CAPÍTULO XXI
Entrar a un zoológico para admirar a un animal exótico, era una cosa, pero ver a Sukuna eligiendo un regalo de cumpleaños era otra completamente diferente. Yūji no tenía expresión alguna en el rostro porque su cerebro no procesaba de forma correcta lo que acontecía frente a sus ojos.
—A ti…, en verdad te gusta mucho Fushiguro, ¿no es así?
Sukuna no abrió la boca. Lo más cercano a una respuesta fue mantenerse en silencio comparando dos cajas de chocolates, importadas y con decoraciones elegantes.
Yūji asomó el rostro por encima del hombro de su hermano, recargando la barbilla sobre dicho lugar. Al mismo tiempo, llevó las manos a sostenerse de la parte alta de los brazos opuestos. Sukuna se irritó un poco. La cercanía repentina le interrumpió el pensamiento.
—¿Quieres dejar de respirar? Eres ruidoso.
Yūji dejó escapar una risilla honesta, cosa que atrajo la atención de Sukuna, por lo que dio media vuelta y encaró a su gemelo.
No necesitó hacer la pregunta. Solía pasar en ocasiones que su conexión particular daba el chispazo y Yūji respondió una cuestión que jamás se puso en palabras.
—Sabes, te he acompañado a comprar todo tipo de cosas, pero jamás creí que fueras capaz de buscar un regalo para alguien con quien aún no tenías nada. Es decir, ni siquiera un mísero chicle les regalaste a las chicas con las que te acostaste, ¿o me equivoco?
Sukuna chasqueó la lengua y entornó los ojos. No tenía caso dar explicaciones.
—A todo esto —continuó Yūji—, ¿no comprarás condones esta vez? ¿O es que Fushiguro no te pone?
—Por supuesto que me pone.
—¿Entonces?
—Es sólo que… —Recordó de forma breve el incidente de los casilleros—, ...tengo que trabajarlo más.
Yūji esbozó una sonrisa maliciosa.
—¡Tómala! ¿Qué se siente tener que ponerle empeño a una relación, Mister Fuck Boy?
—Te estás ganando una patada en el culo. —Una contracción originada por la ira mal apaciguada se hizo notoria sobre una de sus cejas.
—Aaaw, incluso ya me avisas antes de golpearme. El amog te está cambiandou —pronunció con un pésimo y fingido acento francés—. Quién lo dirí… ¡Ah!
Yūji se agachó justo a tiempo de recibir un puñetazo en la cara. Había tentado a la suerte y lo sabía. Con cada frase que dijo pudo ver como Sukuna cerró los dedos en puño, frunció el entrecejo y tensó la mandíbula.
—¡No, no, no! ¡No es cierto! —gritó, procurando no hacer tanto escándalo—. ¡Sólo quería molestarte! ¡Sukuna, harás que nos echen de la tienda!
Nada más por eso, el nombrado detuvo su intento de homicidio. No tan lejos de casa tenían un supermercado donde encontraban de todo; había cosas muy baratas y de calidad dudosa, también productos importados que no comprarían por gusto ni curiosidad; tal era el caso de los chocolates que Sukuna examinaba.
En un descuido le pegó a Yūji un rodillazo en el muslo.
—Deja de estar jodiendo y mejor ayuda a buscar algo decente.
—Ya, ya. Está bien. —Esbozó una extraña mueca de dolor mientras se sobaba el área afectada—. Por cierto, a Fushiguro no le gustan los dulces.
—¿Y qué carajo hacemos aquí entonces?
—No sé, yo te estaba siguiendo.
—¿Hah? ¿Cómo que me estabas siguiendo? Yo te estaba siguiendo a ti.
Ambos cruzaron los brazos y se mantuvieron pensando durante varios minutos.
—¿Ya se te ocurrió algo?
—Nada —respondió Yūji—. ¡Oh! —Chasqueó los dedos y dejó el índice en el aire—. ¡Jengibre! A Fushiguro le gusta mucho cualquier cosa que se lleve bien con eso.
Se miraron a los ojos, como si hubiesen tenido la misma idea.
—¡Té! —dijeron al unísono.
Sukuna se dirigió hacia la tercera planta, donde todo estaba dedicado a especias y cosas gourmet que, seguramente, sólo Uraume podría utilizar con certeza.
Por sugerencia de una vendedora, terminaron frente a una estantería donde disponían paquetes de infusiones; la mayoría, conjuntos de tarros de vidrio o empaques especiales, acomodados dentro de cajas que desprendían elegancia. No había un solo paquete que no sobrepasara los cien dólares.
