CAPÍTULO XXVII

—Saben —habló Nobara, a la mitad de su almuerzo—, últimamente he tenido una duda extraña.

Una vez que superó el shock inicial, la decepción y la traición de que Fushiguro se hiciera novio del Señor Tenebroso de la escuela, todo regresó a la normalidad.

El par de chicos que se unían a ella para conformar la triada perfecta se mantuvieron a la expectativa.

—Ahora que Fushiguro sale con Sukuna… ¿De casualidad Itadori no te parece sexy también?

Yūji entonó un «oh» prolongado. Era una gran cuestión. Después de todo, era su gemelo, tenían la misma cara.

—¡Buena esa, Kugisaki! —Se señaló a sí mismo con una sonrisa bobalicona antes de continuar—. ¿Te parezco atractivo, Fushiguro?

—Para nada —respondió el nombrado.

—¿Eh?

—Es difícil de explicar, pero… —Hizo una breve pausa en la que elevó el par de ojos esmeralda al cielo para buscar las palabras idóneas—, cuando veo a Sukuna, lo percibo muy distinto a como haría con Itadori.

Frase bastante elocuente para alguien que alguna vez los confundió.

—Ya. Comprendo —dijo Nobara, asintiendo con solemnidad mientras cruzaba los brazos.

—¿De verdad? —cuestionó Yūji, sin entenderlo del todo.

—Sí. Algo tiene Sukuna que, cuando lo ves, piensas «ah, es guapo». En cambio, tú… —Lo barrió con la mirada—. Eres como una patata.

Fushiguro afirmó. Era justo lo que tenía en mente.

—¡¿Eh?! —se exaltó Yūji—. ¡¿Cómo puede tener sentido eso?! ¡Somos idénticos!

Eso también era cierto. Cuando ambos se peinaban igual, vestían las mismas prendas, imitaban sus gestos y hablaban con voz neutral, no había ser vivo que pudiera distinguirlos a primera vista. Lo único que se podía hacer era dejarlo en manos de la suerte. En cambio, cuando cada uno se arreglaba con su propio estilo, empleaba su vocalización distintiva y reaccionaba con naturalidad, la diferencia era tan evidente como poner un tigre a lado de un gatito.

Cambiando de tema, Fushiguro sentía un nerviosismo muy particular ese día. Sukuna quería decirle algo. No el Sukuna que lo molestaba en clases. No el Sukuna que lo provocaba durante los partidos. No el Sukuna que lo retaba de manera intelectual. Se trataba del Sukuna que ahora era su pareja.

A decir verdad, no lo imaginaba siendo distinto, hablando de la parte romántica, aunque reconocía que era un sujeto impredecible, por lo que no saber qué esperar lo emocionaba y le estremecía al mismo tiempo. En especial, por la enorme y extensa conversación que mantuvieron la noche anterior.

Itadori Sukuna

.

Fushiguro Megumi

.

Itadori Sukuna

Te veo antes de la práctica.


—Yūji, Yūji —entonó Gojō con voz melódica para llamar su atención cuando se lo cruzó por el pasillo. Lo más probable es que se encontrara camino al club de básquetbol.

—¿Sucede algo, sensei?

—No precisamente —mintió, tenía cierta sospecha que confirmar.

El Yūji con el que solía mensajearse de forma rutinaria se sintió diferente al de la noche de insomnio, en especial por un comentario muy puntual que lanzó con la intención de que el muchacho le pidiera mayor información, pero que terminó ignorando por completo. Yūji siempre le pedía explicaciones sobre lo que no comprendía.

—Sólo que ya no me dijiste nada concreto. —Sonrió con malicia para sus adentros.

Lo último que hablaron fue para pasar un fin de semana juntos. Gojō hizo un poco de drama exagerado, fingiendo —no tanto— que sentía celos de Fushiguro porque siempre iba a verlo a él. Si su teoría era correcta, el Yūji que tenía delante no podría saber que varias horas atrás le sugirió pasar a su casa por la noche para dar una vuelta cuando no pudiese conciliar el sueño.

