CAPÍTULO XVIII


Hace doce años


Como cada misión que le era encomendada, Nanami la cumplió al pie de la letra. Sin testigos, sin golpes sucios, sin armar un alboroto innecesario. No obstante, en lugar de volver a casa para darse un baño y limpiar toda la sangre bastarda de su cuerpo, se dirigió a la central, desde donde el jefe de la familia, el Oyabun, emitía las órdenes. Tenía muchas preguntas que necesitaban respuesta y no se iría de allí hasta quedar satisfecho.

Unas cuadras antes de llegar encontró a varios miembros de la organización Yakuza a la que pertenecía vigilando los alrededores. En la puerta de entrada se exhibían dos cuerpos decapitados como solía hacer el Antiguo Israel, el Imperio Romano y varias tribus, cuando se dictaba pena de muerte: con los cráneos ensartados en una lanza o, por improvisación de recursos, un tubo con un extremo afilado.

Una de las cabezas correspondía a un viejo con una larga barba de chivo blanquecina. Se trataba de Yoshinobu Gakuganji, el principal administrador de los negocios involucrados con los casinos, las apuestas mixtas y el boxeo. La otra cabeza alguna vez estuvo pegada al cuello de Haibara Yū.

A Nanami se le estrujó el corazón, con la rabia vibrando en cada uno de sus nervios.

Al tratarse de uno de los consejeros del Oyabun, no lo catearon ni le impidieron el paso, aún si era visible en una de sus manos el machete empapado en sangre con el que solía efectuar sus carnicerías.

No abrió la puerta de la oficina con una patada porque sus modales se lo impedían, mas eso no evitó que la azotara luego de entrar.

—¿Sobrevivientes? —preguntó él.

—Ninguno —respondió Nanami.

—¿Testigos?

—No.

Dejó el arma sobre la mesa y se aflojó la corbata antes de proseguir.

—¿Qué piensas hacer ahora? Los Zen'in no se lo tomarán a la ligera. —No estaba en posición de cuestionar esas decisiones, por lo que las órdenes de tomar a sus hombres y no dar la cara hasta eliminar a todo el grupo que comandaba Naoya Zen'in, las ejecutó sin rechistar. Sin embargo, necesitaba saber si su propia Familia tenía futuro o si el hombre frente a sí había declarado la guerra como producto de un capricho errático, un berrinche.

—Lo sé. —Apagó el cigarrillo en el cenicero que tenía enfrente—. Voy a eliminar a todos esos malditos imbéciles; como debió ser desde el comienzo. A partir de ahora, nosotros seremos la única yakuza en posesión de Tokio. Le pese a quien le pese.

Si algo admiraba Nanami de ese hombre, era la capacidad de pensar con la cabeza fría. Lo notaba colérico, aunque su plan de ataque estaba siendo un éxito. Nanami y sus hombres fueron los cuartos en llegar de sus encomiendas con un resultado favorable.

—Tu hermana. ¿Cómo está ella? —Intentó no alterarse, en un intento fallido.

—Todo bien. Tranquilo. —Hizo una pausa para sobarse el puente de la nariz—. No tiene ni un rasguño. Está escoltada. Saldrá del país en el primer vuelo.

—¿Qué? —le faltó voz para replicar—. ¿Y los niños? —De ellos no había tenido noticias—. ¿Cómo están? ¿Los llevará con ella?

El Oyabun negó con la cabeza. Tenían cerca de cinco años, nunca habían visto a su madre y por temor a que les pasara algo en el trayecto, se tomó la decisión de dejarlos como estaban.

Previo a que Nanami pudiera hablar, el Oyabun respondió a la interrogante que se avecinaba.

—Están con su abuelo, pero no hay riesgo. Algunos de mis subordinados se encuentran por el área. También miembros de la policía a quienes compramos desde hace mucho. Parece ser que, con excepción del asesino de Jin (que los vio), nadie más sabe de ellos.

Nanami apretó los dientes. ¡¿Cómo demonios pasó todo eso?!

Empuñó de nuevo el arma y dio media vuelta.

