CAPÍTULO XVI


Los exámenes se hallaban a la distancia suficiente para motivarte a estudiar con amigos, pero no para hacer que te desvelaras con desesperación al borde del llanto. Razón suficiente para que Yūji y Nobara decidieran reunirse los fines de semana en casa de Fushiguro sin su consentimiento. Las sesiones constaban en cinco minutos de repaso por cada treinta de chistes y procrastinación.

Un día de tantos, Yūji, quien solía brindar su apoyo y discreción incondicional a sus casi hermanos, se vio en la necesidad de romper su pacto personal. Tenía una deuda que saldar. Le debía un favor a su gemelo y como pago debía averiguar si éste tenía alguna oportunidad con Fushiguro. En realidad, a Sukuna no le importaba que su interés amoroso fuera heterosexual, tan sólo necesitaba asegurar si lo era o no para saber por dónde atacar.

—¿Saben algo? —dijo Yūji, con el tema perfecto para descubrir una cosa o dos—. Tōdō suele decir que se sabe mucho de una persona por el tipo de persona que le gusta.

—Suena como una completa ridiculez —habló Nobara, cruzándose de brazos—, aunque podemos probar.

—¿Verdad? —Dirigió la mirada hacia su compañero—. Fushiguro, ¿cuál es tu tipo?

—¿No se supone que estamos estudiando?

—Vamos, vamos, no seas aguafiestas —insistió Nobara, retirándole el bolígrafo de la mano con delicadeza para colocarlo a un lado del cuaderno.

Fushiguro suspiró antes de responder.

—Supongo que… —hizo una breve pausa, pues nunca antes se había detenido a pensar algo así y tampoco es que tuviera un gusto marcado por alguna figura pública—. Una persona con una voluntad inquebrantable.

«¿Persona? —pensó Yūji—. Significa que puede ser hombre o mujer, ¿verdad? Sukuna tiene una voluntad muy, muy, muy inquebrantable. Si Sukuna cuenta como persona, ¿saldrías con él?»

Fushiguro no era ciego como para pasar por alto la mirada insistente que recibía por parte de Yūji.

—¿A qué se debe esa cara?

—¡A-Ah! Nada, nada. —Negó con la cabeza—. Es sólo que no esperaba una respuesta tan…

—Ambigua —completó Nobara.

—¡Eso!

—Por cierto, Itadori, tú tienes estándares muy altos para lo poco que puedes ofrecer.

—¿Eh?

—Yo creo que está bien —dijo Fushiguro—. Él pide apariencia y su cuerpo es lo único que puede ofrecer a cambio de eso. Creo que es equivalente.

—El tener desarrollados todos los músculos de su cuerpo a excepción del cerebro no justifica que sea tan exigente —replicó Nobara—. Mejor le cambiamos la pregunta.

Yūji pasó la mirada de un interlocutor al otro, intentando no ofenderse de que lo creyeran tan superficial.

—Itadori, si tuvieras que elegir a alguien de la clase, ¿quién sería?

Gojō, quien se encontraba en la cocina preparando unos platitos con fruta para los muchachos, dejó de lado la labor doméstica y se acercó al marco de la puerta, sin dejarse ver, para escuchar mejor.

—Hmm. —Yúji se llevó una mano a la barbilla e hizo un repaso rápido de todas sus compañeras—. Diría que Ozawa.

—Pero si es algo bajita y está gorda —comentó Fushiguro, no por criticar ni mucho menos, tan sólo que de eso a una mujer alta y de gran trasero, había una diferencia muy marcada.

—¿Ah? Sí… Pero, aún así, su forma de comer y su escritura, entre otras cosas, son muy elegantes. ¡¿Saben lo difícil que es comer pescado con palillos?! Se ve súper genial cuando lo hace.

Si algo sacaba de balance a Fushiguro era que Itadori fuera tan detallista para ese tipo de cosas y tan denso para otras.

—¿Qué hay de ti, Kugisaki?

Ella entrelazó las manos, cerró los ojos y respondió con una enorme sonrisa enamorada. A ninguno le fue difícil suponer que algún príncipe irreal hacía acto de presencia en su imaginación.