Yūji levantó la mirada, haciendo memoria de lo último que hablaron. ¿No le había dicho que tenía mucha tarea y que por eso no podía disponer de tiempo libre sino hasta fin de mes? ¡Ah! Tal vez quería que le diera una propuesta más casual. No quería lucir como un aprovechado, pero su profesor disponía de un automóvil, así que salir de paseo por la ciudad podría funcionar.

No tenía ni la menor idea de que Sukuna había tomado prestado su celular… sin su consentimiento.

Suspiró como si todo el cansancio de la semana lo golpeara en ese preciso instante.

—¿Ubica el mirador en las afueras de la ciudad? Sé que hay que salir a carretera, pero el tramo es corto y las vistas en la noche son bonitas. Es muy tranquilo, eso lo hace un buen lugar para pasar el tiempo y, bueno, si quiere… —Llevó una mano a la parte trasera del cuello. En cualquier otra circunstancia, eso sonaría más como una cita; sonrió, producto del nerviosismo—. ¿No le parece raro que sugiera algo así?

De no llevar lentes encima, se podría ver cuán iluminados se tornaron los ojos de Gojō. Un azul que sería la envidia del mismísimo cielo.

—El problema sería escaparme de Sukuna (como siempre), pero ya veré cómo me las arreglo.

Antes de que Gojō pudiera decir algo, una expresión de sorpresa apareció en las facciones contrarias.

—Pero hablemos más tarde, sensei. ¡Justo ahora tengo una misión importante! —Echó a correr con sus últimas palabras.

Sabía de antemano que su hermano quería estar a solas con Fushiguro, así que debía adelantarse al club y contar a Tōdō la mentira piadosa de que era el turno de ellos para limpiar el aula.

Atrás de sí, dejó a un profesor anonadado de pies a cabeza.

Los sentidos de Gojō parecieron amplificarse durante minutos enteros. Escuchaba el corazón en los oídos. Acaso… ¿Eso significaba que sí habló con Yūji y, en verdad, todo fue producto del insomnio? Bueno, era la primera vez que tenía una conversación con el muchacho en ese estado.

Lo anexaría a sus anotaciones.

«¡Qué maravilla!» A ese paso podría seguir utilizando el cansancio y la semi inconsciencia ajena para obtener citas improvisadas. Serían cortas, pero hallaría la manera de sacarles el máximo provecho.


Fushiguro y Sukuna hicieron tiempo en la biblioteca, entre los pasillos con estanterías que nadie frecuentaba.

Sukuna colocó una mano sobre la cadera opuesta. Fushiguro se giró para reprenderlo, pero al quedar frente a frente, fue empujando hacia atrás hasta que su espalda chocó contra un librero.

El rostro de Sukuna se precipitó hacia el suyo y lo único que atinó a hacer en el momento fue girar la cara, recibiendo un beso en la mejilla.

Las facciones de Sukuna se deformaron a causa de la contrariedad, junto con una pizca de perplejidad. A Fushiguro no le fue difícil suponer que quería respuestas.

—Seguimos en la escuela —explicó.

—¿Y…?

A Sukuna le importaba un carajo si los veían o no. Fushiguro, por otro lado, buscaba evitar que se repitiera lo que ocurrió con Gojō.

Le dedicó una mirada severa a su pareja, quien le quitó las manos de encima con un gesto de fastidio. Dio un paso hacia atrás.

—¿Entonces dónde?

Fushiguro descubrió un nuevo tono de voz. ¿Acaso estaba molesto? No lo sabía, pero lo haría.

—Fuera de aquí.

Sukuna rodó los ojos y en sus gestos fue evidente el hastío que sentía.

—Bien.

Sukuna podría parecer un chico serio y hasta intimidante en ocasiones. En realidad, se trataba de alguien ridículamente expresivo, quizá más que Yūji. Eso le producía curiosidad y atracción.

—¿De qué querías hablar?

—Sígueme. —Dio un cuarto de vuelta y avanzó a paso lento.

Fushiguro contrajo el entrecejo y lo relajó de inmediato ante la extrañeza de dirigirse hacia los vestidores.

