PRÓLOGO
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"No todo el mundo tiene la suerte de ser consciente del momento, del día, en que su sueño empieza a cumplirse.
Toda mi vida había sido un ensayo, una preparación exhaustiva y ese lunes de Noviembre, por fin, tras largos años de estudio y dura competición lo había logrado.
Estaba justo donde quería estar. El blanco que imperaba en el hospital me resultó acogedor, el olor a desinfectante, puro. Ni los gritos lejanos de un paciente en plena crisis nerviosa pudieron enturbiar mi ánimo.
Poco podía imaginar que con el paso de los años aunque seguiría recordando con inmenso cariño mis inicios como médico residente, no sería por conocer a mi ídolo, el Doctor Manuel Freire, si no a ella: la paciente nº 49.
Ella, dejaría al Doctor Freire, él cual llenaba en ese instante mis pensamientos en una minucia, un destello sin importancia, pero ¿cómo iba yo a saber eso?
Sería la incógnita, el misterio, algo sobrenatural que recordaría una y otra vez con el paso de los años, la historia que he contado a mis amigos, hijos y ahora a vosotros. La chispa de magia que tuve la suerte de vivir en una vida por lo demás terriblemente mundana.
No muchos niños tienen a un reputado psiquiatra por ejemplo a seguir, supongo que tampoco son demasiados los que crecen con un trastorno bipolar en casa.
El Doctor Freire se especializo durante más de quince años en tratamientos innovadores para la bipolaridad publicando varios artículos al año, conferencias y entrevistas que yo, con apenas 12 años ya leía con avidez, buscando en aquellos términos incomprensibles, en aquella compleja jerga psiquiátrica una cura milagrosa para mi madre.
El riesgo de tener en un pedestal a un desconocido durante casi toda tu vida es que si alguna vez llegas a tratar con él, suele no estar a la altura de tus expectativas.
El afamado Doctor en Psiquiatría Manuel Freire resultó ser más bajito de lo que pensaba, de hombros estrechos y barriga prominente. Usaba una foto en las revistas científicas de hace al menos una década y la calvicie hacía tiempo que había dejado de ser incipiente. Pero tras esa cascara de hombre de cincuenta y pocos mal llevados, brillaban tras unas gafas de pasta negras, unos ojillos inquietos e inteligentes.
-¿José Jiménez? – preguntó inspeccionando sobre las lentes al cúmulo de estudiantes que nos arremolinábamos en la sala, esperando como párvulos que ser recogidos por nuestros respectivos tutores.
- Yo – exclamé con voz aguda alzando la mano y lamentándome en el acto "Demasiado entusiasmo "me dije. El Doctor alzó una ceja y carraspeo levemente, sentí el ardor del rubor acumulándose en mis mejillas, pero ni la vergüenza pudo borrar mi sonrisa que luchaba por contener en aras de la profesionalidad.
Navegamos por los pasillos hasta el ascensor, 5º planta "PSIQUIATRIA".
Recuerdo cada instante de ese camino, la suela de goma rechinando contra el suelo pulido, mis manos sudorosas, los nervios en el estomago, la libreta apretada bajo el brazo y la voz profunda y carismática del Doctor Freire relatándome la historia que he repetido una y otra vez a lo largo de mi vida.
En la Sala de Descanso con el expediente abierto sobre la mesa y dos café humeantes me embeleso con su relato.
"Empezaremos por la estrella de la planta, Lena Zanuy, la paciente nº49, 27 años, natural de Madrid, sin antecedentes familiares de enfermedad mental, ni crisis anteriores.
No es un caso de bipolaridad, ya sabrás que es mi especialidad, pero es tan peculiar y su diagnostico está siendo tan problemático que me la asignaron inicialmente y me la he quedado.
La Srta. Zanuy fue enfermera de este hospital durante 7 años y enfermera jefe de la planta de Psiquiatría su último año.
Guapa, inteligente y ambiciosa, una joven con los pies en la tierra, gran ingenio aunque poca imaginación. Daba clases de medicina en la escuela nocturna y fantaseaba con ascensos y gloria.