—No des un paso más —amenazó, a sabiendas de lo que el otro planeaba—. No sabemos si hay más traidores a la espera de que demos un paso en falso. Y si algo le ocurre a mis sobrinos por tu maldita culpa, Nanami, te juro que, personalmente, te daré la peor de las muertes que se me puedan ocurrir. Te perdoné lo de Haibara porque nadie más se enteró de que fuiste tú quien se lo comentó, pero no tendrás una segunda oportunidad.

Los nudillos de Nanami se tornaron blancos por la presión que ejercieron sus manos. Los hombros se le tensaron de impotencia. Fuera la intención del otro o no, ahora cargaba con la culpa de todo de manera indirecta.

—Y… ¿Ya sabemos quién mató a Jin? —cuestionó, sin dar la cara. Lo menos que podía hacer era remediar sus errores.

—Fushiguro Tōji.

«¡Carajo!» bramó para sus adentros.

Lanzó el brazo con fuerza descomunal hacia el perchero más cercano, partiéndolo a una proporción de siete tercios.

Fushiguro Tōji era un conocido sicario, desertor de los Zen'in, que hacía cualquier cosa por dinero. Eso incluía ser el perro de la familia que tanto lo repudió. Dar con él no era complicado, sino salir con vida si tus intenciones no eran de «negocios».

Nanami no sabía si estaba preparado. La sangre le hervía lo suficiente para vengar a su mejor amigo, pero no era tan diestro como para enfrentarse a un jodido sanguinario con impecables años de trayectoria.

—Mandé a Satoru.

Escuchar aquello hizo que regresara la vista hacia el Oyabun.

—Más bien, él se mandó solo —explicó—. En el momento en que llegó la noticia de que Tōji se cargó a tu mejor amigo…

—¡Ese idiota! —Temía por él. No dudaba de sus capacidades, mas no quería seguir perdiendo amigos—. ¿Qué tanto sabe?

—Sólo eso. Lo del matrimonio. Lo que sabe toda la mafia ahora.

Entonces tuvo sentido por qué sólo la hermana saldría del país. El asunto del embarazo y los gemelos a los que dio a luz se había mantenido con la discreción esperada. Fuera de la familia directa, sólo Nanami estaba al tanto.

—Así que será su familia por la mía.

Nanami abrió los ojos con sorpresa. Si había reglas no escritas, una de ellas era que, siempre que no tuvieran nada que ver con la yakuza, los cónyuges y los hijos de los altos mandos no se tocaban. Jin y sus hijos tenían la misma equivalencia que la esposa de Tōji y los suyos, por lo que entendía las razones tras el juicio autoimpuesto de su Oyabun. Aunque esa no era la razón más preocupante de todo el asunto.

—Tú… ¿Dejarás que Gojō asesine niños?

—Llevaba un buen tiempo queriendo probar con eso. —Se encogió de hombros—. La oportunidad sólo se presentó en el momento justo.

Nanami negó con la cabeza. Los últimos meses Gojō lucía más como una bestia irracional que como un ser humano. A veces no estaba seguro si tenerlo de su lado era algo favorable. En el momento en que perdiera la capacidad de autolimitarse, que quizá sería dentro de poco, las cosas comenzarían a pintarse del peor color posible.

«No puede ser, no puede ser...» Tenía tantas cosas en la cabeza. No sabía por dónde empezar.

El Oyabun se levantó de su asiento en cuanto le notificaron al oído que Gojō estaba de regreso y traía tres regalos consigo. Pasó por detrás de Nanami y le presionó el hombro en señal de camaradería.

—Lo has hecho bien, querido amigo. Yo me ocupo del resto. Tú tienes una pena que llorar.

Justo en ese momento Nanami comenzó a sentirse pesado, mareado, como si le hubiesen envenenado. Se suprimió tanto y de diversas maneras, que tras el incidente de Jin tuvo que dejar de razonar para lograr seguir vivo.