—Un hombre apuesto, elegante, alto, culto, educado, magnífico, de buen cuerpo y muy inteligente.

Mientras ella soltaba la descripción de Adonis, Gojō se acercó a dejar cerca de cada uno de ellos lo que les había preparado.

—Y que también tenga mucho dinero para complacerme.

Fushiguro, acostumbrado a las atenciones de su autoproclamado padre adoptivo, efectuó un movimiento de cabeza. Yūji le agradeció como era debido y al toparse con la suave sonrisa de su profesor, aunado a la descripción de Kugisaki aún fresca, sus neuronas hicieron una conexión inusual.

—Como era de esperarse. —Fushiguro fue el primero en tomar la palabra—. Te gusta un hombre inexistente de novela.

—¡Gojō-sensei!

Al escuchar aquello, todas las miradas se posaron sobre Yūji.

—Estás describiendo a Gojō-sensei.

Por seguirle el juego, Gojō se colocó una mano sobre la mejilla y respondió con una voz melosa.

—Ay, Nobara, picarona. Sé que soy una fantasía andante, pero eres muy joven para…

—No me gustan tan viejos ni raros —interrumpió, con una cara de asco que no se molestó en disimular.

«Viejos raros» repitió Fushiguro, sin ocultar la media sonrisa burlona en su rostro.

Gojō se congeló en su posición. Tosió con dificultad y se sostuvo el pecho, como si le hubiesen clavado una daga en el corazón. Cayó de rodillas al suelo. La nueva altura le permitió recargar el rostro en el pecho de Yūji y sostenerlo por el torso.

—Me rechazaron sin siquiera proponerme —habló con un tono dolido, medio exagerado.

Yūji pasó una mano tras la espalda de su profesor y con la otra le dio unas palmaditas sobre la cabeza.

—Sí, sí, Kugisaki, eso fue cruel —hizo el intento de reprenderla.

No era extraño para nadie los teatros que esos dos solían montarse una escena cada que podían.

—Sensei podrá ser viejo y raro, pero también tiene su corazoncito (y es guapo).

—¡No me ayudes tanto, querido!

«Ay, Itadori, si supieras…» De tanto ver a Gojō cambiar de pareja como si se tratasen de calcetines sucios, Fushiguro podía asegurar que lo único que latía en Gojō no era su corazón, sino su pene.

Gojō se levantó del suelo, anhelando un pronto regreso a los brazos de Yūji. Se aclaró la garganta y ajustó los lentes en el proceso.

—Escúchenme bien ustedes tres. ¡Este año cumpliré treinta y uno! Cuando tengan mi edad sabrán que no…

—¡Oh! —interrumpió Nobara—. ¡Mi abuela también usa esa frase!

Aquella oración fue el detonante para que tanto ella como Yūji soltaran la carcajada, porque el viejo Wasuke igual llegó a dirigir esa frase a los gemelos.

—Megumi —suplico con una mirada de cachorro que no surtió efecto a causa de los anteojos.

La expresión burlona que Fushiguro dirigía a su tutor parecía más la que Sukuna se cargaba con cada comentario mordaz que hacía. Sin embargo, nadie pareció notarlo.

—Por cierto, Itadori —comentó una vez que la risa comenzó a pasarse—, tu hermano… ¿Tiene algún tipo?

«¡Mierda!» Actuó antes de pensar. ¿Cómo justificaría ese repentino interés?

Antes de que algún color, producto del nerviosismo, hiciera acto de presencia en su rostro, la voz de Nobara encaminó la situación hacia un mejor rumbo.

—Buen punto, buen punto. Yo también tenía curiosidad por eso. ¿Los gemelos también comparten ese tipo de gustos?

—No realmente —respondió Yūji con una sonrisa—, Sukuna prefiere mujeres con pechos grandes y…

El repentino silencio hizo que se volviera el punto donde las miradas convergieron.