Dentro, no había nadie más aparte de ellos. Justo lo que Sukuna esperaba. Acto seguido, abrió su locker, tomó la bolsa negra que sacó de la guantera del auto y se la tendió a Fushiguro. Él la agarró, intentando no lucir desconfiado.

—¿Qué es?

Sukuna se cruzó de brazos y le hizo un gesto para que echara un ojo.

Los párpados de Fushiguro se abrieron más de la cuenta, no porque nunca hubiese tenido condones cerca, sino por lo que significaban.

Suspiró en un intento de ocultar la amargura y la decepción.

—No llevamos ni un mes...

—Me los dio Gojō —aclaró.

Fushiguro se mantuvo en silencio por dos razones; la primera, no sabía qué decir; la segunda, se había dado el primer chispazo que encendió una pequeña flama de la ira, débil e inocua, que en algún momento causaría un incendio.

Examinó un paquete de condones. El logotipo era inconfundible, no porque Gojō presumiera sus insumos personales, sino porque en casa separaban bien la basura según su material y había visto las cajitas en el contenedor destinado para el cartón.

—Vamos a aclarar algunas cosas —habló Sukuna, reduciendo la distancia entre ambos. Recargó el antebrazo sobre los lockers, a la altura del rostro—. Porque no tengo tiempo para lidiar con malos entendidos.

Fushiguro asintió. ¿Era su imaginación o Sukuna estaba molesto? A su juicio, quien tenía que estar molesto era él, no su novio.

—Imagino que, si no lo sabes, lo supones —continuó—, pero sé de tu parentesco con Gojō por lo que me cuenta el mocoso. Sin embargo, hay cosas que no pienso permitir de ese estúpido viejo verde.

Por la elección de palabras, Fushiguro intuyó que algo problemático había ocurrido entre ellos. Quizá se remontaba más tiempo atrás y que Sukuna se hubiese ido a los golpes con Gojō no fue mera casualidad.

No podía ponerse en contra de Gojō por varias razones y tampoco estaba bien discutir con Sukuna sin conocer la historia completa.

—¿Qué pasó entre ustedes?

La pregunta podía abarcar tanto como el otro soltara la lengua, lo que hizo que Sukuna sonriera para sus adentros.

—En pocas palabras: quiso intercambiarte a ti por mi hermano —respondió, rodando los ojos con fastidio sólo de recordar lo acontecido.

En ese instante, la memoria de Fushiguro evocó una frase que Gojō le dijo en conversaciones pasadas.

«Si no me echas una mano con eso, tendré que venderle tu alma al diablo.»

«Con que a esto se refería» pensó, entre turbado e indignado. «¡Aunque no fue mi alma! ¡Fue mi culo!»

Apretó los dientes porque la persona con la que se hallaba molesto no estaba presente y sería una pésima idea buscarlo en ese momento.

Tomó aire con fuerza y lo dejó escapar lentamente.

—¿Y qué le respondiste?

—¿Tú qué crees?

Fushiguro bajó la vista hacia la bolsa, antes de regresar a la de su pareja con los ojos dignos de un inquisidor. Si le aceptó las cosas…

—Lo mandé al carajo —respondió con soberbia, como si leyera el pensamiento ajeno—. Eso es porque necesitaba pruebas de lo que pasó. —Señaló los insumos sexuales.

Sukuna también estaba confundido, aunque no lo demostrara en su semblante. Gojō no le había comentado nada a Fushiguro pese a sacarlo a toda prisa de la escuela el día anterior. ¿Por qué? Podría jurar que quería actuar antes para cambiar la historia.

Fushiguro sacudió la cabeza. ¿Qué demonios pensaba Gojō? Si hizo todo eso a modo de intercambio, eso significaba que Sukuna también estaba al tanto de lo que intentaba su tutor con Yūji, ¿no es verdad?

—Acaso tú… —reparó unos instantes, con la incertidumbre de agregar tensión adicional entre su pareja y Gojō—, ¿sabes lo que intenta Gojō con…?

—¿Con el mocoso? —soltó un bufido a modo de risa—. La pregunta aquí es: ¿Por qué lo sabes tú? O, tal vez, ¿por qué estás tan callado al respecto?

