CAPÍTULO XXV

Quedaban un par de meses para finalizar el ciclo escolar. Fushiguro pasaría a su último grado de preparatoria. Por ridículo que pareciese, había algo que le inquietaba: ¿Por qué Sukuna y él aún no eran novios?

Sabía… No. ¡Tenía la certeza de que le gustaba! Es más, era mutuo. También era consciente de que Sukuna estaba al tanto. Después de lo que pasó en el cumpleaños de los gemelos —y por situaciones anteriores a esa—, era imposible no notar que… ¡Ah!

Se revolvió los cabellos de frustración sobre su pupitre.

Miró de reojo a esa desgracia parlante, quien era la causa principal de su enojo y confusión.

Nunca antes se había preocupado por tener pareja. Le importaba más agarrar buenas ofertas para el alimento de sus perros, pese a tener dinero para costearlo aún sin promociones de por medio. Quizá sólo le gustaba cazar descuentos… ¡Ese no era el punto!

Sukuna no hacía más que seguir molestando y a leguas se notaba su maldita estrategia de conquista, digna de un niño de primaria. ¿Acaso tenía seis años? A juzgar por su comportamiento social y relaciones interpersonales, era más que obvio que Sukuna carecía de lo mismo que Gojō: inteligencia emocional.

¿O acaso quería provocarlo al punto en que fuera él quien se declarara?

Eso sí que no lo permitiría. Fushiguro tenía el orgullo suficiente para no lucir como un completo desesperado, aunque también tenía una paciencia limitada y odiaba que se burlaran de él en su cara.

Ese día le pondría un alto a todas esas malditas situaciones desquiciantes.


«Sukuna, ven conmigo», era lo que había dicho al finalizar el día.

Acto seguido, se dirigió hacia un salón sin ventanas, que alguna vez fue sede del club de música. Ahora se usaba para guardar algunos insumos de repuesto para los integrantes, pues se les asignó una parte del auditorio para llevar a cabo sus prácticas.

Ese lugar era lo bastante seguro para que nadie más los viera ni los molestara.

Fushiguro se giró, topándose de frente con Sukuna, quien lucía tan tranquilo y orgulloso como siempre. Tan contrario al curioso y relajado Yūji.

—Sukuna. —Frunció el entrecejo, más por frustración que molestia, aunque cualquiera podría interpretarlo como lo segundo—. ¿Yo te gusto?

Antes de responder, el nombrado cortó la distancia. Fushiguro retrocedió medio paso. Se mantuvo firme luego de recordar que no podía acobardarse ante el pedazo de delincuente que tenía delante.

Los pies de Sukuna se detuvieron frente a los suyos. Casi podía escuchar su respiración.

—¿Quién te dijo?

Fushiguro no era ciego ni estúpido; sabía que Sukuna notó todos sus movimientos hasta entonces. Sí le había sacado algunas cosas a Yūji y Gojō se lo dijo de manera directa. Si no le debiera favores a este último —además de ser quien lo mantenía—, no habría dudado en echarlo de cabeza.

Su respuesta fue mantener el duro contacto visual que Sukuna imponía. Este último tenía una voz profunda, casi adictiva, que percibía imponente cuando lo miraba con severidad. No lo asustaba en absoluto. Se acostumbró a eso luego de ser importunado en varias ocasiones.

Algo no estaba bien para Sukuna. No hizo muchos movimientos después de su cumpleaños; en primer lugar, por seguir con su racha de nunca declararse; en segundo, porque aunque sonaba ridículo y molesto, aún hacía ruido en su cabeza la amenaza del puto de Gojō, sobre sacar a Fushiguro del país, disfrazado de «intercambio escolar».

Si aquello fuera cierto, ¿por qué Fushiguro lo estaría confrontando de aquella manera?

—¿Qué harás si te digo que sí? —inquirió Sukuna, en un tono que sonaba más a sentencia que a curiosidad.

—Entonces quiero que salgas conmigo —dictó con total resolución y seguridad.

—¿A qué se debe esa decisión? —Si no recordaba mal, Gojō también había comentado que al chico no le iban los hombres. Sonó a mentira desde el primer instante, mas no estaba de sobra corroborarlo.

Fushiguro chasqueó la lengua. ¿Por qué tanto interrogatorio para algo tan sencillo?

Él ya había tenido un extenso debate consigo mismo sobre sus sentimientos, sobre la atracción que sentía, sobre la fascinación por el intelecto ajeno. Lo único que no terminaba de asimilar del todo era esa personalidad tan cautelosa y, a la vez, problemática del otro. Razón por la cual, en ese momento, se agotó su paciencia.

