó la mirada como si fuera un niño regañado.

—Quiero entender por qué hiciste todo esto.

—Esas fueron mis órdenes.

—¿De quién?

—No sé —la voz de Mokuba fue un simple hilo—. No puedo recordar nada, únicamente los ojos amarillos que me ven desde la oscuridad.

Pegasus negó con la cabeza.

—Eventualmente lo sabremos.

Se puso de pie para abandonar la habitación.

—Chico Kaiba se está recuperando. Los médicos pensaron que el daño podría ser irreparable. Pero, si hay alguien tan terco como para salir de eso contra todos los pronósticos médicos, ese es él.

—Gracias —susurró Mokuba. —Dentro de sí, sabía que ese «Amo de los Ojos Amarillos» estaría muy furioso con él cuando se enterara eso. La única orden que desobedeció fue la última: darle a Seto una última dosis letal de la droga que le proporcionaron.

Bajo el control que ese Amo mantenía sobre él, habría hecho cualquier cosa, menos una: asesinar a Seto.

«En algún momento, vendrá a por mí. Él no perdona». Ya había aceptado que moriría cuando eso pasara.


Daichi retrocedió. Los tres estudiantes de Osiris ahora yacían inconscientes en el suelo. Su mente racional no podía entender mucho de cómo pasó. Saio simplemente chasqueó los dedos, hubo un resplandor y ellos cayeron al suelo.

—Es momento de regresar, joven Misawa —le dijo Saio con voz paternal—. Su verdadera familia lo espera.

Daichi no atinó que más hacer: activó su disco de duelo.

—No será necesario —dijo Saio—. La Gloriosa Luz ya lo ha tocado una vez. Será más fácil y menos doloroso si solamente acepta que su lugar está con nosotros.

—No… no caeré de nuevo en la hipnosis…

Saio se permitió negar con la cabeza en un gesto de pesar.

—Ah, temo que la Oscuridad haya contaminado su espíritu. Le aseguro, joven Misawa, jamás fue obligado a nada. Usted fue elegido por la Luz para una misión. Debe recordar eso y olvidar cualquier cosa que el Heraldo Corrupto de la Oscuridad le haya dicho.

Saio se detuvo de pronto, como si estuviera escuchando a alguien a quien Daichi no podía ver. Luego, sin decir nada, dio media vuelta y se dirigió hacia las puertas de la central eléctrica de la Isla Academia.

Daichi, con la respiración agitada, se dejó caer en el suelo riendo con nerviosismo. No recordaba haber tenido tanto miedo en su vida. El miedo era irracional, por tanto, jamás lo había comprendido. ¿Cómo se las arreglaba ese hombre para causarle el sentirse de esa forma sin siquiera sonar amenazante? Todo lo contrario, hablaba con una voz rica y profunda que te hacía desear creer cada una de sus palabras.

«Todo culto necesita un líder carismático», se recordó.

Había investigado al respecto desde que recuperó su conciencia en el ala médica. La Sociedad de la Luz era una suerte de culto o secta religiosa. Saio era el líder carismático que podía convencer a sus seguidores de hacer cualquier cosa: abandonar a sus familias y amigos, entregarse en cuerpo y alma a su grupo, incluso cometer suicidio.

¿Cómo fue que la escuela permitió que ellos entraran a la Academia en Primer lugar?


Saio sintió la furia de la Luz hirviendo con fuerza. Algo, la Oscuridad, había cortado su conexión con su Campeón antes de que pudiera terminar de hacerle entender cuál era su lugar y su propósito en ese mundo: purificar al Heraldo y asegurarse de que el ciclo se restaurara de la forma en que los Dioses lo querían.

El dragón…

Saio se maldijo por no darse cuenta antes. Hell Kaiser estuvo demasiado cerca del «Dragón Arco Iris». Tuvo tiempo más que suficiente para poner en marcha cualquier esquema a favor de la Oscuridad.

Traer de regreso a Daichi Misawa podía esperar. Ahora tenía que asegurarse de que el Campeón se deshiciera de esa carta corrupta cuanto antes.

No será fácil. Su vínculo es muy fuerte.

A pesar de eso, tenía que intentarlo. Había perdido demasiado debido a la Oscuridad. No, lo perdió todo: a su hermana y la confianza de Edo. Las únicas personas a las que amaba alejadas de él por las maquinaciones de la Oscuridad.

Se aseguraría de que el Campeón estuviera listo para derrotarla por fin. Tal vez entonces podría recuperar lo que le habían arrebatado.