—¿Tienes este dinero? —susurró Yūji, como si por hablar frente a los objetos pudiesen llegar a cobrarles.
—Por supuesto.
—¿De dónde lo sacaste?
Sukuna no necesitaba depender de sus habilidades analíticas para saber que Yūji quería asegurarse de escuchar algo como: «Descuida, no lo estoy tomando de lo que dejó el abuelo». Las peleas en territorio yakuza le dejaban lo suficiente para permitirse uno que otro lujo, mas no le contaría nada de eso por razones obvias.
—Ayudo a Uraume en el restaurante de sus padres. Y no. Eso no cuenta como trabajo de medio tiempo.
A diferencia de su hermano, Sukuna era un excelente mentiroso.
—¿Acaso nunca te has preguntado a dónde voy con ella cada domingo?
Yūji entonó un «oh» que duró lo necesario para hacer honor a su cara de asombro.
Luego de una serie de lanzamientos de moneda y elecciones basadas en la apariencia, Sukuna optó por una caja de madera grabada, con broche y bisagras de metal, que era agradable a la vista. En un momento determinado podría servir como decoración. Aprovechando lo que tenía que pagar, pidió que la envolvieran para regalo.
En el camino de regreso, vio la oportunidad para hacer un interrogatorio express.
—Su cumpleaños cae entre semana. ¿Cuándo lo van a celebrar?
Yūji le platicó que Nobara y él planeaban algo casual en casa de Gojō, porque a Fushiguro no le gustaban las fiestas ni las salidas aparatosas.
—Este viernes —le dijo—. Como salimos temprano de la escuela podemos relajarnos en su casa y también nos quedaremos con él hasta el sábado.
Se mantuvo un rato en silencio
—¿Quieres ven...?
—Ni loco —interrumpió.
—¿Hah? ¿Por qué no? Será divertido.
—Estará lleno de gente indeseable y Megumi.
—¡Pero si yo también estaré ahí! —agregó con efusividad, intentando convencerlo.
—Como te decía: gente indeseable y Megumi.
—¡Hey!
Una sonrisa sardónica se marcó en los labios de Sukuna.
—Tienes a tu amiga la orangutana…
—También se le dice «orangután» a la hembra —cortó las palabras de su hermano con una breve explicación carente de malicia.
Sukuna rodó los ojos. Claro que lo sabía. Sólo no tenía ganas de discutir, así que dejaría que Yūji presumiera el haber recibido educación primaria básica.
—Te decía: tu amiga la orangutana —repitió, haciendo más énfasis en la palabra—, tu profesor bastardo…
—Jamás entenderé tu desprecio por Gojō-sensei. Si lo trataras un poco…
—No, gracias. —Siguió con su conteo—. Y sólo Megumi vale la pena, así que paso.
—¿Y cuándo le piensas dar lo que compraste?
—¿Yo? Tú lo harás.
—¿Hah? ¿Acaso crees que soy tu recadero?
—En efecto: Cupido de tercera categoría.
—¡Oh, por supuesto! Si quieres también le doy un besito de tu parte —habló con ironía.
—Besar al novio de tu hermano es de putos.
—¡Pero si aún no son nada!
Debatieron una buena parte del trayecto. A ojos ajenos, parecería que no se soportaban y esa era la razón de sus peleas; sin embargo, esa era una de sus tantas maneras de demostrarse afecto. En ocasiones se les salía de control el asunto y en verdad terminaban hiriéndose, aunque este no era el caso.
El argüende finalizó cuando Yūji vio un puesto de takoyaki al dos por uno. El olor les llegó a ambos, que eran finos para detectar comida y más si estaba en oferta.
—Querido, bondadoso, increíble, guapo e intelectual hermano mayor. —Volteó Yūji a ver a su otro yo con las manos entrelazadas, pues él no llevaba ni un centavo encima.
—Si los compro, serán ambos para mí.
—Uy, no fuera Fushiguro porque: «¿Cuántas bolas quieres, mi amor? Las mías también te las puedo poner en bandeja.»
Sukuna soltó la carcajada. Nada más por eso pidió dos promociones para llevar.