—Mira, si tú no quieres, es tu problema. —Apuntó directo al pecho y aprovechó la cercanía para presionarlo con el índice mientras hablaba, haciendo que Sukuna retrocediera—. Eres un dolor de cabeza y estoy harto de que me distraigas incluso cuando no estás cerca. Ya tuve suficiente y no quiero volver a verte si no te tomas esto en serio.

Sukuna luchó contra sus enormes ganas de echarse a reír. Estaban en su primera pelea marital y aún no eran nada.

—Me largo —anunció Fushiguro.

Le bastó con ver a Sukuna soltar un bufido a modo de burla mientras se cubría la boca.

Sin embargo, en cuanto tomó la manija de la puerta y la abrió un par de centímetros, una mano le tomó del brazo. De un brusco tirón, terminó pegado a Sukuna. No tuvo tiempo de replicar, porque los labios ajenos lo callaron en el acto. Sólo se presionaron contra los suyos, pero fue suficiente para dejarlo pasmado y con un torbellino de emociones conglomerándose en la boca de su estómago.

—Yo me estoy tomando esto en serio. Demasiado, Fushiguro Megumi.

—Bien. —Esta vez, fue su turno de tomar a Sukuna por las prendas cercanas a su cuello—. Ahora deja de decir mi nombre completo cada vez que hablamos.

—Megumi.

—Cuánta confianza.

—Nada te parece. —Dejó caer una mano en una fuerte nalgada, que hizo saltar al otro de la sorpresa—. Me pone que te hagas el difícil.

«¡Demasiado directo!» dijo Fushiguro para sus adentros, dejándose besar de nuevo.

Sostuvo por la muñeca la mano que, de forma descarada, Sukuna dejó sobre su trasero y la subió hacia la espalda baja.

Al separarse, los ojos de Sukuna se desviaron por un breve instante hacia la abertura en la puerta, topándose con unos malditos lentes oscuros inconfundibles.

Ese hombre pasó de largo. Fushiguro giró el rostro al oír pasos, pero no alcanzó a ver nada.

—¿Quién…?

—Megumi —interrumpió Sukuna, con un tono más serio—. ¿Tienes planes para estudiar en el extranjero?

—¿Qué? ¿Por qué…?

—Sólo responde —demandó, no tenía tiempo que perder.

—No.

—Perfecto. —El semblante serio de Sukuna se relajó al escuchar eso.

«Con que "entre nosotros existen cosas que no hablamos con nadie más", eh», dijo para sus adentros, recordando a la perfección las palabras de Gojō.

—Espera aquí.

Tenía que ir a romperle la cara a un imbécil. Nadie podía aprovecharse de su situación emocional y salir intacto.

Sukuna se asomó por el pasillo. Vio a Gojō girar en una esquina y fue tras él en una carrera corta.

—Hijo de perra.

Aprovechó la inercia del recorrido para soltar un potente puñetazo.

Gojō lo esquivó con un medio giro, sin desperdiciar energía. Sostuvo la mano ajena y terminó la vuelta para invertir posiciones con Sukuna. Dejó ir uno de sus brazos para hacer el efecto de látigo.

Fue poco tiempo para que Sukuna pudiera hacer espacio, sin mencionar que lo estaban agarrando. Recibió el trancazo de lleno, aunque se dejó ir en dirección del golpe para minimizar el impacto. Al mismo tiempo, arrebató su propia extremidad para soltarse.

Una sonrisa maniaca deformó sus facciones. Esos no eran movimientos de alguien sin experiencia. En cualquier caso, ese era su castigo por subestimar a un ridículo profesor.

Cargó de nuevo hacia él como la primera vez. Sin embargo, se agachó un poco antes de soltar un izquierdazo. Todo lo opuesto a lo que hizo cuando se lanzó al encontrarlo.

A causa del espacio reducido y la cercanía con las escaleras, Gojō tuvo que defenderse con un brazo, sintiendo como se le adormilaba a los pocos segundos del golpe.

—¡Sukuna! —gritó Fushiguro, apareciendo en la escena, algo molesto y desconcertado. Lo tomó por la parte trasera del uniforme y lo jaló para obligarlo a incrementar la distancia.

Fue una sabia decisión, porque de no haber escuchado su voz, Sukuna le habría soltado una buena patada a quien se atreviera a llegar por su espalda.

