CAPÍTULO XXII
—Oye, Itadori. —Nobara inició la conversación para matar el tiempo mientras hacía el aseo junto a su compañero—. ¿No sientes que Gojō-sensei es un poco raro?
—Mhn… —se mantuvo pensativo, sin atreverse a juzgar sin elementos suficientes.
Sí que era una persona inusual, aunque su carácter no le incomodaba en particular.
—Debería buscar amigos de su edad —agregó Nobara.
—A mí me agrada. —Sonrió en el momento, captando el por qué ella sacó el tema—. Es mayor que nosotros, pero da más confianza que hablar con cualquier otro adulto, ¿no crees?
—Hmm. —Le daba igual, a decir verdad. Quizá Yūji lo decía porque él no tenía ningún mayor al cual recurrir y Gojō era lo más cercano a eso.
—Y no quiero criticar su apariencia, pero era más fácil relajarse antes de que viniera trajeado. De repente siento que estoy hablando con Nanami-sensei. Extraño su estilo relajado.
—¡Totalmente de acuerdo! Aunque quizá sea una excentricidad.
—¿Cómo?
—¿Recuerdas su pijama en el cumpleaños de Fushiguro?
—Ah, sí, sí. Parecía de las que usan los ricos en películas de Hollywood.
—Exacto. Le luce bien, pero ya lo hemos visto fachoso antes. ¿Por qué cambiar a estas alturas?
Yūji se encogió de hombros.
—Tal vez quiere cambiar de look.
Transcurrieron algunos segundos en silencio, hasta que Nobara habló de nuevo.
—¿Tienes planes para navidad?
—Ninguno. —Se encogió de hombros—. ¿Por qué?
—Para salir por ahí. Yo tampoco tengo nada que hacer.
—Entonces veamos qué encontramos. ¿Invitamos a Fushiguro?
Nobara asintió con un sonido similar a un «hn».
—Seguro nos entretenemos con algo en el camino.
«¡Maldita sea!» exclamó Gojō para sus adentros. Presionó los brazos, que mantenía cruzados sobre el pecho.
Se encontraba de pie en la puerta de salida. A un lado, para ser más específico, ocultando su presencia al recargarse contra la pared a unos centímetros del marco. Él fue quien decidió a los alumnos que limpiarían al final de la clase con el objetivo de despachar a Nobara y hacer planes con Yūji para navidad. Era bien sabido que aquella festividad en Japón se enfocaba más en las parejas; no tenía el significado familiar de occidente, aunque sí había personas que lo pasaban como tal.
Con el plan A tirado a la basura, restaba el plan B, en el que Nobara terminaba en el hospital por razones místicas. Sin embargo, aún si se deshacía indirectamente de ella todavía quedaba Fushiguro, pues ya tenían decidido decirle. Desaparecer a dos personas sería muy sospechoso.
Quedaba la opción de seguirlos y aprovechar la oportunidad cuanto se le presentara.
Llevó el pulgar a la boca, mordiendo la uña mientras pensaba en alguna otra posibilidad. Sin mencionar que ahora debía buscar qué hacer con todos los malditos trajes que compró porque a Yūji no le gustaron. No fueron las palabras exactas del muchacho, pero así las interpretó.
«Puedo dárselos a Nanami.» Ambos usaban casi las mismas tallas, por lo que sólo tendría que lidiar con ajustes menores.
El 24 de Diciembre se transformó en un día de compras para Nobara en el que tenía a dos monigotes que le ayudaban a cargar cajas y bolsas. Igual, les compró un detallito a cada uno para no verse muy abusiva. Pese a todo, los otros dos estuvieron de acuerdo, era mejor caminar por ahí sin rumbo a quedarse encerrados en casa sin nada que hacer.
—Tengo hambre —se quejaron Yūji y Nobara al tiempo en que suspiraban.
Nobara se detuvo y escrutó los alrededores con la mirada. Como si el universo estuviera de su lado, se le atravesó el anuncio de un bufet que ofrecía promociones a parejas dada la festividad.
—¡Qué suerte! —Tomó a cada uno de una mano para acercarse al local.