«Vivir apesta»

Nanami abrió los ojos con un terrible dolor de cabeza. Tenía años desde la última vez que un recuerdo de su pasado se manifestaba de forma inconsciente mientras dormía. Tal vez se trataba de una mala premonición o el karma de no haberse presentado en casa de los gemelos cuando Sukuna enfermó. Tampoco es como si hubiese rehuido de la situación. Le encargó a Yūji mantenerlo informado mediante textos o llamadas. Asimismo, le dijo que correría de su cuenta el llevar a Sukuna a un médico si empeoraba. Por suerte, esa misma noche recibió una foto que Yūji se tomó con su hermano, donde parecía estar mejor. Al día siguiente se alivió de verlo como nuevo.

Giró el rostro hacia donde se encontraba su reloj y notó que en cuestión de minutos sonaría la alarma para ir a la escuela.

Odiaba tener que trabajar. A veces sólo anhelaba unas vacaciones donde pudiese disfrutar del pan de ajo que le gustaba, junto a una botella de vino.

Para empeorar más su día, luego de llegar al instituto y dar los buenos días a sus compañeros, no faltó ese molesto y extravagante hombre albino, que llegó metido en un traje fino y de buen corte, en tono azul de Medianoche; bajo el saco se divisaba una camisa grisácea con rayas delgadas, verticales; a juego con una corbata color índigo que contrastaba a la perfección.

Si algo tenía que envidiarle a Gojō era su buen gusto para vestir formal.

Gojō saludó pasándose una mano enguantada por el cabello mientras posaba contra el marco de la puerta como si lo hubieran contratado para ser la portada de una revista de chismes con la que algunas mujeres podrían darse tacos de ojo.

—Llegas tarde —dijo Nanami, evitando hacer cualquier comentario sobre su apariencia, porque aunque el perro vista de seda, teibolero se queda. O algo así iba el dicho.

—Recuérdame descontarle el día por eso —comentó el director Yaga.

—Por supuesto. —Se ajustó los lentes al finalizar.

—¡¿Hah?! —profirió un muy indignado Gojō—. ¿Acaso creen que arreglarse así no toma tiempo y esfuerzo?

—Entonces levántate más temprano —respondió Yaga.

—O no te vistas así —complementó Nanami.

Gojō se encogió de hombros, restándole importancia a sus envidiosos favoritos.

—Ninguno de ustedes reconoce el buen arte cuando lo ve.

—Por algo me volví director y no escultor.

—Yo no compraría un arte tan profanado —remató Nanami.

Utahime y Mei no pudieron aguantar la risa hasta ese punto.

—¡¿Ustedes dos también?! —Se giró Gojō.

No le afectaba tanto como parecía. Su único propósito ese día era el de llamar la atención de Yūji con madurez y elegancia.

Por otro lado, sus compañeros de trabajo reconocían que Gojō era un hombre único en su clase (gracias al cielo). Para alguien que no lo conociera, su atractivo natural resultaría distractor, mas no para ellos; se habían acostumbrado a él. En especial Nanami. De todos los presentes, él lidiaba con Gojō desde que era un puberto molesto de doce años y compartían más secretos de los que le gustaría admitir.


Como era de esperarse, lo que no ocurrió con los profesores sí pasó con los alumnos. Su primera clase de segundo año, al estar conformada por mujeres en su mayoría, no tardó en recibirlo con ojos brillantes, pupilas dilatadas y uno que otro suspiro contenido.

Además de su vestimenta, que delineaba a la perfección la figura en la que invirtió muchísimo tiempo y esfuerzo en el gimnasio durante varios años, su cabello también exhibía un cambio; una mitad se recogía hacía atrás y la otra se decantaba en una grácil caída por su bello rostro.

No obstante, la única mirada que le importaba no lucía asombrada en absoluto.

«¡¿Qué más quieres?!» Dentro de sí, una voz exasperada casi se arranca los cabellos al no obtener el resultado esperado.

Respirar bastaba y sobraba para enamorar a la gente a su alrededor, y ahora que se esforzaba hasta en los detalles más superfluos, era ignorado.

Se retiró los lentes.

—Vamos a comenzar. —Guiñó un ojo para coronar la frase antes de regresar los anteojos a donde pertenecían.

Resultado: nada.