—Quizá no deba decirlo, pero Sukuna es bisexual. —Llevó una mano a la parte trasera de su cuello. Tal vez habló de más—. Aunque sé de su gusto en mujeres, no sé de su preferencia en hombres.

—Vaya —prosiguió Nobara—, es la primera vez que conozco a un bi. Bueno, ni le hablo, pero ninguno de mis allegados tiene esa orientación.

Yūji asintió. Era el mismo caso para él, en especial porque hacía poco que habló de eso con su hermano.

Ambos miraron a Fushiguro, pues era el único que restaba por compartir su experiencia. Parecían club de alcohólicos anónimos… o señoras chismosas.

Por su parte, Fushiguro no tuvo que hacer un gran esfuerzo para saber qué era lo que querían oír.

—Yo sí.

—¿Tú también eres? —preguntaron ambos chicos al unísono, asombrados.

—No. Conozco a otro bi.

—Queremos nombres, Fushiguro, nombres —indicó Nobara, chocando el dedo índice contra la mesa.

Yūji asintió.

Fushiguro, que no veía bien destapar a la gente sin su consentimiento, giró el rostro con lentitud hacia donde estaba Gojō de pie. Los otros dos copiaron su gesto y el nuevo centro de atención se limitó a sonreír con orgullo y saludar con una mano.

—Hola.

Yūji respondió imitando el ademán. Nobara fue la única que replicó.

—¡¿De verdad?!

—Ajá.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —Yūji pasó la mirada de Gojō a Nobara y viceversa—. Sensei, ¿usted sabe de quién habla Fushiguro?

—No puedes estar hablando en serio —suspiró—. Fushiguro se refiere a Gojō-sensei.

—¡¿Eeeh?! ¡¿De verdad?!

—Síp.

Siendo honesto, Fushiguro no sabía por qué sus amigos se asombraban tanto. Gojō tenía cara de aplicar el famoso «en tiempos de guerra, cualquier hoyo es trinchera».


Las horas transcurrieron con normalidad. Fushiguro a veces creía que Nobara era más gemela de Yūji que el propio Sukuna, pues compartían la misma línea de pensamiento. Era probable que la sesión de estudio les fundiera una buena parte del cerebro y les obligara a compartir otros órganos, como la vejiga, porque en algún punto los vio levantarse de la mesa y caminar en dirección a la puerta de baño.

Por un pelo, Nobara alcanzó el picaporte antes que Yūji. Le sacó la lengua e hizo el signo de «amor y paz» con la mano antes de adentrarse y cerrar.

—Hay otro arriba —indicó Fushiguro—. Frente a mi cuarto, dos puertas a la derecha.

—Vale.

Subió a prisa las escaleras. Abrió la puerta y se topó con una sala que exhibía un piano de cola justo al centro.

«Esta no es.» Cerró.

Tal vez la puerta frente a los aposentos del señorito Fushiguro no contaba como primera puerta. Así que abrió la siguiente y, esta vez, sí se topó con lo que estaba buscando.

Después de descargar el líquido que su cuerpo ya no necesitaba y lavarse las manos, la habitación contigua y entreabierta llamó su atención. Si un cuarto tenía un piano, ¿qué otros misterios guardarían los que aún no conocía?

Eso podía más con él que sus dichosas ganas de estudiar. Además, no es como si planease robar algo. Tenía curiosidad.

Dio unos toquecitos antes de entrar. Empujó la madera para hacer el resquicio más grande y permitirse asomar la cabeza.

—¡Un Yūji salvaje ha aparecido! —exclamó Gōjo desde el interior. Sentado en el extremo de una enorme y cómoda cama, colocaba brea sobre la crin del arco de su violín.

—¡Un sensei! —En una situación diferente habría esperado a que le dieran el paso; sin embargo, era tal la confianza de la que gozaba, que se adentró sin vergüenza.

—¿Sucede algo? —continuó Gojō—. Si necesitan que les explique algo puedo bajar en un momento, sólo termino de aplicar la resina.

Yūji asintió y casi al momento negó. No quería más aclaraciones de nada, sino despejar su cabeza.