No iba a fallar…


Asuka respiró con dificultad. Miró a su oponente y sintió la rabia fluyendo por sus venas.

Sus cartas habían sido bendecidas por la misma Luz. No debería de estar perdiendo tan fácil. Los Ciber Ángel deberían ser más fuertes que cualquier cosa que el Heraldo de la Oscuridad le enviara.

Por supuesto, el nivel era completamente dispar. El mazo de su enemigo era capaz de invocar monstruos de fusión simplemente jugando una Carta Mágica para intercambiarlos, incluso durante su turno. ¿Cómo se suponía que debía competir contra algo así?

—Es hora de terminar. «HÉROE Enmascarado Dark Law», ¡ataca directamente!

Asuka gruñó. Un monstruo de atributo Oscuridad. Era la última burla después de arrebatarle a su hermano durante años, de llevarse a Ryo y devolver a ese monstruo que fingía ser su amigo.

«¿Todavía está él en algún lugar dentro de Hell Kaiser?», se atrevió a preguntar mientras el golpe de energía la arrojaba hacia atrás.

No, se respondió. Desde el primer momento tras su regreso, cuando fue a abrazarlo, sintió el odio manando de Ryo.

«Si no me hubiera alejado, me habría roto el cuello allí mismo».

Asuka Tenjouin cerró los ojos, sumiéndose en el mismo sueño de culpa en el que estaba Midori Hibiki.

Judai miró a su enemiga caer. De nuevo lo mismo: la Luz se marchó dejándola a su suerte, al igual que a su hermana mayor. Se acercó a su adversario derrotado, mirándola con la furia apenas velada en sus ojos.

Debía acabar con ella ahora…

—¡Judai! —la voz de Sho hizo que se detuviera.

Se giró y vio a su amado mirarlo con lágrimas en los ojos.

—Se acabó, ¿verdad? Asuka es libre del control de la Luz, igual que Daichi.

Judai apretó los puños.

—Sho, ella…

—Mató a mi madre —la voz furiosa de Hell Kaiser llenó el lugar.

Antes de que cualquiera pudiera decir o hacer nada, el vampiro más joven sostenía a Asuka en sus brazos al estilo nupcial. Por supuesto, no había nada de cariño en su postura. Miraba a Asuka con un odio apenas contenido.

—¡Hermano! —lo llamó Sho.

Hell Kaiser lo miró. Sus ojos tenían un odio que jamás pensó ver en ellos, a pesar de eso, Sho no retrocedió. Judai se puso de pie entre ambos. Hell Kaiser apartó la mirada de ellos, volviendo a centrarse en Asuka, abrió la boca y sus colmillos descendieron hacia su cuello. Sho cerró los ojos.

—Shh, está bien… —Una voz tranquila y maternal llegó a los oídos de Ryo. Sintió unos brazos que pensó que jamás volvería a sentir envolviéndolo por la espalda. Alguien depositó un beso suave en su nuca—. Has sufrido mucho, mi precioso muñequito. Pero ella no tiene la culpa. En la guerra pasan estas cosas: era ella o yo.

Ryo dejó caer Asuka.

—¿Eres real? —se atrevió a preguntar como si fuera un niño pequeño despertando de una pesadilla en brazos de su madre.

—Estoy aquí. Debemos agradecer a su Alteza y a Judai por traerme de vuelta.

Ryo se giró. Miró a Camula, todavía con la conmoción en su rostro. Luego, se fundió a ella en un abrazo. Su madre estaba de regreso. A pesar de toda su actitud de tipo duro y desalmado, la Bestia dentro de él todavía era un niño. Un niño que solamente añoraba estar en brazos de su madre.

Hell Kaiser dejó que el odio y la furia que lo habían consumido por un largo tiempo, desde que creyera sentir morir a su madre, se disiparan finalmente.

Sho apartó la mirada de él. Era chocante para él ver a Ryo comportarse así con una persona que realmente no era mamá. ¿Tan poderosa era la Sangre que podía romper un vínculo tan preciado como ese y redirigirlo hacía otra persona?

Judai lo abrazó. Notó que su amado estaba muy agotado luego de ese duelo tan largo y en ese mundo.

—Deberías descansar —susurró a su oído mientras lo atraía hacia sí en un abrazo.

—Debemos llevar a todos a la enfermería. —Judai lo dudó un momento—. Por favor.

El vampiro suspiró y asintió a sus palabras.