—Dice que sólo es para parejas —anunció Fushiguro, percatándose de lo que pretendía.
—Podemos ser una pareja de tres. —Yūji guiñó un ojo al final de la oración.
Fushiguro pudo escuchar el momento exacto en el que algunas de sus neuronas cometían suicidio ante semejante estupidez.
—Podríamos llamar a alguien más —sugirió Nobara.
—¿Qué tal Uraume? —Yūji no conocía demasiadas chicas a las que fuera cercano. Es más, Nobara era la única chica con la que se llevaba de las mil maravillas, tal vez porque a veces la veía como un amigo más.
A los otros dos no les convenció demasiado. Podía asegurarlo por las expresiones en sus rostros.
—Maki —dijo Fushiguro.
—¡Ah! Buena idea. —Nobara sacó su celular del bolso que colgaba por un lado de su cadera—. La llamaré.
—Oh my. Vaya coincidencia —canturreó un Gojō que se acercaba hacia ellos reclamando algo de atención—. Debe ser el destino que nos encontremos aquí.
Fushiguro lo amonestó con la mirada. No comentó nada con anterioridad a sus amigos porque parecía que se quedaría al margen, pero notó que Gojō los había estado siguiendo casi desde que salió de casa para encontrarse con los otros dos en el centro.
—¿Qué están haciendo? ¿Ya comieron? —preguntó y acercó una mano para despeinar los cabellos de Yūji.
—En eso estábamos. Nobara encontró este lugar. —Yūji señaló a sus espaldas—. Pero nos hace falta una persona para entrar en parejas.
—Chicos, Maki-senpai no responde —se notaba la decepción en la voz de Nobara, no despegó la mirada del celular—. En sus publicaciones más recientes pone que estaría algo ocupada, así que podría no coger llamadas (hola, sensei). ¿Tienen a alguien más en mente?
Gojō se señaló a sí mismo.
—No tengo nada que hacer, si quieren…
—¡Ah! ¡Estaría genial! —dijo Yūji, adelantándose a los hechos—. Así ya no tendríamos que esperar a que llegara otra persona.
—Pero eso nos dejaría a una pareja del mismo sexo —señaló Fushiguro. No tenía nada en contra, le daba igual. La sociedad japonesa era el impedimento y quizá se pusieran pesados en el local.
—¿Y eso qué? Ahí dice «parejas», no especifican de qué tipo. —Puso las manos sobre los ojos, simulando unos binoculares—. Tampoco hay muñequitos, sólo dibujitos de corazones y copos de nieve en el letrero. Usemos eso a nuestro favor.
—Me sorprende que en ocasiones tengas buenas ideas —habló Nobara ante el pensamiento rápido del otro.
«¡Ese es mi Yūji!» La versión miniatura de sí mismo que vivía en el cerebro de Gojō no hizo más que retorcerse de felicidad.
Fushiguro se encogió de hombros, esperando que todo saliera bien.
—Entonces —continuó el genio del momento—, Fushiguro puede entrar con Gojō-sensei, y Nobara conmi…
—¡Paso! —negó ella con un grito dramático.
—¿Eh? ¿Por qué?
—Mírate. —Lo señaló con ambas palmas abiertas.
Yūji volteó hacia abajo. Llevaba puestos unos tenis, pantalones oscuros de mezclilla y una chamarra verde oscuro que perteneció a su profesor en algún momento de su vida. No veía nada mal en su conjunto.
—No estás presentable para salir conmigo.
—¡Pero qué demonios…! ¡¿Quieres que me ponga un gorrito rojo con un pompón blanco?!
—¡Eso lo haría aún peor! ¡Me niego!
Fushiguro rodó los ojos.
«Qué pena ajena...» Desearía haber cargado sus audífonos para entretenerse con algo en lo que esos dos tenían su competencia de gritos. Les dio la espalda para que las miradas curiosas que volteaban con discreción no lo relacionaran con ellos.