—No sabía que tocaba el violín. —Se acercó hacia el instrumento que, en el estuche, reposaba sobre la cama.

—También el piano —muy poca era la humildad que acompañó ese comentario.

—Seguro es difícil.

—Depende de la persona. —Se encogió de hombros. A él le parecía muy sencillo—. ¿Te gustaría aprender?

—No tengo suficiente para pagar las lecciones. —Hasta donde sabía, o creía, aprender a tocar un instrumento no era barato.

—¿Y en qué momento dije que te cobraría?

Yūji lo miró con una mezcla de intriga y asombro.

—Te pregunté si te gustaría aprender. Cosa que aún no me respondes.

—B-Bueno, tampoco tengo un violín para practicar, así que…

—Puedo prestarte uno. —Mentira. Tenía tres, pero no los prestaba. No obstante, siempre podría comprarle uno al chico, aunque viendo su inseguridad económica, prefería no decírselo de manera directa.

—Sensei, déjeme inventar pretextos. —Se sentó a un lado de él—. No puedo decirle que no, pero sé de sobra que sería un desperdicio de tiempo. —No se menospreciaba, tan sólo carecía del interés necesario para dedicar las horas de práctica que ese tipo de cosas requerían; con la escuela y el club tenía suficiente—. A Sukuna es al que le fascinan este tipo de cosas; de niño se le notaba mucho. Quería aprender a tocar el piano, pero por una cosa y otra nunca tomó lecciones. Incluso para mí a veces es difícil saber qué tiene metido en la cabeza, y como de unos años a la fecha no ha vuelto a sacar el tema… —Hizo una pausa en la que se encogió de hombros—. Probablemente perdió el interés.

Gojō prestó atención parcial. Cuando Yūji acompañaba su voz con recuerdos del pasado, su bonita cara adquiría matices que lo distraían. Por suerte, aprender a controlarse no le tomó más que un par de días y ahora había comprendido más que en ocasiones anteriores.

—Ya veo.

—Por cierto, ¿podemos hablar de algo?

—Por supuesto.

En ese momento era cuando el chico le declaraba su amor, ¿verdad? Cuando le confesaba que siempre estuvo enamorado de él desde que lo vio, ¿no es así?

—Es sobre mi hermano…

«Ah, falsa alarma.» Se desilusionó con rapidez.

—O puede que sea más sobre mí que de él.

«¡Decídete, muchacho!» Podría sufrir un infarto por la frecuencia en que su corazón pasaba de latir con fuerza y desesperación, hasta bajar a niveles de hipotensión y desmayo.

—No te preocupes. Te escuchó. —Esta vez, dejó el arco y la brea de lado para atender a la conversación como era debido.

—Verá, pasa que… —quedó mudo al recordar que había dejado la puerta abierta.

Se puso en pie y asomó la mirada por el pasillo para asegurar que a nadie le pareciera extraño que no hubiera bajado. Sería vergonzoso que subieran a revisar si no se había ido por el retrete y lo encontraran hablando sobre una inquietud personal.

—Bien —susurró.

Cerró la puerta y regresó a un lado de su profesor.

En ese tiempo, Gojō se retiró los lentes. Si el chico se le iba a declarar y quería más intimidad, añadir sus seductores ojos celestes a la ecuación sumaba puntos para volver más romántico el ambiente.

—Es por la conversación de hace un momento. Sobre ser bi y todo eso.

«¡Por un demonio, lo que faltaba! Otra falsa alarma.» Eso aclaró todo. Más o menos. Preguntaría para asegurarse.

—¿Tienes dudas sobre tu orientación sexual?

Yūji asintió. Ante su falta de información en el tema no podía asegurar que era eso. Sólo asumió que por ahí iba el asunto.

En cierto modo, aquello le resultaba nostálgico a Gojō. Todavía recordaba esas pláticas con Fushiguro y la evidente incomodidad de su muchacho por rehusarse a tratar eso con él.

—Siento que tiene más experiencia que Sukuna, así que pensé en hablar de esto con usted. —No estaba nervioso como tal, tal vez ligeramente ansioso al no saber por dónde comenzar.