Dirigiéndose a los estudiantes de Osiris que quedaban de pie, incluyendo a Hayato, les pidió que lo ayudaran a trasladar a todos. Ni siquiera pensó en los Zombis de Duelo. De alguna forma, sentía que eso también había terminado. La prueba estaba en los estudiantes de Blanco a su alrededor, los cuales seguían derribados sin dar señales de que fueran a levantarse una vez más.

«Cumplieron su propósito», pensó.

—Lleven a la señorita Tenjouin también —les pidió Camula.

Judai se tensó ante esas palabras.

—Escuchaste lo que dije, Judai: así es la guerra. Además, su Alteza quiere que viva.

—Bien —aceptó a regañadientes.


El viaje a la enfermería fue un poco complicado. Tuvieron que improvisar camillas usando las sábanas del dormitorio y otros materiales.

Como Judai pensó, no encontraron más Zombis de Duelo en su camino, sólo un montón de estudiantes caídos. Los profesores, a pesar de su claro cansancio, hacían lo que podían para llevarlos al gimnasio. Eran demasiados estudiantes para la enfermería, por lo que se reservó esta para quienes tenían heridas claras y no únicamente estaban inconscientes debido al agotamiento de su energía.

El gimnasio estaba lleno de colchonetas, las que normalmente se usaban para atletismo, además de las mantas y sábanas de todos los dormitorios para crear lechos improvisados. El mismo director Chronos estaba supervisando los trabajos allí. El subdirector napoleón no estaba presente.

—Está en la enfermería —le aclaró Rei, quien estaba junto a un inconsciente Kenzan—. Martin resultó gravemente herido y no quiere apartarse de su lado.

Judai asintió. No es que le importara lo que hicieran. Al final, serían sólo un número más en el ejército que su padre planeaba formar usando esa Academia y a sus habitantes.

—Jim también está allí —dijo Rei.

Judai dejó que Sho descansara, luego se unió al resto de los estudiantes de Osiris y los profesores para «ayudar». Hasta que no recibiera más órdenes de su padre, lo mejor era mantener su tapadera de ser un simple estudiante.


Cobra abrió los ojos. Sintió el dolor en su cuello y la sed abrumadora.

—Con cuidado, profesor —le indicó la voz de una mujer joven.

Se incorporó y miró a quien le había hablado. Era muy joven, tal vez en sus dieciséis años, de larga cabellera negra vistiendo un traje de sacerdotisa japonesa. A su lado había un niño.

Cobra reconocería esos mechones rubios y esos ojos llenos de curiosidad y fascinación en cualquier lugar. Abrazó al niño, ignorando el poderoso instinto que le urgía a alimentarse, a pesar de sentir el aroma de la sangre en su nariz.

—Rick —dijo.

Haou había cumplido su parte. Incluso tras lo que hizo después, no podía dejar de estar agradecido con él. Su Maestro de verdad le había devuelto a su hijo.

—Papá —susurró el niño. Cobra sintió que nunca podría tener suficiente de eso.

—¡Rick, mi niño! —dijo con voz afectada.

—Papá, todavía hay trabajo que hacer.

Se apartó un poco y miró al niño. ¿Realmente era su Rick? Se dio cuenta de que el aroma de la sangre venía de la mujer. La sangre de Rick no olía a nada.

—Rick, ¿eres tú?

—Es un Ghoul de su majestad —reconoció la mujer—. Sin embargo, todavía es su hijo. Si su majestad lo desea, puede trasferir su control hacia usted. Entonces podrá hacer lo que quiera con él: dejar que envejezca como un niño ordinario, o Engendrarlo.

La mujer sonrió al niño y este le devolvió la sonrisa.

—Por ahora, su majestad desea que haga algo más.

Cobra escuchó las palabras de la mujer con mucha atención.


La euforia de Johan por finalmente invocar a su monstruo As en un duelo se esfumó en un instante. Justo en el momento que la carta encajó en la ranura del disco de duelo, emitió un pulso de pura Oscuridad que le erizó los vellos y le dejó la piel de gallina. Las Bestias de Cristal, su familia, emitieron siseos y gruñidos de dolor cuando fueron absorbidas por el arcoíris de donde debía salir el Dios de las Gemas.

Los rayos de colores se oscurecieron, convirtiéndose en una versión retorcida del arcoíris, y un rugido aterrador, mezcla de furia y dolor, llenó el campo de batalla, helando la sangre de quienes lo escucharon. Salvo por Haou, el hombre que pensó que era Judai, quien miró emerger a esa versión corrompida por la Oscuridad de lo que debía ser el «Dragón Arco Iris» con una senda sonrisa de triunfo.