Trabajamos codo con codo en su año de enfermera jefe y un buen día empezó a tener un comportamiento errático, trato de esconderlo, pero a los 10 días fue ingresada y declarada mentalmente insana y lleva aquí desde entonces.
Presenta un cuadro agudo de paranoia y alucinaciones. No distingue fantasia y realidad, sus delirios son repetitivos y muy detallados. ¿Estás listo muchacho? "
Preguntó cerrando la carpeta con un golpe seco e incorporándose. Me apresure a seguirlo con la ilusión de un colegial.
La puerta era de madera maciza pintada de blanco, cascarillada en los bordes rezaba " Nº49".
No sabía que esperar, una desequilibrada que nos arrojase sus propias heces, una mujer violenta, agresiva, que se autolesionase o babeara sobre su pecho por la medicación.
La habitación era pequeña y las paredes blancas hacía años que necesitaban otra mano de pintura. Los barrotes en los amplios ventanales y el inodoro atornillado al suelo me recordó a una celda de prisión. ¿No son los dementes prisioneros de su propia mente?
Sentada en la cama, con la espalda contra la pared y las manos manchadas por el carboncillo con el que estaba dibujando, la vi e inmediatamente me gustó.
Era pequeña y delicada, demasiado delgada, el uniforme de paciente le estaba grande. Le habían rapado hacia poco la cabeza y la visión del cráneo sobre esas facciones de duendecillo me ablandó.
No levantó la cabeza a nuestra llegada, siguió pintando con los dedos negros de carbón como si nada, ni siquiera cuando el Doctor la saludó y me presentó, ni siquiera cuando yo mismo la salude cordialmente y le pregunté por su estado.
- Las enfermeras me han comentado que sigues resistiéndote a tomar tu nueva medicación, esta actitud obstinada no está favoreciendo tu recuperación Lena – El tono paternalista del Doctor la hizo levantar la cabeza como un resorte, las ojeras eran profundas, los ojos grandes y oscuros. La voz ronca.
- Las alucinaciones están disminuyendo y la medicación es excesiva y tiene como único fin dejarme en un estado casi vegetal. Sigo esperando que se resuelva mi solicitud de cambiar de psiquiatra. – sus ojos se desviaron a mi persona – Manuel tiene el ego de un dios, pero la psiquiatría es muy amplia y su espectro está muy limitado, un profesional especializado en psicosis transitoria no agresiva sería mucho más adecuado, pero se resiste a admitirlo. Prefiere medicarme hasta que no pueda mear por mi misma y raparme la cabeza para cubrir su enorme falta de profesionalidad. –
- Lena… tienes que dejar atrás ese discurso defensivo y paranoide. – La riño el doctor pomposo, la paciente frunció los labios con despreció y volvió a fijar su atención en los dibujos ignorándonos.
Más tarde en el mes que trate a Lena fui intuyendo el problema, Manuel Freire, mi ídolo, había cometido tantas irregularidades con ella que le atemorizaba que otro médico revisara e caso y lo denunciara por negligencia y abuso de poder. Hubiese sido un final más que justo para el genio del bipolarismo, pero ese día jamás llegó. A veces las malas personas no reciben lo que merecen.
El doctor Freire no podía traspasar el expediente de Lena a otro médico pero si podía delegar tratar con ella a un residente. Un chaval que jamás arriesgaría truncar su carrera en la planta de ese hospital, que lo adoraba y que en definitiva tenía tanta pinta de pardillo que nadie imaginaría que lograse tener el valor para denunciarlo.
El residente era yo y jamás lo denuncie ante ningún tribunal médico. Pero si logré acumular el suficiente coraje para saltarme alguna que otra norma.
Lena y yo nos llevamos bien en el mismo momento que el Doctor salió de la sala.
- Los primeros días solo los veía en sueños – me confesó unos días más tarde, en nuestra primera sesión individual – Pesadillas horriblemente reales sobre una batalla medieval, todos se mueven muy rápido entre un enorme caos sangriento y un hedor insoportable, pero de repente un guerrero aparece frente a mí, es herido y muere en agonía.