El resto del día fue como subir a un columpio que se balanceaba desde la frustración hacia la indignación y viceversa.

Incluso en el receso hizo de todo con Yūji; se tomó unas fotos junto a él, Fushiguro y Nobara arruinando la imagen, aunque eso era lo de menos, tenía a Yūji a su lado; recargó la barbilla encima de la cabeza del chico como tantas otras veces; le invitó el almuerzo, también a Nobara, y obtuvo unas esperanzadoras gracias en respuesta; sin embargo, todo fue en vano.

—¡Ah! ¡Déjeme comer en paz! Hará que me muerda —clamó Yūji.

Se separó de su profesor en el asiento que compartían, algo irritado porque no le soltaba las mejillas y eso le impedía masticar de manera apropiada.

Gojō no se ofendió del todo porque se hallaba tan enfrascado en sus intentos de conquista, que ignoró por completo la situación y lo que le rodeaba. No perdió la esperanza del día porque aún le restaba ofrecerse como chofer para llevar al muchacho a su hogar, aunque eso implicaba que los acompañara Sukuna.

«¿Por qué diablos se te ocurrió tener un gemelo?» Sin lugar a dudas, que Yūji estuviese solo en el mundo le facilitaría las cosas. Podría ir a su casa para compartir un lugar seguro donde nadie más los viera o llevárselo a algún lado con el pretexto de que necesitaba compañía.

Por si fuera poco, lo inaudito pasó esa noche. Luego de que los gemelos salieran de su práctica de baloncesto. Nanami les propuso acercarlos hasta la puerta de su respectivo hogar, pues no quería que Sukuna tuviese una recaída. Así, arrebató a Gojō su última oportunidad para coquetearle a Yūji, en caso de que todo lo hecho hasta el momento contase como coqueteo.

Subió fastidiado al auto y se largó de la escuela. A los pocos minutos, el tono característico de una llamada entrante hizo que apretara las manos sobre el volante.

—¡No estoy! —gritó, como si el auto tuviera la capacidad de colgar en su lugar.

Se perdió la llamada y a los pocos segundos sonó de nuevo. Detuvo el auto bajo la señal de alto de un semáforo y presionó un botón en el tablero del coche para contestar.

—Gojo-sensei —habló la voz del otro lado de la línea.

—¿Qué quieres, Megumi? ¿No estás viendo que no tuve un buen día? —Su actitud era similar a la de un oficinista cansado y sin vida, que sólo deseaba beber un par de cervezas antes de dormir.

Megumi contó hasta tres. Su personalidad sarcástica tomó posesión de su cuerpo.

—¿No está olvidando algo?

—¿Como qué? —respondió golpeado, sin tacto.

—Voltee al asiento del copiloto.

Gojō hizo lo que le pidió.

—¿Y luego?

—¿Qué ve ahí?

—¿Pues tú qué crees? Nad… —frenó sus palabras en seco. ¡Se le olvidó el Megumi en el instituto!—. Ay, no.

—¡Exacto! ¡De vuelta en el primer retorno que encuentre y vuelva por mí! —Colgó.

No era la primera vez que su tutor lo abandonaba por ahí. No de forma intencional. Cuando era niño le tocó quedarse a su suerte en algunos centros comerciales y parques. Debido a eso, a la corta edad de siete años realizó una carta de exposición de motivos, donde escribió, con un torpe hiragana, las razones por las que necesitaba un celular. Consiguió lo que buscaba, junto a una buena reprimenda que Nanami le dio al adulto «responsable» que se hacía cargo de él.

Gojō dejó caer la frente contra el volante. No quería regresar. Ya estaba a medio camino, pero…

—¡Agh! ¡¿Y qué hacías que no te subiste al auto?! —refunfuñó, luego de escuchar un claxon a sus espaldas, llamando su atención por no moverse cuando el semáforo cambió de color.


Como si el primer día no hubiera sido lo suficientemente desmotivante para Gojō, Yūji casi ni le dirigió la palabra el resto de la semana. Sentía que lo evadía y eso le hizo ponerse aún más ansioso.