El día tan esperado por todos, menos por Fushiguro, llegó en un abrir y cerrar de ojos: su décimo octavo cumpleaños. No es como si odiara cumplir años o algo similar. Para él se trataba de un día normal, común y corriente. No terminaba de comprender por qué a las personas les emocionaba tanto esa festividad, así como tampoco entendía la afición a la Navidad, San Valentín o Halloween. No obstante, debía recalcar que, entre más crecía, menos las odiaba. Quizá porque en el pasado solían ser él; de vez en cuando, Maki y Mai; sin olvidar a Gojō y su desbordante energía que hacía todo más difícil de sobrellevar cuando se trataba de lapsos prolongados. Eso sí, desde que la pasaba pegado a Yūji y Nobara, parecía haberse habituado a ese tipo de cosas.
Era difícil de explicar.
Al regresar de la escuela tomó un largo baño. Por poco se quedaba dormido de no ser por los toques de Gojō en la puerta que, en efecto, le pedían que no fuera a pasar a mejor vida para evitar encontrar un cadáver flotando. Vaya forma más bonita de hacérselo saber.
Bajó con ropa cómoda justo a tiempo para la cena y, pese a que de alguna manera lo presentía, fue bueno encontrar a su acostumbrado dúo aguardando por él junto a su tutor en el comedor. Lindo detalle el encontrarlos a todos en pijama.
De manera personal, sentía que era como tener… hermanos.
Después de concluir con la cena y de casi destruir a la familia en juegos de mesa, Gojō se levantó para hacer un anuncio importante.
—Muy bien, es hora del momento que todos hemos estado esperando. —Señaló a Yūji y Nobara—. ¡Redoble de tambores!
Los muchachos golpearon la superficie de la mesa con los dedos.
—¡Tu regalo de cumpleaños! —De algún lugar místico sacó un cubo con un moño encima—. Ahora, tienes dos opciones: puedes escoger esta modesta caja o catafixiar su contenido por el cariño y apoyo incondicional de estos dos jóvenes.
Yūji y Nobara adoptaron una pose coqueta, haciendo corazones con las manos.
—Quiero la caja —enunció sin pensarlo demasiado.
—¡Qué grosero, Fushiguro! —se quejó Nobara.
—¡Sí! ¡Pisoteas nuestros sentimientos! —Yūji separó las manos, partiendo a la mitad la figura que formó con estas.
Estaba de sobra aclarar que sólo hacían drama.
Gojō quitó el envoltorio y destapó la caja.
—¡Tu primer Rolex!
—¿No se supone que eso lo tenía que abrir yo?
—Detalles. —Lanzó una mano al aire, restándole importancia y puso frente a él su nuevo reloj—. Le dieron una manita de gato en una de mis joyerías para que combine con tus ojos.
Dos miradas curiosas se adelantaron a cada lado del cumpleañero mientras este extraía un reloj plateado; el bisel hacía un increíble contraste al formar el círculo con esmeraldas, mismas que marcaban los cuatro puntos cardinales en las horas. Los ocho números restantes eran de diamante.
A los fisgones se les cayó la mandíbula al suelo. Fushiguro se ató la fría correa metálica a la muñeca.
—Ahora vamos a juego. —Gojō se levantó la manga, dejando ver el mismo modelo, sólo que el suyo reemplazaba las esmeraldas por zafiros.
También le regaló uno a Nanami años atrás. El suyo contenía topacios imperiales. Con Fushiguro serían tres las personas que portaban un regalo caprichoso de Gojō.
—Momento, momento —habló Nobara—. Sensei, ¿acaso dijo «mis joyerías»?
Gojō parpadeó algunas veces antes de responder.
—Sí. —Al ver la cara extrañada de Nobara, intuyó lo que pasaba—. ¿Acaso Megumi nunca les contó que soy joyero?
Ambos negaron con la cabeza.
—Muchas generaciones de mi familia se dedicaron a la joyería y bisutería. Digamos que soy el dueño de la franquicia Heavenly Restriction y sus dos ramas: Infinity y Limitless —anunció como si se tratara de algo sin relevancia.
Nobara se cubrió la boca como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—¿Es muy importante? —preguntó Yūji.
—¡¿Cómo?! —replicó Nobara—. ¡¿Nunca has oído hablar de Infinity?!
El chico negó con la cabeza.
—Bueno, era de esperarse que alguien como tú no tuviera ni la menor idea de las tendencias más ostentosas del mundo de la moda, así que permíteme ilustrarte. —Sacó su celular para enseñar algunas imágenes de ropa confeccionada para famosos, perfumes, relojes, zapatos, bolsas y demás accesorios—. Todo esto pertenece a Infinity. Es un convenio de varias marcas que producen artículos de lujo adornados con oro, joyas y cosas por el estilo.