—Oh, claro. Te escucho.

«Mi inocente Yūji, no sabes en qué manos viniste a caer.»

—De entrada, quiero aclarar algo. —Levantó su índice en acción de enseñanza—. No es como si me sintiera asustado de que me pudieran gustar los hombres, ni busco tener experiencias para saber si me puedo sentir atraído hacia ellos o no.

«Qué lástima. Esas experiencias te encontraron sin que lo pidieras.»

—Tampoco quiero rectificar si me gustan las chicas, ni convencerme de que sólo me puedo sentir atraído hacia ellas porque soy hombre. Lo que pasa es que, uhm, ¿cómo explicarlo? Cuando tenía catorce, antes de volvernos amigos, Tōdō me preguntó por mi tipo de mujer y yo admiro mucho a Jennifer Lawrence, así que, en un intento por describir su físico (creí que a eso se refería) le dije que «altas y con gran trasero». Pero, últimamente, la mayor parte de chicos a mi alrededor sólo parecen interesados en sexo, tetas y culos… Soy, eh, ¿algo está mal conmigo si no siento interés por esos temas? Es que, no sé, me entretiene más hojear la Jump para ver si han sacado una buena historia, antes que echarle un ojo a la Playboy. No es como si nunca en la vida hubiera visto porno en el celular. Creo que todas las personas aburridas con Internet lo hemos hecho alguna vez por mera curiosidad para… Uh, ya sabe…

Desvió la mirada. Con la mano derecha hizo una de las señas más conocidas del mundo; como si sostuviera su falo y comenzara a bombearlo para autosatisfacerse.

—Sí, sí —dijo Gojō sin un ápice de malicia en la voz—. Con propósitos científicos. —No obstante, su trastornada mente le hizo imaginar que era Yūji masturbándolo.

—¡Eso! ¡Por el bien de la ciencia! —En verdad, amaba esa sensación de libertad proveniente de ser honesto con alguien que lo entendía—. Pero, pues —continuó—, con excepción de esos momentos, no siento esa morbosa necesidad que muestra mucha gente de mi edad y sólo quiero saber si eso es normal.

Gojō podía afirmar con toda seguridad que tenía un adolescente sano, tanto de cuerpo como de mente, justo al frente. Tan sólo le incomodaba la presión social al no comportarse como la gran mayoría.

—Ah, tampoco es un tema que me acompleja o algo por el estilo —complementó—. Es sólo que de repente me sale la duda.

Eso estaba más que claro.

La primera acción de Gojō fue pasar una mano por esos cabellos rosados que tantas veces había acariciado, buscando reconfortarlo.

—Tranquilízate, Yūji. Eso es normal. Perfectamente normal.

«Tan malditamente normal que me molesta.» Una revelación de que le gustaban los hombres y no sabía cómo salir del clóset le hubiera resultado más útil que eso.

—Es bueno que no tengas la imaginación tan podrida.

Yūji suspiró con alivio, recargando las manos sobre la cama y echando el cuerpo un poco hacia atrás.

Por el momento, para Gojō esa cercanía era conveniente. Ahora, más que nunca, sabía que tenía oportunidad con el chico. Debía continuar con su plan de espera y moverse con cuidado antes que por impulso.

Si Yūji necesitaba ser escuchado, allí estaría para atenderlo.

Si Yūji necesitaba un empujón, allí estaría para dárselo.

Si Yūji necesitaba un hombro para llorar, allí estaría para ofrecerlo.

Se convertiría en alguien tan indispensable para su vida, que dejarlo ser independiente estaría fuera de cuestión.

—Una cosa más, Gojō-sensei.

El nombrado recobró su sentido de la realidad cuando esas palabras llegaron a sus oídos.

—¿Su cabello en verdad es natural? —Por mero capricho, tomó una de esas hebras blanquecinas entre sus dedos. Era la primera vez que lo hacía. La suavidad que dejaba al tacto no parecía ser producto de un tinte.