En lugar de contestar, Fushiguro quedó en silencio, intentando controlar la rabia acumulada. Había dos fuerzas que competían dentro de sí por ver cuál estallaba primero: su indignación por lo que Gojō había hecho y su frustración por ver que tomaba acciones tan drásticas para acercarse a Yūji.

No estaba en contra de que Gojō saliera con menores y se metiera en problemas, pero, de entre todos los seres humanos, ¿por qué su mejor amigo? Lo quería y lo apreciaba casi tanto como a un hermano. Lo último que deseaba era verlo salir usado y lastimado de una relación inestable.

—¿Sabe Itadori de esto?

—No cambies el tema.

Ah, sí. Que Sukuna necesitaba una explicación y, por el rumbo que tomaban las cosas, él tampoco parecía estar de acuerdo.

—Yo me enteré hace poco —declaró—. Gojō-sensei dijo que estaba interesado en Itadori, pero no creí que... —De nueva cuenta, bajó sus ojos a la maldita bolsa—. ¡Maldición!

Abrió su propio locker. Metió las cosas y cerró casi con odio.

—Oye, tranquilo. —Cerró la boca para no reír. No mentiría, ver a Fushiguro molesto le parecía gracioso. No sabía por qué.

—¡Estoy tranquilo! —bramó con una voz que, de haber tomado forma de golpe, habría sido firme y certero.

—Sí, se nota —expuso, sarcástico.

A los pocos segundos retomó la palabra.

—Escucha, por lo general, dejaría que mi hermano hiciera de su culo un papalote. Es lo que menos me importa. Pero que lo haga con un depravado sí es asunto mío. No quiero tener a esa rata albina dando vueltas por mi casa.

Escuchar aquello le sirvió a Fushiguro para relajarse. Los sobrenombres con los que Sukuna se dirigía a Gojō… Era tremendo el desprecio que le tenía. Por Yūji sabía que no le caía muy bien, mas no sabía qué tan lejos llegaba eso.

Asintió antes de responder.

—Estoy de acuerdo.

Sukuna alzó una ceja. Fushiguro conocía esa cara, así que procedió con la explicación.

—Gojō es un poco… Mujeriego. —No tenía por qué cubrirlo—. No creo que sea bueno para Itadori. Quizá para otra persona.

Si Gojō fuese alguien responsable y maduro, tal vez apoyaría su amorío. Sin embargo, Fushiguro no era ciego. A veces Gojō lucía como un ególatra caprichoso que se amparaba del dinero para hacer sus deseos realidad.

No lo conocía a profundidad para asegurar que su personalidad era una especie de máscara perfecta de una triada oscura, aunque sí dilucidaba que había algo mal con él. Como el ávido lector que era, había devorado algunos textos en psicología que le permitían afirmarlo. No era un experto ni mucho menos, tan sólo hacía lo que cualquiera en su lugar habría hecho: compararse a sí mismo y a quienes le rodeaban. Pasatiempo. Curiosidad científica. Entretenimiento pasajero. Eran muchas sus razones para hacerlo, aunque lejos de sentirse como alguna especie de juez o detective.

—En fin... —Sukuna cambió el tema, acorralando a su pareja contra el metal, como cuando estaban en la biblioteca—, es bueno saber que estamos juntos en esto.

Para el corazón de Fushiguro, recibir aquella mirada entre maliciosa, sensual y coqueta, no era un buen presagio. De tener unos cincuenta años más, lo mandaría directo al hospital por la fuerza que su corazón debía emplear.

Al inicio, frunció en entrecejo. Ya le había dicho que en la escuela no y no quería repetirse. Por otro lado, era una buena oportunidad. Estaban en una habitación cerrada. Solos.

Un beso nunca había matado a nadie y desde que empezaron a salir no habían tenido el tiempo de algo así. Si tan sólo Sukuna no se hubiera lanzado a los golpes aquel día…

Se acercó a la espera de que el otro diera el paso decisivo. En ese momento, se abrió la puerta.