—¿Qué te parece esto? —preguntó Yūji—. Tú entras con Fushiguro y yo con…
—¡Ve su cara de infelicidad! —interrumpió ella, señalando al emo de atrás—. Si entra con ese rostro luciré como una novia terrible que lo vuelve miserable cada día de su existencia.
—¡Él nació con esa cara! ¡Seguro que nadie los va a juzgar después de un rato!
Fushiguro se hizo el ofendido. No dijo nada para empeorar la situación, pero le disgustó aún más que Gojō ni se esforzara en disimular la risa.
—¡Ah, nada te parece! ¡Entonces vas con Gojō-sensei! ¡Viste bien y tiene estilo! ¡¿Qué tal?!
—¡No quiero salir con mi profesor! ¡Es perturbador! ¡Creerán que soy una interesada y que él es mi sugar daddy!
—¿Perdón? —Esta vez fue el turno de Gojō para quedar impactado.
Fushiguro se burló de él a la distancia.
—¡Bien! —exclamó Nobara, haciendo una señal de alto con las manos—. Vamos a dejarlo a la suerte.
Ingresó en una página de Internet con una ruleta y puso los nombres de los chicos.
—Entraré con el que salga aquí y no quiero escuchar ni una palabra más —sentenció.
«Tú eres la única que se está quejando.» Todos los presentes compartieron el mismo pensamiento. No abrieron la boca para ir a comer de una buena vez.
Nobara presionó el ícono del centro y la ruleta comenzó a girar.
«Que sea Megumi, que sea Megumi, que sea Megumi...» repitió Gojō, una y otra vez, como si se tratase de una maldición capaz de conjurarse con la mente.
La pantalla del celular mostró como ganador a Fushiguro.
—Ahora sólo añadiremos los detalles finales para que parezca que Fushiguro te quiere mucho y asunto arreglado —dijo Yūji.
Lo único que hizo fue cargarle su parte de bolsas al pobre desdichado.
—¿Pero qué rayos estás haciendo? —cuestionó la pareja-por-un-día de Nobara.
—¿Acaso no es obvio? Si quieres dar la impresión de ser un buen novio, tienes que cargar con todo eso tú solo. —Levantó un pulgar a juego con una sonrisa entre inocente y maliciosa. Por unos instantes fue como si Sukuna se hubiese apoderado del cuerpo de Yūji—. ¡Fuerza, tigre!
Fushiguro quería soltar todo. Pareciera que Nobara leyó sus intenciones, porque la amenaza no tardó en llegar a sus oídos.
—Tiras algo y te mato.
—Tengo el auto estacionado cerca —habló Gojō—. Siempre podemos poner las cosas en el maletero.
Así lo hicieron. Se dirigieron hacia un aparcamiento para acomodar las compras y quedar más libres.
—Por cierto —agregó Nobara—, ¿no creen que deberíamos hacer algo con la apariencia de Gojō-sensei?
Los chicos lo barrieron de arriba abajo. Botas a la rodilla, pantalones negros ceñidos, polera de cuello alto en un tono hueso; todo cubierto por un cardigan oscuro perfecto para el invierno; sin mencionar los lentes negros que siempre tenía encima por default.
—No lo veo nada mal.
—Yo tampoco.
—No me refiero a su ropa —contestó ella—. El problema es su cara.
—¡¿Y qué quieres hacerle al pobre?! —Yūji fue el primero en reclamar—. ¡¿Una cirugía en vía pública?! ¡Doctor Fushiguro, saque el bisturí!
—¡No grites por todo, idiota!
—No empiecen —se quejó Fushiguro, poniendo los ojos en blanco.
Estaba de sobra aclarar que Gojō andaba encantado de que Yūji saltara a defender su apariencia. ¿Debería comprar un conjunto a juego?
—Gojō-sensei, voltee para acá —habló Nobara, al tiempo en que sacaba su teléfono para tomar una foto—. Quítese los lentes un momento, por favor.
A Gojō le pareció extraña la petición, pero no se quejó, salvo porque ella olvidó quitar el flash y la lucecita le lastimó los ojos a causa de su fotosensibilidad. Ojalá no le diera jaqueca más tarde.