Fushiguro y Gojō intercambiaron miradas. Al primero de ellos le molestaba ser asociado con un magnate, razón por la que nunca comentaba de su vínculo con Gojō y, a sabiendas de eso era que el otro se mantenía al margen de exhibir artículos de sus colecciones en redes sociales, sin mencionar que todas las tenía privadas. No siempre fue de ese modo. Muchos años se regodeó en la fama. Fue imprudente hasta el exceso y ese descuido terminó por hacer añicos la niñez de Fushiguro. Como consecuencia de ello se mudaron de prefectura y comenzó desde cero con un perfil bajo.
Por su parte, Fushiguro le tomó un terrible desprecio a los objetos suntuosos, en especial a las joyas. Por esas malditas cosas tan brillantes y codiciadas él… Bueno, ese era un tema del pasado y entre más atrás quedara, mejor. De un par de años a la fecha había comenzado a superar ese repudio.
Gojō se arriesgó demasiado con su obsequio, pero le sentó realmente bien a su conciencia ver que su muchacho, en lugar de regresarle el reloj, se lo colocó.
—¡Ahora todo tiene sentido! —Yūji chocó el puño de una mano contra la otra extendida.
—Así es, ¿y sabes lo que eso significa? —preguntó Nobara.
Yūji asintió, compartiendo la complicidad en el rostro.
—¡Fushiguro es un joven amo! —exclamaron ambos al tiempo.
—Eso explica sus manías de abuelo —complementó Yūji.
—Y que sea tan quisquilloso con la comida.
—Saben que puedo oírlos, ¿verdad? —replicó el nombrado a la distancia.
Muy para sus adentros, Gojō agradecía esos buenos amigos. Eran incondicionales con Fushiguro, incluso desde antes de saber que tenía dinero, aunque por la humilde casa en la que residían, eso se podía dilucidar en cierta medida.
Por eso mismo Yūji tenía puntos extra como candidato a ser su pareja ideal. Aparte de ser compatible con su personalidad e increíble sentido del humor, se trataba de alguien cercano a Fushiguro; alguien que sería incapaz de hacerle daño; alguien que no se dejaría corromper por monedas y billetes.
¿Cómo fue tan estúpido para no darse cuenta antes? En lugar de tener amoríos por ahí, debió acercarse al círculo social de su tutorado. No era muy grande, por lo que el descarte hubiese sido rápido y sencillo.
Ahora que tenía la conexión de todos los puntos en su cabeza, menos podía dejar escapar a Yūji.
Si tenía que colocar grilletes y cadenas en cada una de sus extremidades, lo haría. Y si escapaba, siempre podría cortárselas.
Si tenía que forzarlo a ser suyo, lo haría. Y si se negaba, siempre podría hacer uso de una que otra sustancia ilícita que agilizara el proceso.
Si tenía que obligarlo a aceptar lo que sentía, lo haría. Y si despreciaba sus besos y caricias, un buen golpe o castigo siempre podría hacerle cambiar de opinión.
¡Era más que perfecto! Era lo ideal para los tres.
—Ah, por cierto, también traje algo para ti —habló Yūji, quien hizo una pausa en su cuchicheo con Nobara para sacar de su mochila aquello que Sukuna había comprado.
Todos se acercaron de nuevo a la mesa, donde fue depositado el paquete.
Fushiguro lo levantó, intentando analizar su contenido.
«Pesa.» Le asombró recibir eso, en especial porque conocía de la situación financiera de su amigo.
Entreabrió los labios para pronunciar un agradecimiento, pero fue la misma persona que se lo entregó, quien le arrebató las palabras.
—Es… —Pasó una mano hacia la parte trasera del cuello—..., de parte de Sukuna.
Un largo silencio recorrió el salón.
Con excepción de Yūji y Fushiguro, nadie sabía por qué Sukuna se molestaría en mandar un regalo.
—¡Es una bomba! —exclamó Nobara.
Fushiguro alejó el presente de ella antes de que se lo quitara.
—Puede ser peligroso. Me aseguraré en tu lugar —explicó Gojō.
Fushiguro abrazó su obsequio para que no le arrancaran el placer de destaparlo.
—Este sí lo voy a abrir yo —amenazó.