El futuro cadáver que estaba bajo el marco no alcanzó a ver nada comprometedor, pues Sukuna se apartó con un rápido movimiento y, al mismo tiempo, dirigió una mirada inyectada en sangre hacia el desgraciado recién aparecido.

—Ya les compré todo el tiempo que pude.

Se trataba de Yūji, quien supuso que había interrumpido algo.

—Tōdō quiere que se presenten ya —remarcó la última palabra.

—Date por muerto —dijo Sukuna entre dientes.

Yūji alcanzó a sacar la lengua, previo a desaparecer del lugar. Ni loco planeaba quedarse a presenciar su propia decapitación y todavía estaba a tiempo para que su gemelo se distrajera con Fushiguro en lugar de salir tras él.

—Hay que darnos prisa —mencionó Fushiguro, como si el romance que alguna vez hubo en el aire se hubiese llevado hasta su último aliento.

Comenzó a cambiarse por el uniforme de práctica, siendo imitado por el otro.

No supo cómo demonios pasó, pero cuando se dio cuenta, ya centraba su mirada sobre los tatuajes que rodeaban en dos perfectos círculos los muslos de Sukuna. Esos no los conocía. Era la primera vez que lo observaba sin pantalones.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, pasando una mano sobre la entrepierna.

Fushiguro cerró los ojos. Las orejas se le pusieron rojas. Normalmente, habría pasado eso por alto, pero caer en la red de Sukuna se pagaba caro.

Se colocó la playera y cuando se agachó para hacer lo mismo con los shorts, recibió una nalgada.

Una venita de molestia se marcó en su sien.

—¿Quieres dejar de hacer eso? —Con esa ya contaba dos veces que ese descarado le palmeaba el culo.

—Tienes un buen trasero y yo soy un hombre débil. Además de triste y solitario, porque tengo un novio agrio que ni siquiera me da un beso —se excusó con un falso atrevimiento mientras terminaba de vestirse.

Fushiguro chasqueó la lengua.

—Tienes más tú que yo —agregó a modo de queja.

—Así que ya me habías sabroseado.

«Trágame tierra» pensó Fushiguro, dudando sobre si debía seguir echando leña al fuego.


En su camino hacia el gimnasio, Fushiguro se aventuró a cuestionar una última cosa. Algo que no dejaba de molestarlo desde que recibió la bolsa negra.

—Tú… ¿Tenías planeado utilizarlos?

—¿Mh?

—El lubricante y lo demás.

—¿Por qué preguntas? ¿Acaso querías divertirte un poco por tu cuenta?

Cuando Fushiguro se giró hacia Sukuna para reprocharle sus pésimos comentarios, notó que sólo quería molestarlo. ¿Acaso nunca tenía suficiente? No le daría el gusto con tanta facilidad.

—No soy de piedra, Megumi. Y no te voy a mentir, como el adolescente hormonado que soy, te traigo ganas.

Fushiguro se detuvo, un extraño escalofrío le recorrió la espalda.

«Lo sabía.» No tenía idea sobre si se sentía decepcionado o no. Era similar a experimentar una revoltura de tristeza y pánico.

Sukuna paró unos pasos por delante de él y continuó con la explicación. No quería parecer un urgido. No lo estaba, pero la sinceridad ante todo.

—Aunque preferiría hablar del tema cuando llevemos un par de meses. —Una sonrisa ladina deformó sus facciones. Se acercó al otro y habló con el tono particular y soberbio con el que solía molestarlo—. ¿O acaso pongo lujurioso al niño recatado?

—Ya quisieras —contestó, apartándose para continuar con su camino.

De algún modo le alivió tener esa pequeña conversación. Si tuviera una escala de madurez, no sabría en qué punto colocarlo, porque el diálogo fue preciso y sin la pena o el nerviosismo que usaría alguien de su edad. No por eso ignoraba que Sukuna lo hubiese molestado al terminar; debatía si era parte de su personalidad o si lo hacía para aligerar el asunto.


Esa misma noche, en casa, Fushiguro puso sobre la mesa la mentada bolsa, que había pasado de mano en mano hasta regresar al comprador original.

Cruzó los brazos.