Se colocó las gafas antes de acercarse, como el otro par de curiosos, para saber qué tanto hacía Nobara en el celular.
—Saben, tengo la fuerte corazonada de que Gojō-sensei se vería más joven con un corte de cabello. —Hizo algunos ajustes sobre la pantalla con una aplicación de edición semiprofesional—. ¡Bingo!
Mostró el resultado a los tres y, en efecto, un peinado más corto, aunque no tanto como el de Yūji, favorecía aún más a la cara de «traga años» que se cargaba su profesor.
Gojō abrió los ojos con sorpresa, intuyendo por dónde iba el asunto.
—¿No irás a…?
—Piense en Itadori, sensei —habló ella, ganándose por completo la atención y buena voluntad del otro—. Ya es suficientemente problemático que tenga que entrar con otro hombre a ese lugar. Lo mínimo que puede hacer por él es aparentar ser más joven para que nadie llame a la policía.
Fushiguro tomó su propia barbilla entre el índice y el pulgar. Para variar, Nobara tenía toda la razón y no sólo en lo físico.
—Bueno es cierto que si saliera con alguien como Gojō-sensei, la diferencia de edad sería terrible —enunció Yūji, entre nervioso y extrañado—, pero es sólo por hoy y no creo que sea necesario llegar a tal ext…
—¡Lo haré! —Gojō cortó las palabras del muchacho con una intimidante decisión en la voz.
Eso tomó por sorpresa a los presentes, en especial a Fushiguro, quien no pudo decir nada porque la primera en disparar un comentario alegre fue Nobara.
—¡Magnífico! Le aseguro que se verá genial. Déjelo en mis manos. No muy lejos de aquí hay una estética que…
Gojō dejó de escuchar los detalles, ya que sentía que carecían de importancia.
¿Cómo que sería un problema la diferencia de edad? Seguro que Yūji no tenía idea de lo que estaba diciendo. Sí. Debía ser eso.
«Presta mucha atención, Yūji —pensó—. A partir de ahora, no permitiré que me quites los ojos de encima.» Para él, su atuendo, su cabello y, en general, su apariencia, no era nada. Si tenía que ajustar hasta el mínimo detalle para estar más cerca de su querido Yūji, lo haría.
—¿Está seguro de esto, sensei? —preguntó Yūji, algo pasmado de que por un consejo de Nobara su profesor cambiará de peinado sin meditarlo demasiado.
—Descuida, todo está bien. El cabello vuelve a crecer. Y cambiar de look de vez en cuando no es tan malo.
Yūji no agregó nada más. En la estética no se tardaron nada en dejar a Gojō como en la imagen que mostró Nobara. Sin notarse radical, era un verdadero cambio. Cinco años sí se los podía quitar de encima sin mucho problema.
—Usted tiene veinticinco años ahora —dijo Nobara, indicó a su profesor—. Y tú tienes veinte; de alguna manera llegaste a esa edad sano y salvo. —Señaló a Yūji una vez fuera del salón para no sonar sospechosa.
—¡Entendido! —aceptaron los involucrados sin rechistar.
Los primeros en entrar al buffet fueron Nobara y Fushiguro. Todo normal. Les pidieron tomarse una foto de pareja para pegarla en el mural, pagar un mínimo de entrada y, sólo entonces, pudieron proseguir hacia sus asientos. Fushiguro se llevó una gran sorpresa cuando, al ingresar, en una mesa no muy lejana donde se sentarían ellos (porque cabían cuatro personas) logró divisar a Sukuna con Uraume.
Intercambiaron miradas rápidas, discretas, en una fracción de segundo. Intentó no darle mucha importancia. Por alguna incomprensible razón, Fushiguro sintió una presión en el pecho; sabía que Sukuna y Uraume no eran pareja, él mismo se lo había confirmado; sin embargo, la incomodidad persistía.
—¿Crees que estén bien? —preguntó Nobara, girando el rostro en dirección a la puerta.
Fushiguro no necesitó más que escuchar esas palabras para dirigir su atención hacia el mismo lugar que su amiga. Lejos de preocuparse por Sukuna, por quién debería interesarse más en esos momentos era por Yūji y Gojō. Llamarían mucho la atención, eso lo tenía por sentado.