—Un sólo día —dijo una voz que venía de la parte baja de las escaleras—. ¿Tendré un sólo día en el que no deba lidiar con estudiantes peleando y compañeros de trabajo problemáticos?

Se trataba de Nanami. Salió unos momentos de las instalaciones para comprar un sándwich en una tienda que había abierto hace poco cerca de la escuela.

Más o menos alcanzó a ver el alboroto.

Sukuna lucía una mejilla enrojecida y Gojō sostenía un brazo a la altura del codo, como sobando, intentando que la acción no fuera tan obvia. Por suerte, esta vez Fushiguro no parecía tener nada que estuviera a punto de tornarse color morado.

Suspiró.

—Los tres a la sala de detención.

Gojō y Sukuna abrieron la boca al mismo tiempo para objetar.

—Guárdense sus argumentos y piensen bien en lo que van a decir en cuanto lleguemos —agregó Nanami.


Sukuna, Fushiguro y Gojō, sentados en ese orden, se hallaban frente a Nanami, separados por un escritorio.

—¿Y bien? —preguntó Nanami—. ¿Cómo terminó un docente peleando con un alumno en un lugar potencialmente peligroso, como lo son las escaleras?

Sukuna y Gojō rodaron los ojos y desviaron la mirada en direcciones opuestas. Fushiguro bajó la vista hacia la mesa.

Nadie habló.

—Gojō, los lentes aquí. —Dejó caer un dedo sobre la madera.

Ese tipo era más fácil de leer cuando veía directo a esas cosas cochambrosas que otros llamaban «las ventanas del alma».

—Me da migraña por la luz —respondió.

—Sé que tienes fotosensibilidad —agregó Nanami—. Así como también sé que aguantas muy buen rato a la luz (no todo el día).

Gojō cruzó los brazos.

—No tienes cinco años Gojō. —Nanami identificaba a la perfección los sutiles berrinches de adulto de su compañero—. Y no vamos a discutir por eso. ¿Te los quitas o te los quito?

Gojō apretó la mandíbula. Casi refunfuñando, dejó los anteojos al frente; por poco y los avienta.

—Muy bien. Empecemos de nuevo —añadió Nanami, ajustándose sus propias gafas—. ¿Qué pasó?

—Él empezó. —Gojō señaló a Sukuna por encima de la cabeza de Fushiguro.

—Pruébalo —declaró Sukuna, dirigiendo una mirada afilada cual cuchillo de carnicero.

—¿Algo que decir, joven Fushiguro?

El nombrado sólo se encogió de hombros.

—No alcancé a ver. Los dos ya estaban peleando cuando me acerqué.

Algo latió con fuerza dentro del pecho de Sukuna. Sabía que Fushiguro tenía la última palabra y podía echarlo a los leones. Después de todo, él lo vio salir tras el profesor, pero prefirió fingir ignorancia y encubrirlo hasta donde le fuera posible.

Gojō se sintió traicionado y la manera en la que se levantaron sus párpados lo demostró. Ahora es donde entraba en acción su plan de padre mártir.

—¡Objeción!

—No estamos en una corte —indicó Nanami.

—Este vándalo tiene intimidado a mi muchacho. —Pasó una mano sobre los hombros de Fushiguro, inclinándolo hacia su lado—. Obviamente no va a decir nada teniendo a su agresor a un lado.

Una venita de molestia saltó en las sienes de Sukuna. Sabía lo que Gojō intentaba hacer y ese juego tenía lugar para los dos. Por lo que apartó la mano de Gojō e hizo lo mismo, atrayendo a Fushiguro.

—¿Como por qué maldita razón tendría que intimidar a mi pareja?

Fushiguro intentó controlar el rubor de sus mejillas.

«Imbécil» pensó, poniéndose una mano en la cara para, acto seguido, deslizarla hacia abajo. Ahora su palabra no tendría valor alguno porque se asumiría que su testimonio tenía influencia emocional.

—Maldito mocoso —musitó Gojō en un tono apenas audible.

—Viejo demente. —Sukuna hizo lo mismo.

Nanami dejó caer un puño contra la mesa, llamando la atención de los otros.

—Me importa más comer lo que está dentro de esta bolsita de papel —señaló dicho objeto con la palma de la mano expuesta—, que saber cuál es su pleito familiar.

Deseaba resolver todo cuanto antes y para eso debía mantener una conversación civilizada con el ser más sensato presente.

—Ustedes dos. —Señaló a su ahijado y a su compañero de trabajo—…, esperen afuera. Quiero hablar con el joven Fushiguro.