Gojō vio el objeto; después, al chico, quien comenzaba a reprocharle con la mirada.

—¿Algo que decir? —demandó Fushiguro.

—Nop —respondió sin pena ni gloria, encogiéndose de hombros.

—¿Entonces es verdad?

Gojō suspiró. Enfrentarse a un adolescente indignado nunca era sencillo. Le ahorraría muchos pasos de discusión saltándose a lo relevante.

—No sé qué te altera tanto. Ni siquiera aceptó (aunque sí se llevó los condones).

—¡¿Acaso eso importa?!

«Ah, ya explotó» dijo Gojō para sus adentros, viendo que el otro ya le había levantado la voz.

—¡Quiso venderme!

—Yo lo consideraría un trueque —corrigió—, porque no iba a obtener nada a cambio.

—¿Ah, no? ¿Entonces Itadori qué es?

—El amor de mi vida, claro está —cambió la voz por una más dulce. Entrelazó los dedos y de su rostro parecían salir brillitos de emoción.

Por primera vez en mucho tiempo, Fushiguro no supo cómo continuar. No estaba seguro de que tener esa plática les llevara a algún sitio.

—Escucha, Megumi. —Se aclaró la garganta antes de proseguir—. No tienes que preocuparte de lo que suceda entre Yūji y yo. Me conoces.

«¡Justo porque lo conozco es que no apruebo esto!» pensó, sin atreverse a interrumpir todavía.

—Te he criado desde los cinco años —continuó—, y me preocupo porque tu primer noviazgo sea todo un éxito. ¿Sabes cuántas personas querrían un buen padre como yo?

Buen padre no es algo que lo defina.

—Oh, vamos. He estado al pendiente de ti sin dobles intenciones.

—Sin dobles intenciones, dice… —Estaba harto de toda esa verborrea—. ¡¿Qué clase de padre ofrece sexualmente a su hijo para intentar conseguir amante?!

Gojō abrió la boca para responder. La cerró y aprovechó ese momento para hacer una mejor elección de palabras.

—Suena fatal cuando lo pones así, sabes.

—¡No es…! —Cortó sus propias palabras.

¿Qué sentido tenía hacerle entrar en razón? Si para Gojō sus acciones no estaban mal, no habría palabras humanas o sobrenaturales que le hicieran entender lo contrario.

Giró sobre sus talones. Iría a su habitación por las correas de los perros para salir a dar un paseo. Quizá de ese modo pudiese relajarse.

Habrá hecho un metro o dos de distancia cuando recordó otro punto importante.

—Estoy con Sukuna en esto. —Debía aclararlo, de lo contrario, su tutor se haría ideas raras—. Ya sea que dependa de él o de mí, pero usted no puede tener nada con Itadori. No está…

«No está preparado para una relación así» era lo que quería decir. No obstante, calló de golpe al tener de frente a Gojō, quien agachó lo suficiente el rostro para permitirle tener a pocos centímetros unos ojos azules, bien abiertos, que amenazaban con descuartizarlo.

Un sudor frío le recorrió la nuca. Su sentido de autopreservación le gritó que echara a correr y no mirara atrás. Se alejó un paso.

Gojō lo detuvo por el brazo. El agarre resultó doloroso y, por alguna razón, empezó a sentirse débil.

—Hay que dejar algo claro, Megumi.

Las notas de voz de Gojō eran calmadas y sin prisa, tanto, que parecían el preludio de una muerte anunciada.

—Ni tú ni Sukuna ni nadie va a quitarme a Yūji. Y no creo que quieras tenerme de enemigo, ¿verdad? —Las palabras fueron casi un susurro a causa de la cercanía, no por eso menos claras o audibles. Eran más como una amenaza que comenzaba a firmarse con el aliento de ambos.

Fushiguro puso fuerza en el brazo, intentando soportar las punzadas que su cuerpo emitía para hacerle saber que la presión en esa zona le cortaba la circulación.