Como no lo dejaban en paz, tuvo que encerrarse en su habitación. Una vez allí, se metió al vestíbulo y, pese a que moría de ganas por saber qué le había preparado Sukuna, acomodó el empaque en la parte superior de uno de los closets, detrás de una caja de zapatos.
Le pidieron disculpas por la insistencia, le hicieron ojitos, lo bañaron en elogios, pero no dio su brazo a torcer. Quizá Nobara y Gojō fueran fáciles de convencer cuando les dedicaban ese tipo de atenciones, pero Fushiguro sólo quería meterles un pan en la boca para que se callaran un rato. El traidor de Yūji, en lugar de ayudar, sólo fingía demencia y se perdía por ahí.
Cuando se dieron por vencidos, el trío de costumbre se puso a ver televisión en el cuarto del cumpleañero. Era invierno, hacía frío y todos tenían el pijama encima. Acomodarse en la cama fue el paso previo para terminar dormidos en cuestión de minutos.
Gracias al calor y la comodidad, Fushiguro apagó la pantalla y se acurrucó mejor.
Con el paso de las horas, en la madrugada, Gojō se dispuso a tener un lindo acercamiento con Yūji. En su mente el plan no tenía fallos; el impedimento más grande era Fushiguro, mas tenía la excusa perfecta para no levantar sospechas.
Se paró frente a la puerta de la habitación del chico. Si tocaba, lo despertaría; si giraba el picaporte y entraba, igual lo despertaría, por lo que eligió la alternativa más normal de todas y golpeó con suavidad la madera antes de ingresar.
Como era de esperarse, Fushiguro abrió los ojos, adormilado y con el cuerpo tan pesado como para intentar moverse o responder.
La luz que se filtraba por el resquicio de la puerta, que Gojō emparejó, alumbraba lo suficiente para distinguir la posición de todos. Yūji se encontraba en un extremo, con un brazo fungiendo de almohada para sus amigos y el otro colgando fuera de la cama. Fushiguro, al centro, se hallaba recargado en el pecho de Yūji, también era la cuchara pequeña de Nobara, quien lo abrazaba por la espalda y le tenía una pierna por encima de la cadera.
Gojō deseaba tomar una foto. De igual modo, envidió a Fushiguro a niveles antinaturales.
—¿Ocurre algo? —susurró este último, cerrando los ojos en el proceso.
—Nada —canturreó en voz baja, acercándose a ellos.
Tocó una de las mejillas de Yūji, donde sus dedos percibieron la humedad de la saliva fresca y por mero impulso los limpió con su propia lengua, como quien saborea los restos de una botana que se impregna en las yemas.
—Se me ocurrió que... —continuó—, podría llevarme a alguno a una de las habitaciones para visitas. De ese modo tendrías más espacio para descansar cómodo, ¿no te parece?
Fushiguro soltó una especie de gruñido desinteresado y cansado, que bien podía ser tomado como una afirmación.
Gojō sostuvo por la muñeca la mano de Fushiguro, que cruzaba de un lado al otro el pecho de Yūji, y la retiró con cuidado. De paso, le acarició su suave y oscuro cabello, dando un masaje para que se relajara y durmiera de nuevo.
—Ya que está más próximo a la orilla y tiene el sueño bien pesado, me llevo a Yūji, ¿bien?
Así era como concluía con su plan perfecto. Sólo restaba llevar al chico a su recámara y…
—Espere.
Fushiguro estuvo a punto de dar media vuelta y ceder, pero las últimas palabras de Gojō se repitieron como un peligroso eco en lo profundo del subconsciente, lo cual, evocó algunas imágenes perturbadoras del «incidente de la sala» y lo obligaron a despertar por completo.
—Yo… Ya estoy despierto. —Se incorporó poco a poco—. Será mejor que yo me mueva.
«¡Por un demonio, Megumi!» La oscuridad escondió a la perfección la irritación plasmada en sus ojos. Por mero autocontrol pudo modular su voz para que se escuchara tan imperturbable como cuando se adentró en la habitación.
—Vamos, vamos. El cumpleañero es quien más debe dormir, de lo contrario no crecerás.
Antes de que Fushiguro agregara algo, un quejido, un tanto más agudo, se escuchó a sus espaldas.
—¿Ya es de día? —preguntó Nobara, tallándose un ojo con el dorso de la mano.
—No —respondió Fushiguro.
—¿Entonces? ¿Por qué estamos despiertos?