Eso sí fue una sorpresa para el susodicho.

—Cinco minutos —explicó Nanami—. Compórtense como seres humanos con más de una neurona funcional y manténganse fuera, en silencio, sin matarse. —Era momento de añadir las advertencias—. Gojō, en el mejor de los casos sólo te despiden y te multan; en el peor, te retiran tu cédula profesional. Sukuna, tú ya tienes un reporte en tu historial académico (hablando sólo de esta escuela) y estás bajo aviso de suspensión; compórtate.

A los mencionados se les revolvió el estómago; a saber si fue de coraje o ante la arrogancia de no soportar escuchar sus verdades.

—Afuera.

A regañadientes, salieron de la habitación sin replicar.

Nanami suspiró tan pronto como la puerta se cerró.

—¿Y bien?

Fushiguro se mantuvo a la expectativa.

—¿En verdad estás saliendo con Sukuna?

En cuanto vio al muchacho asentir, intentando mantenerse sereno, se alegró por su ahijado. Fushiguro era un buen chico. Centrado, maduro, inteligente. Eso no evitaba que se preocupara también por él, por las cosas que marcaron su infancia. Otro día, con más calma, exhortaría a Sukuna ser prudente, porque contarle lo que había pasado no era decisión suya, aunque tampoco podía fingir ser un completo ignorante de la situación.

—Entonces estamos en el mismo barco.

Fushiguro se sorprendió en exceso. Sus ojos casi se salieron de sus cuencas en el acto.

—Acaso… ¿Usted y Gojō-sensei están…?

—¡Por Dios! ¡No!

Nanami sufrió un microinfarto. Seguro perdió unos cinco años de vida.

—Esto… —carraspeó—, lo digo porque también paso tiempo con los gemelos.

—Oh, ya veo. —Eso sonaba mucho mejor que pensar que Gojō salía con Nanami y también se quería ligar a Yūji.

A decir verdad, si lo reducía a que Gojō buscaba tener una relación con un chico más de diez años menor que él, también sonaba espantoso.

—Gojō es un caso perdido y Sukuna está en el extremo de la suspicacia. Así que espero que tú y yo podamos entendernos.

Fushiguro torció la boca de un solo lado. Resignado.

—¿Ambos tendrían que dejar la escuela? —Entrelazó las manos sobre sus piernas.

—¿Fue tan severo?

—No realmente.

Por la confianza que le tenía, Fushiguro le comentó lo ocurrido.

Al final, todo quedó claro para Nanami. Gojō era un poco… peculiar. No diría que posesivo —mentía, conocía a Gojō lo suficiente para saber que era un completo maníaco—, pero si él sentía que le estaban arrebatando algo preciado, no dudaría en sacar uñas y dientes. Siempre lo escucho hablar de Fushiguro como si se tratase de un hijo. Lo cual, era un hito sumamente extraño. ¿Acaso tenía una especie de duelo paternal? A veces no compaginaba el hecho de que alguien como Gojō fuese capaz de albergar tales sentimientos. Por otro lado, sabía de sobra lo mucho que a Sukuna le desagradaba ese hombre. No le había preguntado la razón, aunque estaba seguro de que lo de ellos dos era algo personal. Lo presentía, en especial porque veía rasgos de personalidad compartidos entre ambos.


Fuera de la sala de detención, la conversación fue distinta.

El silencio era incómodo, denso y putrefacto. Se aglomeraba como la neblina en los alrededores y ahogaba todo cuanto tocaba: era un miasma.

—Esto sólo me deja bien clara una cosa —habló Sukuna, mirando al frente—: jamás le pondrás un dedo encima a mi hermano.

No era una venganza (sí lo era, en parte). Gojō mintió sobre Fushiguro, intentó manipularlo y a saber qué otra clase de mierda estaba ocultando. Alguien decidido a engañar para lograr sus objetivos era vil escoria deshonesta.

No es como si Sukuna fuera mejor. Él también hacía cosas similares. De hecho, planeaba usar el afecto que Yūji le tenía, para alejarlo de Gojō tanto como fuera posible, pero a diferencia de ese imbécil, lo de Sukuna adquiría connotaciones más o menos positivas.

Gojō esbozó una sonrisa hipócrita.

—Eso está por verse —dijo por lo bajo, con una tonada cargada de malas intenciones.