—Muy bien, sensei —dijo Yūji, a las afueras del local—. ¿Qué es más importante para usted? ¿El orgullo o la comida?
—¡Comida! —dijo con una emoción que sería aún más notable si no tuviera anteojos negros.
—¡Eso quería escuchar!
En un acto de complicidad, Yūji tomó la mano de Gojō y entrelazó sus dedos. A este último, la sangre le recorrió todo el cuerpo en tiempo récord.
¡Su preciosidad de novio estaba tomando la iniciativa!
—Es para volver más creíble la actuación. —Yūji guiñó un ojo a modo de punto final en la oración.
Gojō le sonrió en respuesta. Si no los dejaban entrar (ojalá), no dudaría en secuestrarlo para pasarla bien. Los dos. Solos.
Como si la entrada espectacular y a paso firme de Gojō no hubiera llamado y lo suficiente la atención, que abrazará por un lado a Yūji frente al mostrador sí que lo fue.
—Quisiera tomar la promoción de la entrada —enunció con una voz clara y hasta seductora.
—La promoción sólo es para parejas —dijo la empleada.
—Ajá, por eso vine con mi pareja. —Tomó el mentón de Yūji y lo levantó, dedicándole una sonrisa que mezclaba la ternura con la complicidad.
La chica miró hacia atrás en busca de la ayuda de su compañero, quién se encargaba de la fotografía. El chico sólo se encogió de hombros. Ella regresó la vista al frente.
—Mu-Muy bien —titubeó, esperando que su jefe no le llamara la atención después—, le cobró de este lado.
Yūji buscó entre sus bolsillos para poner su parte sobre la pequeña charola; no obstante, Gojō le detuvo la mano en el acto y extrajo su propia billetera, de la cual, sacó el monto necesario.
—¿Qué clase de novio sería yo si te dejara pagar esto, honey?
Más que sonrojarse por ser llamado de esa manera, el rubor que coloreaba las mejillas de Yūji se debió a no estar acostumbrado a ese tipo de trato. Toda su vida con un Sukuna salvaje lo había habituado a algo más directo y brutal. Por suerte, gracias a lo bueno que era con las imitaciones, su reacción fue tan natural como la de un adolescente enamorado cualquiera. No echaría a perder los esfuerzos de su maestro.
—Bienvenidos —habló la chica, extendiendo unas pulseras de papel para identificar a los que entraban en el plan de bufet—. Ahora sólo tienen que sacarse una foto con mi compañero, para colocarla en el mural, y después pueden tomar asiento donde deseen.
Gojō entró de la manita con Yūji. Se sentó en un banquito con el chico de pie entre sus piernas y sus rostros uno al lado del otro, pasando ambos brazos sobre la cintura ajena. Más tarde regresaría por la fotografía.
—Sonríe —susurró con una voz coqueta, entonando una melodía que derretiría a cualquiera.
A cualquiera, menos a Yūji. Luego de pasar ese problemático filtro, se dirigieron hacia la mesa en la que se hallaban sus otros dos cómplices.
—¿Ya viste quién está aquí? —preguntó Nobara, agachándose sobre la mesa y señalando hacia atrás.
Yūji dirigió sus ojos en diagonal, buscando a la persona indicada. Hizo el símbolo de «amor y paz» con la mano cuando encontró a su gemelo sentado más al fondo.
La comida era el llamado universal. Una parte de él se sintió en la necesidad de explicarle a Fushiguro que Sukuna y Uraume seguro estaban allí por lo mismo que ellos; sin embargo, no sabría cómo justificar el hacer ese comentario, por lo que no tuvo más remedio que callar y esperar que el otro no lo malinterpretara.
—¡No puedo creer que incluso ese cara-de-imbécil (sin ofender, Itadori) tenga novia, pero yo no!
—No es una competencia —dijo Fushiguro.
—Y tampoco es su novia —completó Yūji, sin saber cuántas veces había repetido esa frase.
—¿Entonces los rumores de la escuela son falsos? —Gojō hizo uso de la palabra esta vez.