- ¿Siempre el mismo hombre? ¿Siempre muere del mismo modo? –
- No, suele ser por una lanza en el pecho, pero cambia eventualmente, a veces lo atraviesan con una espada, o lo arrolla una especie de hiena gigante por un acantilado. Y de vez en cuando es otro hombre en otro escenario distinto, parecen vikingos o templarios en la edad media como sacados de una película o una serie de televisión. Contra los que luchan no son hombres, sino monstruos.
Estaba completamente insana pero al margen de alucinar con visiones de pesadilla era totalmente cabal, incluso racionalizaba su locura.
Me mostró sus dibujos, tenia cientos del hombre misterioso, su alucinación principal, desde distintos ángulos. Se había esforzado tanto en plasmarlo que se podía ver a través de ellos la mejoría de su trazo artístico.
Los últimos bocetos eran increíblemente realistas, mostraban un hombre atractivo con cabellos largos y ojos claros y determinados.
Los dibujos del segundo hombres eran pocos y menos detallados y entre ellos encontró varios de un anciano de blancos ropajes y largas barbas.
- ¿Y este? –
- Solo lo he visto unas pocas veces, es el Mago, es el único que habla y no muere –
- ¿Qué te dice? –
- Que debo salvar a los guerreros y que para ello debo salir de aquí. –
Era mi primera paciente, mi primer caso y lo estudie hasta la obsesión. Escuche las grabaciones de cada entrevista hasta memorizarlas, vi los videos una y otra vez. Buscando algo, en cada gesto que hacía, cada respuesta, no halle nada.
Estaba claro que la medicación no la estaba ayudando, le habían recetado prácticamente cada medicamento para la salud mental que estaba en el mercado: anti psicóticos, anti ansiolíticos, antidepresivos, litio. Ninguna mejoría, nada acallaba las voces o las visiones.
Durante días le hable de ella a todos mis conocidos quejándome de la falta de profesionalidad hacia ella del Doctor Freire, de lo extraño de su caso, de la ineficacia de los medicamentos. Hasta que mis amigos se empezaron a preocupar y deje de nombrarla.
Con la experiencia que te dan los años, supe que me manipuló, ella sabía que me había encaprichado de ella, que hacía la vista gorda cuando empezó a escupir la medicación al wáter, pero odiaba verla sobre medicada, apoyada en la pared con la mirada perdida.
Duplique las sesiones de terapia, le hice contarme sus visiones una y otra vez.
- Sé que no son reales – explicaba pasándose la mano la cabeza – Pero cada vez son más recurrentes, me despierto en el fragor de la batalla, los veo despierta y no sé por qué. Ni siquiera me he visto apenas películas medievales, siempre me han parecido aburridas. – Calla un segundo cabizbaja – Estaba acabando Medicina en la escuela nocturna, a punto de cumplir mi sueño, iba a irme a vivir con Lucas… no entiendo porque me ha pasado esto. – se lamentó con un voz quebrada.
Me rompía el corazón. A veces se rompía cuando la asaltaban las visiones y les gritaba hasta desgañitarse, aunque para el resto del mundo gritaba a una pared vacía.
- No puedo irme si no me dejáis en paz. Nunca me dejaran salir si no desaparecéis. Dejadme tranquila, por favor, vete de mi cabeza – y se echaba a llorar, gruesos lagrimones que secaba con la manga del pijama del hospital.
Tres días antes del suceso, antes de encender la grabadora, le pregunté lo que me había rondado desde que leí los informes.
- ¿Por qué el Doctor Freire ha sido tan irregular contigo? – Se rió amarga.
- Es de esos hombres exitosos, se cree que a todas las enfermeras se nos mojan las bragas al leer sus publicaciones – se burló – se me insinuó y lo rechace dos veces, con demasiada dureza viéndolo en perspectiva. El día que me ingresaron tuvo que ser como si le tocase la lotería. ¿Nunca hubieron piojos sabes? – se señaló la cabeza donde el pelo había crecido, algo más de un centímetro y ya no se le veía el cuero cabelludo – Esto fue una venganza en toda regla. –
El día que la trasladaban de Ingresos temporales a los de larga duración escapó. La escoltaba el Doctor Freire a quien encontraron inconsciente en el cuartito de la limpieza, le había inyectado un potente calmante y robado su bata de doctor. Nadie se explicó jamás porque había robado un montón de material médico: bisturís, vendas, antibióticos de amplio espectro, agujas e hilo entre otros.