—¡Meguminola! —Se lanzó hacia el nombrado, siendo esquivado en el acto.

—Deje de llamarme así —comentó con la seriedad suficiente para ser tomado en cuenta, pero sin sonar irritado; no lo estaba.

Ese era uno de sus tantos apodos de pequeño y le avergonzaba que Gojō los usara en público a la edad que tenía. Por suerte, nadie más lo escuchó. Recién salía de dejar unos libros en la biblioteca para dirigirse al club de básquetbol.

—¿Y bien? —Cruzó los brazos—. ¿Sucedió algo tan importante como para tratarlo justo ahora? (Podemos hablarlo en la cena).

—¿Por qué me está evitando Yūji? —Si ese chico le había comentado alguna situación en particular a alguien, ese, con seguridad, era Fushiguro. O Nobara, aunque ella era una caja fuerte y pese a que intentó sonsacarle algo, sólo lo arrojó al mundo con más dudas. Sukuna era otro candidato por excelencia, aunque ese no tenía cabida ahí.

Fushiguro arqueó una ceja, extrañado.

—¿De qué está hablando?

—Me ignoró el fin de semana que fue a la casa —habló en voz baja.

—Estábamos estudiando.

—No se despidió al irse —gesticuló un imperceptible puchero mientras balanceaba un pie, usando como punto de apoyo el talón.

—Nanami-sensei ya lo esperaba fuera de la casa y no quería entretenerse. Nos avisó mientras se apresuraba a ponerse los zapatos.

Fushiguro supo que lo tendría encima todo el santo día si no le decía lo que estaba pasando.

—La próxima semana son exámenes —explicó.

—¡Ah! ¡Cierto!

Todo cobró sentido en la mente de Gojō. Yūji no era un genio de cuna como Sukuna, mas eso no lo volvía un baboso despreocupado. Era una persona responsable, así entregara todo a última hora.

Su ánimo mejoró de forma súbita y Fushiguro se cuestionó con preocupación si Gojō debería visitar a un psiquiatra.

Apretó el agarre de una mano sobre el propio brazo que sostenía, con el propósito de darse valor. Desde que Gojō comenzó a usar trajes; no, desde mucho antes, lo notó encaprichado con algo o, mejor dicho, con alguien. Los años vividos en compañía de Gojō lo acostumbraron a notar los más sutiles cambios en su persona, como cuando algo captaba su interés; pese a que no solía entrometerse en sus asuntos, le angustiaba que el objetivo de su tutor fuese Itadori Yūji.

—Hay algo que quiero saber.

—¿Hm? ¿Qué cosa?

Tragó saliva con dificultad.

«¿Está interesado en Itadori?» Sólo eso tenía que preguntar; no obstante, su boca se negó a abrirse para pronunciar palabra alguna.

Muy dentro de sí esperaba un «no» por respuesta. Era lo que más deseaba oír. En caso de ser un «sí», ¿qué haría después? No es como si pudiera obligar a Gojō a hacer o no hacer cosas. Es más, ¿qué podía hacer él solo en contra de Gojō? Lo respetaba. Conocía su fuerza y su inteligencia mejor que nadie. En cierto sentido, también lo admiraba. Si se comparaba con todo eso y más, ¿en dónde quedaba él?

Aún le generaba un mal sabor de boca recordar aquella vez del sofá, sin olvidar que apenas salvó a Yūji de que el otro viera lo que había bajo sus pantalones. ¡Qué demonios! ¡Gojō no era tan joven ni tan inocente como para ignorar que nada de eso estaba bien!

Sin embargo, con excepción del primer incidente, y contando el intenso contacto físico, todas aquellas acciones eran permitidas por Yūji. No era como si Gojō lo forzara o chantajeara para que accediera a ello.

Siguiendo esa lógica, incluso si su deducción estaba en lo correcto, su tutor no se atrevería a hacer algo que Yūji no quisiera y confiaba en que su amigo podía ser un poco lento en ocasiones, mas no un completo descerebrado.

—¿Megumi?

—No es nada. —Lo dejaría pasar, ya que no se sentía cómodo en ese preciso instante, mucho menos estando en la escuela—. Tengo que irme.