—Ah… —Lo mejor sería decirle la verdad—. Gojō-sensei quería pasar a uno de nosotros a un cuarto de huéspedes para tener más espacio.
—Yay, una cama para mí solita. Yo quiero. —Intentó moverse a gatas hacia el extremo de la cama.
Lo único que logró fue terminar boca abajo sobre el abdomen de Yūji. De todos los conscientes, ella era quien más tenía el modo zombie activo.
—Muy bien —habló Gojō, animando a Nobara a medio levantarse una vez más—. Yo te llevo.
Con un par de movimientos firmes, no por eso carentes de delicadeza, tomó a la mujer en brazos. Eso debía bastar para que Fushiguro bajara la guardia, pues su explicación de la situación sonó digna de alguien muy lúcido.
El plan improvisado se fue al carajo.
—Descansa, Megumi.
Tras decir eso, salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas. No le quedó de otra más que dejar a la chica en un espacio para ella sola. Le deseó una buena noche y volvió a su propia recámara con las manos vacías.
«Tú ya tienes al tuyo, así que ¿por qué te interpones en mi camino?»
Fushiguro escogió a su gemelo y lo dejó en un sistema de apartado; era un delincuente con complejo de superioridad; el otro, el que estaba medio menso, le tocaba a él por derecho.
Sin embargo, no sabía si Fushiguro lo hacía de forma consciente o no. Para aclarar la situación, la próxima vez no sería tan sutil ni permisivo. Sería completamente agresivo; le echaría en cara a ese par, y a quien fuera, que Yūji le pertenecía a él. A nadie más que a él. Y habría consecuencias para cualquiera que intentase impedirlo, incluso si esa persona era Sukuna o el propio Fushiguro.
A Fushiguro le costó procesar lo que acababa de ocurrir, así que se acomodó sobre el pecho ajeno. Poco a poco, el constante y sereno palpitar de su corazón hizo que se tranquilizara.
Sabía que Nobara no corría ninguna clase de peligro al quedarse a solas con Gojō. No había tenido ninguna actitud extraña con ella, al contrario de Yūji. Debía hablar pronto con Gojō al respecto, pese a que le generaba cierta ansiedad sólo pensarlo.
Giró hacia el lado opuesto para dejar de ver el rostro de su amigo, sin dejar de usar su brazo como almohada. Entonces, se preguntó si con Sukuna sería igual. Era obvio que pese a ser gemelos, tenían sus diferencias (en especial de personalidad), pero a ojos de Fushiguro, sus cuerpos estaban igual de trabajados, por lo que su cerebro reaccionó a sus instintos más profundos y no dudó de proporcionarle la fantasía de que no tenía a Yūji a su lado, sino a Sukuna.
«No, basta. Deja de creer eso.» Se recriminó.
No obstante, y tomando ventaja de que el otro tenía un sueño en extremo profundo, actuó por osadía y entrelazó sus dedos con los de Yūji. Su imaginación se encargó de los detalles menores, como pintarle de negro las uñas al chico y añadir dos franjas en la muñeca, que vendrían a ser parte de los tatuajes.
Inhaló y exhaló con la misma calma, suprimiendo un suspiro audible. Entonces, retiró la mano y se cubrió hasta la cabeza con las cobijas.
«¡¿Pero qué demonios estoy haciendo?!»
Utilizar a un hermano fingiendo que era el otro.
«Soy de lo peor.»
De alguna manera, pensar en Sukuna lo tranquilizaba y lo alteraba; le hacía experimentar un extraño cosquilleo, el cual, se intensificaba si pasaba tiempo con él. Si había algo que odiaba, era el hecho de que Sukuna no fuera consciente de eso.
¡Un momento! ¿En verdad Sukuna no tenía idea? ¿Entonces por qué le dio un regalo de cumpleaños? Quizá lo consideraba un amigo y lo hizo por cortesía. Una parte de él llegó a esa conclusión para mantenerse bajo control, la parte más sensata y racional, había que aclarar. La otra rama de pensamiento correspondía a un ridículo adolescente enamorado y se dedicaba a confundir la fantasía con la realidad. No sabía en cual confiar y no podía actuar hasta no decidirse por una.
Nuevamente me veo en la obligación moral de decirles que no sean como Gojō, el tipo tiene muchas cosas mal en su cabeza. (?) Pero como decía mi abuela: «Siempre hay un roto para un descosido»
Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y tenerme tanta paciencia. ¡Nos leemos la próxima semana! (。•̀ᴗ-)✧