—¿Quieres averiguarlo? —preguntó, juguetón. La charla anterior tuvo la seriedad justa y necesaria para no mandar al chico al diablo, mas no era de sus asuntos favoritos a tratar. Debía distraerse con algo o explotaría.

—¿Se puede?

—¡Yep! —Acto seguido, se puso en pie. Sin meditarlo demasiado, desabotonó sus pantalones y los estiró junto a su ropa interior, para que cualquiera que se asomara pudiese distinguir con claridad el color de su vello púbico.

—¿Seguro que quiere que vea? —Enarcó una ceja.

—¿Qué problema habría? —agregó sin pensarlo demasiado—. No tengo nada que no hayas visto antes y sé de sobra que Yūji no es ningún pervertido. —Guiñó el ojo al finalizar la frase.

—De acuerdo. —Se levantó de la cama. Sostuvo su barbilla entre los dedos índice y pulgar, y comprobó con la vista que su profesor era albino en cada rincón de su cuerpo.

—¿Satisfecho?

Sin embargo, algo más llamó la atención de Yūji, algo que no se quedó almacenado en los datos inútiles de su memoria, sino que fue puesto palabras.

—¿No es Gojō-sensei algo grande ahí abajo?

—¿Qué quieres que te diga? Después de todo, soy un hombre bastante grande. Mido casi dos metros.

—Y también de altura, supongo. —Sonrió con picardía. No es que los chistes en doble sentido fueran su especialidad, pero esa era una oportunidad que no podía desperdiciar.

Gojō soltó el elástico y echó la carcajada en el acto. Adoraba lo lisonjero que podía ser Yūji. Era como si toda tensión desapareciera del ambiente al tenerlo cerca. Se acomodó la ropa y no tardó en hacer la misma pregunta para saber cómo reaccionaba él en su lugar.

—¿Y qué hay de ti? ¿El color de tu cabello también es natural?

Yūji sonrió de oreja a oreja.

—¡Prepárese para sorprenderse! —Porque sí, ese inusual color entre café y rojo claro, que recordaba al rosa palo, era su tono de nacimiento.

Levantó la sudadera para sostenerla con los dientes, exhibiendo una parte de su abdomen trabajado.

A expensas de su autocontrol, a Gojō se le hizo agua la boca.

Yūji deshizo la cinta de sus pantalones deportivos y apenas metió los pulgares bajo la tela, la puerta se abrió de golpe, anunciando la figura de Fushiguro al otro lado.

—Oh, Fushiguro.

—¿Qué haces aquí? —La escena que esos dos brindaban le ponía la piel de gallina.

—Ah, estaba por mostrarle a sensei que mi color de pelo es natural.

Fushiguro rodó los ojos. Se metió a la habitación. Tomó a Yūji de la muñeca y antes de salir de ese lugar, encaró a Gojō, señalando partes específicas del cuerpo de su compañero mientras hablaba.

—Aquí. Vea el color de sus cejas y sus pestañas. Está claro que es natural.

Luego de eso, cruzó el marco de la habitación y se dirigió hacia la escaleras. No podía creer que Yūji no notara lo antinatural que era la situación en la que estaba enredado.

—Tú… Sólo… —No sabía si regañarlo o no, así que inhaló y exhaló con tranquilidad en cuanto llegaron a la mesa de la sala—. No vayas por la vida mostrándole a la gente tu entrepierna, ¿ok?

—¡No lo hagas sonar como si fuera un enfermo! —Se ruborizó de enojo e indignación. No es como si tuviera una extraña afición por el exhibicionismo.

Fushiguro no respondió. No quería hacer más incómodo el asunto, aunque una duda rondó con insistencia sus pensamientos y no tuvo más opción que preguntar.

—¿Entonces?

—¿Mh? ¿Qué cosa?

—¿No te tiñes el pelo?

En esta ocasión fue Yūji quien entornó los ojos. Con una mano estiró sus pantalones y sus interiores, y con la otra señaló hacia abajo con la palma extendida.