Contaba con la estima de Fushiguro y seguro que Sukuna no se atrevería a hablar mal de él en su presencia. Es decir, él lo había criado. Pese a discutir cada tanto, Fushiguro no era del tipo que muerde la mano que le da de comer y todavía tenía a su favor tantas cosas que Sukuna desconocía sobre su muchacho. Algunas complicadas y difíciles de digerir. Por el miedo a no saber cómo reaccionaría, estaba seguro de que Fushiguro no se abriría con facilidad. No sería capaz de confiarle sus peores secretos y si podía usar eso para fomentar la desconfianza y crear tensión en la relación de ambos, lo haría.

Fushiguro era la mejor herramienta para llegar a cualquiera de los gemelos.


Tanto a Gojō como a Sukuna se les dictó una suspensión de una semana para que pusieran en orden sus pensamientos. Nanami le dio un buen sermón a cada uno por separado, mas encubrió el hecho de que llegaron a los golpes.

Como Gojō estaría lejos de la escuela, sólo contaba con Fushiguro para que mantuviera vivo su (inexistente) romance, por lo que intentó persuadirlo para que lo ayudara con eso una vez llegaron a casa.

—Me siento traicionado —añadió con una voz que oscilaba entre el drama y la tristeza—. No me dijiste que te ibas a poner de noviecito con el delincuente que te molestaba.

Fushiguro lo miró con una mezcla de indiferencia y hartazgo. Tenía muchas preguntas que necesitaban respuesta. Calló porque sabía que sería un dolor de cabeza formularlas.

—Aún así —continuó Gojō—, sigue siendo una mejor historia de amor que Crepúsculo.

Soltó una carcajada burlona al final.

Fushiguro tomó un respiro. Se notaba que el otro quería algo y por eso le hacía plática. Lo conocía lo suficiente para saberlo.

—¿Qué quiere esta vez?

—Que me ayudes con Yūji.

Fushiguro frunció el entrecejo con cierto asco. Era un alivio que el otro le respondiera sin rodeos, pero aún no se hacía a la idea de que tuviera interés en su amigo.

—¿Y por qué tengo que ayudarlo a salir con él? —esperó una respuesta y, al mismo tiempo, detalló más su incomodidad—. Sin importar cómo lo vea, además de extraño, suena terrible, espantoso (es como si le buscara novia de prepa a mi papá).

—¿Cómo que por qué? ¿Acaso no quieres ver a tu viejo feliz? ¿Y solucionar los problemas económicos de tu amigo en el proceso? (Qué lindo, ¿al fin consideras llamarme papá?)

—Yo…

No dudaba de que Gojō pudiera hacer feliz a Yūji, había que ver cómo se la pasaban juntos. Aparte, a él le había dado una buena vida y tenía lo que tenía gracias a Gojō. No por eso dejaba de parecerle perturbador que quisiera «sentar cabeza» con alguien tan joven.

—Si lo que quiere es ayudar a Itadori, no creo que esa sea la mejor forma.

—Quizá... Pero si no me echas una mano con eso, tendré que venderle tu alma al diablo. —Torció la boca, como un niño haciendo un puchero inconforme.

—¿Qué...? —Hizo una pausa. No estaba seguro de querer saber a lo que se refería con eso—. ¿Qué vamos a cenar?

—¿Qué se te antoja?

Mientras ellos tenían su conversación, el celular de Fushiguro daba origen a otra.

Itadori Yūji

Fushiguro!

en verdad estás saliendo con sukuna?! ( : ౦ ‸ ౦ : )

Kugisaki Nobara

...

KHÉ!

Itadori Yūji

a… rayos… ∑(O_O;)

lo mandé al grupo

Kugisaki Nobara

No!

De eso, nada!

DETALLES, DETALLES

Itadori Yūji

yo también estoy aquí por eso… (⇀‸↼‶)

Kugisaki Nobara

No tienes un gemelo?!

Usa tu telepatía! O algo!

Itadori Yūji

no quiero!

está feliz!

Σ(°△°|||) F-E-L-I-Z

Kugisaki… da miedo (╥﹏╥)


En esta actualización quiero agradecer a los lectores que se mantienen al tanto de la página de FaceBook y en Twitter por el apoyo que me brindaron estos últimos 15 días respecto a los últimos avisos que subí. En serio, mil gracias. No sé qué sería de mí sin ustedes. 💖

Para el resto de personitas que leen eso por primera vez, es porque en FB y Twitter hago saber de los inconvenientes para actualizar cuando algo raro pasa, además de que por allá organizo los sorteos y les hago saber de futuros proyectos. o(≧▽≦)o

Si gustan seguirme, las redes sociales son:
Facebook: Vald Fanfics
Twitter: ValdFics