—¿Qué hiciste? —le espetó Johan en un alarido, mitad furia, mitad angustia.

Haou no respondió, todavía con los ojos fijos en esa… monstruosidad.

Johan cerró los ojos. ¿Cómo había sido tan estúpido? Hell Kaiser llegó antes que él y Edo a la cápsula que resguardaba la carta recién creada, y fue él quien se la había entregado poco tiempo después. No se molestó en comprobar su carta en busca de cualquier alteración incluso cuando el hombre era un completo desconocido. Confió en que su vínculo con el «Dragón Arco Iris» era indestructible y ahora pagaría las consecuencias de eso.

Una vez más, Haou demostró estar un paso por delante de todos. Johan ni siquiera sabía de dónde venían esos pensamientos, sólo que esa no era la primera vez que se enfrentaba a él, sin importar que nunca antes lo hubiera conocido en esta vida.

Sacudió la cabeza para despejarla de esos pensamientos confusos y miró al dragón. Todavía podía sentir los lazos que los unían. Nada de lo que le hubiera hecho Hell Kaiser podría haber roto eso.

—Aún es mi monstruo, mi familia —dijo con determinación. «Dragón Arco Iris» podía estar corrompido, pero todavía estaba bajo su control, además, era el monstruo más poderoso en el campo. No importaba que hubiera hecho este Haou, confiaba en que su majestuoso dragón todavía estaba dentro de toda esa oscuridad y podría escuchar su voz—. ¡«Dragón Arco Iris… Oscuro»! —Su voz casi se quebró en la última palabra—. ¡Ataca…!

El dragón rugió, preparando un rayo de energía corrupta para fulminar al monstruo del Rey Supremo. Luego, cerró las fauces y se quedó quieto.

Johan suspiró de forma exasperada al ver la Carta de Trampa de Haou activada: «Negar Ataque». Sin más remedio, terminó su turno.

La sonrisa triunfal de Haou no se borró mientras robaba su carta para comenzar su turno. Luego, sin mucha ceremonia, activó una Carta Mágica: «Rebelión».

Johan no pudo hacer nada, sino cerrar los ojos, antes de que el rayo de su dragón corrompido lo golpeó de lleno, reduciendo a cero sus puntos de vida. Fue arrojado hacia atrás con tanta fuerza que al golpear el tronco de un árbol a sus espaldas sintió como si su espalda se partiera.

—De pie, Johan Andersen —le ordenó Haou, mientras avanzaba hacia él deslizándose en el suelo como si fuera un fantasma.

Johan se incorporó trabajosamente. Le dolía todo el cuerpo y su ropa se había convertido en harapos debido a ese último impacto. El ataque de su propia familia, a quienes todavía podía escuchar siseando de dolor mientras eran consumidas por la oscuridad y transformadas en otra cosa. Aun así se las arregló para dirigir una mirada desafiante al hombre que se presentó ante él como el Rey Supremo, Haou.

—¿Qué pasa ahora? ¿Vas a matarme? —preguntó con voz que pretendía ser firme, aunque sin poder ocultar ni un poco de la amargura y del miedo que sentía en el fondo.

Haou no respondió. Tomó a Johan por el cuello de la harapienta camisa y lo alzó. Por un momento, los ojos de ambos se encontraron a escasos centímetros. Johan reunió todas las fuerzas que le quedaban para desafiarlo una última vez con su mirada, incluso cuando sabía que no le quedaban más esperanzas.

Luego, su corazón dio un vuelco de miedo cuando la mano derecha de Haou lo sujetó por el cabello. Por un momento pensó que iba a romperle el cuello. Ese pensamiento se esfumó en el instante en que Haou hizo su cabeza hacia un lado para tener acceso a sus venas. Johan apenas tuvo tiempo de sentirse aterrado, antes de que los colmillos perforaran su piel y la sensación de que su misma alma era arrancada de su cuerpo con cada sorbo lo envolviera. Su mente no tuvo tiempo de formular otro pensamiento antes de que la agonía estallara como hierro fundido en sus venas.

Johan Andersen gritó con todas las fuerzas que le quedaban después de ese duelo tan aterrador, desgarrando su garganta, mientras el abismo de las fauces del Rey de los Vampiros pareció engullir por completo su alma.