—Intenta relajarte. —Le dio unas palmaditas en la cabeza—. Luces algo tenso.

«¡¿Y de quién crees que es la culpa?!» pensó, sin atreverse a decirlo para zanjar el asunto.


La temporada de exámenes transformó a los estudiantes en una horda de zombies, por lo que el término de ésta fue equivalente a hallar la cura para un virus que se expandía como el miasma. Una cura única y exclusiva para todos aquellos que aprobaban las materias.

—Nobara. Yūji —enunció Gojō con ese tono docente tan característico de Nanami y extraño en sí mismo—. Ustedes se quedan al final de la sesión.

—Sí —respondieron ambos con resignación.

Una vez finalizada la clase, esperaron a que el aula quedara vacía. Se acercaron hacia su maestro, que, sin sentarse por completo sobre la mesa del escritorio, resaltó con un marcador fosforescente sus nombres y sus respectivas calificaciones para mostrarlas en la hoja con los promedios impresos.

—Muy bien, ¿qué voy a hacer con ustedes?

—Lo sentimos. —Los dos agacharon la cabeza en señal de vergüenza.

—No esperaban que los pasara porque me caen bien, ¿o sí?

—¡No, no, no! ¡En absoluto! —contestaron al unísono, negando tanto con las manos como con la cabeza.

—Y saben que no podrán asistir a sus respectivos clubes hasta que tomen clases de regularización y pasen un segundo examen, ¿verdad?

—Sí —arrastraron la afirmación con mucho pesar tanto como pudieron.

Gojō suspiró. Se retiró los lentes y los dejó a un lado sobre el escritorio.

—Les propongo algo.

Lo escucharon con atención.

—¿Qué les parece si continúan viniendo a la casa como siempre? Puedo darles clases de regulación si se comprometen con ello.

No debía ni podía tener favoritismo entre los estudiantes, pero ellos eran los preciados amigos de su hijo y tampoco es como si fuera a ser blando con ellos.

—¿De verdad? —Los ojos de Yūji mostraron un brillo peculiar, como si a un cachorro le sostuvieran de frente su aperitivo favorito.

«Tan lindo.» Gojō mentiría si dijera que al ver esa expresión no le dieron ganas de morderle una mejilla.

Nobara fue la única que no se emocionó con la idea. Por el contrario, puso una mano al frente en señal de alto.

—Lo siento, sensei —negó—. Sé que tiene buenas intenciones y que en la escuela nos van a dar las clases necesarias, pero vi venir esto, así que le pedí por adelantado a Maki-senpai si me podía ayudar a estudiar en caso de no pasar mi examen.

—Oh, ya veo. —Gojō asintió—. Maki es una buena alumna. Te resultaría beneficioso que alguien que ya te conoce te explique las cosas que se te dificultan.

—En ese caso… —Yūji se llevó una mano al mentón. No podía arruinar los fines de semana de su profesor yendo a su casa para recibir lecciones particulares—. Supongo que podría preguntarle a Tōdō…

—Ni se te ocurra. —Le dio un golpecito inofensivo en la frente con un dedo—. Él no está haciendo un cuarto año de preparatoria porque le guste mucho estar aquí.

Nobara dejó escapar una risilla y se le borró de inmediato al recordar a una persona desagradable a niveles extremos y vomitivos.

—A todo esto, Itadori, ¿acaso no tienes a un genio malvado en casa, que es igualito a ti, pero con cerebro? —En el fondo le sorprendía que lo que les contó fuera cierto y que las calificaciones de Sukuna resultaran perfectas.

Yūji soltó un quejido lastimero. Le llegaron recuerdos de Vietnam.

—Sukuna se desespera mucho conmigo. —Por no mencionar que el Interescolar sería pronto y tanto él como Fushiguro estarían dedicados a los entrenamientos.

—¿Ya me puedo ir? —preguntó Nobara, levantando una mano.

—Adelante —indicó Gojō, pues el asunto con ella estaba solucionado.

Nobara se despidió y salió del aula, dejándolos solos.