—Así es.
—¡Wah! ¡Qué suerte! —Juntó las manos y fijó su atención sobre su tutorado, sentado delante de él.
«Maldita sea» pensó Fushiguro. Era más que obvio de que Gojō sabía de su interés por Sukuna. Ese gesto era inconfundible.
La única que parecía no comprender aquello fue Nobara. Que Yūji no agregara nada sólo terminó por confirmar las sospechas de Gojō. Seguro que los hermanos se contaban sus cosas.
—Y bien —agregó este último cuando Fushiguro y Nobara fueron a servirse—, ¿desde cuándo lo sabes?
—¿Huh? —la pregunta lo tomó—. ¿Qué cosa?
—Que esos dos se atraen.
Yūji puso los ojos en blanco y fingió demencia.
—¿Ha-Habla de Fushiguro y Kugisaki? Vaya, no creí que…
—Yūji. —Le pasó un dedo por los labios para hacerlo callar—. Hablo de Megumi y Sukuna.
—¡Shhh! —Agarró a Gojō por el cuello de la ropa y lo bajó a su altura, acercando más sus rostros—. No lo diga tan fuerte. —Si Sukuna escuchaba, él sería hombre muerto.
Gojō rió por lo bajo.
—Entonces estaba en lo cierto.
—¡Ah! ¡Me estaba probando! —No se molestó de corazón, sólo de palabras para afuera; de la manera más estúpida, había caído en su red—. Demonios, ¿qué haré? No le vaya a contar nada a Fushiguro —susurró en una mezcla entre amenaza y súplica.
—¿Por qué lo haría? Es muy divertido ver a Megumi lidiando con su romance de novela.
—¡¿Eh?! ¿O sea que Fushiguro también…?
El mismo dedo que Gojō usó para sellar los labios de Yūji con anterioridad, lo dirigió a los propios para que bajara más la voz.
—¿Fushiguro le ha dicho algo? —Si podía averiguar algo de valor para su hermano no dudaría en hacérselo saber.
—Lo he criado desde hace más de diez años. ¿Crees que necesita decírmelo de frente? Él… es un libro abierto cuando aprendes a leer el idioma en el que está escrito.
Yūji se emocionó de golpe. Volteó a ver a Sukuna y luego al hombre que tenía delante. No podía guardarse algo así y menos en ese momento. Gojō lo retuvo en su lugar cuando quiso ponerse en pie. Le tomó el rostro con ambas manos y le hizo encontrar sus frentes, reduciendo la distancia en pocos segundos.
—Habla con él en casa. No olvides el por qué estamos aquí.
En cuestión de un parpadeo, el mundo de Yūji pareció desaparecer para centrarse en aquellos ojos de intensidad imposible, que lo habían hecho perderse en la azul inmensidad la primera vez que los tuvo así de cerca: el día que conoció la casa de Fushiguro. Por alguna razón, el calor que cubría sus mejillas y el que chocaba contra su frente era todo lo que podía sentir a su alrededor.
Esos ojos en específico eran como un potente hechizo. Uno en el que sabía que había caído sin saber el momento exacto en el que ocurrió y del que no quería escapar.
La delicada línea que dividía los labios de Gojō se curvó en una sonrisa pizpireta apenas observó las pupilas de su chico dilatarse. Esa era su oportunidad.
—¿Qué hacen?
La voz de Nobara los estampó contra el muro de la realidad. Los instintos asesinos de Gojō, que hibernaban desde hacía décadas, se sintieron retados a volver a la vida.
—Top secret —declaró Yūji al instante, atrayendo a Gojō con un movimiento de mano—. Nuestro turno, sensei.
Se levantaron para ir a servirse y Gojō aprovechó ese tiempo para ser maduro y no sentirse amenazado por una mocosa de diecisiete años.