Fushiguro no supo si echar un ojo o no. Yūji tenía un rostro plano, un poco molesto. En fin, era sólo una mirada para corroborar. Su única reacción consistió en abrir de par en par los ojos al ver que, en efecto, el color era natural.

Una vez resuelto el misterio, una cuestión más escaló entre sus pensamientos, aunque no sabía si preguntar o no.

—¿Sukuna y tú lo tienen del mismo tamaño? —dijo Nobara, que en algún momento dejó de asaltar el refrigerador. Divisó a los chicos entretenidos con algo y se acercó para ver qué era.

—¡Kugisaki! —exclamó Fushiguro, apenado y desconcertado de que tuvieran la misma duda.

Yūji acomodó su ropa y se ató de nuevo los pantalones.

—Aaah, pues… —Intentó hacer memoria sobre las veces que compartía el ofuro con Sukuna—. Eso creo.

—¿Crees?

—Bueno, en algún momento lo hicimos cuando éramos más chicos. ¡Comparar! ¡Comparar! —explicó. No quería que pensaran nada extraño o asqueroso—. Pero no es como que cada semana le pregunte para saber si aumentó de tamaño. ¡Sería muy raro!

Por primera vez en un buen rato, los tres estuvieron de acuerdo en algo.


Yūji comentó con su hermano lo que pudo sacar de Fushiguro sobre el tipo de persona que le atraía. Para Sukuna fue como si le dieran luz verde a sus poco ortodoxos planes de conquista. Yūji tenía curiosidad sobre lo que el otro iba a hacer como siguiente paso, no porque en verdad le intrigara conocer el rumbo que tomaría la relación de esos dos, sino porque conocía a su gemelo y sabía mejor que nadie que podía ser de todo, menos normal.

Como si de una profecía se tratase, con el paso de los días se cumplieron los peores temores de Yūji. Sukuna no dejó de atormentar a Fushiguro de cuántas maneras se le ocurrieran: metiéndose con él en las prácticas de básquetbol, humillándolo ante el más mínimo error que cometía, otorgándole apodos degradantes y femeninos, arrebatándole o escondiendo sus cosas, entre otras acciones cuestionables que podrían catalogarse como bullying con facilidad.

Yūji quiso acercarse a Fushiguro para interceder por Sukuna y ponerse del lado de su amigo en el proceso; sin embargo, algo que quizá no vio venir, fue que Fushiguro contraatacara cada provocación, cada gesto y cada movimiento que provenía del mayor de los Itadori. Por ende, se limitó a ver qué amenazas se dirigían entre ellos. Para Sukuna eso era algo muy positivo, significaba que le devolvía el cortejo y que Fushiguro sentía interés en él, pero para este último, Sukuna era una maldita pesadilla andante. Eso sí, cuando Fushiguro tenía alguna duda académica, Sukuna era el primero en correr a orientarlo y en esos momentos reinaba una misteriosa y singular tregua que se consumaba en la biblioteca antes de retornar a su violenta y antinatural relación pasivo-agresiva.

Para Yūji y Uraume era normal llevarse pesado con Sukuna. Fushiguro, por otro lado, parecía evitarlo y, a la vez, no. No obstante, algo curioso pasó un día que Sukuna no asistió a clases.

—Itadori —llamó Fushiguro tras finalizar la primera hora mientras los profesores cambiaban de aula.

—Dime.

—¿Sucedió algo con Sukuna? ¿Por qué faltó a la escuela?

En primera instancia, una expresión silenciosa de estupefacción se dibujó en las facciones de Yūji. Para cualquier ente que se hallara en el lugar de Fushiguro lo normal sería exclamar «¡Un día sin ese imbécil cerca! ¡Magnífico!», no un «¿Por qué no vino mi bully?».

—¿Perdón? —Tal vez escuchó mal.

—¿Acaso tanto grito te está dejando sordo? ¿Bajo qué piedra se metió tu versión malvada? —No descartó que le fuera a saltar por ahí durante el receso.

—Se-Se quedó en casa —tartamudeó, aclarando sus ideas en el proceso antes de seguir con la explicación—. Se veía un poco mal anoche y hoy en la mañana despertó con una fiebre algo alta.