Gojō tomó a Yūji de la muñeca y lo atrajo hacia sí, recuperando la cercanía que el periodo de evaluaciones se encargó de ampliar.

El gesto de sorpresa no tardó en aparecer en el rostro del chico. Incluso estuvo por preguntar, pero Gojō le puso el índice frente a los labios, sin tocarlos, para indicarle que lo dejara hablar primero.

—¿Qué sucede, Yūji? ¿No quieres que te de clases particulares? ¿Acaso no te parezco lo suficientemente bueno?

—No, no es eso. —Esbozó una sonrisa nerviosa y pasó una mano por la parte trasera del cuello—. Tan sólo pensé que podría tener cosas más interesantes que hacer.

—¿Bromeas? ¡Es imposible aburrirse cuando estoy con Yūji! —Extendió los brazos por completo y comenzó a moverlos con lentitud, formando olas.

El muchacho asintió con efusividad, sólo para copiar sus acciones.

—¡También me divierto mucho cuando estoy con Gojō-sensei!

—Te propongo un trato. —Bajó los brazos y sólo levantó el índice para hacerse notar—. Si pones todas tus neuronas (útiles) en esto, prometo invitarte a comer lo que quieras.

—¡¿De verdad?!

—Yep.

—¡¿Incluso si es carne?!

—¡Dalo por hecho! —Levantó el pulgar y guiñó un ojo para confirmar.

—¡Sensei!

No dudó en arrojarse a los brazos de su profesor para celebrar. Además, no es como si no hubiesen tenido esa clase de trato antes. En cierto sentido, Yūji extrañó ese tipo de contacto durante el tiempo que los exámenes le comieron la cabeza.

Pese a que el chico se restregaba cerca del rostro de Gojō como solía hacer con las mascotas de Fushiguro, ese estaba siendo el mejor día de toda la jodida y extenuante semana.


Por los siguientes días, Yūji se dirigió a casa de su profesor tras concluir la rutina escolar. Aprendió de manera acelerada por la atención que le dedicaba. Comió platillos exquisitos preparados por su profesor cuando no salían a algún restaurante. Se divertía en grande con los videojuegos kinestésicos que Fushiguro y Nobara nunca tenían ganas de poner. En varias ocasiones terminaron en zonas de arcade y karaokes. Era raro, antinatural, increíble y lo amaba; más que un castigo, era fantástico recibir clases suplementarias.

Había que mencionar el hecho de que a Sukuna no le gustase para nada la idea de que Yūji se fuera a meter a la casa de la maldita rata albina que tenía como profesor para recibir asesorías de matemáticas. No obstante, Gojō siempre regresaba a la escuela en punto para intercambiar a Yūji por Fushiguro y, como los gemelos compartían el ofuro de la casa al llegar y darse un baño, Sukuna se relajaba al no descubrir ninguna marca extraña en el cuerpo de su hermano.

Fushiguro también tenía un ojo encima de su intento de padrastro y de su mejor amigo. Sólo lo hacía los fines de semana, aunque pasaba la mayor parte del tiempo leyendo en la sala o encerrado en su habitación cuando el par de escandalosos se echaban a reír o a ver videos absurdos en Internet. Por mucho que le gustase encontrar alguna señal de alerta en la relación de esos dos para alertar a Yūji, todo parecía igual que de costumbre: uno siguiendo las tonterías del otro. Quizás estaba siendo demasiado paranoico, aunque, siendo honesto, algo en todo eso no le cuadraba. Tenía un mal presentimiento.


Y así es como comienza el GoYuu. Con Yuuji ignorando tremendo estilazo que se carga el profe. x'DDD ¿Algún día lo notará? Hagan sus apuestas. (?)

Este cap va por Chester Espinoza en Facebook, que me hizo una mención muy emocionada en el grupo GoYuu (de FB xD) y en mi bruticidad(?) lo vi NUEVE HORAS tarde. Asdhgafsh, perdón por ser así, a veces siento que la tecnología y yo no nos llevamos. x'D

¡Gracias por leer hasta aquí! Nos vemos el próximo domingo. (。•̀ᴗ-)✧