El resto de la comida fue incómoda. Al menos para Fushiguro y Nobara, quienes, lejos de quedar asombrados por la cantidad de alimento que los dos que tenían al frente eran capaces de ingerir, les asqueaba la manera en la que se hallaban sincronizados. El detonante fue un onigiri relleno que Yūji mordió y pasó hacia un lado con un inocente «Pruebe esto, sensei». De un momento a otro el aludido hizo lo mismo con el muchacho y continuaron de ese modo hasta que las palabras no fueron más necesarias. De tener un cronómetro cerca, seguro encontraban un compás bien establecido.
La gota que derramó el vaso fue el momento en el que Gojō encontró los remanentes de alguna salsa o aderezo (no le importaba) en una de las comisuras de los labios de Yūji y, con mucho descaro, limpió aquella zona con la lengua, previo a succionar de forma leve la piel para dejar bien limpio.
Yūji se mantuvo en shock durante algunos instantes. Giró lentamente el rostro hacia su maestro, sin saber qué acababa de pasar con exactitud.
—¿Qué fue eso?
—A boyfriend's full service —respondió Gojō, deslizando hacia abajo sus gafas para dedicarle un guiño coqueto.
—¿De verdad? —expresó Nobara—. ¿Y frente a mis papas fritas? —Dejó caer al plato la que sostenía con los dedos. Estaba harta, fastidiada. Ya no quería nada.
Gojō dejó a Yūji y Nobara en sus respectivos hogares. Tanto en el camino de regreso como una vez en la casa, Fushiguro no intercambió una sola palabra con él y fue más que obvio el hecho de que se sentía incómodo. Por desgracia, ambos coincidieron en la cocina momentos antes de la cena.
—Seguro que ya lo has notado —habló Gojō, apagando la estufa y dando media vuelta.
Una mesa hacía de separación entre tutor y tutorado.
Gojō era consciente del buen ojo que tenía Fushiguro para las relaciones ajenas. También sabía que no se inmiscuía en ellas; era un mero espectador. Todas las veces que el muchacho se mostraba disgustado y lo evadía por días, coincidía con la cantidad de veces que él presenciaba algún movimiento sugerente entre él y su interés romántico.
—Me gusta Yūji.
No lo negaría, porque sabía que Fushiguro era discreto. En su lugar, usaría esa oportunidad para saber cuál era la razón tras la molestia en el rostro ajeno. Tenía algunas ideas, aunque sería mejor tratarlas de frente, que probar una por una.
Fushiguro sintió como un terrible escalofrío estrujó su columna vertebral. Debería saberlo. Gojō dejó muchas pistas y él las encontró todas; no obstante, quiso tapar el sol con un dedo y hacer de la vista gorda.
Esa fue la primera vez que odió tener la razón y que sus predicciones amorosas dieran en el clavo. Ya no podía seguir evadiendo más el tema.
—Gojō-sensei.
El nombrado se mantuvo atento.
—Itadori… —Era su preciado amigo, pese a ser ruidoso en ocasiones, le gustaba sentirlo cerca, como alguien más de la familia—, no es un juguete.
Lo que menos quería era que Gojō lo usara y lo botara como al resto de sus parejas.
—Lo sé —afirmó Gojō.
—Entonces imagino que también sabe que es menor de edad.
Gojō se acercó a paso lento. Una distancia corta, pero prudente, hizo de separación entre ambos.
—¿A qué estás tratando de llegar?
—¡No se haga el tonto conmigo! —se molestó. Todo era tan obvio, que le generaba rabia ver al otro tan despreocupado y fingiendo que aquello era normal—. Ambos sabemos que ninguna de sus relaciones son serias —se lo echó en cara—. Sólo quiere pasar el rato. Itadori no es ese tipo de persona.
—¿Y tú qué sabes? ¿Mh? —Era poco usual que Gojō hablara con tanta seriedad—. Ambos lo hemos conocido durante el mismo tiempo. ¿Acaso has tratado estos temas con él?
Fushiguro no respondió. En parte porque, no, nunca había tocado esos asuntos con su amigo; con nadie, en general. Un poco con Nanami durante su formación particular mientras cursó la secundaria, pero nada más.