—¡¿Y lo dejaste solo?! —replicó por lo bajo, pues el siguiente maestro estaba entrando al salón.

—¿Qué querías que hiciera? No me sacó a patadas porque no pudo, pero si me la mentó y me mandó al carajo, debe encontrarse lo suficientemente bien para no morir.

Fushiguro le dedicó una mueca apática a juego de unos ojos fríos y decepcionados.

—¿Por qué esa cara? —Era consciente de que dejar sola a una persona enferma no era una buena idea, mas algo en su interior le decía que Sukuna no estaba tan mal como se veía—. Mira, mis vibras de gemelo me dicen que no se va a morir. Y rara vez fallan.

«¿Vibras de gemelo?» En alguna ocasión escuchó sobre la conexión especial de las personas que nacían en el mismo parto, aunque era la primera vez que Yūji lo mencionaba.

—Como sea. —Relajó su expresión—. Te acompañaré a casa después de clases.

Esa fue la segunda ocasión en la que Yūji terminó pasmado en tan corto tiempo. Quizá necesitaba que le corrigieran, pero… ¿Le agradaba? ¿Fushiguro se preocupaba por Sukuna? ¿Acaso sus ojos lo engañaron y esa «relación complicada» que tenía con su hermano en realidad era una «relación buena»?

Fushiguro notó la obstinada mirada ajena. Se cubrió la parte inferior del rostro con el cuello del uniforme y sintió la necesidad de ofrecer una explicación.

—Va a necesitar apuntes. —Pese a no desearlo, un tenue carmín dio color a su pálido rostro—. Es la única persona que me hace competencia (académica). Eso me entretiene.

Dijo una verdad a medias. Aún no sabía si era correcto considerar a Sukuna como un amigo; sin embargo, si el caso fuese a la inversa y Yūji se hallara postrado en cama, haría lo mismo por él. Por inferencia, si Yūji era su amigo, podría considerar que Sukuna también lo fuera.

Yūji rio bajito. Todos esos días se preocupó por nada.

—Pero, Fushiguro, Sukuna no toma apun…

—¡A ver, a ver! ¡Esos dos de allá atrás! Se callan o se separan —interrumpió Gojō, levantando la voz con un tono exasperado, poco usual en él—. Yūji. Megumi.

—¡Lo siento mucho, sensei! —respondió Yūji al instante con una firmeza marcial.

Fushiguro se limitó a observar la silueta de su tutor. Ni siquiera había llegado al escritorio para botar sus cosas sin cuidado, como siempre. Gojō enojado era un espectáculo inusual sin lugar a dudas. Lo sabía de primera mano y, al parecer, el resto de alumnos también.

Era la primera vez que entraba molesto a clases, aunque en la casa llevaba varios días así. La manera en que lo veía y le contestaba eran muy similares a las de Sukuna, sólo que sin ese toque juguetón implícito. A Gojō en verdad le ocurría algo. Lo malo era que, a diferencia de los Itadori, que eran casi unos libros abiertos, el otro era una maraña a la que no se le veía ni principio ni fin.

Tenía una vaga idea de porqué estaba así, mas no se atrevía a saltar a la conclusión por temor a acertar. Por mucho que deseara evadirlo, si para el fin de semana la situación entre ellos no mejoraba, lo ideal sería hablarlo de frente.

«Estoy rodeado de idiotas.»


Les diría que este fanfic es hasta educativo, pero, por favor, no sean como Gojō. x'D

¿Qué les pareció el capítulo?

En lo personal, me gusta mucho escribir a Gojō. Siento que es un personaje de moralidad dudosa y, en parte, creo que es similar a Sukuna en algunas cosas, sólo que cada uno tiene una manera diferente de expresarse y es por eso que chocan. (。・~・。)

El próximo capítulo tendrá un momento SukuFushi que, ufff, cuando estaba planeando este fic y platicándolo con mi beta, me moría por escribir.

Muchas gracias por darse un tiempo para leer hasta aquí. Nos vemos en la próxima actualización~