Me la cruce en la entrada del hospital, sobre el pijama llevaba la bata de Freire, al hombro la mochila con sus cosas y una enorme bolsa entre las manos. Se congeló al verme, me observó con súplica en los ojos.
Han pasado cuarenta años y la recuerdo vivamente: pequeña y escuálida, parecía una adolescente, pálida por el año de encierro, ojerosa, como una muñeca rota. No tuve corazón para frenarla.
Se abalanzó sobre mí en un abrazo casi letal, brazos delgados me rodearon apretando con fuerza, se lo devolví aturdido, olía a desinfectante de hospital.
- Tengo que saberlo, no lo soporto más. – Me susurró al oído– Necesito ver por mi misma que es una locura y volveré. Vas a ser un gran medico José – se despidió alejándose de mí.
Correteó hasta la zona de ambulancias en guardia, subiéndose en una y arrancándola, fue entonces cuando los guardias de seguridad se asomaron sorprendidos antes de ladrar órdenes por el transmisor y correr hacia ella.
La ambulancia echó marcha atrás e inició su huida acelerando con fuerza directa hacia la barrera de seguridad.
Los curiosos exclamaron asustados al verlo, todos estábamos seguros que iba a atravesar la barrera, pero se esfumó, desapareció de una forma loca e inexplicable. "
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- Bien – exclamó María su nieta más pequeña, con sólo cinco años. Daba pequeños saltitos sobre sus rodillas emocionada por la historia, antes de preguntar - ¿Y adonde fue? –
- Nadie lo sabe, despareció para siempre – respondió su primo Juan de 10 años, antes de tirarle a su abuelo de la manga – enséñale los dibujos.
Con reverencia, el anciano sacó una carpeta verde donde había atesorado los últimos bocetos, estaban a color gracias a que él mismo le regaló unos lápices de colores tantos años atrás.
- Tened cuidado, tienen más de cuarenta años – les indico, sacándolos como si fuesen de cristal.
Sus nietos se asomaron a la mesa boquiabiertos, el detalle era asombroso.
El primero era de un hombre tendido sobre una cama con una herida en el vientre que sangraba a través del vendaje, era él más joven: largos cabellos dorados, rostro armonioso y lampiño, una armadura ricamente decorada sobre cota de malla descansaba a sus pies.
- ¿Está muerto abuelo? – preguntó María con ojos tristes señalándolo.
- Seguro que solo está herido, tal vez, para eso necesitaba Lena las vendas y lo demás – le respondió José. – lo llamaba "el joven".
El segundo era un primer plano, un hombre, más adulto que el primero, con barba desaliñada, cabello oscuro sobre los hombros, ojos grisáceos, atractivo, con un hoyuelo en el mentón. Capa verde oliva sobre los hombres y rodeando su cuello brillaba en gris plata un intrincado colgante .
- Él es a quien siempre veía, el que la perseguía día y noche – susurró. Sus nietos se acercaron más al dibujo solemne. – Lo llamaba el guerrero.
El tercero era de un anciano, nariz ganchuda, ojos muy azules, cabellos y barba extremadamente largos y totalmente canos. Vestía una túnica blanca y una especie de vara también blanca.
Era el único dibujo que tenía palabras escritas en una esquina.
- Salir. Buscar al mago, salvar al joven, proteger al guerrero. – Leyó lentamente José, saboreando las palabras. Antes de repetir lo único que se repetía más de una vez, escrito de varias maneras como si no supiese cual era la correcta – Rojan, Roigan, Rohan. –
María acercó la mano y pasó el dedo con delicadeza por las palabras, de todas ellas Lena había subrayado hasta en tres ocasiones "proteger al guerrero".
- Que significa abuelo – preguntaron sus nietos, mientras José devolvía los bocetos a la carpeta verde.
- Quién sabe. Pero siempre me alegre que escapase, fuese donde fuese. En aquel entonces era un novato que no estaba seguro de nada, pero cuarenta años trabajando en Psiquiatría me han dado la experiencia para hacer un diagnostico certero: La paciente nº49 estaba completamente cuerda.