—Descuida —agregó, e hizo el intento de tocar el cabello oscuro del chico, pero este se echó hacia atrás antes de que lograra su cometido—. No planeo engatusar a Yūji sólo para tener sexo con él. Aparte de ser menor, es mi estudiante. ¿Crees que soy capaz de hacer ese tipo de cosas? —Colocó una mano sobre su propio pecho—. Me ofendes, Megumi.
—¿Entonces? —rebatió al instante—. ¿Qué es lo que busca?
—Voy a ir en serio con él.
—Está hablando… de una relación estable. ¿No es cierto?
Gojō asintió.
—Le lleva trece años, sensei. Itadori es de mi edad.
—¿No es eso aún mejor?
Fushiguro guardó silencio, a la espera de una explicación.
—Es un chico tranquilo, agradable, que se preocupa por las personas a su alrededor. Se lleva bien con nosotros y, lo más importante… —Tomó a su tutorado por los hombros—, es alguien que jamás te tocaría. Alguien incapaz de hacerte daño.
Fushiguro separó los labios para decir algo, pero las palabras simplemente no salieron. Escuchar ese final le estremeció.
—¿Entiendes? —prosiguió Gojō, en cierta medida, más emocionado que cuando comenzó todo ese diálogo—. ¡Es perfecto! La parte más complicada de todo este asunto ya la tiene ganada.
De lo que pudo entender, Fushiguro quedó en shock al hacer una regresión temporal. Si no recordaba mal, después de ser abusado de niño, nunca volvió a toparse de frente con alguna pareja de Gojō. Tampoco lo vio meter a nadie a la casa; siempre se iba solo y regresaba solo. La excepción a la regla era Nanami, que llevaba siendo su amigo desde antes de que el propio Fushiguro naciera, según tenía entendido.
Volviendo al tema, previo al suceso que le cambió la vida y lo volvió desconfiado a niveles insanos, Gojō solía meter y sacar gente de la casa, y siempre soltaba las mismas frases:
«Megumi, ven aquí, te quiero presentar a alguien»
«¿Dónde estás, Megumi? Ven a saludar»
«Mira, te presento a mi hijo, se llama Megumi»
Algo que jamás entendió fue por qué lo anunciaba con ese descaro. Casi siempre las relaciones de su tutor se arruinaban poco después de decir que tenía un hijo. Incluso él, a tan corta edad, era consciente de que nadie quería salir con un joven y apuesto magnate, que ya tuviera una responsabilidad familiar.
Si sus relaciones ya eran poco duraderas así, lo juzgó aún peor al ver que ya no intentaba nada serio con nadie. No obstante, ¿ese cambio se debió a él? ¿Gojō lo protegió de manera indirecta? ¿Y lo criticó todo el tiempo por eso?
El sonido del microondas, que llevaba un buen rato recordando haber finalizado el calentamiento, lo sacó de su trance. Tomó la taza de té que tenía en su interior para que dejara de hacer ruido y decidió regresar a su habitación. Se hallaba a la mitad de una interesante lectura, pero por todo lo acontecido debía poner sus pensamientos en orden.
—¿Significa que cuento contigo? —preguntó Gojō, con su característica animosidad.
Fushiguro se detuvo a mitad de la escalera para responder, aunque sería lo último que diría.
—No. No me quiero comprometer con nada ni nadie. —Mucho menos meterse en una vida ajena a la suya—. Pero si le hace algo a Itadori, nunca se lo perdonaré —advirtió, retomando su andar.
«Bueno, eso salió mejor de lo que esperaba» dijo Gojō para sus adentros mientras observaba como el otro se perdía en el pasillo superior.
Seguro que Fushiguro no se sacaría de la mente que Gojō debía tener algo mal en la cabeza por sentirse atraído por un niño, y no lo juzgaría, él también tuvo su duelo interno durante una temporada.
Sin embargo, ahora estaba seguro de lo que quería y también podía afirmar que el chico no se metería en su relación o eso esperaba.
Tengo una total creencia de que Gojō es traga-años (por como luce en el anime/manga) y que si se corta más sus greñas, se vería más joven.
Muchas gracias por leerme también esta semana. (つ≧▽≦)つ Cuídense mucho y nos vemos el próximo domingo~