—He soportado a tu ridículo noviecito por ti, Megumi. No será un gran partido, pero es lo mejor que podrás conseguir. Lo tienes bien domado, comiendo de la palma de tu mano. Incluso si sólo le interesa tu cuerpo, deberías aprovecharlo. ¿Cuántas personas crees que estarían dispuestas a estar contigo después de conocer todo lo que te hicieron?

Obtener una expresión de shock y confusión en el rostro ajeno lo obligó a dibujar una sutil sonrisa. Algo extraño se apoderó de él. Tener a un humano presa del pánico era un placer inenarrable. Sería mucho mejor si pudiera someterlo para verlo llorar y suplicar.

—No piensas contarle, ¿cierto? Es una decisión inteligente. Sukuna podría dejarte. ¿O acaso crees que en sus planes de vida estaba el tener una relación con alguien violado?

Fushiguro actuó por inercia. Lanzó un puñetazo hacia el rostro de Gojō, quien frenó el impacto con la palma de la mano. Cerró los dedos y dejó escapar un bufido lacónico a modo de risa.

—Compartir cuerpo con alguien así —continuó—, no debe ser nada grato.

Fushiguro bajó el rostro, mirando al piso y, a la vez, a ningún lugar. Sus hombros exhibieron un leve temblor que parecía no estar en sí la capacidad de controlar.

—Deberías aprovecharte de eso (que no sabe nada) —dijo Gojō, con la misma naturalidad de quien habla del clima—. Porque él sí planea hacerlo.

Esa frase obligó a Fushiguro a subir la mirada, inseguro sobre si quería oír el resto.

—Quiero suponer que te contó todo lo que hablamos. —Estaba seguro de que Sukuna no le platicó a detalle y por cómo veía a Fushiguro, apostaría toda su fortuna a que él no le preguntaría. Ahora es donde la información que le había sacado a Yūji sería de utilidad—. Así que debes saber que Sukuna tampoco es virgen. Él ha probado el sexo varias veces y deberías creerme cuando te digo que es difícil no buscarlo cuando le tomas el gusto. No estoy diciendo que sea imposible vivir sin ello, pero ustedes dos están en una edad complicada y no creo que a él le agrade mucho la idea de seguirte en tu celibato.

Fushiguro pudo tomar el silencio consecuente para rebatir y desmentir todas y cada una de sus palabras, de no ser por la conversación que había tenido con su pareja en los vestidores y en el pasillo.

Lo que Gojō decía era cierto y no sólo porque habló de ello con Sukuna —sin tanta profundidad, pero lo hizo—, sino porque había cosas que no le contó, como lo que hablaron cuando obtuvo los condones. Le soltó un escueto resumen, sin detalles.

—Te daré un último consejo —dijo Gojō, soltando al chico para ir por el lubricante y el resto de las cosas—. Los hombres somos criaturas muy simples. Danos algo que queremos cada tanto, como un premio, y estaremos a tus pies. —Le puso la bolsa contra el pecho y el muchacho la sostuvo en un movimiento mecánico—. Sukuna y yo no somos demasiado diferentes. ¿No crees que por eso te llamó la atención? Sigmund Freud debe estar destapando champagne en el infierno gracias a ti. —Utilizó el comentario para relajar el ambiente. Para sí mismo, al menos. El otro parecía estar buscándose entre sus pensamientos.

Le dio dos últimas palmaditas en un hombro.

—Deberías centrarte en mantener tu relación con él, en lugar de descuidarla con lo que hago yo.

Con eso zanjó el asunto.

Fushiguro no supo cuánto tiempo pasó de pie, mirando al vacío, pero ya no quería pasear con sus perros.

Subió las escaleras, rogando no toparse con Gojō en el camino. Una parte de él quería creer que lo que acababa de ocurrir fue producto de comer demasiado y estar dentro de un mal sueño, pero el dolor en el brazo y la incomodidad en el pecho le confirmaron que todo era real.

Entró a su habitación. Puso seguro y se sentó en la cama, dejando la bolsa negra a los pies.

Sentía un vacío en el estómago, mas no tenía hambre. Sentía unas terribles ganas de llorar, mas no podía. Sentía que debía ordenar todas sus ideas, mas no era capaz de pensar en nada. No quería.

No podía. No podía. No podía.